lunes, 20 de octubre de 2014

En el cumpleaños de María del Carmen

Hoy, 20 de octubre, mi madre, María del Carmen Fernández de Bodeant, estaría cumpliendo sus 94 años. Falleció con 93, el 11 de diciembre del año pasado. Quiero compartir con Uds. este relato que ella escribió y llegó a publicar en un periódico de Young. Son recuerdos de los tiempos en que era "la" Nurse en el Hospital y Centro de Salud del entonces Pueblo Young, que al año siguiente (1958) pasaría a ser Villa Young.
+ Heriberto


La oportunidad perdida


Hay tres cosas que no vuelven:
la flecha lanzada, la palabra dicha,
y la oportunidad perdida.

W. Barclay

En aquella tarde de verano del año 57, los parlantes callejeros anunciaban la proyección de la película Arroz Amargo con Sofía Loren (*) y Silvana Mangano, como oportunidad única, para esa noche.
En el mismo día, el camión de la Junta Municipal había regado las entoscadas calles, aplacando el polvo y paliando algo el agobiante calor, así que con mi esposo resolvimos concurrir al Cine al aire libre en la calle Montevideo, disfrutar el espectáculo y la frescura que suponíamos traería la noche..
A poco de iniciada la acción, se acercó el acomodador para informarnos que me llamaban del Hospital para una emergencia. Dejando que mi esposo siguiera solo con el “Arroz”, acudí al llamado.
La vieja sala de operaciones en el actual pasillo del teléfono estaba pronta. Doña Margarita (Margarita Damasco de García) se afanaba en los mínimos detalles. Sobre una vitrina había colocado un ventilador y bajo él una fuente con hielo, buscando refrescar el pesado y tormentoso ambiente.
En la salita contigua los dos cirujanos se preparaban, ofreciendo vivo contraste.. El Dr. José Levín con el torso desnudo y el Dr. Carlos Fischer con camiseta afelpada, cuyas mangas lucía arrolladas por encima de los codos, procedían al enérgico cepillado de manos y antebrazos, mientras a través de los respectivos tapabocas hacían breves comentarios.
El paciente con un cuadro de apendicitis aguda, estaba sujeto de manos y piernas a la mesa y mientras Doña Margarita ayudaba a los médicos a vestir la túnica estéril, atársela en la espalda y ofrecerles los guantes, preparé la anestesia consistente en una inyección de Pentotal seguida de la careta con éter, como era el uso de la época.
Pese al sistema de “refrigeración” de Doña Margarita, el calor era sofocante y por los mal ajustados cierres de las banderolas comenzaron a ingresar a la sala miríadas de pequeños insectos verdes, atraídos por la intensa luz de la lámpara que pendía sobre la mesa de operaciones.
En aquella época las lamparillas utilizadas para esa gran lámpara eran comunes, por lo que, además de luz irradiaban calor. Los insectos que hacían contacto caían abrasados sobre las cabezas de los cirujanos, inclinados sobre el paciente, y sobre sus espaldas. El Dr. Fischer con su camiseta afelpada no se daba por enterado, en cambio el Dr. Levín se estremecía cada vez que uno o varios insectos caían en las aberturas que quedaban entre uno y otro lazo de la túnica atada en la espalda. Bastaba ese gesto para que Doña Margarita corriera con una compresa mojada a solucionar el problema.
Localizado tras laboriosa búsqueda el muy escondido apéndice y resuelto satisfactoriamente el motivo de la intervención, ambos cirujanos levantaron sus cabezas y los insectos caían en la aún abierta cavidad abdominal.
El Dr. Fischer emitía un shhhhh tratando de espantarlos acompañándose de un gesto de la mano.
El Dr. Levín se limitó a pedir suero a Doña Margarita; suero que ella misma preparaba en la antigua farmacia y esterilizaba en un autoclave calentado con dos primus de doble boquilla, y que durante la operación mantenía tibio al baño María. Mientras Doña Margarita regaba abundante suero, el aspirador manejado por el Dr. Levín se llevaba el suero del lavado y los insectos que habían caído Entonces el Dr. Levín nos dio “su clase”.
“Supongamos -dijo- que tuviéramos aquí millones de bacterias. Con el lavado las hemos reducido a cientos de miles primero, a miles después y con otro litro de suero las llevamos a sólo unos pocos cientos. Pero sigamos lavando y tal vez quede solo una decena o ninguna, pero por las dudas espolvoreamos abundante polvo antibiótico y no necesitamos dejar tubos de drenaje porque ya no quedan rastros de infección”.
A su vez el Dr. Fischer también nos dio su clase. “Mire Nurse -me dijo- Ud. se habrá asombrado de que en este día de calor yo use camiseta. Pues sí, la uso invierno y verano. En invierno me evita el frío y en verano absorbe la transpiración. Yo no sufrí las molestias por el calor y los insectos que sufrió nuestro joven cirujano y tampoco suelo resfriarme”.
La operación había terminado y salí a sala de espera. Allí estaba mi esposo y compañero de toda una vida y juntos emprendimos el regreso a casa acompañados por la luz de las estrellas y los zumbidos de los numerosos insectos de todo tipo que parecían presagiar la lluvia refrescante que anhelábamos.
Nunca más tuve oportunidad de ver “Arroz Amargo”, que no fue más que ficción. En cambio, sí tuve oportunidad real de formar parte de un equipo de trabajo, con la invalorable e incansable Doña Margarita y con dos grandes médicos cirujanos, cada uno en un extremo opuesto de su carrera profesional, pero ambos responsables y prestos a cualquier hora si se trataba de salvar una vida.
 Años más tarde regresaba una fría madrugada a mi casa en el auto del Dr. Zeballos. Había administrado anestesia ligera para solucionar un parto de mellizos que “venían de pie”, atendido por el Dr. Zeballos. Se llaman Jesús y David...
A pesar de la hora, el Doctor me manifestó que no estaba cansado, porque cuando las cosas salen bien, no importa lo que se haya luchado: el cuerpo siente el optimismo del ánimo y descansa sin necesidad de ayuda, por la sola satisfacción de haber contribuido a que alguien sea feliz. Y así era, en efecto.
María del Carmen F. de Bodeant

(*) En realidad, en esa película no actuaba Sofía Loren; sí Silvana Mangano.

3 comentarios:

silvia luna dijo...

Hermosa entrega de amor y profesionalidad! !!! De Humanidad , Gratuidad!!!!!

silvia luna dijo...

Un beso grande para ti Beto!!! Siempre estás en la historia de nuestro pueblo !!! Gracias a tu mamá que también como nosotros hacemos feliz a alguien cuando luchamos por la vida!!!! Trabajo en la salud y tengo conciencia de lo vivido por ella y contigo supo hacer felices a unos cuantos! !!!!

Silvia Borba dijo...

Hermoso relato, mi entrañable profesora de Biología, la confidente ideal en épocas de dictadura cuando dicto clases para nosotros y nos enseño a pensar libremente.
Se extraña, los grandes siempre se extrañan, pero nunca se olvidan.
Silvia Borba