domingo, 8 de enero de 2017

Enfoques Dominicales. ¿Cómo está tu fe?

Bautismo de Cristo, obra del Maestro
de Rheinfelden, siglo XV, Francia.
La Iglesia celebra hoy el Bautismo de Jesús.
Esta fiesta nos invita a pensar en nuestro propio bautismo.
El Evangelio comienza contándonos que Jesús “se presentó ante Juan para ser bautizado”.
Jesús es un hombre, un adulto. Es él mismo quien se presenta, es decir, quien pide ser bautizado.
Pienso en todos los que puedan estar escuchando en este momento…
Es posible que me escuche alguna persona que no haya sido bautizada. A esa persona quiero decirle que el bautismo se puede recibir siendo adulto. Hay que cumplir algunas condiciones, hay que hacer una preparación, pero la primera condición es la fe: creer en Jesucristo y querer vivir de acuerdo a sus enseñanzas.
Es posible que me escuchen personas que fueron bautizadas ya con plena conciencia de lo que estaban haciendo: como adultos o como jóvenes, en la Iglesia católica o en otras confesiones cristianas que bautizan como lo indicó Jesús: “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28,19). Si ustedes fueron bautizados después de haber hecho un camino de fe, saben de qué estoy hablando.
Pienso que la mayoría de los que escuchan fueron bautizados siendo niños. Fueron sus padres quienes los presentaron, es decir, pidieron el bautismo para ustedes.
Hoy algunos padres se preguntan si tiene sentido seguir haciendo eso. Para la Iglesia Católica eso tiene sentido si los padres tienen fe. Se bautiza a los niños en la fe de sus padres, ofreciéndoles la Gracia y el Amor de Dios, como un regalo, como un don, que ellos, ya adultos, pueden hacer valer. (ver Hechos 2,39)
Pero siempre volvemos a la fe…
Este es un día para preguntarnos como está nuestra fe.
¿Cómo está tu fe?
Hay gente que dice “yo tengo una fe bárbara”, “yo tengo fe”, “tengo mucha fe”, cosas así. Pero ¿en qué tienen fe? O, mejor ¿en quién tienen fe?
La fe cristiana no es la fe en “algo”, la fe en una cosa. Es la fe en un Dios personal. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es una relación con Dios, donde el Hijo, Jesucristo, está en el centro.
Mi fe se hace viva a partir del encuentro con Jesucristo. En “La alegría del Evangelio” el Papa Francisco nos exhorta a renovar “ahora mismo” nuestro encuentro personal con Jesucristo “o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él”. Sin encuentro personal con Jesucristo, nuestra fe no es fe cristiana.
Pero ¿Dónde puedo encontrar a Jesucristo?
Ya que hoy hablamos del Bautismo, empecemos por los sacramentos. Cada uno de los siete sacramentos es una forma de encuentro con Jesucristo, y el Bautismo es la primera forma de encontrarlo. Ser bautizado es compartir la muerte y resurrección de Jesús. Nada menos. Es ser sumergido con Él en la muerte y levantarse con Él a la vida.
- Los sacramentos nos hacen presente a Jesús vivo, particularmente en la Eucaristía, donde Él se nos ofrece como Pan de Vida y donde podemos adorarlo, sabiéndolo y sintiéndolo presente. En la reconciliación, es Jesús quien perdona a través del sacerdote y nos envía con nuevas fuerzas a nuestras luchas de cada día.
- La oración es un lugar privilegiado de ese encuentro. La oración personal, la que Santa Teresa explicaba como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. La oración puede tener muchas formas; pero lo esencial es hablar con Jesús.
- En la Biblia encontramos las palabras de Jesús, sus enseñanzas, especialmente en los Evangelios. Se trata de leer, meditar y poner en práctica la Palabra. Jesús dice “el que escucha mis palabras y las pone en práctica, es como el que edificó la casa sobre la roca”
Por otra parte, leyendo y meditando la Palabra de Dios nos ponemos en contacto con el testimonio de hombres y mujeres de fe que a través de los siglos vivieron esa relación de amistad con Dios, desde Abraham, Moisés, Pedro, Pablo; Sara, Rut, María Magdalena, María. En la meditación de la Palabra nuestra fe se hace fe bíblica y nos hace sentir parte de un pueblo y una historia de salvación.
- La fe cristiana es fe eclesial y comunitaria. El Bautismo nos hace miembros de la Iglesia y eso significa que pertenezco a un gran Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, extendida por toda la tierra.
Sin dejar de sentir solidaridad con cada persona humana, sin importar su raza o religión, tengo un lazo espiritual que me une a otros hermanos y hermanas católicos en el mundo. Aquí, donde estoy, no vivo mi fe en solitario: participo en un grupo, en una comunidad parroquial, soy parte de una Iglesia diocesana en la que vive la Iglesia católica. La comunidad puede ser pequeña, pero Jesús ha prometido su presencia “donde dos o más estuvieran reunidos en su nombre”.
- Jesús nos dice que lo hagamos por nuestros hermanos más pequeños lo hacemos por él. Las personas necesitadas: hambrientas, desabrigadas, sin techo, enfermas, recluidas, han sido constituidas por Jesús en sacramento de su presencia.
La fe va acompañada por el Amor, y el amor se expresa en obras. “La fe sin obras es fe muerta” dice el apóstol Santiago (2,14-17). El año pasado, Año de la Misericordia, tratamos de conocer mejor y de poner en práctica las obras de misericordia corporales y espirituales.
La misericordia es un sentimiento profundo, que nos mueve a la acción. Las obras de misericordia corporales y espirituales, son obras de amor.
La fe va acompañada también por la Esperanza. Podemos tener muchas ilusiones, muchos anhelos… pero sólo en Cristo está la vida. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6,68). Él es la esperanza de la persona creyente.
Fe, esperanza, amor… terminemos recordando lo que dice San Pablo: “son válidas la fe, la esperanza y el amor; las tres, pero la mayor de estas tres es el amor” (1 Corintios 13,13). Es que, viendo a Dios cara a cara, la esperanza ya está cumplida y la fe no es necesaria; pero permanece el amor: “el amor nunca pasará” (1 Corintios 13,8).
En este día del Bautismo de Jesús, renovemos nuestro compromiso con Él y nuestro deseo de vivir en la fe, en la esperanza y en el amor, seguros de que ninguna obra de amor, por pequeña que sea, será olvidada por Dios. “El amor nunca pasará” quiere decir que lo que nos llevamos de esta vida, aquello con lo que nos podremos presentar un día ante Dios, son esas obras, esos actos de amor que supimos realizar en nuestra vida. Allí estábamos entrando en la eternidad, en la vida de Dios.

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