domingo, 19 de febrero de 2017

Padre Juan Masnou (1931-2017). Peregrino en busca de una Patria.

Barcelona, 30 de enero de 2016
“Los que tal dicen, claramente dan a entender que van en busca de una patria; pues si hubiesen pensado en la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de retornar a ella. Más bien aspiran a una mejor, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene preparada una ciudad...”
(Hebreos 11,14-16)
El P. Juan Masnou ha terminado su peregrinación por los caminos y ciudades de este mundo y ha partido a la Ciudad que el Padre ha preparado. Falleció en la mañana de hoy, domingo 19 de Febrero de 2017, en la residencia sacerdotal de Barcelona donde vivió este último tiempo. Había nacido el 12 de noviembre de 1931. Tenía 85 años.

Como buen peregrino, viajó siempre “ligero de equipaje”. Así llegó al Uruguay, poco después de ser ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Barcelona. Era una “vocación tardía”: entró al Seminario con su título de abogado, pero cumplió con lo que la Iglesia pedía y ofrecía como formación para sus ministros.

Pasó un breve tiempo en la Diócesis de Canelones, en tiempos de Mons. Nutti.
En 1970 vivió una experiencia como “cura obrero” en Las Piedras que terminó en un conflicto que determinó su alejamiento de la Iglesia canaria. Mons. Mendiharat lo recibió en la Diócesis de Salto. El Obispo preguntó a los sacerdotes de Fray Bentos, los Padres Sanchis y Pertusatti, si estaban dispuestos a recibir un sacerdote que podía ser “problemático”… Cuenta el P. Sanchis que los dos lo pensaron bien, pero discernieron: “¿qué clase de curas seríamos si fuéramos capaces de dejar en banda a un compañero en apuros? Aunque nos dé trabajo, lo recibimos”. Poco después, recuerda Sanchis, llegó por tren, antes que Masnou, su bicicleta. Los sacerdotes no se arrepintieron de su decisión.

En Fray Bentos estuvo muchos años, repartidos en diferentes períodos. Fue también párroco en Bella Unión y vicario parroquial en San José Obrero de Paysandú. Iba donde el Obispo le pidiera… siempre que no fuera lejos del Río Uruguay, donde iba a nadar un rato todos los días que fuera posible. Su último servicio para la Iglesia en el Uruguay estuvo en el Seminario Interdiocesano. Quienes pasaron por el Seminario en aquellos días recuerdan su enfático llamado a “poner toda la carne en el asador”: es decir, poner toda la vida en manos del Señor para servirlo en los hermanos y, si no, mejor irse para la casa.

El particular don del P. Juan estaba en sus charlas bíblicas. Era un estudioso de la Biblia que se sentaba largas horas, leyendo los textos, subrayando con diferentes colores, anotando al costado comentarios y referencias. Leía el Evangelio en griego buscando desentrañar el sentido original de las palabras y no dejaba de presentar alguna de ellas, oportunamente elegidas, en sus charlas en las parroquias. Estudiando se olvidaba de comer, pero cuando llegaba el hambre ponía algo en el fuego y seguía estudiando, hasta que le llegaba el olor a quemado del huevo que había quedado sin agua en la cacerola.

La atención de los enfermos lo preocupaba; tanto para hacerlo personalmente, como para organizar y movilizar a la comunidad para que llegara al lado de quien estuviera sufriendo. En mis primeros tiempos de sacerdote, precisamente en Fray Bentos, estuve un año con él y recibí en herencia su “pastoral de la salud”, con equipos de laicos que se dividían las distintas zonas que él había trazado en el plano de Fray Bentos para mantener visitas regulares a enfermos y ancianos, muchas veces acompañados por él.

Las anécdotas de Juan son innumerables… no vacila en decirle a un hombre angustiado que estaba a punto de ser operado que a él lo habían “operado de lo mismo y había quedado muy bien”. Tiempo después, se encuentran ambos en la playa y el hombre le agradece el ánimo que le había dado en aquel trance, pero se queda mirándolo un momento y agrega “sin embargo, Padre, a usted no le quedó ninguna marca de la operación”.

Muchas veces regresó “definitivamente” a España, pero siempre volvía al Uruguay, donde había iniciado su ministerio sacerdotal y donde reencontraba a la gente que lo quería y esperaba. Un día su regreso se hizo, esa vez sí, definitivo y se quedó en Barcelona, en la parroquia San Ildefonso, en Cornellá de Llobregat.

No era fácil encajar en la pastoral de una gran ciudad. Hablaba el catalán, pero estaba más a gusto en esa parroquia con gente de otros lugares de España que escuchaban con gusto la Misa en castellano. Encontró interesados en formar un grupo bíblico y los acompañó fielmente. Deseando seguir cerca de los enfermos, pero sin entrar en la estructura de la Pastoral de la Salud de la Arquidiócesis, se hizo voluntario de la Cruz Roja. Seguía nadando, en piscina… se cayó y se fracturó el omoplato: allí estuvieron sus compañeros de Cruz Roja para asistirlo.

En Cornellá tuvo como párroco al P. Toni Casas, que le tenía un gran cariño y respeto. Fue él quien nos comunicó su fallecimiento esta mañana. El año pasado, acompañado por el P. Toni, visité al P. Juan en la residencia sacerdotal a donde se había trasladado. Aunque pensé que podía serlo, no deseaba que esa fuera nuestra despedida y esperaba volver a verlo en otra oportunidad. Pero sí, esa fue nuestra despedida.

Yo ya lo había escuchado más de una vez, cuando en el año 1979 pasó por la parroquia de Young, mi pueblo, con una serie de charlas que él titulaba “El Dios de los Padres”. Los Padres eran los grandes patriarcas bíblicos. Así se presentaba Dios cuando hablaba a su Pueblo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob» (Éxodo 3,6). En ese tiempo yo estaba en mi búsqueda vocacional, que me llevaría a ingresar al Seminario el año siguiente. Me marcó profundamente, y sigue siendo para mí una referencia hasta hoy, la presentación de Abraham que nos hizo el P. Masnou. Lo mostró como el peregrino que, respondiendo al llamado de Dios, “salió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11,8). Guiados por Juan, fuimos recorriendo el camino de Abraham por la Tierra Prometida, presenciando como, en cada sitio al que llegaba, desplegaba su tienda y edificaba un altar a Yahveh, invocando su nombre, para luego enrollar de nuevo la carpa y partir (ver Génesis, capítulo 12). Abraham, padre de los creyentes, es el hombre que vive su fe en una relación de amistad y familiaridad con Dios, confiando en él sin vacilar, aunque le pida que le entregue el hijo de la Promesa. Abraham es el peregrino que va en busca de la Patria definitiva, la Patria Celestial y es modelo de todo creyente. Cada tienda plantada, cada altar construido, son apenas etapas en el camino que hay que saber dejar atrás para seguir caminando. Como sacerdote y hoy como Obispo, aprendí en aquellas charlas del P. Juan a vivir a sabiendas de que no tenemos aquí morada permanente, sino que somos peregrinos de la Eternidad.

Pero el P. Juan tenía muy claras las enseñanzas del Concilio Vaticano II: “Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.” (Gaudium et Spes, 43). En sus charlas, de una profunda espiritualidad y hondas raíces bíblicas, nunca estaba ausente la exhortación a unir coherentemente la fe y la vida, en todos los aspectos, sin descuidar el social.

Me uno al recuerdo, a la acción de gracias por su vida y a la oración de todos los que lo conocimos para que encuentre la Paz del Señor. Doy gracias especialmente por todo lo aprendido y vivido con él. Comencé con una cita de la carta a los Hebreos, y concluyo con otra: “Acuérdense de sus dirigentes, que les anunciaron la Palabra de Dios y, considerando el final de su vida, imiten su fe” (13,7).

+ Heriberto, Obispo de Melo

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