viernes, 31 de marzo de 2017

Enfoques Dominicales. Quinto Domingo de Cuaresma "Desátenlo para que pueda caminar" (Juan 11,1-45)




Hace muchos años, o más bien siglos, se solía inmovilizar a los bebés. Se les envolvía el cuerpo con una tela y se ataba con cuerdas o tiras de tela, de modo que las piernas quedaran extendidas y los brazos al costado del cuerpo, sin movimiento. Esto se puede ver en esta antigua imagen de la virgen niña -más que niña, una beba-, que está vestida y atada de esa forma.

La Virgen Niña en la Capilla de un colegio de Trento, Italia

Se pensaba que eso ayudaba a los bebés a dormir bien y que inmovilizados de esa manera crecerían sin las piernas arqueadas y con figura esbelta.Todo esto se fue abandonando. Hoy se deja libre al bebé y se le estimula a que se mueva, así como se estimula su vista, su oído y su gusto. Eso se llama “estimulación oportuna”, y tiene como finalidad proporcionar al bebé las mejores oportunidades de desarrollo físico, intelectual y social.

¿A qué viene todo esto?
Quiero relacionarlo con un aspecto del Evangelio, pero vayamos despacio.
El Evangelio de este domingo nos cuenta la resurrección de Lázaro. Es el capítulo 11 del Evangelio según San Juan. (11,1-45)
Lázaro, amigo de Jesús, hermano de Marta y María estaba enfermo.
Las hermanas le avisaron a Jesús, pero Jesús estaba lejos y demoró en llegar.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba cuatro días muerto y sepultado.
A su llegada, Marta salió a encontrarse con Jesús. Marta lamentó que Jesús no hubiera llegado antes, pero le expresó su confianza: “Aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.

Entonces Jesús le dijo:
- Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?
Ella respondió:
- Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.
(Juan 11,25-27)
No nos olvidemos de esa respuesta de fe de Marta. La pregunta de Jesús es también para nosotros: “¿Crees esto?”

Finalmente Jesús llegó ante la tumba de Lázaro. Allí, Jesús lloró.

Jesús, que va a manifestar que es el Hijo de Dios, reviviendo a Lázaro, manifiesta antes su humanidad, llorando a su amigo muerto.
A veces se nos dice que no lloremos ante nuestros seres queridos muertos, que llorando es como si expresáramos que no tenemos esperanza…
La esperanza no mitiga el dolor y el dolor necesita ser desahogado. Es necesario vivir el duelo, y el mismo Jesús, que iba a traer a Lázaro de nuevo a esta vida, se tomó el tiempo de expresar su pena.

Jesús pide una primera ayuda para lo que va a hacer: “quiten la piedra”.
En tiempo de Jesús, los sepulcros eran cuevas naturales o excavadas en la roca. La entrada se cerraba con una gran piedra que no podía ser removida por una persona sola. En una tumba como ésta sería sepultado Jesús y allí permanecería durante todo el descanso del sábado. El día de la resurrección de Jesús, el Domingo, las mujeres discípulas de Jesús fueron a la tumba para arreglar mejor el cuerpo y se preguntaban “¿Quién nos moverá la piedra?”. Ante la tumba de Lázaro, Jesús pide ayude: “quiten la piedra”.

La tumba está abierta y Jesús pide de nuevo ayuda. Pero no a la gente. Este es el momento en que Jesús invoca a su Padre, como hace toda vez que está a punto de hacer algo importante.

Luego, dice con voz fuerte: “Lázaro, sal fuera”

Y Lázaro revive, vuelve a la vida. No es todavía la resurrección final, la entrada en la vida eterna. Es el regreso a esta vida, donde todavía tiene un lugar y una misión, y dos hermanas y muchos amigos que lo esperan.

Y aquí Jesús pide otra vez ayuda a la gente: “Desátenlo para que pueda caminar”.
El cuerpo de Lázaro, tal como lo estará después el de Jesús en el sepulcro, está envuelto en vendas… tal como se hacía con los bebés de los que hablábamos al principio. Al igual que ellos, necesita ser desatado.

Sólo Jesús puede dar de nuevo la vida a Lázaro; pero quienes están allí, han podido colaborar con Él. Han movido la piedra. Han desatado a Lázaro.

Desde el comienzo, desde que llama a sus primeros discípulos, Jesús manifiesta que Él quiere realizar su obra salvadora con la participación de hombres y de mujeres que colaboran con Él.

Para una realidad tan profunda y tan delicada, como es el perdón de los pecados, Jesús dejó a la Iglesia, en los sacerdotes: la misión de atar y desatar:
“Todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el Cielo y todo lo que ustedes desaten en la tierra, quedará desatado en el Cielo” (Mateo 18,18)
“a los que ustedes les perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes ustedes se los retengan, les quedarán retenidos” (Juan 20,23).
Ése es el sentido del sacramento de la Reconciliación o Confesión: perdonar los pecados y así desatar a las personas para que crezcan en su vida de fe.

¿Qué cosas nos atan hoy? ¿De qué necesitamos ser desatados?
Estamos atados a cosas innecesarias, a malos sentimientos en los que nos encerramos, a adicciones que no controlamos, a malas acciones que repetimos una y otra vez…
Jesús ha venido a desatarnos de todo lo que nos deshumaniza, de todo lo que nos mata, de todo lo que menoscaba nuestra dignidad de personas.
Desatar a las personas que están atadas, que ven su vida reducida, es obra de Jesús; pero, como aquellos que estaban junto a la tumba de Lázaro, podemos también colaborar con Él en esa obra de liberación y sanación.
Colaborar sin hipocresías, como nos pide Jesús: “retira la viga de tu ojo y así podrás ver para quitar la pelusa del ojo de tu hermano” (Mateo 7,5)
O, dicho de acuerdo a lo que venimos meditando: pide ser desatado para encontrar en Jesús la vida y poder ayudar a desatar a tus hermanos.

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En nuestra Diócesis hemos vivido dos hermosas jornadas en Melo: la ordenación de Fray Adeíldo el sábado pasado y la visita de la reliquia de San Juan Pablo II el lunes. Fue hermoso ver en las dos ocasiones la Catedral completamente colmada.
Ahora, miramos hacia el Cerro Largo: allí nos encontraremos el próximo domingo, en peregrinación, llevando como lema precisamente las palabras de Jesús: “Desátenlo para que pueda caminar”. Hasta el domingo, en el Cerro, si Dios quiere.

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