viernes, 17 de marzo de 2017

Enfoques Dominicales. Tercer Domingo de Cuaresma. Dame de esa agua (Juan 4, 5-42)


Nuestra historia de hoy comienza junto a un pozo. Un pozo de donde se saca agua para beber, para cocinar, para el aseo. Un pozo que nos podemos imaginar con todo lo necesario para sacar el agua: la roldana, la cadena, el balde. Pero en este pozo no hay nada de eso. Sólo el brocal. Y el agua está allá, muy abajo, muy lejos del alcance de la mano.

Junto a ese pozo se ha sentado un hombre que ha llegado caminando. Es mediodía, hace calor, está cansado y tiene sed. Ese hombre es Jesús. Viene viajando –a pie– desde Jerusalén hasta Galilea con sus discípulos, que siguieron hasta el pueblo para conseguir comida. Este grupo de judíos, Jesús y sus discípulos, están pasando en una zona habitada por otro pueblo: los samaritanos. Judíos y samaritanos no se llevan bien… no se hablan. Los dos pueblos adoran al mismo Dios, pero discrepan en muchas cosas de su religión.

Jesús no puede sacar agua y es improbable que alguien venga a buscar agua justo a esa hora donde el sol cae a plomo.Sin embargo, alguien llega hasta el pozo. Una mujer, porque eso es parte de su tarea cotidiana: ir a buscar agua. Y tiene lo necesario para sacar agua del pozo. Es un poco extraño que vaya a esta hora. Es que tal vez no quiere encontrarse con nadie. Tal vez se siente señalada por las otras mujeres del pueblo porque ella ha ido pasando de hombre en hombre.

Blanes: La Samaritana
Un pequeño paréntesis. Entre los años 1860-1864 Juan Manuel Blanes, nuestro gran pintor, tiene una beca para estudiar pintura en Italia. En esos años Blanes pinta a la Samaritana. Se la imagina entre soñadora y coqueta, con un toque desvergonzado en el vestido.

A esta mujer que llega al pozo, Jesús le pide que le dé de beber. Mientras le da el agua, la mujer mira a Jesús con picardía y le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?»

Así comienza un diálogo que quedará registrado en el capítulo 4 del Evangelio según san Juan. Es un diálogo donde la sed y el agua van cambiando de significado. Jesús, el hombre sediento, pide beber del agua del pozo.

Pero en la vida de esta mujer hay una sed que no se apaga. Una profunda sed de ser feliz. La samaritana ha perseguido la felicidad, ha ido de hombre en hombre pero sigue insatisfecha. Este hombre que ha aparecido junto al pozo le despierta tal vez la misma ilusión que ha tenido con otros. Pero este hombre es diferente.

Este hombre con sed, que le ha pedido agua, le ofrece “Agua viva”: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva»

La mujer sigue hablando con un poco de picardía: «No tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo?»

Jesús se explica: « el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna». (Jn 4,13-14)

La mujer cambia de tono, y ahora es ella la que le pide a Jesús:
«dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla».

Pero Jesús le da un nuevo giro a la conversación. Le dice: « llama a tu marido y vuelve acá». «No tengo marido» responde la mujer. Ante esas palabras, Jesús le dice algo sorprendente: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».

Jesús crece en la consideración de la mujer que le dice «veo que eres un profeta», es decir, un hombre de Dios. La conversación sigue sobre temas religiosos… dónde se adora a Dios, hasta que la mujer le dice a Jesús lo que ella cree y espera: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo»

Entonces Jesús se presenta: «Yo soy, el que habla contigo». Frente a estas palabras, la mujer hace algo sorprendente: deja su cántaro con el agua que había sacado y se va corriendo al pueblo.

Ella, que se escondía de la gente, ella que era mirada por los hombres como una mujer “fácil”, va a hablar con los hombres a decirles «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.¿No será el Cristo?»

Los hombres escuchan a la mujer y van. Y encuentran a Jesús. Y creen en Él. Y le dicen a la mujer «Ya no creemos por tus palabras; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo»

Este es uno de los muchos encuentros de Jesús con una persona a la que ese encuentro le cambia la vida.

Un cristiano es, ante todo, una persona que ha encontrado a Jesucristo vivo, como lo encontró la samaritana. Ella creyó y se hizo discípula. Ella compartió lo que había encontrado y se hizo discípula misionera. A partir del encuentro de Jesús, todo en su vida se reubica. Se reubica en su relación con Dios, en su relación consigo misma, en su relación con los demás. Todo lo empieza a ver de otra manera. Tal vez mañana la vuelta al pozo sea diferente: no a la hora donde no viene nadie, sino a la hora donde puede encontrarse con los demás.

La mujer ha escuchado a Jesús decir “Yo soy”. En los próximos domingos volveremos a escuchar a Jesús hablar así: “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy la Resurrección y la vida”. Pero aquí Jesús ha dicho algo muy simple “Yo soy el que habla contigo”. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. El hombre que habla con los hombres y con las mujeres.

Decía el Papa Benedicto: “«quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera…
¡No tengan miedo de Cristo!
Él no quita nada y lo da todo.
Quien se da a Él, recibe el ciento por uno».  

Y Francisco agrega: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría que trae el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y “Cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús,descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos.”

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