jueves, 9 de marzo de 2017

Enfoques Dominicales. Segundo Domingo de Cuaresma. Su rostro resplandecía como el sol (Mateo 17,1-9)

Aelbrecht Bouts, La Transfiguración
Finales del Siglo XV

“Teléfono descompuesto”, “diálogo de sordos”, malentendidos… son algunas de las formas en las que expresamos nuestros problemas de comunicación. Estas dificultades contrastan con todas las posibilidades que hoy nos brinda la tecnología para comunicarnos, aún con quienes están a miles de kilómetros.

¿Qué se necesita para comunicarnos bien entre dos personas? Antes que nada dos cosas: la voluntad de decir lo que de verdad queremos decir y la voluntad de entender realmente lo que el otro nos dice.
Escribir un mensaje breve es todo un arte. Si no ponemos cuidado al escribir, si no leemos lo que escribimos antes de enviarlo, muchas veces, del otro lado, alguien tiene que descifrar o adivinar lo que quisimos poner. Por otra parte, quien lee tiene que tomarse el tiempo necesario, que no necesita ser mucho, para leer con cuidado todo lo que está escrito. Si no, tenemos intercambios como éste:

- te paso a buscar a las tres.
- bárbaro ¿a qué hora pasás?

Chistes aparte, cuando lo escrito toca nuestros sentimientos, caben muchas interpretaciones. Nos parece que quien escribió eso que leemos puede estar muy enojado… ¡pero eso es lo que nos imaginamos! ¿Será así?

Grabar un mensaje de voz ya es otra cosa. La expresión de la voz trasmite afecto o resentimiento, serenidad o enojo, confianza o inseguridad…

Pero cuando nos encontramos cara a cara, ahí tenemos la plena expresión de la persona, reflejada no sólo en sus palabras, no sólo en la expresión de su voz, sino en sus gestos y sobre todo en su rostro, que expresa muchos estados de ánimo y emociones. “Tu cara lo dice todo”, le manifestamos a una persona que se expresa vivamente sin decir nada.

Este domingo escuchamos en cada misa el pasaje del Evangelio de San Mateo que nos cuenta un episodio llamado “la transfiguración de Jesús”. Se nos cuenta que Jesús subió a un monte, con tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan.

En presencia de ellos, Jesús se transfiguró: “Sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”; pero además, “su rostro resplandecía como el sol”.

¿Qué es lo que está expresando ese rostro resplandeciente de Jesús? Aquí podríamos decir “su cara lo dice todo”. Para entenderlo, pensemos en todas las veces que vemos en una foto un rostro sonriente, feliz. por ejemplo el rostro de un niño sonriente, alegre, confiado… Lo que nos podemos preguntar es ¿qué es lo que está viendo ese niño? ¿Qué es lo que tiene delante? Seguramente, ante él hay una persona querida, que inspira esos sentimientos que se reflejan en su rostro. Puede ser la persona que esté tomando la foto u otra persona querida que esté allí delante del niño y que lo hace sonreír. Esa persona que está delante del niño, que nosotros no vemos, hace que algo muy profundo salga de adentro de ese niño y se exprese en su rostro: alegría, confianza, amor.

Así también, tenemos que imaginarnos delante del rostro resplandeciente de Jesús, el rostro de su Padre. Jesús contempla el resplandor de la gloria del Padre y su propio rostro resplandece. Ese resplandor de Jesús no es un reflejo. Como lo sintetiza el Papa Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret:
“Jesús resplandece desde el interior.
No sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz”.
Veamos rápidamente algunos detalles.
  • La subida a un monte es una forma simbólica de ascensión espiritual, de “subir” al encuentro con Dios. Ese es el sentido de la peregrinación al Verdún y de nuestra peregrinación a la Cruz del Cerro Largo, que haremos próximamente.
  • Los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, son de los primeros llamados, muy cercanos a Jesús. Son los mismos que después lo acompañarán más de cerca en el huerto de Getsemaní, pero se dormirán sin poder velar con Él en la noche en que fue entregado.
  • Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. Ambos representan dos aspectos fundamentales de la Palabra de Dios en el Antiguo Testamento. Ellos hablan con Jesús, y hablan de Jesús. Su presencia allí nos está diciendo como tenemos que interpretar las Sagradas Escrituras: no podemos entenderlas totalmente si no las entendemos a partir de Cristo porque ellas nos hablan de Cristo. A la vez, leyéndolas de esa forma conoceremos más profundamente a Cristo, porque como decía San Jerónimo “ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.
Pero, en definitiva ¿por qué Jesús ha hecho esto? Todo esto está dentro de un marco: el camino de Jesús va hacia la pasión y la cruz. Jesús ha anunciado:
«el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas;
lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles,
y se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán,
y a los tres días resucitará.»”
(Marcos 10,33-34).
Y aquí volvemos al rostro de Jesús. En la cruz ese rostro se verá de una forma completamente distinta, como lo anunció, siglos antes, el profeta Isaías:
“tenía el rostro tan desfigurado,
que apenas parecía un ser humano,
y por su aspecto,
no se veía como un hombre”
(Isaías 52,14). 
Es el rostro de Jesús crucificado, cubierto de sangre, sudor y polvo. Pero ese no será el final. El rostro de Jesús volverá a estar resplandeciente en la resurrección.

Nos dice el prefacio de la Misa de este domingo:
Cristo “después de anunciar su muerte a los discípulos
les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa
para mostrar, con el testimonio de la Ley y los Profetas
que por la pasión debía llegar a la gloria de la resurrección”
Con el anuncio de su muerte y su resurrección, Jesús no sólo le está diciendo a sus discípulos hacia dónde va Él. Nos dice también hacia dónde vamos nosotros. San Pablo lo expresa muy bien: “Cristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Filipenses 3,21). La gloria resplandeciente del cuerpo de Jesús es la misma que él quiere compartir con todos los bautizados en su Muerte y Resurrección. Ése es el destino que Dios prepara a la humanidad y hacia allí nos conduce Jesús. Por eso, la palabra final es la voz del Padre:
“Este es mi Hijo muy amado,
en quien tengo puesta mi complacencia;
escúchenlo”.

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