miércoles, 5 de abril de 2017

A 25 años de la Pascua del P. Antonio Petralanda (Melo, 10 de abril de 1992)

El próximo 10 de abril, Lunes Santo, en la Misa de las 19:30 en la Catedral de Melo, se recordará al P. Antonio Petralanda, en el 25° aniversario de su muerte.

El P. Antonio Petralanda, Canónigo Lateranense, nació en el último año del siglo XIX, el 22 de abril de 1899. Falleció 12 días antes de cumplir 89 años. Murió en el Obispado, donde residiera desde setiembre de 1988, el 10 de abril de 1992. En ocasión de su muerte, Mons. Cáceres escribía en la revista diocesana COMUNIÓN:
Ultimos años
Sus últimos años los pasó en medio de su querida Comunidad parroquial del Carmen. Los Padres Lateranenses, al marcharse de Melo, tuvieron con el P. Antonio la delicadeza y comprensión de permitirle permanecer en medio de su querida gente. Algo excepcional, que nunca se lo agradeceremos bastante.
Casi al final de su larga vida, la Providencia le tenía reservada una incomparable alegría: el abrazo que el Papa Juan Pablo II le dio, ante el clamoreo de la multitud, en la Explanada de La Concordia. Allí su nombre fue coreado junto con el del Santo Padre.
A partir de ese momento, como el anciano Simeón, quizás dijo "Ahora, Señor, me puedes llevar en paz", pues a los pocos días debió ser trasladado a Montevideo, para internarse en el Círculo Católico y luego pasar unos tres meses en la parroquia de Santa Bernardita, su Comunidad Lateranense.
Apenas se sintió recuperado, quiso regresar a Melo, pasando a residir en el Obispado.
Cuidados
Se formó una Comisión especial de laicos, que tomó bajo su responsabilidad atenderlo día y noche.
Hasta el momento en que expiró, mantuvo intacto su conocimiento, lo que le hizo percibir y gozar intensamente, por sentirse querido por todos y atendido con filial delicadeza.
Capítulo aparte, merece, pues, la sociedad melense que fue extremadamente sensible y respondió al amor del P. Antonio, con amor.
No es ajeno a este entrañable cariño, la resolución de las Autoridades de la Intendencia y de la Junta, al denominar con su nombre una calle de Melo, cosa que él valoró, sensible como era, en su verdadera dimensión. El que siembra amor, cosecha amor.
"Tapa agujeros"
Quiso a todos. Donde su presencia era reclamada, allí estaba, con una prontitud admirable. Se denominaba a sí mismo "Tapagujeros", con el humor que conservó hasta el final.
¡Con qué cariño se lo recibía en todas partes! En toda la Diócesis, pero en especial en "la línea": Fraile Muerto, Tupambaé, Santa Clara, Cerro Chato... Todas estas parroquias lo tuvieron durante largas temporadas. Por todos los rinconces dejó grandes amigos que lo recuerdan con cariño.
Cuántos decían, al enterarse de su muerte: "a mí me bautizó", o "a mí me casó" o "a mí me dio la comunión" o "asistió a mi madre" o "me tuvo en el catecismo" o "yo fui su monaguillo" o "del grupo de estudiantes", etc.
Servidor
En Melo, sirvió en todas las parroquias, siempre como "Teniente" o ayudante. Particularmente en el Carmen, donde los Lateranenses tenían su asiento comunitario y a donde llegó él en setiembre de 1932 para fundar la parroquia, junto con el P. Domingo.
Sus amores
Su País Vasco, Vizcaya, con el Árbol de Guernica, fue uno de sus grandes amores. Era oír un apellido vasco, o un "zortziko" (baile tradicional vasco) y ya "paraba la oreja" y sus ojos se le iluminaban. Su boina fue todo un símbolo sobre su cabeza calva. "La Voz de Melo" y la TV lo mantenían unido a su Pueblo, a su querida tierra de adopción.
Con ser tan vasco y haber podido regresar a su tierra natal, si hubiera querido, prefirió su Melo, su querido Melo, sus amigos todos de Cerro Largo y Treinta y Tres.
Y aquí, porque lo eligió, reposan sus restos (en la capilla San Antonio, barrio El Bosque) y aquí, junto a su gente, vive su Pascua. La eterna alegría de haberla servido y amado hasta el fin.
¡Feliz!
El diluvio que se abatió sobre Melo la mañana de sus exequias, el sábado 11 de abril, no impidió que una Catedral rebosante de hijos orara por él y lo acompañara al Cementerio. Ahora vive feliz, intercediendo por nosotros, mas junto a nosotros que nunca.
Feliz por haberse encontrado con Dios, a quien amó a lo largo de su vida y por cuyo amor se hizo Religioso Lateranense y vino a misionar a América, primero en Argentina y luego, a partir de 1932, en este noreste uruguayo hasta su muerte.
Feliz por encontrarse con tantos amigos, entre los cuales Severiano, Chiki, Guillermo, Javier Irizar...
Ahora seguirá velando por este Pueblo que lo guarda en el corazón, como un tesoro, como el símbolo de alguien que lo amó entrañablemente, hasta darlo todo por él.
La Junta Departamental de Cerro Largo le rindió un emocionado homenaje, tan justo como sentido.
¡Gracias, Padre Antonio, por tu Sacerdocio... Gracias por darlo a nuestro Pueblo!

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