Páginas

jueves, 1 de enero de 2026

“Luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Juan 1,1-18). II Domingo después de Navidad.

“Muchas sombras nos envuelven”, decíamos al iniciar el Adviento, encendiendo la primera vela de la corona, como un signo de nuestro deseo de permanecer “vigilando, en vela, para salir al encuentro del Señor que viene”.

Es verdad, en nuestro tiempo muchas sombras nos hacen sentir la presencia del mal, en las más terribles formas de violencia, muerte, miseria y opresión.

Sin embargo, podríamos decir también que hoy “muchas luces nos envuelven”, luces que nos deslumbran, que nos distraen con sus colores y sus destellos… San Pablo nos dice que 

“el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Corintios 11,14).

Hoy leemos el prólogo del Evangelio según san Juan, que ya escuchamos en la Misa del día de Navidad. Esta reiteración es una invitación a seguir profundizando este texto en el que siempre encontraremos algo nuevo. Eso sucede toda vez que meditamos la Palabra de Dios; cuanto más en este hondo pasaje del evangelio.

El comienzo del evangelio de Juan nos remite al inicio de toda la Biblia, en el libro del Génesis:

Al principio Dios creó el cielo y la tierra. (Génesis 1,1)

Así comienza el texto sagrado, presentándonos a Dios creador de todo lo que existe.

En forma similar se inicia el evangelio de Juan:

Al principio existía la Palabra
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios. (Juan 1,1)

De esta manera nos introduce en el misterio de la Palabra, que es como Juan llama aquí al Hijo de Dios. El Génesis nos habla de creación, pero Juan nos habla de existencia. La Palabra, la luz verdadera, no es creada por Dios, no es una criatura. El año pasado, celebramos los 1700 años del Concilio de Nicea, a partir del cual, los cristianos -no solo los católicos- al expresar nuestra fe decimos:

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos.
Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre;
por quien todo fue hecho…

Nacido del Padre desde la eternidad, “engendrado, no creado”. Es muy importante eso: “no creado”. El Hijo de Dios no es una criatura. Es “de la misma naturaleza del Padre”; su luz es la misma luz del Padre. El Hijo es Dios, igual que el Padre es Dios y el Espíritu Santo es Dios y los tres son un único Dios en tres personas. 

Eso se discutía en Nicea. Algunos afirmaban que el Hijo era como un ser intermedio entre Dios y los hombres… se pretendía que él no era Dios en el mismo sentido que el Padre; tampoco un hombre en el mismo sentido que nosotros. En cambio, fundándose en las Escrituras, los padres conciliares reafirmaron nuestra fe: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

Si volvemos al libro del Génesis, vemos a Dios desarrollando su obra creadora por medio de su Palabra y notemos cuál es la primera creatura:

Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. (Génesis 1,3)

El cielo y la tierra estaban cubiertos por las tinieblas. Dios creó la luz y separó la luz de las tinieblas. El día y la noche.

San Juan, en paralelo con el relato del Génesis, nos habla también de la luz, pero no de la luz creada, sino la luz del Hijo de Dios, “luz de luz”

En [la Palabra] estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron. (Juan 1,4-5)

Haciendo este paralelo, san Juan quiere presentar la venida del Hijo de Dios, vida y luz de los hombres, como la llegada de la plenitud de los tiempos. Así nos dice que…

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre. (Juan 1,9)

Reconociendo la Palabra como “luz verdadera” encontramos el sentido de la Navidad como fiesta de la luz. Las muchas luces que se encienden con los adornos navideños: en el arbolito, en el pesebre, en la fachada de las casas, tienen sentido si nos ayudan a recordar que la luz verdadera es la luz del Hijo amado del Padre, la que

a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. (Juan 1,12)

Hacer de nosotros, sus criaturas, sus hijos e hijas. Esa es la nueva creación que realiza el Padre por medio de su Hijo, luz verdadera. Jesucristo, el niño de Belén, el Hijo de Dios muerto y resucitado es la luz verdadera que nos guía hacia el cumplimiento de nuestra vocación: “llegar a ser hijos de Dios”. Es lo que expresa el cántico que encontramos en la segunda lectura, en la carta de san Pablo a los efesios:

El Padre de nuestro Señor Jesucristo […] 
nos predestinó a ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo… (Efesios 1,3.5)

La luz verdadera nos revela el sentido último, el sentido profundo de la realidad. Esa luz, la luz del Hijo de Dios es la manifestación de un amor enorme, imposible de detener, el amor de Dios. Ese amor se presenta ante nuestra libertad y puede ser recibido o rechazado. Dice san Juan:

[La Palabra] vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron. (Juan 1,11)

Para recibir la luz verdadera, tenemos que tener el valor de saber renunciar a otras formas de “iluminación” fáciles e inmediatas con las que intentamos poner luz en las sombras de nuestro tiempo. En su exhortación sobre la unidad de la fe, el papa León XIV nos recuerda:

Ciertamente, el seguimiento de Jesucristo no es un camino ancho y cómodo, pero este sendero, a menudo exigente o incluso doloroso, conduce siempre a la vida y a la salvación (cf. Mt 7,13-14). (In Unitate Fidei,11)

Festejar la Navidad es, en definitiva, recibir la luz que brota del pesebre, reflejo de la obstinada decisión de Dios de echar raíces en nuestra humanidad:

la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros (Juan 1,14)

Todo ello, para que podamos llegar a participar de su gloria en la Eternidad, para que lleguemos a ser, en su Hijo Jesucristo, hijos e hijas de nuestro Padre Dios.

Que en este tiempo de Navidad y, especialmente, en la cercana fiesta de la Epifanía que vuelve a llamarnos a contemplar la luz de Cristo, recibamos esa luz en nuestros corazones y nos animemos a seguir caminando en Iglesia, dando testimonio ante el mundo de la fe que da sentido a nuestra vida.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Recordemos, el martes 6 de enero, la epifanía del Señor. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario