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jueves, 2 de abril de 2026

“Se produjo un gran temblor de tierra” (Mateo 28,1-10). Domingo de Pascua.

Amigas y amigos: ¡Muy feliz Pascua de Resurrección!

Un temblor de tierra es algo que no conocemos en Uruguay, mientras que en otros países, como los que se ubican a lo largo de la cordillera de los Andes, forma parte de la vida cotidiana. Normalmente nos llegan noticias de esos movimientos cuando su intensidad es muy alta, hasta destruir vidas y bienes. Sin embargo, hay temblores leves, breves que descubrimos con susto en alguna visita ocasional, pero que no alteran la vida de quienes están acostumbrados.

Tanto el evangelio del domingo de Ramos como el de este primer domingo de Pascua nos hablan de temblores de tierra. En su relato de la Pasión, el evangelista Mateo nos cuenta que, inmediatamente después de la muerte de Jesús…

“El velo del Templo fue rasgado en dos, de arriba abajo, la tierra fue sacudida, las rocas fueron partidas y las tumbas fueron abiertas” (Mateo 27,51-52)

El evangelio que leemos en la celebración de la Vigilia Pascual, que puede retomarse en la Misa del día de este domingo, comienza contándonos que María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro de Jesús. Ese momento de duelo y de llanto va a verse totalmente trastocado por lo que nos cuenta Mateo:

De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. (Mateo 28,1-10) 

Lo primero que nos llama la atención es el gran temblor de tierra, lo que conecta este pasaje con el del domingo pasado: la tierra es sacudida ante la muerte de Jesús, la tierra vuelve a ser sacudida ante su resurrección.

¿Sucedió en verdad un terremoto? Es difícil comprobarlo históricamente; pero sí es seguro que el relato de Mateo busca provocar un terremoto en nuestro interior: que nuestros corazones se estremezcan, que se dejen sacudir por Dios ante este gran misterio.

Mateo continúa contándonos hechos asombrosos: un Ángel que desciende del cielo hace rodar la piedra que cerraba el sepulcro y se sienta sobre ella. La tumba de Jesús queda abierta. La piedra, la lápida, se convierte en asiento, en un signo de que la muerte ha sido vencida, porque no ha podido retener a Jesucristo. El cuadro se completa con los guardias, que quedaron como muertos.

La resurrección de Cristo es el centro de nuestra fe. San Pablo lo expresa claramente:

Si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes. (1 Corintios 15,14)

Sin embargo, la celebración de la Pascua podría pasar para nosotros como ese pequeño temblor de tierra al que están habituados los habitantes de los Andes: puede detenernos brevemente, pero luego no pasa más nada y nuestra vida continúa como siempre. El Ángel sentado sobre la piedra nos está indicando con su gesto que hay otras piedras que se pueden remover, porque Cristo ha resucitado. ¿Cuáles son las piedras que hoy cierran nuestro corazón a la vida? ¿En qué momentos, como los guardias, estamos como muertos?

Jesús murió y resucitó… pero nosotros, que creemos en Él, que creemos en su muerte y resurrección, seguimos, en muchas ocasiones, como muertos. Muertos por el miedo que nos encierra sobre nosotros mismos y se hace un obstáculo para la comunión, porque tenemos miedo de hablarnos y de perdonarnos. Miedo a la participación en la vida de la comunidad que puede colocarnos allí donde no nos sentimos tan confiados y seguros. Y, más aún, miedo  a asumir nuestra misión que nos pone de cara a lo desconocido, aunque estemos en un lugar donde “somos pocos y nos conocemos”… o, tal vez, por eso mismo.

Muertos, como si la vida ya hubiera terminado. Como si las cosas más hermosas de la vida fueran solamente aquellas que podemos recordar y no las que todavía podemos recibir de Dios y compartir con los hermanos y hermanas.

Por eso, tenemos que escuchar la palabra que el Ángel dice a las mujeres:

«No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado.
No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán". Esto es lo que tenía que decirles.» (Mateo 28,5-7)

Ustedes buscan al crucificado. Nombrar así a Jesús es recordar su muerte; pero recordarla como entrega de amor, de amor que va hasta el fin, hasta dar la vida. El crucificado es el signo del Dios que se ha hecho frágil, que ha tomado la condición de esclavo… ése es, ahora, el resucitado. Ésa es la buena noticia.

Vengan a ver el lugar donde estaba; ya no está aquí. Den ustedes también ese paso hacia la vida; no se resignen a estar “como muertos”, no se resignen a dejar de amar, a dejar de buscar la comunión con los demás.

Vengan… y vayan. La resurrección de Jesús nos saca de la tristeza y de la muerte entregándonos una misión. Las mujeres son enviadas a llevar la gran noticia a los discípulos. Anunciar a los demás lo que hemos visto y oído. Es así que se resucita con Cristo; es así que se encuentra al resucitado.

La resurrección se hace vida y alegría para nosotros únicamente si nos empuja a la misión, si nos empuja hacia los demás. De otro modo, se vuelve alegría estéril que se acaba cuando cruzamos la puerta de la Iglesia para regresar a casa.

El resucitado está en Galilea. Allí comenzó todo. Ir a Galilea no es partir a ningún lugar exótico; es volver a la realidad, a la vida cotidiana. Allí encontramos al resucitado. Allí está la misión: anunciar a los demás su presencia. Lo podremos hacer a veces con nuestro silencio, con una sonrisa, con una palabra; pero, sobre todo, con gestos de amor.

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.» (Mateo 28,8-10)

Las mujeres todavía tienen miedo, pero ahora están llenas de alegría y se ponen en camino.

Así encuentran a Jesús resucitado: “Alégrense”. La resurrección de Jesús es una alegría que llega al fondo del alma y aleja del corazón los restos del miedo y la tristeza.

Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es una alegría profunda y segura, fruto de la confianza y comunión con el Resucitado, que persiste incluso en el dolor. Esta alegría permite vislumbrar los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha que no conoce ocaso. Esa es la alegría que queremos compartir con los demás al desearnos unos a otros “Feliz Pascua de Resurrección”.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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