viernes, 24 de marzo de 2017

Enfoques Dominicales. Cuarto Domingo de Cuaresma. Yo soy la luz del mundo (Juan 9,1-41)



“Un ciego pidiendo al sol / un ciego pidiendo un sol”, cantaba hace ya muchos años Jaime Roos. La inspiración para este “Huayno del ciego” nació en una gira del músico uruguayo por Perú, donde la moneda es el Sol. Un ciego pidiendo un Sol es también un hombre pidiendo luz.

Desde aquí vamos al capítulo nueve del evangelio según san Juan, que nos cuenta el encuentro de Jesús con un hombre ciego de nacimiento al que le devuelve la vista.

En los otros evangelios encontramos también relatos en los que Jesús devuelve la vista a un ciego. Es famoso el ciego Bartimeo, que, cuando Jesús va pasando grita “Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”. Lo quieren hacer callar, pero grita más fuerte hasta que Jesús se acerca a él y le devuelve la vista. Bartimeo, de inmediato, se pone a seguir a Jesús.


Sin embargo, nuestra historia es muy distinta. El ciego del que nos habla el evangelio de Juan es un hombre que está, como el ciego de Jaime, sentado pidiendo una moneda. La palabra para describir la situación de este hombre es que vive una situación “desgraciada”.
  • Primero, porque es ciego de nacimiento. Nunca conoció con sus ojos este mundo.
  • Segundo, porque esa situación, especialmente en aquel tiempo, lo hace depender totalmente de los demás. Todo lo que puede hacer es pedir limosna. Para eso, alguien lo lleva allí donde se sienta y lo vuelve a buscar más tarde.
  • Pero hay algo más. Para la gente religiosa de aquel tiempo, este hombre está así por castigo de Dios. Nació ciego como consecuencia de algún pecado. Tal vez un pecado de sus padres: Dios los castigó enviándoles un hijo ciego. Pero algunos también se preguntan si antes de nacer no pecó… ¡en el vientre de su madre! Y por eso nació ciego.
Por eso podemos decir de él que para los hombres de su tiempo es un “desgraciado”, alguien privado de la Gracia de Dios, del amor de Dios, dejado de la mano de Dios.

Pero Jesús dice que esto no es así. Jesús se manifiesta diciendo “Yo soy la luz del mundo” y le devuelve la vista al ciego.


Aquí viene algo curioso. Jesús no devuelve la vista al ciego de inmediato, sino a través de un proceso, en el que el ciego tiene que hacer algo.

Primero, Jesús hace barro con su saliva, y se lo pone al ciego en los ojos. Después lo manda a lavarse a la piscina de Siloé. El ciego creyó. Fue, se lavó y comenzó a ver. Pero Jesús no lo acompañó: no está allí, de manera que el que dejó de ser ciego no pudo ver en ese momento al que lo había curado.

Otro problema aparece. El día en que Jesús hace eso, era sábado. La ley religiosa señalaba que esas cosas no se debían hacer en sábado, el día de descanso, el día dedicado a Dios. Nosotros mismos no podríamos dejar de reconocer que esto podría haber sido al día siguiente ¿por qué no? Pero Jesús quiso actuar ese mismo día, ese sábado.

Todo esto desata una polémica y el ciego se ve pronto envuelto en ella. Le van a preguntar sobre Jesús. Es interesante ver como, poco a poco, el ciego va “abriendo los ojos”, pero aquí se trata de los ojos de la fe, y va viendo más claramente quién es Jesús.

La primera vez que le preguntan cómo se le abrieron los ojos, el que había sido ciego habla de “ese hombre al que llaman Jesús”.
La segunda vez, quieren hacerle decir que ese hombre, Jesús, es un pecador, porque no respeta el sábado. El ex ciego se defiende bien: “yo no sé si es pecador o no, lo que sé es que yo no veía y ahora veo”, que es como decir “explíquenme esto”.

Le insisten, y él sigue creciendo en su fe en ese Jesús al que todavía no ha visto. En un momento, le dice a los que lo interrogan “¿Acaso ustedes también quieren hacerse discípulos suyos?” Ese “ustedes también” está indicando que él ya se considera un discípulo de Jesús.

Le siguen argumentando, pero él va afinando cada vez más la respuesta: "Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada" (Jn 9:32-33).

Es entonces, finalmente, que aparece Jesús. Y Jesús le pregunta “¿Crees en el Hijo del Hombre?”. El ciego, a su vez: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?” Y Jesús: “Tú lo has visto, el que está hablando contigo”.

En nuestro programa anterior habíamos oído a Jesús en su diálogo con la mujer samaritana decir “Yo soy, el que habla contigo”. Ahora, de nuevo, parecido: “Tú lo has visto, el que está hablando contigo”.

Jesús es la Palabra de Dios al hombre. A través de Jesús, el Padre Dios comunica su amor a la humanidad. Es el que habla con la Samaritana, el que habla con el ciego, el que sigue queriendo establecer ese diálogo con cada persona que viene a este mundo.

En nuestro espacio anterior, yo les compartía la invitación que nos hace el Papa Francisco: “a renovar ahora mismo nuestro encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarnos encontrar por Él”.

Encontrarse con Jesucristo Vivo hoy sigue siendo posible, por muchos caminos.
Todos podemos encontrarlo en la Biblia, en la Palabra de Dios. Toda la Biblia nos habla de Él.
  • Podemos encontrarlo en los sacramentos: el bautismo, la eucaristía, la reconciliación o confesión… cada uno de los siete sacramentos, vivido en la fe, es un encuentro personal y comunitario con Jesucristo.
  • Podemos encontrarlo en la Iglesia, en la comunidad, donde Él se hace presente, según su promesa: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dos o más: una pareja de novios o de esposos, una familia, un pequeño grupo de oración… dos o más personas que se reúnen para rezar juntos.
  • Podemos encontrarlo finalmente en el hermano necesitado, porque él mismo nos dijo: cada vez que hicieron esto: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al preso o al enfermo, dar cobijo al extranjero, cada vez que lo hicieron, lo hicieron conmigo.

Que en estos días, especialmente en este Domingo, podamos encontrarnos con Jesús.
Que Él, luz del mundo, sea nuestro sol, nuestra luz.

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