miércoles, 14 de noviembre de 2018

Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán (Mc 13,24-32)







El adjetivo “apocalíptico” evoca visiones terroríficas. El libro del Apocalipsis, el último de la Biblia, está lleno de esas imágenes. La forma en que está escrito podría ser el guion para un videoclip, donde las imágenes se suceden rápidamente, superponiéndose, fusionándose o transformándose unas en otras.

Pero el significado original de Apocalipsis no es ése. Apocalipsis es una palabra griega que significa revelación. Un acto a través del cual se descorre un velo y queda a la vista lo que estaba escondido detrás.

El Apocalipsis de la Biblia fue escrito como un mensaje de consuelo o, más aún, de consolación, que no es simplemente decirle a alguien que está sufriendo “no llores” y darle unas palmaditas en la espalda. La consolación es el consuelo profundo, que restablece, que devuelve las fuerzas, que reabre la esperanza, que hace posible la alegría aún en medio de las dificultades y el dolor. La consolación espiritual, en última instancia, viene de la experiencia de encuentro con Jesús resucitado.

El Apocalipsis se escribió en tiempos en que los cristianos se enfrentaban a pruebas muy duras, especialmente la persecución; posiblemente la del emperador Domiciano, a fines del siglo primero.

El mensaje se podría sintetizar así: “esto es lo que aparece; es terrible; es el mal extendido y aparentemente triunfante por todas partes; pero escondida detrás está la realidad definitiva: el triunfo del bien y de la vida; la victoria de Dios”. Realidad que se revela para nosotros, para renovar y fortalecer la gran esperanza, sin que nada ni nadie nos pueda arrebatar nuestra alegría.

El libro del Apocalipsis no es el único en su género literario. Hay toda una literatura apocalíptica dentro y también fuera de la Biblia. En las lecturas de este domingo tenemos dos ejemplos: el libro de Daniel, el escrito apocalíptico más antiguo de la Biblia y este pasaje del evangelio de Marcos, escrito en ese estilo. Dice Jesús:
En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán.
Son señales cósmicas impresionantes. No se mencionan persecuciones, pero estaban ocurriendo en el momento en que se redacta el evangelio de Marcos. Posiblemente la del Emperador Nerón, en el año 64, en la que, según la tradición, fueron mártires san Pedro y san Pablo.

A continuación de las señales en el cielo, Jesús anuncia lo más importante:
Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
Es el anuncio de la segunda venida de Cristo en la Gloria, al final de los tiempos, para reunir a los suyos. En otros pasajes se anuncia también que esa venida traerá el juicio final, como lo decimos en el Credo:
“De nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.
Jesús termina su anuncio con una promesa:
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
La palabra de Jesús, aunque esté dicha en un lenguaje humano, no es meramente palabra humana. Es Palabra divina, que hace realidad lo que dice. Dios no promete en vano. Realiza lo que promete.

Segunda venida de Cristo, juicio final, fin de la historia… ¿Cuándo sucederá todo eso? Los primeros cristianos veían ese fin inminente; tanto, que san Pablo tuvo que llamarles la atención a algunos que hasta habían dejado de trabajar, porque ya se acababa el mundo.

Poco a poco se fue comprendiendo que ese final podía tardar y entonces se nos invita a mantener una actitud vigilante. La parábola de las cinco vírgenes prudentes y las cinco vírgenes necias es un ejemplo de esto. Las prudentes se preparan para una espera larga, y se proveen de aceite para que no se apaguen sus lámparas y recibir con sus lámparas encendidas al Señor que llega finalmente.

A lo largo de los siglos, muchas veces se ha pretendido establecer y anunciar una fecha de esta segunda venida de Cristo. Pero no olvidemos lo que también dice Jesús:
En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo; nadie, sino el Padre.
No sabemos pues, ni el día ni la hora para ese fin del mundo; pero tampoco sabemos el día ni la hora del final de nuestra propia vida. Por eso, en el Evangelio “velar”, “vigilar”, “estar atento” son actitudes importantes. Es mirar qué estamos haciendo con nuestra propia vida, porque más temprano o más tarde tendremos que presentarnos ante el Señor y dar cuenta de nuestros actos.

Y en ese ver qué es lo que hacemos, recordemos que este domingo se celebra la jornada mundial de los pobres, instituida por el Papa Francisco. Con el telón de fondo de las palabras de Jesús, atendamos al llamado del Santo Padre para que imitemos a Dios que escucha el grito del pobre, que le responde con su amor y que lo libera de las cadenas de la pobreza y la injusticia.

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó. II Jornada Mundial de los Pobres

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. 

La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). 

Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasado. Muchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. 

Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Vaticano, 13 de junio de 2018 
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

miércoles, 7 de noviembre de 2018

11 de noviembre: peregrinación a la Virgen de los Treinta y Tres







Este segundo domingo de noviembre, como acontece cada año, la catedral de Florida recibe a los peregrinos que, desde todo el Uruguay, acuden al santuario de la Virgen de los Treinta y Tres Orientales a pedirle que siga guiando los caminos de nuestro pueblo.

Es una buena oportunidad para recordar lo que manifiesta esta imagen querida que tantos uruguayos tenemos en nuestros hogares, puestos así bajo el manto de la Madre.
Como hay también quienes nos escuchan o leen desde otros países, voy a intentar explicar lo más claramente posible algunos detalles de nuestra historia. Pero antes recojo una presentación de la imagen, de un video publicado por la CEU:

Esta imagen de María es de cedro paraguayo. Tiene 36 cm de alto y fue tallada de manera formidable. Como muchas otras imágenes, proviene de los silenciosos pero vastos talleres de las misiones jesuíticas, aquellas que terminaron siendo proveedoras de gran parte de la iconografía presente en las iglesias y capillas coloniales.

Esta imagen de la Virgen pertenece a un tipo de escultura superior, punto culminante de una evolución artística que solo produjo algunos ejemplares de excepción.
Es una figura de gran suavidad en la que se destaca su hermoso rostro admirablemente terminado y sus delicadas manos unidas. 


Sus colores son los colores de la patria: azul, blanco y el oro del sol. En ellos se representa nuestra bandera. Mucho antes de que se proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción, el Pueblo de Dios manifestaba su fe en la Purísima.


Esta fe arraigada sobre todo en España, llevó a que muchos artistas, como Murillo, buscaran representar el misterio de su concepción inmaculada.


Ellos se inspiraron en el texto del Apocalipsis que dice: “una gran señal apareció en el cielo; una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está encinta y grita con los dolores del parto y el tormento de dar a luz”.


Bajo esta perspectiva, podemos volver a la pequeña imagen de la Virgen de los Treinta y Tres y descubrir que la pequeña talla, conserva todo el carácter de la época en que fue concebida.


Si comenzamos desde abajo, encontramos el cielo oscuro en el que se destacan las estrellas; una nube, y la luna menguante de color plateado. De la nube sobresalen los angelitos. Ella aparece así, por encima del cielo nocturno, por encima de la oscuridad que representa el mal, el pecado, sobre el que triunfa ella, la llena de gracia, la Agraciada, que reina por encima de los ángeles.


La pierna derecha aparece adelantada bajo el vestido en un paso de danza, el movimiento que se une al del manto, y contrasta con las manos unidas en oración, combina admirablemente movimiento y reposo.


El largo vestido levemente ceñido bajo el pecho, insinúa su embarazo. Su color es dorado; está vestida de sol, de lo eterno. Su manto agitado por el viento del Espíritu, refleja el color azul del cielo y nos habla de la pertenencia de María a lo infinito, a Dios.


Por dentro, su color blanco es símbolo de pureza, de la disponibilidad, de la página en blanco que espera ser escrita.


Por último, su corona, representa la preeminencia de María en la creación. Ella es modelo de entrega al proyecto de Dios.


María de los Treinta y Tres es la virgen inmaculada, la purísima. Es ella la que ha acompañado los pasos de nuestra historia, como la estrella del alba hacia su hijo; es a ella a quien podemos acudir como capitana y guía en las noches más oscuras o en la alegría más profunda, encontrando así la verdadera fuente de paz y del amor que es nuestro Padre Dios.


A diferencia de la Virgen del Luján o de Nuestra Señora Aparecida, esta imagen no está ligada a ninguna aparición o milagro. Como se nos decía en el relato, llegó desde las Misiones Jesuitas. A fines del siglo XVIII la encontramos, custodiada por el indio Antonio Diaz en la villa del Pintado, en lo que hoy es el departamento de Florida. En 1808 fue allí como párroco el P. Santiago Figueredo. Considerando que el Pintado no estaba en un sitio adecuado, el sacerdote propuso al virrey el traslado de la villa a un lugar mejor. Así se fundó la hoy ciudad de Florida y allí fue ubicada la imagen.

En 1810, las Provincias del Río de la Plata se levantaron contra el dominio español. En 1811, la rebelión llegó a la Provincia Oriental, es decir, al Uruguay, encontrando en José Artigas su conductor.
Pasaron los años… España abandonó estas provincias rebeldes. Los portugueses, desde Brasil, invadieron la Provincia Oriental. Artigas fue derrotado y se exilió en Paraguay hasta su muerte. La Provincia Oriental se convirtió en Provincia Cisplatina bajo dominio lusitano. En 1823 Brasil se independizó de Portugal y se constituyó en Imperio. En ese momento, en Buenos Aires, varios orientales comenzaron a prepararse para liberar su tierra del dominio brasileño.

El 19 de abril de 1825, treinta y tres hombres cruzaron el río Uruguay en dos lanchones: eran los Treinta y Tres Orientales. Iniciaron la lucha y, muy pronto, las demás Provincias del Río de la Plata entraron en la guerra contra Brasil. El 25 de agosto de 1825, la Provincia Oriental declaró su independencia del Imperio y su unión con las provincias del antiguo virreinato del Río de la Plata.

Según la tradición, ese 25 de agosto, la asamblea reunida en Florida rezó ante la imagen de la Virgen. No estaban allí todos los Treinta y Tres, pero sí muchos de ellos, junto a los representantes de los pueblos de la Provincia. Años más tarde el segundo jefe, Manuel Oribe, ofrecerá a la imagen una corona, como expresión de gratitud por su protección.

El mensaje de la Virgen de los Treinta y Tres es silencioso, pero llega a los corazones que se abren a él. Lo primero que nos habla es su presencia: ella está en los comienzos de la fe en nuestra tierra, en la primera evangelización. Ella está en el comienzo de la Patria, en los caminos que llevaron a su independencia.

En segundo lugar, nos habla la imagen misma, lo que la imagen nos dice de María. Se trata de la Inmaculada Concepción, y esa es la clave. El dogma de la Inmaculada Concepción de María fue definido en 1854 por el Papa Pío IX, de esta manera:
“la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano” (Bula Ineffabilis Deus)
Pero mucho antes de eso, el Pueblo de Dios ya creía y manifestaba su fe en la “Purísima”.

Nuestra Madre es, pues, la Virgen Inmaculada, la Virgen Purísima. No hay que mirar en ello un privilegio que la aleja de nosotros. Por el contrario, la acerca. Siendo enteramente de Dios, puede ser enteramente nuestra, como lo expresan los versos de un sacerdote y músico argentino, el P. Catena:
“Toda de Dios sos María / toda nuestra y del Señor / toda santa, inmaculada / pura y limpia concepción”.
A María Inmaculada, Virgen de los Treinta y Tres, en la que Dios ha vencido, por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, sobre el demonio, el pecado y la muerte, le encomendamos el caminar de nuestro pueblo para que conduzca sus pasos hacia la libertad de los hijos de Dios.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Más que todos los sacrificios (Marcos 12, 28b-34)






“Sacrificio” es una palabra que ha cambiado de significado y, podríamos decir, también de valor a lo largo de los tiempos.

Para un hombre de la antigüedad, digamos un egipcio, un griego, un romano, “ofrecer un sacrificio a los dioses” era algo que estaba en su vida corriente. Consistía en ofrecer a la divinidad algo de cierto valor… generalmente un animal, que se sacrificaba. Eso se hacía para obtener un favor especial de algún dios. Una especie de trueque: “te doy esto para que me des lo que te pido”.

Para un judío de aquellos tiempos, tampoco era extraño… a Yahveh, el Dios único, se ofrecían diversos tipos de sacrificios: desde el holocausto, en que la víctima era totalmente consumida por el fuego, hasta el “sacrificio de comunión”, donde se derramaba la sangre sobre el altar y se quemaba la grasa, pero luego la carne se asaba y se compartía entre los presentes.

Los sacrificios del Pueblo de Israel, el Pueblo de Dios, no sólo tenían distintas formas, sino también diferentes significados: de expiación, para pedir perdón por una falta grave, de acción de gracias, de súplica…

Los profetas de Israel fueron bastante críticos con esos sacrificios, porque veían que esa acción de culto exterior muchas veces no iba acompañada de una sincera conversión del corazón.
Ya el salmo 50 traduce esa inquietud espiritual:
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias. (S. 50,18-19)
Con el cristianismo, el sacrificio pasó a ser profundamente espiritual, pero, paradójicamente, el cambio se dio a través de un cruel y sangriento sacrificio: el de Jesús en la cruz. Jesús sufre una muerte cruel e infamante, pero él transforma esa sentencia terrible en un acto de amor. Inmovilizado en la cruz, Jesús hace un inmenso acto de libertad, entregando en amor su vida al Padre por sus hermanos y hermanas.

Dice la carta a los Hebreos:
Jesús, sumo y eterno sacerdote “no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día (…) esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” en la cruz (Hebreos 7,27).
Poco a poco, en el lenguaje corriente, sacrificio se transformó en sinónimo de esfuerzo, sufrimiento, trabajo penoso… hoy es algo que en lo posible se trata de evitar… pero no conviene olvidar que el sacrificio se hace por algo. Se renuncia a un bien, mirando hacia un bien mayor para los demás o aún para mí mismo.

En el evangelio de este domingo, la cuestión de los sacrificios aparece como algo lateral… todo comienza con la pregunta a Jesús de un Maestro de la Ley:
“¿Cuál es el primero de los mandamientos?”
La respuesta no es simple. No se trata solo de los Diez mandamientos… las normas contenidas en el libro de la Primera Alianza, el Antiguo Testamento, eran muchas más… más de 700… Algunos rabinos pensaban que el mandamiento más importante era observar el sábado. Las controversias de Jesús con los fariseos por ese motivo nos hacen ver que era, efectivamente, un precepto muy significativo.

La respuesta de Jesús va al centro, pero, aun así, tiene matices:
«El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas". El segundo es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento más grande que estos».
Notemos que Jesús no comienza diciendo “amarás al Señor tu Dios…” sino que dice: “Escucha Israel”. Hay un verbo en imperativo: “escucha”, dirigido al Pueblo de Dios; sigue inmediatamente una profesión de fe: “el Señor nuestro Dios es el único Señor”. En ese marco se entienden los mandamientos, en esa relación de alianza de Dios con su Pueblo, que lo reconoce como único Señor.

Y aparece el primer mandamiento “Amarás al Señor tu Dios…” Todo podría haber quedado allí; seguramente esa respuesta hubiera sido suficiente… pero Jesús agrega inmediatamente un segundo mandamiento que Jesús une al primero: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Los dos mandamientos son inseparables.

La primera carta de san Juan explica muy claramente:
“Quien no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve.” (1 Juan 4,20).
El maestro de la ley, el hombre que hizo la pregunta, quedó satisfecho con la respuesta de Jesús y aquí aparece el tema de los sacrificios:
«Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Recuerdo una Misa con un sacerdote que ya falleció, que estuvo muchos años en Paysandú, el P. Pancho Romero. Él solía hacer una extensa introducción al Padrenuestro, casi otra homilía. En esa Misa, en cambio, la hizo cortita, pero muy sentida: “hagamos un acto de amor a Dios”. Así nos invitó a rezar al Padre con las palabras de Jesús y a poner en ese acto todo el corazón, toda la inteligencia, todas las fuerzas…

¡Cuántas veces he rezado apurado, mecánicamente, sin considerar con todo su peso lo que estoy diciendo…! Si yo me tomara un poco más de tiempo para que el encuentro con el Señor en la oración sea más verdadero, sea un acto de amor… ¡cuánto me ayudaría a recibir a mi prójimo, a escucharlo, a hacer algo por él, en fin… a amarlo, a amarlo de verdad!


domingo, 28 de octubre de 2018

Mensaje del Sínodo a los jóvenes


Con palabras de esperanza, confianza y consuelo, los padres sinodales nos dirigimos a ustedes, jóvenes del mundo. En estos días hemos estado reunidos para escuchar la voz de Jesús, “el Cristo eternamente joven” y reconocer en Él las muchas voces de ustedes: sus gritos de alegría, sus lamentos, sus silencios. Conocemos sus búsquedas interiores, sus alegrías y esperanzas, los dolores y las angustias que los inquietan.

Deseamos que ahora puedan escuchar una palabra nuestra: queremos acompañarlos en sus alegrías y trabajar junto a ustedes para que sus expectativas se transformen en ideales. Estamos seguros de que estan dispuestos a entregarse con todas sus ganas de vivir para que sus sueños se hagan realidad en su existencia y en la historia humana.

Que nuestras debilidades no los desanimen, que la fragilidad y los pecados no nos hagan perder la confianza de ustedes. La Iglesia es su madre, no los abandona y está dispuesta a acompañarlos por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con más fuerza, haciendo desaparecer las nieblas de la indiferencia, de la superficialidad, del desánimo.
Cuando el mundo, que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo Jesús, se estanca en las cosas, en el éxito inmediato, en el placer y aplasta a los más débiles, ustedes deben ayudarlo a levantar la mirada hacia el amor, la belleza, la verdad y la justicia.

Durante un mes hemos caminado juntamente con algunos de ustedes y con muchos otros unidos por la oración y el afecto. Deseamos continuar ahora el camino en cada lugar de la tierra donde el Señor Jesús nos envía como discípulos misioneros.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente del entusiasmo de ustedes. Háganse compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida.
Ustedes son el presente; sean el futuro: el más luminoso futuro.

Roma, 28 de octubre de 2018.

miércoles, 24 de octubre de 2018

«Maestro, que yo pueda ver» (Marcos 10,46-52)







Una de las formas de medir la pobreza de una persona o un grupo es en base a las necesidades básicas insatisfechas. En Uruguay, los censos de población y vivienda suelen preguntar esos datos. Los aspectos que se estudian son: estado de la vivienda, abastecimiento de agua potable, servicios higiénicos y acceso a energía eléctrica. También un mínimo confort: calefacción, refrigeración de alimentos y agua caliente; finalmente, acceso a la educación formal de niños y adolescentes.
Pero una cosa son las necesidades que se pueden medir objetivamente y otra las necesidades sentidas por las personas. Contaba el Padre Cacho, sacerdote que se fue a vivir entre los más pobres en un asentamiento de Montevideo -lo que entonces se llamaba irónicamente un “cantegril”- que cuando se le preguntó a la gente de aquel lugar qué necesitaban (¡y cuántas cosas hacían falta!) ellos pidieron un salón comunal y en él, dos cosas fundamentales: duchas y un lugar donde lavar la ropa. Los hombres decían “si vas todo sucio y con la ropa mugrienta nadie te da trabajo”.

Todo esto me lo ha recordado la sencilla pregunta que Jesús hace en el Evangelio… «¿Qué quieres que haga por ti?». La respuesta podría parecernos obvia y, seguramente, Jesús sabe de antemano la respuesta; pero Él quiere que sea ese hombre, ese hombre que pide que Jesús le tenga compasión, el que exprese cuál es la profunda necesidad que siente.
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»
El ciego grita al paso de Jesús y sus discípulos. La gente lo reprende para que se calle. Su grito molesta… “¿qué quiere?” “¿para qué grita tanto?” tal vez se preguntan algunos y, sin embargo, quieren que calle.
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo».
Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama».
Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él.
Jesús lo hace llamar. No lo hace él mismo, sino que hace que aquellos que le pedían que callara colaboren en lo que Él va a hacer. Cuando el ciego está ante Jesús, viene la pregunta y la rápida respuesta:
Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver».
El pedido del ciego dice mucho más de lo que parece. Poder ver es un deseo natural para quien ha perdido la vista o nunca la ha tenido. Pero el pedido dirigido a Jesús supone creer que Él tiene la posibilidad de hacer que la luz llegue de nuevo a sus ojos. Y esta fe es la que hace posible el milagro:
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
Notemos que Jesús lo despide: “vete…”. Pero el que había sido ciego no se va. Al contrario: comenzó a seguir a Jesús por el camino. Seguir a Jesús es lo propio del discípulo. Bartimeo ha entrado en el camino del discipulado. Sigue a la luz que ha encontrado en su vida: Jesús.

Así se presenta Jesús en el Evangelio según san Juan: Yo soy la luz del mundo; y lo hace, precisamente, antes de dar la vista a un ciego de nacimiento (c. 9).
A Bartimeo se le puede aplicar lo que dice San Pablo en la carta a los Efesios (5,14):
“Despierta, tú que duermes y Cristo te iluminará”.
Uno de los pasos de la celebración del Bautismo es la entrega de la luz. Junto a la pila bautismal se enciende el cirio pascual, la gran vela que representa la luz de Cristo Resucitado, vencedor de la oscuridad y de la muerte. Del cirio pascual se encienden los cirios que se entregan a los recién bautizados, para que, recibiendo la luz de Cristo, ellos se hagan también luz del mundo.

Así, los discípulos de Jesús, Luz del mundo, son llamados por Él a extender esa luz:
“ustedes son la luz del mundo” (Mateo 5,14). 
San Pablo expresa lo mismo de una forma muy gráfica:
“… en medio de una generación extraviada y pervertida … ustedes brillan como haces de luz en el mundo, mostrándole la Palabra de Vida” (Filipenses 2,15-16).
Dice el Papa Francisco:
“Como la llama del cirio pascual da luz a cada vela, así la caridad del Señor Resucitado inflama los corazones de los bautizados, colmándolos de luz y calor. Y por eso, desde los primeros siglos, el bautismo se llamaba también «iluminación» y a quien era bautizado se le llamaba «el iluminado». Esta es, de hecho, la vocación cristiana: «caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe» (cf. Rito de iniciación cristiana de los adultos, n. 226; Juan 12, 36). 
(…)
La presencia viva de Cristo, presencia a custodiar, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras elecciones, llama que calienta los corazones en el ir al encuentro del Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él.”
(Audiencia General, miércoles, 16 de mayo de 2018).

miércoles, 17 de octubre de 2018

Vino para servir y dar la vida (Marcos 10, 35-45)







“tu bisabuelo hizo Patria / tu abuelo fue servidor…”
Así dice una vieja canción, sintetizando la historia familiar de un niño de la frontera uruguayo-brasileña…
Tu bisabuelo hizo Patria, significa que estuvo en las luchas de la independencia, tal vez junto a Lavalleja…
Tu abuelo fue servidor, refiere que ese hombre luchó en alguno de los bandos de las guerras civiles que enfrentaron a los uruguayos hasta el comienzo mismo del siglo XX.
La historia termina tristemente:
“tu padre carneó una oveja / y está preso por ladrón”.
Pero me quedo con esa palabra: servidor. A quienes nunca hemos empuñado un arma nos cuesta pensar en la lucha armada como un servicio. Yo no diría que prestan servicio quienes forman un ejército de conquista, que sale a imponer el poder de una nación sobre otra… pero ¿qué hay de quienes defienden su tierra y su pueblo de uno de esos ataques invasores? ¿o de quienes hoy desempeñan misiones de paz? ¿O de quiénes defienden a los son atacados por la violencia criminal o terrorista? Armados para defender, poniendo su vida en juego, son y merecen ser llamados servidores, servidores públicos.

En el libro de la Primera Alianza o Antiguo Testamento, muchas veces vemos al Pueblo de Dios reunirse en asamblea. La palabra hebrea para esa asamblea es qahal, el qahal de Yahveh, la asamblea de Dios. Es la comunidad que ha hecho alianza con Yahveh y está dispuesta a servirlo, como se manifiesta en una de las lecturas de un domingo ya pasado:
“Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses… nosotros también serviremos al Señor” (Josué 24,16.18)
Cuando la primera parte de la Biblia se tradujo al griego, la palabra qahal fue traducida por la palabra ekklesía. La ekklesía era la asamblea de los ciudadanos en las ciudades griegas, siglos antes de Cristo. Eran ciudadanos los hombres que tenían armas y estaban dispuestos a defender la ciudad. Lo interesante de la palabra ekklesía es que viene del verbo ekkaleo, que significa “llamar”. Ekklesía se traduce también como “convocatoria”, gente que es llamada simultáneamente, para que se reúna, se congregue.

En el evangelio de este domingo, Jesús anuncia que Él ha venido para servir. No parece difícil entender lo que dice Jesús. El servicio a los demás está siempre presente en su vida: sanando enfermos, expulsando demonios, haciendo andar a los paralíticos, devolviendo la vista a los ciegos, enseñando… lavando los pies de sus discípulos para darles un ejemplo… en fin. Sin embargo, este evangelio nos presenta el servicio de Jesús de la forma más radical, precisamente cuando sus discípulos están buscando puestos y privilegios.
Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».
Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»
Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».
Salteamos la respuesta del Maestro. Veamos la reacción de los demás discípulos frente a ese pedido y las palabras finales de Jesús:
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
Jesús contrapone la actitud que él espera de su grupo de discípulos con la más común actitud en el mundo: los poderosos “dominan a las naciones y actúan como si fueran sus dueños” (Y pensemos que Jesús está en una provincia del Imperio Romano). De sus discípulos, Jesús espera la actitud de servicio: “el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos”.

Y aquí viene lo más importante: “Porque el mismo Hijo del hombre” -es decir, el mismo Jesús, porque esa es la manera que Él tiene de nombrarse a sí mismo- “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”.

Jesús vino para servir y dar la vida. Pero no está hablando de dos cosas distintas, como si dijera: yo vine primero para servir, es decir, curar enfermos, expulsar demonios, etc. y después de todo eso, dar la vida en la cruz. No. Todo es una sola cosa. Para Jesús servir es dar la vida. Él va dando su vida en cada encuentro con personas y comunidades… en cada paso va entregando su vida; y esa entrega, ese dar la vida culmina en la cruz.

En la cruz ¿para qué? Jesús no ofrece su vida para nada: entrega su vida, da la vida “en rescate por una multitud”; para abrir el camino de los hombres hacia Dios, para abrir el camino de la humanidad hacia la vida eterna en Dios. El servicio de Jesús es difícil de comprender, si no se entiende como un acto de amor, un acto de amor generoso hasta el extremo. Jesús no presta un servicio con las armas en la mano. No ejerce ninguna violencia, ni siquiera para defender a otros o defenderse él mismo: él mismo se hace víctima de la violencia, recibe sobre Él las acusaciones falsas y un juicio con aires de linchamiento (¡crucifícalo, crucifícalo!), recibe los insultos y las escupidas, los azotes, la corona de espinas, los golpes y las caídas bajo el peso del patíbulo, los clavos que taladran sus pies y sus manos y la agonía de la cruz.

Miles de hombres fueron crucificados por los romanos antes y después de Jesús; pero Él transformó esa muerte terrible e infamante en una ofrenda de amor. Jesús, el crucificado, se hizo el servidor de todos. Por eso venció a la muerte y el Padre lo resucitó de entre los muertos.

Cuando Él nos dice “el que quiera seguirme que tome su cruz y me siga… el que quiera ser el primero que se haga el servidor de todos…” recordemos que él, como dice Santa Teresa de Ávila “se puso primero”; “se puso primero en el padecer”. Y sigue diciendo la santa:
“Él es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero (…) ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí” (Vida 22, 6-7).

jueves, 11 de octubre de 2018

Los nuevos santos y la Diócesis de Melo







Amigas, amigos, como muchos de ustedes saben, me encuentro todo este mes de octubre en Roma, participando del Sínodo de los obispos sobre los jóvenes, convocado por el Papa Francisco.
Este domingo el Papa presidirá la celebración en la que serán canonizados siete nuevos santos. De ellos hay tres que tienen alguna relación con nuestra diócesis: el Papa Pablo VI, Mons. Óscar Romero y la Madre Ignacia March. Ya me extenderé sobre ellos.
Los otros cuatro son:

Un santo joven: Nunzio Sulprizio, que murió en 1836, a los 19 años. Durante su infancia padeció las consecuencias de la pobreza, la enfermedad y el maltrato, especialmente de su tío materno que -desde que fallecieron sus padres-, lo obligó a trabajar como herrero en condiciones inhumanas, las cuales le habrían provocado el tumor óseo que lo llevó a la muerte. Es un ejemplo de santificación en la enfermedad y el trabajo.

El Padre Vincenzo Romano, un sacerdote italiano, de Torre del Greco, cerca de Nápoles. Murió en 1831. Sostuvo en la fe a su gente cuando una erupción del volcán Vesubio arrasó la ciudad. También fue muy cercano a los marineros que pasaban por los peligros y fatigas de la pesca.

La Madre María Katharina Kasper, fue una religiosa alemana que murió en 1898. Venía de una familia campesina y trabajó también como tejedora. Eso la hizo muy cercana a los pobres de su tiempo, a quienes se dedicó con la congregación que fundó, las Pobres Siervas de Jesucristo.

Otro sacerdote italiano, el P. Francesco Spinelli, de la arquidiócesis de Milán, que murió en 1913. Fundó las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, que unían su vida de oración, adorando a Jesús en la Eucaristía día y noche, con el servicio a los hermanos pobres y sufrientes en los que se “revela el rostro de Cristo”.

El Papa Pablo VI, cuyo nombre era Juan Bautista Montini, nació en Brescia, una diócesis italiana que, desde hace 50 años, está muy unida a nuestra diócesis de Melo. Fue elegido Papa en 1963, a la muerte de san Juan XXIII.
Le tocó continuar y culminar el Concilio Ecuménico Vaticano II. Mons. Roberto Cáceres estuvo en más de una ocasión con él.
Los numerosos viajes de san Juan Pablo II dejaron un poco a la sombra los de Pablo VI, que fue, en realidad, el primer papa viajero en nuestros tiempos. Sus salidas no fueron muchas, pero fueron significativas, visitando los cinco continentes. En agosto se cumplieron los 50 años de su visita a América Latina, que fue en Colombia.
Una particular relación con nuestra diócesis la recordamos este año, al recibir en Melo la visita del P. Javier Mori. Este sacerdote fue ordenado junto con otros misioneros por el Papa Pablo VI el 3 de julio de 1966. En la homilía, el Papa concluyó con estas palabras a los nuevos sacerdotes: “Ahora pueden recibir la última palabra: ¡vayan! Prediquen, bauticen... vayan. Cristo los envía, la Iglesia los espera, el mundo está abierto delante de ustedes.

Mons. Óscar Arnulfo Romero murió mártir en El Salvador, el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía. La bala de un francotirador lo alcanzó en el momento en que preparaba el altar para hacer la ofrenda. Fue así que, en lugar de presentar a Cristo el pan y el vino, entregó su propia vida como ofrenda.
En Río Branco, por iniciativa del P. Miguel García se construyó una capilla en el barrio Cirilo Olivera, que él quería dedicar a Mons. Romero. En aquel momento la muerte del arzobispo era relativamente reciente; la Iglesia ni siquiera había iniciado una causa de canonización. Mons. Cáceres le sugirió al P. García que la capilla fuera dedicada a los mártires latinoamericanos. Con la beatificación de Mons. Romero en 2015 se agregó al nombre de la capilla el de “Beato Oscar Romero”. Ahora pasará a ser “San Oscar Romero y mártires Latinoamericanos”. Es de destacar que la embajada de El Salvador en Uruguay desde el comienzo valoró este homenaje y de una forma u otra la embajadora y funcionarios se han hecho presentes en Río Branco los 24 de marzo a partir de 2015.

Para el final dejamos a la figura menos conocida, pero a la vez más cercana, porque, así como decimos hoy, hablando de san Juan Pablo II que tuvimos “un santo entre nosotros”, podemos ahora decir que también tuvimos “una santa entre nosotros”.
El 27 de setiembre de 1932 llegó a Melo la hermana Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús o, simplemente, Nazaria March; una religiosa española, fundadora de una congregación que inicialmente se llamó “Hermanas Pontificias” y que hoy son las “Cruzadas de la Iglesia”. Fue Mons. Miguel Paternain quien conoció a Nazaria en Buenos Aires y la invitó a fundar una comunidad de sus hermanas en la diócesis de Melo. La casa que se les ofreció estaba donde hoy se encuentra la parroquia San José Obrero. En aquel tiempo, eso era pleno campo.

Al otro día de llegar a Melo, fueron a ver la casa. A la noche, esto escribió Nazaria en su diario:
A mí me gustó muchísimo, por ser muy pobre y en medio del campo, entre gente bien pobre. Aquella sí que era la Casa-Misión tal como la soñara desde niña, muy lejos del mundo, cuya atmósfera siempre me ha asfixiado.
Aquella buena gente nos rodeó con todo cariño, echaron a vuelo las campanas de la Ermita y nos trajeron pequeños ramitos de flores silvestres. Mi corazón reventaba de emociones… ¡con qué gusto hubiera concretado mi vida en la misión en Melo! ¡Qué feliz me encontraba en Melo! Era para mí la casita ideal de la Cruzada Pontificia. En gran pobreza, en medio de los pobres, lejos de la ciudad, siendo, por otra parte, como el amparo y el consuelo de todas aquellas personas.
La Misión no prosperó, sin embargo. A los dos años falleció una de las hermanas, Bernardina, que fue enterrada en Melo. Después se cerró la casa.
La vida de Nazaria continuó en América, en Argentina y muy especialmente en Bolivia. Hubo un especial recuerdo de ella en el reciente Congreso Misionero realizado en Santa Cruz de la Sierra.

Pido para nuestra diócesis y para todos los que me escuchan la intercesión de estos tres santos que, de una forma u otra, son cercanos a nosotros: san Pablo VI, san Óscar Romero y santa Nazaria March.

miércoles, 10 de octubre de 2018

¿Hablamos todavía de “vocación” en los centros educativos?


Participando en el sínodo de los Obispos sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, encuentro en el Documento de Trabajo un párrafo que dice “Habría que profundizar mejor […] la relación entre vocación y profesión, y la diferente “intensidad vocacional” de las distintas profesiones.

No sé qué quiere decir “intensidad vocacional” y la expresión nos sugería cosas diferentes a quienes la discutíamos, pero a partir de esa expresión comencé a pensar… ¿se sigue hablando o, mejor aún, haciendo lo que solía llamarse “orientación vocacional” en las instituciones educativas, tanto de gestión estatal como de gestión privada y, especialmente, las católicas?

No me refiero a propuestas vocacionales hacia alguna forma de especial consagración, sino más bien lo que ayuda al joven a buscar lo que quiere “hacer” en la vida, de acuerdo con las capacidades que ha ido adquiriendo en el aprendizaje y las potencialidades que aparecen; eso que solía medirse por medio de “tests vocacionales”.

En nuestro tiempo vivimos muchos cambios de lenguaje, que denotan concepciones antropológicas subyacentes. En ese sentido, no es lo mismo decir “orientación vocacional” que “orientación profesional” u “orientación laboral”.

“Vocación” significa “llamado”. Es verdad, la palabra puede ser vaciada de contenido; pero si la tomo en serio, me interpela. Pensar en el llamado que he recibido, me lleva a pensar que hay Alguien que me llama. Me invita a considerar la trascendencia y a no quedar solamente en la consideración de mis capacidades heredadas o aprendidas…

Por otra parte ¿de dónde salen esas capacidades? No todo es resultado de mi esfuerzo personal aislado. Pensar en que tengo “dones” significa que gran parte de lo que soy me ha sido “dado”. Lo he recibido de mi herencia, de mi ambiente, de las personas que han ido marcando mi vida… otra vez, la trascendencia. No soy un ser aislado; soy parte de la humanidad… ¿Y más allá de ella? ¿Más allá de este mundo? ¿No hay algo de Misterio en esos dones maravillosos? ¿Algo que me abra a considerar la presencia de Alguien que me llama y me ha regalado esos dones?

Reconociéndome -y reconociendo igualmente a cada uno de los demás- como alguien que ha sido dotado de dones, se abre en mí la conciencia de ser creatura, de haber sido creado. No soy resultado de un azar. No he recibido la vida y lo que soy únicamente de mis padres… No sólo tengo “dones”, sino que toda mi vida, todo mi ser, es un don.

He recibido la vida como un regalo… ¿me despierta eso gratitud? Sí es así, ¿a quién agradecer? ¿cómo agradecer? Los dones no son sólo posibilidades para mi crecimiento y desarrollo individual. Mi vida, mis capacidades, todo lo que soy porque lo he recibido, me ponen frente a una misión en este mundo. El trabajo, la profesión, el desarrollo de mis capacidades no estarán sólo en función de ganarme la vida o alcanzar una posición, una vida acomodada, confortable… me ponen frente a los demás como posibilidad de compartir, de dar de lo que he recibido, de hacer algo nuevo a partir del encuentro con los otros.

sábado, 6 de octubre de 2018

Escuchar a cada joven y escuchar a todos los jóvenes.


Intervención de Mons. Heriberto en la XV Asamblea ordinaria del sínodo de los obispos sobre "Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional"

Santo Padre, hermanos y hermanas:
Quiero destacar dos circunstancias de la escucha, y su relación con el discernimiento.

1) Escuchar a cada joven


Ser escuchados es la gran necesidad de muchos jóvenes, a la que no siempre encuentran respuesta en sus padres, docentes u otros adultos de su entorno más cercano.
Es la necesidad de abrir su corazón, con sus interrogantes, sus anhelos, sus búsquedas y, a menudo, con sus dificultades, tristezas, angustias y aún heridas que van quedando en su intimidad.
Los jóvenes buscan la escucha de un adulto, percibido como una persona que los recibe con empatía y respeto, que no los juzga y que los acompaña en el discernimiento acerca de esas situaciones.
Hablar de escucha de un adulto remite a la necesidad de adultez de quien recibe a los jóvenes, tanto en el sentido de madurez humana como de madurez en la fe.
Esta necesidad de adultez se hace mayor por la tendencia al “juvenilismo”: el deseo de muchos de continuar viviendo “como jóvenes”, pretendiendo instalarse en la juventud como si fuera la etapa definitiva de la vida y no una etapa de transición. Esa actitud desorienta a los jóvenes que se ven privados de referentes adultos que muestren una vida realizada, consolidada, con compromisos definidos y asumiendo también fragilidades y fracasos.
Esta escucha que se da en
 la relación interpersonal puede ser inicio de un proceso de acompañamiento y discernimiento vocacional, desde el enfoque amplio del llamado a la vida y la búsqueda del proyecto de Dios para cada persona y a las decisiones personales que eso conlleva.
En la vida pastoral es posible constatar que la presencia de los jóvenes en parroquias y movimientos tiene relación, entre otras cosas, con el hecho de contar con adultos que tengan esa capacidad de escucha y estén dispuestos a dedicar tiempo a acompañar a los jóvenes.

2) Escuchar a los jóvenes


El desafío de escuchar a todos los jóvenes: ¿qué piden los jóvenes a la Iglesia? Pero… ¿qué espacios abrimos para ese encuentro y ese diálogo?
El desafío de escuchar a los jóvenes que participan en las comunidades o movimientos: se trata aquí de favorecer el protagonismo juvenil. Recordar la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Los jóvenes deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven” (AA 12).
Para que este protagonismo sea auténtico, es necesario que los jóvenes participen no sólo en la ejecución de proyectos y programas, sino en la búsqueda de las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia a los jóvenes, sin atarse a un “siempre se hizo así”.
Entramos aquí en el discernimiento en la vida ordinaria de la Iglesia, convertido en un estilo comunitario. (139)

Muchas gracias.

viernes, 5 de octubre de 2018

“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Marcos 10, 2-16)







“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Con esas palabras de Jesús, el ministro que preside la celebración de un matrimonio refrenda el consentimiento que se han dado el esposo y la esposa, por el que se han recibido mutuamente y cada uno ha prometido al otro serle fiel, en lo favorable y en lo adverso, con salud o enfermedad, y así, amarlo y respetarlo todos los días de su vida.

Cada vez son menos las parejas que hacen esa promesa y escuchan las palabras de Jesús, aunque, por cierto, algunas siguen haciéndolo. Y muy seriamente. Pero es verdad que hay menos casamientos, no sólo en la Iglesia sino también en el registro civil. Muchas parejas simplemente conviven, a veces llegando a formar una familia estable. Otras personas van pasando por diferentes relaciones sin encontrar para sí mismos ni para sus hijos esa estabilidad.

¿Qué sucedía en tiempos de Jesús? Algo nos cuenta el evangelio de este domingo:
Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión:
«¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?»
Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?»
Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».
En tiempos de Jesús, la mujer estaba totalmente sometida al varón. El marido podía repudiar a su mujer en cualquier momento, abandonándola. De acuerdo a la tradición judía, ese derecho se fundaba en la Ley de Dios. Los grandes maestros discutían sobre el motivo que podía justificar ese repudio. La escuela del rabino Shammai decía que eso sólo podía ser por causa de adulterio. En cambio, para el rabino Hillel, bastaba que ella hiciera algo que no agradara a su esposo. En cualquier caso, el hombre debía dar a la mujer un certificado de divorcio; pero ella quedaba en una situación difícil, como la de una viuda: no siempre sus padres estaban en condiciones de recibirla, ni encontraba fácilmente la posibilidad de una nueva unión. Si el esposo no le daba el certificado, ella no quedaba libre y si se unía a otro hombre incurrían ambos en adulterio. Era conocida por todos la situación del rey Herodes, a quien Juan Bautista reprochaba: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Este reproche le costó a Juan la vida. Por eso, la pregunta que le hacen a Jesús huele también a trampa…

Pero ¿Qué dice Jesús?
«Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
Pero desde el principio de la creación, "Dios los hizo varón y mujer". "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne". De manera que ya no son dos, "sino una sola carne". Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».
Jesús no entra en las discusiones de los rabinos. En todo momento, Él invita a buscar cuál ha sido y cuál es la voluntad del Padre, el proyecto de Dios, que está por encima de leyes y normas humanas. Esta ley se había impuesto en el pueblo judío por “la dureza del corazón” de los hombres que se relacionaban con sus mujeres desde una posición de dominio.

Jesús recuerda que Dios los ha creado varón y mujer: los dos tienen la misma dignidad de creaturas. Ninguno tiene poder sobre el otro. Entre varones y mujeres no debe haber dominación por parte de nadie.

Aquella sociedad había conocido también la poligamia. Jesús habla de “dos”: un solo hombre y una sola mujer, que se hacen uno, una sola carne, un solo ser, complementándose, completándose en el amor. De esa unión nacen los hijos, fruto del amor de sus padres, que asumen así una nueva responsabilidad: cuidar el bienestar y el crecimiento físico, mental y espiritual de los que ellos han llamado a la vida.

La unión de los esposos es para Jesús la suprema expresión del amor humano. En toda la Biblia se compara el amor de Dios por su pueblo con el amor del esposo por la esposa. Es Dios mismo que atrae al hombre y a la mujer a vivir unidos por un amor libre y gratuito, al que Dios pone su sello: “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

A partir de estas palabras de Jesús, la Iglesia ha contado como uno de los sacramentos al matrimonio, y ve en el amor de la pareja un signo del amor “con que Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

Casarse por la Iglesia, “casarse en el Señor”, como decían los primeros cristianos, es una decisión libre, al punto de que un “sí” que no se da en plena libertad hace que el sacramento sea nulo. Como tantas cosas importantes de la vida, la celebración del matrimonio se rodea muchas veces de un gran decorado, vestimenta especial, una gran fiesta… sin embargo, nada de eso es esencial. Lo que cuenta realmente es el amor de un hombre y una mujer que asumen desde su libertad el compromiso indisoluble de ser mutuamente fieles, amarse y respetarse en las buenas y en las malas, a lo largo de toda la vida.

Para muchos, esto parece una carga pesada. Jesús, sin embargo, hablando de su ley, dice «Mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11,30). A través del Sacramento del matrimonio, Jesús entrega la Gracia que permite a los esposos amarse de manera exclusiva, fiel, indisoluble y fecunda y velar por el bien de sus hijos.

En la mayor parte de las bodas que me ha tocado presidir, los novios eligieron como lectura bíblica el “himno de la caridad” que se encuentra en el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. En su exhortación Amoris Laetitia el Papa Francisco comenta cada una de las características del amor que aparecen allí: la paciencia, el servicio, el perdón, la alegría, el desprendimiento, la esperanza… Les invito a buscar y meditar esas páginas. Vale la pena.

Papa Francisco, Amoris Laetitia: nuestro amor cotidiano (1 Co 13,4-7))