jueves, 29 de noviembre de 2018

Primer Domingo de Adviento: Cristo entre presencia y ausencia (Lucas 21,25-28.34-36)







“Presente”, decíamos en la escuela, cuando la maestra pasaba lista. De pronto, ella nombraba algún niño que no estaba y se hacía un silencio. Ausente.

“Presencia” y “ausencia” son dos palabras con las que le gustaba jugar al poeta salteño Víctor Lima. Él vivió moviéndose entre su Salto natal y su Treinta y Tres querido, entre el río Uruguay y el río Olimar.
“Entre presencia y ausencia, de dos pagos de mi flor
siento ese amargo dulzor que da la ausencia y presencia”.
Escuchando los versos de Víctor Lima hechos canción, uno siente muchas veces que esa “ausencia” de la que habla es, en realidad, otra forma de estar, de estar presente. Él no está en su pago natal, pero el pago está en su corazón. Y allá, de donde se ausentó, hay quienes lo recuerdan y lo hacen presente en su memoria…

Este primer domingo de diciembre, la Iglesia comienza el tiempo de Adviento: cuatro domingos de camino hacia la celebración de la Navidad. El nacimiento de Jesús trajo a este mundo una presencia de Dios como nunca se había dado antes. Eso se expresa en uno de los nombres que recibe Jesús: Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Y es así. Jesús es el Hijo de Dios que se hizo presente, porque se hizo hombre y caminó por esta tierra, anunciando la buena noticia: la llegada del Reino de Dios.

Adviento significa “venida”. ¿De qué venida estamos hablando? Si miramos a la Navidad, eso nos lleva de inmediato a pensar en lo que decíamos recién: en la venida de Jesús a este mundo, naciendo y viviendo como uno de nosotros y haciendo a Dios presente entre los hombres y mujeres de su tiempo. No nos quedó ningún retrato de Jesús tomado del natural. A lo largo de los siglos creyentes y aún no creyentes han imaginado y representado su rostro en el arte de mil maneras distintas. Tarea necesaria, porque es el rostro que transparenta para nosotros la mirada del Padre Dios.

Pero si vamos a las lecturas de este primer domingo de Adviento, puede sorprendernos que no nos hablen del nacimiento de Jesús. Nos hablan de otra venida: la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos:
“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria”
En este tiempo entre la primera y la segunda venida, entre el nacimiento y el juicio final, estamos, como decía el poeta, “entre presencia y ausencia”. Jesús ya no está como estuvo en su vida de hombre y su regreso está anunciado bajo otra forma. Pero Jesús todavía hoy sigue viniendo a nuestra vida, sigue siendo el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, presente en su Palabra, presente en los Sacramentos, en la comunidad… pero presente también de forma misteriosa en las personas y en los acontecimientos de nuestra vida. Se trata, entonces, de descubrirlo allí, donde está como escondido, pero presente.
“Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”
dice también el Evangelio de hoy. Muchas cosas nos aturden, nos piden atención, nos dispersan y no nos dejan percibir lo importante, que muchas veces sucede en nuestro propio corazón, y tantas veces pasa ante nuestros ojos…

Hoy estoy para los poetas… recuerdo un poema del español León Felipe, que deja que el mundo entre en su alma a través de la ventana de su casa…
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias de Pastrana
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
Claro, no basta con mirar por la ventana. Mejor abrir la puerta y, más aún, salir al encuentro de los demás. Abrirse al encuentro con Cristo que viene, con Cristo que pasa, con Cristo que llega a nosotros en cada persona y en cada acontecimiento.

¿Qué personas? ¿Qué acontecimientos? En la primera lectura de este domingo, tomada del profeta Jeremías, Dios anuncia:
“haré brotar para David un germen justo”
Un brote, un germen de algo nuevo… allí se manifiesta Jesús. No se trata de “novedades”, de curiosidades, de adornos bonitos… se trata de algo que cambia, para bien, la vida de una persona, de una comunidad, de un grupo… es la salvación de Dios que va haciendo su obra en nuestras vidas, a pesar de todas las apariencias contradictorias.

Eso nos llama a estar despiertos, atentos al Señor para servirlo en quienes nos necesitan. Atentos para no dejar de hacer esos pequeños gestos de amor que algunos consideran inútiles, pero que de verdad hacen mejor nuestra vida y la de los demás y nos sostienen en la esperanza.

La esperanza es la fuerza que quiere reavivar en nosotros el tiempo de adviento. Nuestra vida está apoyada muchas veces en pequeñas esperanzas, que se van realizando o se van quedando atrás, sin cumplirse… Está bien valorar y cuidar las pequeñas esperanzas; pero necesitamos una Gran Esperanza. Una esperanza profunda, indestructible, que pueda permanecer, aunque todas las demás se hundan. Esa es la esperanza puesta en Jesucristo, salvador del hombre.

Cuando las adversidades que vamos encontrando en nuestra vida y las más crudas realidades del mundo nos hacen sentir agobiados y desalentados, qué bien nos hace escuchar estas palabras de Jesús:
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.
Amigas y amigos, que en este tiempo de Adviento Dios los ilumine y los llene de su bendición.

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