domingo, 31 de diciembre de 2017

Un año de aprendizajes





“Morrendo e aprendendo”, decía la anciana brasileña. Aprendiendo hasta el último minuto de la vida. Aprender nos mantiene vivos.

Hace años, siendo yo un joven párroco, me encontré con un sacerdote mayor, que me acompañó mucho en los comienzos de mi vocación. El sacerdote escuchó el relato de algunas de las cosas que yo había vivido en ese año y, cuando terminé, me dijo: “ha sido un año de aprendizajes”. “Sí” pensé yo “así fue”. Han pasado los años y me alegra poder decir, al final de cada año: “ha sido un año de aprendizajes”.

Es verdad que los mejores años para aprender son los primeros de la vida. En un artículo que leí hace mucho sobre cerebro y aprendizaje explicaba que el cerebro se configura en esos primeros años: por eso es importante la estimulación oportuna a los pequeños.
Sin embargo, la capacidad de aprender no se pierde. Es más fácil aprender una lengua nueva en los primeros años de la vida; es más difícil con unas cuántas décadas, pero sigue siendo posible, si se está dispuesto a poner el esfuerzo que será necesario.

Algunos aprendizajes son dolorosos: “la letra con sangre entra” ya no cabe en la educación de niños y adolescentes (esperemos) pero muchas cosas en la vida las aprendemos dándonos de cara contra el piso. Duele, pero si no nos quiebra, nos fortalece.

Otros aprendizajes son gratificantes. Haber aprendido algo nuevo hace crecer nuestra autoestima, al ver que hemos sido capaces de un logro que ya no parecía estar a nuestro alcance. Internet coloca a nuestro alcance toda clase de tutoriales, lo que facilita a quienes no tenemos, por ejemplo, mucha experiencia en la cocina, salir airosamente del paso. Muchas cosas podemos aprender… pero es bueno recordar el consejo del Martín Fierro: “es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas”.

Podemos, pues, distraernos de muchas formas… aprender muchas cosas superfluas; pero en algún momento tendremos que enfrentarnos con la verdad de nosotros mismos. “Nosce te ipsum”: “conócete a ti mismo”, decían los antiguos. Éste puede ser uno de esos aprendizajes dolorosos. Encuentro con nuestros propios límites, con nuestra fragilidad, con nuestro lado más oscuro… El hombre sabio es humilde, porque ha alcanzado ese conocimiento y percibe la vanidad, es decir, el vacío, de quienes se consideran superiores a los demás.

Finalmente… desde esos límites que nos ayudan a reconocernos como creaturas, asomarnos al misterio del Creador. San Agustín, hombre que emprendió decididamente la búsqueda de Dios, nos comparte su experiencia en una oración: “tú estabas dentro de mí y yo afuera … Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo … Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti”.

Muy feliz Año Nuevo… y que 2018 sea para cada uno otro “año de aprendizajes”, de profundo encuentro consigo mismo, con los demás y con Dios.

+ Heriberto A. Bodeant, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia: José, "la sombra del Padre"





Cada familia es un mundo. Las relaciones que se tejen dentro de ella son únicas. La forma en que se relacionan los padres entre sí, los padres con los hijos, los hermanos con los hermanos, los abuelos, los tíos, otros familiares, van marcando la vida de todos los integrantes de un núcleo familiar. La estabilidad o la inestabilidad, la armonía o el conflicto, las relaciones sanas o las relaciones enfermas… todo va dejando sus huellas. Cada miembro de la familia lo vive de un modo distinto, porque cada persona es diferente. Una situación difícil puede quebrar a algunos y fortalecer a otros. Las dificultades pesan en la vida, pero no la determinan. Así, alguien que no vivió una experiencia familiar buena, gratificante, sin embargo, puede llegar a formar una linda familia.

El próximo domingo, por ser el siguiente a Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia, integrada por Jesús, María y José.

Para los habitantes de Nazaret, José, el carpintero, era el esposo de María y ambos los padres de Jesús. Jesús era un niño como todos, tal vez con algún rasgo especial en su personalidad, que comenzaría poco a poco a manifestarse.

El oficio de José no sólo tenía que ver con fabricar o reparar muebles, sino también con la parte de carpintería en la construcción. De hecho, la palabra griega que aparece en el evangelio al hablar del oficio de José es la palabra tectón. Para entenderlo, pensemos que, en una obra, el jefe era llamado arjitectón, de donde deriva nuestra palabra arquitecto.

Uno puede imaginarse la vida en Nazaret como una vida sencilla… José en su trabajo, tanto en casa como fuera, María en las labores del hogar, el niño creciendo, aprendiendo el oficio de José…

Detrás de este cuadro tan simple, un misterio. María es virgen. José no es el padre biológico de Jesús. Jesús fue concebido en María “por obra y gracia del Espíritu Santo”. Dios es el padre de ese niño que pronto manifestará que él ha venido a ocuparse de las cosas de su Padre, es decir, de las cosas de Dios.

María y Jesús están profundamente unidos, por ese vínculo tan especial y único de una madre con su hijo.

Pero entonces ¿qué rol juega José? Vamos a acercarnos hoy un poco más a su figura, porque sin él, no hay sagrada familia.

José juega un rol muy importante. Él no es el progenitor o padre biológico, pero es auténticamente el padre para Jesús.

Un hombre engendra una creatura en tres segundos… eso lo hace progenitor. Pero ser padre es algo distinto.

Ser padre empieza por reconocer como suyo a ese hijo, dándole su apellido. Continúa en el sostener la vida de ese hijo con su propio trabajo. Instruirlo. Educarlo. Señalar por donde el camino se cierra, es decir, poner límites; pero también mostrar hacia dónde sigue el camino, el horizonte donde se abren los sueños, las posibilidades… donde las capacidades pueden convertirse en realizaciones.

En cierta forma, puede decirse que todo padre, entre comillas, “adopta” a su hijo. Es el momento donde asume activamente su paternidad. Algunos padres lo hacen desde el momento en que se enteran de que hay un niño en camino. Son esos hombres que no dicen “mi señora está embarazada” sino “estamos embarazados”. Otros lo asumen en el nacimiento, o algunos días o semanas después, o cuando el niño empieza a hablar…

Cuando José supo que María esperaba un hijo, un hijo que no era suyo, su primera reacción fue salir de la escena, desaparecer. Allí había algo incomprensible para él y tendrá que hacer todo un proceso para tomar su necesario lugar en esa familia.

Así lo explicaba hace poco el Papa Francisco (homilía en Santa Marta, 18 dic 2017):
José luchaba por dentro y en esa lucha, oyó la voz de Dios: "levántate" – ese "levántate" que aparece tantas veces al inicio de una misión en la Biblia: "¡Levántate!", toma a María, llévala a tu casa. Hazte cargo de la situación: toma en tus manos esta situación y sigue adelante.
José no fue a consolarse con sus amigos; no fue al psiquiatra para que interpretara el sueño que había tenido… No. Él creyó. Y fue para adelante. Tomó en sus manos la situación.
Pero, ¿qué debía tomar José en sus manos? ¿Cuál era la situación? ¿De qué cosa José debía hacerse cargo? De dos cosas. De la paternidad y del misterio.
José debió hacerse cargo de la paternidad, una paternidad que no era suya: sino que venía del Padre Dios.
José llevó adelante la paternidad con todo lo que significa: no sólo sostener a María y al Niño, sino también hacer crecer al Niño, enseñarle un oficio, llevarlo a la madurez de hombre. "Hazte cargo de la paternidad que no es tuya, es de Dios". Y esto, sin decir una palabra. En el Evangelio no hay ninguna palabra dicha por José. Él es el hombre del silencio, de la obediencia silenciosa.
Y sigue diciendo Francisco
José toma en sus manos este misterio y ayuda: ayuda con su silencio, ayuda con su trabajo, hasta el momento en que Dios lo llama a sí. De este hombre que se hizo cargo de la paternidad y del misterio, se dice que era la sombra del Padre: la sombra de Dios Padre.
Y si Jesús hombre aprendió a decir “papá”, “padre”, a su Padre que conocía como Dios, lo aprendió de la vida, del testimonio de José: el hombre que custodia, el hombre que hace crecer, el hombre que lleva adelante toda paternidad y todo misterio, pero que no toma nada para sí mismo.

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En Melo hay una capilla dedicada a la Sagrada Familia, en Blandengues de la Frontera y Juan Díaz, barrio Leone. 
El próximo domingo (31.12.2017) tendremos allí la Misa con motivo de la fiesta patronal, a las 8 de la mañana. 
Están invitados todos los que deseen acompañarnos.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Pidiendo posada (Lucas 2,1-14)





Nos acercamos a la Nochebuena. En lo acontecido en esa noche santa se centra nuestra reflexión, que comenzamos recordando el nacimiento de Jesús, de acuerdo a la narración de San Lucas:
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, se le cumplieron los días del alumbramiento; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
“Mi Navidad está metida en el verano” es una bella canción que canta Mercedes Sosa. En nuestra Navidad de verano, celebrada en patios, balcones o veredas, con gente que entra y sale, luces y estruendo de fuegos artificiales, nos cuesta imaginar una Navidad en la nieve y el hielo, donde el calor del hogar reúne a familia y amigos en intimidad. Allí se hace mucho más dura la exclusión: “no había lugar para ellos”.

En Bélgica, en el año 1947, dos años después de la segunda guerra mundial, el Padre Werenfried Van Staaten, escribió un artículo titulado “No hay lugar en la posada”. El Padre Werenfried miraba la situación de aquella Europa de postguerra. Veía particularmente el sufrimiento de la Alemania derrotada después de la locura del Nazismo. 14 millones de alemanes llegaron desplazados, expulsados de países de Europa del Este donde habían vivido por varias generaciones… pero ahora se habían convertido en personas indeseables. Pocos estaban dispuestos a ayudar a gente que pertenecía a aquella nación que había causado tanta muerte y destrucción.

Convencido de que “El hombre es mucho mejor de lo que pensamos”, el Padre Werenfried logró tocar el corazón de los vencedores belgas para que donaran una pequeña parte del tocino que les tocaba en su cartilla de racionamiento, para dárselo a los refugiados alemanes. A pesar de la escasez, la gente fue generosa y el sacerdote reunió varios camiones de alimentos para llevar a los refugiados. Así, sin proponérselo, nació una institución que tiene hoy el carácter de fundación pontificia y se llama “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, también conocida como Kirche in Not.

Hace poco, en Roma, un miembro de Kirche in Not presentó la institución a los Obispos uruguayos. Recordando sus orígenes, citó el artículo del P. Werenfried; pero, en lugar de decir “no hay lugar en la posada”, dijo “no hay lugar en el establo”. Yo quedé pensando “se debe haber confundido”. Buscando después el artículo famoso vi que, efectivamente, el título era “no hay lugar en la posada”. Sin embargo, me pregunté si en este mundo de hoy, donde tantas personas no encuentran lugar ninguno, el P. Werenfried no habría titulado “no hay lugar en el establo”... ni siquiera allí.

En su mensaje para la jornada de la paz 2018, el Papa Francisco presenta la situación de los “migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. Hay 250 millones de migrantes en el mundo. Muchos de ellos indocumentados, en situaciones precarias. Pero dentro de esos 250 millones, 22 millones y medio son refugiados. Y agrega el Papa: “son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz. Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino”.
"En el nombre del cielo, yo os pido posada,
pues no puede andar, mi esposa amada."
En México y Centroamérica existe una bonita costumbre navideña: las posadas. En los nueve días anteriores a la Navidad se recuerda el peregrinaje de María y José desde Nazaret hasta Belén, buscando un lugar para alojarse y esperar el nacimiento de Jesús.

La gente va de casa en casa, llevando las imágenes de José y María, pidiendo lugar para ellos, para que Jesús pueda nacer allí. Esta fiesta popular parte, pues, de estas palabras que estamos meditando: “no había lugar en el albergue”.

No había lugar, significa que las puertas estuvieron cerradas para el Hijo de Dios en aquel pueblo. La cuna del niño será un pesebre, es decir, el cajón donde se coloca el forraje para que coman los animales, un comedero… El evangelio no dice si era una cueva o un establo… se deduce que era una cueva que servía como lugar para los animales. Por eso se colocan también en la escena un buey y un burrito, dos animales que son mencionados juntos varias veces por el profeta Isaías, pero sobre todo en el versículo que dice
“Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo.” (Isaías 1,3)
El profeta subraya que el buey y el burrito reconocen al Señor, mientras su pueblo -aquellos que le cierran la puerta- no lo han reconocido.

En Uruguay, desde la Iglesia Católica estamos promoviendo vivir una “Navidad con Jesús”: reconocer a Jesús, darle verdadero lugar en nuestra vida, poner nuestro corazón como pesebre para que pueda nacer allí.

El corazón que se abre de verdad a Jesús se abre también al hermano. Pero ¿qué podemos hacer? ¿Cómo se expresa esa apertura a Cristo presente en el hermano más necesitado? Francisco propone cuatro acciones: recibir, proteger, promover e integrar. Son acciones que propone con respecto a los emigrantes más desafortunados y a los refugiados… pero valen frente a cualquier grupo o persona en necesidad: recibir, proteger, promover, integrar. Así se hace lugar para que el Niño Dios pueda nacer.

Así se hace verdad lo que expresa la canción de las Posadas:
Entren Santos Peregrinos, reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada, se la doy de corazón.
Que tengan todos una muy feliz y santa Navidad con Jesús.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Testigo de la Luz (Juan 1, 6-8. 19-28)





Todo sucedió rápidamente. Uno de los conductores hizo una maniobra indebida. El otro no pudo evitar el choque. Estruendo, confusión, daños… gracias a Dios, nadie salió herido. En la vereda, un hombre ha visto todo, pero todavía está tratando de interpretar lo que ha sucedido, cuando uno de los conductores baja del coche, se acerca a él y le pregunta: ¿puede salirme de testigo?

El testigo es una persona que ha visto y ha oído, él mismo, y a partir de esa experiencia, puede comunicar a otros lo que vio y lo que oyó. Ser testigo puede ser incómodo, pero quien conoce la verdad tiene el deber y el derecho a decirla. A decir la verdad a quien tenga el deber y el derecho de oírla.

La palabra griega para testigo es “mártir”. Una palabra que en español nos dice que el testimonio a veces se firma con la propia sangre. Así lo vivieron los primeros cristianos y así lo viven aún hoy muchos cristianos de nuestro tiempo.
“lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos […] se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1.3).
Así dice el comienzo de la primera carta de san Juan. La experiencia que comparte este testigo es todavía más amplia: oír y ver; pero también contemplar, que es mucho más que ver; más aún, tocar con las propias manos, usar el sentido del tacto, palpar… Una experiencia profunda.
Lo que quiere compartir Juan es su vivencia de encuentro con aquel que él llama “la Palabra de Vida”. Es su encuentro con Jesucristo, la Palabra de Vida, la Palabra de Dios hecha carne, hecha hombre.

Quien ha vivido esa experiencia profunda de encuentro, se convierte en un testigo especial. No habla de algo que ha sucedido frente a él, fuera de él mismo, sino de algo real, sí, pero que lo ha tocado profundamente, que ha llenado su vida.

Valga esta introducción para acercarnos al Evangelio de este domingo, que nos presenta a un testigo de Dios. Al testigo encargado de presentar entre los hombres al Hijo de Dios. Es otro Juan: Juan el Bautista.
“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»”

En estos versículos del Evangelio aparece dos veces la palabra “testigo” y dos veces la palabra “testimonio”. Juan el Bautista es definido como “testigo” y su misión es “dar testimonio”: comunicar, compartir lo que él ha llegado a conocer.

Juan el Bautista se mueve en un tiempo de gran expectativa. La gente estaba en espera de un Salvador prometido por Dios: el Mesías. Mesías es una palabra hebrea que significa “ungido”. “Ungido” se refiere a una unción con aceite por la que una persona recibía el Espíritu Santo, quedando así como marcado por Dios para una misión. Mesías se dice en griego “cristo”, de modo que podemos darnos cuenta hacia dónde… o hacia quién va todo esto.

En medio de toda esa expectativa, las autoridades religiosas le preguntan a Juan quién es él; lo primero que Juan dice es “yo no soy el Mesías”. El testigo no viene a confundir. No viene a hacerse pasar por otro, no viene a ocupar un lugar que no le corresponde. Juan lo tiene claro.

Ante esto, enseguida le preguntan quién es él y Juan va a dar su respuesta.
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»
«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Así se presenta Juan. Él es un mensajero. Una voz. Una voz que grita en el desierto, pero, aclarémoslo, la gente iba en masa al desierto a escucharlo. Su grito es un llamado a preparar el camino del Señor con un cambio profundo de vida, con una verdadera conversión.

Pero Juan no sólo hablaba. También actuaba: bautizaba. Por eso, le siguen preguntando:
«¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan no responde directamente a la pregunta. Leyendo los pasajes que hablan del Bautista en los otros Evangelios, vemos que Juan bautizaba a los que respondían a su llamado a la conversión, al cambio de vida.
“Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Marcos 1,4)
dice el comienzo del Evangelio de Marcos. La gente confesaba sus pecados y era bautizada por él en el río Jordán (Mateo 3,6; Marcos 1,5).

Todo eso tiene una finalidad: prepararse para recibir al Mesías: el Mesías verdadero, el Cristo. Volviendo al evangelio de este domingo, Juan habla de ése Salvador que va a venir:
«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»
El testigo de Cristo es humilde. Se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra eco en la sociedad y, a veces, ni aún en su familia. Encuentra indiferencia y hasta rechazo. Sin embargo, no juzga a nadie: el juicio es de Dios. Dios tiene sus caminos para buscar y encontrar a sus hijos e hijas extraviados.

En el mundo hay muchísimos pequeños testigos. Son personas creyentes, humildes, a veces conocidas solo en los ambientes donde se mueven. Son esas personas buenas, buenas de verdad, que viven en la verdad y en el amor. Como Juan el Bautista, ellas nos ayudan a abrir el camino hacia Dios. El testigo es alguien que ha encontrado la luz. Eso no lo hace un “iluminado”, un exaltado, un fanático, sino una persona luminosa, una persona que irradia una luz apacible. Miremos a nuestro alrededor. Seguramente que conocemos más de una de esas personas. Prestemos más atención al mensaje que está escrito y puesto de manifiesto en su vida de fe de cada día.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Preparar el camino del Señor (Isaías 40,1-5.9-11 - Marcos 1,1-8)





“Recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo;
si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”.
Así dice un viejo proverbio indio.
En este II Domingo de Adviento la Palabra de Dios nos invita a preparar el camino del Señor, a poner todo de nuestro parte para recibir a Jesús que viene a nuestra vida.
Mi reflexión para este domingo 10 de diciembre de 2017, segundo del tiempo de Adviento, ciclo B: Isaías 40,1-5.9-11 y Marcos 1,1-8.
Bendiciones.
+ Heriberto, Obispo de Melo


Muchos uruguayos sabemos que hay caminos y rutas que no se arreglan frecuentemente. Precisamente, las rutas menos transitadas son las que más se van deteriorando. Me parece que a veces se crea un círculo vicioso: no se arreglan porque son poco transitadas, pero los que transitan las evitan porque están en mal estado… y el deterioro es cada vez mayor.
No está en nuestra mano arreglar esas carreteras, pero hay otras rutas que son de nuestro corazón, de nuestro espíritu… son los caminos de nuestra vida, son los caminos de Dios. Ésas rutas sí está a nuestro alcance mantener.
Un viejo proverbio indio dice: “recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo; si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”

San Carlos Borromeo decía:
“Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.”
Y de eso tratan las lecturas de este domingo: arreglar los caminos.
Los términos nos hacen pensar en trabajos de vialidad: rellenar valles, aplanar montañas y colinas. Maquinarias, movimientos de tierra…
Pero se trata en realidad de un trabajo interior. El profeta Isaías llama a la tarea de este modo:
Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!
Más adelante el evangelista Marcos reconoce en Juan el Bautista esa voz anunciada por Isaías:
Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.”
Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
El camino del Señor es un camino nuevo. No son los viejos caminos que llevan las peregrinaciones al Templo de Jerusalén; tampoco las calzadas romanas por donde se movían las legiones del emperador. Se trata de un camino “en el desierto”, en el lugar de encuentro con Dios.

Como tantas veces, podemos ver cómo vivieron esto las primeras comunidades cristianas.
En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como camino, verdad y vida.
Los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús en el camino, donde hace arder sus corazones al explicarles a través de las Escrituras el proyecto de salvación realizado en Él.
Las primeras comunidades se referían a su fe cristiana, como “el Camino”.
Así es nombrado cuando se nos cuenta que Saulo, el futuro san Pablo,
“pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,2).
Lo curioso es que el hecho que va a provocar la conversión de Saulo acontece en el camino hacia Damasco (Hch 9,3). A partir de allí, Saulo, con el nuevo nombre de Pablo contará cómo había visto a Jesús en el camino (Hch 9,27) y cómo ese encuentro cambió totalmente su vida.
La carta a los Hebreos (10,20) nos habla de “un camino nuevo y vivo” inaugurado por Cristo.

Jesucristo aparece, él mismo, como camino y aparece en el camino; pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no se trata sólo de esperar ese encuentro, sino que hay que trazar ese camino nuevo para ir hacia Cristo y para que Cristo llegue a nosotros.

¿Cómo se traza ese camino nuevo? ¿Qué es lo que hay que rellenar, qué es lo que hay que aplanar, qué curvas enderezar, qué obstáculos remover, para que Jesucristo pueda llegar a nuestra vida?

Cada uno tiene que encontrarlos. A veces es difícil darnos cuenta. Ya nos dice Jesús que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio…
En estos días agitados de fin de año, necesitamos encontrar ese momento para una buena revisión de vida, para un buen examen de conciencia.

Rellenar los valles significa ver qué es lo que falta en mi vida espiritual. ¿falta oración? ¿falta participar en la Misa? ¿falta confesarme? ¿prestar más atención al prójimo y a sus necesidades? ¿Hacer algo, de corazón, por los demás? ¿Pasar más tiempo con mi familia? ¿Expresarle mi amor a las personas que más quiero?

Enderezar el camino: las curvas alargan, demoran… son nuestras distracciones, que apartan por un momento la mirada de la meta.

Aplanar las montañas y colinas, remover los obstáculos, significa quitar lo que está sobrando.
Muchas veces nos mata la preocupación por cosas secundarias… ¿son realmente tan importantes en nuestras vidas? ¿de verdad no podemos vivir sin ellas? ¿qué pasa si las dejamos para concentrarnos en lo que realmente importa?

Rellenar los valles, enderezar la ruta, aplanar los montes, remover los obstáculos, es disponer el corazón para el encuentro con Cristo que viene en cada hermano, en cada persona. Sólo Él puede cambiar nuestra vida. Nuestros esfuerzos humanos, nuestros trabajos se agotan… el impulso, la buena intención se desgastan.

Por eso este es un tiempo para buscar la ayuda de la Gracia de Dios: en la oración, en la meditación de la Palabra, en los Sacramentos… En fin: necesitamos la ayuda de Cristo.
Animémonos a preparar en nuestra vida los caminos de Dios.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Preparados para recibir al que llega (Marcos 13,33-37)





Entramos en el último mes del año como en un tobogán, donde todo se desliza rápidamente.
En este marco, la Iglesia comienza el tiempo de Adviento.
Adviento significa “venida” y se refiere a la venida de Jesús.
Es Él quien viene a nosotros "en cada persona y en cada acontecimiento".
Preparémonos a recibirlo.
Reflexión sobre el Evangelio de este Primer Domingo de Adviento, ciclo B (Marcos 13,33-37) por el Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant.
Domingo 3 de diciembre de 2017


Primer domingo de diciembre… entramos en el último mes del año como en un tobogán, donde todo se desliza rápidamente.
Nos invade la prisa por terminar muchas cosas pendientes, antes de que acabe el año; sea porque se cierran realmente los plazos o porque queremos quedar libres para tomar unos días de licencia sin preocupaciones ni asuntos pendientes.
Navidad y fin de año se van anticipando en reuniones, despedidas, fin de cursos, fiestas, asados… se corre, aumenta la temperatura ambiente, sube el estrés, y comenzamos a desear que el año viejo se vaya de una vez.

En este marco la Iglesia anticipa el comienzo del año con el inicio de un nuevo “Año Litúrgico”. El año litúrgico es la celebración de los misterios de Cristo distribuida a través de las 52 semanas de un año que no coincide con el año civil, porque combina el calendario solar con el lunar. Por eso, aunque la Navidad está fijada el 25 de diciembre, la Semana Santa se mueve cada año.
El año litúrgico tiene cinco grandes tiempos, con acentos diferentes: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y tiempo Ordinario o tiempo durante el Año.

Con el Adviento iniciamos el año litúrgico. Precisamente este primer domingo de diciembre es el primero de los cuatro domingos de Adviento.
Adviento significa “venida” y se refiere a la venida de Jesús.
Sería fácil definirlo como tiempo de preparación a la celebración de la Navidad.
En parte es así, porque del Adviento vamos a la celebración del nacimiento de Jesús; pero eso no es todo.
El tiempo del Adviento nos llama a poner en relación -y podríamos decir en tensión- la primera y la segunda venida de Cristo; la primera venida en su encarnación, en su nacimiento en Belén… la segunda “con gloria” al final de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos.

En los primeros días del Adviento, el énfasis está en la necesidad de vivir vigilantes y prepararse siempre, mirando a ese encuentro definitivo con Cristo, ya sea el del final de los tiempos o el del final de mi propia vida. Luego, a partir del 17 de diciembre se nos invita más bien a contemplar los acontecimientos históricos que rodearon el nacimiento de Jesús. El color violeta que identifica todo este tiempo nos señala que son días de revisión de vida, de examen de conciencia, de penitencia y reconciliación.

El telón de fondo del Adviento es el de la esperanza y la alegría cristianas. El recuerdo de que Jesucristo vino, la esperanza de que “de nuevo vendrá”, nos ayuda a descubrir que Jesucristo también “viene”, sigue viniendo hoy, cada día, a cada uno de nosotros. La vigilancia a la que nos invita el Evangelio está relacionada también con el presente. Dice Jesús:
«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».
Estar prevenidos, estar en vela… Hace unos cien años Antonio Machado, el poeta español, escribió unos versos donde se pregunta cuál es la palabra de Jesús que resume el Evangelio:
Yo amo a Jesús, que nos dijo: / Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen / mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra? / ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad.
“Velad”, o sea, velen, manténgase en vela, manténganse despiertos, en vigilancia… esa es la actitud de quien espera, de quien reza con esperanza la petición del Padre nuestro: “venga a nosotros tu Reino” o de quienes aclaman “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: Ven Señor Jesús” luego de la consagración del pan y del vino.

La consigna de Jesús “estén prevenidos”, “estén en vela”; “velad”, como dice Machado, es un toque de atención para que no nos dejemos arrastrar por la correntada ni aturdir por el barullo. Para no hacer de cada día de nuestra vida una sesión de zapping. Prevenidos, despiertos, para no quedarnos tranquilos en nuestra “zona de confort”, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, distraídos de los valores fundamentales, entretenidos en los accesorios.

Despertar puede hacer que nos enfrentemos a nuestra realidad de seres imperfectos y limitados. El profeta Isaías nos pone ante los extravíos del corazón:
“… nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento.”
Pero a pesar de que somos así, frágiles y pecadores, la Palabra de Dios nos llama a la confianza. A pesar de nuestras infidelidades, Dios es fiel y viene a nuestro encuentro “en cada persona y en cada acontecimiento” mostrándonos su misericordia. Cristo vive y “viene” a nosotros, haciéndose presente de muchos modos.

La presencia de Jesús en su Palabra y en la Eucaristía, en cada Misa, es el signo más concreto y eficaz de que sigue viniendo. Que estos domingos de Adviento nos ayuden a abrir los ojos y el corazón para descubrir a Jesús en nuestra vida. Que estando preparados y en vela podamos encontrarnos con Él y que ese encuentro transforme nuestra vida.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Conmigo lo hicieron" - Cristo Rey (Mateo 25,31-46)





"Reconocer a Jesús en traje de pobre". Así expresaban viejos romances españoles lo que está narrado en la parábola del Juicio Final (Mateo 25,31-46). Más aún, podríamos decir, reconocer a Cristo Rey allí donde mejor se manifiesta su realeza: “clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo” (Papa Francisco, Mensaje I Jornada Mundial de los Pobres).
Reflexión del Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant, sobre el Evangelio correspondiente a la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, ciclo A, Domingo 26 de noviembre de 2017.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar
No sólo en el más conocido de los salmos se presenta Dios como pastor, sino en varios pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. El mismo Jesús diciendo “yo soy el buen pastor” es como la culminación de esa imagen que recorre la Biblia.

El próximo domingo celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.
Este año, las lecturas nos presentan la figura de Dios como pastor que, como dice el profeta Ezequiel, viene “a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y chivos”.

Jesús presenta el cumplimiento de ese anuncio del profeta con la parábola del Juicio Final. En ella se resume el drama de la existencia humana. El drama de cada uno de nosotros y el drama de la humanidad en su conjunto. Así dice Jesús:
    Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
    Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver».
    Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»
    Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo».
    Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron»
    Éstos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»
    Y Él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo».
    Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna».

Si, como corresponde, tomamos en serio las palabras de Jesús, no podemos menos que estremecernos, o al menos perturbarnos. Pero Jesús no narra sus parábolas para dejarnos tranquilos, sino precisamente para inquietarnos, para que reflexionemos… ¡y actuemos!

Pero hagamos serenamente nuestra reflexión, porque eso es lo que nos ayudará a sacar provecho de la Palabra, es decir, a ver qué dice este Evangelio para cada uno de nosotros, para cada una de nuestras vidas.

En primer lugar, es una parábola, una comparación. Jesús no está diciendo que esto va a suceder de esta forma… pero, sí, hay al menos tres grandes enseñanzas que podemos tomar.

La primera es que hay un final de la historia, marcado por la segunda venida de Cristo. Así rezamos en el Credo: decimos que Cristo “de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. “De nuevo vendrá”. “Su reino no tendrá fin”. Con esa venida se cierra la historia, se abre la eternidad. Será el día en que las cosas se pongan en su lugar. Será el día de llegada para el caminar de la humanidad, puesta en camino desde el día de la Creación. Dios no está improvisando con nosotros. Su creación tiene un designio, un plan, una finalidad; por eso, también un final, que no es de destrucción sino de culminación de la creación en vida y plenitud.

La segunda enseñanza es que hay un juicio: Cristo vendrá “para juzgar a vivos y muertos”, dice el Credo. Y a partir de ese juicio se abren para cada ser humano dos posibilidades eternas: para unos, la Vida Eterna, el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, lo que solemos llamar Cielo. Para otros el castigo eterno, el fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles; lo que solemos llamar Infierno.

La idea del Infierno es dura de tragar y muchas veces negada. La afirmación de un Dios misericordioso la hace pensar como imposible. Y sin embargo, Jesús lo ha anunciado muchas veces, de modo que más vale que le creamos también en esto. Hay que ir más allá del lenguaje o las imágenes que expresan ese misterio: el fuego, el azufre, los diablos con cuernos pinchando con tridentes a las almas de los condenados… Así como es más fácil pensar en el Cielo como “la Casa del Padre” de la que nos habló Jesús, el infierno es la oscuridad para quien no puede soportar la luz de Dios y rehúsa volverse a Él y a entrar en su casa. El condenado se condena a sí mismo rechazando el amor de Dios que ha venido a buscarlo en su misericordia y se excluye, se queda fuera.

Pero la tercera enseñanza nos aclara las cosas: seremos juzgados por la misericordia. Las obras de misericordia corporales están en la fundamentación de las dos sentencias. Si actuamos con misericordia hacia el que tenía hambre o sed, estaba sin techo o desnudo, estaba preso o enfermo, fue al mismo Cristo a quien servimos con misericordia. Por el contrario, si cerramos las entrañas, si dejamos frío el corazón ante el hermano necesitado, es al mismo Cristo Rey a quien dejamos de lado. Cristo manifiesta su realeza precisamente “clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo” (Francisco, Mensaje Jornada del Pobre, 2017).

Comentando este pasaje del Evangelio, decía el Papa Francisco:
La salvación no comienza con la confesión de la realeza de Cristo, sino con la imitación de sus obras de misericordia a través de las cuales Él realizó el reino. Quien las realiza demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque hizo espacio en su corazón a la caridad de Dios.
Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor, en la proximidad y en la ternura hacia los hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o no en el reino de Dios, nuestra ubicación en una o en otra parte. Jesús, con su victoria, nos abrió su reino, pero está en cada uno de nosotros la decisión de entrar en él, ya a partir de esta vida —porque el reino comienza ahora— haciéndonos concretamente próximos al hermano que pide pan, vestido, acogida, solidaridad, catequesis. Y si amaremos de verdad a ese hermano o a esa hermana, seremos impulsados a compartir con él o con ella lo más valioso que tenemos, es decir, a Jesús y su Evangelio. (Domingo 23 de noviembre de 2014, Cristo Rey)

viernes, 17 de noviembre de 2017

Los Obispos uruguayos en visita Ad Limina Apostolorum (1)

En rueda con Francisco
Un cordial saludo desde Roma.

Los Obispos uruguayos llegamos aquí el martes, para la visita ad limina apostolorum, que se podría traducir como “al umbral de los apóstoles”, o sea los santos apóstoles Pedro y Pablo, cuyas tumbas visitamos en estos días.

Ayer celebramos la Misa junto a la tumba de San Pedro, en la cripta de la basílica que está dedicada a él. El cardenal Oullet, prefecto de la congregación para los Obispos, que es en cierta forma nuestro anfitrión, nos presidió la Eucaristía y nos invitó a vivir esta visita como una verdadera peregrinación que renueve y fortalezca nuestra fe para un mejor servicio a los fieles católicos y al pueblo uruguayo todo.

Luego visitamos la congregación para la causa de los santos, donde vimos el estado de los procesos de beatificación de Mons. Jacinto Vera, que va avanzando y el iniciado recientemente para el Padre Cacho, así como otros procesos que caminan más lentamente.

En la tarde estuvimos reunidos con la comisión pontificia para la tutela de los menores, donde se nos alentó a seguir trabajando para crear formas de prevención de abusos en los distintos campos de presencia de la Iglesia.

Ayer por la mañana tuvimos nuestro encuentro con el Papa Francisco.
Sentados en rueda con él a la cabecera, pudimos tener un diálogo sin protocolos. "La pelota está en el medio", nos dijo para abrir el diálogo.
Se le trasmitió el saludo de nuestra gente y el deseo de gran parte de nuestro pueblo de recibir su visita.
El Papa nos dijo que quería ante todo escucharnos. Preguntó sobre la situación del país, la vida de la Iglesia, los jóvenes, los sacerdotes, las religiosas, las vocaciones.
Los Obispos le presentamos el esfuerzo de nuestra Iglesia en la evangelización a través de las parroquias, obras sociales, instituciones educativas católicas, así como algunas preocupaciones:
la fragmentación social, el bajo crecimiento demográfico del país, el auge de la ideología de género, la inquietud por la conservación del acuífero guaraní.
En un diálogo que duró más de dos horas, el Papa manifestó su cariño por el Uruguay, nos dijo de su deseo de visitarnos cuando le sea posible, junto con una visita a Argentina y nos dejó algunas recomendaciones:
-    profundizar y dar valor a nuestras raíces -evocó la figura de Artigas-, de modo de armonizar pasado, presente y futuro en la construcción de un pueblo;
-    anunciar la verdad sobre la familia formada a partir de la unión del hombre y la mujer, creados a imagen de Dios;
-    proponer a los jóvenes formas de acción, especialmente de servicio, como forma de iniciar un acercamiento que pueda llevar al encuentro con Cristo;
-    valorar la vida religiosa femenina;
-    ser cercanos a nuestros sacerdotes y cuidar las vocaciones, tanto en la selección como en el acompañamiento y la formación.
Salimos renovados, dispuestos a seguir en el camino, invitando a toda nuestra gente a vivir un encuentro personal con Jesucristo en Su Iglesia.
Y como despedida, como suele hacer nos pidió: “recen por mí”.
Nuestro próximo encuentro con Francisco será pronto, ya que el domingo estamos invitados a concelebrar con él en el marco de la Primera Jornada mundial de los Pobres.

En la tarde visitamos la tumba de San Pablo, en la basílica de San Pablo Extramuros, donde celebramos la Eucaristía presidida por Mons. Pablo Galimberti, quien nos ayudó a contemplar la figura y la vida espiritual del gran Apóstol. Después de la Misa nos detuvimos a rezar en silencio ante la tumba del santo.

En la noche asistimos a la presentación del libro “Memoria, coraje y esperanza” del Prof. Guzmán Carriquiry, uruguayo, padre de familia, que trabaja desde hace muchos años en distintos organismos de la Santa Sede y es actualmente vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Esta mañana estuvimos en la Congregación para la Nueva Evangelización, donde hablamos con Mons. Octavio Ruiz sobre todo de catequesis y en un segundo momento visitamos el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, donde el Cardenal Koch nos ayudó a entender los varios caminos de diálogos que se siguen actualmente.

+ Heriberto

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Pon tu talento a trabajar (Mateo 25,14-30)





En la Iglesia Católica, junto a las distintas celebraciones del calendario litúrgico, desde hace años se ha establecido jornadas especiales, en las que el Papa entrega un mensaje que nos invita a la reflexión, la oración y el compromiso personal y comunitario en algunos temas específicos.
  • La Jornada del Migrante y del Refugiado, la primera, fue establecida por Benedicto XV, el Papa de la primera guerra mundial. Se celebra desde 1915.
  • En 1926 Pío XI estableció que el penúltimo domingo de octubre fuera para toda la Iglesia el Domingo Mundial de las Misiones.
  • Pablo VI estableció la Jornada mundial de oración por las vocaciones, la de las comunicaciones sociales y la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el primero de enero.
  • San Juan Pablo II nos dejó la Jornada mundial de la Juventud, la del enfermo y la de la vida consagrada.
  • Francisco ya nos había presentado en 2015 la Jornada mundial de oración por la creación, el 1 de setiembre. Este domingo se celebra la primera Jornada Mundial de los Pobres
En estos días, Dios mediante, los Obispos uruguayos estaremos en Roma, en medio de la visita Ad Limina Apostolorum, peregrinando a la tumba de los santos apóstoles Pedro y Pablo, reuniéndonos con distintos organismos de la Iglesia y encontrándonos con el Papa Francisco. En este domingo, 19 de noviembre, según está previsto, estaremos celebrando la Misa junto al Papa en la basílica de San Pedro, en el marco de la primera jornada mundial de los pobres.

Hace ya tiempo el Papa entregó su mensaje para esta jornada, con un título muy expresivo: “no amemos de palabra sino con obras”. Nos recuerda Francisco que el amor viene de Dios, que es su iniciativa: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y en Jesucristo nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).
“Un amor así -sigue diciendo Francisco- no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio (…) sin pedir nada a cambio, sin embargo, inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. (…)
La misericordia que (…) brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.”
Porque, como dice el título del mensaje, se trata de obras. De poner el amor en obras, de poner el amor a trabajar…

Este puede ser un buen momento para introducir el Evangelio que escuchamos en las Misas de este domingo. Es conocido como la parábola de los talentos.
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
¿Qué es un talento? A partir, precisamente, de este pasaje del Evangelio, talento se ha convertido en sinónimo de inteligencia, aptitud, capacidad para el desempeño. Sin embargo, en su origen, era una medida de peso. Cuando lo pesado eran monedas, tenemos también una medida de dinero.

¿Cuánto representaba un talento en tiempos de Jesús? Todos los estudiosos están de acuerdo en que era una gran suma, que puede estar entre 8.800 y 15.000 denarios… Un talento representaba los jornales de toda una vida de trabajo. Así pues, aún el servidor que recibió un solo talento, recibió una enorme cantidad de dinero. ¿Cuál fue el resultado?
El que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor»
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».
Los dos primeros servidores han respondido al pedido del señor. Han puesto su talento a trabajar. Pero no sucederá lo mismo con el tercero:
Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes».
El que enterró el talento es como el que piensa que las cosas no tienen arreglo o que ya las arreglará el tiempo… y por eso no hace nada. Navega en la vida a la deriva, sigue la correntada, sin interesarse en nada ni en nadie.

Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Ha puesto en cada uno de nosotros dos talentos fundamentales: la capacidad de crear y la capacidad de amar.

Cuando se juntan esas dos capacidades, ponemos amor en nuestro trabajo creativo y ponemos nuestra creatividad al servicio del amor… y entonces pueden suceder cosas maravillosas.

Puede tratarse de fantásticas realizaciones del trabajo humano o de heroicas demostraciones de amor que despiertan la admiración de los hombres… pero en la vida de cada día, gente muy humilde produce pequeñas, singulares obras de amor, no menos admirables, que están como una joya en el fondo del río o una flor donde no se ve… pero que no quedan escondidas para quienes las reciben ni mucho menos para la mirada de Dios, que reconoce allí lo que produce el talento que Él ha entregado.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Estén prevenidos (Mateo 25,1-13)





"De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos".
Eso dice el Credo acerca de la segunda venida de Jesucristo.
"Estén prevenidos" nos dice el mismo Jesús, para que podamos mostrarle, al encontrarnos definitivamente con Él, nuestra lámpara encendida.
Mi reflexión sobre el evangelio de San Mateo 25,1-13, correspondiente al Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo A, 12 de noviembre de 2017.
+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay

 ¿Estás preparado? ¡qué pregunta! Sobre todo si lo que viene después es algo muy serio…
¿Preparado para el examen?
¿Preparado para una entrevista para pedir empleo?
¿Preparado para empezar a trabajar?
¿Estás preparado… para casarte, para ser padre… estás preparada para ser madre…?

Aunque nunca estamos del todo preparados para las grandes cosas de la vida, hay gente que se aparece sin prepararse en absoluto… gente buscando empleo que se presenta a una entrevista con aspecto muy desprolijo… estudiantes que se presentan al examen sin haber estudiado nada… parejas que se casan en pleno enamoramiento, sin dejar madurar su amor y que se separan a la primera dificultad… todas esas cosas hacen que los adultos movamos la cabeza… hasta que recordamos nuestros propios momentos de precipitación y desatino.

El Evangelio que escuchamos hoy nos ubica otra vez en el ambiente de una Boda. La Boda, a lo largo de toda la Biblia, es el signo de la relación de Dios con su Pueblo: una relación de Alianza. La palabra “testamento” que usamos para nombrar las dos partes de la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, estaría en realidad mejor traducida como “Alianza”: el libro de la antigua alianza, el libro de la nueva alianza. En esa relación de alianza Dios se compromete con la humanidad como un novio con su novia y espera de ella la respuesta a su amor comprometido que Dios siente.

Por eso la Boda es también el gran signo del final de los tiempos: es el reencuentro de la humanidad con Dios, donde Dios es el novio y la humanidad la novia… en el libro del Apocalipsis, junto a las imágenes que llenan de pavor al lector, hay sin embargo una visión esperanzadora del final de los tiempos:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.
Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y el Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».” (Ap 21,1-4)

En la parábola que hoy cuenta Jesús, hay diez personas que tienen una misión especial. Son diez jovencitas; no se han casado, no han tenido relación con ningún hombre: diez vírgenes. A ellas les corresponde recibir al novio cuando llegue, con lámparas encendidas. No es simplemente para alumbrar: su luz es parte de la fiesta, es expresión de la alegría con que se quiere recibir al novio que llega… pero para poder ofrecer la luz, las muchachas tienen que estar preparadas, no solo para la llegada, sino también para la espera.

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.

Jesús nos avisa desde el comienzo que las diez no tienen la misma actitud:

Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Y aquí, todos los que hemos estado en un típico casamiento uruguayo notaremos que, curiosamente, no es la novia la que se hace esperar, sino el novio:

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

Aquí la cuestión no es si pasar o no pasar la noche en vela. Las diez se quedaron dormidas. Pero las consecuencias de las diferentes actitudes se van a manifestar cuando llegue el novio.

A medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Entonces ¿qué sucederá que las que no estaban preparadas?

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos».
Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

En la Iglesia Católica y en otras Iglesias cristianas profesamos la fe en una segunda venida de Cristo y un final de los tiempos, un final de la historia. Decimos en el Credo, expresión de esa fe, que Jesucristo

“de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”.

¿Cuándo sucederá eso? Muchos de los primeros cristianos pensaban que esa segunda venida de Cristo era inminente, que estaba realmente muy próxima. Al pasar los años se hizo evidente que el final no estaba necesariamente cercano. Esta parábola ilumina esa percepción, ese sentir, al decirnos que “el esposo se hacía esperar”. Por eso, de lo que se trata es de estar preparados también para la demora, para la espera, sin desanimarse ni abandonar la vida cristiana. El mismo Jesús advierte en el Evangelio que nadie sabe el día ni la hora.

A lo largo de la historia terremotos y tsunamis, guerras sangrientas y bombas atómicas, la peste o el SIDA, las hambrunas, han sido vistas como signo de la proximidad de ese final. Pero aunque no le toque a nuestra generación ni a la siguiente presenciar la venida gloriosa de Cristo, sí tenemos una certeza: nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, tal como la conocemos hoy, terminará, llegará a su final.

Desde la fe creemos que la vida no se termina, sino que se transforma; porque como reza la Iglesia en el día de difuntos, en Cristo “brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, a quienes la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad.” (Prefacio de difuntos I). En miras a esa vida eterna en Cristo, queremos desde ahora “vestir el traje de fiesta” y tener el aceite necesario para que nuestra lámpara se mantenga encendida; es 9decir, con la Gracia de Dios, vivir una verdadera, auténtica, vida cristiana.