viernes, 8 de diciembre de 2017

Preparar el camino del Señor (Isaías 40,1-5.9-11 - Marcos 1,1-8)





“Recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo;
si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”.
Así dice un viejo proverbio indio.
En este II Domingo de Adviento la Palabra de Dios nos invita a preparar el camino del Señor, a poner todo de nuestro parte para recibir a Jesús que viene a nuestra vida.
Mi reflexión para este domingo 10 de diciembre de 2017, segundo del tiempo de Adviento, ciclo B: Isaías 40,1-5.9-11 y Marcos 1,1-8.
Bendiciones.
+ Heriberto, Obispo de Melo


Muchos uruguayos sabemos que hay caminos y rutas que no se arreglan frecuentemente. Precisamente, las rutas menos transitadas son las que más se van deteriorando. Me parece que a veces se crea un círculo vicioso: no se arreglan porque son poco transitadas, pero los que transitan las evitan porque están en mal estado… y el deterioro es cada vez mayor.
No está en nuestra mano arreglar esas carreteras, pero hay otras rutas que son de nuestro corazón, de nuestro espíritu… son los caminos de nuestra vida, son los caminos de Dios. Ésas rutas sí está a nuestro alcance mantener.
Un viejo proverbio indio dice: “recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo; si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”

San Carlos Borromeo decía:
“Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.”
Y de eso tratan las lecturas de este domingo: arreglar los caminos.
Los términos nos hacen pensar en trabajos de vialidad: rellenar valles, aplanar montañas y colinas. Maquinarias, movimientos de tierra…
Pero se trata en realidad de un trabajo interior. El profeta Isaías llama a la tarea de este modo:
Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!
Más adelante el evangelista Marcos reconoce en Juan el Bautista esa voz anunciada por Isaías:
Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.”
Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
El camino del Señor es un camino nuevo. No son los viejos caminos que llevan las peregrinaciones al Templo de Jerusalén; tampoco las calzadas romanas por donde se movían las legiones del emperador. Se trata de un camino “en el desierto”, en el lugar de encuentro con Dios.

Como tantas veces, podemos ver cómo vivieron esto las primeras comunidades cristianas.
En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como camino, verdad y vida.
Los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús en el camino, donde hace arder sus corazones al explicarles a través de las Escrituras el proyecto de salvación realizado en Él.
Las primeras comunidades se referían a su fe cristiana, como “el Camino”.
Así es nombrado cuando se nos cuenta que Saulo, el futuro san Pablo,
“pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,2).
Lo curioso es que el hecho que va a provocar la conversión de Saulo acontece en el camino hacia Damasco (Hch 9,3). A partir de allí, Saulo, con el nuevo nombre de Pablo contará cómo había visto a Jesús en el camino (Hch 9,27) y cómo ese encuentro cambió totalmente su vida.
La carta a los Hebreos (10,20) nos habla de “un camino nuevo y vivo” inaugurado por Cristo.

Jesucristo aparece, él mismo, como camino y aparece en el camino; pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no se trata sólo de esperar ese encuentro, sino que hay que trazar ese camino nuevo para ir hacia Cristo y para que Cristo llegue a nosotros.

¿Cómo se traza ese camino nuevo? ¿Qué es lo que hay que rellenar, qué es lo que hay que aplanar, qué curvas enderezar, qué obstáculos remover, para que Jesucristo pueda llegar a nuestra vida?

Cada uno tiene que encontrarlos. A veces es difícil darnos cuenta. Ya nos dice Jesús que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio…
En estos días agitados de fin de año, necesitamos encontrar ese momento para una buena revisión de vida, para un buen examen de conciencia.

Rellenar los valles significa ver qué es lo que falta en mi vida espiritual. ¿falta oración? ¿falta participar en la Misa? ¿falta confesarme? ¿prestar más atención al prójimo y a sus necesidades? ¿Hacer algo, de corazón, por los demás? ¿Pasar más tiempo con mi familia? ¿Expresarle mi amor a las personas que más quiero?

Enderezar el camino: las curvas alargan, demoran… son nuestras distracciones, que apartan por un momento la mirada de la meta.

Aplanar las montañas y colinas, remover los obstáculos, significa quitar lo que está sobrando.
Muchas veces nos mata la preocupación por cosas secundarias… ¿son realmente tan importantes en nuestras vidas? ¿de verdad no podemos vivir sin ellas? ¿qué pasa si las dejamos para concentrarnos en lo que realmente importa?

Rellenar los valles, enderezar la ruta, aplanar los montes, remover los obstáculos, es disponer el corazón para el encuentro con Cristo que viene en cada hermano, en cada persona. Sólo Él puede cambiar nuestra vida. Nuestros esfuerzos humanos, nuestros trabajos se agotan… el impulso, la buena intención se desgastan.

Por eso este es un tiempo para buscar la ayuda de la Gracia de Dios: en la oración, en la meditación de la Palabra, en los Sacramentos… En fin: necesitamos la ayuda de Cristo.
Animémonos a preparar en nuestra vida los caminos de Dios.

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