Hoy subiremos nuevamente a un monte alto, pero no transportados por el tentador, como le sucedió al Hijo de Dios, sino conducidos por el mismo Jesús, junto a tres de sus discípulos.
Para comprender mejor este episodio, es bueno ubicarnos en el contexto. En el capítulo anterior, Jesús comunicó a sus discípulos lo que iba a suceder con Él:
Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. (Mateo 16,21)
Este anuncio provocó una intensa reacción de los discípulos. Pedro intentó atravesarse en el camino de Jesús, diciéndole que eso no podía ser. Jesús respondió con firmeza:
«¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». (Mateo 16,23)
En la resistencia de Pedro se manifestaba el tentador que trataba de que Jesús abandonara o traicionara el sentido de su misión.
Sin embargo, tenemos que pensar qué habían visto los discípulos en los condenados a muerte. La imagen de Jesús crucificado que encontramos en nuestras iglesias no causa horror, a menos que el artista la haya impregnado de un crudo realismo. Nuestras imágenes están ennoblecidas y dulcificadas, para recordarnos el sacrificio de Jesús como total entrega de amor.
Pero en las retinas de los discípulos estaba la imagen horrorosa de cientos de crucificados, a ambos lados del camino, ejecutados por haberse levantado contra el imperio. Así sucedió en una revuelta de los galileos -y no olvidemos que Pedro y otros discípulos eran de Galilea- y así sucederá años después con los que participaron en Italia en la rebelión de Espartaco.
Pedro y los discípulos esperan un Mesías glorioso, pero con la gloria de este mundo. Esperaban que condujera el pueblo de Israel al triunfo sobre sus enemigos… pero ése no era ni es el camino de Jesús.
En ese marco sucede el episodio que narra Mateo.
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. (Mateo 17,1-3)
La subida al monte simboliza no solo un esfuerzo físico, sino una ascensión espiritual: dejar atrás los pensamientos de los hombres y adentrarse en los pensamientos de Dios.
El profeta Isaías, en sus cánticos sobre el servidor sufriente, había profetizado:
“tenía el rostro tan desfigurado, que apenas parecía un ser humano,
y por su aspecto, no se veía como un hombre”. (Isaías 52,14).
Ese anuncio se cumplirá en Jesús crucificado. Pero antes de que sucediera todo eso, los discípulos pudieron ver a Jesús glorificado: “su rostro resplandecía como el sol”. Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas. Fueron dos grandes hombres que desearon contemplar el rostro de Dios, que no se lo permitió. A Moisés le dejó ver “su espalda”, -sea lo que sea que eso signifique- y a Elías se le hizo sentir como suave brisa. Ahora, ellos están con Jesús, contemplando su rostro resplandeciente.
Pero la manifestación divina continúa:
Una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.» (Mateo 17,5)
El relato de las tentaciones de Jesús nos ha recordado que en nuestra vida estamos permanentemente enfrentados a la necesidad de elegir, de recomenzar nuestro camino de fe, alimentados por la Palabra, confiados en el plan de Dios y no postrándonos en adoración ante nadie más.
La contemplación del rostro luminoso de Jesús y la escucha de la voz del Padre nos pone ante otro paso necesario: entrar en la luz. No basta evitar el mal que nos tienta cada día, sino vivir en la luz de Jesús resucitado.
La transfiguración de Jesús no es un cambio momentáneo de apariencia, sino la expresión de su realidad más profunda como Hijo de Dios hecho hombre, que se manifestará plenamente en la resurrección.
El verbo griego conjugado que traducimos como “se transfiguró” es μετεμορφώθη (metemorphōthē). En español conservamos la palabra “metamorfosis”, como la transformación de la repulsiva oruga en una bella mariposa.
Si el domingo pasado oímos al tentador poner en duda la identidad de Jesús, repitiendo “si eres Hijo de Dios…”, ahora la transfiguración, la metamorfosis de Jesús hace aparecer su verdadera identidad, confirmada por la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy querido”.
Contemplando en Jesús la belleza de Dios, los discípulos sintieron el deseo de que ese momento no terminara nunca, de quedarse allí indefinidamente. Así lo expresa Pedro:
«Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» (Mateo 17,4)
Pero no es suficiente contemplar esa hermosura inefable. Es necesario traducirla en acción. Regresar al mundo, a la vida concreta, revestidos, también nosotros, de belleza y de luz, convirtiéndonos en transparencia de la luz y la belleza que hemos contemplado en Cristo.
Tal vez ahora podemos comprender el sentido de la petición con que concluía una vieja oración matinal que hemos citado otra veces:
“revísteme de tu belleza, Señor,
y que en el curso de este día
yo te revele a todos”.
Que el Señor nos lo conceda hoy y siempre.
Noticias
Un sacerdote de nuestra diócesis, el P. Williams Villarino, asumió como nuevo rector del Seminario Interdiocesano, donde ya integraba el equipo de formadores. Continuará también atendiendo la parroquia Santa Teresita de Juanicó, como venía haciendo.
Nuestra Diócesis tiene ahora dos seminaristas: Tomás, en su último año de estudios y Santiago, que acaba de ingresar. Recemos por su perseverancia y también por el P. Williams, que tiene ante sí una delicada tarea.
El sábado 7 el domingo 8 de marzo se realiza en nuestra diócesis la colecta del Fondo Común Diocesano, que está destinada, precisamente, a ayudarnos a cubrir los gastos del Seminario. Agradezco su generosa colaboración.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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