sábado, 28 de julio de 2018

P. Miguel Hutchings (9.10.1963 – 1.8.2017)


El próximo miércoles 1 de agosto se cumplirá un año de la partida del P. Miguel Hutchings a la Casa del Padre. Se ha programado una Misa en la Parroquia San José Obrero para ese día, a las 18 horas. Será presidida por Mons. César Balbín, Obispo de Caldas, que se encuentra de visita en Melo. Yo no podré estar en esa celebración, ya que estaré en Montevideo, en reunión de la Conferencia Episcopal, tal como sucedió el día del fallecimiento del P. Miguel.
Queda aquí esta reseña de la vida de este querido sacerdote que ya publiqué el año pasado.
Bendiciones,

+ Heriberto, Obispo de Melo




Cuando yo estaba por venir a Melo, recién nombrado Obispo, Mons. Luis Del Castillo me hizo una rápida semblanza de la Diócesis. Al hablarme del clero, mencionó el nombre del P. Michael Hutchings, nacido en Inglaterra. Con ese nombre y con ese dato yo me hice la idea de un hombre alto, rubio y de ojos celestes… Poco después de llegar, me encontraba yo cenando en la parroquia del Carmen, cuando alguien dijo “llegó Miguel”. Entró al comedor un hombre bajito, moreno, con rasgos asiáticos, vestido de negro, con clergyman… “¿Quién es éste…?” me pregunté. Cuando oí su particular acento, me di cuenta de que Miguel era Michael, el sacerdote inglés.

Ahí descubrí que Michael tenía raíces profundas que venían de la India. Un pueblo con una tradición religiosa milenaria y muy plural, donde también la fe cristiana llegó, según la tradición, desde el comienzo de la predicación apostólica, por medio del apóstol Santo Tomás. También esas raíces se reflejaban en otros detalles de su vida, desde las cosas que le gustaba comer (el curry) o los colores y decorados de su parroquia.

Pero, aún con esas raíces espirituales profundas, Michael venía de Inglaterra. Nació allí el 9 de octubre de 1963 y fue bautizado con el nombre de Miguel, por el arcángel San Miguel. Miguel significa “¿Quién como Dios?”, un nombre que nos recuerda que Dios está por sobre todas las cosas. Miguel es el arcángel que encabeza la lucha de los ángeles contra los demonios: “se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos” (Apocalipsis 12,7-8). Nuestro Padre Miguel sintió la cercanía de su santo patrono en su propia lucha contra el misterio del mal, buscando su ayuda para sanar las heridas más profundas del alma.

Miguel era un católico inglés. Como dijo una vez George Weigel, autor de una extensa biografía de Juan Pablo II, “los católicos somos como los helados: hay de distintos sabores”. Un católico inglés no deja de ser un católico con un sabor especial… es heredero de una larga tradición de santos que alcanzaron allí la santidad o que proyectaron su fe y su misión más allá de la isla. Muchos fueron mártires en tiempos de división de la Iglesia. Hay algunas decenas de ellos, muchos totalmente desconocidos para nosotros, pero recordemos algunos:
San Beda el Venerable (+ 735), de una de cuyas homilías tomo su lema el Papa Francisco.
San Anselmo de Canterbory (+ 1109) benedictino, nacido en Italia, gran filósofo y teólogo.
Santo Tomas Becket (+ 1170) obispo y mártir.
San Simón Stock (+ 1265) general de los carmelitas, que recibió en una visión el escapulario de la Virgen del Carmen.
Santo Tomás Moro (+ 1535) laico y mártir y John Fisher (+ 1535) obispo y mártir.

Viviendo en ese mundo donde ser católico es pertenecer a una minoría y en algunas épocas significó ser considerado como ciudadano de segunda categoría, un católico inglés como Miguel acentuaba aquellos aspectos que son propios de la fe católica, sin olvidar que es ante todo fe cristiana.

Creía profundamente en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Rezaba y recomendaba  rezar de rodillas ante el sagrario.
Creía en la Gracia que conllevan los Sacramentos, que Cristo nos dejó para que nos encontráramos con Él y distribuía generosamente el agua del bautismo.
Veneraba a los santos y a su Reina, la Madre del Señor. Su ordenación sacerdotal fue el 8 de noviembre de 2008, fiesta de Nuestra Señora de los Treinta y Tres. Jugó con el nombre de Melo, tomando la M para decir María y agregando luego “Eterna Luz Oriental”, con el deseo de que ella fuera para todos los que vivimos en esta ciudad “capitana y guía”, “estrella del mar”, como la Virgen del Carmen, luz que nos guíe en el viaje de nuestra vida.
Guardaba con cariño las reliquias de santos y beatos (“en Londres tengo todavía reliquias como para una basílica”, decía). Las ponía también a disposición de los demás cuando era necesario y en más de un altar de nuestras iglesias están presentes. Tenía especial devoción por algunos, como Santa Faustina Kowalska y a San Pío de Pietrelcina, pero no dejaba de sorprendernos un día sí y otro también con la evocación de algunos desconocidos para nosotros.
Estaba interesado por el proceso de beatificación y canonización de Mons. Jacinto Vera, el primer Obispo del Uruguay y compartía el deseo de los católicos uruguayos de que un día tuviéramos en los altares a este pastor misionero y santo.

Alguien me ha recordado que tenía una voz maravillosa. Maravillosa y, como suele decirse, cultivada. Sabía cantar muy bellamente.

No era fácil entender a Miguel cuando hablaba. Ya habíamos tenido la experiencia con el P. Thomas, (sacerdote escocés que estuvo más de 25 años en nuestra diócesis y que está ahora en su tierra). El primer contacto de Miguel con una lengua latina había sido con el italiano, cuando estudiaba en Roma, y le quedó mucho de la lengua del Dante. Por ejemplo, no decía "bautismo" sino battesimo. En los verbos en infinitivo, agregaba una "e": celebrare, en vez de "celebrar"... Una vez le dije “Tú hablas un italiano castellanizado con acento inglés”. Él tomó mis palabras con su habitual buen humor. Se rio y me dijo that’s right, correcto.

Santo Tomás Moro, que he mencionado antes, fue un santo con un marcado sentido del humor. Él pedía a Dios “la gracia de no dejar de entender un chiste” y proclamaba “bienaventurados a los que saben reírse de sí mismos porque nunca tendrán ocasión de aburrirse”.

Miguel tenía ese toque de humor; esa capacidad de reírse de sí mismo y ese humor inglés con el que prohibía a sus feligresas mayores morirse mientras él estuviera de vacaciones. Dos horas antes de su fallecimiento me envió un mensaje, su último mensaje, con ese tono tan suyo… “Hola Monseñor. Estoy en el Americano. Tengo un infarto. Hmm, qué linda vacación. Obvio no voy al aeropuerto”.

No, no fue al aeropuerto, pero levantó un vuelo más alto. No se fue de vacaciones. O sí: encontró las vacaciones más maravillosas. Se fue a descansar en la Casa del Padre, contemplando para siempre el rostro luminoso del resucitado, el rostro que él supo ver en cada Hostia consagrada.

Miguel me contó de cuando estuvo solo en Aceguá, parroquia en la frontera con Brasil, supliendo al P.  Thomas. Visitó casa por casa la gente, ofreciendo con sencillez la pobreza de no poder expresarse en la lengua con que lo recibían. Pero como dijo una vez Mons. Cáceres, hablando de Thomas, hay algo en ellos que hace posible entenderlos en un nivel más profundo, hablan el lenguaje de la amistad.

No es por otra cosa que el 2 de agosto, en la Misa de cuerpo presente que precedió a su entierro, la Catedral de Melo estuvo completamente llena: porque encontramos en el Padre Miguel alguien que vivió con integridad y entrega el amor a Dios y el amor al prójimo.

Allí estuvieron quienes lo fueron a buscar y lo encontraron, los que recibieron paz y consuelo, los que recibieron el agua del bautismo, los que recibimos –porque yo también me confesé con él- la absolución de nuestros pecados, en fin… todos los que encontramos en él alguien profundamente querible, que nos hacía sentir la cercanía de Dios.

Unidos, todos rezamos para que Miguel estuviera ya en la feliz compañía del Señor, de su Madre y de sus queridos santos. Todos esperamos que nos recuerde allí, que interceda por nosotros, mientras aquí lo seguiremos recordando.
+ Heriberto, Obispo de Melo

miércoles, 25 de julio de 2018

Cinco panes y dos peces (Juan 6,1-15). El testimonio del Cardenal Van Thuan







En abril de 1975 Vietnam del Norte invadió Vietnam del Sur, poniendo fin a una guerra que llevaba veinte años.

El 15 de agosto de ese año, el Obispo coadjutor de Saigón, Francisco Javier Nguyen Van Thuan fue arrestado. Así inició un cautiverio que duraría trece años.

Aislado de su rebaño, el pastor tomó una decisión: no viviría esperando la hora de la liberación; por el contrario, procuraría vivir cada momento presente. Más aún, procuraría vivirlo con amor.

Tomando el ejemplo de San Pablo, que desde la prisión escribió a sus comunidades, Van Thuan comenzó -con todas las dificultades imaginables- a escribir cartas a sus diocesanos. Estos mensajes llegaron a formar tres libros que tienen en sus títulos, con algunas variantes, la frase “el camino de la esperanza”.

El Obispo fue liberado en 1988, aunque quedó bajo arresto domiciliario. En 1991 el gobierno vietnamita le permitió viajar a Roma, pero no lo autorizó a regresar a su país.

En 1994 san Juan Pablo II lo nombró presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y en 2001 lo creó Cardenal.

En 1996, mirando a la preparación al Jubileo del Año 2000, el Papa le pidió que escribiera algunas meditaciones para jóvenes. En febrero del año siguiente, Monseñor Van Thuan presentó su libro “Cinco Panes y Dos Peces”.

El título de ese libro nos remite especialmente al evangelio que escuchamos este domingo. La multiplicación de los panes y los peces, tomada del evangelio según san Juan.

No hay ningún episodio en los evangelios que esté contado tantas veces. No sólo está presente en los cuatro evangelios, sino que Marcos y Mateo nos cuentan una segunda multiplicación, de modo que tenemos seis relatos de este episodio.

Cuando comparamos los relatos en los distintos evangelios, no es difícil darnos cuenta de que algunos detalles son diferentes. Allí aparece la intención del evangelista que quiere mostrarnos un aspecto en especial.

En los relatos que nos ofrecen Mateo, Marcos y Lucas, Jesús pregunta a los discípulos cuántos panes tienen. Cuando leemos el relato del cuarto evangelio, nos damos cuenta de que Juan marca una diferencia.
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe:
«¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»
Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.
Felipe le respondió:
«Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Efectivamente, los recursos eran muy escasos: un niño que ofrece lo que tenía para su almuerzo. El pan de cebada era el pan de los pobres, más barato que el pan de trigo. Ese tipo de pan aparece también en la primera lectura de este domingo, tomada del segundo libro de los Reyes, donde el profeta Eliseo alimenta a cien hombres con solo veinte panes de cebada.

Únicamente Juan coloca a este niño en su relato. No sólo tiene poca cosa que ofrecer, sino que es apenas un niño… un candidato tan improbable como el jovencito David para enfrentar al terrible gigante Goliat. ¿Qué habría pasado si el niño hubiera pensado “y con esto qué hacemos” y se lo hubiera guardado? Pero el Evangelio suele subrayar el valor escondido en lo poco y lo pequeño… la minúscula semilla de mostaza de la que sale un gran arbusto, la medida de levadura que fermenta toda la masa… las dos pequeñas monedas que dona la viuda, el vaso de agua que alguien ofrece al discípulo de Jesús. Por otra parte, la parábola de los talentos nos hace ver también la peligrosa tentación del que ha recibido un solo talento y lo guarda, en lugar de hacerlo producir, tal vez por pensar que le había tocado poco.

Pero el niño no piensa nada de esto. Deja todo en manos de Jesús y hace posible que Jesús actúe:
Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
En los otros evangelios, Jesús hace repartir el alimento por sus discípulos; aquí es él mismo quien lo entrega. El evangelista Juan quiere así resaltar todo lo que Jesús hizo a partir de lo que el niño le ofreció: sus cinco panes y dos peces.

¿Y qué sucedió con el Obispo Van Thuan? ¿Cuáles fueron los cinco panes y dos peces de los que habla su libro?

En su prisión, Monseñor Van Thuan quiso seguir sirviendo a su pueblo. Así supo encontrar sus cinco panes y dos peces, para ponerlos a disposición de Jesús, en favor de su gente.
En forma muy resumida, estos son:

Primer Pan: vivir el momento presente.
“Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de forma extraordinaria”.
Segundo Pan: distinguir entre Dios y las obras de Dios.
“Me has confiado una misión que no se asemeja a ninguna otra, pero con los mismos objetivos de las demás: ser tu apóstol y testigo”.
Tercer Pan: un punto firme, la oración.
“Breves oraciones, unidas una a otra, forman una vida de oración”.
Cuarto Pan: mi única fuerza, la eucaristía.
“Antes celebraba con patena y cáliz dorados: ahora tu sangre está en la palma de mi mano”.
Quinto Pan: amar hasta la unidad es el testamento de Jesús.
“Amar a los otros como Jesús me ha amado, en el perdón, en la misericordia, hasta la unidad”
Primer Pez: María Inmaculada, mi primer amor.
“Para sentirme unido a Jesús y a todos los hombres, mis hermanos, quiero llamarte Madre nuestra”.
Segundo Pez: elegir a Jesús.
“¿Qué recompensa quieres? Solo a ti, Señor”.
“Quiero ser el muchacho que ofreció todo lo que tenía. Casi nada: cinco panes y dos peces, pero era todo lo que tenía para ser instrumento del amor de Jesús”.


martes, 24 de julio de 2018

El Papa Francisco nombró Obispo de Salto y Obispo Auxiliar de Montevideo

El Papa Francisco nombró hoy Obispo de Salto al Pbro. Fernando Miguel Gil, de 65 años de edad, uruguayo que ejerció hasta el momento su ministerio sacerdotal en la Diócesis de Merlo-Moreno, Argentina. Nombró, asimismo, Obispo Auxiliar de Montevideo al Pbro. Pablo Alfonso Jourdán Alvariza, de 54 años de edad, doctor en Medicina, ordenado sacerdote hace 22 años, perteneciente al clero de la Diócesis de Minas.
El anuncio de estas designaciones fue dado a conocer este martes 24 de julio por la Santa Sede, a las 12 horas de Roma (7 horas de Uruguay). En nuestro país la noticia fue difundida por la Nunciatura Apostólica a través de la Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal del Uruguay.
Con estos nombramientos, el episcopado uruguayo queda conformado por 10 obispos titulares, tres obispos auxiliares (dos en Montevideo y uno en Canelones) y siete obispos eméritos (uno de Montevideo, uno de Canelones, uno de Florida, uno de Maldonado, uno de Salto y dos de Melo que residen fuera de la Diócesis).

OBISPO DE SALTO

El Pbro. Fernando Gil Eisner, nombrado Obispo de Salto, nació en Montevideo el 8 de mayo de 1953 y está radicado en Argentina desde 1966. En 1976 comenzó sus estudios de Filosofía y Teología y el 25 de marzo de 1983 fue ordenado sacerdote en la Diócesis de Morón, en el gran Buenos Aires. En 1986 obtuvo la licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) y en 1989 el grado de Doctor en Historia de la Teología, por la Universidad Gregoriana de Roma.
Ejerció los primeros años de su ministerio como Vicario de la Parroquia San José de Moreno, que en ese momento abarcaba las actuales Parroquias de María Madre de Dios, María Auxiliadora y San José. Fue en distintos momentos, Administrador Parroquial de esas Parroquias, Párroco de Ntra. Sra. del Rosario de Fátima en Merlo y, actualmente, es Párroco de la Parroquia María Auxiliadora en el mismo Moreno.
En la Diócesis de Merlo-Moreno prestó su servicio como asesor diocesano de catequesis, director del Seminario Catequístico ̈San Juan Diego”, miembro del Consejo Presbiteral, del Colegio de Consultores y del Equipo Diocesano de formación permanente. Es miembro y asesor del movimiento de espiritualidad “Soledad Mariana” desde sus orígenes (1976) hasta la actualidad. Recientemente fue nombrado director espiritual del Seminario de Morón.
A la par de sus tareas pastorales, ejerce la docencia en el Departamento de Historia de la Iglesia de la Facultad de Teología de la UCA y desde 2003 es Director de la Biblioteca de la Facultad de Teología de la misma Universidad. En 2008 fue nombrado vicedecano de la Facultad de Teología quedando luego a cargo del decanato entre 2009 y 2011.
Entre 1986 y 2007 fue director del Instituto San José del Seminario de Morón (afiliado a la UCA). Ha sido profesor también en el Instituto Teológico Franciscano Fray Luis Bolaños (Buenos Aires),1993-2009; en el Instituto San Juan María Vianney del Seminario de Mercedes, 1992-1997; en el Instituto Superior de Estudios Teológicos Cristo Buen Pastor de los Salesianos, 2000-2002, y en el CEBITEPAL, CELAM, Bogotá, 2016-2018.
Es miembro del Comité de Historia de la Comisión Arquidiocesana de Cultura, de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, del Instituto de Historia del Derecho Canónico Indiano perteneciente a la Facultad de Derecho Canónico de la UCA y del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades.
Ha publicado regularmente obras relacionadas con la Historia de la Iglesia y la Historia de la Teología.
La Diócesis de Salto fue creada en el año 1897 por el Papa León XIII. Comprende los departamentos de Artigas, Salto, Paysandú y Río Negro. Alberga en total unos 367.000 habitantes. Mons. Gil Eisner será su sexto obispo.

OBISPO AUXILIAR DE MONTEVIDEO

El Pbro. Pablo Jourdán Alvariza, nombrado Obispo Titular de Medianas Zabuniorum y Auxiliar de la Arquidiócesis de Montevideo, nació el 23 de enero de 1964, en Montevideo. Recibió la ordenación sacerdotal el 5 de noviembre de 1995. Pertenece al presbiterio de la Diócesis de Minas. Desde enero de 2014 es Párroco de la Parroquia San Carlos Borromeo en la localidad de José Pedro Varela (Lavalleja).
Es Doctor en Medicina por la Universidad de la República. Obtuvo el grado de Bachiller en Teología en la Facultad de Teología del Uruguay Mons. Mariano Soler, y el de Licenciado en Moral y Espiritualidad en la Universidad de Navarra.
Fue Párroco en la Parroquia San Nicolás de Bari en Batlle y Ordoñez. Hace 10 años que es Responsable de la Pastoral Bíblica de la Diócesis de Minas y por tres periodos desempeñó el cargo de secretario ejecutivo de la Comisión de Animación Bíblica de la Pastoral de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Desde febrero de 2013 participa en los cursos de actualización organizados por el CEBITEPAL (CELAM), en Bogotá.
Ordenación Episcopal
El Pbro. Jourdán será ordenado Obispo en la Catedral Metropolitana de Montevideo el Domingo 30 de septiembre de 2018, por el Cardenal Daniel Sturla.

jueves, 19 de julio de 2018

Ante la dramática y dolorosa crisis social y política en Nicaragua. Mensaje del CELAM

CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO
PRESIDENCIA

MENSAJE A LOS OBISPOS DE NICARAGUA

“Consuelen, consuelen a mi pueblo” Isaías 40,1
Los Obispos de América Latina y El Caribe, como servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, expresamos nuestra cercanía y solidaridad con el pueblo Nicaragüense y con sus pastores profetas de justicia, ante la dramática y dolorosa crisis social y política que allí se vive actualmente.
“He visto cómo sufre mi pueblo” Éxodo 3,7
Ante esta grave situación, estamos llamados a ser la voz de quien no tiene voz, para hacer valer sus derechos, encontrar caminos de diálogo e instaurar la justicia y la paz, “para que en Cristo, todos tengan vida” (cfr. Documento de Aparecida 4); de modo especial, quienes se sienten desconsolados por la muerte y la violencia. Les alentamos a seguir siendo defensores de los derechos humanos y portadores de la esperanza.
“No te dejes vencer por el mal.
Al contrario, vence con el bien el mal” Romanos 12,21
Les invitamos también a no cerrar los oídos ante el clamor y sufrimiento de nuestros pueblos y a continuar siendo los líderes valerosos por medio de los cuales Dios se hace presente y guía la historia de su pueblo.

El próximo domingo 22 de julio, es nuestro deseo y pedimos en todas nuestras celebraciones, en todas las comunidades creyentes de todos nuestros países, se eleve una oración especial por el Pueblo de Nicaragua.

¡Que la Inmaculada Concepción de María nos devuelva la paz y la alegría!

En nombre del Episcopado de América Latina y El Caribe

† Card. Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia
Presidente del CELAM

† Juan Espinoza Jiménez, Obispo Auxiliar de Morelia, México
Secretario General del CELAM

miércoles, 18 de julio de 2018

Aprender y descansar con Jesús (Marcos 6,30-34)







Errar es humano. Es nuestro límite. No lo sabemos todo. Pero lo bueno es que siempre podemos aprender y, muchas veces, es para eso que sirven los errores. Probamos de una forma, ensayamos de otra, hasta que encontramos la manera más satisfactoria. Puede pasar, incluso, que algunas cosas que siempre funcionaron bien, en algún momento ya no sean adecuadas y tengamos que revisarlas y cambiarlas.

Jesús formó un grupo de discípulos “para estar con él” dice el evangelio de Marcos y “para enviarlos a predicar”. Como discípulos están en permanente aprendizaje.

El evangelio de este domingo nos condensa momentos importantes de ese aprendizaje.
Empieza contándonos que los discípulos volvieron de una misión a la que Jesús los había enviado. Una práctica, podríamos decir. Así lo cuenta san Marcos:
“Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.”
Le cuentan a Jesús lo que han hecho. La práctica tiene muchas situaciones imprevistas. Han tenido que desenvolverse, que tomar decisiones. Posiblemente en algunas cosas les ha ido bien, en otras no… contar lo que hicieron permite repensar, decantar, reflexionar. Sólo de esa forma lo vivido se transforma realmente en una experiencia útil.

También le cuentan a Jesús lo que habían enseñado. Uno podría preguntarse porqué le cuentan también eso… ¿acaso no han repetido las enseñanzas de Jesús? Seguramente sí, pero, allí también es importante confrontar con Jesús la forma en que enseñaron. El encuentro con otras personas, con sus preguntas o dificultades para entender lo que se anuncia, hace descubrir aspectos nuevos. Entonces, viene la duda ¿habré explicado bien esto o habré cambiado el sentido del mensaje?

El apóstol Pablo, que no formó parte del grupo de los Doce, a partir de su encuentro con Jesucristo comenzó a predicar el Evangelio. Tres años después de su conversión sintió la necesidad de encontrarse con aquellos que habían caminado junto a Jesús, para ver si lo suyo iba bien rumbeado. Así lo cuenta en su carta a los Gálatas:
«subí a Jerusalén para conocer a Cefas [o sea, a Pedro] y permanecí quince días en su compañía» (Gal 1,18).
Pasó más tiempo y volvió a sentir esa necesidad:
«al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén... y les expuse el Evangelio que proclamo entre los paganos... para saber si corría o había corrido en vano» (Gal 2,1.2).
Humildad de Pablo… necesidad de confrontar con los otros, de ver si lo que está haciendo va en la dirección correcta.

La primera enseñanza de Jesús que encontramos en este pasaje del Evangelio va por ese lado. No cortarse solo. Trabajar en equipo. Referirse a los responsables de las comunidades.

Una segunda enseñanza aparece enseguida, en la invitación de Jesús a ir a un lugar desierto, para descansar un poco. Quienes se dedican a trabajar intensamente con personas que tienen muchas necesidades… médicos, psicólogos, educadores, sacerdotes, corren el riesgo de vaciarse interiormente, algo que en inglés se llama burn out y se traduce como el “síndrome del quemado”. Esto lo sufre una persona que se ha consumido por dentro, que se ha agotado, que no encuentra fuerzas ni motivación para seguir.
Jesús les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.
Jesús lleva a sus discípulos a descansar, para que la vida de ellos se equilibre, las fuerzas físicas se repongan; pero, sobre todo para que mantengan sus fuerzas espirituales, a partir del encuentro en soledad y en silencio con el mismo Jesús. Ese llamado sigue siendo válido y diríamos, aún más válido y necesario hoy, entre tantas cosas que dispersan y fatigan. Encontrarse con Jesús en la oración, en los sacramentos, estar con Él.
Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
El descanso que propone Jesús a los discípulos se frustra. La gente descubre dónde van y cuando ellos llegan, ya los están esperando. Jesús contempla esa multitud y, lejos de manifestar la más mínima molestia, siente compasión. El evangelio nos describe con una frase la situación que Jesús ve: “estaban como ovejas sin pastor”. A pesar de su necesidad y la de sus discípulos de descanso, Jesús se puso a enseñar a la multitud. Y lo hizo largo rato.

Es posible que la gente esperara otra cosa: sanaciones, milagros… pero Jesús se puso a enseñarles. Son ovejas sin pastor, han perdido el rumbo. La enseñanza de Jesús reorienta, da sentido a la vida. Gracias a esa enseñanza las personas dan un rumbo a su vida y dejan de estar como ovejas que no tienen pastor.


miércoles, 11 de julio de 2018

Con bastón y de sandalias (Marcos 6,7-13)







Recuerdo una de las primeras veces en que me tocó hacer un mandado. Mi madre estaba preparando un postre y faltaba un ingrediente. Uno de mis hermanos y yo estábamos ahí. Nos llamó y nos envió al almacén de Don Teófilo: “traigan un poco de vino seco”. Como yo soy el mayor, me dio la plata y una botellita en la que cabría más o menos el contenido de un vaso. Yo marché, con esa incomodidad de quien no sabe exactamente qué es lo que va a buscar “vino ¿seco?” pero no hubo ningún problema. Me entregaron lo que pedí, pagué lo que me cobraron y regresamos. Misión cumplida.

En el evangelio que leemos este domingo, vemos a Jesús enviando a sus discípulos en misión. Una misión bastante más compleja que un mandadito… Dice así San Marcos:
Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.
Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.
Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».
Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
Un texto breve, pero cada detalle importa. Veamos.

Jesús llamó a los Doce. La palabra “vocación” significa “llamado”. La primera vez que se menciona a los Doce en el evangelio de Marcos está en el capítulo 3. Se nos dice que Jesús “llamó a los que él quiso”, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (3,14-15). Desde el principio, entonces, Jesús tiene la intención de enviar a sus discípulos “a predicar”, es decir, a llevar el mensaje que él está comunicando con sus palabras y sus acciones. Ahora estamos en el capítulo 6 y los discípulos ya han vivido algunas experiencias junto a Jesús: ha llegado el momento para su primera misión.

“Los envió de dos en dos”. De dos en dos, porque dos testigos son más creíbles que uno solo, porque los compañeros se animan y fortalecen uno al otro y porque ir con otro crea una responsabilidad. Es menos probable abandonar la misión o aún caer en tentaciones peores.

Les dio poder “sobre los espíritus impuros”. Ese es uno de los objetivos de la misión, continuar esa actividad de Jesús; pero la misión también incluye “predicar, exhortando a la conversión” y “curar a los enfermos”. Notemos que Jesús no da poder sobre las personas. Jesús ofrece un mundo más sano, liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Sus discípulos llevarán su fuerza sanadora, para actuar en nombre de Jesús, humanizando la vida y aliviando los sufrimientos.

Para el camino no deben llevar más que un bastón, un par de sandalias y una sola túnica. Jesús los quiere caminantes, ligeros de equipaje. Son instrucciones parecidas a las que Dios da a los israelitas cuando comen el cordero pascual, prontos a salir a la libertad: comer, con los pies ya calzados y el bastón de peregrino en la mano (Éxodo 12,11).

Tampoco tienen que llevar pan, provisiones ni dinero. No tienen que ir preocupados por su seguridad. Igual que los israelitas que se internan en el desierto tras ser liberados de la esclavitud de Egipto, tienen que ir confiados en la Providencia de Dios que hará que no les falte nada. No pensemos que el Maestro los envía a pasar mal; Jesús no llevaba una vida ascética como la del Bautista; iba a las comidas y fiestas donde se le invitaba. No pretende que sus discípulos pasen necesidades, sino que hagan un acto de fe saliendo de esa manera, “a la buena de Dios”, nunca mejor dicho.

“Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.” En otro evangelio, Jesús agrega “no anden de casa en casa”. La idea es que acepten buenamente lo que recibieron de entrada, aunque después encuentren un lugar mejor y que no estén preocupados por mayor o menor comodidad.

“Si no los reciben … al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies”. Es una respuesta a los que han rechazado el anuncio. Es una manera de decir “lo hemos intentado, ustedes no han querido escucharnos, es su decisión; ya no es nuestra responsabilidad”.

Contemplando a esos primeros misioneros, quienes continuamos la misión hoy, dos mil años después, podemos hacernos preguntas sobre nuestros medios… edificios, vehículos, aparatos… ¿pueden ser una ayuda para la misión? Sí, claro… pero, por otra parte, ¿pueden esas cosas convertirse en fines en sí mismas, que nos distraigan de la misión? ¡también! La Iglesia existe para evangelizar, para anunciar el evangelio. Tenemos siempre que preguntarnos cómo estamos usando los medios que tenemos para esa misión.

Y algo aún más importante… en última instancia, el acercar a alguien a Cristo, el encuentro con Él y la adhesión a una comunidad y a la Iglesia, pasan por el contacto personal, por el encuentro entre las personas, por la experiencia y el testimonio comunicados y compartidos de corazón a corazón. Y esos momentos, donde Dios actúa con su Gracia, no se pueden obtener sino a través de personas que gratuita y sencillamente comparten su vida de fe con los demás.

lunes, 2 de julio de 2018

¿No es acaso el carpintero? (Marcos 6, 1-6a)







Un taller con olor a madera. Un hombre mayor y un jovencito trabajando juntos como padre e hijo. Muy cerca, en la cocina, la madre prepara el almuerzo o se ocupa de otras tareas de la casa. Así nos imaginamos la vida de la sagrada familia de Nazaret. Jesús, María y José, el carpintero.

Como todo aquel que tiene la misión de un padre, José trasmitió a Jesús su profesión, porque como indicaban los rabinos “Quien no enseña un oficio a su hijo es como si le enseñara el bandidaje”.

¿Qué sabemos de ese oficio de san José? Ante todo, José era un artesano, es decir alguien que trabaja por su cuenta, es dueño de sus herramientas o máquinas, fabrica los productos y él mismo los entrega a sus clientes.

La palabra griega del evangelio que tradicionalmente se traduce como carpintero es tektón. Esa palabra tiene otros significados. Carpintero, sí; pero también el que se ocupa de reparaciones varias, o el constructor. La palabra arquitecto viene de ahí. Arqui-tecto significa “el primer tektón”, o sea el que dirige la obra.

En la construcción predominaba la piedra, pero también entraba la madera. Para construir el templo de Jerusalén, los carpinteros prepararon las maderas, que en parte eran de cedro del Líbano. Los pórticos que rodeaban la explanada del templo estaban cubiertos con artesonados de madera de cedro. También se empleó esa misma madera en los cimientos del santuario.

Como en todas las sociedades, hay trabajos que son apreciados y otros que son menospreciados. En el pueblo de Jesús, esa diferencia no estaba marcada por el hecho de trabajar o no con las manos, sino más bien en relación con reglas de pureza o normas morales. Los trabajos menospreciados eran los considerados “sucios” o que se prestaban a prácticas fraudulentas.

En general, el trabajo de los artesanos era apreciado y respetado. Tan respetado que, en Jerusalén, cuando los sacerdotes entraban en procesión hacia el templo, todos se ponían de pie; pero los artesanos, si estaban trabajando, no tenían obligación de hacerlo y no interrumpían su labor.

Otra señal de ese aprecio es que, sorprendentemente para nosotros, muchos escribas o Maestros de la Ley, es decir, los hombres estudiosos de la Palabra de Dios, tenían también su oficio como artesanos. El Talmud, es decir, la enseñanza de los rabinos menciona oficios ejercidos por los Doctores de la Ley, entre los que hay sastres, fabricantes de sandalias, carpinteros, zapateros, curtidores, arquitectos y hasta barqueros.

Entonces, no nos asombremos de que Jesús y también san Pablo hubieran podido dedicarse tanto a un oficio como a estudiar la Sagrada Escritura. Pablo estudió en Jerusalén con grandes maestros fariseos y se ganaba la vida como fabricante de carpas. Un artesano que llevaba consigo sus herramientas y armaba su taller en las calles de cualquier ciudad.

Si bien los Maestros de la Ley eran artesanos, no todo artesano era un conocedor o estudioso de la Palabra de Dios. Por eso, los vecinos de Nazaret se sorprenden cuando regresa Jesús, a quien habían visto crecer entre ellos, dedicado a su oficio de carpintero, convertido en un Maestro que predica, que enseña la Palabra de Dios. Así cuenta san Marcos:
Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero…?
Esto que asombra a los conciudadanos de Jesús es, sin embargo, parte del Evangelio. Es “el Evangelio del trabajo”, como solía decir san Juan Pablo II.

¿Qué queremos decir con que es “parte del Evangelio”? No simplemente que está escrito en el Evangelio que Jesús trabajó, sino que el hecho de que Jesús trabajara es parte de la Buena Noticia. El trabajo de Jesús, su acción de trabajar es ya un mensaje, como todo lo que Jesús dice y pone en obra.

San Juan Pablo II, en su visita a Melo hace 30 años, resumió así el mensaje que encierra el trabajo de Jesús:
Jesucristo, el Hijo de Dios, (…) trabajó con sus manos, para enseñarnos cómo debemos comportarnos en nuestro esfuerzo por construir de modo solidario un mundo mejor.
Que con la ayuda de Dios, aprendamos a conocer más y mejor la vida de trabajo de Cristo, “el hijo del carpintero” (Mt 13, 5), que pasó la mayor parte de su existencia terrena compartiendo la vida de cada día con sus hermanos los hombres y ocupando sus años como un trabajador.
El trabajo no es (…) algo que el hombre debe realizar sólo para ganarse la vida; es una dimensión humana que puede y debe ser santificada, para llevar a los hombres a que se cumpla plenamente su vocación de criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios.
Por medio del trabajo, la persona se perfecciona a sí misma, obtiene los recursos para sostener a su familia, y contribuye a la mejora de la sociedad en la que vive. Todo trabajo es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación, y cualquier trabajo honrado es digno de aprecio.
Y concluyo todavía con las palabras del Papa polaco en Melo:
Jesucristo, nuestro Señor, es también nuestro guía y modelo. “Todo lo hizo bien” (Mc 7, 37), decían de Él las gentes. Cada uno de nosotros (…) hemos de esforzarnos por seguir sus huellas en el trabajo de cada día.