miércoles, 11 de julio de 2018

Con bastón y de sandalias (Marcos 6,7-13)







Recuerdo una de las primeras veces en que me tocó hacer un mandado. Mi madre estaba preparando un postre y faltaba un ingrediente. Uno de mis hermanos y yo estábamos ahí. Nos llamó y nos envió al almacén de Don Teófilo: “traigan un poco de vino seco”. Como yo soy el mayor, me dio la plata y una botellita en la que cabría más o menos el contenido de un vaso. Yo marché, con esa incomodidad de quien no sabe exactamente qué es lo que va a buscar “vino ¿seco?” pero no hubo ningún problema. Me entregaron lo que pedí, pagué lo que me cobraron y regresamos. Misión cumplida.

En el evangelio que leemos este domingo, vemos a Jesús enviando a sus discípulos en misión. Una misión bastante más compleja que un mandadito… Dice así San Marcos:
Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.
Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.
Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».
Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
Un texto breve, pero cada detalle importa. Veamos.

Jesús llamó a los Doce. La palabra “vocación” significa “llamado”. La primera vez que se menciona a los Doce en el evangelio de Marcos está en el capítulo 3. Se nos dice que Jesús “llamó a los que él quiso”, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (3,14-15). Desde el principio, entonces, Jesús tiene la intención de enviar a sus discípulos “a predicar”, es decir, a llevar el mensaje que él está comunicando con sus palabras y sus acciones. Ahora estamos en el capítulo 6 y los discípulos ya han vivido algunas experiencias junto a Jesús: ha llegado el momento para su primera misión.

“Los envió de dos en dos”. De dos en dos, porque dos testigos son más creíbles que uno solo, porque los compañeros se animan y fortalecen uno al otro y porque ir con otro crea una responsabilidad. Es menos probable abandonar la misión o aún caer en tentaciones peores.

Les dio poder “sobre los espíritus impuros”. Ese es uno de los objetivos de la misión, continuar esa actividad de Jesús; pero la misión también incluye “predicar, exhortando a la conversión” y “curar a los enfermos”. Notemos que Jesús no da poder sobre las personas. Jesús ofrece un mundo más sano, liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Sus discípulos llevarán su fuerza sanadora, para actuar en nombre de Jesús, humanizando la vida y aliviando los sufrimientos.

Para el camino no deben llevar más que un bastón, un par de sandalias y una sola túnica. Jesús los quiere caminantes, ligeros de equipaje. Son instrucciones parecidas a las que Dios da a los israelitas cuando comen el cordero pascual, prontos a salir a la libertad: comer, con los pies ya calzados y el bastón de peregrino en la mano (Éxodo 12,11).

Tampoco tienen que llevar pan, provisiones ni dinero. No tienen que ir preocupados por su seguridad. Igual que los israelitas que se internan en el desierto tras ser liberados de la esclavitud de Egipto, tienen que ir confiados en la Providencia de Dios que hará que no les falte nada. No pensemos que el Maestro los envía a pasar mal; Jesús no llevaba una vida ascética como la del Bautista; iba a las comidas y fiestas donde se le invitaba. No pretende que sus discípulos pasen necesidades, sino que hagan un acto de fe saliendo de esa manera, “a la buena de Dios”, nunca mejor dicho.

“Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.” En otro evangelio, Jesús agrega “no anden de casa en casa”. La idea es que acepten buenamente lo que recibieron de entrada, aunque después encuentren un lugar mejor y que no estén preocupados por mayor o menor comodidad.

“Si no los reciben … al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies”. Es una respuesta a los que han rechazado el anuncio. Es una manera de decir “lo hemos intentado, ustedes no han querido escucharnos, es su decisión; ya no es nuestra responsabilidad”.

Contemplando a esos primeros misioneros, quienes continuamos la misión hoy, dos mil años después, podemos hacernos preguntas sobre nuestros medios… edificios, vehículos, aparatos… ¿pueden ser una ayuda para la misión? Sí, claro… pero, por otra parte, ¿pueden esas cosas convertirse en fines en sí mismas, que nos distraigan de la misión? ¡también! La Iglesia existe para evangelizar, para anunciar el evangelio. Tenemos siempre que preguntarnos cómo estamos usando los medios que tenemos para esa misión.

Y algo aún más importante… en última instancia, el acercar a alguien a Cristo, el encuentro con Él y la adhesión a una comunidad y a la Iglesia, pasan por el contacto personal, por el encuentro entre las personas, por la experiencia y el testimonio comunicados y compartidos de corazón a corazón. Y esos momentos, donde Dios actúa con su Gracia, no se pueden obtener sino a través de personas que gratuita y sencillamente comparten su vida de fe con los demás.

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