viernes, 29 de septiembre de 2017

Ordenación del Diácono Permanente Juan Carlos Ron


En la fiesta de San Rafael Arcángel, co-patrono de la Catedral de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, ordenó Diácono permanente a Juan Carlos Ron Godiño. En su homilía, el Obispo recordó la historia de este ministerio, su recuperación a partir del Concilio Vaticano II y sus pasos en la Diócesis.

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
De ellos tres, nos toca particularmente San Rafael, copatrono de nuestra catedral.
También hoy celebramos la ordenación diaconal de Juan Carlos Ron, casado, padre de familia, llamado al Diaconado permanente en nuestra Diócesis.

Diácono significa servidor. Jesús nos ha dicho “yo estoy entre ustedes como el que sirve”. La Iglesia, comunidad de los discípulos de Jesús, está llamada a ser, como su maestro, una comunidad servidora. El ministerio del diácono es una de las expresiones del servicio dentro de la comunidad eclesial.

El diaconado existió en la Iglesia desde los primeros tiempos. Los apóstoles ordenaron a los primeros diáconos especialmente para el servicio a un grupo de personas pobres que estaban desatendidas. De este modo, los apóstoles reservaban su tiempo para la oración y el ministerio de la Palabra (cfr. Hch 6,1-6).

Sin embargo, estos siete primeros diáconos no se limitaron al servicio de distribuir alimentos a los pobres, servicio que hacían con diligencia y caridad. Eran hombres “llenos de Espíritu y sabiduría” (6,3) y pronto encontraremos a Esteban, el primero de ellos, anunciando el Evangelio de Jesucristo y siendo el primero de los mártires (Hch 6,8 – 7,60).

El ministerio de los diáconos continuó presente en la Iglesia durante siglos.
Es recordado especialmente San Lorenzo, que sufrió el martirio en Roma, en el siglo III, el 10 de agosto de 258.

Posteriormente, el diaconado fue perdiendo importancia y quedó reducido a un ministerio transitorio, que se recibía como paso previo a la ordenación sacerdotal.

En 1964, el Concilio Vaticano II decidió “restablecer el diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía” y definió así la misión de los diáconos: “en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración, recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: «Misericordiosos, diligentes, procediendo conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos»” (LG 29).

En nuestra Diócesis, Mons. Roberto Cáceres, uno de los Obispos que participaron en el Concilio Vaticano II, buscó poner en práctica esa disposición que él mismo había votado, y en 1978 ordenó el primer diácono permanente, Néstor Silvestre, quien sigue felizmente y fielmente en el servicio ministerial. Mons. Luis del Castillo ordenó después otros cuatro diáconos. Entre ellos recordamos a Víctor Gándaro, quien falleció luego de dejarnos un hermoso testimonio de entrega y fidelidad a la Iglesia. Continúan en el ministerio Luis Lago, en la parroquia de Charqueada, que no nos acompaña hoy por motivos de salud y Mario Moraes en San José Obrero de Melo.

Como hombres casados y padres de familia, los diáconos trabajan también para sostenerse a sí mismos y a los suyos. Su familia, especialmente sus respectivas esposas, a quienes están unidas por el sacramento del Matrimonio que hace de un hombre y una mujer “una sola carne”, participan también, en cierta forma, en el ministerio del diácono. Lo hacen especialmente con su comprensión, apoyo y aliento; y otras veces, también colaborando directamente en su servicio.

Por su vida familiar y laboral, los diáconos no disponen de todo su tiempo para el ejercicio del ministerio. Sin embargo, los diáconos permanentes son también “permanentemente diáconos”. No son una persona diferente cuando están sirviendo al altar o cuando están en su casa, cuando prestan un servicio pastoral en la parroquia o cuando están en su trabajo. Son la misma persona: el discípulo de Jesús, hombre de fe, ministro ordenado, que da testimonio de Cristo con su palabra, pero también con sus gestos, con la manera en que se conduce ante los hombres.

Juan Carlos, a todo esto vas a entrar por la ordenación que vas a recibir. Vamos a pedir a los arcángeles que te acompañen en tu ministerio y que sean también los protectores de tu vida de familia y de trabajo.

A San Miguel, cuyo nombre significa “¿quién como Dios?” le pedimos que haga siempre presente a ti y a los tuyos la grandeza de Dios, la grandeza de su amor, para que seas su testigo.
A San Gabriel, cuya misión es la que designa la misma palabra “ángel”, que significa “mensajero” le pedimos que te asista cada vez que tengas que “leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo”, de modo de ser también un mensajero de la Palabra del Señor.
Finalmente, a San Rafael, te encomendamos especialmente. El actuó como servidor de Dios. Enviado por Dios guio al joven Tobías en su viaje; aconsejo a Tobías y a Sara para vivir ante Dios su matrimonio; finalmente asistió al anciano Tobit en su enfermedad. Que él te ayude también a ti para señalar a los jóvenes el camino de Cristo, acompañar a los novios y matrimonios y confortar a los ancianos y a todos los necesitados de ayuda y consuelo. Así sea.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Por SÍ o por NO: hacer la voluntad de Dios (Mateo 21, 28-32)





Frente a Dios, nuestra libertad está siempre abierta.
Por sí o por no, nuestras decisiones no son nunca irrevocables.
Por eso en el Evangelio siempre está la llamada a la conversión personal, a hacer la voluntad de Dios.
Comentario de Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, al Evangelio del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo A, 1 de octubre de 2017.


Cuando te piden tomar una decisión rápida, es mejor decir que no. Aunque no siempre se puede, es más fácil cambiar ese “no” por un “sí”, que un sí por un no.
Esto dice uno de esos libros que están llenos de consejos prácticos y éste me ha gustado.
Más de una vez lo he aplicado y algunas veces hubiera preferido que lo aplicaran conmigo, o sea, que primero me dijeran que no y después sí y no al revés.

Por otro lado, Jesús dice:
“que tu manera de hablar sea ésta: que tu sí sea SÍ y tu no sea NO,
que lo que pasa de ahí viene del Maligno.” (Mateo 5,37)
Esto va a un tema más de fondo.
Si con un “sí” estoy asumiendo un compromiso importante, tengo que saber mantener ese “sí”. Es la palabra que he dado. Ser fiel a lo que me comprometí, con todo lo que eso pueda traer.
Si con un “no” he rechazado una tentación maligna, tengo que saber mantener ese “no” y no aflojar…
El Salmo 15 nos dice que entrará en la casa de Dios el hombre
“que dice la verdad de corazón…
que no se retracta de lo que juró ni aún en daño propio…
que no presta su dinero con usura, ni acepta soborno contra el inocente.
Quien obra así, nunca fallará”.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos cuenta una sencilla historia entre un padre y dos hijos y después nos pone un ejemplo… un poco inquietante.
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
    «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña". El respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.
    ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»
    «El primero», le respondieron.
    Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él». (Mateo 21, 28-32)
La enseñanza de Jesús es fácil de entender: se trata del que dice que sí, pero luego no hace
y de quien primero se niega de palabra, pero después hace.
Sin embargo, Jesús pone un ejemplo que nos hace llevar esta enseñanza a un plano más profundo: aquí se trata de nuestro sí a Dios, se trata de nuestra conversión.
Jesús pone el ejemplo de dos grupos de personas que eran consideradas pecadores perdidos: los publicanos, es decir, los cobradores de impuestos y las prostitutas.
Unos y otras eran despreciados por las personas religiosas -a las que Jesús está hablando en este momento-. Sin embargo, señala Jesús, los publicanos y las prostitutas creyeron en la predicación de Juan el Bautista pero ustedes no. La predicación de Juan el Bautista a la que alude Jesús fue un llamado a la conversión, a un profundo cambio de vida.

Este ejemplo de Jesús pone en evidencia dos cosas:
Primero, que aún esas personas de las que nadie espera un cambio (cada uno piense en el ejemplo que quiera) pueden cambiar; cambiar para bien, reorientar su vida.

A eso alude el profeta Jeremías en la primera lectura (Jeremías 18,24-28):
cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida. Él ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.
Segundo, que nadie puede pensar que su vida ya está totalmente orientada hacia Dios y que, entonces, no tiene nada que cambiar. Más aún, los creyentes tenemos que tener en cuenta la advertencia que también hace el profeta Jeremías:
Si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿acaso vivirá? Ninguna de las obras justas que haya hecho será recordada: a causa de su infidelidad y del pecado que ha cometido, morirá.
Ahora bien: ¿realmente las personas podemos cambiar? Cambiar, sobre todo, cambiar para bien. Gente que se echa a perder, lamentablemente, vemos mucha… pero ¿hay gente que cambia para bien?

Dicho de otra manera: ¿somos libres respecto a nuestro pasado? ¿Somos libres respecto a esa mochila que traemos puesta y que cada vez va más cargada?
En nuestra conducta hay muchas cosas que han sido determinantes: la herencia que recibimos, el ambiente en que crecimos, la forma en que se dieron nuestras relaciones familiares, la educación que recibimos… muchas de esas cosas nos atan, a veces inconscientemente. A medida que pasan los años, todo eso se va fijando cada vez más…

Sin embargo, frente a Dios, nuestra libertad está siempre abierta. Nuestras decisiones no son nunca irrevocables. Por eso en el Evangelio siempre está la llamada a la conversión personal.

Es verdad  que en la vida práctica, muchas posibilidades que están abiertas durante un tiempo, se van cerrando poco a poco. Pero en este mundo nuestra situación frente a Dios no está fijada nunca de forma definitiva; tristemente, una persona muy fervorosa puede entregarse al relajamiento y al abandono; otros pueden pasar de la indiferencia a la fe. El que cree en la misericordia de Dios y busca vivir de acuerdo a su Palabra se salvará.

Dios es bueno, nos hacía ver el domingo pasado la parábola de los trabajadores de la viña. Pero está en nosotros responder a esa bondad de Dios no simplemente con palabras bonitas, con alabanzas que se vuelven vacías, sino sobre todo con una vida que se deja transformar por Él.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Un jornal de Gloria (Mateo 19,30 - 20,16)





“Durante la semana pasada, y sin considerar los quehaceres del hogar ¿Trabajó usted al menos una hora?”
Esa es la primera pregunta que se hace en las encuestas para determinar si una persona está ocupada, desocupada o inactiva. Si contesta que sí, se le considera ocupada. Una hora trabajada en la semana es el mínimo que considera la OIT, Organización Internacional del Trabajo, para decir que una persona tiene trabajo.
Todos sabemos que hay momentos en que el trabajo escasea y los desocupados abundan.  Mal momento para quienes están desocupados y para sus familias.
El Evangelio de este domingo nos ubica en un contexto como ése.

Nos ubica también en un tiempo de trabajo zafral: la vendimia, la cosecha de la uva. En la tierra de Jesús eso tenía lugar desde mediados de setiembre a mediados de octubre, en el otoño del hemisferio norte.
La gente que quería trabajar se ubicaba en la plaza. Allí llegaban los dueños de los viñedos, temprano en la mañana y contrataban a los que llegaran primero. Había una larga jornada por delante.
El pago de esa jornada de trabajo era un denario. El denario, de donde viene nuestra palabra “dinero”, era una moneda de plata, con la efigie del César, porque esto sucedía dentro del Imperio Romano. Con esa moneda se podía comprar una medida de trigo o tres de cebada para hacer pan. Y así se alimentaba una familia.
“el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.”
Hasta aquí todo es normal. Obreros contratados para la jornada, desde el comienzo, a un denario por día. Pero la historia continúa y sucede algo extraño. El dueño del viñedo vuelve a la plaza, a distintas horas del día y sigue contratando gente.
“Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo". Y ellos fueron.
Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.”
Cinco veces, en total, contando la primera, el dueño fue a buscar obreros. Cinco veces. La última vez hace una pregunta que, de alguna manera, nos explica lo que está haciendo:
“Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?" Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".”
Lo que suena extraño es que el dueño parece más preocupado en llenar su viñedo de obreros que en su cosecha; más preocupado de darle trabajo a todos, a todos esos que están desocupados, que del tiempo efectivo de trabajo que harán.
Pero todavía falta el giro más sorprendente.
    “Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".
    El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿Acaso no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?".”
Sorprendentemente, el trato es igual para todos: reciben la misma paga los que soportaron el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada, como los que trabajaron apenas una hora. Apenas una hora… como pregunta la encuesta que mencionábamos al principio; pero su familia tiene que comer. Una moneda de un as, la décima parte de un denario, aún dos ases, no alcanzarían… el dueño entrega el valor completo del jornal a todos sus obreros. ¿Por qué lo hace?

En primer lugar porque es justo. Al que le pide un pago mayor, le recuerda lo que habían acordado:
“no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?”
A los demás, que han trabajado menos, les paga lo mismo, como hoy se paga el salario a un trabajador enfermo, una pensión al que se ha quedado incapacitado, una pensión a la viuda e hijos chicos, un subsidio a los que han quedado desocupados, una indemnización al que ha sido despedido…

En segundo lugar, el dueño de la viña hace esto, simplemente, porque es bueno. “¿por qué tomas a mal que yo sea bueno?” dice el dueño a uno de los que protestan.
“Que yo sea bueno”: detrás del dueño de la viña, como en otras parábolas de Jesús, aparece la figura del Padre bueno, que hace salir el sol y hace llover sobre justos y pecadores.
Jesús ha iniciado esta parábola diciendo “el Reino de los Cielos se parece a…” No se trata aquí solamente de una cuestión de justicia social… hay mucho más en esa bondad de Dios.
Jesús anuncia a Dios como Padre bueno. Descubrir ese rostro de Dios, creer en Él, confiar en Él, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar; la fuerza más grande para vivir y para dar la vida.

Esta es la Gran Noticia revelada por Jesús. Dios nos da su salvación, nos hace participar en su Gloria -el “jornal de gloria” que menciona la canción- no por nuestros supuestos derechos o méritos, sino por su misericordia. “A jornal de gloria no hay trabajo grande”: nada de lo que podamos hacer por Dios es tan grande que nos merezca ese jornal. Dios, increíblemente bueno, nos regala incluso lo que no merecemos.

Alguno podría pensar que esta manera de entender la bondad de Dios llevaría a una vida irresponsable y arbitraria, a un “vale todo”. No es así. La experiencia de la bondad de Dios tiene que inspirar nuestras relaciones y nuestra convivencia. Sería terrible… a veces sucede y es terrible, recibir la bondad y la misericordia de Dios sin que eso nos haga buenos y misericordiosos. Como en la parábola de los dos deudores, que escuchamos el domingo pasado, lo perderíamos todo. No entendimos nada. Al contrario, si hemos llegado a darnos cuenta de lo grande, de lo inmenso de la bondad y la misericordia de Dios para con nosotros, podemos llegar a ser buenos y misericordiosos como el Padre.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Como también nosotros perdonamos (Mateo 18, 21-35)

Papa Francisco en Villavicencio, 8 de setiembre de 2017,
ante el Cristo mutilado de Bojayá.





"Hasta setenta veces siete..." Pero ¿es posible perdonar lo imperdonable?
Voces de Colombia con esperanza de reconciliación y la palabra del Papa Francisco redondean esta reflexión de Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay, a propósito del Evangelio correspondiente al XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, 17 de setiembre de 2017.

“Perdonar es divino… ¡que Dios te perdone! Yo no te perdono…”
Terribles palabras… y terrible realidad. Una persona queda sin ser perdonada; otra persona queda sin dar perdón. Las dos quedan atadas por un vínculo de resentimiento, que seguirá presente en sus vidas…
“No me perdonó” siente una de las personas… “No la puedo perdonar” siente la otra.
Todos tenemos necesidad de ser perdonados. Todos tenemos alguien a quien necesitamos perdonar.

Nuestro Obispo emérito Mons. Roberto Cáceres, con su característico buen humor, solía decir, al explicar la oración del Padrenuestro, que Dios nos hace un pequeño “chantaje”:
En efecto, al enseñarnos a rezar el padrenuestro, Jesús nos indica pedirle al Padre: “perdona nuestras ofensas”, pero agrega, como todos sabemos: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. De esa manera, Jesús nos pone frente a nuestra propia capacidad de perdonar, para, a su momento ser perdonados.
Errar es humano, perdonar es divino… por lo que el perdón humano participa del perdón de Dios. Pero ¿no hay cosas imperdonables?

Recientemente el Papa Francisco visitó Colombia en el marco del proceso de paz que el país hermano vive después de décadas de violencia.
El Papa no fue allí para apoyar tal o cual solución política, que siempre será insuficiente. Fue allí para anunciar el mensaje de perdón y reconciliación del Evangelio, del Evangelio que escuchamos este domingo, que nos llama a perdonar “hasta setenta veces siete”.
Pero antes de hablar, Francisco fue a escuchar. El 8 de setiembre, en Villavicencio, cuatro personas presentaron su testimonio.
“Hoy doy gracias a Dios en nombre propio y en el de las miles de víctimas que se han sobrepuesto a tener la capacidad de nombrar lo innombrable y perdonar lo imperdonable”.
Así hablaba Pastora Mira, una mujer marcada por la violencia contra sus seres queridos. Cuando era niña, su padre fue asesinado. Años después, su primer esposo y sus dos hijos fueron asesinados por los paramilitares. Ella se encargó de cuidar al asesino de su padre al encontrarlo anciano y abandonado. Y también, tres días después de enterrar a su hijo, encontró a un joven herido y lo cuidó. En la casa, el joven vio las fotos del hijo de Pastora y le confesó que él era uno de los que había matado a su hijo.
“Doy gracias a Dios, que con la ayuda de mamita María, me dio la fuerza de servirle sin causarle ningún daño a pesar mi indecible dolor”.
Deisy Sánchez fue reclutada a los 16 años por los paramilitares. Estuvo en lucha armada por tres años hasta que fue capturada. Salió y la volvieron a reclutar, hasta que se desmovilizó:
“gracias a Dios me pongo a acercar a la Iglesia y en la Eucaristía dominical encuentro ahora consuelo y una orientación para el futuro”.
Cuando recobró su libertad, estudió psicología y hoy trabaja ayudando a víctimas de la violencia y acompañando la rehabilitación de adictos.

Juan Carlos Murcia fue guerrillero de las FARC por 12 años. En el primer año perdió su mano izquierda manipulando explosivos.
“Al pasar el tiempo me di cuenta de que estaba equivocado y tomé la decisión de reintegrarme a la vida civil, inspirado por el deseo de comenzar un nuevo proyecto de vida junto con mi esposa y mis tres hijos”
Juan Carlos trabaja en una fundación que promueve el deporte entre niños y jóvenes como forma de integración social y prevención del reclutamiento.

Luz Dary Landázury fue afectada por la explosión de una mina antipersonal que le causó varias lesiones. Le llevó dos años la recuperación física; pero su camino para una recuperación psicológica y espiritual pasó por ir al encuentro de otras personas que habían sufrido tanto o más que ella como víctimas de la violencia.
“Descubrí que no podía seguir viviendo llena de odio, porque tan solo liberándome de ellos, podría sentir paz en mi interior. Sentí renacer como una nueva oportunidad que Dios me había dado, desde un nuevo proyecto de vida al servicio de la comunidad”.
Cada una de estas personas podrían haber dicho o haber escuchado las palabras duras con las que abríamos esta reflexión; “yo, no te perdono”… sin embargo, supieron perdonar o supieron pedir perdón. Y no fueron sólo palabras: para cada uno de ellas hubo un cambio de vida, un giro que convirtió el impulso del resentimiento, del odio, de la violencia y la venganza en gestos de amor que transformaron su vida y la de muchas otras personas.

Después habló Francisco. Y comenzó haciendo notar la presencia de un testigo de todo lo que se estaba viviendo. Un testigo muy especial…
Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.
Y antes de dirigir una oración final ante el Cristo de Bojayá, Francisco concluyó:
Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, y renunciar a las venganzas, y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidámosle  ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia.
Muchas veces estaríamos dispuestos a perdonar si se nos pide perdón… si alguien que nos ha hecho daño reconoce lo que ha hecho, está arrepentido, promete no hacerlo más y nos pide perdón, estaríamos dispuestos a perdonar… pero nos quedamos esperando. Tal vez inútilmente. La visita de Francisco a Colombia se hizo con el lema “demos el primer paso”. Llama a tomar la iniciativa, a ir hacia el otro y abrir la posibilidad del encuentro y la reconciliación. Porque el otro es mi hermano, al que estoy llamado a perdonar hasta setenta veces siete.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Jesús en medio (Mateo 18,15-20)






Vivir en comunidad la corrección fraterna, unirse para orar juntos al Padre... todo con Jesús en medio. Reflexión del Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant, sobre el Evangelio correspondiente al Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Mateo 18,15-20).

En una familia donde hay varios hermanos, a veces con cierta distancia de edades, es difícil que todos ellos se pongan de acuerdo para pedir una cosa. Los jóvenes, los adolescentes, los niños más grandes, los niños más chicos viven en mundos diferentes. Es difícil que haya algo que concilie los intereses de todos. Pero si un día se ponen todos de acuerdo y juntos, con cara de buenos, piden algo a sus padres… es muy difícil que les digan que no. Tal vez esa experiencia de la vida familiar está detrás de estas palabras de Jesús:
Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.
“Si dos de ustedes se unen”… no simplemente si “se juntan”, sino si “se unen”, es decir, si actúan en unidad.

Una de las cosas que más nos hace sufrir es la “desunión”… nos cuesta ponernos de acuerdo. Entre los miembros de una familia, entre compañeros de estudios, entre compañeros de trabajo, entre vecinos, entre los socios de una institución… aún dentro de una comunidad cristiana…
A veces, la división pasa hasta por nuestro propio interior… como decía un amigo mío: “en la reunión éramos tres y había cuatro ideas opuestas”.

La unidad es la realidad más profunda de Dios.
Esa unidad está expresada en el Dios único, el Dios Uno, que, a su vez, es Trinidad: tres personas. “No tres dioses, sino un solo Dios”.
Esa unidad, la realidad más profunda de Dios, es también el sueño de Dios.
La unidad de toda la familia humana entre sí y con Dios.
Esa es la oración de Jesús “Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno”.

Ese sueño de Dios para la humanidad está permanente amenazado por una presencia maligna que se le opone: el Diablo. Diablo es una palabra griega que significa “el que divide”, el que produce división.
En criollo tenemos el dicho que expresa esa acción maligna: “el diablo metió la cola”… cuando se destruye un matrimonio, cuando dos amigos se pelean, cuando un grupo que había estado unido se divide… “el diablo metió la cola”.
Pero no es sólo obra del Diablo… el Diablo actúa como tentador… es la libertad humana la que se abre o se cierra al encuentro, a la unidad. La cola del Diablo en el medio de las personas, es la división, el enfrentamiento, la enemistad, la discordia, la destrucción mutua.

Jesús nos propone unirnos. Que al menos dos nos unamos para pedir algo al Padre.
Pero Jesús avanza en su promesa y agrega algo más: “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, se sintió especialmente llamada a trabajar por la unidad de la familia humana.
El movimiento nació en plena Guerra Mundial, en un mundo destrozado por las divisiones entre los hombres, llevadas hasta el horror de la guerra total.
Allí, la unidad soñada y pedida por Jesús se convirtió para Chiara en “el Ideal” y se lanzó a trabajar por el encuentro, el diálogo y la reconciliación entre los hombres.
Sin embargo, Chiara era consciente de que eso no era posible si no se ponía a “Jesús en medio”, como fundamento último, como piedra angular de esa unidad de toda la familia humana.
La presencia de Jesús en medio produce el efecto contrario a la de la cola del Diablo. Es la presencia que abre puertas, que abre corazones, que acerca, que une.
Es una presencia exigente, porque la unidad no es posible sin que cada uno renuncie a algo. Poner a Jesús en medio es poner la mirada más allá de toda división y encontrar a quien con sus brazos abiertos en la cruz ha abrazado a toda la humanidad.

Desde esa perspectiva es como entendemos mejor las palabras iniciales de este pasaje del Evangelio: “si tu hermano ha pecado…”
 Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Hoy cuesta hablar de pecado… algunas personas quedaron con una visión infantil del pecado y sonríen condescendientemente o ironizan de forma hiriente cuando se habla de pecado. “Dije algunas mentiras… digo malas palabras…”
Y sin embargo… ¿tenemos alguna duda de que hay mucha maldad en el mundo? No estoy hablando de desgracias, de accidentes, sino de acciones, de acciones hechas por seres humanos a otros seres humanos, con la intención de aniquilar, matar, destruir, herir, degradar, someter, explotar, despojar, manipular, engañar… ¿tengo que seguir agregando verbos?
Hablamos de pecado cuando miramos esas acciones terribles en referencia a Dios: son acciones que van contra el sueño de Dios, son acciones que rompen la unidad humana, son acciones que deshumanizan, en primer lugar, al que las hace…

Pero cuando un grupo humano se pone en el camino de la unidad, ¿qué pasa cuándo alguien rompe esa unidad con una mala acción? Jesús propone una serie de pasos, en los que lo que se busca ante todo es “ganar al hermano”: salvar al hermano, ayudarlo a volver al camino de Dios y a la vida fraterna, en unidad con los hermanos.
Este camino que busca volver a acercar al hermano que ha actuado mal, se llama tradicionalmente “corrección fraterna”. Fraterna, porque es entre hermanos y hermanas, de hermano a hermano, de hermana a hermana y todas las combinaciones posibles. Es una relación horizontal. Es la corrección que hace alguien que no se pone por arriba, sino como hermano. Es la corrección de alguien que se sabe también frágil, también pecador, de alguien que revisa su propia vida y trata de encaminarla en Dios cada día.
No es fácil corregir, no es fácil aceptar la corrección… pero Jesús ha prometido su presencia cuando dos o más se reúnen en su nombre. Por eso, también, y muy especialmente, este diálogo entre hermanos necesita pedir tener a Jesús en medio de ellos.

Esperando el encuentro con Francisco (reunión del CELAM)

En el momento de la llegada de Francisco a Bogotá

En comunión y esperanza con el Papa Francisco

Bogotá, jueves 7 de setiembre de 2017
Los Obispos integrantes del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) hemos tenido nuestra reunión anual de coordinación desde el día 5 hasta hoy, en que nos disponemos a encontrarnos con el Papa Francisco.
Desde este organismo que está al servicio de las 22 Conferencias Episcopales de América Latina y el Caribe, saludamos al Santo Padre como mensajero de esperanza y paz para todos nuestros pueblos y especialmente el de Colombia.
En estos días nos hemos solidarizado con pueblos e Iglesias que viven graves situaciones: Venezuela, en su prolongada crisis; los países afectados por fenómenos climáticos; la situación de numerosos jóvenes migrantes en los Estados Unidos.
Nuestro trabajo, en comunión con las orientaciones del Santo Padre, se ha centrado en avanzar en la conversión pastoral, profunda necesidad de la Iglesia en todos los tiempos, pero particularmente en el mundo cambiante en el que nos encontramos. Toda conversión es una vuelta a Jesús Camino, Verdad y Vida. La conversión de los pastores implica crecer en nuestra fidelidad al mensaje del Evangelio para anunciarlo no sólo con palabras sino con toda nuestra vida; no como únicos protagonistas, sino con la participación de todo el Pueblo de Dios.
Aguardamos del Papa Francisco su palabra que oriente y confirme en la fe y en nuestro compromiso de servicio a los más pobres; palabra que trasmitiremos a nuestros hermanos Obispos y a toda la comunidad eclesial, seguros de que nos ayudará a todos a vivir una mayor fidelidad al Evangelio.
Auguramos para todo el pueblo colombiano los mejores frutos de esta visita, que afiance su fe y contribuya a la construcción de la paz.




Informe de La Voz de Melo (audio y foto)

sábado, 2 de septiembre de 2017

Cali: de la gran ciudad a las "veredas de las lomas"

Seminario de La Ceja, Rionegro. Seminaristas Cruzada del Espíritu Santo
Jueves 31: visita al Seminario Cristo Sacerdote
Después del pasaje por Medellín y Caldas, y antes de seguir a Cali, de nuevo en la Diócesis de Sonsón-Río Negro, cerca de Medellín, visito el Seminario Cristo Sacerdote en La Ceja. Converso con el rector, que es miembro del Consejo de Consultores de la Diócesis, y le cuento de mi petición al Obispo de algún sacerdote misionero para Melo en algún tiempo próximo. Recibe con sensibilidad mi planteo y me asegura que se lo trasmitirá al Obispo.
Me encuentro aquí también con cuatro seminaristas de la Cruzada del Espíritu Santo. Recordemos que tenemos en nuestra Diócesis un miembro de esa Sociedad de sacerdotes. Existe la posibilidad de que en el futuro sean dos y tal vez también un seminarista en año pastoral. Por eso me pareció oportuno encontrarme con estos muchachos, los cuatro colombianos, de diferentes regiones, que en algún futuro podrían estar también entre nosotros. Me gustó mucho su interés y sus preguntas por el Uruguay, del que habían buscado informarse más antes de recibirme. También estuve con otros dos sacerdotes de la Cruzada, entre ellos quien acompaña la formación de esos seminaristas.
Vuelo en la tarde a Cali, donde me espera el P. Iván, que nos visitará pronto en Melo.

Viernes 1 de setiembre: bajo la mirada de Cristo Rey
Lo primero es lo primero: visité al arzobispo de Cali, Mons. Darío de Jesús Monsalve. Quedó abierta la posibilidad de que un sacerdote de la arquidiócesis esté en Melo el año que viene.
El P. Iván y una familia amiga me llevan a conocer Cali... y lo mejor es verla desde arriba, desde el cerro donde está la estatua de Cristo Rey, inaugurada en 1953.




Cali es conocida por muchas cosas… fue sede de los Juegos Deportivos Panamericanos de 1971. Los futboleros recordarán al América y al Deportivo de Cali. También tristemente conocida por el Cartel de Cali y el narcotráfico. Con sus 2.420.000 habitantes, se extiende sobre el valle del río Cauca. Es otra cara de Colombia. Calurosa, comercial, con gente muy afable y de trato sencillo y familiar.

A la noche, Misa en la Parroquia Jesús Misericordioso, donde estoy alojado. Al terminar la Misa, el párroco, P. Octavio, nos hizo una invitación: “los que quieran, vamos ahora a salir rezando el Rosario hasta el sitio”. “El sitio” era un lugar en uno de los parques del barrio, donde habían caído asesinados un hombre joven y su esposa, presuntamente por un tema relacionado al narcotráfico. Marchamos, pues, junto con un gran número de fieles, rezando el Rosario, con velas encendidas. En la meditación de los Misterios Dolorosos, fuimos escuchando palabras del Papa Francisco y de San Juan Pablo II que nos recordaban el valor de la vida.
“Esto es algo que nos ha pedido nuestro arzobispo” -me explicó el párroco- “que cuando hay un asesinato se rece en el sitio donde ocurrió, de manera que no nos acostumbremos a que estas cosas siguen pasando en Cali”.



Sábado 2: celebrando la visita de Francisco
Cali no será visitada por el Papa, pero eso no impidió que se le diera una bienvenida.
Con el P. Iván y el P. Octavio fuimos a la Plaza (o Parque, como se dice aquí) Joaquín de Cayzedo, frente a la Catedral, donde acompañé a Mons. Monsalve y a sus auxiliares en una Misa en la que se hizo una bienvenida simbólica al Papa Francisco (que no visitará Cali). Se celebró en un clima de mucha alegría y se animó a los caleños que irán a los lugares en encuentro en Medellín, Bogotá, Villavicencio o Cartagena de Indias.

La "chiva" (ómnibus) llega a San Antonio

Subiendo a "las veredas de las lomas"
En Colombia, "vereda" no es la banda de baldosas al costado de la calle por la que caminan los peatones, sino lo que nosotros llamaríamos pueblos de campaña. Dejamos Cali y empezamos a subir hacia las "lomas", es decir, a la montaña.
Vamos subiendo en un pasaje siempre verde, exuberante, hasta San Antonio, la cuasi parroquia que atiende el P. Iván.
La Iglesia de San Antonio
Domingo 3: la Misa
Después del desayuno que nos ofrece Doña Betty, consistente en chocolate (con agua, pero muy rico) y "arepas" cocinadas a las brasas, marchamos para la Misa.

Por el camino pasamos frente a dos iglesias pentecostales de las que salían fuertes cantos y aclamaciones. Nos cruzamos con una gente rara por su modo de vestir, que resultaron ser de una especie de secta llamada "Israelitas", que venía ese domingo por primera vez al pueblo.
No obstante, la Iglesia estaba llena. La comunidad había puesto un cartel a la entrada: "Bienvenido a San Antonio, Señor Obispo". Adentro, el templo estaba arreglado con flores y guirnaldas. La liturgia muy bien preparada y contamos con un grupo de monaguillas o "acólitas" como se presentaron ellas mismas.
La tarde fue para un poco de descanso y regreso a Cali, para otra Misa en la parroquia Jesús Misericordioso y para seguir mañana el viaje a Bogotá, nuestra etapa final: reunión del CELAM y encuentro con el Papa Francisco.