miércoles, 14 de noviembre de 2018

Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán (Mc 13,24-32)







El adjetivo “apocalíptico” evoca visiones terroríficas. El libro del Apocalipsis, el último de la Biblia, está lleno de esas imágenes. La forma en que está escrito podría ser el guion para un videoclip, donde las imágenes se suceden rápidamente, superponiéndose, fusionándose o transformándose unas en otras.

Pero el significado original de Apocalipsis no es ése. Apocalipsis es una palabra griega que significa revelación. Un acto a través del cual se descorre un velo y queda a la vista lo que estaba escondido detrás.

El Apocalipsis de la Biblia fue escrito como un mensaje de consuelo o, más aún, de consolación, que no es simplemente decirle a alguien que está sufriendo “no llores” y darle unas palmaditas en la espalda. La consolación es el consuelo profundo, que restablece, que devuelve las fuerzas, que reabre la esperanza, que hace posible la alegría aún en medio de las dificultades y el dolor. La consolación espiritual, en última instancia, viene de la experiencia de encuentro con Jesús resucitado.

El Apocalipsis se escribió en tiempos en que los cristianos se enfrentaban a pruebas muy duras, especialmente la persecución; posiblemente la del emperador Domiciano, a fines del siglo primero.

El mensaje se podría sintetizar así: “esto es lo que aparece; es terrible; es el mal extendido y aparentemente triunfante por todas partes; pero escondida detrás está la realidad definitiva: el triunfo del bien y de la vida; la victoria de Dios”. Realidad que se revela para nosotros, para renovar y fortalecer la gran esperanza, sin que nada ni nadie nos pueda arrebatar nuestra alegría.

El libro del Apocalipsis no es el único en su género literario. Hay toda una literatura apocalíptica dentro y también fuera de la Biblia. En las lecturas de este domingo tenemos dos ejemplos: el libro de Daniel, el escrito apocalíptico más antiguo de la Biblia y este pasaje del evangelio de Marcos, escrito en ese estilo. Dice Jesús:
En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán.
Son señales cósmicas impresionantes. No se mencionan persecuciones, pero estaban ocurriendo en el momento en que se redacta el evangelio de Marcos. Posiblemente la del Emperador Nerón, en el año 64, en la que, según la tradición, fueron mártires san Pedro y san Pablo.

A continuación de las señales en el cielo, Jesús anuncia lo más importante:
Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
Es el anuncio de la segunda venida de Cristo en la Gloria, al final de los tiempos, para reunir a los suyos. En otros pasajes se anuncia también que esa venida traerá el juicio final, como lo decimos en el Credo:
“De nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.
Jesús termina su anuncio con una promesa:
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
La palabra de Jesús, aunque esté dicha en un lenguaje humano, no es meramente palabra humana. Es Palabra divina, que hace realidad lo que dice. Dios no promete en vano. Realiza lo que promete.

Segunda venida de Cristo, juicio final, fin de la historia… ¿Cuándo sucederá todo eso? Los primeros cristianos veían ese fin inminente; tanto, que san Pablo tuvo que llamarles la atención a algunos que hasta habían dejado de trabajar, porque ya se acababa el mundo.

Poco a poco se fue comprendiendo que ese final podía tardar y entonces se nos invita a mantener una actitud vigilante. La parábola de las cinco vírgenes prudentes y las cinco vírgenes necias es un ejemplo de esto. Las prudentes se preparan para una espera larga, y se proveen de aceite para que no se apaguen sus lámparas y recibir con sus lámparas encendidas al Señor que llega finalmente.

A lo largo de los siglos, muchas veces se ha pretendido establecer y anunciar una fecha de esta segunda venida de Cristo. Pero no olvidemos lo que también dice Jesús:
En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo; nadie, sino el Padre.
No sabemos pues, ni el día ni la hora para ese fin del mundo; pero tampoco sabemos el día ni la hora del final de nuestra propia vida. Por eso, en el Evangelio “velar”, “vigilar”, “estar atento” son actitudes importantes. Es mirar qué estamos haciendo con nuestra propia vida, porque más temprano o más tarde tendremos que presentarnos ante el Señor y dar cuenta de nuestros actos.

Y en ese ver qué es lo que hacemos, recordemos que este domingo se celebra la jornada mundial de los pobres, instituida por el Papa Francisco. Con el telón de fondo de las palabras de Jesús, atendamos al llamado del Santo Padre para que imitemos a Dios que escucha el grito del pobre, que le responde con su amor y que lo libera de las cadenas de la pobreza y la injusticia.

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó. II Jornada Mundial de los Pobres

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. 

La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). 

Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasado. Muchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. 

Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Vaticano, 13 de junio de 2018 
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco

miércoles, 7 de noviembre de 2018

11 de noviembre: peregrinación a la Virgen de los Treinta y Tres







Este segundo domingo de noviembre, como acontece cada año, la catedral de Florida recibe a los peregrinos que, desde todo el Uruguay, acuden al santuario de la Virgen de los Treinta y Tres Orientales a pedirle que siga guiando los caminos de nuestro pueblo.

Es una buena oportunidad para recordar lo que manifiesta esta imagen querida que tantos uruguayos tenemos en nuestros hogares, puestos así bajo el manto de la Madre.
Como hay también quienes nos escuchan o leen desde otros países, voy a intentar explicar lo más claramente posible algunos detalles de nuestra historia. Pero antes recojo una presentación de la imagen, de un video publicado por la CEU:

Esta imagen de María es de cedro paraguayo. Tiene 36 cm de alto y fue tallada de manera formidable. Como muchas otras imágenes, proviene de los silenciosos pero vastos talleres de las misiones jesuíticas, aquellas que terminaron siendo proveedoras de gran parte de la iconografía presente en las iglesias y capillas coloniales.

Esta imagen de la Virgen pertenece a un tipo de escultura superior, punto culminante de una evolución artística que solo produjo algunos ejemplares de excepción.
Es una figura de gran suavidad en la que se destaca su hermoso rostro admirablemente terminado y sus delicadas manos unidas. 


Sus colores son los colores de la patria: azul, blanco y el oro del sol. En ellos se representa nuestra bandera. Mucho antes de que se proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción, el Pueblo de Dios manifestaba su fe en la Purísima.


Esta fe arraigada sobre todo en España, llevó a que muchos artistas, como Murillo, buscaran representar el misterio de su concepción inmaculada.


Ellos se inspiraron en el texto del Apocalipsis que dice: “una gran señal apareció en el cielo; una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está encinta y grita con los dolores del parto y el tormento de dar a luz”.


Bajo esta perspectiva, podemos volver a la pequeña imagen de la Virgen de los Treinta y Tres y descubrir que la pequeña talla, conserva todo el carácter de la época en que fue concebida.


Si comenzamos desde abajo, encontramos el cielo oscuro en el que se destacan las estrellas; una nube, y la luna menguante de color plateado. De la nube sobresalen los angelitos. Ella aparece así, por encima del cielo nocturno, por encima de la oscuridad que representa el mal, el pecado, sobre el que triunfa ella, la llena de gracia, la Agraciada, que reina por encima de los ángeles.


La pierna derecha aparece adelantada bajo el vestido en un paso de danza, el movimiento que se une al del manto, y contrasta con las manos unidas en oración, combina admirablemente movimiento y reposo.


El largo vestido levemente ceñido bajo el pecho, insinúa su embarazo. Su color es dorado; está vestida de sol, de lo eterno. Su manto agitado por el viento del Espíritu, refleja el color azul del cielo y nos habla de la pertenencia de María a lo infinito, a Dios.


Por dentro, su color blanco es símbolo de pureza, de la disponibilidad, de la página en blanco que espera ser escrita.


Por último, su corona, representa la preeminencia de María en la creación. Ella es modelo de entrega al proyecto de Dios.


María de los Treinta y Tres es la virgen inmaculada, la purísima. Es ella la que ha acompañado los pasos de nuestra historia, como la estrella del alba hacia su hijo; es a ella a quien podemos acudir como capitana y guía en las noches más oscuras o en la alegría más profunda, encontrando así la verdadera fuente de paz y del amor que es nuestro Padre Dios.


A diferencia de la Virgen del Luján o de Nuestra Señora Aparecida, esta imagen no está ligada a ninguna aparición o milagro. Como se nos decía en el relato, llegó desde las Misiones Jesuitas. A fines del siglo XVIII la encontramos, custodiada por el indio Antonio Diaz en la villa del Pintado, en lo que hoy es el departamento de Florida. En 1808 fue allí como párroco el P. Santiago Figueredo. Considerando que el Pintado no estaba en un sitio adecuado, el sacerdote propuso al virrey el traslado de la villa a un lugar mejor. Así se fundó la hoy ciudad de Florida y allí fue ubicada la imagen.

En 1810, las Provincias del Río de la Plata se levantaron contra el dominio español. En 1811, la rebelión llegó a la Provincia Oriental, es decir, al Uruguay, encontrando en José Artigas su conductor.
Pasaron los años… España abandonó estas provincias rebeldes. Los portugueses, desde Brasil, invadieron la Provincia Oriental. Artigas fue derrotado y se exilió en Paraguay hasta su muerte. La Provincia Oriental se convirtió en Provincia Cisplatina bajo dominio lusitano. En 1823 Brasil se independizó de Portugal y se constituyó en Imperio. En ese momento, en Buenos Aires, varios orientales comenzaron a prepararse para liberar su tierra del dominio brasileño.

El 19 de abril de 1825, treinta y tres hombres cruzaron el río Uruguay en dos lanchones: eran los Treinta y Tres Orientales. Iniciaron la lucha y, muy pronto, las demás Provincias del Río de la Plata entraron en la guerra contra Brasil. El 25 de agosto de 1825, la Provincia Oriental declaró su independencia del Imperio y su unión con las provincias del antiguo virreinato del Río de la Plata.

Según la tradición, ese 25 de agosto, la asamblea reunida en Florida rezó ante la imagen de la Virgen. No estaban allí todos los Treinta y Tres, pero sí muchos de ellos, junto a los representantes de los pueblos de la Provincia. Años más tarde el segundo jefe, Manuel Oribe, ofrecerá a la imagen una corona, como expresión de gratitud por su protección.

El mensaje de la Virgen de los Treinta y Tres es silencioso, pero llega a los corazones que se abren a él. Lo primero que nos habla es su presencia: ella está en los comienzos de la fe en nuestra tierra, en la primera evangelización. Ella está en el comienzo de la Patria, en los caminos que llevaron a su independencia.

En segundo lugar, nos habla la imagen misma, lo que la imagen nos dice de María. Se trata de la Inmaculada Concepción, y esa es la clave. El dogma de la Inmaculada Concepción de María fue definido en 1854 por el Papa Pío IX, de esta manera:
“la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano” (Bula Ineffabilis Deus)
Pero mucho antes de eso, el Pueblo de Dios ya creía y manifestaba su fe en la “Purísima”.

Nuestra Madre es, pues, la Virgen Inmaculada, la Virgen Purísima. No hay que mirar en ello un privilegio que la aleja de nosotros. Por el contrario, la acerca. Siendo enteramente de Dios, puede ser enteramente nuestra, como lo expresan los versos de un sacerdote y músico argentino, el P. Catena:
“Toda de Dios sos María / toda nuestra y del Señor / toda santa, inmaculada / pura y limpia concepción”.
A María Inmaculada, Virgen de los Treinta y Tres, en la que Dios ha vencido, por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, sobre el demonio, el pecado y la muerte, le encomendamos el caminar de nuestro pueblo para que conduzca sus pasos hacia la libertad de los hijos de Dios.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Más que todos los sacrificios (Marcos 12, 28b-34)






“Sacrificio” es una palabra que ha cambiado de significado y, podríamos decir, también de valor a lo largo de los tiempos.

Para un hombre de la antigüedad, digamos un egipcio, un griego, un romano, “ofrecer un sacrificio a los dioses” era algo que estaba en su vida corriente. Consistía en ofrecer a la divinidad algo de cierto valor… generalmente un animal, que se sacrificaba. Eso se hacía para obtener un favor especial de algún dios. Una especie de trueque: “te doy esto para que me des lo que te pido”.

Para un judío de aquellos tiempos, tampoco era extraño… a Yahveh, el Dios único, se ofrecían diversos tipos de sacrificios: desde el holocausto, en que la víctima era totalmente consumida por el fuego, hasta el “sacrificio de comunión”, donde se derramaba la sangre sobre el altar y se quemaba la grasa, pero luego la carne se asaba y se compartía entre los presentes.

Los sacrificios del Pueblo de Israel, el Pueblo de Dios, no sólo tenían distintas formas, sino también diferentes significados: de expiación, para pedir perdón por una falta grave, de acción de gracias, de súplica…

Los profetas de Israel fueron bastante críticos con esos sacrificios, porque veían que esa acción de culto exterior muchas veces no iba acompañada de una sincera conversión del corazón.
Ya el salmo 50 traduce esa inquietud espiritual:
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias. (S. 50,18-19)
Con el cristianismo, el sacrificio pasó a ser profundamente espiritual, pero, paradójicamente, el cambio se dio a través de un cruel y sangriento sacrificio: el de Jesús en la cruz. Jesús sufre una muerte cruel e infamante, pero él transforma esa sentencia terrible en un acto de amor. Inmovilizado en la cruz, Jesús hace un inmenso acto de libertad, entregando en amor su vida al Padre por sus hermanos y hermanas.

Dice la carta a los Hebreos:
Jesús, sumo y eterno sacerdote “no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día (…) esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” en la cruz (Hebreos 7,27).
Poco a poco, en el lenguaje corriente, sacrificio se transformó en sinónimo de esfuerzo, sufrimiento, trabajo penoso… hoy es algo que en lo posible se trata de evitar… pero no conviene olvidar que el sacrificio se hace por algo. Se renuncia a un bien, mirando hacia un bien mayor para los demás o aún para mí mismo.

En el evangelio de este domingo, la cuestión de los sacrificios aparece como algo lateral… todo comienza con la pregunta a Jesús de un Maestro de la Ley:
“¿Cuál es el primero de los mandamientos?”
La respuesta no es simple. No se trata solo de los Diez mandamientos… las normas contenidas en el libro de la Primera Alianza, el Antiguo Testamento, eran muchas más… más de 700… Algunos rabinos pensaban que el mandamiento más importante era observar el sábado. Las controversias de Jesús con los fariseos por ese motivo nos hacen ver que era, efectivamente, un precepto muy significativo.

La respuesta de Jesús va al centro, pero, aun así, tiene matices:
«El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas". El segundo es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento más grande que estos».
Notemos que Jesús no comienza diciendo “amarás al Señor tu Dios…” sino que dice: “Escucha Israel”. Hay un verbo en imperativo: “escucha”, dirigido al Pueblo de Dios; sigue inmediatamente una profesión de fe: “el Señor nuestro Dios es el único Señor”. En ese marco se entienden los mandamientos, en esa relación de alianza de Dios con su Pueblo, que lo reconoce como único Señor.

Y aparece el primer mandamiento “Amarás al Señor tu Dios…” Todo podría haber quedado allí; seguramente esa respuesta hubiera sido suficiente… pero Jesús agrega inmediatamente un segundo mandamiento que Jesús une al primero: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Los dos mandamientos son inseparables.

La primera carta de san Juan explica muy claramente:
“Quien no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve.” (1 Juan 4,20).
El maestro de la ley, el hombre que hizo la pregunta, quedó satisfecho con la respuesta de Jesús y aquí aparece el tema de los sacrificios:
«Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Recuerdo una Misa con un sacerdote que ya falleció, que estuvo muchos años en Paysandú, el P. Pancho Romero. Él solía hacer una extensa introducción al Padrenuestro, casi otra homilía. En esa Misa, en cambio, la hizo cortita, pero muy sentida: “hagamos un acto de amor a Dios”. Así nos invitó a rezar al Padre con las palabras de Jesús y a poner en ese acto todo el corazón, toda la inteligencia, todas las fuerzas…

¡Cuántas veces he rezado apurado, mecánicamente, sin considerar con todo su peso lo que estoy diciendo…! Si yo me tomara un poco más de tiempo para que el encuentro con el Señor en la oración sea más verdadero, sea un acto de amor… ¡cuánto me ayudaría a recibir a mi prójimo, a escucharlo, a hacer algo por él, en fin… a amarlo, a amarlo de verdad!