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martes, 12 de noviembre de 2019

Ardor por la misión: Padre Mimmo (1950-2019)



Ardor por la misión

Presbítero Doménico Baldo – Padre Mimmo
(Vibo Valentia, 22 de diciembre de 1950 – Melo, 11 de noviembre de 2019)


La misión estaba profundamente arraigada en el corazón del P. Mimmo. Su vocación sacerdotal lo llevó inicialmente a la congregación salesiana, en la que no permaneció, pero de la que conservó siempre el aprecio por Don Bosco y su cariño por los jóvenes y el deseo de vivir la misión en el encuentro con otros pueblos y otras culturas.

Fue ordenado sacerdote el 1 de setiembre de 1979. Celebró en Melo esos cuarenta años de entrega, en los que nunca se apagó el ardor misionero. Como sacerdote de la Diócesis de Lamezia-Terme, además de su servicio como párroco en distintas comunidades, fue responsable de Misiones. Fue también misionero por un tiempo en Perú.

La Providencia lo trajo a Uruguay, donde llegó, según reconoció más de una vez “pensando que estaba en América Central”. No lo desanimó el descubrir dónde estaba realmente, porque ésta se hizo pronto su tierra de misión.

Fundó una organización juvenil dirigida particularmente a nuestro país: la A.U.G. (Andiamo in Uruguay Giovani – Vayamos al Uruguay, Jóvenes) que comenzó su misión en Melo en 1998. De la A.U.G. fue naciendo la asociación de fieles “Voluntarios de la Esperanza”, cuyos estatutos fueron aprobados por Mons. Luis del Castillo el 15 de setiembre de 2007 y que cuenta con miembros consagrados y colaboradores voluntarios. Los Voluntarios de la Esperanza, entre otros servicios, trabajaron en la animación misionera de nuestra diócesis, proponiendo encuentros y jornadas en distintos lugares de la diócesis. Durante algunos años funcionó en Melo un pensionado y una escuela de quesería dirigida especialmente a jóvenes de poblaciones rurales.

Además de la presencia en Melo, los Voluntarios establecieron un centro misionero en Ivo, en el Chaco boliviano y han recibido aquí a jóvenes de Italia y El Salvador que han hecho experiencias de misión.

En 2017, los obispos de Lamezia y Melo firmamos un convenio que ubicaba la presencia del P. Mimmo como sacerdote Fidei Donum (el don de la fe), modalidad por la que los presbíteros diocesanos cumplen tiempos de misión en otras diócesis. Es de esa forma que la diócesis de Melo ha recibido y tiene aún algunos sacerdotes diocesanos venidos de otros países. A diferencia de otras diócesis italianas que han enviado muchos misioneros Fidei Donum al mundo, era la primera vez que Lamezia-Terme lo hacía. El P. Mimmo abrigaba la esperanza de que así se abriera un camino que también otros se animaran a recorrer.

A lo largo de este año, la salud del P. Mimmo fue dando signos de rápido deterioro. Eso le hizo suspender su viaje a Italia para la celebración de los cuarenta años de su ordenación y celebrarlos en Melo. A pesar de todo, a cada empuje de su enfermedad volvía a levantarse y a seguir con entusiasmo sus proyectos pastorales.

Como párroco de la Catedral de Melo buscó fortalecer la comunidad, fomentando el sentido de pertenencia, la participación de los fieles en el Consejo Pastoral Parroquial, en el Equipo Económico y en las asambleas parroquiales. Ofreció retiros a toda la comunidad y también en forma especial a algunos grupos de servicio, especialmente las catequistas. Fomentó también la devoción por el copatrono, San Rafael, junto a Nuestra Señora del Pilar.

En la Casa Ain-Karim, sobre la ruta a Centurión, queda la capilla que con mucha ilusión proyectó y construyó con aportes de su familia y el “Camino al Dulce Nombre” dedicado a diferentes advocaciones marianas.

La semana pasada, antes de irme a la asamblea de la Conferencia Episcopal fui a verlo. Había tenido un nuevo decaimiento en su salud. Lo encontré sentado, encorvado, como apagado, hablando en voz baja… hasta que nos pusimos a hablar de la vida pastoral de su parroquia. Allí se fue rápidamente encendiendo y entusiasmando, compartiendo sueños y proyectos. Ninguno de los dos pensamos que ésa sería nuestra última conversación. Volví a verlo ayer, en el CTI, ya en coma, apenas para rezar todavía por él y darle una última bendición.

Él sabía que sus días entre nosotros se terminarían más temprano que tarde, pero no miraba con nostalgia lo que había quedado atrás, sino que seguía soñando e invitándonos a mirar hacia delante, hacia la misión, siempre.

Podría haberse retirado, volver a su tierra, tal vez recibir mejores cuidados en sus últimos días, pero no; claramente expresó su voluntad de trabajar hasta el final entre nosotros, de entregar aquí su vida, y encontrar en nuestra tierra sepultura para sus restos.

Damos gracias a Dios por la vida y el ministerio del P. Mimmo. Nuestra diócesis expresa sus condolencias a su hermano, a su Obispo a los Voluntarios de la Esperanza y a todos aquellos amigos y amigas que vinieron en distintos momentos a compartir la misión. Rezamos por su eterno Descanso y confiamos en que también él interceda por esta diócesis por la que entregó su vida.

Que, por la misericordia de Dios, su alma y la de todos los fieles difuntos descanse en paz. Amén.

+ Heriberto, Obispo de Melo

lunes, 10 de octubre de 2016

Iglesia misionera, testigo de misericordia. Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones.


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES
2016

Iglesia misionera, testigo de misericordia

Queridos hermanos y hermanas:

El Jubileo extraordinario de la Misericordia, que la Iglesia está celebrando, ilumina también de modo especial la Jornada Mundial de las Misiones 2016: nos invita a ver la misión ad gentes como una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material. En efecto, en esta Jornada Mundial de las Misiones, todos estamos invitados a «salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana. En virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere que todos se salven y experimenten el amor del Señor. Ella «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio» (Bula Misericordiae vultus, 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño.

La misericordia hace que el corazón del Padre sienta una profunda alegría cada vez que encuentra a una criatura humana; desde el principio, él se dirige también con amor a las más frágiles, porque su grandeza y su poder se ponen de manifiesto precisamente en su capacidad de identificarse con los pequeños, los descartados, los oprimidos (cf. Dt 4,31; Sal 86,15; 103,8; 111,4). Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres; se implica con ternura en la realidad humana del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos (cf. Jr 31,20). El término usado por la Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre. Este es también un aspecto esencial del amor que Dios tiene a todos sus hijos, especialmente a los miembros del pueblo que ha engendrado y que quiere criar y educar: en sus entrañas, se conmueve y se estremece de compasión ante su fragilidad e infidelidad (cf. Os 11,8). Y, sin embargo, él es misericordioso con todos, ama a todos los pueblos y es cariñoso con todas las criaturas (cf. Sal 144.8-9).

La manifestación más alta y consumada de la misericordia se encuentra en el Verbo encarnado. Él revela el rostro del Padre rico en misericordia, «no sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica» (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 2). Con la acción del Espíritu Santo, aceptando y siguiendo a Jesús por medio del Evangelio y de los sacramentos, podemos llegar a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial, aprendiendo a amar como él nos ama y haciendo que nuestra vida sea una ofrenda gratuita, un signo de su bondad (cf. Bula Misericordiae vultus, 3). La Iglesia es, en medio de la humanidad, la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente mirada y elegida por él con amor misericordioso, y se inspira en este amor para el estilo de su mandato, vive de él y lo da a conocer a la gente en un diálogo respetuoso con todas las culturas y convicciones religiosas.

Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como al comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo misionero, junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o religiosas, y en la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras: desde el anuncio directo del Evangelio al servicio de caridad. Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros, las mujeres y las familias comprenden mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una manera adecuada y a veces inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las estructuras y empleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la paz, la solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13.7-9; Jn 15,1), con la paciencia de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida «madre», también por los que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor.

Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (20).

En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fueran destinadas a esta Obra todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad.

Que Santa María, icono sublime de la humanidad redimida, modelo misionero para la Iglesia, enseñe a todos, hombres, mujeres y familias, a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

Vaticano, 15 de mayo de 2016, Solemnidad de Pentecostés

Francisco

lunes, 20 de julio de 2015

Proyecto Semería: Discípulos de Jesucristo para una Iglesia en Salida en la Diócesis de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)

Hermoso fin de semana en Treinta y Tres, en la Parroquia San José Obrero.
Durante dos días, hemos compartido las jornadas diocesanas de formación del Proyecto Semería de Formación y Discipulado (así se llama en homenaje al primer Obispo de Melo, Mons. José Marcos Semería, de cuya llegada a Melo se cumplirán 100 años en 2019).
Las jornadas fueron organizadas por la Vicaría Pastoral, a cuyo frente se encuentra el P. Luis Arturo Silva, que es también párroco de esa parroquia olimareña.
En la jornada del sábado, el P. Juan Gómez, que estaba cumpliendo 8 días de su ordenación, nos presentó el discipulado en perspectiva bíblica, uniendo el llamado de Jesús a estar con Él y seguirlo, al envío misionero al mundo.
El domingo, el P. Pablo Bonavía, párroco de la Cruz de Carrasco (parroquia de la que Mons. Roberto Cáceres fue el primer cura párroco) nos presentó el proyecto de "Una Iglesia en Salida" del Papa Francisco. El P. Pablo señaló que la primera salida de la Iglesia es "salir de sí misma" (lo que muchas veces nos dice de otra forma el Papa Francisco cuando nos llama a dejar la "autorreferencialidad". Salir de sí misma para descubrir la obra de Salvación que Dios va realizando en la historia, en la vida de los hombres, y estar al servicio de esa obra salvadora.
Estuvieron presentes también tres misioneras de la Fazenda de la Esperanza. Su testimonio nos ayudó a ver la fuerza extraordinaria del Evangelio, que hace posible un profundo cambio en la vida de personas que, mucho más que superar una adicción, han sanado de profundas heridas.
Más de cien participantes de 14 parroquias de la Diócesis compartimos, reflexionamos, rezamos, celebramos y salimos animados y fortalecidos. Demos Gracias a Dios.

viernes, 17 de octubre de 2014

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones



MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2014

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la iglesia están llamados a participar, ya que la iglesia es misionera por naturaleza: la iglesia ha nacido “en salida”. La Jornada Mundial de las Misiones es un momento privilegiado en el que los fieles de los diferentes continentes se comprometen con oraciones y gestos concretos de solidaridad para ayudar a las iglesias jóvenes en los territorios de misión. Se trata de una celebración de gracia y de alegría. De gracia, porque el Espíritu Santo, mandado por el Padre, ofrece sabiduría y fortaleza a aquellos que son dóciles a su acción. De alegría, porque Jesucristo, Hijo del Padre, enviado para evangelizar al mundo, sostiene y acompaña nuestra obra misionera. Precisamente sobre la alegría de Jesús y de los discípulos misioneros quisiera ofrecer una imagen bíblica, que encontramos en el Evangelio de Lucas (cf.10,21-23).

1. El evangelista cuenta que el Señor envió a los setenta discípulos, de dos en dos, a las ciudades y pueblos, a proclamar que el Reino de Dios había llegado, y a preparar a los hombres al encuentro con Jesús. Después de cumplir con esta misión de anuncio, los discípulos volvieron llenos de alegría: la alegría es un tema dominante de esta primera e inolvidable experiencia misionera. El Maestro Divino les dijo: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. En aquella hora, Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra...” (…) Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!”» (Lc 10,20-21.23).
Son tres las escenas que presenta san Lucas. Primero, Jesús habla a sus discípulos, y luego se vuelve hacia el Padre, y de nuevo comienza a hablar con ellos. De esta forma Jesús quiere hacer partícipes de su alegría a los discípulos, que es diferente y superior a la que ellos habían experimentado.

2. Los discípulos estaban llenos de alegría, entusiasmados con el poder de liberar de los demonios a las personas. Sin embargo, Jesús les advierte que no se alegren por el poder que se les ha dado, sino por el amor recibido: «porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10,20). A ellos se le ha concedido experimentar el amor de Dios, e incluso la posibilidad de compartirlo. Y esta experiencia de los discípulos es motivo de gozosa gratitud para el corazón de Jesús. Lucas entiende este júbilo en una perspectiva de comunión trinitaria: «Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo», dirigiéndose al Padre y glorificándolo. Este momento de profunda alegría brota del amor profundo de Jesús en cuanto Hijo hacia su Padre, Señor del cielo y de la tierra, el cual ha ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las ha revelado a los pequeños (cf. Lc 10,21). Dios ha escondido y ha revelado, y en esta oración de alabanza se destaca sobre todo el revelar. ¿Qué es lo que Dios ha revelado y ocultado? Los misterios de su Reino, el afirmarse del señorío divino en Jesús y la victoria sobre Satanás.

Dios ha escondido todo a aquellos que están demasiado llenos de sí mismos y pretenden saberlo ya todo. Están cegados por su propia presunción y no dejan espacio a Dios. Uno puede pensar fácilmente en algunos de los contemporáneos de Jesús, que Él mismo amonestó en varias ocasiones, pero se trata de un peligro que siempre ha existido, y que nos afecta también a nosotros. En cambio, los “pequeños” son los humildes, los sencillos, los pobres, los marginados, los sin voz, los que están cansados y oprimidos, a los que Jesús ha llamado “benditos”. Se puede pensar fácilmente en María, en José, en los pescadores de Galilea, y en los discípulos llamados a lo largo del camino, en el curso de su predicación.

3. «Sí, Padre, porque así te ha parecido bien» (Lc 10,21). Las palabras de Jesús deben entenderse con referencia a su júbilo interior, donde la benevolencia indica un plan salvífico y benevolente del Padre hacia los hombres. En el contexto de esta bondad divina Jesús se regocija, porque el Padre ha decidido amar a los hombres con el mismo amor que Él tiene para el Hijo. Además, Lucas nos recuerda el júbilo similar de María: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador » (Lc 1,47). Se trata de la Buena Noticia que conduce a la salvación. María, llevando en su vientre a Jesús, el Evangelizador por excelencia, encuentra a Isabel y cantando el Magnificat exulta de gozo en el Espíritu Santo. Jesús, al ver el éxito de la misión de sus discípulos y por tanto su alegría, se regocija en el Espíritu Santo y se dirige a su Padre en oración. En ambos casos, se trata de una alegría por la salvación que se realiza, porque el amor con el que el Padre ama al Hijo llega hasta nosotros, y por obra del Espíritu Santo, nos envuelve, nos hace entrar en la vida de la Trinidad.
El Padre es la fuente de la alegría. El Hijo es su manifestación, y el Espíritu Santo, el animador. Inmediatamente después de alabar al Padre, como dice el evangelista Mateo, Jesús nos invita: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (11,28-30). «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1).

De este encuentro con Jesús, la Virgen María ha tenido una experiencia singular y se ha convertido en “causa nostrae laetitiae”. Y los discípulos a su vez han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser enviados por Él para predicar el Evangelio (cf. Mc 3,14), y así se ven colmados de alegría. ¿Por qué no entramos también nosotros en este torrente de alegría?

4. «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 2).  Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de aprovechar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son los que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización. Los obispos, como principales responsables del anuncio, tienen la tarea de promover la unidad de la Iglesia local en el compromiso misionero, teniendo en cuenta que la alegría de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en la preocupación de anunciarlo en los lugares más distantes, como en una salida constante hacia las periferias del propio territorio, donde hay más personas pobres que esperan.
En muchas regiones escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. A menudo esto se debe a que en las comunidades no hay un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. Por tanto, animo a las comunidades parroquiales, asociaciones y grupos a vivir una vida fraterna intensa, basada en el amor a Jesús y atenta a las necesidades de los más desfavorecidos. Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones. Entre éstas no deben olvidarse las vocaciones laicales a la misión. Hace tiempo que se ha tomado conciencia de la identidad y de la misión de los fieles laicos en la Iglesia, así como del papel cada vez más importante que ellos están llamados a desempeñar en la difusión del Evangelio. Por esta razón, es importante proporcionarles la formación adecuada, con vistas a una acción apostólica eficaz.

5. «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). La Jornada Mundial de las Misiones es también un momento para reavivar el deseo y el deber moral de la participación gozosa en la misión ad gentes. La contribución económica personal es el signo de una oblación de sí mismos, en primer lugar al Señor y luego a los hermanos, porque la propia ofrenda material se convierte en un instrumento de evangelización de la humanidad que se construye sobre el amor.

Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada Mundial de las Misiones mi pensamiento se dirige a todas las Iglesias locales. ¡No dejemos que nos roben la alegría de la evangelización! Os invito a sumergiros en la alegría del Evangelio y a nutrir un amor que ilumine vuestra vocación y misión. Os exhorto a recordar, como en una peregrinación interior, el “primer amor” con el que el Señor Jesucristo ha encendido los corazones de cada uno, no por un sentimiento de nostalgia, sino para perseverar en la alegría. El discípulo del Señor persevera con alegría cuando  está con Él, cuando hace su voluntad, cuando comparte la fe, la esperanza y la caridad evangélica.

Dirigimos nuestra oración a María, modelo de evangelización humilde y alegre, para que la Iglesia sea el hogar de muchos, una madre para todos los pueblos y haga posible el nacimiento de un nuevo mundo.

Vaticano, 8 de junio de 2014, Solemnidad de Pentecostés


jueves, 14 de agosto de 2014

Violencia y perdón. Buscando caminos para fortalecer la convivencia social amenazada.

P. Enrique y Sra. Isabel


Gustavo Tort y Mons. Heriberto

P. Enrique y Eduardo Lena

Sra. Isabel en diálogo con participantes

Cuando se ha sufrido agresiones violentas de parte de personas desconocidas; cuando la conducta imprudente e irresponsable de un conductor ha terminado con la vida de un ser querido; cuando una persona querida ha sido asesinada para robarle, o porque ha intentado proteger al más débil ¿es posible el perdón? La pregunta puede parecer atrevida, pero puede ser todavía más fuerte preguntarse: ¿es necesario el perdón?

La humanidad tiene una histórica tradición de justicia punitiva: "crimen y castigo", que muchas veces tiene forma vindicativa (¡venganza!). Es aceptada -pero no comprobada- la opinión de que la severidad de las penas tiene efectos disuasivos. Sin embargo, junto a esas formas de justicia vigentes en países como el nuestro, se va abriendo poco a poco otro concepto: la justicia restaurativa.

Es una forma de justicia que apunta a lo que las otras no alcanzan: restaurar la convivencia social, desde el encuentro entre víctimas y agresores. Ese cara a cara da al agresor la posibilidad de reparar, aunque sea en parte, el mal que ha hecho y le abre un camino de reintegración social. Para la víctima, es también la oportunidad de ofrecer el perdón.

El verdadero perdón no es para nada un acto de sumisión, un hacer como que "no pasó nada". El perdón siempre puede ser ofrecido por quien ha sufrido, pero solo puede ser recibido por quien ha causado el dolor con el reconocimiento del mal causado, el arrepentimiento sincero y el propósito firme de cambio de conducta.

En el marco de la misión que un grupo de españoles ha llevado a cabo en Río Branco en los primeros días de agosto, dos de ellos estuvieron en Melo el viernes 8 de agosto, invitados por el Instituto Terciario Comunitario (ITC) y la Red de sensibilización y responsabilidad social de Cerro Largo para presentar el tema del título.

Más de 60 personas colmaron el salón multiuso de la Sociedad de Fomento Rural de Cerro Largo. 30 jóvenes del Centro Juvenil U.A.P.D. se vieron como ante un espejo con otros tantos adultos, muchos de ellos representantes de instituciones melenses… dos generaciones se encontraron juntas, escuchando con atención la breve presentación del Ing. Agr. Eduardo Lena, de la Comisión de amigos del ITC, seguida de la exposición del P. Enrique Martín CPCR y luego el testimonio de la Sra. Isabel Valentín Gamazo.

Preguntas, comentarios y emociones apenas contenidas se dieron al final de la velada. Mons. Heriberto, uno de los promotores del evento, agradeció al Sr. Gustavo Tort, presidente de la Sociedad de Fomento y uno de los impulsores de la Red el haber facilitado el lugar e hizo votos para que desde otros ámbitos se propongan iniciativas como ésta, que la Red puede recoger y ofrecer para fortalecer la buena convivencia social en Cerro Largo.

Con la presencia de ocho misioneros Río Branco vivió su II Semana de Espiritualidad

En junio de 2012 llegaron a Río Branco dos españoles, Nacho y Javier; una argentina, Chacha y un uruguayo, el Hermano José, de los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey. Acompañados por Mons. Heriberto, recorrieron distintas comunidades de la Parroquia, conversaron con el P. Nacho y algunos de los miembros de la comunidad. Con ellos estuvieron viendo la posibilidad de realizar una misión en Río Branco con un grupo más numeroso. (Ver: "Visitas desde España, sueños de misión")
2012: Los visitantes con el Consejo Parroquial de Río Branco.
La posibilidad de la misión se veía aún muy lejana, pero de esa primera visita quedó una inquietud presentada por el Hno. José: la Semana de Espiritualidad. La congregación de los CPCR, que tiene como carisma precisamente la cooperación con las comunidades parroquiales ofrece esta modalidad de trabajo misionero, que consiste en un tiempo importante de visitas puerta a puerta en el área elegida, invitando al evento que constituye la Semana propiamente dicha.

La idea prendió en la comunidad parroquial. El Hno. José volvió a Río Branco, esta vez acompañado de la Hermana Cristina, de la rama femenina CPCR. El Consejo Parroquial asumió la propuesta, se organizaron las visitas y en setiembre de 2013 se realizó la I Semana de Espiritualidad. A la Hna. Cristina y al Hno. José se sumó, con el importante papel de predicador, el P. Enrique, un sacerdote español, en ese momento formando parte de la comunidad CPCR en Rosario de Santa Fe, Argentina.

La Primera Semana se desarrolló con intensidad… Se hicieron dos encuentros por día, con igual tema: por la tarde en la capilla San José Obrero y por la noche en el templo de la Inmaculada. Comenzó el lunes 9 de setiembre, con poca gente. El martes 10 jugaban por las eliminatorias Uruguay–Colombia. Todos se preparaban para una merma grande del ya pequeño grupo… pero a la hora del partido, ¡el encuentro tuvo el doble de asistentes del día anterior! El P. Enrique fue desarrollando varios temas fundamentales de la fe y la vida cristiana y el viernes 13 la misión culminó con la alegría por todo lo vivido y la expectativa de una posible continuación. (Para leer más sobre la Primera Semana, ver: Semana de Espiritualidad, Primer día, Segundo día, Tercer día, Cuarto día, Quinto día,
En la clausura de la I Semana de Espiritualidad.

El 22 de enero de este año, Mons. Heriberto visitó en Madrid la casa CPCR y se reunió con el P. Enrique, posibles misioneros (algunos de los cuales efectivamente vinieron después) y miembros de la fundación Cooperación y Misión, entidad que sostiene estos empeños misioneros.
Mons. Heriberto, P. Enrique CPCR, gente de Cooperación y Misión
entre ellos, algunos de los misioneros que vinieron en julio-agosto a Río Branco.


Luego siguieron los contactos. El grupo se fue definiendo. Hubo conversaciones por Skype, armado de calendario y, finalmente, el gran viaje: cruzar “a la otra orilla”. No sólo el cruce del Atlántico, sino también la salida al encuentro de otro mundo, otra cultura, otra gente, en la frontera de Uruguay con Brasil, en Río Branco.

Los ocho misioneros: Mariángeles y Andrés, hermanos entre sí y de Barcelona; Maite, Isabel, Jesús, Pablo y el P. Enrique, madrileños, llegaron a Montevideo en la noche del lunes 28 de julio; a ellos se les unió Chacha desde Argentina. El martes visitaron Montevideo y en la noche se encontraron con Mons. Heriberto. El miércoles 31 salieron con él rumbo a Melo, pero visitando antes a la Virgen de los Treinta y Tres. El 1º de agosto amanecieron en Melo y en la mañana partieron hacia Río Branco. La Misión comenzaba.

En continuidad con el año anterior, la invitación a la Misión se hizo bajo el título “II Semana de Espiritualidad”. Al contar con un equipo, el programa se hizo más ambicioso.

El jueves 31 se inauguró la Misión con Eucaristía presidida por Mons. Heriberto en la Capilla Mártires Latinoamericanos, compartiendo luego la merienda y la película “Artigas: La Redota” con la comunidad y misioneros.
Misa inaugural, Capilla Mártires Latinoamericanos.

El viernes 1 de agosto hubo Misa y encuentro en el Colegio Santa Ángela. Por la tarde, el Consejo Pastoral se reunió con los misioneros para ajustar el programa de la misión. Ver Llena de milagros comenzó la II Semana de Espiritualidad.
En el Colegio Santa Ángela


El sábado 2 la comunidad “Corazón de María” de Sarandí de Barcelo ofreció un almuerzo criollo. En la tarde se celebró la Eucaristía y se compartió merienda y guitarreada. Paralelamente, Misa y reunión en Capilla San Alberto, Barrio MEVIR. Ver La gente veía cómo se amaban y eso invitaba y también Dios está aquí.

La visita a las comunidades de la campaña de Río Branco se completó el domingo. Los misioneros se repartieron para llegar hasta Poblado Uruguay, un grupo y el otro a Dragón (Plácido Rosas). En ambos lugares hubo Misa y encuentro con las respectivas comunidades. Ver Nada nos podrá apartar del amor de Dios.
Misa en Poblado Uruguay


El martes 5 fue el Colegio Nuestra Señora de las Mercedes quien recibió la visita de los Misioneros.

Extendiendo el alcance de la anterior Semana de Espiritualidad, del lunes 4 al viernes 8 se ofrecieron cuatro encuentros. Temprano en la tarde, en Laguna Merín y en San José Obrero; en la tardecita en el templo de la Inmaculada y en la capilla San Alberto (Barrio MEVIR).

El primer tema fue "Dios Padre Nuestro", nuestro ser de hijos de Dios, el lunes.
El martes, el tema del pecado generó algunos debates: "Dímelo Dios, quiero saber".
Una especie de resumen de la Semana se puede leer en "Vayan a la otra orilla".


La misión culminó el sábado 9 en la Capilla San José Obrero, con la Misa a las 11 de la mañana, presidida por Mons. Heriberto. Luego, almuerzo, convivencia y evaluación.

P. Nacho, P. Enrique, Mons. Heriberto,
P. Javier (de visita en Melo)
P. Hamilton (párroco de Jaguarao)



La evaluación permitió palpar lo que había significado para los visitantes y para las comunidades de la parroquia el cruzar “a la otra orilla” (Mateo 14, 22-33, evangelio correspondiente al Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo A). Para los misioneros, especialmente los siete españoles, “cruzar a la otra orilla” no sólo significó el vuelo sobre el Atlántico, sino la entrada en otro mundo, otra cultura, otra gente… y se sintieron desbordados por el cariño con que fueron recibidos. “Nos habían dicho que los uruguayos eran fríos…” contaban, asombrados de que alguien les pudiera haber dicho eso. Para la comunidad de Río Branco fue también el encuentro con hermanos y hermanas en la fe que la viven desde otro horizonte, con otra sensibilidad, otros acentos.

La evaluación fue altamente positiva, y dejó abierta la posibilidad de una continuación. Mons. Heriberto destacó el esfuerzo de los españoles, con el apoyo de la fundación Cooperación y Misión: “Han venido en un tiempo de crisis para España, donde el “paro” (desempleo) y los “desahucios” (desalojos) han estado a la orden del día. Han renunciado a sus vacaciones (y a su verano). Nos han dado todo de sí… pero lo bueno es que cuando compartimos bienes espirituales, nadie se vacía: por eso es una alegría oírlos decir que también ellos se van colmados”.

martes, 16 de abril de 2013

¿Qué puede aportar la Iglesia en Iberoamérica a la Iglesia universal? Informe del Semanario Alfa y Omega, Arquidiócesis de Madrid.



Dos Obispos uruguayos fueron entrevistados por el Semanario Alfa y Omega de la Arquidiócesis de Madrid. Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto y Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, respondieron a las preguntas de la periodista Cristina Sánchez Aguilar.

«La fe de nuestro pueblo es una fe viva. Sale a la calle»
El Papa Francisco viene de pisar el barro de la miseria, pero también del entusiasmo y de la alegría del pueblo hispano:
«La fe de nuestro pueblo es una fe viva, que sale a la calle a celebrarse», cuenta el padre Facundo, un cura villero que trabaja en las periferias de Buenos Aires. Ahora, con un argentino como obispo de Roma, esa vitalidad y preocupación por el que más sufre se expande con su magisterio a toda la Iglesia, e Iberoamérica se siente aún más acompañada. «Hablaremos un idioma todavía más común», afirma monseñor Javier del Río, un obispo español en Bolivia.
Hay ocho mil personas en las calles de la Villa 21, una de las llamadas villas miseria –los conglomerados de pobreza urbana de la ciudad de Buenos Aires–. Están alrededor de la parroquia de la Virgen de Caacupé, porque celebran el día de la Patrona. Hay argentinos entre la multitud, pero también paraguayos, peruanos y bolivianos, encabezados por el padre Toto, párroco, y los pa­dres Facundo, Charlie y Juan. «La fe de nuestro pueblo es una fe viva, una fe que sale a la calle a celebrarse, una fe que peregrina unida», explica el padre Facundo. El pueblo hispano camina, y no sólo porque vaya hacia un santua­rio o un lugar de fe –algo muy común, por ejemplo, en Argentina: sólo hay que recordar el millón de personas que se congrega, cada año, en torno a la Virgen de Luján–, sino por su propia pobreza: «Recibimos inmigrantes de países vecinos, que tratan de mejorar sus vidas y la de su familia», añade.
En las fiestas grandes, el vecin­dario de la Villa 21 se vuelca con las celebraciones. Los altares salen a la calle, las procesiones duran horas. No tienen miedo de exponerse ante los 45.000 pobladores del barrio, porque festejar la fe extra muros es parte in­trínseca de sus vidas. En numerosas ocasiones, en días como éste, el carde­nal Bergoglio acudía a las periferias a acompañar a sus fieles. «Le encantaba venir aquí, porque decía que encon­traba mucha solidaridad, y una fe muy fuerte», recuerda el padre Facundo. Y es que en los barrios, además de que miles de personas acompañan a la Virgen en su día grande, no hay quien se quede sin un plato en la mesa –don­de comen 10, comen 12–, las mujeres se ayudan para atender a los hijos, los hombres construyen juntos las ca­sas…; todo es común. Todo es de todos.
«Bergoglio solía venir a bautizar y confirmar a los jóvenes y adultos va­rias veces al año, y también a reunirse con los docentes de las escuelas. En sus zapatos, está el barro de nuestras calles», añade el padre Facundo. Ki­lómetros recorridos, sin duda, para palpar el sentir de su pueblo. Y, tam­bién, el sentir de sus sacerdotes. Es de sobra conocido que el Papa, en su eta­pa como arzobispo de Buenos Aires, «acrecentó el número de curas dedi­cados a la pastoral de las villas mise­ria», afirma don Esteban Nevares, ex Presidente de la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Ar­gentina. De hecho, cuando llegó, eran 6 curas en las villas, y ahora son 24. «Ha apostado por una pastoral seria en los barrios más necesitados», aña­de Nevares
Roma, a los sacerdotes «que salgan a las periferias», ya sabía de qué habla­ba. Viene de conocer cómo el padre Facundo y los otros tres sacerdotes conviven con los vecinos de la villa y atienden 16 parroquias, donde hablan de Dios a los jóvenes para darles es­peranza y sacarlos de la calle, ayudan a las familias inmigrantes, atienden ocho comedores sociales, dos hogares de ancianos, dos granjas para recupe­rar a los chavales de sus adicciones, una escuela de oficios…
Un trabajo nada fácil, si se tiene en cuenta que el anterior párroco de la Villa 21 fue amenazado de muerte por los narcotraficantes, con las consi­guientes consecuencias para sus su­cesores. El padre Facundo reconoce haberse sentido «muy apoyado por el cardenal Bergoglio. En los momentos especialmente difíciles, hemos vivi­do su cercanía de un modo muy espe­cial», afirma.

Pisó el barro de la miseria

Ésta es la realidad a la que está acostumbrado el Santo Padre. Viene de pisar el barro de la miseria. Cuenta el obispo monseñor Pablo Galimberti, de la diócesis de Salto, en Uruguay, y amigo personal del Papa, que «él tocó con los ojos y las narices los olores y fatigas de las personas». Incluso hay quienes le comparan con el primer santo chileno, el padre Alberto Hurta­do, un jesuita que dedicó toda su vida a los pobres, a los que quería porque en ellos veía al Señor. Ésta ha sido la impronta de la pastoral del Papa en Argentina, la herencia que ha dejado a sus sacerdotes y que, ahora, regala a la Iglesia universal: el amor a los más pobres, los preferidos de Dios, sin con­dicionante ideológico alguno.
Esta impronta ha calado en cuan­tos le rodeaban, especialmente en los pastores. Cuenta Claudio Caruso, sacerdote argentino de la diócesis de Zarate-Campana, que, «cuando ve­mos la miseria, no nos engañamos fácilmente con un discurso progre o tercermundista, sino que realizamos proyectos de promoción humana que devuelvan a los hombres la dignidad cristiana y humana que las estruc­turas del liberalismo extremo y del populismo demagógico les robaron».
Lo reafirma monseñor Heriberto Bodeant, obispo de la diócesis de Melo, en Uruguay: «El cardenal Bergoglio apoyaba una pastoral que transforma la vida de la gente, que es algo más que repartir ropa y alimentos».
«Es un ejemplo de gran coherencia de vida entre lo que predica y lo que practica», añade monseñor Rafael Cob, otro español, al frente del Vica­riato apostólico de Puyo, en Ecuador; «no es lo mismo ver América desde Roma que haber palpado, pisado y vi­vido la realidad de esta gente».
Ahora, esta «visión y compromiso pastoral lo va a aportar al papado», explica desde Tarija, Bolivia, el obispo español monseñor Javier del Río, «lo que supone, para nosotros también, un impulso mayor, porque el idioma que hablamos va a ser todavía más común». Y ya se han notado en aque­llas tierras los primeros coletazos de este idioma común. Cuenta monseñor Bodeant que «el nombramiento de un Papa latino ha supuesto una renova­ción para la fe del pueblo». Lo que se ha materializado, por ejemplo, «en un aumento en la participación de las ce­lebraciones de Semana Santa. Incluso muchos alejados han vuelto a casa», sostiene. Pero el obispo, consciente del posible efecto burbuja, espera «que no sea algo pasajero».

¿Cómo es la fe de los hispanos?

En Iberoamérica, la Iglesia es «jo­ven y llena de esperanza. Tiene el ma­yor número de católicos del mundo, y el testimonio valiente de mártires que, sin ser canonizados, vivieron con ra­dicalidad el Evangelio hasta ofrendar su vida por Cristo y la Iglesia», dice monseñor Cob, desde Ecuador. Ade­más, añade, «tiene una característica muy especial, la diversidad cultural: indígenas, mestizos, afroamericanos, campesinos y urbanos convivimos como hermanos». También monse­ñor del Río define a sus fieles como «un pueblo cordial, esperanzado, con una religiosidad profunda que se ma­nifiesta en la religiosidad popular». Aunque, reconoce, «aún tenemos que purificar y pulir muchas cosas».
Es el continente de la esperanza: ya lo dijo Benedicto XVI durante su visita a Brasil. Es un pueblo acostum­brado a recibir la misión en su tierra, y que ahora debe partir, como decía el último mensaje del Día de Hispa­noamérica, a ser misionero fuera de sus fronteras. Está preparado. Ya lo lleva haciendo unos años en España: no es extraño escuchar, de boca de muchos párrocos, que la comunidad hispanoamericana ha revitalizado las celebraciones y los grupos parro­quiales. «Nuestra fe ilumina, sufre, se emociona hasta las lágrimas», afirma el padre Caruso; «es una fe que debe ser formada y llevada a la coherencia de vida, pero tiene un sentimiento ín­timo de profunda certeza y alegría».

La Iglesia en Iberoamérica

Aunque es una Iglesia luminosa, tiene sus sombras. «Aquí también sufrimos el azote del relativismo», reconoce monseñor Javier del Río. A lo que se une «el recrudecimiento de la corrupción en la sociedad y en los Estados, que aumenta la represión, la violencia y las agresiones a los pue­blos», añade monseñor Cob. Ante esta realidad, la Iglesia, «que es todavía una voz creíble para el diálogo y la re­conciliación», ha asumido «la causa de los pobres, y cuenta con comunida­des vivas que participan activamen­te», recalca el obispo de Puyo.
Construir estas comunidades vivas es el desafío al que se enfrenta monse­ñor Bodeant en Melo, Uruguay: «Nues­tro trabajo es atender la realidad de las 16 parroquias de la diócesis, muy separadas entre sí –la densidad de po­blación es baja: hay 140.000 habitan­tes en25.000 kilómetroscuadrados–. Pero, sobre todo, es llegar a las per­sonas más alejadas, a esas pequeñas comunidades que están lejos de todo, para poder escucharlos, acompañar­los y servirlos». Esto es lo que planteó el Documento de Aparecida al episco­pado iberoamericano, y lo que conti­núa proponiendo ahora el Papa, desde Roma: «Ser una Iglesia que sale al en­cuentro del alejado, no sólo de quienes no participaron nunca de la vida de la Iglesia, sino también de quienes, aun siendo bautizados, no han tenido la cercanía de la Iglesia, porque nadie ha ido a decirles: aquí estamos, os re­conocemos, y valoramos vuestra fe», añade monseñor Bodeant.
Es un trabajo sustancialmente di­ferente al que realiza la Iglesia en Eu­ropa, o en Asia, no digamos en África. Cada continente tiene sus caracterís­ticas, y aunque el Mensaje es siempre el mismo, «aquí los mensajeros deben hacer un esfuerzo grande, porque los destinatarios son diferentes, por la cultura y la realidad en la que viven», explica monseñor Rafael Cob. Con el Papa Francisco en Roma, quizá, ese esfuerzo disminuya.

Cristina Sánchez Aguilar