viernes, 31 de julio de 2026
Palabra de Vida. Creer en la acción de Dios. Mateo 13,54-58.
miércoles, 29 de julio de 2026
Palabra de Vida. Convertirse en un vaso nuevo. Jeremías 18,1-6.
martes, 28 de julio de 2026
29 de julio: Santos Marta, María y Lázaro.
domingo, 26 de julio de 2026
jueves, 23 de julio de 2026
UN TESORO ESCONDIDO. (Mateo 13,44-52). Domingo XVII durante el año.
Este domingo la Iglesia celebra la VI jornada mundial de los abuelos y de las personas mayores, coincidiendo con la memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María. Por ese motivo, el Papa León XIV ha entregado un mensaje que tiene como título
“Yo no te olvidaré” (Isaías 49,15),
una promesa de Dios que nos transmite el profeta Isaías. Esta celebración, dice el Papa,
“es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios.”
El evangelio de hoy nos presenta el Reino de Dios como una realidad a descubrir. En esta Jornada de los mayores, esa imagen adquiere una resonancia particular: también la ancianidad puede ser un campo donde Dios esconde un tesoro, una etapa en la que la memoria, la fe y la esperanza revelan de nuevo la cercanía del Reino.
Pero ese descubrimiento puede llegar para cada persona en cualquier etapa de la vida y bajo muy distintas circunstancias. El camino por el que alguien llega a Dios es el de su propia vida, el de su experiencia personal… y eso hace que ese camino sea único, aunque lleguemos a compartir con otros la misma fe.
«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.» (Mateo 13,44)
La persona que encontró el tesoro escondido no lo estaba buscando: simplemente, apareció allí, inesperadamente, como por azar. No era del todo raro que algo así sucediera, aunque no fuera frecuente. Más de una vez los arqueólogos han encontrado los llamados “tesorillos”: monedas metidas dentro de una vasija y enterradas en un lugar seguro, a salvo de ladrones y saqueadores. Seguramente recordamos la expresión de san Pablo:
“llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Corintios 4,7),
entendiendo por el vaso de barro la imagen de nuestra naturaleza humana en su fragilidad… pero la comparación está tomada de esa práctica de guardar en recipientes de barro el tesoro de la casa.
En todo caso, quien ha encontrado el tesoro en el campo se ha dado cuenta del valor de lo que acaba de descubrir por accidente. También comprende que ese hallazgo no es mera coincidencia; en cierta forma, estaba destinado para él.
Aquí el hombre podría haber hecho algo muy sencillo para quedarse con su hallazgo: volver en un momento en que estuviera seguro de no ser visto, sacarlo del lugar escondido y llevárselo. Pero el tesoro está en un campo; está envuelto en una realidad más grande que el tesoro mismo.
Es así como el hombre decide comprar el campo, para lo cual vende todo lo que tiene. De ese modo, tomará legítima posesión del tesoro. Si el tesoro es el Reino ¿Qué es, entonces, el campo? Es un espacio que se hace valioso en la medida que contiene el tesoro, de modo que campo y tesoro se hacen inseparables. El campo puede ser la propia experiencia vital… o puede ser la comunidad cristiana, la Iglesia… en fin, el campo es el lugar donde Jesucristo, el tesoro, se nos hace presente.
«El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.» (Mateo 13,45-46)
Aquí nos encontramos con una historia diferente. Si el hombre del tesoro lo encontró por accidente, aquí, en cambio, estamos ante alguien que conoce y que busca. Se dedica a ello, en el mercado de las perlas. Es un negociante: compra perlas finas y las vende; evidentemente, para obtener una ganancia... pero esta perla de gran valor es de una calidad excepcional. Ya no se trata de seguir el ciclo: comprar, vender y ganar. Esta perla vale más que cualquier otra y por ella vale la pena desprenderse de todo lo que se tiene, para poder adquirirla y no desprenderse de ella.
«El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.» (Mateo 13,47-48)
Esta última parábola tiene su explicación, que es la referencia al juicio de Dios, concluyendo de esta manera:
«Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el fuego ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mateo 13,49-50)
Dicho esto, la parábola en sí tiene algo en común con las anteriores: discernimiento y renuncia. Discernimiento para ver lo que realmente vale; renuncia para desapegarse de lo que no sirve. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús nos habla de renunciar: no solo a los propios bienes (Lucas 14,33), sino incluso a la propia vida (Marcos 8,35 – Mateo 16,25). Pero no se trata de hacerlo porque sí. Esa renuncia tiene sentido si es el resultado de una elección, de una opción por Jesús y por su Reino, por la plenitud de vida que encontramos allí.
Poco importa la forma en que hemos descubierto el tesoro del Evangelio. Ese tesoro será el fundamento de nuestra felicidad auténtica si tenemos el valor de “pagar el precio”, deshaciéndonos de todo lo que en nuestra vida sea incompatible con el seguimiento de Jesús. Ya seamos como el agricultor, el mercader o el pescador, necesitaremos poder apreciar y reconocer el valor de lo que hemos llegado a descubrir, a encontrar o a sacar con la red, con respecto a lo que hasta ahora hemos considerado valioso.
Para poder discernir correctamente, vayamos a la primera lectura y hagamos nuestra la oración de Salomón, pidiendo la sabiduría, a lo que Dios responde:
«… has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud; yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente…» (1 Reyes 3,11-12)
Pidamos, entonces, un corazón atento y decidido, que en cada etapa de la vida sea capaz de reconocer el tesoro cuando Dios lo pone en nuestro camino, de elegirlo con alegría y de llevarlo a nuestro actuar, sin demora.
Que la Gracia de Dios nos anime a vivir con sabiduría y esperanza, para que nuestra vida —en cualquier edad y circunstancia— anuncie la alegría de haber encontrado en Cristo el verdadero tesoro.
En esta semana
- El miércoles 29 recordamos a los santos hermanos Marta, María y Lázaro, los amigos de Jesús que lo recibían en Betania.
- El jueves 30, San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia.
- El viernes 31, San Ignacio de Loyola, maestro de discernimiento.
- Sábado 1 de agosto, San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, fundador de la congregación redentorista.
- El próximo domingo, 2 de agosto, es la fiesta patronal de la parroquia Santa María de los Ángeles, ocasión para recibir indulgencia plenaria, en el marco del Jubileo Franciscano.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
lunes, 20 de julio de 2026
Palabra de Vida. “Tú arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7,14-15.18-20)
Reconocer los signos de Dios. Mateo 12,38-42
sábado, 18 de julio de 2026
Yo no te olvidaré (Isaías 49,15). VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores.
Yo no te olvidaré (Is 49,15)
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA VI JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LAS PERSONAS MAYORES
[Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, 26 de julio de 2026]
«Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14).
«En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).
«de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978).
«es madre porque da calor, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18).
«abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).
«Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15).
Vaticano, 15 de junio de 2026
LEÓN PP. XIV
jueves, 16 de julio de 2026
Dios todopoderoso, todopoderoso Amor: el trigo y la cizaña (Mateo 13,24-43). Domingo XVI durante el año.
“El reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla”. (Mateo 13,24-43)
“Dios todopoderoso”… así es invocado Dios en muchas de las oraciones que rezamos, incluso en la liturgia de la Misa. En la primera lectura de este domingo, del libro de la Sabiduría, tres veces se menciona la fuerza de Dios. Dice el texto: “tu fuerza es el principio de tu justicia”; “Tú muestras tu fuerza cuando alguien no cree en la plenitud de tu poder”; “eres dueño absoluto de tu fuerza”.
Por otra parte, Dios es invocado también como “misericordioso”. Más aún, san Juan nos dice “Dios es amor” (1 Juan 4,8), bellísima definición que el papa Benedicto XVI tomó como título para su primera encíclica.
¿Cómo se conjuga el todopoderoso con el misericordioso? La respuesta la encontramos en el conjunto de la Palabra de Dios. Dios se va revelando poco a poco a lo largo del relato bíblico. Sin embargo, esta lectura del libro de la Sabiduría nos muestra una forma de unir la fuerza a la misericordia. Veamos:
“… tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos.”
“… como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia…” (Sabiduría 12,16.18)
Pocas veces, muy excepcionalmente, podríamos decir algo así del poder de los hombres.
Al contrario, Jesús nos recuerda que
los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. (Mateo 20,25)
Los hombres de este mundo se imponen reprimiendo y humillando a los más débiles; pero el recurso a la fuerza y al miedo pone en evidencia la fragilidad de ese poder, aparentemente tan grande.
Este pasaje de la Sabiduría nos lleva a descubrir que la bondad y la misericordia de Dios están a la medida de su poder. La omnipotencia de Dios es la omnipotencia del amor. Por eso, nos dice: “él cuida de todos”, él es “indulgente con todos”:
“… colmaste a tus hijos de una feliz esperanza,
porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento”. (Sabiduría 12,19)
Todo poder que los hombres adquieren por la fuerza y la violencia, permanece frágil y está permanentemente amenazado. Al contrario, el Dios todopoderoso muestra su ternura, su misericordia, su indulgencia y su paciencia. Al que ha pecado, le da la posibilidad del arrepentimiento y la conversión. Todo esto nos prepara para comprender mejor el sentido del evangelio de hoy que, junto a otras parábolas del Reino de Dios, nos presenta la del trigo y la cizaña.
Recordemos el argumento: un hombre sembró buena semilla en su campo; pero en la noche su enemigo sembró cizaña. Al crecer el sembrado, la maleza apareció junto al trigo. Los peones fueron a ver al dueño del campo y le propusieron arrancar inmediatamente la cizaña. El dueño, en cambio, les indicó esperar hasta el momento de la cosecha, cuando sería posible distinguir sin equivocarse el uno de la otra.
Los discípulos piden a Jesús que explique la parábola y él les responde:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.» (Mateo 13,37-43)
Esta enseñanza de Jesús puede ser tomada como una poética explicación sobre el origen del mal en el mundo. También puede hacerse una lectura en blanco-negro, como si cada persona fuera desde el principio buena o mala y así permaneciera a lo largo de la vida.
Sin embargo, pensemos en la parábola del sembrador, que escuchamos el domingo pasado. La Palabra de Dios es constantemente sembrada en nuestro corazón. El tipo de terreno es la disposición que ponemos para recibirla y la parábola una invitación a que busquemos ser, cada día más, la tierra buena. La parábola del trigo y la cizaña evoca dos maneras de conducirse en el mundo: como hijos del Reino o como hijos del maligno.
Más que preocuparnos por arrancar la cizaña, es decir, por cortar la presencia del mal en nuestro mundo, estamos llamados por Jesús a asumir esa mezcla permanente del bien y el mal que está incluso en cada uno de nosotros. La erradicación del mal es una prerrogativa de Dios, el dueño de la cosecha. Nuestra tarea es hacer el bien. En eso nos dan luz las otras dos parábolas de este evangelio: la pequeña semilla de mostaza capaz de convertirse en un árbol que da abrigo y refugio; la escasa porción de levadura que, sin embargo, transforma toda la masa.
Aún en este mundo donde los poderosos ni siquiera esconden sus malas acciones sino que se jactan impunemente de ellas, estamos llamados a seguir anunciando a un Dios de misericordia que da lugar al arrepentimiento, creyendo siempre en la posibilidad de la conversión. Al mismo tiempo, sabemos que nosotros no podemos abusar de la bondad de Dios, dejándonos llevar por las tentaciones.
Nuestra misión en el mundo es imitar la bondad de Dios, sirviendo cada día a su plan de Salvación para la humanidad. Lo haremos manifestando ternura, indulgencia, misericordia y paciencia. Porque eso es lo que hace Dios por cada uno de nosotros. Él nos ama y nos perdona para que podamos estar en el corazón del mundo, como verdaderos testigos de su Omnipotencia, que es la Omnipotencia del Amor.
P. Rodolfo Bonci, SCJ. Descanse en paz.
El sábado pasado, 11 de julio, falleció en Italia el sacerdote dehoniano Rodolfo Bonci scj, que estuvo varios años en nuestra Diócesis, en la parroquia Santa Rosa de Lima, en El Pinar, donde se le recuerda con cariño. Descanse en paz.
En esta semana
- Lunes 20: en Uruguay, Argentina, Brasil, Chile y España se celebra hoy el “Día del amigo”. Un día para saluda a esos hermanos y hermanas que la vida nos trajo.
- Miércoles 22, Santa María Magdalena, apóstol de los apóstoles.
- Viernes 24, Beata Berenice Duque, fundadora de las Hermanitas de la Anunciación.
- Sábado 25, Santiago apóstol o Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, hermano de San Juan.
- En ese día haremos la celebración (anticipada) del aniversario de la declaración de UNESCO que reconoce a la Iglesia Cristo Obrero y Nuestra Señora de Lourdes de Estación Atlántida como patrimonio de la Humanidad.
VI Jornada de abuelos y mayores
Domingo 26: sexta jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. El lema elegido por el Papa León XIV es "Nunca te olvidaré" (inspirado en Isaías 49,15). Esta jornada se celebra en el domingo más próximo a la memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María, que este año es, precisamente, el domingo 26 de julio.
El papa León visitará Uruguay en noviembre
Y hablando del papa León, va creciendo la expectativa por su visita a Uruguay anunciada para el mes de noviembre, todavía sin un programa preciso. Esperamos que esto se conozca próximamente; mientras tanto, preparémonos con la oración para vivir el encuentro con quien viene a anunciarnos una gran alegría y a confirmarnos en la fe.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Nuestra Señora del Carmen. Construir familia. Mateo 12,46-50.
miércoles, 15 de julio de 2026
Palabra de Vida. “Las has revelado a los pequeños” (Mateo 11,25-27).
martes, 14 de julio de 2026
Palabra de Vida. CONVERTIRSE Y CREER. Mateo 11,20-24.
viernes, 10 de julio de 2026
La creación espera la semilla (Mateo 13,1-23). Domingo XV durante el año.
“La creación espera ansiosamente”… “la creación será liberada”… “la creación entera gime y sufre dolores de parto”… Tres veces menciona san Pablo, en la segunda lectura de este domingo a la creación, la creación entera, es decir, todo el universo, desde el planeta que habitamos hasta los más remotos confines. (cf. Romanos 8,18-23)
Decir “creación” hace inmediata referencia al Creador de todo lo que existe. Nos lleva a las primeras páginas del Génesis, donde, con lenguaje poético, se describe el proceso creador, por el que Dios fue desplegando espacios y ornamentándolos con materia inerte y seres vivientes, en armónica convivencia… Sin embargo, aquel orden fue roto. Pablo habla de una creación “sujeta a la vanidad”, es decir, sometida al vacío, al sinsentido; caída en “la esclavitud de la corrupción”; finalmente, gimiendo… pero en dolores de parto, dando a entender que de ella surgirá una nueva realidad… y allí recogemos las palabras que Pablo ha ido lanzando, como semillas: gloria, revelación, esperanza, libertad, redención… anuncios de un mundo nuevo, “cielos nuevos y tierra nueva” (Apocalipsis 21,1).
Podemos decir que esa creación que san Pablo nos describe en esos términos dramáticos, está en espera de la semilla que Dios va a plantar en ella. Más aún, la forma en que san Pablo describe el momento que vive la creación, puede perfectamente aplicarse al corazón de cada uno de nosotros, en la medida en que también estamos en expectativa, necesitados de redención, de libertad, de ser salvados de la nada y del sinsentido.
Como respuesta a esos anhelos, Dios envía la semilla. Esa semilla es su Palabra. La Palabra de Dios no es, en primer lugar, el conjunto de enseñanzas que encontramos en la Biblia. La Palabra de Dios es la Palabra eterna del Padre, es Jesucristo; el Verbo hecho carne, que se hace uno de nosotros y se une así a todas las criaturas.
Escuchemos la primera lectura, del profeta Isaías.
Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca:
ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que Yo quiero
y cumple la misión que Yo le encomendé.
(Isaías 55,10-11)
Todo queda claro en el texto, si en lugar de “la palabra que sale de mi boca”, ponemos “mi Hijo”. ¿De quién más podría decir el Padre que “realiza todo lo que Yo quiero y cumple la misión que Yo le encomendé” (Isaías 55,11)?
A continuación el salmo canta la acción providente de Dios que hace que el trabajo humano produzca fruto. Podemos leerlo como lo haría el trabajador agradecido al ver que, tras la visita de Dios:
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo
todos ellos aclaman y cantan.
(Salmo 64,14)
Pero podemos hacer una lectura aún más profunda de este texto, porque Dios visita el corazón humano para regarlo con su Gracia, de modo que dé frutos.
Desde esta perspectiva, la parábola del sembrador, el evangelio de hoy, nos pone ante un problema… la Palabra es sembrada generosamente, pero los lugares donde cae la semilla no responden de la misma manera.
«El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!» (Mateo 13,3-9)
Si la primera lectura nos invitaba a reconocer en la palabra que sale de la boca de Dios al mismo Jesús, palabra eterna del Padre, esta parábola nos invita a ver también a Jesús en ese sembrador, que ha sido
“el primero y el más grande evangelizador. (…) hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena.” (Evangelii Nuntiandi, 7)
como nos lo recuerda san Pablo VI. El sembrador esparce la semilla sabiendo que no se puede esperar nada si no se es capaz de arriesgar mucho y el Hijo de Dios lo hace hasta entregarlo todo. Cristo es el sembrador, pero es, a la vez, la semilla, la palabra del Dios viviente.
Recibiendo la semilla, recibiendo la Palabra, recibiendo a Jesucristo, nuestro barro humano es fecundado para que surja en él y en toda la creación la vida nueva de Dios. Sin Cristo, el universo entero sufre las consecuencias del rechazo humano a adherirse libremente al plan de salvación. Es que no solo somos responsables de nosotros mismos, sino también de las otras criaturas de este universo mundo que su Creador nos ha confiado.
Para esperanza de nuestra humanidad y esperanza de la creación gimiente, Cristo siembra la semilla de vida nueva e inmortal en nuestros corazones. Es un germen de salvación capaz de llevar la creación a su destino de glorificar a Dios, como esos rebaños y trigales de los que habla el salmo, “que aclaman y cantan”.
Finalmente, no es posible olvidar que el terreno donde se siembra sigue siendo cada uno de nosotros. ¿Cómo recibimos la Palabra? ¿Con qué disposición? ¿Qué hay en nuestro terreno: el camino, las piedras, las espinas…? Quiera Dios que sea la tierra buena.
Felices, los ojos de ustedes, porque ven;
felices sus oídos, porque oyen. (Mateo 13,16)
Que podamos un día, como los discípulos, escuchar del Señor esa misma bienaventuranza.
En esta semana:
- El lunes 13 se cumplen 40 años de la ordenación episcopal de Mons. Orlando Romero. Oremos por nuestro Obispo emérito, que reside en el Hogar Sacerdotal, en Montevideo.
- También ese día es el aniversario de la dedicación de la Catedral de Canelones, celebrada en 2003.
- El miércoles 15: memoria de San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia, gran santo franciscano.
- Jueves 16: Nuestra Señora del Carmen, una muy querida advocación, que está en el origen de la orden carmelitana. Es patrona de las parroquias de Migues y Toledo.
- Sábado 18, aniversario de la Jura de la Constitución del Uruguay, con la que nuestro país comenzó su vida institucional.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Palabra de Vida. “Aquel que persevere hasta el fin se salvará” (Mateo 10,16-23)
miércoles, 8 de julio de 2026
Palabra de Vida. “Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Oseas 11,1-4.8c-9)
Palabra de Vida. “Proclamen que el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 10,1-7).
martes, 7 de julio de 2026
7 de julio: San Marcos Ji Tianxiang. EL ADICTO AL OPIO QUE LLEGÓ A SER SANTO.
| En esta imagen, el santo aparece llevando en su mano la palma del martirio, mientras pisa la pipa de fumar opio que queda a su espalda. |
Las Guerras del opio en China
China, 1829. El emperador DaoGuang, que gobernó el país entre 1820 y 1850, prohibió la venta y el consumo del opio a causa del número de adictos.
El opio es una mezcla compleja de sustancias que se extrae de las cápsulas de la adormidera, una variedad de amapola, que contiene morfina y otros alcaloides.
Desde el siglo XVIII, el opio llegaba en forma ilegal desde la India Británica. El Reino Unido tenía un gran déficit comercial con China, debido a la alta demanda de té, seda y porcelana chinos, y al escaso interés en China por los productos británicos. Si bien los chinos ya consumían opio, los británicos hicieron crecer el consumo colocando por medio del contrabando grandes cantidades en el mercado, para equilibrar su déficit.
El Emperador no solo prohibió el contrabando sino que implementó medidas para combatir, incautando y destruyendo el opio que se encontrara.
El funcionario encargado de esa lucha y en 1839 llegó a publicar una carta abierta a la reina Victoria pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional y no comerciara con sustancias tóxicas:
Pero existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (...) ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (...) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy graves a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio. (...) Todo opio que se descubra en China se echará en aceite hirviendo y se destruirá. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (...) Lin Hse Tsu. Carta a la reina Victoria. 1839.[
Las medidas del emperador llevaron a un conflicto con el Reino Unido que condujo a las guerras del opio, la primera de 1839 a 1942 y la segunda, en la que Francia se sumó a los británicos, de 1856 a 1860. China fue derrotada y forzada a tolerar el comercio del opio.
Cristianos en China
El cristianismo era -como hoy- una religión muy minoritaria en China, pero tenía un largo arraigo. Los escritos más antiguos que documentan esa presencia datan del siglo VII. En el siglo XVI la llegada de los misioneros jesuitas, con el P. Matteo Ricci, que accedió a la corte del emperador y fue reconocido como un sabio, ganó respetabilidad para esta fe llegada de occidente.
Marcos Ji y su adicción al opio
Poco antes de la primera guerra del opio, en el año 1834, dentro de una familia china cristiana de buena posición económica, nació Marcos Ji Tianxiang. Recibió una buena educación, se casó, formó una familia y estudió medicina, especializándose en cirugía.
Marcos practicaba su fe: tenía sus tiempos de oración, asistía a Misa, se confesaba regularmente y otorgaba ciertos tratamientos gratuitos a sus pacientes pobres. Gozaba de estima, por lo que se le encomendó la administración de los bienes de su pequeña comunidad cristiana.
A los 40 años contrajo una enfermedad abdominal muy dolorosa, por lo que se recomendó el uso del opio para aliviar el dolor, un tratamiento que terminó por volverse una verdadera adicción. Durante veinte años Intentó desintoxicarse, pero no lo logró, recayendo continuamente. Su confesor le prohibió recibir la comunión mientras siguiera en su consumo. Marcos continuó su lucha, sin dejar de asistir a Misa y dedicando tiempos fuertes a la oración. Sintiendo que no podría liberarse de la droga, se convenció de que solo el martirio podría llevarlo a la vida eterna. Tras muchos años de constante lucha y asidua participación en la comunidad, pudo recibir de nuevo los sacramentos.
La rebelión de los Bóxers
En el año 1898 estalló en China la rebelión de los “Bóxers”. Recordando humillaciones como las sufridas en las guerras del opio y otras intervenciones e injerencias, los rebeldes se oponían a la creciente presencia extranjera, lo que incluía a los misioneros y, por extensión, a los chinos que hubieran abrazado la fe cristiana.
El martirio de Marcos y su familia
El 7 de julio de 1900 los Bóxers llegaron a la aldea donde vivía Marcos. Él y su familia (hijos, nueras y nietos, unas 13 personas se ocultaron durante un tiempo, pero finalmente fueron descubiertos y arrestados.
Los Bóxers le exigieron renunciar a su fe católica. Sus conocidos y los pacientes que había beneficiado con su profesión de médico, le rogaron que lo hiciera para obtener el perdón de los Bóxers y que no los dañaran ni a él ni a su familia. Marcos y los suyos se negaron a renegar de su fe y a entregar las medallas y escapularios que llevaban.
Condenada a muerte toda la familia, Marcos rogó a los rebeldes ser el último al que le quitaran la vida. De esa forma pudo orar y animar a su familia a morir como mártires y no tener que morir solos. Mientras esperaba su turno, entonó letanías a la Virgen María y finalmente fue decapitado aquel 7 de julio del año 1900. Así redimió con su vida su imposible rehabilitación de su adicción al opio.
Beatificación y canonización
La causa de beatificación de Marcos Ji Tianxiang, fue incluida en el grupo llamado San León Ignacio Mangin, sacerdote jesuita francés, misionero en China y compañeros. El reconocimiento de su martirio fue hecho el 22 de febrero de 1955. Fue beatificado el 17 de abril del mismo año por el Papa Pío XII entre un total de 120 mártires chinos. Los 120 beatos mártires, incluidos Marcos Ji y su familia, fueron canonizados por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 2000.
La homilía de san Juan Pablo II en la canonización
En su homilía, san Juan Pablo II destacó los testimonios de algunos de los 120 mártires:
La jovencita Ana Wang, de 14 años, resiste a las amenazas de su verdugo, que la invita a apostatar, y, disponiéndose a la decapitación, con el rostro radiante, declara: "La puerta del cielo está abierta a todos", y susurra tres veces "Jesús". El joven Chi Zhuzi, de 18 años, grita impávido a quienes le acaban de cortar el brazo derecho y se preparan para desollarlo vivo: "Cada pedazo de mi carne y cada gota de mi sangre os repetirán que soy cristiano".
Igual convicción y alegría testimoniaron los otros 85 chinos, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que, con la entrega de su vida, sellaron su fidelidad indefectible a Cristo y a la Iglesia. Esto sucedió en el arco de varios siglos y en épocas complejas y difíciles de la historia de China. Esta celebración no es el momento oportuno para formular juicios sobre aquellos períodos históricos: podrá y deberá hacerse en otra circunstancia. Hoy, con esta solemne proclamación de santidad, la Iglesia quiere solamente reconocer que aquellos mártires son un ejemplo de valentía y coherencia para todos nosotros y honran al noble pueblo chino.
En esta multitud de mártires brillan también 33 misioneros y misioneras, que dejaron su tierra y trataron de introducirse en la realidad china, asumiendo con amor sus características, con el deseo de anunciar a Cristo y servir a ese pueblo. Sus tumbas están allá, como un signo de su pertenencia definitiva a China, que ellos, aun con sus límites humanos, amaron sinceramente, gastando por ella sus energías. "Nunca hemos hecho mal a nadie -responde el obispo Francisco Fogolla al gobernador que se dispone a herirlo con su espada-. Al contrario, hemos hecho el bien a muchos". Dios envía felicidad.
Palabra de Vida. Pedir al Señor que envíe vocaciones. Mateo 9,32-38.
domingo, 5 de julio de 2026
«Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado» (Mateo 9,18-26)
sábado, 4 de julio de 2026
VENGAN A MÍ, CARGUEN MI YUGO, APRENDAN DE MÍ (Mateo 11, 25-30). Domingo XIV durante el año.
Gravedad es una palabra que tiene al menos dos grandes significados, que tienen cierta relación entre ellos. Por un lado, está la fuerza de la gravedad, la fuerza que ejercen sobre los objetos los planetas, como la tierra, tirándolos hacia su centro. El peso de un objeto tiene que ver con esa fuerza, regida por la ley de la gravedad. Por otro lado, hablamos de la gravedad de una situación o de una enfermedad y allí asociamos grave con “malo”, con la amenaza de muerte o pérdida de un órgano o de funciones vitales. Recuerdo, cuando era niño, que leí la vida de un santo que sintió su vocación siendo un jovencito. En un momento dado, le dice a sus padres que quiere hablar con ellos. Los padres reaccionan preocupados y le preguntan “¿es algo grave?”. Me llamó la atención la respuesta: “grave, sí, pero no malo”. Es decir, no se trataba de algo malo, sino de algo muy bueno; pero algo muy serio, muy importante. Algo que uno ha comenzado a llevar sobre los hombros. Algo que tiene peso. Una carga. Pero… ¿qué clase de carga? Grave, sí, pero bueno.
El evangelio de hoy, que habla de aflicción, agobio, carga, me recuerda otro pasaje de Mateo donde Jesús denuncia a aquellos que:
Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mateo 23,4)
Es que la vida tiene ya su propia “gravedad”, su “pesadumbre”. A cada persona le toca asumir ese peso. A veces se puede ayudar tomando las cosas más a la ligera, livianamente, con un poco de alegría y buen humor; pero, en el fondo, cada persona tiene que buscar la fortaleza que permita soportar, resistir ante esa pesadumbre, esa gravedad de la vida.
En contraste con aquellos maestros que colocaban aún más cargas, y más pesadas, sobre los hombros de sus discípulos, Jesús llama a ir a su encuentro con una promesa esperanzadora:
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. (Mateo 11,28)
Este pasaje del evangelio está asociado a la fiesta del Corazón de Jesús, el Sagrado Corazón. Ir a Jesús es ir allí, donde está el centro de su vida, donde se juega su amor y su obediencia al Padre y su entrega “por nosotros y por nuestra salvación”. A veces, cuando yo mismo me siento cansado, afligido y agobiado, recuerdo que en mi cruz llevo el corazón de Jesús y hago el gesto de tocarlo, pidiendo salir de ese agobio, descansar en Jesús y reencontrar allí la alegría del Evangelio, la alegría de la salvación.
“Vengan a mí”; vengan, es la primera invitación que nos hace Jesús. Y viene la segunda:
“Carguen sobre ustedes mi yugo (…) Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11,29-30)
Parece una contradicción: nos quita una carga y nos pone otra. ¿Qué significa el yugo de Jesús? El yugo es el instrumento de madera que une por el cuello a dos bueyes para que puedan arar en yunta. Todavía se pueden ver en algún campo de Canelones. Estar bajo el yugo de alguien es estar bajo su dominio. Pero aceptar el yugo que propone Jesús supone liberarse de otros yugos que esclavizan, que nos dominan y nos destruyen. Cargar con el yugo suave y liviano de Jesús es descubrir una ley que no oprime ni se vuelve pesada carga, sino que libera el corazón para hacerlo más capaz de amar.
Vengan, carguen… y ahora llega la tercera invitación:
Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. (Mateo 11,29)
Jesús nos invita a aprender de Él y nos propone un modelo: su corazón humilde y paciente y nos promete que encontraremos alivio en él.
Es tradicional en la Iglesia la petición “Señor, haz nuestro corazón semejante al tuyo”. Para que esto se haga realidad en nuestra vida, podemos recordar esta exhortación de san Pablo:
Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. (Filipenses 2,5)
No se trata de una sensiblería. En el corazón de Jesús están presentes todos los sentimientos humanos (¡incluso los de enojo, como podemos apreciar en algunos pasajes del Evangelio!). Tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo no es un sentimentalismo. Jesús no niega la realidad de los sentimientos de su corazón; no los reprime, pero tampoco les da la última palabra, no se deja gobernar por ellos, sino que trabajando sobre ellos los lleva a su perfección y por eso se hace modelo para nosotros, maestro del que podemos aprender.
Cuando san Pablo nos propone aprender de los sentimientos de Jesús, nos describe su sentimiento más profundo, el que lo lleva a su entrega total:
(…) se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz. (Filipenses 2,7-8)
Se anonadó, se humilló, aceptó dar su vida en la cruz… esa es la forma en que Jesús muestra hasta dónde llegó en Él el ser “paciente y humilde de corazón”. Pero no nos olvidemos que la entrega en la cruz es la culminación de toda una vida de entrega. Cada gesto de Jesús -en el cual se manifiesta la misericordia de Dios- está anticipando su entrega en la cruz. Cada gesto de Jesús es una entrega de amor, que un día se hará total en su corazón traspasado.
El evangelio nos trasmite las palabras y las obras de Jesús. El evangelio según san Mateo, que estamos leyendo en los domingos de este año, es típico en eso. Mateo alterna capítulos de enseñanzas y capítulos de acciones. Vivir nuestra fe significa hacer nuestra la enseñanza de Jesús. La Iglesia nos enseña y comunica sus criterios, ayudándonos a hacer nuestro el pensamiento de Jesús, a pensar como Jesús.
El pensamiento orienta la acción. Hacer nuestro su pensamiento, nos lleva a actuar como Jesús, porque no alcanza con pensar bien; hay que actuar bien: poner en práctica su Palabra.
Pensar y actuar bien es importante, pero hay algo más. El evangelio nos presenta también, no siempre de forma tan evidente, los sentimientos de Jesús. El evangelio nos abre su corazón. En el buscar día a día conocer más a Jesús, unirnos más a Él, llegaremos a tener sus mismos sentimientos. Los sentimientos de Cristo forman el corazón cristiano, para que podamos pensar, actuar y sentir como Jesús.
En esta semana
El lunes 6 recordamos a Santa María Goretti, que hizo suyos los sentimientos de Jesús en el perdón a quién le quitó la vida, un perdón que no cayó en vano, sino que llevó a aquel hombre a la conversión.
El martes 7, entre muchos otros santos, la Iglesia recuerda a uno muy poco conocido: san Marcos Ji Tianxiang, mártir. Un cristiano chino que, sin embargo, no lograba librarse del yugo de su adicción al opio, por lo que se le prohibió recibir la comunión. Sin embargo, se mantuvo en la oración, pidiendo a Dios morir santamente y fue así que, en medio de la persecución, recibió la corona del martirio, en el año 1900.
El sábado 11 tenemos la fiesta de San Benito Abad. En nuestra diócesis hubo monjes benedictinos en el antiguo monasterio de La Pascua, hoy centro de espiritualidad; pero seguimos teniendo hermanas benedictinas. Precisamente este año se celebra el cincuentenario de la Congregación Benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur a la que ellas pertenecen. El día de san Benito tendremos la Misa a las 16:30 en su monasterio.
El Domingo 12, anticipando el día -ya que, en realidad es el 13- se celebrará la fiesta patronal en la capilla Rosa Mística, en Camino de los Horneros.
Gracias amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
jueves, 2 de julio de 2026
Santo Tomás Apóstol: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Juan 20,24-29)
Palabra de Vida: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mateo 9,1-8)
miércoles, 1 de julio de 2026
Palabra de Vida: “Busquen el bien y no el mal, para que tengan vida” (Amós 5,14-15.21-24)
Miércoles de la XIII semana durante el año, 1 de julio de 2026.