Gravedad es una palabra que tiene al menos dos grandes significados, que tienen cierta relación entre ellos. Por un lado, está la fuerza de la gravedad, la fuerza que ejercen sobre los objetos los planetas, como la tierra, tirándolos hacia su centro. El peso de un objeto tiene que ver con esa fuerza, regida por la ley de la gravedad. Por otro lado, hablamos de la gravedad de una situación o de una enfermedad y allí asociamos grave con “malo”, con la amenaza de muerte o pérdida de un órgano o de funciones vitales. Recuerdo, cuando era niño, que leí la vida de un santo que sintió su vocación siendo un jovencito. En un momento dado, le dice a sus padres que quiere hablar con ellos. Los padres reaccionan preocupados y le preguntan “¿es algo grave?”. Me llamó la atención la respuesta: “grave, sí, pero no malo”. Es decir, no se trataba de algo malo, sino de algo muy bueno; pero algo muy serio, muy importante. Algo que uno ha comenzado a llevar sobre los hombros. Algo que tiene peso. Una carga. Pero… ¿qué clase de carga? Grave, sí, pero bueno.
El evangelio de hoy, que habla de aflicción, agobio, carga, me recuerda otro pasaje de Mateo donde Jesús denuncia a aquellos que:
Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mateo 23,4)
Es que la vida tiene ya su propia “gravedad”, su “pesadumbre”. A cada persona le toca asumir ese peso. A veces se puede ayudar tomando las cosas más a la ligera, livianamente, con un poco de alegría y buen humor; pero, en el fondo, cada persona tiene que buscar la fortaleza que permita soportar, resistir ante esa pesadumbre, esa gravedad de la vida.
En contraste con aquellos maestros que colocaban aún más cargas, y más pesadas, sobre los hombros de sus discípulos, Jesús llama a ir a su encuentro con una promesa esperanzadora:
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. (Mateo 11,28)
Este pasaje del evangelio está asociado a la fiesta del Corazón de Jesús, el Sagrado Corazón. Ir a Jesús es ir allí, donde está el centro de su vida, donde se juega su amor y su obediencia al Padre y su entrega “por nosotros y por nuestra salvación”. A veces, cuando yo mismo me siento cansado, afligido y agobiado, recuerdo que en mi cruz llevo el corazón de Jesús y hago el gesto de tocarlo, pidiendo salir de ese agobio, descansar en Jesús y reencontrar allí la alegría del Evangelio, la alegría de la salvación.
“Vengan a mí”; vengan, es la primera invitación que nos hace Jesús. Y viene la segunda:
“Carguen sobre ustedes mi yugo (…) Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11,29-30)
Parece una contradicción: nos quita una carga y nos pone otra. ¿Qué significa el yugo de Jesús? El yugo es el instrumento de madera que une por el cuello a dos bueyes para que puedan arar en yunta. Todavía se pueden ver en algún campo de Canelones. Estar bajo el yugo de alguien es estar bajo su dominio. Pero aceptar el yugo que propone Jesús supone liberarse de otros yugos que esclavizan, que nos dominan y nos destruyen. Cargar con el yugo suave y liviano de Jesús es descubrir una ley que no oprime ni se vuelve pesada carga, sino que libera el corazón para hacerlo más capaz de amar.
Vengan, carguen… y ahora llega la tercera invitación:
Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. (Mateo 11,29)
Jesús nos invita a aprender de Él y nos propone un modelo: su corazón humilde y paciente y nos promete que encontraremos alivio en él.
Es tradicional en la Iglesia la petición “Señor, haz nuestro corazón semejante al tuyo”. Para que esto se haga realidad en nuestra vida, podemos recordar esta exhortación de san Pablo:
Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. (Filipenses 2,5)
No se trata de una sensiblería. En el corazón de Jesús están presentes todos los sentimientos humanos (¡incluso los de enojo, como podemos apreciar en algunos pasajes del Evangelio!). Tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo no es un sentimentalismo. Jesús no niega la realidad de los sentimientos de su corazón; no los reprime, pero tampoco les da la última palabra, no se deja gobernar por ellos, sino que trabajando sobre ellos los lleva a su perfección y por eso se hace modelo para nosotros, maestro del que podemos aprender.
Cuando san Pablo nos propone aprender de los sentimientos de Jesús, nos describe su sentimiento más profundo, el que lo lleva a su entrega total:
(…) se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz. (Filipenses 2,7-8)
Se anonadó, se humilló, aceptó dar su vida en la cruz… esa es la forma en que Jesús muestra hasta dónde llegó en Él el ser “paciente y humilde de corazón”. Pero no nos olvidemos que la entrega en la cruz es la culminación de toda una vida de entrega. Cada gesto de Jesús -en el cual se manifiesta la misericordia de Dios- está anticipando su entrega en la cruz. Cada gesto de Jesús es una entrega de amor, que un día se hará total en su corazón traspasado.
El evangelio nos trasmite las palabras y las obras de Jesús. El evangelio según san Mateo, que estamos leyendo en los domingos de este año, es típico en eso. Mateo alterna capítulos de enseñanzas y capítulos de acciones. Vivir nuestra fe significa hacer nuestra la enseñanza de Jesús. La Iglesia nos enseña y comunica sus criterios, ayudándonos a hacer nuestro el pensamiento de Jesús, a pensar como Jesús.
El pensamiento orienta la acción. Hacer nuestro su pensamiento, nos lleva a actuar como Jesús, porque no alcanza con pensar bien; hay que actuar bien: poner en práctica su Palabra.
Pensar y actuar bien es importante, pero hay algo más. El evangelio nos presenta también, no siempre de forma tan evidente, los sentimientos de Jesús. El evangelio nos abre su corazón. En el buscar día a día conocer más a Jesús, unirnos más a Él, llegaremos a tener sus mismos sentimientos. Los sentimientos de Cristo forman el corazón cristiano, para que podamos pensar, actuar y sentir como Jesús.
En esta semana
El lunes 6 recordamos a Santa María Goretti, que hizo suyos los sentimientos de Jesús en el perdón a quién le quitó la vida, un perdón que no cayó en vano, sino que llevó a aquel hombre a la conversión.
El martes 7, entre muchos otros santos, la Iglesia recuerda a uno muy poco conocido: san Marcos Ji Tianxiang, mártir. Un cristiano chino que, sin embargo, no lograba librarse del yugo de su adicción al opio, por lo que se le prohibió recibir la comunión. Sin embargo, se mantuvo en la oración, pidiendo a Dios morir santamente y fue así que, en medio de la persecución, recibió la corona del martirio, en el año 1900.
El sábado 11 tenemos la fiesta de San Benito Abad. En nuestra diócesis hubo monjes benedictinos en el antiguo monasterio de La Pascua, hoy centro de espiritualidad; pero seguimos teniendo hermanas benedictinas. Precisamente este año se celebra el cincuentenario de la Congregación Benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur a la que ellas pertenecen. El día de san Benito tendremos la Misa a las 16:30 en su monasterio.
El Domingo 12, anticipando el día -ya que, en realidad es el 13- se celebrará la fiesta patronal en la capilla Rosa Mística, en Camino de los Horneros.
Gracias amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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