martes, 30 de junio de 2026
Palabra de Vida: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!” (Mateo 8,23-27)
lunes, 29 de junio de 2026
29 de Junio - San Pedro y San Pablo: ATAR Y DESATAR.
jueves, 25 de junio de 2026
"El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. (Mateo 10,37-42). Domingo XIII durante el año.
El evangelio de hoy nos lleva desde esta palabra tan fuerte que hemos tomado como título, hasta algo tan sencillo como dar un vaso de agua, comenzando por algunas exigencias que pueden sonarnos incluso más duras que las de la cruz:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. (Mateo 10,37)
Jesús no dice que los hijos no deben amar a sus padres, ni los padres amar a sus hijos. No se trata de eso. El problema está cuando los dos amores entran en conflicto, cuando dentro de la familia alguien no acepta que su padre o su hijo crea en Jesús y lo siga; y presiona para que el creyente abandone su fe, incluso amenazando o realizando un rechazo total. Jesús no pide a sus discípulos que olvide o dejen totalmente de lado su familia natural, sino todo lo contrario. El mandamiento del amor abarca a todas las personas y no hay nadie más cercano -y por lo tanto, más prójimo- que aquellos con los que compartimos nuestro hogar. Pero Jesús propone el ingreso en una nueva familia. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Jesús mismo vivió esa situación de conflicto. Hubo en su propia familia quienes no lo comprendieron, como atestigua el evangelio de Marcos:
Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». (Marcos 3,20-21)
Cuando le avisan a Jesús que su familia vino a buscarlo, él responde, mirando a los que estaban sentados alrededor de él:
«Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». (Marcos 3,34-35)
Ésa es la nueva familia. El amor por la familia natural no debe ser impedimento para ingresar en la nueva familia. Tampoco el hecho de entrar en la familia de Jesús debe significar la ruptura con los propios. Jesús no ha formado una secta que se apodera de las personas y les hace cortar todos sus vínculos, para encerrarlos en un estrecho círculo. Sin embargo, los primeros cristianos vivieron, en tiempos de persecución, aquello que Jesús dijo:
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. (Mateo 10,21)
Esa división de la familia por motivo de la fe; más aún, la persecución de parte de la propia familia hacia el que sigue a Jesús, es parte de esa cruz que Jesús llama a llevar. En nuestros tiempos, el rechazo no suele ser tan drástico, pero se expresa en indiferencia, burlas, cuestionamientos, reproches. Ser digno de Jesús -como él mismo nos pide- significa ponerlo primero en nuestro amor, ponerlo en el centro de nuestra vida; pero no como una insignia o un adorno que intenta engrandecernos a nosotros mismos, sino buscando de corazón poner en práctica su Palabra, con la fortaleza y la luz que nos da el Espíritu Santo. El vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo y en Él las demás relaciones, las de familia y amistad, encuentran su sentido.
En ese marco, Jesús da también una palabra de consuelo. Sí, habla de una cruz que hay que cargar; sí, habla de “perder la vida”; pero también nos anuncia:
“… el que pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mateo 10,39)
De todos estos anuncios inquietantes que hablan de rechazo, de cruz, de perder la vida -pero también de encontrar la vida en Jesús- pasamos al final del discurso misionero, que habla de aquellos que reciben a los enviados de Jesús.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió. (Mateo 10,40)
Hermosa secuencia: ustedes, yo, el Padre. Jesús está hablando a los discípulos, enviándolos en misión. Ustedes, que han decidido tomar su cruz y seguirme, van llevando mi presencia; yo voy con ustedes; por eso, quien los recibe, me recibe a mí y recibe al Padre.
Jesús pone una gran confianza en nosotros; nos considera dignos de él. “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí”… es estremecedor pensar eso. No podemos traicionar esa presencia. El misionero no se lleva a sí mismo, no se anuncia a sí mismo: lleva y anuncia a Jesucristo.
A continuación Jesús agrega algo que nos lleva a la primera lectura, del segundo libro de los reyes, en la que se cuenta como una mujer y su esposo alojaron al profeta Eliseo e hicieron lo necesario para que él tuviera todas las comodidades que podían ofrecerle.
Eliseo intercede por ellos, que no podían tener hijos y les anuncia que dentro de un año volverá y el niño habrá nacido. En el evangelio, tal vez recordando textos como ése, Jesús anuncia:
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. (Mateo 10,41)
Aquellos esposos de la primera lectura reconocieron a Eliseo como “hombre de Dios”. Al recibir al profeta, al recibir al justo, se está recibiendo su mensaje y al colaborar con él, al alojarlo, se da apoyo a la misión; se es parte de la misión.
No se trata de hacer obras extraordinarias. Se trata de atender a las personas en su realidad, en su fragilidad, en sus necesidades cotidianas más sencillas:
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa». (Mateo 10,42)
Cuando yo era un joven sacerdote, iba desde Fray Bentos a Nuevo Berlín a celebrar Misa el domingo por la mañana. Había allí una señora llamada Blanca que siempre me decía: “después de la Misa venga por casa, que un vaso de agua va a encontrar”… y me esperaba con un churrasco, papas y un huevo frito.
Los pequeños de los que habla aquí Jesús, son sus discípulos. Puede llamarnos la atención esa manera de calificarlos. Para nosotros, ellos son hoy “los apóstoles”, grandes santos… ¡mañana celebramos nada menos que San Pedro y San Pablo! Nosotros podemos verlos grandes, enormes, pero Jesús supo ver su ser de “pequeños” y ellos también llegaron a reconocerse así ante Jesús.
Un pequeño gesto hacia los pequeños que tienen la misión de anunciar el Reino de Dios; así se entra en la historia de la salvación, en la que Dios se ha valido no solo de grandes emprendimientos, sino también de esos gestos sencillos, como dar un vaso de agua al enviado de Jesús.
En esta semana
Sábado 27 y domingo 28, se realiza la colecta del óbolo de San Pedro, que permite al Santo Padre hacer algunas intervenciones caritativas en los lugares más necesitados del mundo.
Lunes 29: celebramos a san Pedro y san Pablo, las dos grandes columnas de la Iglesia.
Viernes 3, celebramos a santo Tomás, apóstol y recordamos el nacimiento de nuestro beato Jacinto Vera, en 1813.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Palabra de Vida: “Si quieres, puedes purificarme”. Mateo 8,1-4.
CEU: SOLIDARIDAD CON VENEZUELA
Mons. Jesús González de Zárate Salas
Arzobispo de Valencia
Presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela
Nos unimos en la oración por la Iglesia en Venezuela y por todas las víctimas rogando al Señor el don del consuelo y la fortaleza para todos.
Imploramos para ello la intercesión maternal de la Virgen María, Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela.
Fraternalmente en Cristo.
Obispo de Maldonado – Punta del Este - Minas
Presidente
Arzobispo de Montevideo
Vicepresidente
Obispo de Canelones
Secretario General
Palabra de Vida: Edificar la casa sobre la roca. Mateo 7,21-29.
Jueves de la XII semana durante el año, 25 de junio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.
miércoles, 24 de junio de 2026
Palabra de Vida: Estar abiertos al llamado de Dios. Isaías 49,1-6.
lunes, 22 de junio de 2026
Palabra de Vida: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos”. (Mateo 7,6.12-14)
viernes, 19 de junio de 2026
“No teman”. (Mateo 10,26-33). XII Domingo durante el año.
El domingo pasado nos detuvimos en las conocidas palabras de Jesús: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».
Ese pasaje del evangelio de Mateo continuaba con el llamado y envío de los doce discípulos, con las siguientes instrucciones:
«No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente». (Mateo 10,5-8)
Con esas indicaciones, Jesús inicia lo que ha sido llamado “el discurso misionero”, que continúa hasta el fin del capítulo 10.
En el evangelio de hoy, de ese mismo capítulo, tres veces dice Jesús a sus discípulos: “no teman”.
El miedo, es verdad, tiene una función importante. Es la alarma, la reacción ante el peligro, que impide tomar decisiones equivocadas o realizar gestos imprudentes o tan temerarios que pueden costarnos la vida. Pero si la alarma se sale de control, como esas que cada tanto se suelen oír por un tiempo interminable, el miedo se convierte en un obstáculo que paraliza e impide realizar acciones tan valientes como necesarias. Y es ese miedo paralizante el que Jesús quiere remover.
En la primera de sus intervenciones, el Maestro dice:
No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. (Mateo10,26-27)
Jesús está advirtiendo a sus discípulos que encontrarán oposición cuando proclamen el mensaje del Evangelio. Él ya ha encontrado resistencias al anunciar la Misericordia, al mostrar el rostro de Dios como Padre entrañable. Ahora, envía a los discípulos a llevar a todos ese mensaje. Esos hombres a los que los discípulos no deben temer son los que quieren silenciar la palabra de Dios. En el libro de los Hechos se nos narra la decisión del Sanedrín de prohibir a los apóstoles predicar el Evangelio de Jesucristo:
«A fin de evitar que la cosa se divulgue más entre el pueblo, debemos amenazarlos, para que de ahora en adelante no hablen de ese Nombre».
Los llamaron y les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra o enseñaran en el nombre de Jesús. (Hechos 4,17-18)
“No teman a los hombres”, había dicho Jesús; y los apóstoles recordaron esa enseñanza y no desistieron, sino que, desoyendo la prohibición, continuaron predicando abiertamente al pueblo. Volvamos a nuestro evangelio de hoy. Continúa diciendo Jesús:
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes que está en el cielo. También ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. (Mateo 10,28-31)
Jesús sigue diciendo “no teman”, ahora para alentar a sus discípulos ante persecuciones más drásticas; ya no es solamente una prohibición, unos azotes, una detención en el calabozo… ahora la amenaza viene de “los que matan el cuerpo”. Ese anuncio de Jesús se ha cumplido en toda época y lugar del mundo donde los cristianos encontraron un rechazo radical. Sin embargo ¡cuántos testimonios de fidelidad a Jesús y a su Palabra! Innumerables hombres y mujeres llegaron a dar su vida movidos por una fe extraordinaria, comenzando por san Esteban, en los comienzos mismos de la evangelización y continuando con los mártires que ha habido y sigue habiendo a lo largo de los siglos.
Año a año, las Obras Misionales Pontificias recogen los nombres e historias de misioneros y agentes pastorales que han muerto asesinados, no especialmente por haber realizado acciones extraordinarias sino por dar testimonio de Cristo en su vida cotidiana, incluso en contextos marcados por la violencia y los conflictos. El año pasado, fueron 17 los misioneros y misioneras (sacerdotes, religiosas, seminaristas y laicos) que dieron su vida por Cristo en África, Asia, América y aún en la vieja Europa cristiana.
Entonces, la advertencia sobre “los que matan el cuerpo” no es una figura literaria, sino una realidad que pronto enfrentaron los discípulos. Jesús exhorta a no temer, porque si el Padre consiente en que sus hijos caigan en tierra, no es porque su vida no tenga valor, sino -precisamente- para que encuentren junto a Él y en Él la plenitud de la vida que han buscado y anunciado. Por eso la conclusión: “no teman”, ustedes valen más que muchos pájaros.
La última advertencia de Jesús llama al discípulo a una radicalidad y a una entrega totales:
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres. (Mateo 10,32-33)
La primera lectura, del libro de Jeremías, donde el profeta habla en primera persona, es un canto de confianza en Dios del profeta ultrajado y perseguido, acechado hasta por quienes parecían ser sus amigos más íntimos. Con plena confianza en aquel que lo ha llamado, el profeta manifiesta “el Señor está conmigo”. El salmo 68 también refleja esa confianza inquebrantable de quien ha sufrido por su fe pero no ha renegado de su Dios:
Que lo vean los humildes y se alegren,
que vivan los que buscan al Señor:
porque el Señor escucha a los pobres
y no desprecia a sus cautivos. (Salmo 68 [69],33-34)
El evangelio de hoy es una respuesta para aquellos que, como Jeremías, han sufrido persecución y han llegado a sentirse abandonados por Dios; pero que, sin embargo, han encontrado en Él su consolación más profunda, aún en medio de las más duras pruebas. Han sido reconocidos por Jesús ante el Padre del Cielo.
Pensando en una generación posterior de cristianos, que puede ser la nuestra, que no pasó por los momentos más difíciles de la persecución, el autor de la Carta a los Hebreos nos invita a fijar la mirada en Jesús, que soportó la cruz y está sentado a la derecha del Padre, porque, dice el autor: Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre. (Hebreos 12,4)
P. Javier Galdona (QEPD)
El miércoles pasado falleció en Montevideo, de forma inesperada, el Padre Javier Galdona, con quien compartimos todos nuestros años de Seminario, desde el comienzo al final. Me uno en el dolor y la esperanza a su comunidad de Santa Elena y a los muchos grupos, movimientos e instituciones en las cuales el puso brazos, cabeza y corazón; pero, sobre todo, coherencia de vida y fidelidad al Evangelio.
En esta semana
Miércoles 24: Natividad de San Juan Bautista. Una fiesta muy querida, que en el hemisferio sur marca el comienzo del invierno, con sus hogueras que invitan a reunirse y a compartir historias… sin olvidar el origen de la fiesta, el nacimiento de ese niño que asombró a todos y les hizo preguntarse qué llegaría a ser. Fiesta de las parroquias de las localidades de San Bautista y Santa Lucía.
Sábado 27: Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una advocación unida a la congregación redentorista que en Roma custodia este hermoso ícono. Patrona de la parroquia de Barros Blancos y del colegio de Sauce.
Gracias, amigas y amigos por su atención; que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Palabra de Vida: “Acumulen tesoros en el cielo”. (Mateo 6,19-23)
miércoles, 17 de junio de 2026
Palabra de Vida: “El Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta”. (Mateo 6,7-15)
Palabra de Vida: Hacer y compartir el bien para gloria de Dios. Mateo 6,1-6.16-18.
martes, 16 de junio de 2026
Palabra de Vida: “Amen a sus enemigos”. (Mateo 5,43-48)
lunes, 15 de junio de 2026
sábado, 13 de junio de 2026
Cosecha abundante (y urgente); pocos trabajadores. Mateo 9,35–10,8. XI Domingo durante el año.
Se va terminando el otoño, se acerca el invierno y en estas semanas pasadas y las que vienen, muchos campos del Uruguay, sobre todo en el litoral oeste, han recibido o recibirán la siembra del trigo y otros cultivos. Lejos estamos todavía del verano, cuando los campos blanquean y las rutas se llenan de maquinaria que va pasando por los distintos establecimientos para realizar la trilla.
La siembra tiene su momento, pero la cosecha tiene su urgencia. El trigo maduro es extremadamente sensible a las lluvias y vientos fuertes. La humedad ideal del grano está alrededor del 12,5 %. Si la humedad es mayor, hay que evaluar la posibilidad de que el tiempo se mantenga seco y se llegue al punto correcto o, aun así, cosechar y hacer luego un secado artificial, con los costos que eso tiene.
Cuando Jesús habla de “cosecha abundante” y pide más trabajadores, podemos pensar que el problema está en la cantidad, en la abundancia de gente y de trabajo: hay mucho qué hacer. Ése puede ser un aspecto, pero hay otro no menos importante: se necesitan muchos trabajadores porque hay una urgencia. Si la cosecha no se levanta cuando está en su punto, arriesga perderse. Y Jesús no quiere que nadie se pierda. De eso nos hablan las parábolas de la Misericordia que encontramos en el evangelio de Lucas: la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo… también perdido (Lucas 15,1-32) y el episodio de Zaqueo, a quien Jesús le dice:
«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido». (Lucas 19,9-10)
Estos episodios nos muestran una mirada atenta de Jesús, que ve, más allá de las apariencias, lo profundo del corazón del hombre y reconoce allí el germen de lo que Dios ha sembrado en él. En medio de una vida desordenada y desfigurada por el pecado, puede aún brillar en los ojos el deseo de felicidad que pasa por el reencuentro, la reconciliación y la paz que solo en Dios se puede encontrar, como fruto de una auténtica conversión.
El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús hablando largamente, a lo largo de los capítulos 5, 6 y 7, en el llamado “sermón de la montaña”. Comenzando por las bienaventuranzas, presenta a sus discípulos y a todos los que lo escuchan un exigente programa de vida. Luego Jesús baja y llevan a su encuentro toda una humanidad doliente: el leproso, el centurión con su sirviente paralizado, la suegra de Pedro con fiebre, muchos endemoniados, el paralítico llevado en su camilla. Más adelante encuentra al publicano Mateo en su mesa de recaudación… A los que le señalan que se sienta con pecadores y come con ellos, Jesús les responde:
«No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos (…) yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». (Mateo 9,12-13)
El médico Jesús no ofrece una curación superficial, sino sanar lo profundo del corazón, para que el hombre pueda volver al encuentro de Dios y del prójimo.
En la muchedumbre que lo sigue, Jesús ve reunidos a quienes fueron llegando hasta él agobiados por sus cargas y su mirada se llena de misericordia:
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. (Mateo 9,36)
Considerar esa mirada misericordiosa de Jesús nos permite entender estas palabras que, en un momento dado, él dirige a sus discípulos y que parecen tan enigmáticas:
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. (Juan 4,35)
Cuatro meses para aquel trigo que observa Jesús… pero todo se ha adelantado en el campo donde los discípulos están llamados a cosechar. Los tiempos de Dios y la respuesta humana no están atados a un calendario, ni siquiera al calendario litúrgico, que no deja de ser útil y necesario, con toda su riqueza. Pero cuando Dios toca de alguna forma tu corazón, llamándote a un cambio en tu vida que te haga volverte hacia Él… ¡qué bueno que encuentres a los trabajadores llamados y enviados por Jesús!
Para que se pueda dar esa presencia se hace necesario realizar lo que Jesús nos pide particularmente hoy al decirnos:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». (Mateo 9,37-38)
A lo largo de los siglos, la Iglesia ha orado y sigue orando para que no falten esos servidores. Normalmente pensamos en la necesidad de sacerdotes, y es una necesidad muy real; pero también necesitamos más diáconos permanentes, más personas consagradas, más ministros laicos; más fieles que asuman servicios en los diferentes movimientos de apostolado, en las áreas pastorales, en las misiones, en los quehaceres de la comunidad, poniendo en obra ante Dios y los hermanos los dones que han recibido del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia (cf. 1 Corintios 14,12).
La comunidad de los discípulos de Jesús, en su peregrinación hacia la Casa del Padre, no se cierra sobre sí misma. La comunión entre los miembros, la participación hacia el interior de la Iglesia encuentra su sentido abriéndose, saliendo en misión. La Iglesia existe para evangelizar, para anunciar el Reino de Dios, para ayudar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a encontrar a Jesucristo.
El Papa León ha señalado que la Iglesia y el mundo necesitan mucho más que personas que apenas cumplen exteriormente sus deberes religiosos o “cristianos de ocasión” que de vez en cuando dan cabida a algún buen sentimiento o participan en algún evento. Aquellos que se necesita son
“... los que están dispuestos a trabajar cada día en el campo de Dios, cultivando en su corazón la semilla del Evangelio para luego llevarla a la vida cotidiana, a la familia, a los lugares de trabajo y de estudio, a los diversos entornos sociales y a quienes se encuentran en necesidad”. (Ángelus, 6 de julio de 2025)
Junio es, en toda la Iglesia Católica, el mes del Sagrado Corazón de Jesús.
En Uruguay es también el Mes Vocacional. Escuchando al Señor, animémonos a seguir atendiendo su llamado para pedir al Padre que envíe los trabajadores que la Iglesia y el mundo necesitan para la urgencia de hoy.
En esta semana
El Viernes 19 en el Uruguay recordamos el nacimiento de nuestro héroe nacional José Artigas y celebramos el día del abuelo.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
San Antonio de Padua y San Francisco de Asís.
En el marco del Jubileo Franciscano, que nos invita a poner atención en los santos y santas de la familia franciscana, es interesante preguntarnos cuál fue la relación entre estos dos grandes santos.
Inmaculado Corazón de María. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. (Lucas 2,41-51)
viernes, 12 de junio de 2026
Sagrado Corazón de Jesús. Palabra de Vida: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados”. (Mateo 11,25-30)
miércoles, 10 de junio de 2026
Palabra de Vida: Permanecer fiel con un corazón firme. (Hechos 11, 21b-26; 13, 1-3)
Palabra de Vida: Practicar y enseñar. Mateo 5,17-19.
martes, 9 de junio de 2026
Palabra de Vida: “Vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo” (Mateo 5,13-16)
domingo, 7 de junio de 2026
“Felices los que tienen alma de pobres” (Mateo 5,1-12a)
viernes, 5 de junio de 2026
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. (Juan 6,51-58) Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo” nos dice Jesús en el evangelio de este domingo, 7 de junio de 2026, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Comencemos nuestra reflexión recordando el camino de los Israelitas por el desierto, que nos narra el libro del Éxodo. El pueblo, liberado por Dios de la esclavitud en Egipto, se inquieta frente al largo y difícil trayecto que tiene por delante y su primera pregunta brota de la necesidad más básica: ¿qué vamos a comer?
Al evaporarse el rocío apareció sobre el desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: ¿Maná? es decir ¿qué es esto? Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que Yahveh les da por alimento”. (Éxodo 16,14-15)
El maná fue un signo para ese pueblo desconfiado y quejoso, que temía ser abandonado por Dios en el desierto. Sin embargo, allí estaba el Señor, presente, providente y misericordioso, sosteniéndolo con el alimento necesario.
Pero no nos entretengamos en eso. Quedémonos con la pregunta que expresa el asombro: “¿qué es esto?”, porque es una buena puerta de entrada al misterio de la Eucaristía.
La primera lectura de hoy, tomada del Deuteronomio, invita a hacer memoria de aquel camino en el desierto, donde Dios condujo a su pueblo entre serpientes y escorpiones, hizo brotar agua de la roca y lo alimentó con un don inesperado:
No olvides al Señor, tu Dios que (…) en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres. (Deuteronomio 8,15.16)
Israel no olvida y hace memoria celebrando la Pascua, la intervención liberadora de Dios: la salida de Egipto, la travesía por el desierto y la llegada a la tierra prometida. En ese camino, el maná fue el signo del cuidado de Dios; pero aquella experiencia era apenas la sombra, el velado anuncio de algo mucho mayor:
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» (Juan 6,51)
Así comienza el pasaje del evangelio que leemos hoy. Jesús abre sus palabras con un “yo soy”, como los que encontramos a lo largo del Evangelio de Juan, en los que nos revela algo esencial de su identidad: yo soy el buen pastor, yo soy el camino, la verdad y la vida, yo soy la vid verdadera… Pero pensemos, por un momento, en lo que Jesús está diciendo. Dejémonos sorprender, como sus primeros escuchas, ante esas palabras: yo soy el pan; pan vivo; bajado del cielo… Con el mismo asombro de Israel ante el maná, podemos decir “¿qué es esto?”
«Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.» (Juan 6,58)
Ahí está la diferencia decisiva entre el maná y el pan que ofrece Jesús.
El maná sostuvo las fuerzas del pueblo mientras caminaba en el desierto. Sin embargo, muchos murieron en el camino y otros, ya en la tierra prometida. Jesús, en cambio, se ofrece a sí mismo como pan de vida eterna. No da simplemente algo; se da Él mismo para sostener nuestras fuerzas en nuestro peregrinar sobre la tierra.
Por eso, cuando Jesús habla de su carne y de su sangre, usa un lenguaje concreto, incluso desconcertante. Quiere dejar claro que se entrega verdaderamente como alimento:
Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. (Juan 6,53-56)
No solo “la carne”, sino también “la sangre”. El pan se ha desdoblado en comida y bebida. A los oyentes de Jesús, esas palabras les pueden sonar igual que a cualquier contemporáneo nuestro que no esté familiarizado con la Eucaristía… Por eso, Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» (Juan 6,52). Tenemos otra vez un misterio como el maná, pero mucho más grande. “¿Qué es esto?”
Para entender mejor, hace falta mirar el trasfondo de la religión del antiguo Israel. En ella, los sacrificios ocupaban un lugar central. Una persona, un grupo, el propio pueblo, acercaba una ofrenda viva, que era presentada a Dios por el sacerdote.
Dando muerte a la víctima, el sacerdote la hacía entrar en el ámbito de lo sagrado, de lo sacro, el ámbito de Dios: presentaba a Dios esa víctima, en nombre de los oferentes que pedían perdón por alguna falta, o suplicaban por alguna gracia especial.
La sangre era muy importante en el rito, porque era considerada el depósito de la vida, a partir de la experiencia de que un ser vivo que se desangra, muere.
Entonces, al nombrar por separado cuerpo y sangre, Jesús está hablando de un sacrificio, donde su sangre será separada del cuerpo, separada de la carne. Pero no habla del cuerpo de un cordero ajeno, sino del suyo propio. Él mismo es el Cordero de Dios; Él mismo se ofrece y Él mismo es el sacerdote. Sacerdote, víctima y altar: todo converge en su entrega. Recordemos la expresión que leíamos al principio: “mi carne para la vida del mundo”. Ese “para” significa “mi carne ofrecida en sacrificio para la vida del mundo”.
Jesús sacrificado para la vida del mundo; Jesús resucitado, vencedor de la muerte. Cada Misa vuelve a hacer presente la entrega de Jesús; vuelve a hacer presente entre nosotros su acto de amor y de ofrenda, por nosotros y por nuestra salvación. No se trata solo de recordar algo pasado, sino de entrar sacramentalmente en ese misterio vivo.
Esta comunión con Cristo, con su sacrificio en la cruz, no puede quedar encerrada en el templo. La comunión con el Señor resucitado nos compromete a nosotros, sus discípulos, a imitarlo, haciendo de nuestra vida, con nuestras actitudes, un pan partido para los demás, igual que Él partió el pan que es realmente su carne.
Nosotros también podemos hacernos pan en los comportamientos generosos hacia el prójimo. En ellos demostramos nuestra actitud de partir la vida para los demás, uniendo nuestra vida a la de Jesús para hacernos con Él y en Él, una ofrenda agradable al Padre.
En esta semana
- El Lunes 8, en la parroquia San Antonio de Las Piedras, tendremos una celebración en el marco del Jubileo Franciscano, con la bendición del nuevo altar y el testimonio de los Grupos Esperanza Viva de la Fazenda de la Esperanza.
- El Jueves 11, San Bernabé, apóstol.
- Viernes 12, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Gran fiesta en la comunidad de las Hermanas Salesas, en el Monasterio de la Visitación de María, en Progreso.
- El Sábado 13: Corazón Inmaculado de María. La comunidad claretiana está de fiesta en la parroquia de Progreso.
- El mismo día 13 (o el domingo 14), las parroquias y las capillas de nuestra diócesis dedicadas a San Antonio de Padua tendrán sus fiestas patronales en el marco del año jubilar Franciscano.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.