viernes, 19 de junio de 2026

“No teman”. (Mateo 10,26-33). XII Domingo durante el año.

El domingo pasado nos detuvimos en las conocidas palabras de Jesús: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Ese pasaje del evangelio de Mateo continuaba con el llamado y envío de los doce discípulos, con las siguientes instrucciones:

«No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente». (Mateo 10,5-8)

Con esas indicaciones, Jesús inicia lo que ha sido llamado “el discurso misionero”, que continúa hasta el fin del capítulo 10.

En el evangelio de hoy, de ese mismo capítulo, tres veces dice Jesús a sus discípulos: “no teman”.

El miedo, es verdad, tiene una función importante. Es la alarma, la reacción ante el peligro, que impide tomar decisiones equivocadas o realizar gestos imprudentes o tan temerarios que pueden costarnos la vida. Pero si la alarma se sale de control, como esas que cada tanto se suelen oír por un tiempo interminable, el miedo se convierte en un obstáculo que paraliza e impide realizar acciones tan valientes como necesarias. Y es ese miedo paralizante el que Jesús quiere remover.

En la primera de sus intervenciones, el Maestro dice:

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. (Mateo10,26-27)

Jesús está advirtiendo a sus discípulos que encontrarán oposición cuando proclamen el mensaje del Evangelio. Él ya ha encontrado resistencias al anunciar la Misericordia, al mostrar el rostro de Dios como Padre entrañable. Ahora, envía a los discípulos a llevar a todos ese mensaje. Esos hombres a los que los discípulos no deben temer son los que quieren silenciar la palabra de Dios. En el libro de los Hechos se nos narra la decisión del Sanedrín de prohibir a los apóstoles predicar el Evangelio de Jesucristo:

«A fin de evitar que la cosa se divulgue más entre el pueblo, debemos amenazarlos, para que de ahora en adelante no hablen de ese Nombre».
Los llamaron y les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra o enseñaran en el nombre de Jesús. (Hechos 4,17-18)

“No teman a los hombres”, había dicho Jesús; y los apóstoles recordaron esa enseñanza y no desistieron, sino que, desoyendo la prohibición, continuaron predicando abiertamente al pueblo. Volvamos a nuestro evangelio de hoy. Continúa diciendo Jesús:

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes que está en el cielo. También ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. (Mateo 10,28-31)

Jesús sigue diciendo “no teman”, ahora para alentar a sus discípulos ante persecuciones más drásticas; ya no es solamente una prohibición, unos azotes, una detención en el calabozo… ahora la amenaza viene de “los que matan el cuerpo”. Ese anuncio de Jesús se ha cumplido en toda época y lugar del mundo donde los cristianos encontraron un rechazo radical. Sin embargo ¡cuántos testimonios de fidelidad a Jesús y a su Palabra! Innumerables hombres y mujeres llegaron a dar su vida movidos por una fe extraordinaria,  comenzando por san Esteban, en los comienzos mismos de la evangelización y continuando con los mártires que ha habido y sigue habiendo a lo largo de los siglos. 

Año a año, las Obras Misionales Pontificias recogen los nombres e historias de misioneros y agentes pastorales que han muerto asesinados, no especialmente por haber realizado acciones extraordinarias sino por dar testimonio de Cristo en su vida cotidiana, incluso en contextos marcados por la violencia y los conflictos. El año pasado, fueron 17 los misioneros y misioneras (sacerdotes, religiosas, seminaristas y laicos) que dieron su vida por Cristo en África, Asia, América y aún en la vieja Europa cristiana.

Entonces, la advertencia sobre “los que matan el cuerpo” no es una figura literaria, sino una realidad que pronto enfrentaron los discípulos. Jesús exhorta a no temer, porque si el Padre consiente en que sus hijos caigan en tierra, no es porque su vida no tenga valor, sino -precisamente- para que encuentren junto a Él y en Él la plenitud de la vida que han buscado y anunciado. Por eso la conclusión: “no teman”, ustedes valen más que muchos pájaros. 

La última advertencia de Jesús llama al discípulo a una radicalidad y a una entrega totales:

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres. (Mateo 10,32-33)

La primera lectura, del libro de Jeremías, donde el profeta habla en primera persona, es un canto de confianza en Dios del profeta ultrajado y perseguido, acechado hasta por quienes parecían ser sus amigos más íntimos. Con plena confianza en aquel que lo ha llamado, el profeta manifiesta “el Señor está conmigo”. El salmo 68 también refleja esa confianza inquebrantable de quien ha sufrido por su fe pero no ha renegado de su Dios:

Que lo vean los humildes y se alegren,
que vivan los que buscan al Señor:
porque el Señor escucha a los pobres
y no desprecia a sus cautivos. (Salmo 68 [69],33-34)

El evangelio de hoy es una respuesta para aquellos que, como Jeremías, han sufrido persecución y han llegado a sentirse abandonados por Dios; pero que, sin embargo, han encontrado en Él su consolación más profunda, aún en medio de las más duras pruebas. Han sido reconocidos por Jesús ante el Padre del Cielo.

Pensando en una generación posterior de cristianos, que puede ser la nuestra, que no pasó por los momentos más difíciles de la persecución, el autor de la Carta a los Hebreos nos invita a fijar la mirada en Jesús, que soportó la cruz y está sentado a la derecha del Padre, porque, dice el autor: Después de todo, en la lucha contra el pecado, ustedes no han resistido todavía hasta derramar su sangre. (Hebreos 12,4)

P. Javier Galdona (QEPD)

El miércoles pasado falleció en Montevideo, de forma inesperada, el Padre Javier Galdona, con quien compartimos todos nuestros años de Seminario, desde el comienzo al final. Me uno en el dolor y la esperanza a su comunidad de Santa Elena y a los muchos grupos, movimientos e instituciones en las cuales el puso brazos, cabeza y corazón; pero, sobre todo, coherencia de vida y fidelidad al Evangelio.

En esta semana

Miércoles 24: Natividad de San Juan Bautista. Una fiesta muy querida, que en el hemisferio sur marca el comienzo del invierno, con sus hogueras que invitan a reunirse y a compartir historias… sin olvidar el origen de la fiesta, el nacimiento de ese niño que asombró a todos y les hizo preguntarse qué llegaría a ser. Fiesta de las parroquias de las localidades de San Bautista y Santa Lucía.

Sábado 27: Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una advocación unida a la congregación redentorista que en Roma custodia este hermoso ícono. Patrona de la parroquia de Barros Blancos y del colegio de Sauce.

Gracias, amigas y amigos por su atención; que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 


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