“Yo soy el pan vivo bajado del cielo” nos dice Jesús en el evangelio de este domingo, 7 de junio de 2026, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Comencemos nuestra reflexión recordando el camino de los Israelitas por el desierto, que nos narra el libro del Éxodo. El pueblo, liberado por Dios de la esclavitud en Egipto, se inquieta frente al largo y difícil trayecto que tiene por delante y su primera pregunta brota de la necesidad más básica: ¿qué vamos a comer?
Al evaporarse el rocío apareció sobre el desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: ¿Maná? es decir ¿qué es esto? Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que Yahveh les da por alimento”. (Éxodo 16,14-15)
El maná fue un signo para ese pueblo desconfiado y quejoso, que temía ser abandonado por Dios en el desierto. Sin embargo, allí estaba el Señor, presente, providente y misericordioso, sosteniéndolo con el alimento necesario.
Pero no nos entretengamos en eso. Quedémonos con la pregunta que expresa el asombro: “¿qué es esto?”, porque es una buena puerta de entrada al misterio de la Eucaristía.
La primera lectura de hoy, tomada del Deuteronomio, invita a hacer memoria de aquel camino en el desierto, donde Dios condujo a su pueblo entre serpientes y escorpiones, hizo brotar agua de la roca y lo alimentó con un don inesperado:
No olvides al Señor, tu Dios que (…) en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres. (Deuteronomio 8,15.16)
Israel no olvida y hace memoria celebrando la Pascua, la intervención liberadora de Dios: la salida de Egipto, la travesía por el desierto y la llegada a la tierra prometida. En ese camino, el maná fue el signo del cuidado de Dios; pero aquella experiencia era apenas la sombra, el velado anuncio de algo mucho mayor:
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» (Juan 6,51)
Así comienza el pasaje del evangelio que leemos hoy. Jesús abre sus palabras con un “yo soy”, como los que encontramos a lo largo del Evangelio de Juan, en los que nos revela algo esencial de su identidad: yo soy el buen pastor, yo soy el camino, la verdad y la vida, yo soy la vid verdadera… Pero pensemos, por un momento, en lo que Jesús está diciendo. Dejémonos sorprender, como sus primeros escuchas, ante esas palabras: yo soy el pan; pan vivo; bajado del cielo… Con el mismo asombro de Israel ante el maná, podemos decir “¿qué es esto?”
«Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.» (Juan 6,58)
Ahí está la diferencia decisiva entre el maná y el pan que ofrece Jesús.
El maná sostuvo las fuerzas del pueblo mientras caminaba en el desierto. Sin embargo, muchos murieron en el camino y otros, ya en la tierra prometida. Jesús, en cambio, se ofrece a sí mismo como pan de vida eterna. No da simplemente algo; se da Él mismo para sostener nuestras fuerzas en nuestro peregrinar sobre la tierra.
Por eso, cuando Jesús habla de su carne y de su sangre, usa un lenguaje concreto, incluso desconcertante. Quiere dejar claro que se entrega verdaderamente como alimento:
Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. (Juan 6,53-56)
No solo “la carne”, sino también “la sangre”. El pan se ha desdoblado en comida y bebida. A los oyentes de Jesús, esas palabras les pueden sonar igual que a cualquier contemporáneo nuestro que no esté familiarizado con la Eucaristía… Por eso, Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» (Juan 6,52). Tenemos otra vez un misterio como el maná, pero mucho más grande. “¿Qué es esto?”
Para entender mejor, hace falta mirar el trasfondo de la religión del antiguo Israel. En ella, los sacrificios ocupaban un lugar central. Una persona, un grupo, el propio pueblo, acercaba una ofrenda viva, que era presentada a Dios por el sacerdote.
Dando muerte a la víctima, el sacerdote la hacía entrar en el ámbito de lo sagrado, de lo sacro, el ámbito de Dios: presentaba a Dios esa víctima, en nombre de los oferentes que pedían perdón por alguna falta, o suplicaban por alguna gracia especial.
La sangre era muy importante en el rito, porque era considerada el depósito de la vida, a partir de la experiencia de que un ser vivo que se desangra, muere.
Entonces, al nombrar por separado cuerpo y sangre, Jesús está hablando de un sacrificio, donde su sangre será separada del cuerpo, separada de la carne. Pero no habla del cuerpo de un cordero ajeno, sino del suyo propio. Él mismo es el Cordero de Dios; Él mismo se ofrece y Él mismo es el sacerdote. Sacerdote, víctima y altar: todo converge en su entrega. Recordemos la expresión que leíamos al principio: “mi carne para la vida del mundo”. Ese “para” significa “mi carne ofrecida en sacrificio para la vida del mundo”.
Jesús sacrificado para la vida del mundo; Jesús resucitado, vencedor de la muerte. Cada Misa vuelve a hacer presente la entrega de Jesús; vuelve a hacer presente entre nosotros su acto de amor y de ofrenda, por nosotros y por nuestra salvación. No se trata solo de recordar algo pasado, sino de entrar sacramentalmente en ese misterio vivo.
Esta comunión con Cristo, con su sacrificio en la cruz, no puede quedar encerrada en el templo. La comunión con el Señor resucitado nos compromete a nosotros, sus discípulos, a imitarlo, haciendo de nuestra vida, con nuestras actitudes, un pan partido para los demás, igual que Él partió el pan que es realmente su carne.
Nosotros también podemos hacernos pan en los comportamientos generosos hacia el prójimo. En ellos demostramos nuestra actitud de partir la vida para los demás, uniendo nuestra vida a la de Jesús para hacernos con Él y en Él, una ofrenda agradable al Padre.
En esta semana
- El Lunes 8, en la parroquia San Antonio de Las Piedras, tendremos una celebración en el marco del Jubileo Franciscano, con la bendición del nuevo altar y el testimonio de los Grupos Esperanza Viva de la Fazenda de la Esperanza.
- El Jueves 11, San Bernabé, apóstol.
- Viernes 12, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Gran fiesta en la comunidad de las Hermanas Salesas, en el Monasterio de la Visitación de María, en Progreso.
- El Sábado 13: Corazón Inmaculado de María. La comunidad claretiana está de fiesta en la parroquia de Progreso.
- El mismo día 13 (o el domingo 14), las parroquias y las capillas de nuestra diócesis dedicadas a San Antonio de Padua tendrán sus fiestas patronales en el marco del año jubilar Franciscano.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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