jueves, 23 de julio de 2026

UN TESORO ESCONDIDO. (Mateo 13,44-52). Domingo XVII durante el año.

Este domingo la Iglesia celebra la VI jornada mundial de los abuelos y de las personas mayores, coincidiendo con la memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María. Por ese motivo, el Papa León XIV ha entregado un mensaje que tiene como título 

“Yo no te olvidaré” (Isaías 49,15), 

una promesa de Dios que nos transmite el profeta Isaías. Esta celebración, dice el Papa, 

“es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios.”

El evangelio de hoy nos presenta el Reino de Dios como una realidad a descubrir. En esta Jornada de los mayores, esa imagen adquiere una resonancia particular: también la ancianidad puede ser un campo donde Dios esconde un tesoro, una etapa en la que la memoria, la fe y la esperanza revelan de nuevo la cercanía del Reino. 

Pero ese descubrimiento puede llegar para cada persona en cualquier etapa de la vida y bajo muy distintas circunstancias. El camino por el que alguien llega a Dios es el de su propia vida, el de su experiencia personal… y eso hace que ese camino sea único, aunque lleguemos a compartir con otros la misma fe.

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.» (Mateo 13,44)

La persona que encontró el tesoro escondido no lo estaba buscando: simplemente, apareció allí, inesperadamente, como por azar. No era del todo raro que algo así sucediera, aunque no fuera frecuente. Más de una vez los arqueólogos han encontrado los llamados “tesorillos”: monedas metidas dentro de una vasija y enterradas en un lugar seguro, a salvo de ladrones y saqueadores. Seguramente recordamos la expresión de san Pablo: 

“llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Corintios 4,7), 

entendiendo por el vaso de barro la imagen de nuestra naturaleza humana en su fragilidad… pero la comparación está tomada de esa práctica de guardar en recipientes de barro el tesoro de la casa.

En todo caso, quien ha encontrado el tesoro en el campo se ha dado cuenta del valor de lo que acaba de descubrir por accidente. También comprende que ese hallazgo no es mera coincidencia; en cierta forma, estaba destinado para él. 

Aquí el hombre podría haber hecho algo muy sencillo para quedarse con su hallazgo: volver en un momento en que estuviera seguro de no ser visto, sacarlo del lugar escondido y llevárselo. Pero el tesoro está en un campo; está envuelto en una realidad más grande que el tesoro mismo. 

Es así como el hombre decide comprar el campo, para lo cual vende todo lo que tiene. De ese modo, tomará legítima posesión del tesoro. Si el tesoro es el Reino ¿Qué es, entonces, el campo? Es un espacio que se hace valioso en la medida que contiene el tesoro, de modo que campo y tesoro se hacen inseparables. El campo puede ser la propia experiencia vital… o puede ser la comunidad cristiana, la Iglesia… en fin, el campo es el lugar donde Jesucristo, el tesoro, se nos hace presente.

«El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.» (Mateo 13,45-46)

Aquí nos encontramos con una historia diferente. Si el hombre del tesoro lo encontró por accidente, aquí, en cambio, estamos ante alguien que conoce y que busca. Se dedica a ello, en el mercado de las perlas. Es un negociante: compra perlas finas y las vende; evidentemente, para obtener una ganancia... pero esta perla de gran valor es de una calidad excepcional. Ya no se trata de seguir el ciclo: comprar, vender y ganar. Esta perla vale más que cualquier otra y por ella vale la pena desprenderse de todo lo que se tiene, para poder adquirirla y no desprenderse de ella.

«El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.» (Mateo 13,47-48)

Esta última parábola tiene su explicación, que es la referencia al juicio de Dios, concluyendo de esta manera: 

«Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el fuego ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mateo 13,49-50)

Dicho esto, la parábola en sí tiene algo en común con las anteriores: discernimiento y renuncia. Discernimiento para ver lo que realmente vale; renuncia para desapegarse de lo que no sirve. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús nos habla de renunciar: no solo a los propios bienes (Lucas 14,33), sino incluso a la propia vida (Marcos 8,35 – Mateo 16,25). Pero no se trata de hacerlo porque sí. Esa renuncia tiene sentido si es el resultado de una elección, de una opción por Jesús y por su Reino, por la plenitud de vida que encontramos allí.

Poco importa la forma en que hemos descubierto el tesoro del Evangelio. Ese tesoro será el fundamento de nuestra felicidad auténtica si tenemos el valor de “pagar el precio”, deshaciéndonos de todo lo que en nuestra vida sea incompatible con el seguimiento de Jesús. Ya seamos como el agricultor, el mercader o el pescador, necesitaremos poder apreciar y reconocer el valor de lo que hemos llegado a descubrir, a encontrar o a sacar con la red, con respecto a lo que hasta ahora hemos considerado valioso.

Para poder discernir correctamente, vayamos a la primera lectura y hagamos nuestra la oración de Salomón, pidiendo la sabiduría, a lo que Dios responde:

«… has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud; yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente…» (1 Reyes 3,11-12)

Pidamos, entonces, un corazón atento y decidido, que en cada etapa de la vida sea capaz de reconocer el tesoro cuando Dios lo pone en nuestro camino, de elegirlo con alegría y de llevarlo a nuestro actuar, sin demora. 

Que la Gracia de Dios nos anime a vivir con sabiduría y esperanza, para que nuestra vida —en cualquier edad y circunstancia— anuncie la alegría de haber encontrado en Cristo el verdadero tesoro.

En esta semana

  • El miércoles 29 recordamos a los santos hermanos Marta, María y Lázaro, los amigos de Jesús que lo recibían en Betania.
  • El jueves 30, San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia.
  • El viernes 31, San Ignacio de Loyola, maestro de discernimiento.
  • Sábado 1 de agosto, San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, fundador de la congregación redentorista.
  • El próximo domingo, 2 de agosto, es la fiesta patronal de la parroquia Santa María de los Ángeles, ocasión para recibir indulgencia plenaria, en el marco del Jubileo Franciscano.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

No hay comentarios: