viernes, 30 de marzo de 2018

Al encuentro del Resucitado (Marcos 16,1-7) Domingo de Pascua





La película Coco, que ganó el Oscar a la mejor película animada, cuenta una historia de familia en el marco de la celebración del Día de Muertos, una fuerte tradición mexicana.

Miguel, un niño que quiere ser músico, al igual que uno de sus ancestros, se encuentra circunstancialmente en el mundo de los muertos. Un mundo que es como la prolongación del mundo de los vivos, con luces y sombras, bondades y maldades y conflictos que pueden -y acaso deben- todavía resolverse. En el relato aparecen muchos valores: el respeto a la familia, a los ancianos, la conexión entre generaciones y el recuerdo a los difuntos.

Pero aquí, el recuerdo a los difuntos es lo que los mantiene en la existencia: en el momento en que un muerto es olvidado por los suyos o no queda ya nadie en el mundo de los vivos que lo recuerde, el muerto desaparece totalmente. No aparece la posibilidad de una vida eterna feliz con Dios para siempre.

En la noche del sábado al domingo de Pascua se celebra cada año la Vigilia Pascual. Es la celebración más importante del año, porque en ella la comunidad hace memoria del acontecimiento que está en el centro de la fe cristiana: la resurrección de Cristo de entre los muertos después de haber padecido y muerto en la cruz.

Esta memoria no es un simple recuerdo: es celebrar a Cristo vivo y presente en la comunidad y en el mundo, con su fuerza de resucitado, entregando el Espíritu Santo. La vida de Cristo no depende de nuestro recuerdo: somos nosotros quienes recibimos vida al hacer memoria de Él, celebrando la Eucaristía.

El evangelio que se lee este año en la Vigilia está tomado de San Marcos y comienza con el relato de la visita de tres mujeres al sepulcro de Jesús:
Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.
Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»
Ha pasado el sábado, el día del reposo. El cuerpo de Jesús ha descansado en el sepulcro. Las tres mujeres que van a la tumba no pueden olvidar a Jesús. Son conscientes de que el cuerpo ha sido guardado apresuradamente, porque el descanso del sábado comienza al caer la noche del viernes, el día en que Jesús entregó su vida. Por eso no hubo tiempo de embalsamarlo. Ese es el proyecto al que las mueve su cariño: conservar ese cuerpo yaciente, sin vida. La entrada del sepulcro está sellada con una gran piedra… en el camino, ellas se dan cuenta de que no van a poder moverla. Pero sucedió algo inesperado.
al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.
Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto.
Jesús no está en el sepulcro. No hay que buscarlo en el mundo de los muertos. No es un difunto más a quien hay que llorar. Nunca podrá ser encontrado donde está lo muerto, lo extinguido, lo acabado. Ha resucitado, no está aquí. Está vivo para siempre.

Pero Marcos da otro giro a las palabras del joven. No, Jesús no está en el sepulcro, no hay que buscarlo allí… pero ¿dónde buscarlo?
Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho.»
Para ver a Jesús resucitado, los discípulos tienen que ir a Galilea. Galilea era conocida como la “Galilea de los gentiles” y eso no era precisamente un elogio. “Los gentiles” eran los miembros de las naciones paganas con las que tenía contacto aquella región fronteriza. Galilea era, como diría el Papa Francisco, una “periferia geográfica”, lejos de la capital, lejos del centro del poder, como nuestra diócesis fronteriza, con sus departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres. La ciudad de Galilea mencionada al comienzo del ministerio de Jesús es Cafarnaúm, en la orilla norte del mar de Galilea. De Jerusalén a Cafarnaúm hay 164 kilómetros, que se pueden recorrer caminando 35 horas. Tomando un razonable descanso luego de cada etapa, se necesitan 4 ó 5 días para llegar a pie desde Jerusalén a Galilea.

Las revueltas de Palestina contra el imperio romano se originaron en Galilea, como las revoluciones de 1897 y del 1904 comenzaron en lo que hoy es la Diócesis de Melo. De Galilea no se esperaba gran cosa. Pasajes del Evangelio de Juan nos hablan de eso: “¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?” (Juan 1,46); “¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?” (7,41) “Estudia y verás que de Galilea no sale ningún profeta” (7,52)

Sin embargo, a orillas del mar de Galilea comenzó la misión de Jesús. Allí anunció el cumplimiento de un tiempo, la cercanía del Reino de Dios y exhortó a convertirse y creer en el Evangelio. Allí llamó a los discípulos que, “dejándolo todo” lo siguieron. En Caná de Galilea realizó su primer signo. A partir del grupo de discípulos, se fue gestando la comunidad de seguidores de Jesús: la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Una comunidad que aprendió con Jesús a recibir a los pecadores, a perdonar, a aliviar el sufrimiento, a sanar las heridas del cuerpo y del alma y a despertar en todos la confianza en la insondable misericordia del Padre Dios.

Para los Once, volver a Galilea significaba volver al origen, al primer llamado; era claramente renovar su sí a Jesús. Volver a empezar.

Para quienes somos parte del pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres, esta tierra, estos dos departamentos son nuestra Galilea. No por ser una periferia geográfica, sino por ser también parte de las “periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”, como dice Francisco. Por estas calles, por estos caminos, por estos campos, camina también Jesús resucitado, buscando el encuentro con cada caminante…

Jesús camina delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos como discípulos. Volvamos a escuchar, con corazón sencillo y abierto, la Buena Noticia de Jesús como nos la presentan los Evangelios. La Buena Noticia del Reino de Dios, el Evangelio de la Misericordia. Volvamos a la comunidad. Volvamos a vivir esa experiencia de encontrarnos, de conocernos, de perdonarnos, de celebrar la presencia de Jesús, de ayudarnos: de amarnos.

Otra reflexión:



miércoles, 28 de marzo de 2018

“Tu Dios te ha ungido con óleo de alegría” (Sal 45,8). Homilía en la Misa Crismal.




Homilía del Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres, Uruguay), Mons. Heriberto Bodeant, en la Misa Crismal, 28 de marzo de 2018.
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.» (Lc 4, 18).
“Buena noticia”: eso es lo que significa la palabra “Evangelio”. Evangelizar es llevar una buena noticia, la buena noticia de Cristo Resucitado, y eso conlleva la alegría.
“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” 
nos recuerda Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium, “la alegría del Evangelio” (EG 1). ¿Cómo no alegrarnos con una buena noticia? No es necesaria la euforia ni el estruendo… muchas veces la alegría es serena, pacífica, luminosa.

Evangelii Gaudium vuelve varias veces sobre Evangelii Nuntiandi, “el anuncio del Evangelio”, la gran exhortación del beato papa Pablo VI. De ella recoge Francisco este párrafo en que nos invita a recobrar y acrecentar el fervor,
«la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo» (EN 80).
“La Iglesia existe para evangelizar”, decía Pablo VI en esa misma exhortación. Evangelizar es llevar el anuncio de la buena noticia de Jesús. Cuando nos proponemos cualquier actividad en la Iglesia, desde una peregrinación a una cartelera, desde una preparación a la confirmación a unas charlas de novios, desde el encuentro de una comunidad eclesial de base a una ultreya del Cursillo de Cristiandad, tenemos que preguntarnos cómo hacer para que esa actividad sea realmente evangelizadora, portadora de la “alegría del Evangelio”.

Recordemos también las palabras del hoy Papa emérito, Benedicto XVI: “la Iglesia no crece por proselitismo, sino por atracción”. No se trata de “atraer” a la gente ofreciéndoles algo que no sea Jesucristo, sino presentar el mensaje de Jesucristo de modo que sea realmente atrayente, porque lo sentimos atrayente para nosotros mismos, lo sentimos buena noticia y motivo de alegría para nosotros mismos ¿cómo podríamos, si no, hacer que fuera alegre y atrayente para otros?

Ahora bien ¿cómo podemos conjugar esta alegría con el sufrimiento que encontramos en nuestra vida, cuando nos toca sembrar entre lágrimas? Algunas personas tienen ese don y nos sorprenden con su testimonio de entereza ante grandes sufrimientos por los que han pasado o pasan en su vida. Esas personas pueden hacer suyas las palabras de san Pablo:
“¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros mismos alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios.” (2 Co 1,3-4).
Me gusta esa expresión… “repartiendo el ánimo que recibimos de Dios”. Jesús nos dice “den y se les dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante” (Lc 6,38) o sea, algo que podemos seguir repartiendo.

Pero si no hemos recibido ese don, si ese ánimo no aparece tan fácilmente en nuestra vida… ¿dónde encontramos la clave de la alegría?

El pasado domingo de Ramos escuchamos el relato de la pasión según san Marcos. Nos llegó con fuerza el grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”. El amor de Jesús llegó hasta el punto de experimentar por nosotros el más profundo de los abandonos. Desde allí él nos llama a salir de nuestro propio dolor para contemplar el suyo, dolor que viene de su entrega de amor.

Como todos los seres humanos, los cristianos encontramos en la vida cotidiana dolores, problemas, contrastes, infortunios… Como todos, cada uno de nosotros es tentado a centrarse en su propio dolor, a revolver su herida… pero como miembros de Cristo estamos llamados, como enseña San Pablo, como lo vivieron muchos santos, a completar en nuestra carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24), participando de la obra redentora de Cristo.

Así, recibiendo el dolor bajo esta luz, amando a Jesús abandonado en cada persona sufriente y abandonada que encontramos -o en nosotros mismos, que somos pecadores- encontramos una alegría profunda. No una alegría superficial, que viene de fuera, sino una alegría honda que nace desde dentro. En Jesús abandonado, paradójicamente- encontramos la llave de la alegría. En Él está el punto de encuentro entre la miseria humana y la redención. Encontramos la gloria, la luz, la resurrección, ya, en esta vida, como anticipo de lo que encontraremos en la Casa del Padre. Esta es la buena noticia, continuamente nueva, motivo estimulante, pero no ingenuo, de la alegría cristiana.

El santo crisma que va a ser consagrado para ser utilizado como materia del sacramento de la Confirmación y también en el Bautismo y en la ordenación sacerdotal; el óleo de los catecúmenos; el óleo para la unción de los enfermos: estos tres aceites, de distinta forma y en diferentes momentos, ungirán, hasta la próxima Misa Crismal, a muchos de nuestros diocesanos.

Tres aceites diferentes, pero de todos ellos y del efecto que producen en nosotros, se puede decir lo que reza el salmo:
“tu Dios te ha ungido con óleo de alegría” (Sal 45,8).
Que esa alegría toque profundamente a nuestro clero, al renovar las promesas de la ordenación presbiteral o diaconal y, con ellas, nuestro compromiso de llevar a todos la Buena Noticia de la salvación.

Que esa alegría toque a todos los bautizados, que hemos sido ungidos por el Señor para llevar a nuestros hermanos y hermanas la alegría del evangelio.

Que esa alegría, profunda, serena, toque a todos nuestros hermanos enfermos y sufrientes, para que ellos también puedan alentarnos a todos en nuestras luchas, repartiendo el ánimo que reciben de Dios. Así sea.

sábado, 24 de marzo de 2018

Beato Óscar Romero, obispo y mártir


El pasado 7 de marzo se publicó un decreto de la Congregación para la Causa de los Santos, la cual, con autorización del Papa Francisco, como es costumbre, reconoció dos milagros atribuidos a la intercesión de dos beatos.

Uno de esos beatos es el Papa Pablo VI, Giovanni Battista Montini, fallecido en 1978. El Papa Pablo VI fue quien llevó adelante la mayor parte del Concilio Vaticano II, iniciado por san Juan XXIII y nos dejó grandes mensajes sobre la vida humana, el progreso de los pueblos y el anuncio del Evangelio. El Papa Pablo VI fue muy cercano a Mons. Romero, a quien recibió, escuchó y animó a vivir su misión de pastor en medio de las difíciles circunstancias que se daban en El Salvador.

El otro beato es el propio Mons. Óscar Romero. Este reconocimiento de milagros abre el camino para la canonización de estos dos grandes hombres, que posiblemente se celebre el mismo día, en Roma, durante la asambela del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes y las vocaciones, convocado por el Papa Francisco.

A partir de ese día, nuestra capilla del barrio Cirilo Olivera, en la ciudad de Río Branco pasará a llamarse oficialmente “San Óscar Romero y mártires latinoamericanos” … pero recordemos que ya hay pintadas sobre la pared unas letras que dicen “SAN ROMERO”.

Mañana es Domingo de Ramos y comienza la Semana Santa. Vamos a leer durante la Misa la pasión según san Marcos.

Cada evangelista pinta la pasión con su propio pincel, eligiendo una gama de colores… en San Juan resplandece la divinidad de Jesús: “Tú no tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado desde lo alto”, le dice Jesús a Pilatos. En Lucas, sobresale la misericordia: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Mateo sigue fielmente a Marcos, pero suavizando el relato del evangelio que vamos a escuchar mañana, donde Jesús es abandonado y escarnecido, sin atenuantes.

El 8 de abril de 1978, Mons. Romero celebró la Misa del Domingo de Ramos, comentando la pasión según san Marcos y, antes, la entrada de Jesús en Jerusalén.

Mons. Romero contemplaba a aquel pueblo de la ciudad santa que había salido a recibir a Jesús “un pueblo que había perdido su unidad, su independencia. Un pueblo pobre y con una religiosidad que se había falseado”, pero en el que quedaba un resto fiel: “En ese "resto" -decía Mons. Romero- está la salvación que Dios trae, porque de allí procede el Hijo de David que hoy es aclamado: ¡Bendito el que viene! ¡Hosanna al Hijo de David!”.

Pero Mons. Romero veía en aquel pueblo lleno de ilusión, a su propio pueblo salvadoreño: “Hoy, aquí, somos los salvadoreños con nuestra propia historia…”

Y en esa historia, Mons. Romero pinta el sufrimiento de su pueblo; con cifras, pero también con nombre y apellido, nombrando víctimas de la pobreza, el hambre, la violencia, el asesinato, el secuestro.

Pero en medio de esa tragedia, siempre la esperanza:
“salimos al encuentro, queridos hermanos, a decir: ¡Bendito el que viene!, porque sabemos que la redención de los pueblos tiene que venir de Dios y esta es la invitación también de la Semana Santa. Oremos para que Dios no nos niegue sus fuerzas liberadoras que trajo en Cristo Jesús. Cristo es Dios que viene. Cristo es el Redentor que trae la libertad y la dignidad que hemos perdido. Cristo viene y es este gesto de la liturgia de esta mañana: salirle al encuentro, estar aquí para esperarlo. Cumplir el deber de escuchar su palabra, es toda una esperanza”.
Después de extenderse sobre distintos aspectos de las lecturas, Mons. Romero concluyó su homilía con estas palabras:
“Les invitamos a todos. Tratamos de comprender a todos. Sepan comprendernos también a nosotros. Sepan comprender el lenguaje de la Iglesia, que en la Semana Santa es tan claro con un Cristo humillado hasta la cruz. Violento sí, pero para sí mismo, para dar su vida por los demás y no para quitarla a los demás. Un Cristo que se entrega nos hace reflexionar el verdadero camino de salida de este callejón de la patria: no puede ser otro más que el amor de Cristo, salvación del mundo.
Imitémoslo, queridos hermanos, y que este Domingo de Ramos, entre las palmas que se agitan por el triunfo de Cristo entrando a San Salvador, sea todo un poema de esperanza de que El Salvador ha puesto en Cristo, toda su esperanza y le dice: en ti señor, hemos confiado y no quedaremos confundidos”.
Nuestro momento es otro, es otra historia, otro pueblo… pero uruguayos y salvadoreños de hoy, y cada pueblo de América Latina y del mundo, sigue necesitando esperanza y esa esperanza sigue estando en “el amor de Cristo, salvación del mundo”.

+ Heriberto

jueves, 22 de marzo de 2018

Jesús y el Centurión (Marcos 15,33-39) Domingo de Ramos







En el año 117, hace 1900 años, el Imperio Romano alcanzó su máxima extensión. El emperador Trajano reinaba sobre unos 88 millones de habitantes, en una superficie de 6.500.000 km2, que abarcaba zonas de Europa, Asia y África, alrededor del Mar Mediterráneo.

Gran parte de ese territorio fue conquistado por las legiones romanas, que lograron imponerse por medio de su organización, su disciplina, su estrategia militar y su armamento.

Dentro del ejército romano, la unidad principal era la centuria, formada por unos 80 soldados (no 100 como haría pensar el nombre). Al mando de cada centuria había un centurión, oficial que era elegido por sus cualidades de resistencia, temple y mando. Julio César elegía a sus centuriones basándose en el valor que mostraban en el campo de batalla. El centurión debía inspirar a los legionarios en el momento de la lucha contra el enemigo mostrándose como el más letal.

Hoy miramos al Domingo de Ramos, con el que comenzamos la Semana Santa. El evangelio que escuchamos este domingo es el relato de la pasión según san Marcos; allí un centurión del ejército romano tendrá un papel muy importante. Pero ya llegaremos allí.

Los cuatro evangelios nos relatan la Pasión de Jesús, es decir, el proceso por el cuál va pasando hasta su muerte en la Cruz. Cada uno de los evangelistas pinta el cuadro con sus propios colores, poniendo diferentes acentos. En San Juan resplandece la divinidad de Jesús; en Lucas, la misericordia. Mateo sigue muy fielmente a Marcos, pero en muchos detalles es más benevolente; porque Marcos nos muestra con mucha crudeza un Jesús escarnecido, sufriente, abandonado. Un Jesús muy, muy humano, pero que sin embargo, sin embargo… no, no nos adelantemos.

Jesús abandonado:

Al principio del evangelio, Jesús llama a sus primeros discípulos, que lo siguieron dejando sus redes y sus barcas.
Pero cuando Jesús es apresado, dice el Evangelio:
“todos lo abandonaron y huyeron. Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.”
Al principio, los discípulos habían dejado todo para seguir a Jesús. Ahora, lo abandonan y uno deja hasta la ropa con tal de escapar de la suerte de Jesús.

Pedro lo niega:
“se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.”
Jesús escarnecido:

En presencia del sumo sacerdote, después de condenarlo,
“algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: «¡Profetiza!» Y también los servidores le daban bofetadas.”
Ante Pilato, la multitud pide la muerte de Jesús
“Crucifícalo” “Crucifícalo”
Antes de crucificarlo, la guardia romana se burla de él:
“Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!» Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.”
Ya en la cruz,
“Los que pasaban lo insultaban”
“los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban”
“También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.”

Y finalmente llegó la hora:
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz:
«Eloi, Eloi, lamá sabactani.»
Que significa:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
La única palabra de Jesús en la cruz que nos da Marcos es ésta:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Es el comienzo del Salmo 22. Pero es ante todo el grito desgarrador con el que culmina la vida terrena de Jesús. En la cruz se siente abandonado no solo por los hombres, sino también por su Padre celestial: un misterio más profundo que el abismo más hondo; una realidad tan inaudita, que durante siglos la cristiandad dejó como olvidada. Hubo una mujer creyente que escuchó en su corazón ese grito: Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, que hizo de Jesús abandonado una de las claves de su vida espiritual.

Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
En esa pregunta se pueden reconocer los interrogantes, las ansias y los dramas de todos los tiempos. Ese grito abre un espacio ilimitado, invita al encuentro.
Es el grito del Hombre-Dios que se hizo radicalmente pobre para estar al alcance de todos y hacerse hermano de cualquiera. Con ello abre un diálogo que no excluye a nadie, a partir de lo que es más humano: la experiencia de la limitación, del sufrimiento, del dolor.
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó:
«¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!»
Y aquí llegamos a nuestro centurión. Un hombre acostumbrado al combate. Familiarizado con la muerte. Un hombre que ha matado enemigos con sus manos y ha visto caer muertos a su lado compañeros y amigos. Un hombre que ha visto centenares de crucificados, como aquellos dos mil galileos que hizo crucificar Pilatos. Este es el hombre que ha podido leer en el grito de Jesús y en su forma de morir, la respuesta al misterio de ese hombre de Galilea: “verdaderamente, este era el Hijo de Dios”.

Ese guerrero curtido, abrió sus ojos y su corazón a la fe, para descubrir y proclamar con su grito el amor de Dios manifestado en Jesús crucificado, el Hijo de Dios.

miércoles, 14 de marzo de 2018

V Domingo de Cuaresma. Pondré mi Ley en sus corazones (Jeremías 31, 31-34)





No me acuerdo bien cuando fue que aprendí lo que significa simetría. Puede haber sido en la escuela, cuando nos enseñaban geometría y nos hacían notar que había figuras simétricas. Una figura que, si la doblamos por un eje quedan dos partes iguales.

Después, en el Liceo, en clase de dibujo hacíamos decoraciones con esas figuras simétricas. Tiene simetría algo que está equilibrado, como la balanza del escudo, con sus dos platos.
Leonardo Da Vinci hizo un famoso dibujo del cuerpo del hombre, donde puede verse la simetría del cuerpo.

Hace algunos años, aprendí otro concepto… creo que lo oí por primera vez en 2002, en aquel año de crisis: la asimetría.

Se habla de asimetría en muy distintos campos de la vida humana: asimetría de la información, asimetría de la economía, del comercio, del poder… con esto se quiere decir que hay relaciones que no se emparejan. Cuando alguien que vende no tiene la misma información que el que compra, hay una asimetría. Nombre elegante para decir que el que sabe que el auto que me vende está casi fundido, a pesar de que la carrocería está impecable, me está embromando… un ejemplo de la asimetría de la información.

Somos un país chico, y eso nos pone en situación de tener relaciones asimétricas que jueguen en contra de nosotros. Pero eso no es fatal. La asimetría se puede compensar. No es una cuestión de tamaño; hay otras cosas que juegan.

Ahora, si estas relaciones asimétricas se dan entre los seres humanos ¿podemos imaginarnos una situación más asimétrica que la que puede haber entre Dios y el hombre?

Dios allá arriba, en el Cielo. Dios omnipotente, todopoderoso… Dios que puede dar y quitar la vida. Que puede crear y que puede destruir… ¿cómo es posible vivir con Dios una relación que no sea “asimétrica”?

Sin embargo, el proyecto de Dios es extraño. Es interesante. No nos creó como marionetas que Él puede mover manejando los hilos desde arriba. Nos dio libertad. Ofreció al hombre su amor, pero espera su respuesta libre.

En los dos domingos anteriores hemos venido meditando sobre esto, precisamente: sobre la relación que Dios ha querido establecer con los hombres, y esta relación es una relación de Alianza.

Una alianza es un acuerdo entre dos partes, un contrato. Supone un compromiso de cada parte. Ese compromiso tiene algo de igualador, sobre todo si el más grande, el más poderoso, se compromete a hacer algo por el más chico. A pesar de su poder, el más grande ha aceptado hacer alianza y se ha comprometido a cumplir su palabra.

La alianza de Dios con su pueblo, como lo recordábamos hace poco, se resume en esta fórmula: “Yo seré su Dios – Ustedes serán mi pueblo”. Eso significa, en lo concreto, que Dios estará allí para intervenir en favor de su pueblo, para salvarlo; y el pueblo a su vez se compromete a cumplir una serie de mandamientos.

La historia fue mostrando que Dios se mantuvo siempre fiel a su alianza, pero el pueblo no. Dios mismo compara esa alianza con un matrimonio, en el que él es el esposo fiel que ha sido permanentemente engañado por una esposa infiel, la humanidad.

Hoy, tal vez la situación ha empeorado… ya no es un esposo engañado sino directamente rechazado por una parte de la humanidad que dice “no quiero saber nada contigo ni con tus mandamientos”. Que no quiere entrar en la alianza.

Pero Dios ha doblado su apuesta por esta humanidad que Él ha creado. Dios ve la dificultad del ser humano en permanecer fiel a la Alianza. La criatura es débil, es frágil. La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Jeremías, anuncia la forma en que Dios piensa poner remedio a esto:
Llegarán los días (…) en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron (…).
Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, (…) pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.
Pondré mi ley en sus corazones. Así piensa Dios que el pueblo podrá ser fiel a su Alianza. Pero para esto Dios inicia un proceso con algo que busca reducir aún más la asimetría: Dios se hace hombre. Dios Padre envía a su Hijo al mundo como hombre. No se trata de una simulación, de un holograma, de una realidad virtual. El Hijo no se disfraza de hombre; se hace carne, es decir, toma la naturaleza humana. Nace de una mujer, María. Así, desde el momento en que nace Jesús de Nazaret, la ley de Dios y la perfecta obediencia a esa Ley ya están en un corazón humano, el corazón de Jesús.

Pero el plan de Dios es escribir la ley en el corazón de cada persona. Esa es la misión del Espíritu Santo, persona divina que viene a habitar en el corazón de cada ser humano. Persona divina que entra en este mundo, que baja a los hombres como fruto de la Pascua de Jesús. Misterioso camino por el que Dios ha querido llegar al hombre.
Misterioso camino para sellar una nueva Alianza a través de la entrega de un hombre que es su propio Hijo. El viernes santo tiene que recordarnos siempre que Dios no nos crucifica, sino que permitió que nosotros crucificáramos a su Hijo, para que pudiéramos conocer hasta donde es capaz de llegar su amor por la humanidad.

Con el salmista podemos rezar:
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga.

martes, 13 de marzo de 2018

8 de marzo: Pensando en los acontecimientos de estos días. Una reflexión a la distancia.


Mons. Milton Tróccoli, obispo auxiliar de Montevideo, ha escrito esta reflexión a propósito de algunas cosas que se dieron durante la marcha del 8 de marzo en Montevideo.

Recuerdo que hace unos años me encontré con una persona adulta que, en su juventud, había tenido una mala experiencia con un sacerdote.
Ya habían pasado muchos años de aquel hecho, y el sacerdote, (desconocido para mí), había fallecido. El relato por supuesto me causó mucho dolor. Conmovido, lo que atiné a decirle fue que le pedía perdón en nombre de este sacerdote y de la Iglesia. Me respondió que no creía en el perdón. Y agregó: “pero como sé que para ustedes el perdón es importante, se lo doy”. Y me estrechó la mano.
Muchas veces ha venido a mi mente y a mi oración esta persona.
Hoy mirando lo sucedido con la Iglesia del Cordón, y con un poco de distancia (estoy en Bogotá), viendo las repercusiones en las redes sociales, me viene una pregunta: ¿desde dónde queremos responder?
¿Desde el lugar del enojo, de la rabia, de la indignación, (aún justificadas), o desde el lugar de la magnanimidad, del perdón gratuito, y del amor fraterno?.
Nos sentimos desorientados, insultados, y nos parece injusto.
Pero seguimos a un Crucificado, venimos de una familia de mártires que han dado su vida por el Evangelio, devolviendo bien por mal. Cada día buscamos el perdón, y queremos ser mensajeros de reconciliación. 
En una marcha donde hubo reivindicaciones de muy distinto calibre, pero con un sentimiento predominante de buscar la equidad y denunciar la violencia contra la mujer, un grupo de personas, de modo premeditado, (portando capuchas), atentó contra la fachada de una iglesia histórica. También se promovieron por las redes sociales, y se entonaron, cantos ofensivos contra la Iglesia y sus responsables.
Nada de esto es para aplaudir. Han sido hechos desafortunados, que no por ello opacan la importancia social y ciudadana que ha tenido esta marcha en nuestro país, y otros países del mundo.
Creo que como Iglesia no podemos responder desde el lugar de la rabia, de la bronca, del victimismo, o devolviendo más ira. Tenemos que situarnos en otro lugar. El del perdón, de la esperanza, del respeto y la defensa de toda vida humana, y el de ver esto como una oportunidad para dar testimonio del Evangelio.
El domingo pasado, en otra parroquia de Montevideo, entró durante la misa un hombre armado, persiguiendo a una mujer para robarle. Gracias a Dios el arma se trabó y los tiros no salieron, pero podía haber sido un desastre.
Hoy fue asesinada una mujer embarazada.
Estamos en una sociedad que recurre con más frecuencia a la violencia, y hay quienes la están sufriendo duramente. Creo que este es el foco de atención.
La cantidad de mujeres asesinadas por parejas o ex parejas, de homicidios y atentados contra la vida que son conocidos cada día, nos deben poner en otra sintonía.
Pienso que, como Iglesia, sin dejar de ser claros y dialogantes, tenemos que apostar a ser fermento de una cultura diferente. Y mostrar un estilo que tenga sabor a evangelio.
Considero que hay un camino largo que tenemos que recorrer. El de un compromiso firme por hacer más humana, más digna y respetada, la vida de quienes habitamos en este querido Uruguay.
Milton Troccoli

jueves, 8 de marzo de 2018

IV Domingo de Cuaresma: ¿Perteneces a este pueblo? (2 Crónicas 36, 14-16. 19-23)



Cada día, más de cien mil vuelos surcan el aire. Por ese medio, o en frágiles embarcaciones, en vehículos de ruedas… o a pie, diariamente millones de personas emprenden viajes por diferentes motivos: trabajo, familia, estudio, negocios, turismo… En el mundo hay 250 millones de migrantes. Muchos buscan mejores oportunidades que las que se presentan en su propia tierra.

A veces hay circunstancias que obligan a marcharse, dejando atrás seres queridos y una manera de vivir que ya no será posible recuperar. Hay más de 22 millones de refugiados. Huyen de la guerra o escapan de un régimen opresor… Los uruguayos conocimos el exilio. Hoy somos nosotros quienes recibimos a miles de venezolanos… cubanos, dominicanos, peruanos, bolivianos… gente que busca nuevas posibilidades de vida o respirar un aire de libertad.

La primera lectura de la Misa de este domingo, tomada del segundo libro de las Crónicas, relata un momento particular en la historia del Pueblo de Dios: el momento de volver desde el exilio.

El Pueblo con el que Dios había hecho alianza había roto sus compromisos. Dios, rico en misericordia (Efesios 2,4), no dejó de enviarles profetas que llamaban al Pueblo a volverse a Dios. Eso no ocurrió; al contrario, la infidelidad se profundizó. Las consecuencias llegaron. Ese Pueblo dividido, destruido por su propio egoísmo, por su propia maldad, fue invadido por el poderoso reino de los caldeos. Jerusalén fue arrasada. El templo destruido.

Los caldeos ejercían su dominio deslocalizando a los pueblos que conquistaban. El Pueblo de Dios fue llevado a Babilonia, la capital caldea. Allí languidecieron, llenos de nostalgia. Ni siquiera eran capaces de cantar, como recuerda el salmo:
¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera?. 
Y se juraban mantener el recuerdo de la patria perdida:
Si me olvidara de ti, Jerusalén,
que se paralice mi mano derecha.
Que la lengua se me pegue al paladar
si no me acordara de ti.
Pero los años pasaron y los recuerdos comenzaron a borrarse. La esperanza de un pronto regreso se diluyó. Sucedió como en un viejo poema sobre el exilio (Bertolt Brecht):
no te molestes en regar el arbolito del patio:
antes de que llegue a la altura del escalón,
alegre te habrás marchado de aquí.
Sin embargo, en la última estrofa, la misma voz dice:
mira el árbol que ha crecido en el rincón del patio
al que un día llevaste una jarra de agua.
Cuando se ha comenzado una nueva vida, volver significa un doble desgarramiento: el de partir y el de llegar para ver que ya no existe el lugar que habíamos dejado. Ya no es posible volver allí porque ha quedado en el pasado.

Así fue sucediendo con el Pueblo de Dios en Babilonia. Muchos siguieron ahondando su olvido: el olvido de su tierra, el olvido de Dios.

Pero un día, aquel reino llegó a su fin. Los caldeos fueron conquistados por los persas. La política de los nuevos conquistadores trajo un cambio: los pueblos podían volver a los lugares de donde habían sido arrancados.

El rey Ciro decretó que el Pueblo de Dios podía volver a su tierra. Más aún, le ayudaría a reconstruir su templo. Pero el decreto incluía unas palabras aún más sorprendentes:
Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo,
¡que el Señor, su Dios, lo acompañe y que suba...!
 Sorprendente, porque llama a una decisión personal. “Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo”.

Algunos ya no sienten esa pertenencia. Se quedarán en la nueva vida que han construido o a la que se han resignado. Quedarse es asimilarse, perderse entre la gente de diverso origen que habita el país nuevo. Es renunciar a la propia cultura, pero, sobre todo, renunciar a la propia fe. Renunciar a todo aquello que algún día dio sentido a sus vidas.

Volver, en cambio, es reconocerse como miembro de ese Pueblo de Dios. Volver es hacer valer la esperanza, la llama pequeña que nunca se apagó o, en algunos casos, encenderla de nuevo, encontrar la brasa todavía viva bajo las capas de ceniza fría…

Así, muchos miembros de aquel Pueblo volvieron a su tierra y emprendieron la reconstrucción del templo. Volvieron a escuchar la Sagrada Escritura, encontrada entre las ruinas… lloraron con honda emoción. No volvían al pasado. Empezaban de nuevo su vida, desde sus raíces.
Fueron pocos los que volvieron: la Biblia los llama “el pequeño resto”.

Cuando todo parece destruido, perdido, siempre queda algo que revive la esperanza.
Ese resto pequeño producirá nuevas raíces, nuevos frutos, porque a partir de esos pocos es que Dios hará su obra. A través de lo pequeño, lo frágil, lo mínimo, Dios manifiesta su fuerza de salvación.

Todo hombre o mujer que tiene un ideal en su corazón, más aún, quien tiene fe, vive de alguna forma en el exilio: no ha llegado a su Patria. No ha encontrado su querencia.
No es un alienado que niega la realidad en la que vive.
No es un fanático que la rechaza y quiere destruirla.
Simplemente es alguien que cree que el mundo y las personas que lo habitan pueden ser algo mejor y trabaja para ello; pero si es creyente sabe también que en este mundo está de paso, como peregrino, “en busca de una Patria” (Hebreos 11,14), confesándose extraño y forastero sobre la tierra (cf. Hebreos 11,13) aunque sin desentenderse de ella.

Peregrinar hacia la eternidad, hacia la Casa del Padre, hacia nuestra querencia definitiva es nuestra elección. “Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo…” Decisión personal. Respuesta a Dios que me llama a unirme a su Pueblo.

Moisés dijo al Pueblo de Dios:
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos…
Y agrega después:
El Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió.
(Cf. Deuteronomio 26,16-19)

Terminemos con las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy (Juan 3,16-17)
Sí, tanto amó Dios al mundo,
que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en Él no muera,
sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo
para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él.

viernes, 2 de marzo de 2018

Tercer Domingo de Cuaresma - Dios hace alianza con nosotros (Éxodo 20,1-17)





Cuando dos personas se casan, intercambian anillos que reciben el nombre de “alianzas”. Más aún, se hacen mutuas promesas de amor, respeto y fidelidad.
La ley civil define el matrimonio como un contrato, en el que se establecen deberes y derechos. Un contrato que se puede romper, como tantos de otro tipo, si no se está dispuesto a seguirlo cumpliendo… un contrato que hoy, en lo civil, se puede hacer entre personas del mismo sexo…

Jesús, en cambio, hizo del matrimonio un sacramento.
¡Palabra difícil de entender, aunque la hayamos oído tantas veces!
Un sacramento es un signo a través del cual se hace presente una realidad que escapa a nuestros sentidos.
Cada uno de los sacramentos hace presente a Jesucristo; es un encuentro con Él… el agua del bautismo hace presente su vida de resucitado, para que renazcamos en Cristo; el pan y el vino nos hacen presentes el cuerpo y la sangre de Cristo, para que nos alimentemos de él…
La pareja que forman un hombre y una mujer que “se casan en el Señor”, la pareja que se une en matrimonio cristiano, es convertida en signo del amor con que Cristo amó a la Iglesia -más aún, a la humanidad toda- y se entregó a sí mismo por ella. Cristo fue a la cruz por nosotros y por nuestra salvación.
La alianza celebrada entre ese hombre y esa mujer es hecha signo de la alianza entre Dios y los hombres, la nueva alianza sellada con la sangre de Cristo. Una alianza irrevocable. El sacramento del matrimonio asume también el contrato, la realidad humana hecha de compromiso, de deberes y derechos, de mutuas promesas de amor, respeto y fidelidad.

Todo esto lo tenemos que tener como un telón de fondo para comprender lo que nos presenta la primera lectura de este tercer domingo de cuaresma: los diez mandamientos. Es la ley de Dios. De ella dice el salmo 18:
“La ley del Señor es perfecta, reconforta el alma (…) los mandamientos del Señor son claros, iluminan los ojos.”

Los mandamientos son claros, pero no los entendemos bien, no captamos su significado más profundo, si no los ubicamos en su marco, que es el marco de la alianza de Dios con su pueblo.
Esta alianza se resume en una fórmula que se repite en distintos lugares de la Biblia:
“yo seré su Dios, ustedes serán mi pueblo” (cf. Éxodo 6,7; Jeremías 7,23).
“Yo seré su Dios” no significa que Dios se pone allí, delante de su Pueblo, sin hacer nada y les dice “yo soy Dios. Hagan lo que les digo”. “Yo seré su Dios” es el anuncio de que Dios va a intervenir en favor de su Pueblo. “Yo los sacaré de la esclavitud de Egipto”. “Yo los introduciré en la tierra que he jurado dar a Abraham, a Isaac y a Jacob”.

En esa alianza Dios ha tomado la iniciativa.
El Pueblo, esclavizado por los egipcios clamó a Dios, Dios escuchó su grito, envió a Moisés y así se inició su camino de liberación.
Al proponer la alianza, Dios recuerda lo que ya ha realizado: los rescató, los hizo salir, los liberó. Ese recuerdo implica que esa acción salvadora continuará en el futuro, cuando sea necesario: “yo seré su Dios, ustedes serán mi pueblo”.

Diciendo “Yo seré su Dios”, Dios se compromete con su Pueblo.
Ante la acción salvadora de Dios ¿qué puede hacer el Pueblo?
Dios presenta el compromiso que espera de su Pueblo: eso son los diez mandamientos.
¿Cuál es el Pueblo con el que Dios sella esta alianza? No olvidemos, es el pueblo de Israel. Dentro de ese Pueblo nace Jesús, el Hijo de Dios, quien abrirá esa alianza a toda la humanidad, como Nueva y Eterna Alianza.

Jesús, como manifiesta él mismo, no ha venido “a abolir la ley, sino a llevarla a su plenitud”.
En tiempos de Jesús había personas que buscaban cumplir perfectamente la Ley. No sólo los diez mandamientos, sino todos los preceptos y normas que se fueron agregando sobre distintos aspectos.
Estos hombres estaban seguros de hacerlo de forma irreprochable. Sin embargo, Jesús se enfrenta constantemente a ellos. Para Jesús, el cumplimiento de la Ley va por otro lado. No se trata solamente de hacer lo que está mandado y no hacer lo que está prohibido, sino cumplir la Ley desde el corazón. Lo vemos claramente en sus comentarios a algunos de los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, donde llama a una conversión profunda que erradique todo mal deseo del corazón.

Pero la clave de la mirada de Jesús sobre los mandamientos está expresada en su sentencia sobre el sábado: no fue el hombre hecho para el sábado sino el sábado para el hombre.
El foco de Dios al ofrecer la alianza a su pueblo y a extenderla después a toda la humanidad a través de su Hijo está puesto en el ser humano. La plenitud de la ley está en la plenitud de la vida humana. La Ley no es una jaula o un corral, que encierra a la persona en una normativa que lo fija en un sitio, sino más bien las vallas laterales del camino, las líneas que señalan la ruta, para que el ser humano no se desvíe y para que avance hacia la meta de una realización plena, que está en llegar a participar de la vida divina, llegar a participar de la eternidad de Dios. Porque lo que nos hace más humanos, como lo expresaba el Papa Pablo VI: es “la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.”

Rechazar la alianza y, por tanto, rechazar los mandamientos tiene consecuencias. No es necesario que Dios intervenga: sus leyes son principios básicos para la convivencia humana… cuando las dejamos de lado, pues, pasa lo que pasa…

Así como el sentido de la alianza matrimonial está dado por el amor, la alianza de Dios con los hombres solo se entiende en el marco de una relación de amor de Dios con la humanidad. Dios no impone su voluntad. Podría haberlo hecho. No lo hizo así. La nueva alianza se sella no con nuestra sangre, sino con la sangre de su Hijo. A pesar de todas nuestras maldades, Dios no crucifica a la humanidad: es la humanidad quien crucifica a su Hijo, el único inocente.
Entrar en la alianza es un acto de nuestra libertad, una respuesta al amor apasionado de Dios por sus creaturas, por nosotros.

Un amor “loco” … pero, como dice san Pablo en la segunda lectura de este domingo:
“la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres”.