viernes, 30 de marzo de 2018

Al encuentro del Resucitado (Marcos 16,1-7) Domingo de Pascua





La película Coco, que ganó el Oscar a la mejor película animada, cuenta una historia de familia en el marco de la celebración del Día de Muertos, una fuerte tradición mexicana.

Miguel, un niño que quiere ser músico, al igual que uno de sus ancestros, se encuentra circunstancialmente en el mundo de los muertos. Un mundo que es como la prolongación del mundo de los vivos, con luces y sombras, bondades y maldades y conflictos que pueden -y acaso deben- todavía resolverse. En el relato aparecen muchos valores: el respeto a la familia, a los ancianos, la conexión entre generaciones y el recuerdo a los difuntos.

Pero aquí, el recuerdo a los difuntos es lo que los mantiene en la existencia: en el momento en que un muerto es olvidado por los suyos o no queda ya nadie en el mundo de los vivos que lo recuerde, el muerto desaparece totalmente. No aparece la posibilidad de una vida eterna feliz con Dios para siempre.

En la noche del sábado al domingo de Pascua se celebra cada año la Vigilia Pascual. Es la celebración más importante del año, porque en ella la comunidad hace memoria del acontecimiento que está en el centro de la fe cristiana: la resurrección de Cristo de entre los muertos después de haber padecido y muerto en la cruz.

Esta memoria no es un simple recuerdo: es celebrar a Cristo vivo y presente en la comunidad y en el mundo, con su fuerza de resucitado, entregando el Espíritu Santo. La vida de Cristo no depende de nuestro recuerdo: somos nosotros quienes recibimos vida al hacer memoria de Él, celebrando la Eucaristía.

El evangelio que se lee este año en la Vigilia está tomado de San Marcos y comienza con el relato de la visita de tres mujeres al sepulcro de Jesús:
Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.
Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?»
Ha pasado el sábado, el día del reposo. El cuerpo de Jesús ha descansado en el sepulcro. Las tres mujeres que van a la tumba no pueden olvidar a Jesús. Son conscientes de que el cuerpo ha sido guardado apresuradamente, porque el descanso del sábado comienza al caer la noche del viernes, el día en que Jesús entregó su vida. Por eso no hubo tiempo de embalsamarlo. Ese es el proyecto al que las mueve su cariño: conservar ese cuerpo yaciente, sin vida. La entrada del sepulcro está sellada con una gran piedra… en el camino, ellas se dan cuenta de que no van a poder moverla. Pero sucedió algo inesperado.
al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.
Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto.
Jesús no está en el sepulcro. No hay que buscarlo en el mundo de los muertos. No es un difunto más a quien hay que llorar. Nunca podrá ser encontrado donde está lo muerto, lo extinguido, lo acabado. Ha resucitado, no está aquí. Está vivo para siempre.

Pero Marcos da otro giro a las palabras del joven. No, Jesús no está en el sepulcro, no hay que buscarlo allí… pero ¿dónde buscarlo?
Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho.»
Para ver a Jesús resucitado, los discípulos tienen que ir a Galilea. Galilea era conocida como la “Galilea de los gentiles” y eso no era precisamente un elogio. “Los gentiles” eran los miembros de las naciones paganas con las que tenía contacto aquella región fronteriza. Galilea era, como diría el Papa Francisco, una “periferia geográfica”, lejos de la capital, lejos del centro del poder, como nuestra diócesis fronteriza, con sus departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres. La ciudad de Galilea mencionada al comienzo del ministerio de Jesús es Cafarnaúm, en la orilla norte del mar de Galilea. De Jerusalén a Cafarnaúm hay 164 kilómetros, que se pueden recorrer caminando 35 horas. Tomando un razonable descanso luego de cada etapa, se necesitan 4 ó 5 días para llegar a pie desde Jerusalén a Galilea.

Las revueltas de Palestina contra el imperio romano se originaron en Galilea, como las revoluciones de 1897 y del 1904 comenzaron en lo que hoy es la Diócesis de Melo. De Galilea no se esperaba gran cosa. Pasajes del Evangelio de Juan nos hablan de eso: “¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?” (Juan 1,46); “¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?” (7,41) “Estudia y verás que de Galilea no sale ningún profeta” (7,52)

Sin embargo, a orillas del mar de Galilea comenzó la misión de Jesús. Allí anunció el cumplimiento de un tiempo, la cercanía del Reino de Dios y exhortó a convertirse y creer en el Evangelio. Allí llamó a los discípulos que, “dejándolo todo” lo siguieron. En Caná de Galilea realizó su primer signo. A partir del grupo de discípulos, se fue gestando la comunidad de seguidores de Jesús: la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Una comunidad que aprendió con Jesús a recibir a los pecadores, a perdonar, a aliviar el sufrimiento, a sanar las heridas del cuerpo y del alma y a despertar en todos la confianza en la insondable misericordia del Padre Dios.

Para los Once, volver a Galilea significaba volver al origen, al primer llamado; era claramente renovar su sí a Jesús. Volver a empezar.

Para quienes somos parte del pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres, esta tierra, estos dos departamentos son nuestra Galilea. No por ser una periferia geográfica, sino por ser también parte de las “periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”, como dice Francisco. Por estas calles, por estos caminos, por estos campos, camina también Jesús resucitado, buscando el encuentro con cada caminante…

Jesús camina delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos como discípulos. Volvamos a escuchar, con corazón sencillo y abierto, la Buena Noticia de Jesús como nos la presentan los Evangelios. La Buena Noticia del Reino de Dios, el Evangelio de la Misericordia. Volvamos a la comunidad. Volvamos a vivir esa experiencia de encontrarnos, de conocernos, de perdonarnos, de celebrar la presencia de Jesús, de ayudarnos: de amarnos.

Otra reflexión:



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