viernes, 3 de noviembre de 2017

"Haz lo que yo digo..." (Mateo 23,1-12)





"Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago".
Jesús hace notar la incoherencia, el afán de aparentar, de ser vistos, de agrandarse... y señala el camino del discípulo, en el que Él se puso adelante: "que el más grande entre ustedes se haga el servidor de todos".
Mi reflexión sobre el evangelio de Mateo (23,1-12) del domingo 5 de noviembre, XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo A.
Bendiciones.
+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay.


Tengo un amigo que siempre me recuerda que hay una sola oportunidad para dar una primera buena impresión…

Más aún, el primer contacto presencial con una persona empieza por la mirada, de modo que esa buena impresión comienza por cómo aparezco ante los ojos de los demás.

En los años 70 un profesor de Estados Unidos publicó dos libros, uno para hombres y otro para mujeres, sobre cómo vestirse para alcanzar el éxito. No leí los libros, pero uno puede darse cuenta de que sí, la forma en cómo va vestida una persona es uno de los aspectos que entra en la imagen que nos formamos de ella.

Pero también sabemos, como dice el refrán, que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”; es decir, que se puede adornar la realidad, pero el adorno no cambia lo esencial, que, como decía aquel entrañable Principito “es invisible a los ojos”.

En la Biblia hay dos indicaciones sobre la vestimenta que fueron tomadas muy en serio, incluso exageradamente, en tiempos de Jesús.

Una de ellas dice: “estas palabras que yo te mando hoy… [es Dios el que habla] serán como insignias ante tus ojos” (Deuteronomio 6,6.8). Este es el origen de las filacterias, unas cintas de cuero negro, en las que estaban escritos textos de la Palabra de Dios. Se llevaban en la frente, como una especie de vincha.

La otra indicación es: “hagan flecos en los bordes de sus vestidos, … y pongan en el fleco de cada borde un cordón azul (…) para que cuando lo vean se acuerden de todos los mandamientos del Señor” (Números 15:38-39).

Llevar esos adornos era un signo de que esa persona buscaba tener siempre presente la Ley de Dios. Muchos judíos piadosos lo hacían.

En el evangelio de este domingo encontramos palabras muy duras de Jesús hacia unos hombres que se preocupaban demasiado por esos detalles de su vestimenta. Estos personajes, dice Jesús “agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos”.
Fíjense que Jesús no les reprocha que lleven filacterias ni flecos, sino que los agranden.
Eso, porque la exageración es un síntoma de que lo que importa es la apariencia, el ser visto por los demás…

Esos hombres eran los fariseos. Hoy en día, decirle a alguien “fariseo” es insultante… es llamarlo “hipócrita”. Pero en los tiempos de Jesús “Fariseos” era el nombre que se daban a sí mismos los miembros de un importante movimiento religioso dentro del judaísmo. Un movimiento que incluso conseguía acercar a muchos no judíos a la fe en el Dios único.

Es curioso, pero cuando encontramos a Jesús enojado en el Evangelio -porque Jesús también se enojaba- lo encontramos particularmente enojado en su confrontación con los Fariseos. ¿Por qué? Porque el mensaje de los Fariseos no sólo era diferente al de Jesús, sino que en muchos aspectos era opuesto.

Para empezar, “fariseos” significa “separados”. ¿Separados de quién? Claramente separados de los pecadores, de aquellos que no cumplen la Ley de Dios …con respecto al sábado, con respecto a la pureza ritual y tantas otras. Los fariseos observan que Jesús “se sienta a la mesa con publicanos y pecadores”. O sea, no sólo no se separa de ellos, sino que come con ellos, algo que construye vínculos entre las personas… o ven que los discípulos de Jesús comen con las manos impuras, es decir sin lavarse antes; o que el mismo Jesús no respeta el Sábado, haciendo curaciones en el día del Reposo…

Por otra parte, Jesús señala como hipócritas a los fariseos y a todos los que hacen las obras indicadas por la Palabra de Dios delante de los hombres para ser vistos por ellos. “Todo lo hacen para que los vean”, dice Jesús. Y pone ejemplos:
  • dan limosna “trompeteando por delante… para ser honrados por los hombres”
  • “gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres”
  • “desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan” (cf Mt 6,1-18)
  • “les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas”
  • les gusta “ser saludados en las plazas y oírse llamar «mi maestro» por la gente” (cf Mt 23,1-12)
Jesús no tenía “asesor de imagen”. Lo que menos le preocupaba era la apariencia. Lo que le importaba realmente -y le sigue importando- es el corazón de las personas, su adhesión profunda al Padre Dios.

En las indicaciones que dan lugar a las filacterias y a los flecos, se dice también algo muy importante:
  • “Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy” (Dt 6,6)
  • “que ustedes así (…) se acuerden de todos los mandamientos del Señor” (Nm 15.39)
No bastan esos signos externos de llevar consigo los mandamientos o algo que los recuerde.
Es necesario cumplirlos y cumplirlos de corazón.

Por eso las otras palabras duras de Jesús que escuchamos este domingo:
“Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.”
Es lo que irónicamente traduce el refrán popular: “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.

Claro, podríamos pensar que esto se lo decía Jesús a los fariseos, que esto ya no es un problema de nuestro tiempo… ¿o sí? ¿no tenemos hoy otra forma de agrandar filacterias y flecos, es decir, de vivir en la pura apariencia, de pretender siempre ser “el más grande” (o “la más grande”) en fin, de ser unos “agrandados”.

Jesús nos da su respuesta:
“Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros”.
Ése es el camino que Él tomó, el camino por el que nos invita a seguirlo.

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