miércoles, 25 de octubre de 2017

Lo que importa es amar (Mateo 22,34-40)





Como a ti mismo: Amar al prójimo.
Lo que importa es amar: Seremos juzgados en el amor.
Reflexión de Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay, sobre el Evangelio correspondiente al Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Mateo 22,34-40.
Con pasajes tomados del libro Cartas del desierto de Carlo Carretto.

Aquella tarde había notado que el viejo Kadá temblaba de frío. Parece extraño hablar de frío en el desierto y sin embargo era así; tanto que la definición del Sáhara es la siguiente: “país frío donde hace mucho calor cuando hay sol”. Pero el sol se había puesto y Kadá tiritaba.
Me sentí impulsado a darle una de las dos frazadas que llevaba conmigo, pero alejé de buena gana esa idea. Pensaba en la noche y sabía que también yo habría tiritado de frío.
Aquel poco de caridad que había en mí volvió a asaltarme, haciéndome notar que mi piel no valía más que la suya y que haría bien en darle una de las frazadas y que aunque hubiera de tiritar, era justo hacerlo por un hermano.
Cuando me puse de nuevo en camino las dos frazadas estaban todavía en mi jeep; y ahora estaban allí ante mis ojos y me molestaban.
Me acosté y soñé que dormía bajo una gran roca y que de pronto… el peñasco se me venía encima. Me encontré muerto… pero estaba vivo, con el cuerpo aplastado bajo el peñasco. Me extrañaba que no me doliera ningún hueso: sólo estaba inmóvil. Abrí los ojos y vi a Kadá, que tiritaba de frío ante mí.
Entonces ya no dudé en darle la frazada, que estaba muy cerca de mí, a un metro de distancia… pero el peñasco que me había aplastado me impedía el más mínimo movimiento. Comprendí que aquello era el purgatorio y que el sufrimiento de mi alma era “no poder hacer ya lo que antes se podía y se debería haber hecho”. ¡Cuántos años quizás tendría que ver aquella frazada junto a mí, en aquella molesta posición, para recordarme mi egoísmo y por tanto mi inmadurez para entrar en el Reino del Amor!
Traté de pensar cuánto tiempo estaría bajo la gran roca… La respuesta me la sugirió el Catecismo: “¡Hasta que seas capaz de un acto de amor perfecto!”. En aquel momento no me sentía capaz.
El acto de amor perfecto es el acto de Jesús que sube al Calvario para morir por todos nosotros.
A mí, miembro del Cuerpo de Cristo, se me preguntaba si había llegado a tal madurez de amor que deseara seguir a mi maestro al Calvario para la salvación de mis hermanos.
La presencia de la frazada que le había negado a mi hermano me decía que todavía tenía mucho camino por recorrer. Si fui capaz de ver a un hermano temblando de frío y seguir adelante ¿cómo habría sido capaz de morir por él a imitación de Jesús que murió por todos?
Entonces comprendí que estaba perdido; y que si no interviniera Alguien para ayudarme, pasaría miles y miles de años sin poderme mover.
Esto fue algo más que un sueño. Ese lugar del desierto sigue siendo mi lugar del Purgatorio.
La gran roca me sigue diciendo: “ustedes serán juzgados en el amor”.
Ya no puedo ni quiero engañarme. La realidad es que no he sido capaz de dar mi frazada a Kadá por miedo a la noche fría; lo que significa que amo más mi piel que la de mi hermano, mientras que el mandamiento de Dios me dice: “ama la vida de los demás como la tuya”.
Esto cuenta en su libro Cartas del Desierto Carlo Carretto, religioso de los Hermanitos del Evangelio, fundados por Charles de Foucauld.
Esta experiencia suya nos prepara para escuchar de otro modo el Evangelio de este domingo:
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
Amar a Dios sobre todas las cosas. Amar al prójimo como a sí mismo. Allí está lo esencial. Seremos juzgados en el amor.
Pero Jesús está citando el Antiguo Testamento (Deuteronomio 6,5).
Jesús va a llevar este mandamiento todavía más lejos:
“¡Ámense unos a otros como yo los he amado!” (Juan 13,34).
Ya no se trata solo de compartir mi frazada o mi plato de comida: Jesús ha amado hasta dar la vida. Ha amado hasta morir por todos.
Y nos dice todavía Carlo Carretto:
“El acto de amor perfecto consiste en estar dispuesto a hacer lo que hizo Jesús: es decir, a dar la vida: por mí, por ti, por todos. Visto así, el Cielo es el lugar donde cada uno de los presentes debe estar tan “maduro en el amor” que sea capaz de ofrecer su vida por todos los demás.”
¿quién está dispuesto a eso? ¿quién puede hacer eso?
Esa es la obra de Dios. Que yo, que tú, que cada una de las pequeñas criaturas humanas que somos, llegue a transformarse para participar de la vida de Dios.
Y sigue diciendo Carretto:
“Lo que me transforma es la caridad, el amor que Dios ha infundido en mi ser.
El amor me transforma lentamente en Dios.
El pecado está precisamente aquí: en resistir a esa transformación, en saber y poder decir ‘no’ al amor.
Vivir en nuestro egoísmo significa detenerse en el estado actual e impedir la transformación en la caridad divina.
El haber resistido al amor, el no haber sido capaz de aceptar el llamado de semejante amor que me había dicho ‘dale la frazada a tu hermano’ es tan grave que crea, entre Dios y yo, la puerta de mi purgatorio.”
En nuestras iglesias tenemos la imagen de Jesús crucificado. Muchos la llevamos colgada al cuello. Volvamos a mirarlo en la cruz. Escuchemos desde la cruz su Palabra: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… amarás a tu prójimo como a ti mismo… ámense unos a otros como yo los he amado”. La cruz es el signo del amor con que Jesús nos amó: nos amó hasta el extremo. Seremos juzgados en el amor. Que contemplándolo a Él, abramos nuestro corazón a su amor, para amar cada día un poco más.

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