jueves, 19 de octubre de 2017

Dios y el César (Mateo 22,15-21)




“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Esta es una de las frases más repetidas de Jesús. La conoce mucha gente que no suele leer el Evangelio. Se la interpreta de muchas maneras, a veces según distintos intereses…

Jesús dice esto como respuesta a una pregunta tramposa que le han hecho. Veamos cómo lo cuenta el Evangelio:
Los fariseos se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Le enviaron a varios de sus discípulos con unos partidarios del rey Herodes, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»
Aquí está la trampa: ¿está permitido -para un judío, se entiende- pagar el impuesto al César?

En el Imperio Romano se pagaban varios impuestos. Había tributos sobre la propiedad, sobre los artículos importados o exportados, sobre la renta y, además, un impuesto personal, que pagaban los habitantes de cada una las provincias romanas, el tributum capitis, el tributo por cabeza. Se cobraba un denario, lo equivalente a un jornal.

Mucha gente se oponía al impuesto por distintas razones. Un grupo claramente opositor era el de los zelotes, que estaban en lucha armada contra Roma. (Uno de los discípulos de Jesús había pertenecido a este grupo).

Otra gente estaba a favor del impuesto. Estaban dentro del sistema. Aquí contamos a los partidarios del rey Herodes, que era un reyezuelo al servicio del César, los que le hacen esa pregunta a Jesús.

Entonces… Si Jesús responde que no, se pone contra el César, y ahí están los Herodianos, prontos para acusarlo… pero si Jesús responde que sí, el pueblo que lo escucha con atención quedará, por lo menos, decepcionado. El impuesto era muy resistido. ¿Cómo responde Jesús?
Jesús, conociendo su malicia, les dijo:
«Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».
Ellos le presentaron un denario.
Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César».
Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».
Algunos pueden tomar estas palabras como una respuesta astuta, para zafar de la trampa. Pero hay mucho más que eso. Vamos a ver algunos datos que nos ayudan a entender mejor la respuesta de Jesús.

Primero ¿quién era el César en tiempos de Jesús? Y, muy importante ¿Era, acaso, alguien que se consideraba un dios? ¿Cómo era la religión de los antiguos romanos?

El evangelista Lucas nos dice que Juan el Bautista comenzó a predicar “en el décimo quinto año del imperio de Tiberio César”. Tiberio fue el segundo césar o emperador romano. El año que menciona Lucas corresponde al año 29 de nuestra era. La predicación de Juan y los años de la vida pública de Jesús, así como su crucifixión se ubican bajo el reinado de Tiberio.

En la antigua Roma había una religión del hogar, en la que se daba culto a dioses domésticos y a los antepasados de esa familia. Había también un culto público, con una gran cantidad de templos y estatuas de dioses: Júpiter, Juno, Neptuno, Minerva, Marte... Cuando Roma se convirtió en imperio, a eso se sumó el culto al emperador.

Una vez que fallecía el emperador, su sucesor hacía una ceremonia llamada apoteosis, que inscribía al emperador muerto entre los dioses, iniciando así su culto oficial. Sin embargo, tanto Augusto como Tiberio tuvieron sus templos construidos en vida, preparando el culto que se les daría después de su muerte; o sea, ya en vida hay como una divinización del Emperador.

“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” separa al César y a Dios. No son lo mismo. Y no están al mismo nivel.

El denario tiene la imagen del César: le pertenece a él. El ciudadano debe pagar sus impuestos. Es una contribución al bien común. Al mismo tiempo, hoy, en democracia, tenemos el derecho de ver que esa contribución que todos hacemos sea bien empleada, que el Estado y sus funcionarios presenten sus cuentas claramente, que los fondos públicos sean utilizados para su fin y que ese fin sea realmente de bien común. San Pablo, en su carta a los Romanos (13,7) habla de los impuestos y dice algo parecido a lo que dice Jesús: “Den a cada cual lo que se debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.” Pero en esa carta Pablo subraya sobre todo la soberanía de Dios, lo mismo que hace Jesús.

El César puede reclamar el pago de impuestos, como lo hace hoy el Estado. Pero, hay algo que no corresponde al César, y es pretender ocupar el lugar de Dios. Por eso, “a Dios lo que es de Dios”. Así como el César ha hecho estampar su imagen en la moneda del imperio, Dios ha dejado su imagen en cada persona humana, creada “a su imagen y semejanza”

Así lo explica San Agustín:
“Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (…) Del mismo modo que se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… En efecto, Cristo habita en el interior del hombre”.
“A Dios lo que es de Dios” es lo que tiene que escucharse con más fuerza en la respuesta de Jesús. El denario es del César, pero ustedes, todos ustedes, le pertenecen a Dios. La moneda lleva impresa la imagen del emperador, pero ustedes llevan la imagen de Dios en su ser más profundo. Cada ser humano lleva impresa la imagen de Dios en su corazón. Cada uno de nosotros le pertenece a Él.

En una moneda vieja, la imagen y la inscripción se pueden haber ido borrando, hasta hacerse casi irreconocibles. En el ser humano, sobre todo si se ha apartado mucho de Dios, la imagen de Dios que hay en él puede quedar muy desdibujada, casi invisible… pero nunca se borra. Tratar con dignidad al que actúa indignamente es un llamado a que vuelva a mirarse a sí mismo como persona.
El sello de Dios que está puesto en cada uno de nosotros nos sigue llamando a volver a Él.
Nos sigue llamando a dar a Dios lo que es de Dios: nuestra vida y corazón.

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