domingo, 31 de diciembre de 2017

Un año de aprendizajes





“Morrendo e aprendendo”, decía la anciana brasileña. Aprendiendo hasta el último minuto de la vida. Aprender nos mantiene vivos.

Hace años, siendo yo un joven párroco, me encontré con un sacerdote mayor, que me acompañó mucho en los comienzos de mi vocación. El sacerdote escuchó el relato de algunas de las cosas que yo había vivido en ese año y, cuando terminé, me dijo: “ha sido un año de aprendizajes”. “Sí” pensé yo “así fue”. Han pasado los años y me alegra poder decir, al final de cada año: “ha sido un año de aprendizajes”.

Es verdad que los mejores años para aprender son los primeros de la vida. En un artículo que leí hace mucho sobre cerebro y aprendizaje explicaba que el cerebro se configura en esos primeros años: por eso es importante la estimulación oportuna a los pequeños.
Sin embargo, la capacidad de aprender no se pierde. Es más fácil aprender una lengua nueva en los primeros años de la vida; es más difícil con unas cuántas décadas, pero sigue siendo posible, si se está dispuesto a poner el esfuerzo que será necesario.

Algunos aprendizajes son dolorosos: “la letra con sangre entra” ya no cabe en la educación de niños y adolescentes (esperemos) pero muchas cosas en la vida las aprendemos dándonos de cara contra el piso. Duele, pero si no nos quiebra, nos fortalece.

Otros aprendizajes son gratificantes. Haber aprendido algo nuevo hace crecer nuestra autoestima, al ver que hemos sido capaces de un logro que ya no parecía estar a nuestro alcance. Internet coloca a nuestro alcance toda clase de tutoriales, lo que facilita a quienes no tenemos, por ejemplo, mucha experiencia en la cocina, salir airosamente del paso. Muchas cosas podemos aprender… pero es bueno recordar el consejo del Martín Fierro: “es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas”.

Podemos, pues, distraernos de muchas formas… aprender muchas cosas superfluas; pero en algún momento tendremos que enfrentarnos con la verdad de nosotros mismos. “Nosce te ipsum”: “conócete a ti mismo”, decían los antiguos. Éste puede ser uno de esos aprendizajes dolorosos. Encuentro con nuestros propios límites, con nuestra fragilidad, con nuestro lado más oscuro… El hombre sabio es humilde, porque ha alcanzado ese conocimiento y percibe la vanidad, es decir, el vacío, de quienes se consideran superiores a los demás.

Finalmente… desde esos límites que nos ayudan a reconocernos como creaturas, asomarnos al misterio del Creador. San Agustín, hombre que emprendió decididamente la búsqueda de Dios, nos comparte su experiencia en una oración: “tú estabas dentro de mí y yo afuera … Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo … Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti”.

Muy feliz Año Nuevo… y que 2018 sea para cada uno otro “año de aprendizajes”, de profundo encuentro consigo mismo, con los demás y con Dios.

+ Heriberto A. Bodeant, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia: José, "la sombra del Padre"





Cada familia es un mundo. Las relaciones que se tejen dentro de ella son únicas. La forma en que se relacionan los padres entre sí, los padres con los hijos, los hermanos con los hermanos, los abuelos, los tíos, otros familiares, van marcando la vida de todos los integrantes de un núcleo familiar. La estabilidad o la inestabilidad, la armonía o el conflicto, las relaciones sanas o las relaciones enfermas… todo va dejando sus huellas. Cada miembro de la familia lo vive de un modo distinto, porque cada persona es diferente. Una situación difícil puede quebrar a algunos y fortalecer a otros. Las dificultades pesan en la vida, pero no la determinan. Así, alguien que no vivió una experiencia familiar buena, gratificante, sin embargo, puede llegar a formar una linda familia.

El próximo domingo, por ser el siguiente a Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia, integrada por Jesús, María y José.

Para los habitantes de Nazaret, José, el carpintero, era el esposo de María y ambos los padres de Jesús. Jesús era un niño como todos, tal vez con algún rasgo especial en su personalidad, que comenzaría poco a poco a manifestarse.

El oficio de José no sólo tenía que ver con fabricar o reparar muebles, sino también con la parte de carpintería en la construcción. De hecho, la palabra griega que aparece en el evangelio al hablar del oficio de José es la palabra tectón. Para entenderlo, pensemos que, en una obra, el jefe era llamado arjitectón, de donde deriva nuestra palabra arquitecto.

Uno puede imaginarse la vida en Nazaret como una vida sencilla… José en su trabajo, tanto en casa como fuera, María en las labores del hogar, el niño creciendo, aprendiendo el oficio de José…

Detrás de este cuadro tan simple, un misterio. María es virgen. José no es el padre biológico de Jesús. Jesús fue concebido en María “por obra y gracia del Espíritu Santo”. Dios es el padre de ese niño que pronto manifestará que él ha venido a ocuparse de las cosas de su Padre, es decir, de las cosas de Dios.

María y Jesús están profundamente unidos, por ese vínculo tan especial y único de una madre con su hijo.

Pero entonces ¿qué rol juega José? Vamos a acercarnos hoy un poco más a su figura, porque sin él, no hay sagrada familia.

José juega un rol muy importante. Él no es el progenitor o padre biológico, pero es auténticamente el padre para Jesús.

Un hombre engendra una creatura en tres segundos… eso lo hace progenitor. Pero ser padre es algo distinto.

Ser padre empieza por reconocer como suyo a ese hijo, dándole su apellido. Continúa en el sostener la vida de ese hijo con su propio trabajo. Instruirlo. Educarlo. Señalar por donde el camino se cierra, es decir, poner límites; pero también mostrar hacia dónde sigue el camino, el horizonte donde se abren los sueños, las posibilidades… donde las capacidades pueden convertirse en realizaciones.

En cierta forma, puede decirse que todo padre, entre comillas, “adopta” a su hijo. Es el momento donde asume activamente su paternidad. Algunos padres lo hacen desde el momento en que se enteran de que hay un niño en camino. Son esos hombres que no dicen “mi señora está embarazada” sino “estamos embarazados”. Otros lo asumen en el nacimiento, o algunos días o semanas después, o cuando el niño empieza a hablar…

Cuando José supo que María esperaba un hijo, un hijo que no era suyo, su primera reacción fue salir de la escena, desaparecer. Allí había algo incomprensible para él y tendrá que hacer todo un proceso para tomar su necesario lugar en esa familia.

Así lo explicaba hace poco el Papa Francisco (homilía en Santa Marta, 18 dic 2017):
José luchaba por dentro y en esa lucha, oyó la voz de Dios: "levántate" – ese "levántate" que aparece tantas veces al inicio de una misión en la Biblia: "¡Levántate!", toma a María, llévala a tu casa. Hazte cargo de la situación: toma en tus manos esta situación y sigue adelante.
José no fue a consolarse con sus amigos; no fue al psiquiatra para que interpretara el sueño que había tenido… No. Él creyó. Y fue para adelante. Tomó en sus manos la situación.
Pero, ¿qué debía tomar José en sus manos? ¿Cuál era la situación? ¿De qué cosa José debía hacerse cargo? De dos cosas. De la paternidad y del misterio.
José debió hacerse cargo de la paternidad, una paternidad que no era suya: sino que venía del Padre Dios.
José llevó adelante la paternidad con todo lo que significa: no sólo sostener a María y al Niño, sino también hacer crecer al Niño, enseñarle un oficio, llevarlo a la madurez de hombre. "Hazte cargo de la paternidad que no es tuya, es de Dios". Y esto, sin decir una palabra. En el Evangelio no hay ninguna palabra dicha por José. Él es el hombre del silencio, de la obediencia silenciosa.
Y sigue diciendo Francisco
José toma en sus manos este misterio y ayuda: ayuda con su silencio, ayuda con su trabajo, hasta el momento en que Dios lo llama a sí. De este hombre que se hizo cargo de la paternidad y del misterio, se dice que era la sombra del Padre: la sombra de Dios Padre.
Y si Jesús hombre aprendió a decir “papá”, “padre”, a su Padre que conocía como Dios, lo aprendió de la vida, del testimonio de José: el hombre que custodia, el hombre que hace crecer, el hombre que lleva adelante toda paternidad y todo misterio, pero que no toma nada para sí mismo.

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En Melo hay una capilla dedicada a la Sagrada Familia, en Blandengues de la Frontera y Juan Díaz, barrio Leone. 
El próximo domingo (31.12.2017) tendremos allí la Misa con motivo de la fiesta patronal, a las 8 de la mañana. 
Están invitados todos los que deseen acompañarnos.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Pidiendo posada (Lucas 2,1-14)





Nos acercamos a la Nochebuena. En lo acontecido en esa noche santa se centra nuestra reflexión, que comenzamos recordando el nacimiento de Jesús, de acuerdo a la narración de San Lucas:
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, se le cumplieron los días del alumbramiento; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
“Mi Navidad está metida en el verano” es una bella canción que canta Mercedes Sosa. En nuestra Navidad de verano, celebrada en patios, balcones o veredas, con gente que entra y sale, luces y estruendo de fuegos artificiales, nos cuesta imaginar una Navidad en la nieve y el hielo, donde el calor del hogar reúne a familia y amigos en intimidad. Allí se hace mucho más dura la exclusión: “no había lugar para ellos”.

En Bélgica, en el año 1947, dos años después de la segunda guerra mundial, el Padre Werenfried Van Staaten, escribió un artículo titulado “No hay lugar en la posada”. El Padre Werenfried miraba la situación de aquella Europa de postguerra. Veía particularmente el sufrimiento de la Alemania derrotada después de la locura del Nazismo. 14 millones de alemanes llegaron desplazados, expulsados de países de Europa del Este donde habían vivido por varias generaciones… pero ahora se habían convertido en personas indeseables. Pocos estaban dispuestos a ayudar a gente que pertenecía a aquella nación que había causado tanta muerte y destrucción.

Convencido de que “El hombre es mucho mejor de lo que pensamos”, el Padre Werenfried logró tocar el corazón de los vencedores belgas para que donaran una pequeña parte del tocino que les tocaba en su cartilla de racionamiento, para dárselo a los refugiados alemanes. A pesar de la escasez, la gente fue generosa y el sacerdote reunió varios camiones de alimentos para llevar a los refugiados. Así, sin proponérselo, nació una institución que tiene hoy el carácter de fundación pontificia y se llama “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, también conocida como Kirche in Not.

Hace poco, en Roma, un miembro de Kirche in Not presentó la institución a los Obispos uruguayos. Recordando sus orígenes, citó el artículo del P. Werenfried; pero, en lugar de decir “no hay lugar en la posada”, dijo “no hay lugar en el establo”. Yo quedé pensando “se debe haber confundido”. Buscando después el artículo famoso vi que, efectivamente, el título era “no hay lugar en la posada”. Sin embargo, me pregunté si en este mundo de hoy, donde tantas personas no encuentran lugar ninguno, el P. Werenfried no habría titulado “no hay lugar en el establo”... ni siquiera allí.

En su mensaje para la jornada de la paz 2018, el Papa Francisco presenta la situación de los “migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. Hay 250 millones de migrantes en el mundo. Muchos de ellos indocumentados, en situaciones precarias. Pero dentro de esos 250 millones, 22 millones y medio son refugiados. Y agrega el Papa: “son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz. Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino”.
"En el nombre del cielo, yo os pido posada,
pues no puede andar, mi esposa amada."
En México y Centroamérica existe una bonita costumbre navideña: las posadas. En los nueve días anteriores a la Navidad se recuerda el peregrinaje de María y José desde Nazaret hasta Belén, buscando un lugar para alojarse y esperar el nacimiento de Jesús.

La gente va de casa en casa, llevando las imágenes de José y María, pidiendo lugar para ellos, para que Jesús pueda nacer allí. Esta fiesta popular parte, pues, de estas palabras que estamos meditando: “no había lugar en el albergue”.

No había lugar, significa que las puertas estuvieron cerradas para el Hijo de Dios en aquel pueblo. La cuna del niño será un pesebre, es decir, el cajón donde se coloca el forraje para que coman los animales, un comedero… El evangelio no dice si era una cueva o un establo… se deduce que era una cueva que servía como lugar para los animales. Por eso se colocan también en la escena un buey y un burrito, dos animales que son mencionados juntos varias veces por el profeta Isaías, pero sobre todo en el versículo que dice
“Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo.” (Isaías 1,3)
El profeta subraya que el buey y el burrito reconocen al Señor, mientras su pueblo -aquellos que le cierran la puerta- no lo han reconocido.

En Uruguay, desde la Iglesia Católica estamos promoviendo vivir una “Navidad con Jesús”: reconocer a Jesús, darle verdadero lugar en nuestra vida, poner nuestro corazón como pesebre para que pueda nacer allí.

El corazón que se abre de verdad a Jesús se abre también al hermano. Pero ¿qué podemos hacer? ¿Cómo se expresa esa apertura a Cristo presente en el hermano más necesitado? Francisco propone cuatro acciones: recibir, proteger, promover e integrar. Son acciones que propone con respecto a los emigrantes más desafortunados y a los refugiados… pero valen frente a cualquier grupo o persona en necesidad: recibir, proteger, promover, integrar. Así se hace lugar para que el Niño Dios pueda nacer.

Así se hace verdad lo que expresa la canción de las Posadas:
Entren Santos Peregrinos, reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada, se la doy de corazón.
Que tengan todos una muy feliz y santa Navidad con Jesús.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Testigo de la Luz (Juan 1, 6-8. 19-28)





Todo sucedió rápidamente. Uno de los conductores hizo una maniobra indebida. El otro no pudo evitar el choque. Estruendo, confusión, daños… gracias a Dios, nadie salió herido. En la vereda, un hombre ha visto todo, pero todavía está tratando de interpretar lo que ha sucedido, cuando uno de los conductores baja del coche, se acerca a él y le pregunta: ¿puede salirme de testigo?

El testigo es una persona que ha visto y ha oído, él mismo, y a partir de esa experiencia, puede comunicar a otros lo que vio y lo que oyó. Ser testigo puede ser incómodo, pero quien conoce la verdad tiene el deber y el derecho a decirla. A decir la verdad a quien tenga el deber y el derecho de oírla.

La palabra griega para testigo es “mártir”. Una palabra que en español nos dice que el testimonio a veces se firma con la propia sangre. Así lo vivieron los primeros cristianos y así lo viven aún hoy muchos cristianos de nuestro tiempo.
“lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos […] se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1.3).
Así dice el comienzo de la primera carta de san Juan. La experiencia que comparte este testigo es todavía más amplia: oír y ver; pero también contemplar, que es mucho más que ver; más aún, tocar con las propias manos, usar el sentido del tacto, palpar… Una experiencia profunda.
Lo que quiere compartir Juan es su vivencia de encuentro con aquel que él llama “la Palabra de Vida”. Es su encuentro con Jesucristo, la Palabra de Vida, la Palabra de Dios hecha carne, hecha hombre.

Quien ha vivido esa experiencia profunda de encuentro, se convierte en un testigo especial. No habla de algo que ha sucedido frente a él, fuera de él mismo, sino de algo real, sí, pero que lo ha tocado profundamente, que ha llenado su vida.

Valga esta introducción para acercarnos al Evangelio de este domingo, que nos presenta a un testigo de Dios. Al testigo encargado de presentar entre los hombres al Hijo de Dios. Es otro Juan: Juan el Bautista.
“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»”

En estos versículos del Evangelio aparece dos veces la palabra “testigo” y dos veces la palabra “testimonio”. Juan el Bautista es definido como “testigo” y su misión es “dar testimonio”: comunicar, compartir lo que él ha llegado a conocer.

Juan el Bautista se mueve en un tiempo de gran expectativa. La gente estaba en espera de un Salvador prometido por Dios: el Mesías. Mesías es una palabra hebrea que significa “ungido”. “Ungido” se refiere a una unción con aceite por la que una persona recibía el Espíritu Santo, quedando así como marcado por Dios para una misión. Mesías se dice en griego “cristo”, de modo que podemos darnos cuenta hacia dónde… o hacia quién va todo esto.

En medio de toda esa expectativa, las autoridades religiosas le preguntan a Juan quién es él; lo primero que Juan dice es “yo no soy el Mesías”. El testigo no viene a confundir. No viene a hacerse pasar por otro, no viene a ocupar un lugar que no le corresponde. Juan lo tiene claro.

Ante esto, enseguida le preguntan quién es él y Juan va a dar su respuesta.
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»
«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Así se presenta Juan. Él es un mensajero. Una voz. Una voz que grita en el desierto, pero, aclarémoslo, la gente iba en masa al desierto a escucharlo. Su grito es un llamado a preparar el camino del Señor con un cambio profundo de vida, con una verdadera conversión.

Pero Juan no sólo hablaba. También actuaba: bautizaba. Por eso, le siguen preguntando:
«¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan no responde directamente a la pregunta. Leyendo los pasajes que hablan del Bautista en los otros Evangelios, vemos que Juan bautizaba a los que respondían a su llamado a la conversión, al cambio de vida.
“Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Marcos 1,4)
dice el comienzo del Evangelio de Marcos. La gente confesaba sus pecados y era bautizada por él en el río Jordán (Mateo 3,6; Marcos 1,5).

Todo eso tiene una finalidad: prepararse para recibir al Mesías: el Mesías verdadero, el Cristo. Volviendo al evangelio de este domingo, Juan habla de ése Salvador que va a venir:
«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»
El testigo de Cristo es humilde. Se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra eco en la sociedad y, a veces, ni aún en su familia. Encuentra indiferencia y hasta rechazo. Sin embargo, no juzga a nadie: el juicio es de Dios. Dios tiene sus caminos para buscar y encontrar a sus hijos e hijas extraviados.

En el mundo hay muchísimos pequeños testigos. Son personas creyentes, humildes, a veces conocidas solo en los ambientes donde se mueven. Son esas personas buenas, buenas de verdad, que viven en la verdad y en el amor. Como Juan el Bautista, ellas nos ayudan a abrir el camino hacia Dios. El testigo es alguien que ha encontrado la luz. Eso no lo hace un “iluminado”, un exaltado, un fanático, sino una persona luminosa, una persona que irradia una luz apacible. Miremos a nuestro alrededor. Seguramente que conocemos más de una de esas personas. Prestemos más atención al mensaje que está escrito y puesto de manifiesto en su vida de fe de cada día.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Preparar el camino del Señor (Isaías 40,1-5.9-11 - Marcos 1,1-8)





“Recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo;
si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”.
Así dice un viejo proverbio indio.
En este II Domingo de Adviento la Palabra de Dios nos invita a preparar el camino del Señor, a poner todo de nuestro parte para recibir a Jesús que viene a nuestra vida.
Mi reflexión para este domingo 10 de diciembre de 2017, segundo del tiempo de Adviento, ciclo B: Isaías 40,1-5.9-11 y Marcos 1,1-8.
Bendiciones.
+ Heriberto, Obispo de Melo


Muchos uruguayos sabemos que hay caminos y rutas que no se arreglan frecuentemente. Precisamente, las rutas menos transitadas son las que más se van deteriorando. Me parece que a veces se crea un círculo vicioso: no se arreglan porque son poco transitadas, pero los que transitan las evitan porque están en mal estado… y el deterioro es cada vez mayor.
No está en nuestra mano arreglar esas carreteras, pero hay otras rutas que son de nuestro corazón, de nuestro espíritu… son los caminos de nuestra vida, son los caminos de Dios. Ésas rutas sí está a nuestro alcance mantener.
Un viejo proverbio indio dice: “recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo; si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”

San Carlos Borromeo decía:
“Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.”
Y de eso tratan las lecturas de este domingo: arreglar los caminos.
Los términos nos hacen pensar en trabajos de vialidad: rellenar valles, aplanar montañas y colinas. Maquinarias, movimientos de tierra…
Pero se trata en realidad de un trabajo interior. El profeta Isaías llama a la tarea de este modo:
Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!
Más adelante el evangelista Marcos reconoce en Juan el Bautista esa voz anunciada por Isaías:
Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.”
Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
El camino del Señor es un camino nuevo. No son los viejos caminos que llevan las peregrinaciones al Templo de Jerusalén; tampoco las calzadas romanas por donde se movían las legiones del emperador. Se trata de un camino “en el desierto”, en el lugar de encuentro con Dios.

Como tantas veces, podemos ver cómo vivieron esto las primeras comunidades cristianas.
En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como camino, verdad y vida.
Los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús en el camino, donde hace arder sus corazones al explicarles a través de las Escrituras el proyecto de salvación realizado en Él.
Las primeras comunidades se referían a su fe cristiana, como “el Camino”.
Así es nombrado cuando se nos cuenta que Saulo, el futuro san Pablo,
“pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,2).
Lo curioso es que el hecho que va a provocar la conversión de Saulo acontece en el camino hacia Damasco (Hch 9,3). A partir de allí, Saulo, con el nuevo nombre de Pablo contará cómo había visto a Jesús en el camino (Hch 9,27) y cómo ese encuentro cambió totalmente su vida.
La carta a los Hebreos (10,20) nos habla de “un camino nuevo y vivo” inaugurado por Cristo.

Jesucristo aparece, él mismo, como camino y aparece en el camino; pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no se trata sólo de esperar ese encuentro, sino que hay que trazar ese camino nuevo para ir hacia Cristo y para que Cristo llegue a nosotros.

¿Cómo se traza ese camino nuevo? ¿Qué es lo que hay que rellenar, qué es lo que hay que aplanar, qué curvas enderezar, qué obstáculos remover, para que Jesucristo pueda llegar a nuestra vida?

Cada uno tiene que encontrarlos. A veces es difícil darnos cuenta. Ya nos dice Jesús que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio…
En estos días agitados de fin de año, necesitamos encontrar ese momento para una buena revisión de vida, para un buen examen de conciencia.

Rellenar los valles significa ver qué es lo que falta en mi vida espiritual. ¿falta oración? ¿falta participar en la Misa? ¿falta confesarme? ¿prestar más atención al prójimo y a sus necesidades? ¿Hacer algo, de corazón, por los demás? ¿Pasar más tiempo con mi familia? ¿Expresarle mi amor a las personas que más quiero?

Enderezar el camino: las curvas alargan, demoran… son nuestras distracciones, que apartan por un momento la mirada de la meta.

Aplanar las montañas y colinas, remover los obstáculos, significa quitar lo que está sobrando.
Muchas veces nos mata la preocupación por cosas secundarias… ¿son realmente tan importantes en nuestras vidas? ¿de verdad no podemos vivir sin ellas? ¿qué pasa si las dejamos para concentrarnos en lo que realmente importa?

Rellenar los valles, enderezar la ruta, aplanar los montes, remover los obstáculos, es disponer el corazón para el encuentro con Cristo que viene en cada hermano, en cada persona. Sólo Él puede cambiar nuestra vida. Nuestros esfuerzos humanos, nuestros trabajos se agotan… el impulso, la buena intención se desgastan.

Por eso este es un tiempo para buscar la ayuda de la Gracia de Dios: en la oración, en la meditación de la Palabra, en los Sacramentos… En fin: necesitamos la ayuda de Cristo.
Animémonos a preparar en nuestra vida los caminos de Dios.