sábado, 16 de diciembre de 2017

Testigo de la Luz (Juan 1, 6-8. 19-28)





Todo sucedió rápidamente. Uno de los conductores hizo una maniobra indebida. El otro no pudo evitar el choque. Estruendo, confusión, daños… gracias a Dios, nadie salió herido. En la vereda, un hombre ha visto todo, pero todavía está tratando de interpretar lo que ha sucedido, cuando uno de los conductores baja del coche, se acerca a él y le pregunta: ¿puede salirme de testigo?

El testigo es una persona que ha visto y ha oído, él mismo, y a partir de esa experiencia, puede comunicar a otros lo que vio y lo que oyó. Ser testigo puede ser incómodo, pero quien conoce la verdad tiene el deber y el derecho a decirla. A decir la verdad a quien tenga el deber y el derecho de oírla.

La palabra griega para testigo es “mártir”. Una palabra que en español nos dice que el testimonio a veces se firma con la propia sangre. Así lo vivieron los primeros cristianos y así lo viven aún hoy muchos cristianos de nuestro tiempo.
“lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos […] se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1.3).
Así dice el comienzo de la primera carta de san Juan. La experiencia que comparte este testigo es todavía más amplia: oír y ver; pero también contemplar, que es mucho más que ver; más aún, tocar con las propias manos, usar el sentido del tacto, palpar… Una experiencia profunda.
Lo que quiere compartir Juan es su vivencia de encuentro con aquel que él llama “la Palabra de Vida”. Es su encuentro con Jesucristo, la Palabra de Vida, la Palabra de Dios hecha carne, hecha hombre.

Quien ha vivido esa experiencia profunda de encuentro, se convierte en un testigo especial. No habla de algo que ha sucedido frente a él, fuera de él mismo, sino de algo real, sí, pero que lo ha tocado profundamente, que ha llenado su vida.

Valga esta introducción para acercarnos al Evangelio de este domingo, que nos presenta a un testigo de Dios. Al testigo encargado de presentar entre los hombres al Hijo de Dios. Es otro Juan: Juan el Bautista.
“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»”

En estos versículos del Evangelio aparece dos veces la palabra “testigo” y dos veces la palabra “testimonio”. Juan el Bautista es definido como “testigo” y su misión es “dar testimonio”: comunicar, compartir lo que él ha llegado a conocer.

Juan el Bautista se mueve en un tiempo de gran expectativa. La gente estaba en espera de un Salvador prometido por Dios: el Mesías. Mesías es una palabra hebrea que significa “ungido”. “Ungido” se refiere a una unción con aceite por la que una persona recibía el Espíritu Santo, quedando así como marcado por Dios para una misión. Mesías se dice en griego “cristo”, de modo que podemos darnos cuenta hacia dónde… o hacia quién va todo esto.

En medio de toda esa expectativa, las autoridades religiosas le preguntan a Juan quién es él; lo primero que Juan dice es “yo no soy el Mesías”. El testigo no viene a confundir. No viene a hacerse pasar por otro, no viene a ocupar un lugar que no le corresponde. Juan lo tiene claro.

Ante esto, enseguida le preguntan quién es él y Juan va a dar su respuesta.
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»
«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Así se presenta Juan. Él es un mensajero. Una voz. Una voz que grita en el desierto, pero, aclarémoslo, la gente iba en masa al desierto a escucharlo. Su grito es un llamado a preparar el camino del Señor con un cambio profundo de vida, con una verdadera conversión.

Pero Juan no sólo hablaba. También actuaba: bautizaba. Por eso, le siguen preguntando:
«¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan no responde directamente a la pregunta. Leyendo los pasajes que hablan del Bautista en los otros Evangelios, vemos que Juan bautizaba a los que respondían a su llamado a la conversión, al cambio de vida.
“Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Marcos 1,4)
dice el comienzo del Evangelio de Marcos. La gente confesaba sus pecados y era bautizada por él en el río Jordán (Mateo 3,6; Marcos 1,5).

Todo eso tiene una finalidad: prepararse para recibir al Mesías: el Mesías verdadero, el Cristo. Volviendo al evangelio de este domingo, Juan habla de ése Salvador que va a venir:
«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»
El testigo de Cristo es humilde. Se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra eco en la sociedad y, a veces, ni aún en su familia. Encuentra indiferencia y hasta rechazo. Sin embargo, no juzga a nadie: el juicio es de Dios. Dios tiene sus caminos para buscar y encontrar a sus hijos e hijas extraviados.

En el mundo hay muchísimos pequeños testigos. Son personas creyentes, humildes, a veces conocidas solo en los ambientes donde se mueven. Son esas personas buenas, buenas de verdad, que viven en la verdad y en el amor. Como Juan el Bautista, ellas nos ayudan a abrir el camino hacia Dios. El testigo es alguien que ha encontrado la luz. Eso no lo hace un “iluminado”, un exaltado, un fanático, sino una persona luminosa, una persona que irradia una luz apacible. Miremos a nuestro alrededor. Seguramente que conocemos más de una de esas personas. Prestemos más atención al mensaje que está escrito y puesto de manifiesto en su vida de fe de cada día.

No hay comentarios: