Nuestra reflexión de hoy viene con coloración “meteorológica”, coincidiendo con los temporales que hemos pasado y los que todavía nos puede traer Santa Rosa. Las fuerzas de la Naturaleza fueron en la antigüedad asimiladas a potencias divinas. Aún hoy, en nuestro mundo secularizado, nos damos cuenta de que hay fenómenos que escapan a nuestro control y nos someten, incluso llevándose vidas y bienes.
En la primera lectura de hoy, con el profeta Elías nos encontramos frente a una expresión de esas fuerzas, que culmina con una revelación de Dios.
Para entender el significado de lo que vivió Elías, necesitamos recordar brevemente el contexto. El rey Ajab se había casado con Jezabel, una fenicia que promovía el culto de Baal y perseguía ferozmente a los creyentes del Dios de Israel. Elías, según sus propias palabras “lleno de celo por el Señor, Dios de los Ejércitos” (1 Reyes 19,10.14), mató con la espada a cientos de profetas de Baal. Haciéndolo, creía estar observando escrupulosamente la Ley de Dios, que prohíbe el culto a otros dioses. Eso encendió inmediatamente la ira de Jezabel, que decidió tomar venganza. Elías huyó para salvar su vida.
“Caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: «¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!».” (1 Reyes 19,4)
Elías dirige a Dios una oración desesperada… no puede soportar lo que está viviendo y le ruega “quítame la vida”; al mismo tiempo, hace una confesión: “no valgo más que mis padres”. Pero es ahora, fatigado y débil, cuando está realmente preparado para el encuentro con Dios, que le da fuerzas para que camine “cuarenta días y cuarenta noches” hasta la montaña santa, donde se le manifestará. Prestemos ahora atención a la manifestación de Dios:
El Señor pasaba. Sopló un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas delante del Señor. Pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, hubo un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, se encendió un fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta. (1 Reyes 19,11-13)
Elías cubre su rostro porque reconoce al Señor en la brisa suave. Después de haber desatado su ira, Elías llega a comprender que Dios no quiere imponer su presencia de manera violenta y agresiva, como el viento, el fuego o el terremoto. Dios desea ser creído y recibido en libertad. Dios se manifiesta en el silencio, en una mezcla de presencia y ausencia que solo la fe puede intuir y acoger. Esta experiencia purifica el corazón de Elías, que se despoja de la pesada imagen de una divinidad poderosa e intolerante. A través de un largo camino, sobre todo dentro de sí mismo, Elías llega a descubrir y aceptar que Dios llega como una brisa suave y no como el viento huracanado.
También los discípulos, siguiendo a Jesús, llegan a un similar encuentro con Dios, en la persona de Jesús. Esto sucede después de la multiplicación de los panes, que leímos el domingo pasado. Sorprende la forma en que el Maestro pone fin a ese episodio:
Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. (Mateo 14,22)
¿Cuál es la prisa de Jesús? Hay algo que él necesita mucho en ese momento:
Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. (Mateo 14,23)
Vale anotar que, fuera de la oración en Getsemaní, este es el único momento en que Mateo menciona que Jesús se retira a orar. Eso habla de una especial necesidad de encuentro con el Padre, de discernimiento sobre la propia misión y sobre los signos que Jesús realiza, de modo que no se vuelvan un espejismo para quienes esperan un Mesías triunfante.
Cruzando el lago los discípulos se encuentran pronto en medio de una verdadera tormenta, que describen los cuatro evangelios. Marcos, incluso, habla de dos tormentas:
- La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. (Mateo 14,24)
- Se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. (Marcos 4,37)
- Remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra (Marcos 6,48)
- Se desencadenó sobre el lago un fuerte vendaval; la barca se iba llenando de agua, y ellos corrían peligro. (Lucas 8,23)
- El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento. (Juan 6,18)
Aquella noche angustiosa quedó en el recuerdo de la primera comunidad cristiana (Mateo 14,22-33 / Marcos 4,35-41 y 6,47-52 / Lucas 8,22-25 / Juan 6,16-21). En ella encontraron una imagen del camino de fe de todo creyente, en el que Jesús aparece, finalmente, caminando sobre el océano de nuestros miedos (o despertando de su sueño dentro de la barca, como cuentan Lucas y también Marcos, en su primer relato). Sin embargo, en los relatos de Mateo y de Marcos, la visión de Jesús no acaba de inmediato con la angustia; al contrario, la hace estallar:
Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman». (Mateo 14,26-27)
La presencia de Dios en nuestra vida es discreta, suave; se reconoce con la mirada atenta de la fe. Como llegó a entenderlo el profeta Elías, Dios se hace sentir como brisa suave, que rodea suavemente nuestra vida. Cuesta creer que Dios esté tan cerca y presente de una forma tan tenue. Por eso la necesidad de poner a prueba a Dios, pidiendo más señales:
Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». (Mateo 14,28)
Tratando de caminar sobre las aguas, Pedro descubre que si nos detenemos en la furia del viento, nos hundimos bajo el peso de nuestras angustias; pero si mantenemos la mirada en el Señor y, de último, gritamos y nos agarramos de su mano, el viento se calma y volvemos a creer.
Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mateo 14,31)
Esta expresión, que suena como un reproche, hay que leerla desde el Evangelio de Mateo, que suaviza expresiones más duras que encontramos en el evangelio de Marcos (4,40; 8,17) y señala el valor de una fe aún tan pequeña como un grano de mostaza (Mateo 17,20). Aún desde nuestra pequeña fe, podemos percibir la suave brisa que nos trae la presencia de Dios y abrir el corazón a su Presencia.
En esta semana
- El Sábado 8 y Domingo 9 se realiza en nuestra Diócesis la Colecta para el Hogar Sacerdotal. Agradezco a todos su generosa colaboración.
- Este domingo, 9 de agosto, es el día de Santa María Francisca Rubatto, virgen y fundadora, la primera santa uruguaya. Nacida en Italia, eligió vivir entre nosotros la etapa final de su vida y ser sepultada, como ella dijo, “cerca de sus pobres”.
- Lunes 10, recordamos a San Lorenzo, diácono y mártir. Saludamos en este día a todos los diáconos permanentes, agradecidos por su ministerio.
- Martes 11, Santa Clara de Asís. Fiesta en los monasterios de las Clarisas capuchinas y franciscanas. Fecha especialmente importante en este año jubilar franciscano.
- Miércoles 12, Santa Juana Francisca de Chantal, co fundadora de las hermanas Salesas. Fiesta en el monasterio de la Visitación, en la ciudad de Progreso.
- El Viernes 14, recordamos a san Maximiliano Kolbe, presbítero y mártir.
- El Sábado15, celebramos la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.