Febrero ha sido un mes seco, y no viene mal arrimarnos a este pozo, en un campo de Canelones, para recordar una historia que sucedió junto a otro pozo, hace dos mil años. Una historia en la que una mujer juega un importante papel y viene bien en este día internacional de la mujer. Se trata del encuentro de Jesús con la samaritana.
En la Biblia, varios relatos importantes suceden junto a un pozo. El Génesis y el Éxodo narran tres encuentros significativos:
- Eliezer, servidor de Abraham, encuentra a Rebeca, quien será esposa de Isaac, junto a un pozo (Génesis 24,10-27).
- Jacob, hijo de Abraham, conoce a Raquel, su futura esposa, en el pozo donde ella lleva a abrevar el rebaño de su padre (Génesis 29,1-11).
- En un pozo, Moisés defiende de unos pastores que las molestaban a Séfora, su futura esposa y a sus hermanas (Éxodo 2,15-22).
El encuentro de Jesús y la samaritana ocupa todo el capítulo 4 del evangelio de Juan. Como es habitual en este evangelio, lo que parece simple oculta una profundidad que puede descubrirse cada vez mayor.
El comienzo parece apenas anecdótico, una cuestión entre judíos y samaritanos. Es mediodía, Jesús está fatigado, los discípulos han ido al pueblo y él se sienta junto al pozo. Llega una mujer a sacar agua y Jesús le dice:
«Dame de beber.» (Juan 4,7)
Como suele decirse, “un vaso de agua no se le niega a nadie”; pero la mujer responde, con desenfadada ironía:
«¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Juan 4,9)
Pero Jesús pasa de pedir a ofrecer:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber",
tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.» (Juan 4,10)
Juan busca que nos veamos reflejados en sus personajes, especialmente en cómo reaccionamos ante Jesús. Algo del alma de cada uno de nosotros puede verse reflejado en la samaritana. Al acercarse a ella, Jesús también se acerca a nuestra alma, tantas veces envuelta en dudas e insatisfacciones.
Sería fácil tomar esta página del Evangelio como un relato moralizante, en el que Jesús encuentra a una mujer de vida… ligera, por decirlo de algún modo y la exhorta a volver al buen camino. No se necesita tanto para eso. A la mujer sorprendida en adulterio a la que salvó de ser apedreada, Jesús le dijo simplemente “Vete, y en adelante no peques más” (Juan 8,11). Aquí se trata de algo mucho más hondo.
En el primer testamento, la imagen de Dios como esposo enamorado y abandonado es una de las más tiernas. Representa la relación de amor entre Dios y su pueblo, así como la relación de amor entre Dios y el alma de cada persona.
Cerca del pozo está Sicar, anteriormente Siquem, donde el pueblo de Dios se reunió al entrar en la Tierra Prometida. Allí Josué les preguntó a quién querían servir:
“… teman al Señor y sírvanlo con integridad y lealtad; dejen de lado a los dioses que sirvieron sus antepasados (…) y sirvan al Señor. (…) elijan hoy a quién quieren servir” (Josué 24,14-15)
La respuesta del pueblo fue “serviremos al Señor”. Una buena intención… pero, como tantas veces sucede con las promesas humanas, a veces se cumplieron heroicamente y otras… pues, se abandonaron. Uno de esos momentos lo evoca el profeta Jeremías con esta imagen:
“Mi pueblo ha cometido dos maldades: me abandonaron a mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua.” (Jeremías 2,13)
Dios, la fuente de agua viva… el agua viva que ofrece Jesús, el don de Dios… Si no se comprende lo que Dios ofrece como un don, como un regalo, no comprendemos el mensaje del Evangelio. Le quitamos algo que está en su esencia. El agua que Jesús ofrece como regalo es la vida eterna o, dicho de otro modo, la vida del Eterno, compartir la eternidad de Dios. El agua que ofrece Jesús es su Espíritu, la vida divina que trajo al mundo. Todo lo que pueda darnos nuestra vida biológica, nuestra vida temporal, no nos satisface plenamente. Como dice el tango: “pobres triunfos pasajeros”.
«El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed.
El agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial
que brotará hasta la Vida eterna.» (Juan 4,13-14)
Ahora es la mujer quien pide a Jesús:
«Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed
y no necesite venir hasta aquí a sacarla.» (Juan 4,15)
Cuando Jesús le pide que llame a su marido, ella dice que no tiene. Jesús le dice que ha tenido cinco maridos. Eso es una referencia al origen de los samaritanos, descendientes de cinco pueblos deportados a la región por los asirios (2 Reyes 17,24ss). Esos pueblos adoptaron al Dios de Israel, pero mantuvieron también sus dioses: una mezcla bastante complicada.
Al ofrecer el agua viva, Jesús invita a la mujer y a la comunidad samaritana a volver al verdadero esposo: Dios. Pero a través de este encuentro, el mensaje de Jesús se extiende a nosotros: nuestra alma, como la mujer infiel, como el pueblo infiel, solo encontrará la felicidad eterna regresando al único esposo, el Señor.
No seamos indiferentes ni rechacemos el don que Jesús nos ofrece. Recibámoslo en nuestro corazón y, como hizo la Samaritana, no guardemos para nosotros ese don e invitemos a los demás a recibir también el agua viva. A todos, Jesús nos espera, sentado junto al pozo.
Retiro de Cuaresma
Tal como estaba previsto, se realizó el sábado 28 en Villa Guadalupe, el Retiro de Cuaresma, con numerosa concurrencia. Que sigamos encontrando estos espacios y tiempos de oración que todos necesitamos.
Misión San Francisco Javier
Culminó el domingo 1 la Misión San Francisco Javier. Tres años de visita de entusiastas jóvenes misioneros a comunidades del Decanato Piedras y de la parroquia de Sauce. Demos gracias a Dios por todos los dones que ha derramado en esos días y a los Padres Jesuitas que nos han traído desde Argentina y Uruguay esta juventud vinculada a su espiritualidad ignaciana.
Gracias, amigas y amigos por su atención: que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.


