martes, 12 de mayo de 2026
13 de mayo: Súplica a Nuestra Señora de Fátima
A partir de pasajes de los mensajes de la Virgen, escuchamos distintas oraciones que piden que todos crezcamos en fidelidad al mensaje de Jesús.
Palabra de Vida: CREER. Hechos 16,22-34
lunes, 11 de mayo de 2026
Custodiar voces y rostros humanos. Mensaje del Papa León XIV para la LX Jornada de las Comunicaciones Sociales.
Mensaje del Santo Padre León XIV para la sexagésima
Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Custodiar voces y rostros humanos
El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. Los antiguos lo sabían bien. Así, para definir a la persona humana, los antiguos griegos utilizaron la palabra “rostro” (prósōpon), que etimológicamente indica aquello que está a la vista, el lugar de la presencia y de la relación. El término latino persona (de per-sonare) incluye en cambio el sonido; no un sonido cualquiera, sino la voz inconfundible de alguien.
El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido. Palabra que resonó primero a través de los siglos en las voces de los profetas, y luego se hizo carne en la plenitud de los tiempos. Esta Palabra —esta comunicación que Dios hace de sí mismo— la hemos podido escuchar y ver directamente (cf. 1 Jn 1,1-3), porque se dio a conocer en la voz y en el rostro de Jesús, Hijo de Dios.
Desde el momento de su creación, Dios ha querido al hombre como su interlocutor y, como dice san Gregorio de Nisa, [1] ha impreso en su rostro un reflejo del amor divino, para que pueda vivir plenamente la propia humanidad mediante el amor. Por tanto, custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás.
La tecnología digital, cuando se falla en su cuidado, se corre el riesgo de modificar radicalmente algunos de los pilares fundamentales de la civilización humana, que a veces damos por descontado. Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas.
El desafío, por tanto, no es tecnológico sino antropológico. Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades, los riesgos.
No renunciar al pensamiento proprio.
Desde hace tiempo existen múltiples pruebas de que algoritmos proyectados para maximizar la implicación en las redes sociales —redituable para las plataformas— premian emociones rápidas y penalizan en cambio expresiones humanas que necesitan tiempo, como el esfuerzo por comprender y la reflexión. Encerrando grupos de personas en burbujas de fácil consenso y fácil indignación, estos algoritmos debilitan la capacidad de escucha y de pensamiento crítico y aumentan la polarización social.
A esto se sumó una confianza ingenuamente acrítica en la inteligencia artificial como “amiga” omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, “oráculo” de todo consejo. Todo esto puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de modo analítico y creativo, de comprender los significados, de distinguir entre sintaxis y semántica.
Aunque la IA puede proporcionar apoyo y asistencia en la gestión de tareas comunicativas, eludir el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y conformarnos con una recopilación estadística artificial, a la larga corre el riesgo de erosionar nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas.
En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial están asumiendo cada vez más el control de la producción de textos, música y vídeos. Gran parte de la industria creativa humana corre así el riesgo de ser desmantelada y sustituida por la etiqueta “Powered by AI”, convirtiendo a las personas en meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría, sin amor. Mientras que las obras maestras del genio humano en el campo de la música, el arte y la literatura se reducen a un mero campo de entrenamiento para las máquinas.
La cuestión que nos importa, sin embargo, no es en lo que logra o logrará hacer la máquina, sino qué podemos o podremos hacer nosotros, creciendo en humanidad y conocimiento, con un sabio uso de instrumentos tan poderosos a nuestro servicio. Desde siempre, el hombre se ha visto tentado a apropiarse del fruto del conocimiento sin el esfuerzo que supone el compromiso, la investigación y la responsabilidad personal. Sin embargo, renunciar al proceso creativo y ceder a las máquinas nuestras funciones mentales y nuestra imaginación significa enterrar los talentos que hemos recibido para crecer como personas en relación con Dios y con los demás. Significa ocultar nuestro rostro y silenciar nuestra voz.
Ser o fingir: simulación de las relaciones y de la realidad
A medida que nos desplazamos por nuestros flujos de información (feeds), cada vez es más difícil saber si estamos interactuando con otros seres humanos o con “bots” o “influencers” virtuales. Las intervenciones opacas de estos agentes automatizados influyen en los debates públicos y en las decisiones de las personas. En particular, los chatbots basados en grandes modelos lingüísticos (LLM), se están demostrando ser sorprendentemente eficaces en la persuasión oculta, mediante una optimización continua de la interacción personalizada. La estructura dialógica y adaptativa, mimética, de estos modelos lingüísticos es capaz de imitar los sentimientos humanos y simular así una relación. Esta antropomorfización, que puede resultar incluso divertida, es al mismo tiempo engañosa, sobre todo para las personas más vulnerables. Porque los chatbots excesivamente “afectuosos”, además de estar siempre presentes y disponibles, pueden convertirse en arquitectos ocultos de nuestros estados emocionales y, de este modo, invadir y ocupar la esfera de la intimidad de las personas.
La tecnología que se aprovecha de nuestra necesidad de relacionarnos no solo puede tener consecuencias dolorosas para el destino de las personas, sino que también puede dañar el tejido social, cultural y político de las sociedades. Esto ocurre cuando sustituimos las relaciones con los demás por relaciones con IA entrenadas para catalogar nuestros pensamientos y, por lo tanto, para construir a nuestro alrededor un mundo de espejos, donde todo está hecho “a nuestra imagen y semejanza”. De este modo, nos privamos de la posibilidad de encontrar al otro, que siempre es diferente a nosotros y con el que podemos y debemos aprender a relacionarnos. Sin la aceptación de la alteridad no puede haber ni relación ni amistad.
Otro gran desafío que plantean estos sistemas emergentes es el de la parcialidad (en inglés: bias), que lleva a adquirir y transmitir una percepción alterada de la realidad. Los modelos de la IA están moldeados por la visión del mundo de quienes los construyen y, a su vez, pueden imponer formas de pensar que replican los estereotipos y prejuicios presentes en los datos de los que se nutren. La falta de transparencia en el diseño de los algoritmos, junto con la representación social inadecuada de los datos, tiende a mantenernos atrapados en redes que manipulan nuestros pensamientos y perpetúan y profundizan las desigualdades y las injusticias sociales existentes.
El riesgo es grande. El poder de la simulación es tal que la inteligencia artificial también puede engañarnos con la fabricación de “realidades” paralelas, apropiándose de nuestros rostros y nuestras voces. Estamos inmersos en una multidimensionalidad, donde cada vez es más difícil distinguir la realidad de la ficción.
A esto se suma el problema de la falta de precisión. Los sistemas que hacen pasar una probabilidad estadística por conocimiento nos ofrecen, en realidad, como mucho, aproximaciones a la verdad, que a veces son auténticas “alucinaciones”. La falta de verificación de las fuentes, junto con la crisis del periodismo de campo, que implica un trabajo continuo de recopilación y verificación de información en los lugares donde ocurren los acontecimientos, puede favorecer un terreno aún más fértil para la desinformación, provocando una creciente sensación de desconfianza, desconcierto e inseguridad.
Una posible alianza
Detrás de esta enorme fuerza invisible que nos involucra a todos, hay solo un puñado de empresas, aquellas cuyos fundadores han sido recientemente presentados como los creadores de la “persona del año 2025”, es decir, los arquitectos de la inteligencia artificial. Esto suscita una importante preocupación por el control del oligopolio de los sistemas algorítmicos y de inteligencia artificial capaces de orientar sutilmente los comportamientos e incluso reescribir la historia de la humanidad —incluida la historia de la Iglesia— a menudo sin que nos demos cuenta realmente.
El desafío que nos espera no es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y en ser conscientes de su carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente ser integrados por nosotros como aliados.
Esta alianza es posible, pero necesita fundamentarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y educación.
En primer lugar, la responsabilidad. Según las funciones, esta puede traducirse en honestidad, transparencia, valentía, capacidad de visión, deber de compartir conocimientos, derecho a estar informado. Pero, en general, nadie puede eludir su responsabilidad ante el futuro que estamos construyendo.
Para quienes están en la cúspide de las plataformas online esto significa asegurarse de que las propias estrategias empresariales no estén guiadas por el único criterio del máximo beneficio, sino también por una visión de futuro que tenga en cuenta el bien común del mismo modo que cada uno de ellos se preocupa por el bienestar de sus hijos.
A los creadores y programadores de modelos de la IA se les pide transparencia y responsabilidad social respecto a los principios de planificación y a los sistemas de moderación que están en la base de sus algoritmos y de los modelos diseñados con el fin de favorecer un consentimiento informado por parte de los usuarios.
La misma responsabilidad se exige también a los legisladores nacionales y a las entidades reguladoras supranacionales, a quienes compete vigilar sobre el respeto de la dignidad humana. Una reglamentación adecuada puede proteger a las personas, de crear vínculos emocionales con los chatbots y contener la difusión de contenidos falsos, manipuladores o confusos, preservando la integridad de la información frente a una simulación engañosa de la misma.
Las agencias de noticias y los medios de comunicación no pueden permitir que los algoritmos orientados a ganar a toda costa la batalla por unos segundos más de atención, prevalezcan sobre la fidelidad a sus valores profesionales, orientados a la búsqueda de la verdad. La confianza del público se gana con precisión y transparencia, no con la búsqueda de cualquier tipo de implicación. Los contenidos generados o manipulados por la IA deben señalarse y distinguirse claramente de los contenidos creados por personas. Debe protegerse la autoría y la propiedad soberana del trabajo de los periodistas y otros creadores de contenidos. La información es un bien público. Un servicio público constructivo y significativo no se basa en la opacidad, sino en la transparencia de las fuentes, la inclusión de las partes implicadas y un alto nivel de calidad.
Todos estamos llamados a cooperar. Ningún sector puede afrontar por sí solo el desafío de guiar la innovación digital y la forma de gobernar la IA. Es necesario, por tanto, crear mecanismos de protección. Todas las partes interesadas —desde la industria tecnológica a los legisladores, desde las empresas creativas al mundo académico, desde los artistas a los periodistas y a los educadores— deben implicarse en construir y hacer efectiva una ciudadanía digital consciente y responsable.
A esto mira la educación: a aumentar nuestras capacidades personales de reflexión crítica; evaluar la credibilidad de las fuentes y los posibles intereses que están detrás de la selección de información que nos llega; comprender los mecanismos psicológicos que se activan ante ello; a permitir a nuestras familias, comunidades y asociaciones elaborar criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable.
Precisamente por esto es cada vez más urgente introducir en los sistemas educativos de cada nivel también la alfabetización en los medios de comunicación, en los medios de información y en la IA, que algunas instituciones civiles ya están promoviendo. Como católicos, podemos y debemos aportar nuestra contribución para que las personas, especialmente los jóvenes, adquieran la capacidad de pensar críticamente y crezcan en la libertad del espíritu. Esta alfabetización también debería integrarse en iniciativas más amplias de educación permanente, llegando también a las personas mayores y a los miembros marginados de la sociedad, que a menudo se sienten excluidos e impotentes ante los rápidos cambios tecnológicos.
La alfabetización en los medios de comunicación, de información y en la IA ayudará a todos a no adaptarse a la deriva antropomorfizante de estos sistemas, sino a tratarlos como herramientas, a utilizar siempre una validación externa de las fuentes —que podrían ser imprecisas o erróneas— proporcionadas por los sistemas de IA, a proteger su privacidad y sus datos conociendo los parámetros de seguridad y las opciones de impugnación. Es importante educar y educarse a usar la IA en modo intencional y, en este contexto, cuidar la propia imagen (foto y audio), el propio rostro y la propia voz, para evitar que vengan utilizados en la creación de contenidos y comportamientos dañosos como estafas digitales, ciberacoso, deepfakes que violan la privacidad y la intimidad de las personas sin su consentimiento. Al igual que la revolución industrial exigía una alfabetización básica para que las personas pudieran reaccionar ante las novedades, la revolución digital también requiere una alfabetización digital (junto con una formación humanística y cultural) para comprender cómo los algoritmos modelan nuestra percepción de la realidad, cómo funcionan los prejuicios de la IA, cuáles son los mecanismos que determinan la aparición de determinados contenidos en nuestros flujos de información (feeds), cuáles son y cómo pueden cambiar los supuestos y modelos económicos de la economía de la IA.
Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica.
Al proponer estas reflexiones, agradezco a quienes están trabajando por los fines aquí expuestos y bendigo de corazón a todos los que trabajan por el bien común con los medios de comunicación.
Vaticano, 24 de enero de 2026, memoria de san Francisco de Sales.
LEÓN XIV PP.
___________________________
[1] “El hecho de ser creados a imagen de Dios significa que, al hombre, desde el momento de su creación, le ha sido impreso un carácter real [...]. Dios es amor y fuente de amor; el divino Creador también ha puesto este rasgo en nuestro rostro, para que mediante el amor —reflejo del amor divino— el ser humano reconozca y manifieste la dignidad de su naturaleza y la semejanza con su Creador” (cf. S. Gregorio de Nisa, La creación del hombre: PG 44, 137).
Glosario de términos técnicos que aparecen en inglés en el texto del Mensaje.
AI: Artificial Intelligence, en inglés. IA: Inteligencia
Artificial, en español.
Bias: sesgo, prejuicio, inclinación, parcialidad.
Bot (de "robot"). Es una aplicación de software
automatizada, programada para realizar tareas repetitivas en internet sin
intervención humana, a menudo imitando el comportamiento humano pero de manera
mucho más rápida y eficiente.
Chatbot: Un chatbot es un programa informático diseñado para
simular una conversación humana, ya sea por texto o voz, utilizando
inteligencia artificial (IA) o reglas predefinidas.
Deepfakes. Un deepfake es un contenido multimedia (video,
audio o imagen) manipulado mediante inteligencia artificial (IA) y redes
neuronales para parecer real. Permite suplantar la identidad de una persona,
haciéndole decir o hacer cosas que nunca ocurrieron, con alto realismo. El
término proviene de la mezcla de deep learning (aprendizaje profundo) y fake
(falso).
Feed: (en inglés, el verbo "to feed" significa
"alimentar"). En redes sociales, el feed es el flujo continuo y
actualizado de publicaciones (fotos, vídeos, textos) que se ve al navegar por
la pantalla de una red social.
Influencer (influyente): Es una persona con credibilidad y
una comunidad fiel en redes sociales (como TikTok, Instagram, YouTube) que
tiene la capacidad de influir en las opiniones, comportamientos y decisiones de
compra de sus seguidores.
LLM: abreviatura de "Large Language Model" o Gran
Modelo Linguítico. Es un tipo de inteligencia artificial (IA) entrenada con
inmensas cantidades de texto para comprender, generar y manipular lenguaje
humano. Funcionan prediciendo la siguiente palabra más probable en una frase,
permitiéndoles redactar, traducir, resumir y responder preguntas.
Powered by AI: en español, "impulsado por IA",
significa que un producto, servicio, software o sistema utiliza inteligencia
artificial para mejorar sus capacidades, rendimiento o funcionalidad.
domingo, 10 de mayo de 2026
Palabra de Vida: “Ustedes también dan testimonio” (Juan 15,26 - 16,4)
sábado, 9 de mayo de 2026
Razón de nuestra esperanza. 1 Pedro 3,15. VI Domingo de Pascua.
En Uruguay y otro países hoy se festeja el Día de la Madre: empecemos, entonces, por agradecer y recordar a todas las mamás: las que nos gestaron y nos dieron a luz o a las mamás del corazón o a las que han vivido o viven la maternidad espiritual. Feliz día a todas ellas.
Vamos llegando al final de este tiempo Pascual. El próximo domingo celebraremos la Ascensión y el siguiente Pentecostés. En las lecturas de hoy, algo me ha llamado la atención; no porque no conociera este pasaje, que muchos habremos oído citar más de una vez, sino porque está ubicado aquí, mirando hacia la venida del Espíritu Santo. Está tomado de la primera carta de Pedro y dice así:
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. (1 Pedro 3,15)
“Dar razón de nuestra esperanza”. Es una expresión que da fundamento a lo que llamamos la apologética, palabra que surge precisamente de este pasaje de Pedro, que utiliza la palabra griega ἀπολογίαν (apologian) que traducimos como “defensa”. Se trata de defender y justificar la fe y la verdad del cristianismo por medio de la razón.
Entre los padres de la Iglesia que tomaron a su cargo esa tarea, destaca la figura de San Justino, en el siglo II. De sus muchos escritos, se conservan dos Apologías dirigidas al Emperador Antonino Pío y el Diálogo con el judío Trifón, en el que defiende la fe cristiana frente a las objeciones del judaísmo. En estas obras, además de razonamientos filosóficos, San Justino explica la fe y la forma de vida a la que están llamados quienes han creído en Cristo.
Sin embargo, notemos que Pedro no habla de dar razón de la fe, sino de dar razón de la esperanza. Lo primero nos llevaría a explicar en qué creemos, por qué creemos, lo que no deja de ser útil y necesario; pero lo segundo nos pone en otra proyección, porque la esperanza está puesta en lo invisible. Podemos tener en nuestra vida muchas esperanzas, metas razonables, que podremos alcanzar poniendo los medios necesarios; pero la esperanza cristiana va mucho más allá de nuestras fuerzas. Va más allá de esta vida que conocemos, porque es una esperanza de vida eterna, de participación en la vida de Cristo Resucitado, que solo podemos recibir de Él.
En el Evangelio, Jesús habla de la venida del Espíritu Santo:
Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes. (Juan 14,16)
Paráclito, lo hemos dicho otras veces, puede traducirse como “abogado”, especialmente en el rol de defensor. Si se trata de defensa de la fe y de la esperanza, de hacer apologética en ese sentido, el Espíritu Santo está a nuestro lado para darnos luz y fortaleza en los momentos de prueba.
Pero la fe y al esperanza no son solo virtudes que tenemos que defender de ataques ajenos. A veces, la mayor batalla que tenemos que presentar es contra nosotros mismos, contra las tentaciones de la desesperanza y del desencanto. La desesperanza es esa manera de mirar la vida como algo en lo que ya nada puede cambiar. Algo así como decir “está todo mal… y así va a seguir, indefinidamente…” La desesperanza es desmovilizadora. La desesperación -que es otra cosa- es el sentimiento de que “esto no puede seguir así” y nos lleva a hacer algo, lo que sea. Bien encauzada, la desesperación tiene una gran fuerza… y, en este día, que nos lo cuenten las madres desesperadas que lucharon contra viento y marea con tal de salvar a sus hijos. La desesperanza, en cambio, nos deja en la apatía, la indiferencia, el resentimiento.
¿Qué nos trae el Espíritu Santo? Jesús subraya su presencia. A los discípulos, el Padre les dará otro Paráclito; otro, porque el que los discípulos tenían era Jesús, y Jesús se va, ya no va a estar con ellos. A ellos y a nosotros, Jesús nos promete:
Él permanece con ustedes y estará en ustedes. (Juan 14,17)
El Espíritu, entonces, no solo estará -está- junto a nosotros, sino también en nosotros.
Dentro de quince días, al celebrar Pentecostés, vamos a escuchar el relato de ese acontecimiento en que el Espíritu Santo se manifiesta como viento y fuego.
El Espíritu Santo es el “soplo de Dios viviente”. El viento del Espíritu es el que puede llevar “mar adentro” la barca de la Iglesia para que siga realizando su misión de anunciar el Evangelio. Pero la misión de la Iglesia no se realiza únicamente con los mensajes y los viajes del Papa; la misión de la Iglesia se realiza en el día a día, en la vida de nuestras comunidades… y ahí, pronto nos preguntamos a quién, cómo, dónde, llevar el Evangelio.
Allí juega otro rol el Espíritu Santo: ayudarnos en el discernimiento. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta, entre otras intervenciones del Espíritu Santo, el momento en que dos miembros de la comunidad son enviados en misión:
Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: «Resérvenme a Saulo y a Bernabé para la obra a la cual los he llamado».
Ellos, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.
(Hechos 13,2-3)
Para cumplir su misión, con la ayuda del Espíritu Santo, el Pueblo de Dios,
… procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 11)
Hoy la Iglesia nos propone un método de discernimiento: la conversación en el Espíritu. Sus pasos son sencillos; pero su efectividad está basada en realizarlos en un clima de oración y de apertura al Espíritu. Los Consejos pastorales, las pequeñas comunidades, los grupos podrán encontrar muchas luces del Espíritu poniéndolo en práctica de esa forma.
No pienso solamente en comunidades que tienen vida y movimiento, sino también en comunidades que se han ido reduciendo y envejeciendo… El Espíritu Santo no deja de acudir donde lo invoquemos, llevando su fuego que devuelve ardor al corazón y abre impensados caminos de misión. Él se hace así razón de nuestra esperanza.
En esta semana
Miércoles 13, Nuestra Señora de Fátima
Jueves 14, San Matías, apóstol
Viernes 15, San Isidro Labrador, quien junto a su esposa María Toribia vivió en santidad la vida de trabajo y familia. Un santo muy querido en nuestra Diócesis.
Cuidado y prevención
Sábado 16, San Luis Orione, uno de los santos que plantó sus pies en nuestra Diócesis. A él está dedicada la parroquia de La Floresta.
El sábado 16 y el domingo 17, tendremos en Montevideo el segundo encuentro nacional de cultura del cuidado, para la prevención de abusos en la Iglesia. Oremos por todos los participantes y sobre todo, por la sanación de quienes han sido víctimas y para que nadie más tenga que sufrir esas dolorosas situaciones.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Palabra de Vida: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes”. (Juan 14,15-21)
Palabra de Vida: Abrazar la Palabra viviendo la Esperanza. Juan 15,18-21
9 de mayo de 2026, sábado de la V semana de Pascua.
Reflexión tomada del discurso del papa Benedicto XVI en la Casa Madre de la Fazenda de la Esperanza, Guaratinguetá, Estado de San Pablo, Brasil, 12 de mayo de 2007.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
viernes, 8 de mayo de 2026
Los Obispos uruguayos saludan al Papa León XIV en el primer aniversario de su elección y le manifiestan su comunión y apoyo.
Santa Sede
Santidad:
En el primer aniversario de su elección a la Cátedra de San Pedro, los obispos del Uruguay queremos hacerle llegar nuestro más afectuoso saludo.
Al mismo tiempo, queremos manifestarle nuestra adhesión y confianza en su servicio de confirmarnos en la fe, particularmente en el anuncio de la Paz que el Señor nos ofrece, tal como lo ha expresado Ud. en su saludo inicial y en numerosos gestos y palabras.
Dios mediante, nos estaremos encontrando con Ud. en la visita Ad Limina Apostolorum de nuestra Conferencia Episcopal, prevista para septiembre. Asimismo, esperamos tener la alegría de recibirlo en nuestra tierra.
Le pedimos su bendición y encomendamos su ministerio, nuestro encuentro y esa esperada visita, a Nuestra Señora, la Virgen de los Treinta y Tres y al Beato Jacinto Vera, nuestro primer obispo, infatigable misionero.
Con filial afecto,
Los Obispos del Uruguay.
Presidente de la CEU
Secretario General de la CEU
