sábado, 13 de junio de 2026

Cosecha abundante (y urgente); pocos trabajadores. Mateo 9,35–10,8. XI Domingo durante el año.

Se va terminando el otoño, se acerca el invierno y en estas semanas pasadas y las que vienen, muchos campos del Uruguay, sobre todo en el litoral oeste, han recibido o recibirán la siembra del trigo y otros cultivos. Lejos estamos todavía del verano, cuando los campos blanquean y las rutas se llenan de maquinaria que va pasando por los distintos establecimientos para realizar la trilla. 

La siembra tiene su momento, pero la cosecha tiene su urgencia. El trigo maduro es extremadamente sensible a las lluvias y vientos fuertes. La humedad ideal del grano está alrededor del 12,5 %. Si la humedad es mayor, hay que evaluar la posibilidad de que el tiempo se mantenga seco y se llegue al punto correcto o, aun así, cosechar y hacer luego un secado artificial, con los costos que eso tiene.

Cuando Jesús habla de “cosecha abundante” y pide más trabajadores, podemos pensar que el problema está en la cantidad, en la abundancia de gente y de trabajo: hay mucho qué hacer. Ése puede ser un aspecto, pero hay otro no menos importante: se necesitan muchos trabajadores porque hay una urgencia. Si la cosecha no se levanta cuando está en su punto, arriesga perderse. Y Jesús no quiere que nadie se pierda. De eso nos hablan las parábolas de la Misericordia que encontramos en el evangelio de Lucas: la oveja perdida, la dracma perdida, el hijo… también perdido (Lucas 15,1-32) y el episodio de Zaqueo, a quien Jesús le dice:

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido». (Lucas 19,9-10)

Estos episodios nos muestran una mirada atenta de Jesús, que ve, más allá de las apariencias, lo profundo del corazón del hombre y reconoce allí el germen de lo que Dios ha sembrado en él. En medio de una vida desordenada y desfigurada por el pecado, puede aún brillar en los ojos el deseo de felicidad que pasa por el reencuentro, la reconciliación y la paz que solo en Dios se puede encontrar, como fruto de una auténtica conversión.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús hablando largamente, a lo largo de los capítulos 5, 6 y 7, en el llamado “sermón de la montaña”. Comenzando por las bienaventuranzas, presenta a sus discípulos y a todos los que lo escuchan un exigente programa de vida. Luego Jesús baja y llevan a su encuentro toda una humanidad doliente: el leproso, el centurión con su sirviente paralizado, la suegra de Pedro con fiebre, muchos endemoniados, el paralítico llevado en su camilla. Más adelante encuentra al publicano Mateo en su mesa de recaudación… A los que le señalan que se sienta con pecadores y come con ellos, Jesús les responde:

«No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos (…) yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». (Mateo 9,12-13)

El médico Jesús no ofrece una curación superficial, sino sanar lo profundo del corazón, para que el hombre pueda volver al encuentro de Dios y del prójimo.

En la muchedumbre que lo sigue, Jesús ve reunidos a quienes fueron llegando hasta él agobiados por sus cargas y su mirada se llena de misericordia:

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. (Mateo 9,36)

Considerar esa mirada misericordiosa de Jesús nos permite entender estas palabras que, en un momento dado, él dirige a sus discípulos y que parecen tan enigmáticas:

Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. (Juan 4,35)

Cuatro meses para aquel trigo que observa Jesús… pero todo se ha adelantado en el campo donde los discípulos están llamados a cosechar. Los tiempos de Dios y la respuesta humana no están atados a un calendario, ni siquiera al calendario litúrgico, que no deja de ser útil y necesario, con toda su riqueza. Pero cuando Dios toca de alguna forma tu corazón, llamándote a un cambio en tu vida que te haga volverte hacia Él… ¡qué bueno que encuentres a los trabajadores llamados y enviados por Jesús!  

Para que se pueda dar esa presencia se hace necesario realizar lo que Jesús nos pide particularmente hoy al decirnos:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». (Mateo 9,37-38)

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha orado y sigue orando para que no falten esos servidores. Normalmente pensamos en la necesidad de sacerdotes, y es una necesidad muy real; pero también necesitamos más diáconos permanentes, más personas consagradas, más ministros laicos; más fieles que asuman servicios en los diferentes movimientos de apostolado, en las áreas pastorales, en las misiones, en los quehaceres de la comunidad, poniendo en obra ante Dios y los hermanos los dones que han recibido del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia (cf. 1 Corintios 14,12).

La comunidad de los discípulos de Jesús, en su peregrinación hacia la Casa del Padre, no se cierra sobre sí misma. La comunión entre los miembros, la participación hacia el interior de la Iglesia encuentra su sentido abriéndose, saliendo en misión. La Iglesia existe para evangelizar, para anunciar el Reino de Dios, para ayudar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a encontrar a Jesucristo.

El Papa León ha señalado que la Iglesia y el mundo necesitan mucho más que personas que apenas cumplen exteriormente sus deberes religiosos o “cristianos de ocasión” que de vez en cuando dan cabida a algún buen sentimiento o participan en algún evento. Aquellos que se necesita son

“... los que están dispuestos a trabajar cada día en el campo de Dios, cultivando en su corazón la semilla del Evangelio para luego llevarla a la vida cotidiana, a la familia, a los lugares de trabajo y de estudio, a los diversos entornos sociales y a quienes se encuentran en necesidad”. (Ángelus, 6 de julio de 2025)

Junio es, en toda la Iglesia Católica, el mes del Sagrado Corazón de Jesús.

En Uruguay es también el Mes Vocacional. Escuchando al Señor, animémonos a seguir atendiendo su llamado para pedir al Padre que envíe los trabajadores que la Iglesia y el mundo necesitan para la urgencia de hoy.

En esta semana

El Viernes 19 en el Uruguay recordamos el nacimiento de nuestro héroe nacional José Artigas y celebramos el día del abuelo.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Inmaculado Corazón de María. Su madre conservaba estas cosas en su corazón. (Lucas 2,41-51)


Palabra de Vida. Sábado 13 de junio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

viernes, 12 de junio de 2026

Sagrado Corazón de Jesús. Palabra de Vida: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados”. (Mateo 11,25-30)


 

Viernes 12 de junio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

miércoles, 10 de junio de 2026

Palabra de Vida: Permanecer fiel con un corazón firme. (Hechos 11, 21b-26; 13, 1-3)


 

11 de junio de 2026, San Bernabé, apóstol.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Palabra de Vida: Practicar y enseñar. Mateo 5,17-19.


10 de junio de 2026, Miércoles de la X Semana durante el año.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

martes, 9 de junio de 2026

Palabra de Vida: “Vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo” (Mateo 5,13-16)


 

9 de junio de 2026, Martes de la X Semana durante el año.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

domingo, 7 de junio de 2026

“Felices los que tienen alma de pobres” (Mateo 5,1-12a)


 

8 de junio de 2026, lunes de la Décima semana durante el año.
Imagen: Representación de san Francisco de Asís (fresco de Cimabue en la Basílica de Asís; se cree que es la imagen más fiel del santo)

viernes, 5 de junio de 2026

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. (Juan 6,51-58) Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo” nos dice Jesús en el evangelio de este domingo, 7 de junio de 2026, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Comencemos nuestra reflexión recordando el camino de los Israelitas por el desierto, que nos narra el libro del Éxodo. El pueblo, liberado por Dios de la esclavitud en Egipto, se inquieta frente al largo y difícil trayecto que tiene por delante y su primera pregunta brota de la necesidad más básica: ¿qué vamos a comer?

Al evaporarse el rocío apareció sobre el desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: ¿Maná? es decir ¿qué es esto? Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que Yahveh les da por alimento”.  (Éxodo 16,14-15)

El maná fue un signo para ese pueblo desconfiado y quejoso, que temía ser abandonado por Dios en el desierto. Sin embargo, allí estaba el Señor, presente, providente y misericordioso, sosteniéndolo con el alimento necesario.

Pero no nos entretengamos en eso. Quedémonos con la pregunta que expresa el asombro: “¿qué es esto?”, porque es una buena puerta de entrada al misterio de la Eucaristía.

La primera lectura de hoy, tomada del Deuteronomio, invita a hacer memoria de aquel camino en el desierto, donde Dios condujo a su pueblo entre serpientes y escorpiones, hizo brotar agua de la roca y lo alimentó con un don inesperado:

No olvides al Señor, tu Dios que (…) en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres. (Deuteronomio 8,15.16)

Israel no olvida y hace memoria celebrando la Pascua, la intervención liberadora de Dios: la salida de Egipto, la travesía por el desierto y la llegada a la tierra prometida. En ese camino, el maná fue el signo del cuidado de Dios; pero aquella experiencia era apenas la sombra, el velado anuncio de algo mucho mayor:

Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.» (Juan 6,51)

Así comienza el pasaje del evangelio que leemos hoy. Jesús abre sus palabras con un “yo soy”, como los que encontramos a lo largo del Evangelio de Juan, en los que nos revela algo esencial de su identidad: yo soy el buen pastor, yo soy el camino, la verdad y la vida, yo soy la vid verdadera… Pero pensemos, por un momento, en lo que Jesús está diciendo. Dejémonos sorprender, como sus primeros escuchas, ante esas palabras: yo soy el pan; pan vivo; bajado del cielo… Con el mismo asombro de Israel ante el maná, podemos decir “¿qué es esto?”

«Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.» (Juan 6,58)

Ahí está la diferencia decisiva entre el maná y el pan que ofrece Jesús. 

El maná sostuvo las fuerzas del pueblo mientras caminaba en el desierto. Sin embargo, muchos murieron en el camino y otros, ya en la tierra prometida. Jesús, en cambio, se ofrece a sí mismo como pan de vida eterna. No da simplemente algo; se da Él mismo para sostener nuestras fuerzas en nuestro peregrinar sobre la tierra.

Por eso, cuando Jesús habla de su carne y de su sangre, usa un lenguaje concreto, incluso desconcertante. Quiere dejar claro que se entrega verdaderamente como alimento:

Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. (Juan 6,53-56)

No solo “la carne”, sino también “la sangre”. El pan se ha desdoblado en comida y bebida. A los oyentes de Jesús, esas palabras les pueden sonar igual que a cualquier contemporáneo nuestro que no esté familiarizado con la Eucaristía… Por eso, Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» (Juan 6,52). Tenemos otra vez un misterio como el maná, pero mucho más grande. “¿Qué es esto?”

Para entender mejor, hace falta mirar el trasfondo de la religión del antiguo Israel. En ella, los sacrificios ocupaban un lugar central. Una persona, un grupo, el propio pueblo, acercaba una ofrenda viva, que era presentada a Dios por el sacerdote.

Dando muerte a la víctima, el sacerdote la hacía entrar en el ámbito de lo sagrado, de lo sacro, el ámbito de Dios: presentaba a Dios esa víctima, en nombre de los oferentes que pedían perdón por alguna falta, o suplicaban por alguna gracia especial. 

La sangre era muy importante en el rito, porque era considerada el depósito de la vida, a partir de la experiencia de que un ser vivo que se desangra, muere.

Entonces, al nombrar por separado cuerpo y sangre, Jesús está hablando de un sacrificio, donde su sangre será separada del cuerpo, separada de la carne. Pero no habla del cuerpo de un cordero ajeno, sino del suyo propio. Él mismo es el Cordero de Dios; Él mismo se ofrece y Él mismo es el sacerdote. Sacerdote, víctima y altar: todo converge en su entrega. Recordemos la expresión que leíamos al principio: “mi carne para la vida del mundo”. Ese “para” significa “mi carne ofrecida en sacrificio para la vida del mundo”. 

Jesús sacrificado para la vida del mundo; Jesús resucitado, vencedor de la muerte. Cada Misa vuelve a hacer presente la entrega de Jesús; vuelve a hacer presente entre nosotros su acto de amor y de ofrenda, por nosotros y por nuestra salvación. No se trata solo de recordar algo pasado, sino de entrar sacramentalmente en ese misterio vivo. 

Esta comunión con Cristo, con su sacrificio en la cruz, no puede quedar encerrada en el templo. La comunión con el Señor resucitado nos compromete a nosotros, sus discípulos, a imitarlo, haciendo de nuestra vida, con nuestras actitudes, un pan partido para los demás, igual que Él partió el pan que es realmente su carne. 

Nosotros también podemos hacernos pan en los comportamientos generosos hacia el prójimo. En ellos demostramos nuestra actitud de partir la vida para los demás, uniendo nuestra vida a la de Jesús para hacernos con Él y en Él, una ofrenda agradable al Padre.

En esta semana

  • El Lunes 8, en la parroquia San Antonio de Las Piedras, tendremos una celebración en el marco del Jubileo Franciscano, con la bendición del nuevo altar y el testimonio de los Grupos Esperanza Viva de la Fazenda de la Esperanza.
  • El Jueves 11, San Bernabé, apóstol.
  • Viernes 12, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Gran fiesta en la comunidad de las Hermanas Salesas, en el Monasterio de la Visitación de María, en Progreso.
  • El Sábado 13: Corazón Inmaculado de María. La comunidad claretiana está de fiesta en la parroquia de Progreso.
  • El mismo día 13 (o el domingo 14), las parroquias y las capillas de nuestra diócesis dedicadas a San Antonio de Padua tendrán sus fiestas patronales en el marco del año jubilar Franciscano.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Palabra de Vida: “Permanece fiel a la doctrina que aprendiste” (2 Timoteo 3,10-17)


 

5 de junio de 2026, Viernes de la IX Semana durante el año.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

miércoles, 3 de junio de 2026

Palabra de Vida: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12,28-34).


 

4 de junio de 2026, Jueves de la IX Semana durante el año.
Reflexión tomada de Chiara Lubich – La Doctrina Espiritual – pág. 129-130
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.