lunes, 21 de enero de 2019

Lo que acaban de oír se cumple hoy (Lucas 1,1-4; 4,14-21). III Domingo del Tiempo Ordinario.





Ayer, hoy y mañana. El hoy, el presente, es lo único real. “Es lo que hay”, como suele decirse, a veces con ironía…
“Es lo que toca”, es decir, lo que corresponde, lo que nos ocupa…
El pasado vuelve a nosotros en la memoria, a veces dándonos el respaldo de una experiencia, de un camino recorrido que nos anima a seguir adelante… a veces muestra heridas que están lejos de ser curadas y siguen abiertas.
El mañana… a veces no queremos pensar en el mañana, pero es lo que está delante, lo que no va a tardar en hacerse hoy… lo que ya estamos anticipando y, en esa forma, lo estamos viviendo; Dios quiera que siempre con esperanza y nunca con desesperación.

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús en la sinagoga, la casa de oración de los judíos, leyendo un pasaje del profeta Isaías. Al terminar de leer, Jesús dice:
«HOY se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Ese HOY que pronuncia Jesús, puede sonar como un lejano ayer… pero sigue siendo tiempo presente. Más todavía, sigue siendo para nosotros un futuro que continuamente se va haciendo presente… pero no nos adelantemos. Leemos en el Evangelio según san Lucas:
Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor».
El pasaje que Jesús lee está en primera persona. Quien habla es el profeta Isaías. Sin embargo, cabe aquí la pregunta que muchas veces se hicieron los lectores:
«¿De quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?» (Hech 8,34).
La respuesta la da el mismo Jesús:
«HOY se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Jesús interpreta que la profecía de Isaías se refiere a él mismo, a Jesús, y que se cumple HOY.
Ese HOY es importante. EDITADO HASTA AQUÍ No se refiere únicamente a aquel lejano día en que Jesús leyó en la sinagoga… ese HOY es un presente que continúa en el tiempo, porque Jesús sigue actuando, realizando su obra salvadora.

La teóloga uruguaya Teresita Porcile, ya fallecida, nos dejó, en el año 2000, un hermoso libro sobre el Jubileo. Allí ella reflexiona sobre los HOY que se repiten a lo largo de la obra de san Lucas. He aquí algunos de ellos:

El anuncio del ángel a los pastores de Belén:
“HOY, en la ciudad de David, les ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,11)
La gente que reconoce con asombro la obra salvadora de Jesús, glorifica a Dios y dice:
«HOY hemos visto cosas increíbles». (Lc 5,26)
El encuentro de Jesús con Zaqueo, jefe de los publicanos de Jericó, conocido y despreciado por todos como pecador. Cuando Jesús lo ve en la calle, subido a un árbol para poder mirar, le dice:
«Zaqueo, baja pronto; porque conviene que HOY me quede en tu casa» (Lc 19,5)
Cuando Zaqueo recibe a Jesús y expresa su decisión de convertirse, de dejar su vida de maldad, Jesús declara:
“HOY ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9)
Queda todavía el HOY más dramático, el HOY del calvario. Ese es el que escucha el ladrón crucificado que implora “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. A él Jesús le responde:
«Yo te aseguro: HOY estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23,43)
Todo esto toma sentido en las palabras de Isaías que Jesús lee en la sinagoga. El pasaje que lee Jesús concluye diciendo que él ha sido enviado a proclamar un año de gracia del Señor.

En el antiguo testamento o libro de la primera alianza estaba establecida la celebración de un “año sabático”, cada siete años, durante el cual se dejaba reposar la tierra y se liberaban los esclavos. Había también un año de gracia o Jubileo, cada 50 años, es decir, al término de siete semanas de años. En el Jubileo se ampliaban las prácticas del año sabático… se perdonaban deudas… era un momento de “borrón y cuenta nueva”, de perdón y reconciliación, para dar a todos la oportunidad de empezar de nuevo la vida, de recomponer las relaciones sociales y familiares. Isaías habla de pobres, ciegos, cautivos, oprimidos, cuya vida cambia, es transformada. El Jubileo los pone en lugar privilegiado, por sus situaciones de sufrimiento; pero no se excluye a nadie. Se trata de restablecer la filiación: que nos reconozcamos como hijos del Padre Dios y de allí restablecer la fraternidad: reconocer a cada uno de los demás como hermano o hermana queridos y tratarlos como tales.

Al manifestar que en él se cumplía la profecía de Isaías, Jesús no estaba instituyendo un año jubilar; mucho más que eso, con sus palabras y sus obras, abrió el verdadero Jubileo; no para un año, sino para HOY, para cada día, para siempre, dándonos la posibilidad de cambiar, para bien, las relaciones con Dios, con los hermanos, consigo mismo y con toda la creación.

Amigas y amigos: gracias por su atención. Como dice el salmo:
Ojalá escuchemos HOY la voz del Señor.
No endurezcamos el corazón. 
Hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 17 de enero de 2019

Las llenaron hasta el borde (Juan 2,1-11). II Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.







Las estadísticas de Uruguay nos dicen que cada vez son menos las parejas que se casan. Siendo el matrimonio civil un requisito para casarse en la Iglesia Católica, no necesitamos ver datos de las parroquias para darnos cuenta de que también disminuyen quienes se casan “por la Iglesia”.
Como obispo me ha tocado pocas veces celebrar un matrimonio; como párroco, en Paysandú, fueron muchas. Algunos creen que los que se casan en la Iglesia lo hacen por la ceremonia, por el vestido, por la figuración social que eso daba y sigue dando en algunos ambientes. Sin embargo, hablando con parejas que querían casarse supe a menudo de un camino recorrido con amor, con ilusión y aún con sacrificios; camino en el que fueron encontrando a Dios. Por eso, esas parejas querían que Dios bendijera su unión, que estuviera desde allí en adelante en su vida de familia.

Todo esto lo traigo porque el evangelio de este domingo nos introduce en una boda. Es el episodio conocido como “las bodas de Caná” en el evangelio de Juan. Este es el tercer pasaje evangélico que, junto con la adoración de los magos y el bautismo de Jesús, constituye una epifanía o manifestación de la identidad de Jesús como Hijo de Dios. Una antífona que se reza en estos días une los tres episodios en la imagen de una boda:
Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial esposo,
porque, en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados;
los magos acuden con regalos a las bodas del Rey,
y los invitados se alegran por el agua convertida en vino.
El evangelista Juan nos dice que en Caná de Galilea Jesús manifestó su gloria.
Sin embargo, para que esa manifestación, esta tercera epifanía se produzca, hay una intervención especial, una mediación. Así comienza el relato:
Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea,
y la madre de Jesús estaba allí.
Jesús también fue invitado con sus discípulos.
Se nos ubica en el acontecimiento y en el lugar… la boda… Caná… y se nos dice que “la madre de Jesús estaba allí”. De lo que sigue vamos a deducir que ella era una invitada, pero ese “estaba allí” y lo que ella va a hacer inmediatamente sugiere algo más, un lugar casi como dueña de casa, o al menos como una madrina pendiente de lo que sucede. Su hijo aparece en segundo plano: “Jesús también fue invitado…”

Y aquí viene la intervención de María.
Como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».
Aquí tenemos la mirada atenta de María. El vino se ha terminado. No es un detalle menor: es todo. Se termina la fiesta. No hay otra bebida disponible, salvo el agua.
Pero el hijo no parece sentirse tan involucrado como su madre:
Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».
Respuesta breve, pero cargada de significado.
Si el “qué tenemos que ver” pone distancia entre lo que María pide y lo que Jesús cree que puede o no hacer, el “nosotros” muestra el vínculo que une a Jesús y su madre. Jesús no dice “¿y yo que tengo que ver?” o “¿y tú que tienes que ver?”. Jesús no marca una división entre él y su madre: “¿qué tenemos que ver nosotros?”. Él no saldrá por su lado, no la dejará sola. En esto están juntos.
Pero la objeción de Jesús es más profunda: “Mi hora no ha llegado todavía”. No parece ser el momento de que Jesús se manifieste. Está allí, con su madre, con sus primeros discípulos… pero entonces…
Su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».
Si yo tuviera que elegir entre las más importantes palabras de María en los evangelios, la primera sería “hágase en mí según tu palabra”, porque es la que inició todo… pero creo que la segunda sería ésta, porque a través de esta frase ella nos conecta con su Hijo: “hagan lo que él les diga” es un llamado a escuchar la Palabra de Jesús y a ponerla en práctica.
Y aquellos servidores lo hicieron. Y lo hicieron muy bien.
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.
Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas».
Y las llenaron hasta el borde.
Los servidores fueron especialmente diligentes: las llenaron hasta el borde. Era una gran cantidad de agua. Las tinajas no se llenaban con una manguera o en una canilla. Los servidores podrían haberse sentido fastidiados “¿y esto para qué?” y haber ejecutado su trabajo más o menos… tanto da… 100 litros, 90, 80... pero no. Las llenaron hasta el borde.
En sus milagros, Jesús siempre cuenta con nuestra participación. Algo tenemos que poner. Que la gente manifieste su fe, que pida la ayuda de Jesús, que lo toque con confianza, que presente cinco panes y dos peces, que lleve al amigo paralítico… que quien pide algo a Jesús ponga de sí todo lo que pueda. Hasta el borde.
«Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.
El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».
Al probar el vino, el mejor vino, el encargado llamó al esposo. ¿Quién es realmente el esposo? El evangelista aquí juega en dos planos. Sí, el esposo puede ser el recién casado… del que no sabemos nada… o el esposo puede ser el que ha guardado el buen vino para el final, es decir, Jesús. Puede sorprender que lo entendamos así, pero la imagen de Dios como el esposo que viene a buscar a la esposa, que es su Pueblo, atraviesa toda la Biblia. A eso se refiere la profecía de Isaías en la primera lectura:
como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios. (Isaías 62,5)
En Jesús, Dios se manifiesta, se revela. No desde lo alto de la montaña o en medio del templo, sino en una fiesta, entre amigos. No es un Dios severo y tiránico, sino el esposo y el amigo, capaz de amar con ternura a su pueblo y de prepararle una fiesta eterna. Por algo son 600 los litros de buen vino: para que desborde, para que la fiesta no concluya jamás.

Llegamos así al final del relato, que nos da todo su sentido:
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.
Detengámonos todavía en un detalle. Dice el evangelista que éste “fue el primero de los signos de Jesús”. “Primero” no significa aquí solo un número ordinal: primero, segundo, tercero… es más bien principio, comienzo, origen. Lo que viene después no es una simple sucesión, sino la continuación de la huella que abre este primer signo de Jesús.

Amigas y amigos: gracias por su atención. Que, recordando esta manifestación de Jesús, nos animemos también nosotros a “llenar hasta el borde” las tinajas de nuestra vida, de modo que participemos del buen vino en el banquete del Reino. Hasta la próxima semana, si Dios quiere.

Condolencias del Papa Francisco con motivo del fallecimiento de Mons. Roberto Cáceres.

15 de enero de 2019

Mons. Heriberto Andrés Bodeant Fernández
Obispo de Melo

Excelencia:

Tengo el honor de enviarle el siguiente mensaje, presentado por Su Eminencia el Cadenal Pietro Parolín, Secretario de Estado de Su Santidad, en nombre del Santo Padre, con motivo de la muerte de Mons. Roberto Cáceres:

"Excmo. Heriberto Andrés Bodeant Fernández
Obispo de Melo

El Papa Francisco, recibida la triste noticia del fallecimiento de Monseñor Roberto Cáceres, Obispo Emérito de Melo, ruega a Vuestra Excelencia que tenga la bondad de hacer llegar a los familiares del finado, así como a los sacerdotes y fieles de esa Diócesis, su más profundo pésame y su paternal cercanía. Asimismo, ofrece sufracios por el eterno descanso del difunto prelado, que con ejemplar celo y entrega pastoral sirvió duante tantos años a esa Iglesia particular, y les otorga con afecto la confortadora bendición apostólica como signo de fe y esperanza en Cristo Resucitado.

Cardenal Pietro Parolín
Secretario de Estado de su Santidad"


Me sumo a las palabras del Cardenal Parolín y le envío mis más sentidas condolencias por la muerte de su predecesor.

Con saludos fraternos en Cristo,

+ Martín Krebs
Nuncio Apostólico

lunes, 14 de enero de 2019

Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres). 16 de abril de 1921 – 13 de enero de 2019



Mons. Roberto Cáceres, nuestro querido Obispo emérito de Melo, falleció a los 97 años, ayer, domingo 13 de enero, fiesta del Bautismo de Jesús, en Montevideo, cerca de la medianoche, en el Hogar Sacerdotal.

Lo acompañaron en sus últimos momentos las Hermanas del Hogar y Mons. Arturo Fajardo, Obispo de San José de Mayo, que se encontraba circunstancialmente allí.

Yo me encuentro lejos de Uruguay, con una diferencia de cinco horas, lo que ha dificultado un poco las comunicaciones oportunas. Mi último encuentro con Mons. Roberto fue el domingo 30 de diciembre, en vísperas de mi viaje. Como tantas veces estuvimos conversando amenamente. Nada me hacía imaginar que su vida estaba llegando a término y esperaba celebrar con él en abril sus 98; pero, sin saberlo, ésa fue nuestra despedida.

Siento mucho esta partida de Monseñor, y más aún el no poder estar acompañando en este momento a tanta gente de Cerro Largo y Treinta y Tres que lo lleva en su corazón, a la comunidad diocesana por la que él dio los largos años de su vida y a su familia.

Muchos pensamientos y recuerdos se me cruzan en la mente… ¡cuántos más en quienes lo conocieron y trataron desde su llegada a Melo en 1962!

Me viene a la memoria una canción de Osiris Rodríguez Castillo que dice:
“…que al final de mi vida
quede mi canto despierto
que todo coyuyo muerto
deja una luz encendida”. 
La luz del coyuyo es una lucecita, pero aún así lo sobrevive. La luz de Mons. Roberto es una gran luz, la luz de una persona luminosa. No una luz de brillo estridente, cegador, sino una luz apacible. Una luz bajo la cual se puede ver las cosas de modo diferente, como solía verlas él. Dónde muchos sólo verían tristeza, desolación, angustia, él era capaz de encontrar los valores escondidos pero presentes, la solidaridad humana y aún la santidad. Alguna vez un hermano Obispo le dijo “vos estás enfermo de optimismo”. Yo creo que Monseñor no era un optimista, sino algo mucho más profundo: era un hombre de esperanza. Que la luz de esa esperanza que él supo comunicar y sostener “en el nombre del Señor” –su lema episcopal– siga iluminando el camino de todo el Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres.

A todos, mi afectuoso saludo, unido a ustedes en el recuerdo y la oración por su eterno descanso. Estoy convencido que el Señor premiará la generosa entrega de su vida y lo recibirá como servidor bueno y fiel.

Invito a recibir y acompañar su cuerpo en Treinta y Tres, en la parroquia san José Obrero a las 10:30 y en Melo, en la catedral, a las 17 horas, después de lo cual recibirá sepultura en el Cementerio de Melo.

+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)


miércoles, 9 de enero de 2019

Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Lucas 3,15-16. 21-22)







El lanzamiento de un producto, la presentación de un libro, el estreno de una película, el debut de un artista o un deportista, la proclamación de un candidato, son -o, en algunos casos, fueron- formas de llamar la atención sobre algo o alguien que se quiere hacer conocer rápidamente por la gente. Bien organizado y bien difundido, el evento tiene posibilidades de hacer impacto en el público, hacer que todos hablen de eso por un tiempo, de acuerdo con el interés que la novedad haya despertado.

La semana pasada hablamos del “día de reyes”, que en la Iglesia es la fiesta de la Epifanía, la manifestación de Jesús como salvador. Este domingo y el siguiente recordaremos otras dos “epifanías”: el bautismo y el primer milagro de Jesús, en las Bodas de Caná. Podríamos entender estas manifestaciones como una presentación pública, un lanzamiento. Sí, hay algo de eso; pero hay mucho más.

Jesús fue bautizado por Juan el Bautista. Juan predicaba un bautismo para la conversión de los pecados. Los primeros cristianos tuvieron dificultades para entender esto. ¿Por qué Jesús, que no tenía pecados, pidió ser bautizado por Juan? Los cuatro evangelios nos dicen que el hecho existió y buscan ayudarnos a interpretarlo.
Marcos dice claramente:
“vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán” (1,9).
Mateo nos cuenta que al presentarse Jesús para ser bautizado
“Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?»” (3,14).
El evangelista Juan da algunos rodeos; no relata el momento del bautismo, pero nos presenta el testimonio de Juan el Bautista:
«He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo"» (1,32-33).
San Lucas, nuestro evangelio de este domingo, tampoco nos dice directamente que Jesús fue bautizado por Juan, sino que:
Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús.
Ya en otra oportunidad dijimos que la imagen del bautista y Jesús solos en el Jordán, con el agua a los tobillos y Juan derramando agua sobre la cabeza de Jesús no es una buena representación del bautismo de Jesús. El bautismo era un acto masivo; la gente admitida por el Bautista se sumergía en el agua a su indicación. Era un baño total. Era el lavado del cuerpo para limpiar a los arrepentidos de todos sus pecados. Sumergirse en el agua significaba morir a la vida que se había llevado hasta entonces y el salir del agua un nuevo nacimiento, la entrada en una vida nueva, ordenada hacia Dios.

Vuelve entonces la pregunta de los primeros cristianos: si Jesús no es un pecador ¿por qué se bautiza? Para entender esto, debemos recordar que lo que hace Jesús no es para él, no es porque él lo necesite, sino porque nosotros lo necesitamos. Pensemos en esta escena tan diferente de esos cuadros que hemos visto: Jesús no se bautiza aparte, separado de los demás, sino mezclado con la multitud, entreverado con los pecadores arrepentidos que se abren a una esperanza de salvación. Sumergiéndose entre ellos, Jesús se empapa en nuestra historia, en nuestros dolores, en nuestro drama.

El agua del Jordán no limpia a Jesús de pecados que Él no tiene; al contrario, es Jesús quien, al bautizarse, consagra el agua del Jordán para que renueve nuestra naturaleza pecadora con un baño que significa nuestro renacer espiritual.

Dijimos que hay mucho más. Veamos ahora el bautismo como epifanía, manifestación de Dios. Inmediatamente después de ser bautizado Jesús:
…mientras estaba orando, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección.»
“Mientras estaba orando”. La oración de Jesús es su comunicación con el Padre. Los evangelios cuentan que Jesús se alejaba de la multitud y hasta de sus discípulos para ese momento de profunda intimidad… pero aquí, como hemos dicho, Jesús está en medio del pueblo que, como él, ha sido bautizado. La oración de Jesús nos muestra hasta dónde él vive interiormente ese gesto exterior. El agua solo toca la piel; pero el gesto llega a lo más profundo de su ser y lo pone en comunicación con quien lo ha enviado.

Mientras estaba orando “se abrió el cielo”. El Pueblo de la Primera Alianza había sido testigo de muchas intervenciones de Dios a lo largo de su historia. En los últimos tiempos, a través de los profetas. Pero había pasado largo tiempo sin que Dios se manifestara. Se decía “los Cielos están cerrados”. Con la oración de Jesús después de su bautismo, el Cielo se abre para que el Espíritu Santo descienda sobre Jesús y la voz del Padre manifieste que Jesús es su Hijo amado. De esta forma se hace patente que Dios está presente en Jesús, en el Hijo eterno del Padre que se ha hecho uno de nosotros.

Antes del bautismo de Jesús, Juan ya había anunciado al Pueblo:
«Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.»
¿Qué significa para nosotros ser bautizados “en el Espíritu Santo y en el fuego”, recibir el bautismo de Jesús? Así lo explica el Papa Francisco:
…en el Bautismo cristiano el Espíritu Santo es el artífice principal: es Él quien quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina; es Él quien nos libera del dominio de las tinieblas, es decir, del pecado y nos traslada al reino de la luz, es decir, del amor, de la verdad y de la paz...
(…) El Espíritu empuja nuestra vida hacia el camino laborioso pero feliz de la caridad y de la solidaridad hacia nuestros hermanos. El Espíritu nos dona la ternura del perdón divino y nos impregna con la fuerza invencible de la misericordia del Padre. El Espíritu Santo es una presencia viva y vivificante en quien lo recibe: reza con nosotros y nos llena de alegría espiritual. (Ángelus, 10 de enero de 2016).

Amigas, amigos… gracias por llegar hasta aquí en su lectura. Que el Espíritu Santo que hemos recibido en nuestro bautismo nos ayude a conocer y a cumplir cada día la voluntad del Padre. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 2 de enero de 2019

“Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mateo 2,1-12). Solemnidad de la Epifanía.







En mi casa, cuando yo era niño, había dos regalos que esperábamos en esta época del año. El primero era el que traía Papá Noel, en la noche de Navidad. Para esperar ese regalo todos en casa poníamos una media y, a la mañana siguiente, encontrábamos dentro de ella un regalito. Algo pequeño, pero simpático. Después esperábamos el día de Reyes. En la noche del 5 de enero poníamos los zapatos, dejábamos afuera un montón de pasto y agua para los camellos y esperábamos a los Reyes Magos. Esa noche casi no dormíamos y nos levantábamos más temprano que nunca. Aunque a veces hacíamos una cartita con pedidos, siempre llegaba una sorpresa. Una sorpresa linda. Los Reyes nos conocían bien… por algo eran Magos.

Este año el 6 de enero llega en domingo. Este día la Iglesia celebra la fiesta de la Epifanía. Esa palabra no parece tener mucho que ver con reyes ni magos y, efectivamente, tiene otro significado. Epifanía quiere decir “manifestación” y se refiere a la manifestación de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador esperado por su pueblo, que viene a ofrecer el amor de Dios a toda la humanidad. Veamos como empieza esto:
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.»

Unos magos: el evangelio no dice reyes; pero el profeta Isaías había anunciado:
Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora.
Estos magos que han visto la estrella caminan hacia la luz como los reyes de los que hablaba Isaías. Por eso decimos “reyes magos”.

“Mago” puede querer decir muchas cosas… lo que sabemos de estos hombres es que conocían algunas profecías y estaban atentos a señales del cielo: “vimos su estrella”.
Una antigua profecía sobre la estrella aparece en el libro de los Números, y es del vidente Balaam. Balaam anuncia, en un futuro lejano, el nacimiento de un rey de los judíos, nacimiento que estará marcado por la aparición de una estrella. Dice el vidente:
Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. (Números 24,17)

Los Magos preguntan por “el rey de los judíos”, pero dicen que han venido a adorarlo. No se trata, entonces, de un rey más de este mundo, sino de un rey de origen divino. A un rey se le presenta respeto, obediencia, sumisión… pero sólo Dios merece ser adorado. La adoración es un acto profundamente religioso. Es el reconocimiento de Dios como creador y salvador, como Señor y dueño de todo lo que existe, como amor infinito y misericordioso (cf. Catecismo IC 2096). Claramente se lo dijo Jesús a Satán, citando la Palabra de Dios:
“Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto” (Deuteronomio (6,13 - Lucas 4,8).

Pero la pregunta de los Magos llega hasta el palacio y provoca una conmoción:
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito…»

El rey Herodes pide a los Magos que vayan a Belén y luego le informen… pero esto es lo que sucederá:
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.
Los tres regalos nos sugieren que los Magos eran tres… la tradición agregará los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, que no aparecen en el relato del evangelio.
El oro, metal precioso por excelencia, que mantiene siempre su brillo, es símbolo de lo duradero. Con él se hacen las coronas de los reyes. Al presentarle el oro, los Magos están reconociendo a Jesús como rey, tal como expresaron al preguntar: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”
El incienso se quema para que su perfumado humo suba hasta la divinidad. Es otra expresión de adoración, reconocimiento de Jesús como Dios.
La mirra… es talco. Talco para un bebé o para preparar un cuerpo para la sepultura. Es el presente más humilde, pero significa el reconocimiento de la humanidad de Jesús.

Los Magos han encontrado al que buscaban. Seguramente, no fue como ellos esperaban… Habían ido a la capital, y fueron enviados a una pequeña aldea. Fueron al palacio a hablar con el Rey y la estrella los llevó a la casita de una familia de vida sencilla. Creyeron. Adoraron. Y luego…
Como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Luego de su peregrinación a Belén, los Magos parten por otro camino. No sólo por la advertencia recibida, sino porque desde el momento mismo en que encontraron al Niño, comenzó para ellos otro viaje, una peregrinación interior, espiritual. Hace años, meditando sobre este encuentro de los Magos con Jesús, el Papa Benedicto XVI decía que los Magos habían venido a ponerse al servicio de este rey. Trayéndole sus dones y haciendo su gesto de adoración, expresaban su voluntad de servirlo en el camino del bien y la justicia.

Los reyes magos venían bien orientados, pero debían aprender que servir al bien y a la justicia no se puede hacer simplemente dando órdenes desde lo alto de un trono. Decía el hoy Papa emérito:
(Los Magos) aprenden que deben entregarse a sí mismos:  un don menor que éste es poco para este Rey.
(…) Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse. Al salir de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.

Por allí estamos invitados a caminar nosotros, también. Para eso, aprendamos de estos hombres, aprendamos de su búsqueda de Dios, de su búsqueda del bien. Busquemos a Jesús, que ha venido para todos, porque todos lo necesitamos.

Amigas y amigos: gracias por llegar hasta aquí en su lectura. Que la estrella de Belén guíe siempre y en todo lugar nuestra vida en los pasos de Jesús. Hasta la próxima semana si Dios quiere.