jueves, 22 de octubre de 2020

"El mandamiento más grande" (Mateo 22,34-40). Domingo XXX durante el año.

“Todo lo que necesitas es amor”, cantaban los Beatles, allá por el año 67… ¿Qué quiere decir eso? ¿Todo lo que necesitas es que te amen, ser amado? ¿Todo lo que necesitas es amar…? Amar y ser amado parece ser lo que todos necesitamos… Sin embargo, ser amado, más allá de lo que hagamos buscando merecer o ganar el amor de otras personas, en definitiva, es siempre algo que tenemos que esperar, que esperar que se produzca, para sentir y recibir ese amor que otras personas nos tienen.
En cambio, si se trata de amar, de dar amor, eso solo puede partir de cada uno de nosotros. No se trata solo de un sentimiento, un impulso que llega y se apodera de uno… el amor es también “querer”, no en el sentido de querer algo para mí, sino en el sentido de decidir, de poner mi voluntad… amar es también una decisión, una decisión profunda, que cambia mi manera de conducirme en la vida con las personas que quiero amar y que verdaderamente amo.

Por eso el amor puede plantearse como un mandamiento: porque no puede cumplirse un mandamiento si no tenemos libertad, si no tenemos capacidad de decisión.
Dios no dicta su ley, sus mandamientos, en un marco de imposición; como si dijera: “yo soy Dios, esto es lo que ustedes tienen que hacer y punto”.
La Ley de Dios, su núcleo original, lo encontramos en los diez mandamientos. Dios los entrega a Moisés en el marco de una alianza que hace Dios con el pueblo de Israel.

Dijo Yahveh a Moisés: «Consigna por escrito estas palabras, pues a tenor de ellas hago alianza contigo y con Israel».
Moisés estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras. (Éxodo 34,27-28)
Así se encamina la alianza prometida por Dios de esta manera:
“Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Éxodo 6,7).

“Yo seré su Dios” es el compromiso de Dios de velar por su pueblo; “ustedes serán mi pueblo” significa ser el pueblo que vive según los mandamientos de Dios. En el marco de la alianza, la Ley rige la vida de Israel. Cumplir los mandamientos es ser fiel a la alianza; no cumplirlos es quebrar ese pacto con Dios.

Si bien “las palabras de la alianza, las diez palabras” están en el centro de la Ley de Dios, a ellas se fueron sumando muchos más mandamientos, hasta llegar al elevado número de 613: 248 positivos y 365 prohibitivos. La inmensa mayoría de ellos están contenidos en la Torah, la ley, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia y otros se encuentran dispersos en los demás escritos.
La Ley se convirtió en una espesa selva de preceptos que no todos conocían y que muchos no practicaban en su totalidad. ¿Hay, acaso, un mandamiento que debe ser considerado el principal, aquel que, de alguna manera, sea el fundamento de todos los otros?

Esa es la pregunta que se le plantea a Jesús en el evangelio de este domingo. Recordemos que Jesús viene siendo puesto a prueba por todos aquellos que están molestos con sus enseñanzas: fariseos, herodianos, saduceos…

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Muchos maestros de la Ley se hacían esa pregunta. Las respuestas eran variadas. Algunos consideraban que esa pregunta no era pertinente. La Ley debía ser conocida y cumplida en forma íntegra, en todos sus mandamientos. Jesús mismo enseña a no menospreciar los pequeños mandamientos de la Ley:

Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. (Mateo 5,19)
Sin embargo, notemos que Jesús pone los “mandamientos más pequeños” en otra perspectiva: la del Reino de Dios que Él ha venido a anunciar, llevando la Ley a su cumplimiento perfecto, que no es únicamente exterior, por fuera, sino de verdad, de corazón.
No piensen que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. (Mateo 5,17)
Otros maestros consideraban que el principal mandamiento estaba en aquel principio compartido por otras culturas y religiones, el conocido como “la regla de oro”. Lo encontramos en el libro de Tobías:
“No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan” (Tobías 4,15)
En el Talmud Babilónico, el maestro Hillel, del siglo primero antes de Cristo, enseña:
“Lo que es odioso para ti no lo practiques con tu prójimo.
Esto es toda la ley; lo demás es mero comentario”.
Jesús retoma la regla de oro, pero la expresa en forma positiva:
“todo cuanto ustedes quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas” (Mateo 7,12)
No faltaban quienes consideraban como principal mandamiento el referido al sábado. Una parte importante de la santificación del séptimo día se daba por medio del descanso. Era una norma liberadora, que incluía el descanso de los servidores y hasta de los animales de trabajo. Sin embargo, esto llevaba a plantear una casuística extremadamente detallada sobre lo que se podía y lo que no se podía hacer sin violar el descanso sabático.
Un día sábado, los fariseos vieron a los discípulos de Jesús arrancar unas espigas y comer los granos, y se lo señalaron al Maestro:
«Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado» (Mateo 12,2).
Jesús no menosprecia el sábado, pero hace ver que antes del sábado está el bien y la vida de las personas:
«¿Quién de ustedes que tenga una sola oveja, si ésta cae en un hoyo en sábado, no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer el bien en sábado». (Mateo 12,11-12)
También había quienes opinaban que el principal mandamiento era el referido al amor a Dios: amar a Dios sobre todas las cosas. Por allí comienza la respuesta de Jesús:
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento».
Jesús toma estas palabras del libro del Deuteronomio
Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Yahveh.
Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.
Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy.
Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas. (Deuteronomio 6,4-9)
Este texto era la profesión de fe que los israelitas solían rezar cada día. Tal como está indicado, es uno de los textos que, aún hoy, los judíos observantes llevan inscriptos en correas de cuero que se atan en el brazo izquierdo (“las atarás a tu mano como una señal”) y en una cajita que se coloca delante de la frente (“serán como una insignia entre tus ojos”). Estas correas con las llamadas filacterias, de las que tanto se preciaban los fariseos y que les vale el reproche de Jesús:
Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto (Mateo 23,5)

En esa profesión de fe en un Dios único está el fundamento y principio del precepto que nos manda amar a Dios.
¿De qué se trata amar a Dios? ¿Sentimientos, emociones? ¿rezos, oraciones, alabanza, actos de adoración? Se trata de amar a Dios con todo nuestro ser, de manera absoluta, es decir, no como algo importante entre otras cosas importantes de nuestra vida, sino como el único absoluto.

Amar a Dios es reconocerlo como la fuente de nuestra existencia, como el origen de todo lo bueno que hay en nuestro ser. De Él venimos y hacia Él vamos. “Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17,28). Reconocerlo como nuestro fin supremo, el fin al que deben tender todas nuestras fuerzas. Amar a Dios es orientar nuestra vida hacia Él, de manera que cada aspecto de nuestra vida se ordene hacia Él; aún esas pequeñas cosas, los “mandamientos más pequeños” que mencionaba Jesús. Todo esto, desde lo más profundo de la persona: con todo el corazón, con toda el alma, con todo el espíritu.

Este es el mayor y el principal mandamiento porque sin su observancia no es posible cumplir todos los demás. Sin este amor a Dios, cae todo lo que pretendamos hacer en su nombre. Los profetas denunciaron con fuerza un culto vacío de este amor, haciendo resonar la voz de Dios que clama:
Déjense de traerme ofrendas inútiles (…) ¡ya no soporto más sacrificios ni fiestas! (…) Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlos… (Isaías 1,13.15)
¿Qué es lo que provoca ese enojo de Dios frente a los sacrificios y oraciones? ¿Qué es lo que le hace sentir el desamor de esos creyentes?
«… aunque multipliquen sus plegarias, no las escucharé, porque veo la sangre en sus manos.
(…) dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda» (Isaías 1,15.17)
El amor a Dios se verifica en el amor al prójimo. Dios no acepta las ofrendas y oraciones de quienes se presentan ante Él como creyentes, pero viven haciendo el mal y desentendiéndose de su hermano. Por eso, la respuesta de Jesús se completa con una segunda parte, indicando otro mandamiento:
«El segundo es semejante al primero:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
Jesús cita ahora el libro del Levítico (19,18). Este versículo completa una serie de mandatos referidos al prójimo, que comienzan (19,9) con una indicación que puede llamar la atención: dejar siempre algo sin cosechar en el campo o en el viñedo “para el pobre y el forastero”, es decir, para que pueda recogerlo alguien que esté en necesidad.
Luego presenta una lista de todo aquello que no se le debe hacer al prójimo: robar, mentir, estafar, abusar del trabajador, burlarse del discapacitado, difamar, odiar, vengarse…
Así concluye este pasaje:
No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo.
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahveh. (Levítico 19,18)
“amarás a tu prójimo como a ti mismo” es la síntesis de todas las indicaciones previas.
San Pablo le da una especial fuerza a ese precepto, escribiendo a los Gálatas:
«Toda la ley se cumple en una sola frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Gálatas 5, 14)
Y a los Romanos:
… el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no darás falso testimonio, no codiciarás y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Romanos 13,8-9)
“Amarás a tu prójimo” trae todavía una pregunta, que encontramos en labios de un maestro de la ley en el evangelio de Lucas (Lucas 10,25-37), texto paralelo al del evangelio de este domingo:
“¿Quién es mi prójimo?” (Lucas 10,29).
Jesús responde con la parábola del buen samaritano, dando un giro a los términos de la pregunta. Efectivamente, el maestro de la ley había preguntado “Quién es mi prójimo”. La respuesta de Jesús podría haber sido, como conclusión a la parábola, “tu prójimo es el herido del camino, es decir, cualquier persona necesitada que encuentres en la vida”. Sin embargo, al final de la parábola, Jesús invita a sacar la conclusión por medio de esta pregunta:
«¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como prójimo del que cayó en manos de los salteadores?»
El maestro de la Ley respondió: «El que practicó la misericordia con él». (Lucas 10,36-37)
De acuerdo con esto, el prójimo es aquel del que yo me hago prójimo, aquel con quien me comporto como prójimo, respondiendo al llamado de su situación de necesidad.
No hay que entenderlo como si yo eligiera a mi prójimo, actuando así con algunos y descartando a otros. La persona necesitada que encuentro en mi camino es mi prójimo. La decisión que tengo que tomar, si quiero cumplir el mandamiento, es la de actuar como prójimo o, por el contrario, seguir de largo.

En su encíclica Fratelli Tutti, el papa Francisco, partiendo de la parábola del buen samaritano, vuelve sobre esta discusión para plantear la fraternidad universal (capítulo 2, 56-62), sin dejar de subrayar que esa fraternidad viene de una convicción que comparten otras confesiones religiosas, como quedó expresado en su declaración conjunta con el Gran Imán de Abu Dabi, citada en la encíclica:
Dios «ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos». (FT 5, Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, Abu Dabi, 4 febrero 2019)
La fuente de la fraternidad humana está en el Creador. Sin Él, la fraternidad se desestructura, no tiene fundamento… se cae. Se forman las grietas y se levantan los muros que dividen.
Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que «sólo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros». Porque «la razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad». (FT 272)
Amigas y amigos, busquemos en nuestro corazón al que es la fuente de la vida de cada persona que viene a este mundo. Busquemos al Padre creador, padre misericordioso, que quiere reunir en su amor a todos sus hijos e hijas. Desde ese encuentro, miremos a los demás, redescubriéndolos como hermanos y hermanas, más allá de todas nuestras dificultades y tensiones. Busquemos con ellos, nuestros prójimos, los caminos del reencuentro fraterno.
Gracias por su atención. Sigamos cuidándonos unos a otros. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

martes, 20 de octubre de 2020

María del Carmen Fernández: 1920 (+2013) 2020.

Estamos en el tiempo de la “Generación Z”, que abarca los nacidos entre 1994 y 2010, es decir, aquellos que hoy tienen entre 10 y 26 años. Seguramente este año 2020, con su pandemia, será para cada uno de ellos una marca en el camino vital.

Este año se celebran los centenarios de varias celebridades: en Uruguay, algunos de los integrantes de la “Generación del 45” que nacieron en 1920: Mario Benedetti, Idea Vilariño, Daniel Vidart y el treintaitresino Julio C. Da Rosa.

También hay dos figuras importantes en la vida de la Iglesia que cumplieron sus cien años: Chiara Lubich, fundadora del movimiento de los Focolares y san Juan Pablo II.

A esa generación de 1920 perteneció mi madre, María del Carmen Fernández Alonso, que este 20 de octubre estaría cumpliendo cien años.

¿Qué vivió aquella generación en sus años jóvenes? Tenían 19 años cuando comenzó la segunda Guerra Mundial… 25 cuando el conflicto llegó a su fin. Vivieron el temor y la incertidumbre de un mundo que parecía derrumbarse totalmente, con cien millones de muertos y dos explosiones nucleares. Luego de la guerra, la crisis consiguiente, el descubrimiento del Holocausto, la guerra fría… pero, también, la creación de las Naciones Unidas, el nacimiento de la esperanza de paz, el reconocimiento de la dignidad de toda persona humana con la declaración universal de los derechos humanos… “Del temor a la esperanza” tituló san Juan Pablo II un libro de memorias. Expresa los sentimientos de esa generación.

Es cierto, no fue lo mismo vivir la guerra como Karol Wojtyla en la Polonia invadida por los Nazis o como Chiara bajo los bombardeos que cayeron sobre Trento, que vivirla en Uruguay. Pero aquellos jóvenes de 25 años seguían los avatares de esa guerra que estaba cambiando los destinos del mundo.
María del Carmen llegó desde España a esta tierra cuando tenía doce años, en 1932, con su madre y dos de sus hermanas. Aquí se quedó para siempre. Nunca regresó a su Asturias natal. Nunca perdió del todo su acento. Ingresó a la escuela de enfermería y recibió el título de Nurse. Trabajó más de 40 años en Salud Pública, con gran amor por su profesión. La mayor parte de esos años los pasó en Young, donde formó su familia con Heriberto Simón Bodeant, con quien tuvo cuatro hijos.

Enseñó también biología en el Liceo de Young. En sus últimos años estuvo aquejada por el Mal de Parkinson, que la fue privando no solo de movilidad, sino también del habla; pero dejó muchos escritos con relatos de sus memorias y sus reflexiones. Falleció el 11 de diciembre de 2013.
Para ella fue significativo llegar al año 2000. Marcó sus 80 años. Escribió allí:

Peregrina del Milenio, limitada por el tiempo,
con el espíritu libre, facilitando el ensueño.
Caminando día a día, descubriendo y aprendiendo;
la experiencia del pasado va formando los recuerdos.
La esperanza del futuro da más valor a los sueños.
Hoy el presente es regalo: esposo, hijos y nietos.
Tengo ya 80 años ¡no importa! Cada minuto de tiempo,
hasta que el Señor me llame, puedo seguir aprendiendo.

Escribía, con creciente dificultad, en su computadora. Cuando no pudo participar más en grupos, les enviaba algunos escritos para que los compartieran en las reuniones. Los armaba con sus propias reflexiones, con algo que leía o con algo que tomaba que le pareciera interesante. A veces es difícil saber qué es exactamente lo que ella escribió por sí misma y qué es lo que recogió de otra parte; pero es seguro que todo lo que ella reunía tenía para ella significado y expresaba lo que llevaba en su corazón. Comparto aquí una de esas reflexiones.

Las palabras de la Virgen María en los Evangelios.

Nuestra Madre, la Virgen María, muy pocas veces deja oír su voz en el Evangelio. Representa así para nosotros la mujer prudente de pocas palabras, pero palabras justas y sensatas. No era persona de hacerse notar, sino que sabía escuchar y “guardaba todo en su corazón”.

Así pues, María que en este año (ultimo de preparación para el Jubileo del año 2000) simboliza a la mujer de Caridad, nos muestra que saber escuchar es también una obra de Caridad.

En el primer misterio gozoso, frente al anuncio que el Ángel hace a María, ella pregunta “¿cómo será esto?” La persona prudente siempre pregunta; nunca queda con la duda. Salomón decía: quien pregunta a los que saben triunfa. El que cree saberlo todo y no consulta fracasa.
Ante la explicación del Ángel, María cree, como mujer de Fe y su respuesta es la misma que Jesús, su hijo nos enseñara en el Padrenuestro “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.
Pidamos hoy a María que nos enseñe a ser humildes de corazón, a saber escuchar y a aceptar siempre la voluntad del Padre, porque Dios siempre sabe lo que necesitamos.

En el segundo misterio, María, informada por el ángel de que su prima Isabel espera un hijo, olvida su propio embarazo y va a ayudar a su prima. La Madre Teresa decía: María estaba tan llena del Espíritu Santo que sólo pensó en servir a los demás. Ir a la casa de Isabel significaba ir a otra ciudad más allá de la montaña, pero ella no vaciló y quedó acompañando a su prima, sirviéndola durante tres meses.
Al saludo de Isabel, María responde: “El Señor hizo en mí maravillas, Gloria al Señor” Es el Magníficat; hermoso canto, pero, a la vez, María nos enseña a darle gracias a Dios por todo lo bello que cada día nos da y a ser también agradecidos a los demás.
 
En el tercer y cuarto misterios vemos siempre presente a María, pero no oímos su voz.

Quinto misterio: el niño perdido y hallado en el templo.
Al llegar a los l2 años todo niño era llevado a Jerusalén para la Pascua. Jesús comenzaba así su entrada a la adolescencia y acompañó a sus padres. Pero, al regreso, él quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. No es tan extraño como podría parecernos. Las mujeres iniciaban la marcha primero, juntas, porque iban más despacio. Los hombres caminaban más rápido y se reunían al atardecer en el lugar donde acampaban. Recién entonces ven que Jesús no fue con ninguno de ambos y regresaron a Jerusalén a buscarlo.
Durante la Pascua, en el Templo los hombres se reunían para discutir cuestiones sobre religión y todos podían intervenir. Allí encontraron sus padres a Jesús, escuchando y preguntando como un estudiante que se interesa por todo.
María le dice: “¿Como te has portado así? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia”.
María corrige a su hijo. Da un ejemplo a toda madre de que un niño debe ser reprendido si comete una falta. Pero también le enseña a perdonar. Jesús dio su respuesta; María comprendió y calló. Jesús, pese a que ese día posiblemente presintió cuál era su misión, no despreció a sus padres: volvió a su hogar y estaba sujeto a ellos creciendo en sabiduría y Gracia de Dios, mientras María guardaba todo en su corazón.

domingo, 18 de octubre de 2020

Jornada Mundial de las Misiones: «Aquí estoy, envíame» (Is 6,8) Mensaje del Papa Francisco

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 2020

 «Aquí estoy, envíame» (Is 6,8)

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias a Dios por la dedicación con que se vivió en toda la Iglesia el Mes Misionero Extraordinario durante el pasado mes de octubre. Estoy seguro de que contribuyó a estimular la conversión misionera de muchas comunidades, a través del camino indicado por el tema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

En este año, marcado por los sufrimientos y desafíos causados ​​por la pandemia del COVID-19, este camino misionero de toda la Iglesia continúa a la luz de la palabra que encontramos en el relato de la vocación del profeta Isaías: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). Es la respuesta siempre nueva a la pregunta del Señor: «¿A quién enviaré?» (ibíd.). Esta llamada viene del corazón de Dios, de su misericordia que interpela tanto a la Iglesia como a la humanidad en la actual crisis mundial. «Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos» (Meditación en la Plaza San Pedro, 27 marzo 2020). Estamos realmente asustados, desorientados y atemorizados. El dolor y la muerte nos hacen experimentar nuestra fragilidad humana; pero al mismo tiempo todos somos conscientes de que compartimos un fuerte deseo de vida y de liberación del mal. En este contexto, la llamada a la misión, la invitación a salir de nosotros mismos por amor de Dios y del prójimo se presenta como una oportunidad para compartir, servir e interceder. La misión que Dios nos confía a cada uno nos hace pasar del yo temeroso y encerrado al yo reencontrado y renovado por el don de sí mismo.

En el sacrificio de la cruz, donde se cumple la misión de Jesús (cf. Jn 19,28-30), Dios revela que su amor es para todos y cada uno de nosotros (cf. Jn 19,26-27). Y nos pide nuestra disponibilidad personal para ser enviados, porque Él es Amor en un movimiento perenne de misión, siempre saliendo de sí mismo para dar vida. Por amor a los hombres, Dios Padre envió a su Hijo Jesús (cf. Jn 3,16). Jesús es el Misionero del Padre: su Persona y su obra están en total obediencia a la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34; 6,38; 8,12-30; Hb 10,5-10). A su vez, Jesús, crucificado y resucitado por nosotros, nos atrae en su movimiento de amor; con su propio Espíritu, que anima a la Iglesia, nos hace discípulos de Cristo y nos envía en misión al mundo y a todos los pueblos.

«La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.         

Haber recibido gratuitamente la vida constituye ya una invitación implícita a entrar en la dinámica de la entrega de sí mismo: una semilla que madurará en los bautizados, como respuesta de amor en el matrimonio y en la virginidad por el Reino de Dios. La vida humana nace del amor de Dios, crece en el amor y tiende hacia el amor. Nadie está excluido del amor de Dios, y en el santo sacrificio de Jesús, el Hijo en la cruz, Dios venció el pecado y la muerte (cf. Rm 8,31-39). Para Dios, el mal —incluso el pecado— se convierte en un desafío para amar y amar cada vez más (cf. Mt 5,38-48; Lc 23,33-34). Por ello, en el misterio pascual, la misericordia divina cura la herida original de la humanidad y se derrama sobre todo el universo. La Iglesia, sacramento universal del amor de Dios para el mundo, continúa la misión de Jesús en la historia y nos envía por doquier para que, a través de nuestro testimonio de fe y el anuncio del Evangelio, Dios siga manifestando su amor y pueda tocar y transformar corazones, mentes, cuerpos, sociedades y culturas, en todo lugar y tiempo.

La misión es una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios, pero podemos percibirla sólo cuando vivimos una relación personal de amor con Jesús vivo en su Iglesia. Preguntémonos: ¿Estamos listos para recibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, para escuchar la llamada a la misión, tanto en la vía del matrimonio como de la virginidad consagrada o del sacerdocio ordenado, como también en la vida ordinaria de todos los días? ¿Estamos dispuestos a ser enviados a cualquier lugar para dar testimonio de nuestra fe en Dios, Padre misericordioso, para proclamar el Evangelio de salvación de Jesucristo, para compartir la vida divina del Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia? ¿Estamos prontos, como María, Madre de Jesús, para ponernos al servicio de la voluntad de Dios sin condiciones (cf. Lc 1,38)? Esta disponibilidad interior es muy importante para poder responder a Dios: “Aquí estoy, Señor, envíame” (cf. Is 6,8). Y todo esto no en abstracto, sino en el hoy de la Iglesia y de la historia.

Comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. La enfermedad, el sufrimiento, el miedo, el aislamiento nos interpelan. Nos cuestiona la pobreza de los que mueren solos, de los desahuciados, de los que pierden sus empleos y salarios, de los que no tienen hogar ni comida. Ahora, que tenemos la obligación de mantener la distancia física y de permanecer en casa, estamos invitados a redescubrir que necesitamos relaciones sociales, y también la relación comunitaria con Dios. Lejos de aumentar la desconfianza y la indiferencia, esta condición debería hacernos más atentos a nuestra forma de relacionarnos con los demás. Y la oración, mediante la cual Dios toca y mueve nuestro corazón, nos abre a las necesidades de amor, dignidad y libertad de nuestros hermanos, así como al cuidado de toda la creación. La imposibilidad de reunirnos como Iglesia para celebrar la Eucaristía nos ha hecho compartir la condición de muchas comunidades cristianas que no pueden celebrar la Misa cada domingo. En este contexto, la pregunta que Dios hace: «¿A quién voy a enviar?», se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: «¡Aquí estoy, envíame!» (Is 6,8). Dios continúa buscando a quién enviar al mundo y a cada pueblo, para testimoniar su amor, su salvación del pecado y la muerte, su liberación del mal (cf. Mt 9,35-38; Lc 10,1-12).

La celebración la Jornada Mundial de la Misión también significa reafirmar cómo la oración, la reflexión y la ayuda material de sus ofrendas son oportunidades para participar activamente en la misión de Jesús en su Iglesia. La caridad, que se expresa en la colecta de las celebraciones litúrgicas del tercer domingo de octubre, tiene como objetivo apoyar la tarea misionera realizada en mi nombre por las Obras Misionales Pontificias, para hacer frente a las necesidades espirituales y materiales de los pueblos y las iglesias del mundo entero y para la salvación de todos.

Que la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la evangelización y Consuelo de los afligidos, Discípula misionera de su Hijo Jesús, continúe intercediendo por nosotros y sosteniéndonos.

Roma, San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, Solemnidad de Pentecostés.

Francisco

sábado, 17 de octubre de 2020

Dar a Dios lo que es de Dios (Mateo 22,15-21). Domingo XXIX durante el año.

  

  


¡Cuántas cosas puede decirnos una simple moneda! Hay mucha información en ella. Hay imágenes, inscripciones, fechas… una moneda moderna nos da el nombre del país que la emitió, nos da a conocer algo de su historia, su geografía, su cultura… también el año en que se acuñó. Los expertos reconocen el metal o los metales que se han usado en ella, así como las proporciones de estos, que suman o restan valor. En la antigüedad los cambistas pesaban las monedas para verificar la plata o el oro que tenían realmente. El Imperio Romano conoció la inflación y a través de los siglos sus denarios fueron teniendo cada vez menos plata.
Una moneda, precisamente, un denario, su imagen y su inscripción tienen especial lugar en el evangelio de este domingo.

Recordemos brevemente el contexto.
Jesús ha llegado a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Estos son los últimos días de Jesús, porque esa Pascua de Israel será Su Pascua.
Fue recibido por la gente con aclamaciones (Mt 21,1-11).
Enseguida se dirigió al templo donde expulsó a los vendedores (Mt 21,12-16).
En los días siguientes, iba al templo a predicar, pero se retiraba por las noches a un lugar seguro (Mt 21,17).
Las autoridades judías estaban rodeándolo, acechándolo.
“mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo” (Mateo 21,23)
A esas autoridades dirigió Jesús las parábolas que hemos reflexionado en las semanas anteriores. En todas ellas hay alusiones a los jefes:
- el hijo que dijo que sí, pero no fue (Mateo 21,28-32)
- los viñadores homicidas (Mateo 21,33-46)
- los invitados que no fueron al banquete (Mateo 22,1-14)
Los dirigentes se sienten aludidos:
“Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos.” (Mt 21,45)
Y quieren, pues, detener a Jesús:
“Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.” (Mt 21,46)
Ese temor es lo que les hace buscar otro camino para acabar con Jesús, tratando de que haga o diga algo que lo desprestigie.
Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones.
Así comienza el relato. La idea es preparar una trampa para Jesús. Llevarlo a decir algo que lo haga pisar en falso y caer. Concebida la idea, forman un equipo y lo envían donde Jesús.
Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos.
Llama la atención que los fariseos no van al frente. Envían a sus discípulos. También llama la atención que éstos van junto con unos herodianos. Eran los partidarios del rey Herodes Antipas, aquel que había hecho decapitar a Juan el Bautista. Herodes ha sido colocado en su trono por Roma. Fariseos y herodianos no son amigos. Tienen intereses y formas de ver las cosas bastante opuestas; pero aquí se unen contra el enemigo común.
El grupo comienza a dirigirse a Jesús con una serie de zalamerías, tratando de halagarlo, de que no se ponga a la defensiva… Así le dicen:
Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie.
Todo lo que dicen de Jesús es verdad. Es sincero, no tiene dobleces. Enseña con toda fidelidad el camino de Dios. nadie es más fiel a la voluntad del Padre que él. No tiene en cuenta la condición ni la categoría de las personas: recibe a todos, con una especial atención por los más pobres y los que sufren.
Todo lo que le dicen es verdad… pero el problema es que ellos no creen en Jesús.
Y aquí viene la pregunta tramposa que han pensado:
Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?
¿A qué impuesto se refieren? Los súbditos del Imperio Romano estaban sometidos a varios impuestos directos e indirectos. Entre los impuestos indirectos había impuestos sobre las compras y ventas; una especie de licencia para el ejercicio de un oficio o profesión; peajes en los caminos y hasta un impuesto a la sal.
Los impuestos directos eran:
- el TRIBUTUM SOLI, tributo sobre el suelo, impuesto a la propiedad. Periódicamente se tasaban las propiedades y sus posibilidades de producción y en base a eso se determinaba el impuesto que debían pagar.
- el TRIBUTUM CAPITIS, impuesto sobre las personas. Este era el impuesto que caía sobre los que no tenían propiedades, hombres y mujeres que solo contaban con su fuerza de trabajo, entre 12 y 75 años. Era el impuesto más impopular, no solo en Palestina, sino en todo el imperio, porque era el signo de la dominación de Roma sobre pueblos conquistados. Muy posiblemente es a este tributo al que se refiere la cuestión planteada por los enemigos de Jesús.

Volvamos a la pregunta que le hacen a Jesús. Se trata de un verdadero dilema.
Tanto un sí como un no, traerían inmediatamente problemas a Jesús.
Si Jesús dice que no, mucha gente lo aplaudiría… pero inmediatamente tendría problemas con las autoridades romanas. Decir que no se debe pagar el impuesto al César sería un acto de rebelión. Aunque Jesús no hiciera más que decir eso, es muy posible que se generaran tumultos y Jesús sería el culpable directo.

Para que no pensemos que esto es exagerado, anotemos que, más de 30 años después de la muerte de Jesús, habrá una gran rebelión en Judea contra los romanos. Se desencadenarán tres guerras judeo-romanas que terminarán con la caída de Jerusalén y la destrucción del templo en el año 70 y la caída de Masadá en el año 71. Después de esas guerras, el peso de los impuestos sobre los habitantes de Judea será aún mayor.

Si Jesús dice que sí, que hay que pagar el impuesto, se pone claramente del lado de los opresores, frente a la gente más pobre que él ha defendido. Quedaría así sumamente desprestigiado.
Vemos, entonces, que, por un lado, o por otro, esas respuestas llevarían a la caída de Jesús.

A las palabras falsas con que pretenden adularlo, Jesús responde con una sola palabra:
¡Hipócritas!
Inmediatamente agrega:
¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto.
Ellos le presentaron un denario.
Decíamos al principio que una moneda tiene mucha información. Al ver la moneda, Jesús les preguntó:
«¿De quién es esta figura y esta inscripción?»
Veamos qué es lo que nos muestra un denario del tiempo de Jesús.

En el anverso de la moneda tenemos la imagen del César.
El César es Tiberio.
Aquí está lo que dice la moneda. Parecen dos largas palabras que no se entienden fácilmente y son hasta impronunciables.
TICAESARDIVI  AVGFAVGUSTUS
En realidad, son palabras abreviadas y puestas una al lado de la otra.
Vamos a irlas descifrando en la misma moneda.
TI: son las dos primeras letras de TIBERIO, el nombre del emperador
CAESAR: la A y la E juntas se leen como una E: César
DIVI: de DIVUS, DIVINUS, divino, lo propio de un dios. DIVI quiere decir “del divino”.
AVG: se lee AUG. Esa V corta es en realidad una “U”. Es la abreviatura de Augusto. En este caso, sería AUGUSTI, “de Augusto”
F: abreviatura de FILIUS, hijo
AVGVUSTVS: Augusto, pero aquí referido al apellido de Tiberio, como veremos.
La frase completa es:
TIBERIUS CAESAR, DIVI AVGVSTI FILIUS AVGVSTVS
Y la traducción es ésta:
TIBERIO CÉSAR AUGUSTO, HIJO DEL DIVINO AUGUSTO.

Vayamos un poco a la historia de Roma para ver a qué se refiere todo esto.
“Cayo Octavio Turino” fue el primer emperador romano. Antes de serlo fue adoptado por su tío Julio César, agregando “César” a su nombre.
Ya como emperador, Octavio tomó como apellido “Augusto”, que significa “grande, magnífico, ilustre; venerable, sagrado, respetable”
A su muerte, Octavio Augusto pasó a ser llamado “divus”, el “divino” Augusto y se estableció un culto religioso en su honor.

Tiberio fue el segundo emperador romano, sucesor de Augusto. Sus padres fueron Tiberio Claudio Nerón y Livia Drusila, que se divorciaron para que Livia se casara con Octavio, que ya estaba en camino para convertirse en el primer emperador.
A la muerte de su padre, Tiberio hijo y su hermano fueron a vivir con su madre y su padrastro Octavio, quien, seis años después, se convertiría en el emperador Octavio Augusto.
El emperador adoptó formalmente a Tiberio como hijo suyo: por eso, la moneda dice:
Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto.
Si Tiberio es hijo de un ser divino… también él va camino a ser divinizado. Todo esto ya alcanzaba para que un buen judío se escandalizara, con esa pretensión del emperador de ser considerado un dios…
“Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí.”
Esto dice Dios, por boca de Isaías, dirigiéndose a otro poderoso de tiempos aún más antiguos: Ciro, rey de los Persas.

Pero la moneda tiene también un reverso y allí aparece otra inscripción, más fácil de leer que la del anverso:
PONTIF MAXIM = Pontifex Maximus, es decir, el máximo sacerdote, el sumo pontífice.
Ése era el título que se otorgaba en la antigua Roma al principal sacerdote del colegio de pontífices. Era el cargo más alto dentro de la religión romana. En la concentración de poder que hizo en su persona el emperador Augusto, unió ese título a los atributos del emperador y así se transmitió a sus sucesores. Por eso, también lo tiene Tiberio.
La imagen que aparece en el reverso es de una mujer que representa la paz: tiene una rama de olivo en la mano. Está sentada en un trono y tiene en la otra mano el cetro, símbolo del poder imperial. Esa mujer es identificada con Livia, que ya era madre de Tiberio cuando se casó con Augusto. Al morir su esposo, Livia pasó a ser la sacerdotisa del culto que se rendía al emperador divinizado.

La imagen del emperador que se proclama hijo de un dios y sumo sacerdote es considerada idolatría y la inscripción, una blasfemia.

Volvamos a la escena.
Los discípulos de los fariseos y los herodianos responden a la pregunta de Jesús «¿De quién es esta figura y esta inscripción?».
Le respondieron: «Del César».
Jesús les dijo:
«Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».
Esa es la respuesta de Jesús. Es una de las frases más citadas de Jesús y también de las más llevadas y traídas para uno u otro lado.

Algunas reflexiones que podemos hacer.
Los fariseos no están muy de acuerdo en pagar el tributo al César, pero lo pagan, porque no hay más remedio. No les gusta la imagen ni la inscripción, la consideran blasfema, pero llevan esas monedas en sus bolsas. Recordemos que el denario era la moneda con la que se pagaba el jornal, como en la parábola de los obreros de la viña que reciben, todos, el mismo pago, a pesar de haber trabajado diferente número de horas en la jornada.
En cierta forma, Jesús les está diciendo: si no quieren pagar el impuesto, tampoco se queden con la moneda del César… El verbo que traducimos como “den” -den al César, del verbo dar- se puede traducir como “devolver”: devuelvan al César lo que es del César. Podríamos pensar que Jesús está diciendo: “devuélvanle su moneda, no la usen más…” pero eso no sería fácilmente posible… sin embargo el acento más fuerte de sus palabras hay que buscarlo en lo que sigue: Den a Dios, o devuelvan a Dios, lo que es de Dios.
El César pretende ser hijo de un dios; no lo es.
Pretende ser el sacerdote máximo: tampoco.

Jesús pone las cosas en su lugar. Dios y el César no están en el mismo plano.
Jesús no piensa en Dios y en el César como si fueran dos poderes equiparables, cada uno en su propio campo, cada uno con la capacidad de exigir sus derechos frente a sus súbditos. Recordemos: “Yo soy el Señor y no hay otro”. “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes”, dice el salmo 24. ¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? Sus mismos súbditos son hijos e hijas de Dios.
Solo a Dios pertenece la vida de los hombres y mujeres que él ha creado.
La imagen del Creador está estampada, no en un denario de plata que los sucesivos emperadores irían devaluando, sino en el corazón de cada hombre.

Ese sello del Creador en cada ser humano es el fundamento de su dignidad, de la dignidad inalienable de la persona humana, de la que repetidamente habla la enseñanza de la Iglesia y que últimamente ha recordado con fuerza el papa Francisco en su reciente encíclica “Fratelli Tutti”. La persona humana no es un medio para ser usado, como lo son las cosas, sino un fin en sí misma. Cuando los discípulos de los fariseos y los herodianos le dicen a Jesús “Tú no te fijas en la categoría de nadie”, están diciendo justamente esto: que Jesús reconoce igual dignidad a cada persona. Puede ser un notable como Nicodemo, pero también un leproso que quiere ser limpiado, un ciego que grita en el camino o una mujer samaritana a la que no tiene problema en pedirle agua… y ofrecerle el agua viva.

Dice Francisco: 
“Si toda persona tiene una dignidad inalienable, si todo ser humano es mi hermano o mi hermana, y si en realidad el mundo es de todos, no importa si alguien ha nacido aquí o si vive fuera de los límites del propio país”… 
y agrega 
“Si hay que respetar en toda situación la dignidad ajena, es porque nosotros no inventamos o suponemos la dignidad de los demás, sino porque hay efectivamente en ellos un valor que supera las cosas materiales y las circunstancias, y que exige que se les trate de otra manera. Que todo ser humano posee una dignidad inalienable es una verdad que responde a la naturaleza humana más allá de cualquier cambio cultural.”
Amigas y amigos: el respeto por la dignidad de cada persona humana creada por Dios. El reconocimiento del valor único de cada vida; el ver a los demás como hermanos y hermanas, es lo que nos lleva a tratarlos como nos gustaría que nos trataran a nosotros mismos y a buscar el bien común. Eso también es “dar a Dios lo que es de Dios”.
Gracias por su atención. Sigamos atentos a cuidarnos unos a otros. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

lunes, 12 de octubre de 2020

Nuestra Señora del Pilar - Homilía en la fiesta patronal diocesana


En el año 1795, cuando se fundó la ciudad de Melo, se dispuso un terreno para que se hiciera allí una capillita que, desde el principio, estuvo dedicada a la Virgen del Pilar.
La capilla fue un humilde ranchito donde se congregaban los melenses para rezar o para participar de la Misa cuando algún sacerdote cruzaba por el pago.
En 1804, el obispo de Buenos Aires, Mons. Benito Lué, estuvo en visita pastoral. Al año siguiente creó aquí una parroquia, que abarcaba lo que es actualmente la extensión de la diócesis, es decir, los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres. A partir de allí comenzó a haber al menos un sacerdote estable para la atención de los habitantes de ese territorio.

La Virgen del Pilar nos llegó desde España, donde es la patrona y tiene su santuario en Zaragoza, donde se formó una de las primeras comunidades cristianas de la península Ibérica.
Una antigua tradición cuenta que, en el año 40, el apóstol Santiago se encontraba predicando en España, en los comienzos de la evangelización. El apóstol estaba teniendo dificultades; se sentía desanimado y tentado de abandonar la tarea y buscar otros rumbos.
Cuando estaba en medio de esas serias inquietudes, la Virgen María, que estaba aún en su vida terrena, es decir, antes de la Asunción, se le apareció, de pie, sobre un pilar y lo animó a seguir anunciando el Evangelio. Al retirarse la aparición, el pilar quedó allí.
Esa tradición es el origen del santuario de Zaragoza.

Estamos en el último trimestre de 2020. Un año que ha trastocado la vida de la humanidad. Hace poco, en cifras oficiales, se superó el millón de muertos por COVID-19 en todo el mundo. Más de 34 millones de personas han cursado la enfermedad. Cada día sigue habiendo casos nuevos en varios países, incluido el nuestro. La pandemia sigue presente.
Los números pueden alarmarnos o marearnos… pero cuando pensamos en nuestros familiares, amigos, vecinos, compañeros de estudio o de trabajo o simplemente conocidos nuestros, los números dejan de serlo para volverse rostros queridos, rostros cotidianos, que queremos seguir viendo alrededor de nosotros. Por eso, seguimos cuidándonos y cuidando unos de los otros.
Ha sido un tiempo de incertidumbre, en el que muchos proyectos personales y colectivos quedaron sin efecto o fueron postergados sin fecha. Algunos eventos se suspendieron, se volvieron a programar… y se volvieron a suspender. En las actividades que se reanudaron ha quedado una sombra de duda y una sensación de precariedad.

La salud es una preocupación particularmente importante, porque no se trata solo del riesgo del coronavirus, sino de cómo la pandemia complicó la atención de salud en general. Algunos de ustedes mismos me han compartido sus peripecias para lograr ver a un especialista y poder recibir un tratamiento adecuado. Otros han compartido su tristeza, su soledad, sus sentimientos de impotencia…
Muchos que contaban con lo que consideraban un trabajo seguro, se vieron de pronto en la inestabilidad… reducción de la jornada, suspensión de actividades, seguro de desempleo… pero ¿qué decir de quienes salían cada día a buscar su jornal y encontraron que, aunque siguieran saliendo, era ahora más difícil conseguir una changa?
En la educación, muchos padres y alumnos se preguntan cómo terminará este año lectivo, si no será un año perdido, más allá de soluciones administrativas que se puedan dar.
Extrañamos la efusividad con que solíamos saludarnos… hemos vuelto a tener “hambre de abrazos” especialmente en momentos de desconsuelo.

En nuestras comunidades hemos extrañado la Eucaristía presencial, que significa poder recibir el cuerpo de Cristo y celebrar con los hermanos. También nos han faltado otras formas de encuentro y convivencia.

Pero no todo ha sido preocupación y tristeza.
Tenemos que dar gracias a Dios por muchas cosas buenas que surgieron en los corazones en este tiempo de prueba.
La mayoría de los uruguayos asumió la necesidad, no solo de cuidarse a sí mismos, sino de cuidar también de los demás, por el bien de todos.
La solidaridad se manifestó de manera inmediata y creativa, sobre todo para que a nadie le faltara el pan cotidiano.
Muchas familias atendieron muy especialmente a sus miembros mayores, encontrando formas de comunicación y de encuentro virtual cuando no se podía visitarlos.

No solo los niños y adolescentes se adaptaron a nuevas formas de enseñanza, sino que muchos tuvimos que aprender: tanto tradicionales tareas hogareñas que nunca habíamos realizado, como perder el miedo a la tecnología y manejar nuevas aplicaciones en los teléfonos.

Desde la Iglesia buscamos también la forma de mantener a la comunidad en contacto, utilizando las redes sociales y otros medios para transmitir celebraciones y charlas de formación.
Los centros de educación católica, al igual que las demás instituciones educativas, buscaron la forma de llegar a los alumnos y sostener el aprendizaje.
Las obras sociales vinculadas a la Iglesia, como muchas otras de la sociedad civil, también mantuvieron actividades a distancia en su campo de educación no formal, pero fueron, además, canales de distribución de ayuda a las familias de los niños, adolescentes y jóvenes.

Mirando hacia atrás, uno no puede dejar de pensar que en nuestra diócesis podríamos haber hecho mucho más; que podríamos haber tenido desde el principio una actitud más decidida, animándonos a hacer todo lo que fuera realmente posible dentro del marco de cuidado… creo que nos quedamos, como muchos, en actitud de espera, a ver qué pasaba, a ver cuándo se podía volver a la normalidad. Una normalidad que, ahora lo vemos, ya no será la que conocíamos.
No podemos volver atrás, pero podemos aprender de lo vivido, recuperar la experiencia y mirar con esperanza hacia delante.

El domingo 4 el papa Francisco dio a conocer su encíclica Fratelli tutti, “hermanos todos”. En ella tenemos unas pistas para releer el tiempo en el que todavía estamos peregrinando; sobre todo, para poner en alto el valor principal que nos ha mostrado este tiempo de pandemia: el valor de cada vida, el valor de cada persona humana.

Ese valor se reconoce viviendo la solidaridad. Nos dice Francisco: “La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo». “El servicio mira el rostro del hermano”, lo toca, lo siente prójimo, padece con él.
¿Cómo podemos hacer esto realidad?
Cada uno puede realizarlo en su vida, mirando a quienes tiene alrededor, viendo a quién puede ayudar; pero también estamos llamados a vivirlo como Iglesia, como comunidad.
En un mensaje que hice a comienzos de la pandemia, yo decía que la Iglesia está allí donde está cada cristiano. Donde alguien actúa como cristiano, allí está la Iglesia y, más aún, allí está Cristo haciéndose presente.
La comunidad es un aspecto fundamental de la vida cristiana. Ahora mismo, mirando esta Misa por los diferentes medios por los que se transmite, estamos dispersos…
Volvamos a participar en la Eucaristía presencialmente, tanto como sea posible.
Volvamos al encuentro de la comunidad; no simplemente a estar juntos dentro del templo, sino en el espíritu de aquella primera comunidad cristiana donde todos “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Los creyentes vivían unidos y tenían todo en común” (Hch 2,42.44).

Volvamos ahora el corazón hacia nuestra madre, que quiere animarnos en nuestra marcha, como hizo con el apóstol Santiago.
María hizo su camino guardando las cosas que vivía y meditándolas en su corazón (cf. Lucas 2,19). Ella aprendió a leer en cada acontecimiento la manifestación de Dios. Con ella, aprendamos a reconocer la presencia del Señor y a atesorar cada uno de esos momentos como rayos de luz que iluminan nuestra vida: que iluminan cada dolor, cada desconcierto, cada alegría. Son luces que podemos compartir y descubrir a otros.
Dejémonos mirar por nuestra Madre. Pongámonos al amparo de su ternura. Que en María encontremos el consuelo y el bálsamo que cura las heridas, el abrazo que reconcilia a los hermanos y la salida, sin demora, para responder a las necesidades materiales y espirituales de cada persona. Así sea.

Santa Misa - Nuestra Señora del Pilar.

 

Misa de Nuestra Señora del Pilar, patrona de la Diócesis de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres).

jueves, 8 de octubre de 2020

“Inviten a todos los que encuentren” (Mateo 22,1-14). Domingo XXVIII durante el año.

 

Hace poco recibí a una pareja que me contó los planes que estaba haciendo para su casamiento… en estos tiempos de pandemia.
Lo más difícil, me explicaba el novio, es elegir a quién invitar a la fiesta. En otro tiempo, el problema podría ser cuántos invitar; ahora no: por los protocolos con que funcionan los salones de fiestas, tenemos un número muy limitado de personas... y eso deja fuera a muchos que nos gustaría invitar, de modo que debemos elegir a los más cercanos y, aún así…

Cuando alguien nos invita a una boda, un aniversario, un cumpleaños, está diciéndonos que significamos algo importante en su vida y que quiere hacernos participar de ese momento feliz.
Cuando respondemos a la invitación haciéndonos presentes, correspondemos a ese sentir de quien nos ha invitado. Y cuando nos es realmente imposible participar, buscamos la manera de hacer llegar nuestro saludo de una forma especial, cuidada, que exprese nuestros sentimientos y nuestros mejores deseos para los amigos que no podemos acompañar en ese día especial.

En el evangelio de este domingo, otra vez Jesús se dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos, es decir, a las autoridades de su pueblo, por medio de una parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Inmediatamente se habla de la invitación y la reacción de los invitados.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
La primera invitación es respondida con una negativa, pero eso podía entrar dentro de cierta forma de cortesía, una especie de “Señor, yo no soy digno…”. No es una negativa definitiva y los invitados han quedado avisados. Por eso, de parte de quien invita, la cortesía pide una segunda invitación a la hora misma del banquete:
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas».
Pero ahora sí, de forma terrible, se manifiesta el rechazo:
Ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
¿Qué nos recuerda esto? La parábola que escuchamos el domingo pasado nos hablaba de aquellos viñadores homicidas, que mataron a algunos de los enviados por el dueño de la viña y, finalmente, mataron al hijo de éste. Jesús está recordando el rechazo sufrido por los enviados de Dios, los profetas. Aquí no se trata del reclamo de los frutos debidos, sino de una invitación que es rechazada totalmente, matando a los servidores. Jesús anuncia el castigo que sobrevendrá sobre aquellos que hayan ejercido la violencia contra los enviados de Dios.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Sin embargo, la fiesta no se canceló. Todo estaba preparado. Había que invitar a otros. Así, dijo el rey:
«El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
La invitación fue hecha con total gratuidad. No hubo selección previa. No hubo límites. Vienen “todos los que encontraron” los servidores. Llama la atención que hay “buenos y malos” …  ¿Qué significa eso? ¿Quedará todo así? ¿Da lo mismo?

Esta expresión “buenos y malos” la encontramos al comienzo del evangelio, en el capítulo 5. Allí dice:
“Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan, para que sean ustedes hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos”. (Mateo 5,44-45)
Los dones de Dios, signo de su amor, se ponen a disposición de todos. Y a todos se dirige el llamado. Más aún, recordemos el énfasis que pone Jesús:
“no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mateo 9,13).
Pero la respuesta al llamado es la conversión. Y es eso lo que expresa el traje de fiesta, motivo de una breve parábola que se funde con la que acabamos de comentar.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?". El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».
Para los estudiosos de la Biblia siempre ha sido complicado explicar algo que parece incongruente: ¿cómo se le pide que venga con traje de fiesta a alguien que ha sido encontrado por los caminos?
En el evangelio de Lucas (14,15-24) encontramos también la parábola de los invitados al banquete, pero no aparece al final esta otra del traje de fiesta.

El evangelio de Mateo nace en una comunidad en salida misionera, en crecimiento. Hay una preocupación de que la invitación “a buenos y malos” pueda inducir a error, haciendo pensar que no cuenta la conducta que cada uno tenga. Otras parábolas nos dicen que sí, que cuenta, a la hora del juicio. Leemos en el capítulo 13 de Mateo:
Al fin del mundo saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. (Mateo 13,49-50)
Es en esa línea que se añade la parábola del traje de fiesta a la parábola de la gran cena: para subrayar la necesidad de la conversión.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Esa es la conclusión de Jesús. Es la advertencia final. La invitación es abierta, generosa, sin exclusión; las puertas del Reino de Dios se abren para todos; pero hay que entrar de corazón en él.

Días pasados, el Papa Francisco dio a conocer su encíclica Fratelli Tutti, “Hermanos todos”, sobre la fraternidad y la amistad social. No se trata simplemente de ser amable con los demás… Francisco recurre a la parábola del buen samaritano para mostrarnos lo que significa la fraternidad a la que nos llama Jesús, en un mundo lastimado y cerrado:

Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. La parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común.
Amigas y amigos: Dios nos llama hoy y siempre a entrar en su Reino reconociendo en los demás, especialmente en aquellos golpeados por la vida, a esos hermanos y hermanas que Dios nos ha dado. Recibiéndolos y ayudándolos a sanar, recibimos al mismo Jesús. No rechacemos su invitación.
Gracias por su atención. Más que nunca, sigamos cuidando unos de otros. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

lunes, 5 de octubre de 2020

"Hermanos todos" ("Fratelli tutti"). Nueva encíclica del Papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social.



Fratelli Tutti: enlaces.
Para leer el texto completo en línea.
Para descargar el texto completo en pdf.

El pasado 3 de octubre, junto a la tumba de San Francisco de Asís, el Papa Francisco entregó su encíclica Fratelli Tutti, "Hermanos todos", sobre la fraternidad y la amistad social.
El video (arriba) nos hace una presentación visual de su contenido. Abajo encontramos un resumen (Panorámica breve)

Panorámica breve

Las sombras del mundo cerrado (Cap. 1) se expanden sobre el mundo, dejan heridos al lado del camino, que son puestos fuera, desechados. Las sombras hunden a la humanidad en confusión, soledad y vacío. Encontramos un extraño en el camino (Cap. 2), herido. Ante esta realidad hay dos actitudes: seguir de largo o detenerse; incluirlo o excluirlo definirá el tipo de persona o proyecto
político, social y religioso que somos.


Dios es amor universal, y en tanto ser parte de ese amor y compartirlo estamos llamados a la fraternidad universal, que es apertura. No hay “otros” ni “ellos”, sólo hay “nosotros”. Queremos con Dios y en Dios un
mundo abierto (Cap. 3) (sin muros, sin fronteras, sin excluidos, sin extraños), y para ello tenemos y queremos un corazón abierto (Cap. 4). Vivimos una amistad social, buscamos un bien moral, una ética social porque nos sabemos parte de una fraternidad universal. Somos llamados al encuentro, la solidaridad y la gratuidad.

Para un mundo abierto con el corazón abierto, hay que hacer la
mejor política (Cap. 5). Política para el bien común y universal, política para y con el pueblo, es decir, popular, con caridad social que busca la dignidad humana y es ejecutada por hombres y mujeres con amor político que integran la economía a un proyecto social, cultural y popular.

Saber
dialogar es el camino para abrir el mundo y construir la amistad social (Cap. 6); es la base para una mejor política. El diálogo respeta, consensua y busca la verdad; el diálogo da lugar a la cultura del encuentro, es decir, el encuentro se vuelve estilo de vida, pasión y deseo. Quien dialoga es amable, reconoce y respeta al otro.

Pero no basta con esto: tenemos que enfrentar la realidad de las heridas del desencuentro y establecer y recorrer, en su lugar,
caminos de reencuentro. (Cap. 7). Hay que curar las heridas y restablecer la paz; necesitamos audacia y partir desde la verdad, partir desde el reconocimiento de la verdad histórica, compañera inseparable de la justicia y la misericordia, que es indispensable para encaminarse al perdón y la paz. Perdonar no es olvidar; el conflicto en el camino hacia la paz es inevitable, pero no por ello es aceptable la violencia. Por ello la guerra es un recurso inaceptable y la pena de muerte una practica que erradicar.

Las distintas religiones del mundo reconocen al ser humano como creatura de Dios, en tanto criaturas en relación de fraternidad.
Las religiones están llamadas al servicio de la fraternidad en el mundo (Cap. 8). Desde la apertura al Padre de todos reconocemos nuestra condición universal de hermanos. Para los cristianos, el manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo: de ahí surgen nuestras acciones y compromisos. Este camino de fraternidad tiene para nosotros también una Madre llamada María.

Ante los heridos por las sombras de un mundo cerrado, que yacen al lado del camino, el Papa Francisco nos llama hacer nuestro y operar el deseo mundial de fraternidad, que parte de reconocer que somos
Fratelli tutti, hermanas y hermanos todos.

domingo, 4 de octubre de 2020

Misa - Domingo 4 de octubre de 2020.


La Misa de hoy, domingo 4 de octubre de 2020, XXVII del tiempo durante el año.
Celebrada en la capilla San Andrés, Chacras de Melo.