sábado, 25 de mayo de 2024

Palabra de Vida: Ver en los niños signos de esperanza (Marcos 10,13-16)

Sábado de la VII semana durante el año.

25 de mayo de 2024.

(S. Juan Pablo II, Carta a los Niños en el Año de la Familia, 1994)

 

Santísima Trinidad: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,16-20)

El domingo pasado concluyó el tiempo pascual, los cincuenta días que van desde el domingo de la Resurrección de Jesús al domingo de Pentecostés. Durante siete semanas contemplamos a Jesús resucitado, haciéndose presente entre sus discípulos, enviándolos en misión y entregándoles el don del Espíritu Santo: impulso, fuerza y luz que haría posible y sostendría el esfuerzo misionero.

Concluyó el tiempo pascual, pero eso no significa que dejemos de costado la Pascua, como diciendo “bueno, hasta el año que viene…” No es así. La muerte y resurrección de Jesús, el misterio Pascual, están siempre en el centro de nuestra fe. De hecho, en los acontecimientos de cada día, aun en los que parecen menos significativos, se nos hace presente la Pascua y podemos vivirlos uniéndonos espiritualmente a la muerte y resurrección de Cristo. Todo eso lo llevamos y lo ofrecemos en la Misa de cada domingo, nuestra pascua dominical.

Y sí… concluyó el tiempo pascual, pero seguimos de fiesta. Este domingo, la Santísima Trinidad; el domingo que viene Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo y el viernes 7 de junio, el Sagrado Corazón de Jesús.

El evangelio de este domingo vuelve a ponernos ante Jesús resucitado, muy poco antes de subir al Padre. Es el momento en que deja a los apóstoles las últimas indicaciones:

«Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado.» (Mateo 28,16-20)

Los envía a bautizar, como dice un padre de la Iglesia:

“… en la profesión de fe en el Creador, en el Hijo único y en el Don” (San Hilario de Poitiers).

El Don es como llama San Hilario al Espíritu Santo, subrayando que nos es dado como un regalo, un regalo que recibimos en nuestro corazón. Así lo expresa la fórmula que se emplea en el sacramento de la Confirmación: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.

Volviendo a nuestro evangelio, luego de dar sus instrucciones a los apóstoles, Jesús agrega una promesa, que es el título de nuestra reflexión. Una hermosa promesa, que siempre tenemos que recordar:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,16-20)

La pregunta que podemos hacernos es cómo se realiza esa presencia de Jesús.

Él vive. Está entre nosotros. Lo decimos con convicción, pero también decimos, al confesar nuestra fe: “está sentado a la derecha del Padre”.

A partir de su encarnación, el Hijo de Dios se hizo presente en este mundo: “habitó entre nosotros” (Juan 1,14) o, mejor todavía, “acampó entre nosotros”, “puso su tienda (ἐσκήνωσεν, eskenosen) entre nosotros” y experimentó la muerte. Su tienda, es decir, su cuerpo semejante al nuestro, fue clavado en la cruz.

«Levantan y enrollan mi vida como una tienda de pastores.
Como un tejedor, devanaba yo mi vida, y me cortan la trama».
(Cántico de Ezequías, Isaías 38,12)

Resucitado, vencedor de la muerte, Jesús subió al cielo, llevando nuestra humanidad al seno de la Santísima Trinidad.

Cuando decimos “está entre nosotros” no significa que continúe aquí su presencia corporal. Ya no está aquí el hombre que recorría Judea, Samaría y Galilea con su grupo de discípulos anunciando el Reino de Dios. Presencia humana, siempre localizada: siempre en algún lugar, pero nunca en todas partes.

Es el Don, el Espíritu Santo, quien continúa la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. Más aún: siendo inseparables las tres personas de la Santísima Trinidad, con el Espíritu, llegan el Padre y el Hijo a habitar en nuestra alma. De esa forma, se va realizando en cada creyente el proceso que lo lleva a participar de la vida divina, de la vida de Dios. Porque ése es el proyecto de Dios para nosotros, que se puede definir con una palabra que puede asustarnos, porque nos queda muy grande: la divinización, nuestra divinización, a partir de la unión con Dios.

Eso no tiene nada que ver con “sentirnos unos dioses” ni pretender ser tratados como tales… no seríamos más que unos miserables ídolos, pretendiendo ocupar el lugar de Dios. Una tentación en la que todos podemos caer.

¿Qué es, entonces, esa divinización? No se trata de un esfuerzo del hombre pretendiendo llegar, a través de ritos o purificaciones, a una vida superior. El ser humano ha sido creado por Dios, es una criatura. Como criatura, no puede llegar a ser como su creador, no puede llegar a ser como Dios.

La divinización es un don de Dios. Es Dios quien comunica, quien comparte, quien pone en común con el hombre su vida divina.

Dios no tiene más que un Hijo eterno: Cristo. Muchas veces nos referimos a él diciendo “el hijo único de Dios”. Pero Dios, en Cristo, por el Bautismo, nos adopta como hijos.

Ese es el comienzo de la divinización. Los seres humanos nos vamos divinizando por participación. Así podemos recibir como don todo lo que hay en la vida de Dios: libertad, santidad, justicia, amor… pero no de la forma deslavada en que las vivimos los seres humanos, en nuestra imperfección, con nuestros esfuerzos siempre insuficientes, sino por el don de Dios que nos va transformando, en la medida en que nos vamos dejando transformar por Él, hasta llegar a compartir la eternidad de Dios, a vivir en sociedad con la Santísima Trinidad.

Eso es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros, actuando como maestro interior que nos ayuda a comprender y a practicar la Palabra de Jesús y que nos va santificando por su acción a través de los Sacramentos, fuente de Gracia, fuente de vida divina para nosotros.

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos anima a reavivar nuestra fe y a profundizar nuestra relación con las tres personas divinas, especialmente con el Espíritu Santo, presencia de Dios en nuestro corazón; de modo que empecemos a vivir ya, aquí, la vida que Dios tiene preparada para nosotros en la eternidad, una vida sumergida y movida por el amor de Dios. El próximo domingo, al hablar del Santísimo cuerpo y sangre de Cristo, seguiremos esta reflexión.

En esta semana

Miércoles 29, Recordamos al Papa San Pablo VI. (Calendario litúrgico de algunas Conferencias Episcopales del Cono Sur).

Viernes 31, Celebramos la visitación de la Virgen María. Fiesta patronal en el Monasterio de las Salesas y aniversario de la ordenación sacerdotal de Mons. Hermes Garín.

Sábado 1, memoria de San Justino, mártir.

Domingo 2, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que descienda sobre Ustedes la bendición de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

viernes, 24 de mayo de 2024

María Auxiliadora, San Juan Bosco y el Papa Pío VII

La advocación de “María Auxiliadora” o “María, auxilio de los cristianos” está profundamente unida a la familia salesiana. Sin embargo, se sabe que ese título o esa forma de invocarla a la Madre de Dios viene desde mucho antes.

Batalla de Lepanto, de Lucas Valdés.
Iglesia de Santa María Magdalena, Sevilla
En lo alto, la Virgen del Rosario

Recibió especial impulso con el Papa San Pío V, después de la batalla de Lepanto, que se libró el 7 de octubre de 1571, entre una flota cristiana europea y la flota del Imperio Otomano. De ese acontecimiento histórico surge la memoria de Nuestra Señora del Rosario, que se celebra el 7 de octubre. Nuestra Señora del Rosario suele ser representada con una túnica de color rojo o rosa viejo y un manto azul: los colores que tomará también la Auxiliadora.

Papa Pío VII, de Jacques-Louis David
Pontífice desde el 14 de marzo de 1800,
hasta su muerte, el 20 de agosto de 1823

Pero ¿cómo se establece la fecha del 24 de mayo, para la conmemoración de la Auxiliadora? Eso se lo debemos al Papa Pío VII y a las peripecias que vivió en tiempos de Napoleón Bonaparte.

Arresto del Papa Pío VII en el Quirinal
durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809. Museo Chiaramonti.

Sin entrar en detalles ni razones, que demandarían explicaciones complejas, el hecho es que en 1808 el papa fue hecho prisionero por Napoleón y permaneció detenido en Savona y luego en Fontainebleau. No nos imaginemos que el papa estaba encadenado y arrojado en una miserable mazmorra a pan y agua, porque no fue así. Fue huésped en cómodas residencias… de las que no podía salir y, aunque podía cumplir algunas de sus funciones, no lo podía hacer cabalmente, no lo podía hacer con libertad.

En 1814, con la primera derrota de Napoleón, el papa fue liberado y emprendió un triunfal viaje de regreso a Roma, visitando a su paso numerosos santuarios marianos, agradeciendo a la Virgen por su liberación.

24 de mayo de 1814: regreso del papa Pío VII a Roma.

El 24 de mayo, sí: el 24 de mayo de 1814 entró a Roma.

Pero el período napoleónico no había concluido. El emperador regresó de su exilio, reorganizó su ejército y comenzó a amenazar de nuevo a Europa. Por su seguridad, el papa dejó Roma.

El 7 de julio de 1815, ya derrotado definitivamente Napoleón en Waterloo, Pío VII estableció la fiesta de María Auxiliadora, fijando como fecha para celebrarla el aniversario de su primera llegada a Roma, es decir, el 24 de mayo.

Todo esto puede parecernos muy lejano en el tiempo. Sin embargo, no lo era para san Juan Bosco. El fundador de los salesianos nació el 16 de agosto de 1815: poco más de un mes después de que el papa estableciera la fiesta de la Auxiliadora. 

El niño Juan Melchor Bosco y mamá Margarita

El niño Juan Melchor creció en el marco de las primeras celebraciones de aquella fiesta, los 24 de mayo de cada año,  cuando aún se recordaban las tribulaciones vividas por el papa, que fue también el papa de su niñez, ya que Pío VII murió cuando el niño Juan Melchor tenía ocho años.

Cincuenta años después, en el año 1865 y a pedido de Don Bosco, Tomás Andrés Lorenzone pintó el cuadro que sería instalado en la Basílica de María Auxiliadora, en Turín. 

Basílica de María Auxiliadora, Turín, Italia

De allí surge la imagen de la auxiliadora que nos es más familiar. Su vestimenta tiene, como hemos dicho, los colores de la Virgen del Rosario; sostiene al niño Jesús en su mano izquierda y en la derecha lleva el cetro, símbolo del Mesías al que ella ha dado a luz. Tanto la madre como el hijo están coronados.

El cuadro se completa con numerosos ángeles, los Doce Apóstoles, los cuatro evangelistas y San Pablo. Pero todos esos detalles los podemos apreciar en el video que hemos colocado arriba.

Nos ponemos bajo el amparo de María Auxiliadora, en la confianza de que ella nos conducirá siempre a su Hijo y nos animará a escuchar y a poner en práctica su palabra.

miércoles, 22 de mayo de 2024

22 de mayo: Santa Rita de Casia

Oración

Oh Dios omnipotente,
que te dignaste conceder
a Santa Rita tanta gracia,
que amase a sus enemigos y
llevase impresa en su corazón
y en su frente la señal de tu pasión,
y fuese ejemplo digno de ser imitado
en los diferentes estados de la vida cristiana.
Concédenos, por su intercesión,
cumplir fielmente las obligaciones
de nuestro propio estado
para que un día podamos
vivir felices con ella en tu reino.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Amén.  

Palabra de Vida: “Si Dios quiere, viviremos y haremos” (Santiago 4,13-16)

Miércoles de la VII semana durante el año.

22 de mayo de 2024.

 

lunes, 20 de mayo de 2024

20 de mayo: ¿Dónde están? Un silencio que espera respuesta.


Pensando en esta fecha, he intentado hacer una relectura de una tradición católica que tiene claras raíces bíblicas: las siete obras de misericordia corporales (hay otras siete, espirituales, pero aquí interesan las primeras, una en particular).

Quien lea el listado de las obras de misericordia corporales reconocerá el trasfondo del capítulo 25 de san Mateo, donde Jesús recibe a quienes ayudaron con misericordia a los hermanos y hermanas pobres y necesitados, con quienes Jesús se identifica.

Esa lista incluye alimentar al hambriento, dar agua al sediento, alojar al forastero, vestir al desnudo, así como visitar a los enfermos y a los presos. A quienes cumplieron esas acciones, Jesús les dice: “a mí me lo hicieron”. 

A esas seis obras se agrega una que no menciona el texto de Mateo: dar sepultura a los muertos. Su fundamento bíblico lo encontramos en el libro de Tobías. Allí se nos cuenta de un hombre llamado Tobit que, exiliado en Babilonia, arriesgaba su vida por enterrar a sus compatriotas asesinados, cuyos cuerpos habían sido abandonados en la calle. En los evangelios vemos la preocupación de muchos por dar a Jesús digna sepultura, aunque sin saber que pronto esa tumba quedaría vacía. 

Sepultar a los muertos es, como mínimo, un gesto de respeto hacia los restos de las personas que nos fueron queridas. Permite mantener su memoria en una forma pública y visible. Hace parte del duelo por la pérdida y es, muchas veces, una forma de consuelo.

Por eso es un derecho reconocido y reclamado en el texto bíblico y también, en un marco cultural diferente, en los poemas homéricos.

Hay cuerpos que no han sido propiamente sepultados, sino escondidos. Por eso, sigue vigente la pregunta que nos convoca hoy: “¿dónde están?”. Una pregunta que no se hace grito, sino silencio: un silencio que espera respuesta.

Saludo a los participantes de la celebración ecuménica de este día y me uno a sus oraciones. Que el Señor los bendiga.

+ Heriberto Bodeant, obispo de Canelones.

20 de Mayo de 2024

Nota. El 20 de mayo de 1976 fueron secuestrados y asesinados en Buenos Aires cuatro uruguayos: los legisladores Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini y los militantes políticos Rosario Barredo y William Whitelaw. Desde hace años se realiza cada 20 de mayo una Marcha del Silencio, reclamando la aparición de los restos de personas que fueron detenidas y desaparecidas durante la dictadura en Uruguay (1973-1984) así como la actuación de la justicia.

María, Madre de la Iglesia (Lunes después de Pentecostés).

Memoria de María, Madre de la Iglesia.

Oración del Papa Francisco, de la Encíclica Lumen fidei (29 de junio de 2013).

 

sábado, 18 de mayo de 2024