jueves, 16 de mayo de 2019

“Ámense unos a otros como yo los he amado” (Juan 13, 31-35). V Domingo de Pascua







En nuestro mundo de ritmo vertiginoso, de mensajes rápidos, de reacciones espontáneas o intempestivas, donde tantas veces se salta “como leche hervida”, al decir de nuestras abuelas, ¡qué bien nos hace una charla pausada, distendida, con una persona amiga… una conversación de corazón a corazón, donde se comparten los sueños, los anhelos más profundos… donde los desengaños y las frustraciones se sanan; donde volvemos a encontrar lo mejor de nosotros mismos y salimos de nuevo a la vida con buena cara, con ganas, pero, sobre todo, con buen ánimo frente a tormentas y zozobras. Muchas veces, esas conversaciones se dan en una cena…

El evangelio de este domingo nos lleva a la última cena de Jesús, que hace poco recordamos en el Jueves Santo. Es en el marco de esa cena que Jesús pronuncia las palabras que escuchamos hoy. Por eso es bueno que nos detengamos a ver con qué actitud llega Jesús al encuentro con sus discípulos aquella noche.

Jesús compartió muchas comidas con sus seguidores y otras personas, en casas de amigos como Marta, María y Lázaro; de publicanos como Mateo, o de fariseos como cierto Simón (Lc 7,36-50). Comer juntos establece un vínculo y Jesús no rechaza una invitación. Pero esta cena de Jesús con sus discípulos no es una comida más de esa larga serie.

Esta es la cena pascual, una comida con profundo sentido religioso, que se hacía una vez al año. Era la forma en la que el pueblo de la Primera Alianza celebraba su Pascua, es decir, la intervención salvadora de Dios en su historia, liberándolos de la esclavitud en Egipto y guiándolos hacia la tierra prometida. A partir de esta última comida de Jesús con sus discípulos, la cena pascual va a asumir para los cristianos otro significado. Será la celebración de la intervención salvadora de Dios Padre resucitando a su Hijo de entre los muertos y sellando una nueva alianza, abierta a todas las naciones de la tierra.

Como toda comida importante, esta cena fue preparada con cuidado. Jesús hizo muchas previsiones. Consiguió el sitio adecuado: un lugar seguro, porque lo buscaban para matarlo; pero sobre todo tranquilo, para ayudar a que sus discípulos pudieran recoger sus palabras y sus gestos como una última enseñanza: un legado, un testamento.

Llegado el momento, Jesús no reprime sus sentimientos. San Lucas relata que, al iniciarse la cena, Jesús manifiesta:
“he deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión” (Lc 22,15).
Siempre me han impresionado esas palabras: “he deseado ardientemente”. Me hablan de un anhelo profundo, de algo que ha venido encendiéndose dentro del corazón de Jesús, algo que ha crecido junto con su convicción de que el Padre lo llama a ponerse totalmente en sus manos, a pasar por la cruz en total abandono. El anhelo de Jesús es compartir esa Pascua con sus discípulos. Sus sentimientos hacia ellos están expresados en las palabras de san Juan que introducen al relato de la cena:
“… sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Juan 13,1)
Pero el amor de Jesús no se va a expresar sólo en palabras. San Juan nos cuenta que Jesús tiene para con sus discípulos un gesto muy especial: les lava los pies. No era algo extraño, como podría parecernos hoy: hacía parte de la bienvenida de un dueño de casa a sus huéspedes… pero no era el dueño de casa quien lo hacía, sino el más humilde de sus servidores. En ese lugar se coloca Jesús:
“Yo estoy entre ustedes como el que sirve” (Lc 22,27).
Al terminar la tarea, Jesús da el sentido de su acción:
“Si yo que soy el Señor y el Maestro les he lavado los pies, así deben también ustedes lavarse los pies unos a otros” (Juan 13,14).
Es el llamado a vivir en forma muy concreta el amor recíproco, en el servicio a los demás.

El otro gesto nos lo trasmite una carta de san Pablo (1 Corintios 11,23) y los otros tres evangelios: es el momento en que Jesús funda lo que hoy llamamos la Misa o la Eucaristía. Da a sus amigos el pan diciéndoles “esto es mi cuerpo”; luego les da a beber del cáliz con vino, diciendo “esta es mi sangre”; anuncia una nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres y concluye mandando: “hagan esto en memoria mía”. De esta forma, cada vez que la comunidad se reúna para celebrar la Eucaristía, el amor de Jesús, ese amor “hasta el extremo” se hará presente, dándonos la fuerza para cumplir sus mandamientos, en especial “el mandamiento nuevo”. Así llegamos al evangelio de este domingo:
Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

Ya en el libro de la primera alianza se encuentra el mandamiento del amor a los otros:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18)
…amor que el mismo Jesús coloca en el evangelio a la par del amor a Dios (Mt 22,39). Entonces, ¿qué es lo nuevo? El amor de Jesús va hasta el fin:
“no hay mayor amor que dar la vida por los amigos” (Juan 15,13)
Su amor es amor divino. Nos dice:
“Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (Juan 15, 9).
Es decir que nos amó con el mismo amor con el que se aman Él y el Padre. Con ese amor tenemos que amarnos unos a otros para realizar el mandamiento nuevo. Ese es el amor que Él nos comunica. Sólo recibiendo el amor de Jesús en nuestro corazón, infundido por el Espíritu Santo, tendremos la fuerza de amarnos unos a otros como Él nos amó.

No olvidemos el marco de las palabras de Jesús: son su testamento, su legado. Está dejando su presencia en la Eucaristía; pero está indicando con este mandamiento otra forma en la que Él seguirá presente. El nos asegura
“donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mateo 18,20). 
En la comunidad que vive el amor recíproco, aún con todas nuestras fallas y nuestras fragilidades, Jesús permanece presente. Eficazmente presente. A través de la comunidad en la que nos amamos unos a otros, Jesús sigue revelándose al mundo. Sigue diciendo el texto de este domingo:
En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.

Así lo constató Tertuliano, un escritor creyente del siglo II, cuando la fe en Jesucristo iba de a poco extendiéndose en el Imperio Romano. Él recogió el comentario que muchos hacían sobre los cristianos:
“¡Miren cómo se aman! ¡Miren como están dispuestos a morir el uno por el otro!”
(Apologeticus pro Christianis, XXIII)
Amigas y amigos: que el Señor los bendiga y nos ayude a todos a descubrir el amor con que Él nos amó; a sentirnos amados por Él y a amarnos unos a otros como Él mismo nos amó. Gracias por su atención y hasta la próxima semana si Dios quiere.

sábado, 11 de mayo de 2019

Oraciones a Nuestra Señora de Fátima


Oración de la comunidad de la Capilla Ntra. Sra. de Fátima de Villa Isidoro Noblía (Parroquia Cristo Rey, con sede en Aceguá) con motivo de su fiesta patronal, celebrada (anticipadamente) en el día de hoy.

A través de los mensajes revelados por Nuestra Señora, la Virgen de Fátima, a los tres pastorcitos, elevamos hoy a Dios Padre nuestras oraciones

Nuestra Señora de Fátima, intercede ante Jesús por nuestros pedidos.


1. "¿Quieren ofrecer a Dios el soportar todos los sufrimientos que Él quisiera por la conversión de los pecadores?". "Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar”. - Que seamos capaces de servirte y entregarnos, allí donde tú nos necesites. Te pedimos

2. "Cuando recen el rosario, digan: ... lleva al cielo a todas las almas, especialmente las más necesitadas de tu misericordia". Y "Hagan sacrificios por los pecadores, ...por su conversión...”. - Que seamos capaces de vivir la generosidad y la misericordia para con nuestro prójimo. Te pedimos

3. "Si hacen lo que yo les digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará, ...Si no, los errores se esparcirán por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia: los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Al final, mi lnmaculado Corazón triunfará”. – Que seamos capaces de comprometernos en un verdadero trabajo por la paz y la justicia, siendo nosotros, personas de paz. Te pedimos

4. "Oren mucho y hagan sacrificios por los pecadores...Continúen rezando el santo rosario para alcanzar el fin de las guerras”. - Que seamos perseverantes en nuestra oración y en las obras de caridad, no perdiendo nunca la esperanza de ver un mundo reconciliado. Te pedimos

5. "Quiero decirte que hagan aquí una capilla en honor mío, que soy la Señora del Rosario, que continúen rezando el Rosario todos los días. ¡No ofendan más a Nuestro Señor, que está ya muy ofendido!”. - Que seamos capaces de percibir que cada persona es "templo del Espíritu Santo", en ella es Dios quien habita, y así, crezcamos en el amor y el respeto a los hermanos. Te pedimos

Te pedimos Padre, que, por intercesión de Nuestra Señora de Fátima, recibas estas oraciones que hoy, en su día, te presentamos. Por Cristo Nuestro Hermano y Señor.

jueves, 9 de mayo de 2019

“Conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí.” (Juan 10,14). Domingo del Buen Pastor, IV de Pascua







¿Hasta dónde podemos llegar a conocer a otra persona?
Más todavía ¿hasta dónde puede cada uno llegar a conocerse a sí mismo?
En el año 1955 dos psicólogos llamados Joseph Luft y Harrington Ingham idearon una herramienta de conocimiento personal que todavía sigue caminando, tantos años después. Se la conoce como “ventana de Johari”. Esta ventana tiene cuatro cuadrantes, en los que es posible apreciar lo que los demás y yo conocemos o desconocemos sobre mí.
El primer cuadrante es el que está totalmente abierto: es la parte de mi personalidad que tanto los demás como yo vemos.
El segundo es mi punto ciego: es la parte de mí que los demás perciben, pero yo no.
El tercero es lo que ha quedado en mi intimidad: lo que solo yo conozco, pues los demás no lo ven.
Finalmente, el cuarto cuadrante es inquietante, pero también interesante: es la parte de mí que ni los demás ni yo vemos. Lo desconocido.
Esta herramienta puede ser usada en diferentes ejercicios por parte de un grupo o de una pareja, para crecer en su mutuo conocimiento. Aplicándola, las personas se conocerán más entre sí y cada uno de ellos se conocerá un poco más a sí mismo.

En el Evangelio de este domingo, llamado domingo del Buen Pastor, Jesús comienza diciendo:
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.
“Yo las conozco”. El conocimiento de Jesús sobre sus ovejas -y podemos decir, sobre cada persona que ha venido a este mundo- no es un conocimiento humano. Es conocimiento divino, como lo expresa el salmo:
Señor, tú me sondeas y me conoces;
sabes cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos. (salmo 138)
Si Jesús conoce a cada uno mejor de lo que él se conoce a sí mismo, no podemos sino ser plenamente sinceros con Él, que es una manera de ser sinceros también con nosotros mismos. Sería ridículo presentarme ante aquel que me sondea y me conoce con una fachada que no transparenta mi interior. Sólo estaría engañándome a mí mismo. Delante de Jesús aparece mi verdad más profunda. Reconoceré ante Él mis miserias; pero Él me hará reconocer todo lo que me ha dado, todos los dones que he recibido, para hacerlos dar buenos frutos.
“conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí.” (Juan 10,14)
…dice también Jesús.
¿Hasta dónde lo conocemos a Él? ¿Hasta dónde podemos profundizar en un misterio insondable? Cuando nos acercamos a Jesús, cuando meditamos su Palabra, cuando contemplamos sus diferentes presencias, cuando entramos en amistad con Él, lo vamos conociendo. Él ya nos conoce, de una forma en que nadie más puede hacerlo; nosotros vamos creciendo en nuestro conocimiento de Él, sabiendo que en esta vida nunca terminaremos esa tarea.
Pero hay algo de lo que tenemos certeza. Lo dice otro salmo:
El señor es mi pastor, nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
(Salmo 23)
Esa es la certeza de quien sigue a Jesús: él es el pastor que nos guía por el buen camino. El pastor de ovejas las lleva a los lugares donde está lo necesario para la vida: pasturas y aguadas. Jesús, buen pastor, ofrece mucho más:
Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.
Jesús vino al mundo para que los humanos tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia.
A veces pensamos en la vida eterna como algo que vendrá después de la muerte corporal.
Sin embargo, Jesús dice:
El que cree, tiene vida eterna (Juan 6,47)
Lo dice así, en tiempo presente, no en futuro. La vida eterna es la vida de Dios en nosotros. Es una existencia nueva en la que nada ni nadie se pierde y todo cobra un nuevo sentido.
Vida que comienza a partir del momento en que creemos en Jesús y nos unimos a su rebaño para seguirlo a Él.
Pedro y los discípulos lo reconocen así:
Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (6,68)
Para comunicar esta vida a sus ovejas, Jesús las alimenta con su propio cuerpo y sangre:
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna (6,54)
La vida eterna que Jesús produce en nosotros continuará en plenitud, después de nuestra muerte y resurrección en Cristo.
La segunda lectura de este domingo, del libro del Apocalipsis, expresa así esa promesa:
El que está sentado en el trono habitará con ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos.

Si creemos de verdad que esta vida eterna, esta vida que nos da Jesús ya está en nosotros ¿qué hacer? Por un lado, cuidarla, alimentándola con la Palabra de Dios y con la Eucaristía, en la comunidad. Por otro lado, anunciarla, invitar a otros a conocerla y a compartirla. Pero, más aún, simplemente, defender la vida, la vida de cada persona humana, porque cada persona está llamada a alcanzar la vida eterna que Jesús promete; pero para eso, hay que empezar por mantener esta vida y desarrollarla de una forma humanamente digna.

En este domingo la Iglesia Católica reza en todo el mundo por las vocaciones. Recemos especialmente por las vocaciones sacerdotales, para que nuestras comunidades puedan contar siempre con la Eucaristía que nos comunica la vida de Cristo.

Gracias amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 3 de mayo de 2019

Simón, hijo de Juan ¿me amas? (Juan 21,1-19). III Domingo de Pascua.







“Voy a pescar”. ¿Cuántos lo habrán dicho en la pasada Semana Santa, semana de turismo en Uruguay? Más de sesenta “barras” (grupos de familia o de amigos) participaron en el concurso internacional de pesca aquí, en Cerro Largo. Pesca, sí, pero con devolución. Y con el requisito de que los implementos de pesca causaran el menor daño posible a los ejemplares capturados. Pero aquí se trata de una “barra” muy especial:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.»
Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.»
Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Así comienza el último pasaje del evangelio según san Juan, que leemos este domingo. Jesús ha muerto, ha resucitado, se ha aparecido a sus discípulos, pero ellos parecen haber vuelto a sus viejas tareas. Pedro ha tomado la iniciativa, los demás lo siguen, pero no pasa nada. No hay pesca. Es que Jesús no está allí. Falta su presencia.

Así nos pasa muchas veces en la vida. Las cosas no salen. Sentimos frustración, desánimo, nos preguntamos si lo estamos haciendo bien o si le estamos errando. Hacemos esfuerzos, pedimos ayuda, nos multiplicamos para sostener lo que hemos alcanzado y sentimos que no podemos…
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No.»
Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.»
Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla.
La presencia de Jesús cambia todo. Nuestras fuerzas llegan hasta cierto punto. Podemos poner mucha voluntad, pero pronto encontramos nuestro límite. La presencia de Jesús lleva más allá. Renueva, anima, cambia. Abre otro horizonte. Da un sentido nuevo a la tarea de siempre. Hace nuevas todas las cosas.
El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!»
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Jesús les dijo: «Vengan a comer.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
No sabían que era él… no se atrevían a preguntarle quién era… sabían que era el Señor… ¿sabían o no sabían? Era el mismo hombre que ellos conocieron, el que los llamó para ser “pescadores de hombres”, con el que compartieron jornadas a lo largo de tres años. Es el mismo… y no es el mismo. Tal como nos sucede cuando encontramos alguien a quien hace mucho tiempo que no vemos y tenemos que observarlo detenidamente para reconocerlo, los discípulos ven algo nuevo en Jesús. Es su realidad de resucitado. Su verdad de Hijo de Dios, que había quedado como escondida en su humanidad, se hace transparente.

¿Dónde encontramos hoy a Jesús resucitado? Él nos sigue hablando desde el Evangelio y nos sigue diciendo “vengan a comer”, alimentándonos en la cena eucarística. Nos llama a poner en práctica su palabra, a construir nuestra vida sobre la roca que es Él mismo. La Iglesia nos propone cada día un pasaje del Evangelio. Leyéndolo y meditándolo con el corazón abierto, creceremos en la amistad con Jesús y seremos capaces de practicar un poco más cada día la misericordia, el perdón, el amor a Dios y al prójimo en actos concretos. Cuando esa lectura la hacemos en comunidad, se multiplican nuestras posibilidades de poner en práctica la Palabra de Jesús, haciéndolo juntos, ayudándonos y animándonos unos a otros.

En la eucaristía, Jesús se ofrece a sí mismo como alimento, como pan de vida. San Pablo (1 Co 11,27-29) nos advierte que no podemos comer el cuerpo de Cristo indignamente, es decir, sin estar debidamente preparados o tomándolo como si solo fuera un alimento corriente. Por eso para llegar a la comunión hay una preparación por medio de la catequesis; pero también una purificación por el sacramento de la reconciliación, celebrado con sincero arrepentimiento y deseo de un verdadero cambio de vida.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»
Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»
Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»
Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»
Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.»
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»
Pedro había dicho por propia iniciativa “voy a pescar” y no había sacado nada. Jesús lo llama de nuevo a seguirlo y le deja la misión de ser pastor de sus ovejas. Notemos el detalle: las ovejas siguen siendo de Jesús. Pedro queda encargado de cuidarlas, pero no son suyas. Jesús se presentó como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Pedro le aseguró a Jesús que daría la vida por él, pero a la hora de la Pasión dijo “no lo conozco”.

La negación debía ser reparada. Pedro había negado a Jesús tres veces. Ahora, tres veces le preguntará Jesús si lo ama.
La primera pregunta es un poco rara: “¿me amas más que éstos?”. Es rara porque pondría a Pedro en la situación de compararse con los demás, y decir que él tiene mayor amor que los otros… Por eso, algunos biblistas traducen “¿me amas más que a estas cosas?” Lo que Jesús quiere saber es si Pedro lo ama por encima de todo, más que a su propia vida.
No le pregunta si se siente con fuerzas, si conoce bien las enseñanzas de Jesús, si se considera capacitado para la tarea. No. Le pregunta por su amor. Es por ese amor que Jesús le confía su rebaño y por ese amor puede asegurarle a Pedro que, ahora sí, dará la vida por Jesús y por las ovejas.

La fe cristiana es una experiencia de amor. Creer en Jesucristo es mucho más que conocer una doctrina. Es dejar que Él se convierta en el centro de nuestra vida: de todo lo que hacemos y de todo lo que queremos. Así llegó a vivirlo Pedro; así estamos llamados nosotros a vivirlo cada día.

Gracias amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 30 de abril de 2019

Saludo de los Obispos para el Día de los Trabajadores


1. Como ciudadanos y pastores, los Obispos del Uruguay queremos hacer llegar un afectuoso saludo a todos los trabajadores de nuestra patria. Junto a ustedes, acompañamos y conmemoramos este día, que es de memoria y reflexión sobre una de las actividades que pueden –en condiciones dignas–humanizarnos y generar el bien vivir de nuestras familias. Efectivamente, el trabajo nos coloca junto a Dios como co-creadores, partícipes activos en la obra de la creación.
 
2. Hoy en día el mundo del trabajo comporta una realidad muy compleja y amplia. Existen muchas y variadas situaciones laborales. Hay trabajadores rurales que llevan adelante sus propios establecimientos, otros son dependientes y otros son zafrales. En las ciudades hay trabajos públicos y
privados. Aunque la mayoría se realizan en condiciones formales, legales y dignas, otros se alejan de dichas condiciones. Es especialmente preocupante el desempleo en general y particularmente el juvenil que «cercena en los jóvenes la capacidad de soñar y de esperar, y los priva de la posibilidad de contribuir al desarrollo de la sociedad.»1

 
3. Reconocemos que hay avances significativos como resultados de acuerdos logrados a través de los consejos de salarios; la inclusión laboral de personas con capacidades diferentes; mayores exigencias de seguridad laboral; licencias para madres y padres... Se nos presenta también en el horizonte de este tiempo, el nuevo fenómeno de la llegada de hermanos migrantes que buscan en nuestra patria el ejercicio de la dignidad del trabajo y vivir en paz.

4. El trabajo es mucho más que una fuente de sustento. Es el ámbito de un múltiple desarrollo personal y comunitario «donde se ponen en juego muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacidades, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración».
2 Como Iglesia, como pastores, queremos animar a todos a seguir recorriendo el camino de la búsqueda de mejores y más justas condiciones laborales.
 
5. Que San José Obrero, patrono del mundo del trabajo, ayude a la mujer y al hombre, trabajadores, a que en el inicio de cada jornada se sientan constructores de su patria.
 
Los Obispos del Uruguay
30 de Abril de 2019


1 Papa FRANCISCO, Exhortación Apostólica postsinodal Christus vivit, 2702 Papa. FRANCISCO, Carta Encíclica Laudato Si’, 128
 

sábado, 27 de abril de 2019

Homilía del Cardenal Becciu en la beatificación de los Mártires de La Rioja.


Card. Angelo Becciu
Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos
La Rioja, sábado 27 de abril de 2019.
“Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos”.
Queridos hermanos y hermanas,

La invitación que la Liturgia nos renueva constantemente en este tiempo de Pascua, encuentra hoy en nosotros, reunidos en el solemne rito de la beatificación de cuatro mártires, una respuesta particularmente pronta y alegre. Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor por el don de los nuevos Beatos. Son hombres que han dado valientemente su testimonio de Cristo, mereciendo ser propuestos por la Iglesia a la admiración e imitación de todos los fieles. Cada uno de ellos puede repetir las palabras del libro de la Apocalipsis, proclamadas en la primera lectura: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de
nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” (Ap 12,10): el poder de Cristo resucitado, que, a lo largo de los siglos, por medio de su Espíritu, continúa viviendo y actuando en los creyentes, para impulsarlos hacia la plena realización del mensaje evangélico.
Conscientes de esto, los nuevos Beatos siempre contaron con la ayuda de Dios, incluso cuando tuvieron que “sufrir por la justicia” (1Pe 3,14), de modo que siempre estaban dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pidiese razón de la esperanza que ellos tenían (cfr 1Pe 3,15). Se ofrecieron a Dios y al prójimo en un heroico testimonio cristiano, que tuvo su culmen en el martirio. Hoy a la Iglesia se complace en reconocer que Enrique Ángel Angelelli, Obispo de La Rioja, Carlos de Dios Murias, franciscano conventual, Gabriel Longueville, sacerdote misionero fidei donum, y el catequista Wenceslao Pedernera, padre de familia, fueron insultados y perseguidos a causa de Jesús y de la justicia evangélica (cfr Mt 5, 10-11), y han alcanzado una “gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12).
“¡Felices ustedes!” (Mt 5,11; 1Pe 3,13). ¿Cómo podríamos no escuchar dirigida a nuestros cuatro Beatos esta sugestiva manifestación de alabanza? Ellos fueron testigos fieles del Evangelio y se mantuvieron firmes en su amor a Cristo y a su Iglesia a costa de sufrimientos y del sacrificio extremo de la vida. Fueron asesinados en 1976, durante el período de la dictadura militar, marcado por un clima político y social incandescente, que también tenía claros rasgos de persecución religiosa. El régimen dictatorial, vigente desde hacía pocos meses en Argentina, consideraba sospechosa cualquier forma de defensa de la justicia social. Los cuatro Beatos desarrollaban una acción pastoral abierta a los nuevos desafíos pastorales; atenta a la promoción de los estratos más débiles, a la defensa de su dignidad y a la formación de las conciencias, en el marco de la Doctrina Social de la Iglesia. Todo esto, para intentar ofrecer soluciones a los múltiples problemas sociales.
Se trataba de una obra de formación en la fe, de un fuerte compromiso religioso y social, anclado en el Evangelio, en favor de los más pobres y explotados, y realizado a la luz de la novedad del Concilio Ecuménico Vaticano II, en el fuerte deseo de implementar las enseñanzas conciliares. Podríamos definirlos, en cierto sentido, como “mártires de los decretos conciliares”.
Fueron asesinados debido a su diligente actividad de promoción de la justicia cristiana. De hecho, en aquella época, el compromiso en favor de una justicia social y de la promoción de la dignidad de la persona humana se vio obstaculizado con todas las fuerzas de las autoridades civiles. Oficialmente, el poder político se profesaba respetuoso, incluso defensor, de la religión cristiana, e intentaba instrumentalizarla, pretendiendo una actitud servil por parte del clero y pasiva por parte de los fieles, invitados por la fuerza a externalizar su fe solo en manifestaciones litúrgicas y de culto. Pero los nuevos Beatos se esforzaron por trabajar en favor de una fe que también incidiese en la vida; de modo que el Evangelio se convirtiese en fermento en la sociedad de una nueva humanidad fundada en la justicia, la solidaridad y la igualdad.
El Beato Enrique Ángel Angelelli fue un pastor valiente y celoso que, nada más llegar a La Rioja, empezó a trabajar con gran celo para socorrer a una población muy pobre y víctima de injusticias. La clave de su servicio episcopal reside en la acción social en favor de los más necesitados y explotados, así como en valorar la piedad popular como un antídoto contra la opresión. Icono del buen pastor, fue un enamorado de Cristo y del prójimo, dispuesto a dar su vida por los hermanos. Los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville fueron capaces de individuar y responder a los desafíos concretos de la evangelización siendo cercanos a las franjas más desfavorecidas de la población. El primero, religioso franciscano, se distinguió por su espíritu de oración y un auténtico desapego de los bienes materiales; el segundo, por ser hombre de la Eucaristía. Wenceslao Pedernera, catequista y miembro activo del movimiento católico rural, se dedicó apasionadamente a una generosa actividad social alimentada por la fe. Humilde y caritativo con todos.
Estos cuatro Beatos son modelos de vida cristiana. El ejemplo del Obispo enseña a los pastores de hoy a ejercer el ministerio con ardiente caridad, siendo fuertes en la fe ante las dificultades. Los dos sacerdotes exhortan a los presbíteros de hoy a ser asiduos en la oración y a hallar, en el encuentro con Jesús y en el amor por Él, la fuerza para no escatimar nunca en el ministerio sacerdotal: no entrar en componendas con la fe, permanecer fieles a toda costa a la misión, dispuestos a abrazar la cruz. El padre de familia enseña a los laicos a distinguirse por la transparencia de la fe, dejándose guiar por ella en las decisiones más importantes de la vida.
Vivieron y murieron por amor. El significado de los Mártires hoy reside en el hecho de que su testimonio anula la pretensión de vivir de forma egoísta o de construir un modelo de sociedad cerrada y sin referencia a los valores morales y espirituales. Los Mártires nos exhortan, tanto a nosotros como a las generaciones futuras, a abrir el corazón a Dios y a los hermanos, a ser heraldos de paz, a trabajar por la justicia, a ser testigos de solidaridad, a pesar de las incomprensiones, las pruebas y los cansancios. Los cuatro Mártires de esta diócesis, a quienes hoy contemplamos en su beatitud, nos recuerdan que “es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (1 Pe 3,17), como nos ha recordado el apóstol Pedro en la segunda lectura.
Los admiramos por su valentía. Les agradecemos su fidelidad en circunstancias difíciles, una fidelidad que es más que un ejemplo: es un legado para esta diócesis y para todo el pueblo argentino y una responsabilidad que debe vivirse en todas las épocas. El ejemplo y la oración de estos cuatro Beatos nos ayuden a ser cada vez más hombres de fe, testigos del Evangelio, constructores de comunidad, promotores de una Iglesia comprometida en testimoniar el Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad, levantando puentes y derribando los muros de la indiferencia. Confiamos a su intercesión esta ciudad y toda la nación: sus esperanzas y sus alegrías, sus necesidades y dificultades. Que todos puedan alegrarse del honor ofrecido a estos testigos de la fe. Dios los sostuvo en los sufrimientos, les ofreció el consuelo y la corona de la victoria. Que el Señor sostenga, con la fuerza del Espíritu Santo, a quienes hoy trabajan en favor del auténtico progreso y de la construcción de la civilización del amor.
Beato Enrique Ángel Angelelli y tres compañeros mártires, ¡rogad por nosotros!




miércoles, 24 de abril de 2019

“Señor mío y Dios mío” (San Juan 20,24-29). Domingo de la Misericordia / Mártires riojanos.







“Poner el dedo en la llaga”. Es una expresión que muchas veces usamos cuando en una conversación alguien toca un punto sensible o dice una verdad incómoda: “metió el dedo en la llaga”, es decir, lo colocó allí donde duele, donde está la herida.

Este sábado en Argentina, en La Rioja, serán beatificados cuatro hombres asesinados en esa provincia en 1976: Carlos de Dios Murias, fraile franciscano conventual y Gabriel Longueville, sacerdote misionero francés, asesinados el 18 de julio; Wenceslao Pedernera, laico, padre de familia, asesinado el 24 de julio y Mons. Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, el 4 de agosto.

Al igual que San Óscar Romero, obispo mártir de El Salvador, asesinado en 1980, canonizado el año pasado, estos cuatro mártires riojanos murieron en un complejo contexto político, de creciente violencia. Allí, como hombres de fe, los cuatro buscaron servir a la verdad del Evangelio y defender la dignidad de la persona humana. Calumniados y amenazados, no se dejaron envolver por el odio; por amor a Cristo sufriente, presente en sus hermanos, tuvieron posiciones claras y valientes de cara a las injusticias: “metieron el dedo en la llaga” y eso les costó la vida. Serán beatificados en el marco de la Pascua, en la víspera del Domingo de la divina misericordia.
Qué vivan los cuatro mártires Enrique y sus compañeros
Carlos, Gabriel, Wenceslao en la tierra y en el cielo
Felices los perseguidos por practicar la justicia
Con su lucha y con su ofrenda traen la buena noticia.
(Himno para la ceremonia de beatificación)
Precisamente, el evangelio de este domingo nos habla de alguien que manifestó su deseo de “poner el dedo en la llaga”: pero en otro sentido; quería tocar las llagas de Cristo. Se trata de santo Tomás, uno de los apóstoles. Un discípulo ausente cuando Jesús resucitado apareció por primera vez ante el grupo que lo había acompañado en sus tres años de misión.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
La reacción que tiene Tomás ante lo que le cuentan nos recuerda otro dicho, todavía más corriente: “ver para creer”. (Digamos, entre paréntesis, que tendríamos que revisar esa convicción popular, porque ¿cuánto hay realmente de verdad en lo que vemos hoy? ¿cuántas noticias falsas, cuántas afirmaciones sin fundamento pasan continuamente por las pantallas ante nuestra mirada? Realmente necesitamos mucho más que abrir los ojos para verificar la verdad, para distinguir lo verdadero de lo falso. Cierro paréntesis.)

Tomás quiere algo más que ver: él quiere tocar, palpar.
Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
El evangelio no nos hace esperar. Nos lleva inmediatamente al domingo siguiente, segundo domingo de Pascua, el que hoy llamamos, a iniciativa de san Juan Pablo II, “Domingo de la Divina Misericordia”.
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos.
Acerca tu mano: Métela en mi costado.
En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás no hace ninguno de esos gestos y, en cambio, responde:
“¡Señor mío y Dios mío!”,
Esas palabras son una maravillosa profesión de fe. No obstante, Jesús le dice (y nos dice a nosotros)
«Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Todo parece muy simple. Sin embargo, no lo es tanto (tampoco es tan complicado). Veamos.
A partir del momento en que Tomás ve a Jesús ¿qué sucede? ¿Tomás cree o Tomás sabe? ¡No es lo mismo! Cuando nos han contado un hecho, la cuestión está en creer o no creer lo que nos relatan. Cuando vemos el hecho, cuando nos pellizcamos para convencernos de que no estamos soñando, cuando pedimos que otros nos confirmen que es verdad lo que vemos, lo sabemos. Ya no hace falta creer. Pero Jesús no le dice "ahora sabes", sino "ahora crees". Tomás ha dado un paso en la fe. Sí: ha visto a Jesús resucitado; pero también ha creído, y por eso dice "Señor mío y Dios mío”.

Y si no, vayamos al final del evangelio según San Mateo (18,16-20). Allí se dice que
"Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron".
Así es. Todos vieron a Jesús resucitado. Algunos dudaron; pero los que creyeron, de inmediato se postraron ante Él.

¿Qué es lo que se ve y lo que no se ve en estos encuentros con Jesús? San Gregorio Magno lo explicaba así:
Lo que [Tomás] creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó (...) ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada. 
Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino (otro Tomás) lo expresaba en forma aún más sintética:
Tomás vio al hombre y las cicatrices, y a partir de esto, creyó en la divinidad del resucitado.
Los creyentes de hoy estamos entre los bienaventurados que Jesús señala. Somos "los que creen sin haber visto". Pero eso es la fe. No es ciega, no es irracional. Es un salto que va más allá de los límites de nuestros sentidos, para abrirnos a una nueva dimensión de la existencia: la vida divina.

El acto de fe de Tomás lo repetimos en la Eucaristía, al contemplar el Cuerpo de Cristo en la Hostia consagrada y, con Tomás, reconocerlo diciendo "Señor mío y Dios mío".

Con la misma fe estamos llamados a reconocer también el rostro de Cristo sufriente en hermanos y hermanas que están sumergidos en el dolor, la miseria, el duelo, la marginación… Como lo hicieron los mártires riojanos, reconocer y servir a Cristo sufriente en los hermanos.

Dios nuestro, concédenos reconocerte como nuestro Señor y nuestro Dios y manifestar esa fe con nuestras obras y nuestra vida, sirviéndote en los hermanos, a ejemplo del apóstol Tomás y de los mártires riojanos.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.


sábado, 20 de abril de 2019

Despedida de las Hnas. Doroteas de la Diócesis de Melo, tras 34 años de presencia.


A la comunidad diocesana:

En este mes de abril concluirá la presencia de las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo en la diócesis de Melo.

Han sido 34 años de presencia y de siembra en Melo y en Treinta y Tres.

La congregación ha tomado esta decisión, tan difícil y dolorosa para ellas como para nosotros, en un largo proceso en el que siempre se dialogó con la diócesis y, particularmente, con la comunidad de la parroquia Jesús Buen Pastor.

La última de las hermanas hasta ahora en Melo es la Hna. Sarita Rocha, una vocación melense.

El próximo martes despediremos a la Hna. Sarita (estará también presente la Hna. Stella, que viene a acompañarla a su nueva comunidad en Argentina).

Lo haremos en la Misa en Jesús Buen Pastor, que será el martes 23 a las 19 horas.

Todos aquellos que quieran expresarle gratitud y afecto a Sarita y a Stella y, por medio de ellas, a todas las hermanas que han pasado, están invitados a acompañarnos.

La vida parroquial será acompañada en adelante por el P. Jorge Osorio, que continuará también en la parroquia de Aceguá.

Estoy seguro que en esta nueva etapa todo el esfuerzo de construir comunidad que las hermanas hicieron junto con los laicos y los sacerdotes, seguirán dando sus frutos.

Al escribirles en este Sábado Santo, quiero expresar a todos mi deseo de una Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi bendición:

+ Heriberto, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres, Uruguay)

viernes, 19 de abril de 2019

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? (Lucas 24,1-12). Domingo de Pascua.







“Nuestra vida alcanza apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor:
en su mayor parte son fatiga y miseria, porque pasan pronto, y nosotros nos vamos” (Salmo 90,10)
Estas palabras duras reflejan la experiencia de una persona que llega a una edad avanzada y contempla sus cansancios y fracasos.
No es la única manera de ver las cosas. Hay quienes son capaces de reconocer y agradecer todo lo bueno que la vida nos regala, aun en medio de penurias y dificultades, como lo hizo aquí en Melo nuestro Obispo emérito, fallecido a comienzos de este año. 97 años vivió Mons. Roberto Cáceres. Vida larga en la dimensión humana, pero apenas un segundo, una pulsación en los millones de años del universo. Un breve espacio: eso es nuestra vida en la tierra. El poeta latino Horacio, que murió pocos años antes del nacimiento de Jesús, aconsejaba:
“adapta al breve espacio de tu vida una esperanza larga”.
Esa felicidad que perseguimos “con fatiga y miseria”; el ansia de plenitud; nuestros más hondos deseos de bondad, de verdad y de belleza, no encuentran total satisfacción en esta vida, donde todo, más pronto o más tarde, termina deteriorándose y deshaciéndose. Filósofos del siglo pasado vieron la existencia humana como un absurdo, un sinsentido: “una pasión inútil”.
Sin embargo, hay en nuestro corazón una nostalgia de eternidad, un anhelo de infinito. La fe cristiana nos abre a una esperanza más que larga: la esperanza de compartir la vida eterna de Dios. La resurrección de Jesús es el fundamento de esa esperanza.

El domingo pasado, domingo de Ramos, nos conmovimos con la pasión y muerte de Jesús.
En este domingo de Pascua acompañamos a las discípulas y a los discípulos de Jesús en su decepción, en su asombro y finalmente en su alegría al descubrir que Jesús ha resucitado.

A lo largo de los evangelios encontramos los anuncios de Jesús acerca de su pasión, muerte y resurrección. Nosotros, hoy, leemos esos pasajes desde la fe y conociendo el final de la historia. Pero cabe preguntarnos ¿cómo lo entendían sus discípulos? ¿cómo sonaban para ellos esas palabras de Jesús: muerte… resurrección…?
Para ponernos en la piel de los discípulos necesitamos entrar en sus expectativas, en sus sueños, que muchas veces se manifiestan claramente terrenos… el Reino de Dios del que Jesús repetidamente habla es identificado con un reino de este mundo: ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? Frecuentemente se llama a Jesús “Hijo de David”, ubicándolo en una línea dinástica… ¿quién mejor que un descendiente del gran rey David para ocupar el trono? ¿Quién será el primer ministro, ese que puede ser considerado -después del rey- “el más grande”, el que se siente a su derecha? ¿Quién será el segundo, el que se siente a su izquierda?
Los dos discípulos que caminan hacia Emaús, -evangelio de la misa vespertina del domingo- son quienes mejor traducen el estado de ánimo de los seguidores de Jesús, mientras hablaban acerca de...
...lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
Hay desilusión, hay frustración… no pueden comprender lo que ha pasado, a pesar de que han oído a las que encontraron la tumba vacía:
Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.
Son las mujeres, las discípulas, las que han seguido fielmente a Jesús, muchas de ellas ayudándolo con sus bienes, las primeras en acudir a la tumba. Ha pasado el sábado, el día del gran reposo. Al clarear el primer día de la semana, nuestro Domingo, las mujeres llevan perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús, de acuerdo con las costumbres funerarias. Al llegar, encuentran que la gran piedra que cierra la entrada de la tumba ha sido corrida. El sepulcro está abierto.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”.
A diferencia de otros pueblos de América Latina, el pueblo uruguayo no tiene grandes expresiones religiosas masivas. Hay quienes dicen que éste es un pueblo ateo… pero no es tan así. Muchos uruguayos manifiestan creer en Dios, aunque no adhieran a una religión. Pero la Pascua nos pone ante otra pregunta ¿crees en Jesús resucitado?
La respuesta de cualquiera que se profese cristiano, sea católico o evangélico, no puede ser otra que sí. Porque, como dice san Pablo
“si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Corintios 15,14).
No llegamos a la fe en Jesús resucitado de manera espontánea. Tenemos que hacer un camino. Un breve camino hicieron las mujeres al ir de mañana al sepulcro. Más largo camino anduvieron los discípulos de Emaús en la tarde, alejándose del lugar de los sucesos. Cada uno tiene que hacer su propio recorrido para encontrar a Jesús y creer en Él. Un recorrido interior, porque no puede ser de otra manera. Creer en Jesús resucitado no es solamente constatar un hecho: murió… pero volvió a la vida, de una forma nueva… Es más que eso: es creer en Él, es decir, encontrar en el resucitado a Aquel que da sentido a nuestra vida, a aquel que colma todos nuestros deseos de plenitud.

Dios ama la vida.
“No es Dios de muertos, sino de vivos” (Lucas 20,38) 
dice Jesús. Los hombres podemos destruir la vida de muchas maneras. Guerra, terrorismo, crimen organizado; violencia doméstica, aborto, eutanasia; destrucción del ambiente, de la casa común… terrible cosecha de muerte. Pero si el Padre Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que Dios sólo quiere la vida para sus hijos. No estamos perdidos ni abandonados ante la muerte. El Padre nos quiere llenos de vida, por encima y más allá de la muerte.
“Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Juan 10,10). 
A partir de la resurrección, esas palabras de Jesús resuenan de otra manera. Al unirnos a Él, al encontrar en Él al maestro y al guía, comprendemos que no sólo estamos llamados a recibir esa vida de Jesús y después quedarnos tranquilos, sino a trabajar con Él y en Él para la vida del mundo; para que todos tengan Vida.

Amigas y amigos, muchas gracias por su atención. Mi saludo para este domingo no puede ser otro que éste: Feliz Pascua de Resurrección. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 17 de abril de 2019

La Misa Crismal en nuestro camino diocesano. Homilía de Mons. Heriberto.

 

Jesús el Ungido

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha consagrado por la unción”.
Jesús lee estas palabras del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret. Terminada la lectura dice:
“Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.
Jesús de Nazaret es llamado el Cristo. Cristo significa ungido, consagrado por el Señor a través de la unción, por la que se comunica el Espíritu Santo. Dios comunica su Espíritu a aquel a quien ha elegido para una misión. A lo largo de la historia de la salvación, muchos fueron ungidos, es decir, recibieron el Espíritu Santo para una misión; pero Jesús es El Ungido, el que tiene la plenitud del Espíritu, como nadie la tuvo ni antes ni después de Él.
Cada cristiano, como Cristo, ha sido también ungido; cada uno de nosotros ha recibido el Espíritu Santo para vivir en unión con Cristo y participar en su misión.
El bautismo, la confirmación y la comunión, los tres sacramentos de la iniciación cristiana, son los canales privilegiados por los que hemos recibido el Espíritu Santo y hemos sido unidos a Jesucristo.

Signo de unidad

La Misa que estamos celebrando, la Misa Crismal, es una Misa muy especial. En cada diócesis del mundo se celebra una vez al año y en único lugar. Participa en ella, en la medida de lo posible todo el clero, junto al Obispo y delegados de las comunidades parroquiales. Todo ello hace de esta celebración un signo de Unidad.

Más aún, fortalece ese signo de unidad la finalidad especial que tiene esta Eucaristía. Dentro de ella se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de la Unción de los Enfermos que se utilizarán en nuestra diócesis a lo largo de todo el año, hasta la próxima Misa crismal. Con el Crisma serán ungidos todos los bautizados y confirmados; con el óleo de los catecúmenos, aquellos que están en un camino de preparación al bautismo o, en la celebración del bautismo, antes de recibir el agua bautismal; con el óleo de los enfermos, serán ungidos aquellos que por su estado de salud o edad avanzada necesitan el sacramento de la fortaleza y la esperanza: la Unción de los enfermos.

La Unidad de la Iglesia diocesana no se expresa solo en signos y celebraciones o en el sentir común; se expresa también en la acción, en el caminar juntos, en el que se va construyendo la unidad.

Hacia un nuevo proyecto diocesano

Como Pueblo de Dios, que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres, comenzamos este año la elaboración de un nuevo proyecto diocesano. El 23 de febrero delegados de las 16 parroquias, personas consagradas de las diferentes comunidades, diáconos, presbíteros y obispo, participamos en la primera de tres asambleas diocesanas de este año. Buscamos en este primer momento reconocer luces y sombras en la vida del Uruguay y de la Iglesia. El sábado 4 de mayo tendremos un segundo momento en el que profundizaremos las enseñanzas del Papa Francisco que nos orientan para comunicar la alegría del Evangelio. Evangelizar es y seguirá siendo la misión de la Iglesia. Evangelizando queremos continuar la huella que abrió el primer Obispo de Melo, Mons. José Marcos Semería, de cuya llegada a nuestra diócesis se cumplirán pronto cien años. La tercera instancia de reflexión la tendremos el sábado 12 de octubre, en el marco de la fiesta diocesana, buscando formular nuestros compromisos hacia delante. En todo ello, la memoria de nuestro querido Mons. Roberto será siempre iluminadora y alentadora.

Mes misionero y consagración a María

El mes de octubre nos ubicará también en dos acontecimientos especiales, uno de la Iglesia universal y otro de la Iglesia en el Uruguay. El Papa Francisco ha pedido a toda la iglesia vivir en octubre un “Mes misionero extraordinario”, con el lema “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”. La Conferencia Episcopal Uruguaya, por su parte, ha aprobado la realización de un Congreso Eucarístico Nacional que tendrá su celebración central en octubre de 2020, pero que comenzaremos a vivir en octubre de este año y especialmente en la peregrinación nacional a la Virgen de los Treinta y Tres, el domingo 10 de noviembre, en la que haremos como Iglesia nuestra consagración a María.

Pertenecemos a Cristo

Como cristianos nunca podemos olvidar -menos aún en este año electoral- que nuestra primera pertenencia y nuestra primera fidelidad la debemos a Cristo. Pertenecemos a una familia y a un grupo social; tenemos una ciudadanía; somos hinchas de un equipo, podemos ser miembros de una agremiación, de un movimiento o de un partido… si realmente pertenecemos a Cristo, es en Él en quien tenemos la clave para discernir sobre lo que realmente humaniza o deshumaniza al hombre; sobre las realidades humanas en las que Dios está presente o ausente. Nadie tiene porque dejar nada, ni salir de donde esté; porque allí donde esté, cada cristiano tiene su misión: descubrir la acción del Espíritu, la obra salvadora de Dios que se abre camino en la historia de los hombres. Y al descubrir esa presencia y esa obra, ponerse -en la medida de sus posibilidades- a colaborar en ella.(1)

Renovación de las promesas de diáconos y sacerdotes

Queridas hermanas, queridos hermanos, en esta Misa hay también otro momento especial, que vamos a vivir a continuación: es la renovación de las promesas sacerdotales y diaconales. Les pido que recen muy especialmente por sus diáconos, sus sacerdotes y su obispo. Más que nunca, en estos tiempos, sentimos nuestra fragilidad. Oren, pues, por nosotros, para que vivamos con fidelidad y entrega generosa las promesas que hicimos al recibir el orden sagrado. Así sea.

(1) Cfr. Conferencia Episcopal del Uruguay, Católicos, Sociedad, Política. Florida, 12 de noviembre de 2003.