domingo, 5 de febrero de 2023

«Tú eres el Dios que me ve» (Génesis 16,13). Palabra de Vida, febrero 2023. Movimiento de los Focolares.

«Tú eres el Dios que me ve» (Génesis 16, 13).

El versículo de la Palabra de vida de este mes está tomado del libro del Génesis. Son unas palabras pronunciadas por Agar, la esclava de Sara entregada como mujer a Abrahán porque aquella no podía tener hijos y asegurar así una descendencia. Cuando Agar descubre que está encinta se siente superior a su señora. El maltrato recibido por parte de Sara la obliga más tarde a huir al desierto. Y allí,  precisamente tiene lugar un encuentro único entre Dios y la mujer, la cual recibe una promesa de descendencia semejante a la que Dios le había hecho a Abrahán. El hijo que nacerá se llamará Ismael, que significa «Dios ha escuchado», pues ha acogido la angustia de Agar y le ha dado una estirpe.

«Tú eres el Dios que me ve».

La reacción de Agar refleja una idea común en el mundo antiguo: que los seres humanos no pueden mantener un encuentro muy de cerca con la divinidad. Agar se queda sorprendida y agradecida de haber sobrevivido a él. Experimenta el amor de Dios precisamente en el desierto, el lugar privilegiado donde se puede experimentar un encuentro personal con Él; siente su presencia y se siente amada por un Dios que la ha «visto» en su situación dolorosa, un Dios que se preocupa por sus criaturas y las envuelve con su amor. 

«No es un Dios ausente, lejano, indiferente a la suerte de la humanidad, como tampoco a la suerte de cada uno de nosotros. Así lo experimentamos muchas veces. […] Él está aquí conmigo, lo sabe todo de mí y comparte cada pensamiento, alegría o deseo mío, lleva conmigo cada preocupación y cada prueba de mi vida.» (1)

«Tú eres el Dios que me ve».

Esta palabra de vida reaviva una certeza y nos conforta: nunca estamos solos en nuestro camino; Dios está ahí y nos ama. A veces, como Agar, nos sentimos «extranjeros» en esta tierra, o buscamos modos de huir de situaciones duras y dolorosas. Pero hemos de estar seguros de la presencia de Dios y de nuestra relación con Él, que nos hace libres, nos sosiega y nos permite empezar siempre de nuevo.
Esta ha sido la experiencia de P., que vivió sola durante la pandemia. Cuenta: «Desde el inicio de la clausura de toda actividad en nuestro país, estoy sola en casa. No tengo físicamente cerca a nadie con quien poder compartir esta experiencia, y procuro ocupar el día como puedo. Con el pasar de los días me siento cada vez más desanimada. Por la noche me cuesta mucho quedarme dormida. Me parece que no podré salir nunca de esta pesadilla. Pero siento fuertemente que debo encomendarme
completamente a Dios y creer en su amor. No tengo dudas de su presencia, que me acompaña y me reconforta en estos meses de soledad. Me llegan pequeñas señales de los hermanos que me hacen comprender que no estoy sola. Como una vez en que estaba festejando el cumpleaños de una amiga on line y en ese momento me llegó un trozo de tarta de parte de mi vecina».

«Tú eres el Dios que me ve».

Así, protegidos por la presencia de Dios, también nosotros podemos ser mensajeros de su amor: estamos llamados a ver las necesidades de los demás, a socorrer a nuestros hermanos en sus desiertos, a compartir sus alegrías y sus dolores. El esfuerzo consiste en mantener los ojos abiertos a la humanidad en la que estamos inmersos también nosotros.
Podemos pararnos y mostrar nuestra cercanía con quienes están buscando un sentido y una respuesta a los muchos «por qué» de la vida: familiares, amigos, conocidos, vecinos, compañeros de trabajo, personas con problemas económicos y quizá marginadas socialmente.
Podemos recordar y compartir esos momentos preciosos en los que hemos conocido el amor de Dios y hemos redescubierto el sentido de nuestra vida.
Podemos afrontar juntos las dificultades y descubrir en los desiertos por los que pasamos la presencia de Dios en nuestra historia, que nos ayuda a proseguir el camino con confianza.

Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de Vida

(1)  C. LUBICH, Palabra de vida, julio de 2006: Ciudad Nueva n. 433 (2006/7), p. 29.

 

jueves, 2 de febrero de 2023

"Que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre" (Mateo 5,13-16). V Domingo durante el año.

Amigas y amigos: el domingo pasado comenzamos nuestra reflexión teniendo al fondo una vista del Cerro Largo, en alusión al Sermón del Monte, que comenzábamos a comentar. Tenemos ahora otro aspecto del cerro: este camino arbolado y pedregoso por el que se llega a la cumbre. Las piedras dificultan la subida, por eso, hay que andar como decía el poeta de Tala: “más despacito, aparcero, que hay piedras en el camino” (1); los árboles, en cambio, protegen al peregrino: “bien haiga el árbol que tiende la sombra que necesito” (2), como decía un poeta salteño. Así es el camino del discípulo de Jesús: se encuentran dificultades y obstáculos, pero también se recibe consuelo, reparo y fortaleza.

A continuación de las bienaventuranzas, que comentamos el domingo pasado, Jesús presenta a sus discípulos dos llamados:

Ustedes son la sal de la tierra.
Ustedes son la luz del mundo.
(Mateo 5,13-16)
¿Qué significa ser sal? La sal, lo sabemos todos, da sabor a los alimentos. Sin sal, muchos de ellos se vuelven “insípidos”. Pero cuando una persona aburre a los demás con una charla larga y poco interesante, decimos que su conversación es “sosa”, es decir, sin sal, sin gusto.
En la antigüedad la sal se usaba también para la conservación de los alimentos. Y no tenemos que irnos tan atrás en el tiempo: hasta mediados del siglo XIX existían en el Uruguay los saladeros donde se preparaba el tasajo o charque, salando la carne.
De esto podemos entrever que “ser sal” significa por un lado, darle buen sabor a la vida y, al mismo tiempo, ayudar a que las cosas buenas no se pierdan.
Ser sal es un aspecto importante de la misión del discípulo.
Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. (Mateo 5,13-16)
¿Puede perder su sabor la sal? La sal común, el cloruro de sodio, es una combinación muy estable. Conserva las cosas porque ella misma no se altera. Pero los discípulos, llamados a ser sal de la tierra, somos seres humanos, con toda nuestra inestabilidad y fragilidad…
Cuando perdemos a Jesús y su Evangelio como referencia en nuestra vida, cuando nuestra manera de pensar y de actuar se va acomodando a las modas de pensamiento y acción que va tomando el mundo, podemos convertirnos en esa sal que se pierde y no cumple ya su misión.
La fidelidad a la Palabra de Jesús, la Palabra que queremos poner en práctica en nuestra vida es también un don, una Gracia, que hay que saber pedir humildemente cada día, para poder ser sal de la tierra.

¿Y de qué se trata ser luz del mundo? Dice Jesús:
no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. (Mateo 5,13-16)
En aquel mundo alumbrado con lámparas de aceite, que, por cierto, no dan mucha luz, había que aprovechar esa luz al máximo, colocando la lámpara allí donde pudiera dar luz a todos. Cuando se trata de personas, no es lo mismo una persona “brillante” que una persona “luminosa”. La persona brillante se destaca, atrae las miradas, se convierte fácilmente en centro de atención y puede verse tentada a quedarse allí, muy a gusto. La persona luminosa, en cambio, irradia una luz apacible, crea un ambiente que hace posible descubrir allí la luz de Cristo.

Recuerdo una homilía de Mons. Rodolfo Wirz, hoy obispo emérito de Maldonado, cuando era párroco en Aires Puros, en Montevideo. Hablaba de los santos y decía que un santo es una persona “que deja pasar la luz”. La idea viene de los vitrales, como los que hay en muchas de las iglesias de Canelones, con imágenes de santos. Vemos su figura cuando pasa la luz a través de los vidrios coloreados. El hombre santo, la mujer santa dejan que la luz de Dios atraviese su vida y se haga en ellos visible para los demás. De esta manera cumplen lo que también dice Jesús en este evangelio:

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo. (Mateo 5,13-16)
Las obras, obras de caridad, obras de amor, son de esos hombres y mujeres, discípulos de Jesús: pero la gloria la recibe el Padre, porque de Él viene el amor, de Él viene todo bien. Por eso dice el salmo 115
¡No a nosotros, Yahveh, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu amor, por tu verdad!
(Salmo 115,1)
En el capítulo siguiente de san Mateo aparece un pasaje que parecería contradecir en parte esto de que “los hombres… vean sus buenas obras”

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… (Mateo 6,1)
Es el pasaje donde Jesús habla de la limosna, la oración y el ayuno, en que llama a hacer esas cosas no delante de los hombres, sino en el secreto, solo ante el Padre Dios. Jesús llama “hipócritas” a esas personas que hacen obras que en sí son buenas, pero no las hacen para gloria de Dios. Esas personas no dejan que la luz de Dios pase a través de ellos, porque están buscando su propia gloria, no la gloria de Dios.
No podemos ser “luz del mundo” si no estamos unidos a aquel que es 

“la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre” (Juan 1,9).

Solo por Cristo, con Él y en Él, podemos ser, como escribía san Pablo a los filipenses:

hijos de Dios sin tacha en medio de una generación tortuosa y perversa, en medio de la cual ustedes brillan como antorchas en el mundo (Filipenses 2,15)
Nos despedimos con el consejo de Pablo a los Corintios: 

háganlo todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10,31). 

Que así sea.

En esta semana

  • Lunes 6. Recordamos a San Pablo Miki y compañeros, mártires de Nagasaki, en el Japón, a fines del siglo XVI.
  • Viernes 10 de febrero. Fiesta en el monasterio de las Monjas Benedictinas, recordando a Santa Escolástica, virgen, Hermana de San Benito.
  • Sábado 11 de febrero. Nuestra Señora de Lourdes. Copatrona de la parroquia Cristo Obrero de Estación Atlántida y patrona de varias capillas de la Diócesis, sin olvidar que en Echeverría tenemos una Gruta muy visitada. Una de las capillas, la de Santa Lucía, celebra sus 50 años.

Jornada mundial del Enfermo

Con motivo de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, tiene lugar la XXXI Jornada Mundial del enfermo, con el lema «Cuida de él». La compasión como ejercicio sinodal de sanación, que da título a un mensaje del papa Francisco que concluye con esta invitación:
El 11 de febrero de 2023, miremos también al Santuario de Lourdes como una profecía, una lección que se encomienda a la Iglesia en el corazón de la modernidad. No vale solamente lo que funciona, ni cuentan solamente los que producen. Las personas enfermas están en el centro del pueblo de Dios, que avanza con ellos como profecía de una humanidad en la que todos son valiosos y nadie debe ser descartado.
Encomendemos a la intercesión de María a los que se encuentran enfermos así como a quienes se encargan de atenderlos y acompañarlos.
Y a todos los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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(1) Alonso y Trelles "El Viejo Pancho": De la lucha.
(2) Víctor Lima: Milonga del caminante.

jueves, 26 de enero de 2023

Mons. Jacinto Vera será beatificado el sábado 6 de mayo en Montevideo.

Mons. Jacinto Vera, primer Obispo de Montevideo
(en ese momento, 1878, de todo el Uruguay)

Jueves 26 de enero de 2023

Queridos hermanos:

El Santo Padre ha concedido que la celebración de la beatificación del Venerable Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera tenga lugar el 6 de mayo de 2023 en Montevideo. Esta noticia nos llena de alegría. Representará al Papa en esta ceremonia el Cardenal Paulo Cezar Costa, arzobispo de Brasilia.

El pasado 17 de diciembre el papa Francisco aprobó un milagro obtenido por la intercesión de Don Jacinto. Ahora la Santa Sede nos comunica la fecha de la beatificación que habíamos solicitado los obispos del Uruguay, por ser el 6 de mayo el día en que recordamos su muerte (su “dies natalis” para el Cielo), acaecida en Pan de Azúcar en plena misión apostólica. 

Mons. Vera – decíamos al comunicar su próxima beatificación – “guio a nuestra Iglesia en tiempos difíciles, llevó la frescura de vida y de gracia del Evangelio a todos sin distinción. Al final de sus días, Don Jacinto cosechó una admiración unánime de la sociedad de su época, aún de sus mismos adversarios, como quedó plasmado en los homenajes tributados a su muerte.” 

Preparémonos para su beatificación, ya que será un acontecimiento memorable en la historia de nuestra Iglesia.

Con nuestra bendición, 

Los obispos del Uruguay

miércoles, 25 de enero de 2023

“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mateo 5,1-12a). IV Domingo durante el año.


Amigas y amigos, lo que ustedes están viendo a mis espaldas (en el vídeo de YouTube) es el Cerro Largo, que da nombre a un departamento del noreste del Uruguay, en la frontera con Brasil. Es parte de la diócesis de Melo, en donde fui Obispo durante casi doce años, antes de venir a Canelones.
Me pareció bien este fondo para la reflexión de hoy, que comienza el comentario de lo que tradicionalmente se llama “el sermón del monte”, que vamos a continuar en próximos domingos.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles… (Mateo 5,1-12a)
El detalle del monte o la montaña donde sube Jesús no es casual. Estamos en el Evangelio de San Mateo y este evangelista quiere presentar a Jesús como el nuevo Moisés. Según nos cuenta el libro del Éxodo, Moisés subió a la montaña para encontrar a Dios y allí recibió las Tablas de la Ley, los diez mandamientos, que luego presentó al pueblo.
También Jesús subió a la montaña pero, en lugar de recibir algo de Dios, se sentó a enseñar. Todo lo que tenía para decir ya estaba dentro de sí. Por eso se dice que él
enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas (Mateo 7,29)
Con esa autoridad ¿viene Jesús a enseñar algo diferente, a traer una nueva ley, la de las bienaventuranzas, que deja abolidos los diez mandamientos? El mismo responde:
No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. (Mateo 5,17)
Esa declaración de Jesús, con la referencia a “la Ley o los Profetas” abarca toda la Sagrada Escritura existente hasta entonces; es decir, lo que llamamos Antiguo Testamento o libro de la Primera Alianza. Después de Jesús vendría el Nuevo Testamento, el libro de la Nueva Alianza, con los evangelios y demás escritos. Jesús dice que ha venido “a dar cumplimiento” a la Escritura. Ello incluye la ley propiamente dicha, y en el sermón de la montaña Jesús va a recoger y profundizar algunos de esos mandamientos, llamando a todos a vivirlos de corazón y no solo cumpliéndolos por fuera.

A veces se piensa que las bienaventuranzas son una creación de Jesús. Sin duda, las que él formuló son suyas, pero están enraizadas en expresiones que encontramos especialmente en los salmos. Allí encontramos la palabra hebrea esher, que luego se traduce al griego como makarios. En los salmos, encontramos esa palabra 17 veces, empezando ya en el primer salmo, donde dice:
¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien. (Salmo 1,1-3)
Las bienaventuranzas de Jesús son más breves y contundentes, pero aquí tenemos todos los elementos: se proclama a alguien feliz, (esher, makarios); se indica cuál es su actitud y se completa con una promesa. Podríamos resumirla así:
“Feliz el hombre que se complace en la Ley del Señor: todo lo que haga le saldrá bien”

Lo que sucede con las bienaventuranzas de Jesús es que Él proclama felices a quienes no podrían o no parecen serlo, según un criterio humano: felices los pobres, los afligidos, los perseguidos… pero no hay que quedarse en esas situaciones, porque a través de ellas se encuentra el consuelo y se entra en el Reino. San Pablo da testimonio de esto, es decir, del consuelo y la fortaleza que encuentra en Dios en medio de todos sus sufrimientos. Me impresiona mucho el pasaje de la segunda carta a los corintios donde dice:
Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. (2 Corintios 4,8-10)
Las bienaventuranzas son la propuesta de Jesús para sus discípulos; pero él mismo es el primero en vivirlas. Podemos leer cada una de ellas y buscar cómo las vive Jesús: la pobreza material y espiritual, la aflicción, la persecución, el hambre y sed de justicia, la paciencia, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia…

Cada una de las bienaventuranzas podría dar lugar no a una, sino a varias de estas reflexiones… por eso, vamos a detenernos en la que elegimos como título:
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia (Mateo 5,1-12a).
En su carta Gaudete et exsultate, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, el Papa Francisco comenta las bienaventuranzas. A propósito de ésta, nos hace ver que la misericordia tiene dos aspectos: dar y perdonar.

Dar significa ayudar, socorrer, prestar servicios a quien se encuentra en necesidad. El modelo de la misericordia en ese sentido lo encontramos en el buen samaritano de la parábola, que se hace prójimo del hombre herido en el camino y da todo de sí para ayudarlo.
Perdonar pasa muchas veces por comprender, ponerse en el lugar del otro, plantearme, como dice el evangelio, con qué medida quiero ser medido: el perdón que yo recibiré de Dios será tan generoso como el que yo esté dispuesto a dar al prójimo. Cuando soy consciente de mi propia fragilidad puedo más fácilmente perdonar la de los demás.

Pero tanto el dar como el perdonar como expresiones de misericordia, tienen como raíz un profundo sentimiento, que se expresa aludiendo a los órganos interiores del cuerpo: el corazón, las entrañas… un corazón misericordioso, entrañas de misericordia. La profundidad de ese sentimiento hace que sea imposible “seguir de largo” ante el hermano que está en notoria y urgente necesidad material o espiritual. Y cuando parece que ya no se puede hacer nada, todavía es posible estar al lado de quien agoniza, como las mujeres y el apóstol Juan, al pie del calvario… o la Madre Teresa, permaneciendo al lado de los moribundos que encontraba en la calle. Aunque no se puede revertir lo que acontece, se ponen del lado del que sufre y con su amor hacen presente allí al Padre de la Misericordia.

En esta semana

  • El martes 31 de enero recordamos a San Juan Bosco, fundador de los salesianos y patrono de una capilla perteneciente a la parroquia San Isidro de Las Piedras.
  • Jueves 2 de febrero: fiesta de la presentación del Señor y memoria de santa María Dominga Mantovani, fundadora de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia, que se encuentran en Progreso.
  • El viernes 3 de febrero, no nos olvidemos de San Blas, obispo y mártir, cuya intercesión pedimos para prevenir las afecciones de la garganta y las vías respiratorias.
Gracias amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

viernes, 20 de enero de 2023

“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mateo 4,12-23). III domingo durante el año.

El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz;
sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz. (Mateo 4,12-23)

El evangelista Mateo cita esta profecía de Isaías. La oscuridad nos incomoda, nos hace sentir inseguros; no vemos  por dónde vamos, tememos a quienes puedan esconderse en las sombras para hacer el mal… pero cuando la oscuridad está dentro del corazón humano, nos angustia y nos hace sentir una profunda necesidad de luz. Mateo presenta a Jesús como esa luz que llega a quienes viven en una oscuridad de muerte.

«Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mateo 4,12-23)

“Conviértanse” es el llamado que Jesús nos hace hoy. Un llamado que resuena con más fuerza en el tiempo de Adviento, con el que iniciamos el año litúrgico, o en la Cuaresma, que comenzaremos el 22 de febrero, con el miércoles de ceniza… pero el llamado está resonando aquí, hoy. Es un llamado que nos toca a todos, de alguna manera, porque siempre tenemos necesidad de convertirnos.

En la Vigilia Pascual, una de las fórmulas para renovar las promesas bautismales nos pregunta:

“¿Renuncian a los criterios y comportamientos que llevan a creerse los mejores; verse siempre superiores, creerse ya convertidos del todo…”

Y sigue, pero quedémonos con eso que tenemos que evitar: creernos ya convertidos del todo. Siempre tendremos necesidad de convertirnos.

En el Nuevo Testamento encontramos algunas escenas de conversión. Pensemos, por ejemplo, en la conversión de san Pablo, cuya fiesta celebraremos el próximo miércoles. O en la de Zaqueo.

La conversión de Pablo o la de Zaqueo se dan a partir de una manifestación de Jesús: “Saulo, Pablo, Yo soy Jesús, a quién tu persigues”; “Zaqueo, baja, que hoy tengo que quedarme en tu casa”. Pablo y Zaqueo responden al llamado de Jesús. Jesús pasa a ocupar un lugar central en sus vidas y ambos cambian radicalmente de conducta: Pablo pasa de perseguidor a evangelizador. Zaqueo pasa de explotador a benefactor de los pobres. 

Ahora bien… he insistido en que siempre tendremos necesidad de convertirnos. Las conversiones de Pablo y Zaqueo parten de un fuerte momento inicial, con decisiones radicales; pero, después, cada uno habrá tenido que progresar en esa nueva vida y seguir cambiando de mentalidad. Porque hay que seguir creciendo en el conocimiento y la unión con Jesús; porque, en definitiva, la conversión solo tiene sentido a partir del encuentro con él, de modo que hay que continuar y renovar cada día ese encuentro, para ir entrando cada vez más en el Reino de Dios.

El evangelio de hoy nos cuenta también el llamado de Jesús a sus primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. 

«Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. (Mateo 4,12-23)

Para ellos significó un profundo cambio de vida ¿Podemos hablar también de conversión? 

Aquí no se dejaron actividades incompatibles con el evangelio como perseguir a los cristianos o robar en el cobro de impuestos… Los cuatro discípulos eran pescadores, que vivían de un trabajo honesto. Trabajaban juntos, se apoyaban... pero también ellos harán su camino de conversión.

Si seguimos con atención la vida de Pedro a lo largo del evangelio, veremos cómo él necesita un cambio de mentalidad e irá haciendo un proceso. Él tiene su idea de lo que debe ser Jesús como Mesías y muchas veces no escucha o no entiende lo que Jesús dice. A veces Jesús lo corrige, incluso duramente, para que se dé cuenta de su error y otras veces lo apoya y lo sostiene para que él llegue a ser capaz de confirmar en la fe a sus hermanos y apacentar el rebaño de Jesús.

Tal vez Pedro es el mejor ejemplo de lo que puede ser un camino de conversión para alguien que quiere seguir de cerca a Jesús, que está dispuesto a dar la vida por Él, pero que tiene que descubrir que el discípulo sigue al maestro y no al revés. Y todo eso lleva un largo proceso.

La conversión no comienza por descubrir mi pecado. Comienza por descubrir el amor de Dios manifestado en su Hijo Jesús. Es desde el encuentro con Él que voy descubriendo el pecado, que es todo lo que me separa de su amor, todas las cosas que tengo que ir dejando; y, a la vez, las cosas que tengo que ir asumiendo en mi vida. Más aún, es a partir del encuentro con Él, en su Palabra, en los sacramentos, donde encuentro la fuerza que me hace posible cambiar mi manera de pensar y de actuar. Esa fue y sigue siendo la experiencia de Pablo, de Zaqueo, de Pedro y de tantos hombres y mujeres a lo largo de los siglos.

En esta semana

Hoy se celebra en la Iglesia Católica el Domingo de la Palabra de Dios, establecido por el Papa Francisco. En Uruguay tenemos en octubre el Mes de la Biblia y trasladamos esta celebración al domingo más próximo a la memoria de San Jerónimo, gran estudioso y traductor de la Sagrada Escritura. En todo caso, siempre cabe la invitación a escuchar, leer y meditar la Palabra de Dios, donde Jesús nos anuncia el Reino de Dios y nos llama a la conversión.

El martes 24 recordamos a San Francisco de Sales, quien, junto con Santa Juana Chantal, fundó la Orden de la visitación de María, es decir, las monjas salesas, presentes en nuestra diócesis. El año pasado se cumplieron los cuatrocientos años de su muerte. Con ese motivo, el Papa Francisco escribió una carta apostólica titulada Totum Amoris Est, “Todo pertenece al amor”. Leyendo a San Francisco de Sales, sobre todo en la forma que habla del amor de Dios, podríamos pensar que vivió apartado del mundo, con mucho paz. Al contrario: vivió en un mundo desgarrado por las guerras de religión y las luchas de poderosos y ambiciosos por sobreponerse unos a otros. Fue allí, en medio de esas turbulencias, donde compuso este acto de abandono, que recoge la carta de Francisco:

«Señor, tú que tienes todo en tus manos y cuyos caminos son justicia y verdad, cualquier cosa que suceda, […] yo te amaré, Señor […], te amaré aquí, oh Dios mío, y siempre esperaré en tu misericordia, y siempre cantaré tus alabanzas. […] Oh, Señor Jesús, tú siempre serás mi esperanza y mi salvación en la tierra de los vivientes» . (Francisco de Sales, Fragments d’écrits intimes, 3: Acte d’abandon héroïque, en Œuvres de Saint François de Sales, XXII (Opuscules, I), Annecy 1925, 41.)

El miércoles 25, como ya lo habíamos adelantado, celebramos la conversión de San Pablo y al otro día, recordamos a sus queridos discípulos, los santos Timoteo y Tito, a quienes escribió cartas que siguen iluminando a quienes hoy tenemos la responsabilidad de pastorear al Pueblo de Dios.

Finalmente, el sábado 28, hacemos memoria de Santo Tomás de Aquino, patrono de la parroquia de Soca, localidad que, por un tiempo, llevó el nombre del Santo.

Amigas y amigos, gracias por su atención. Nos unimos a todos los que en el Uruguay están orando por el fin de esta sequía tan prolongada. Que el Señor envíe la necesaria lluvia sobre nuestra tierra y que a todos ustedes los bendiga Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 

jueves, 12 de enero de 2023

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29-34). II Domingo durante el año.

Amigas y amigos: les cuento que días atrás estuve participando en el GUADACAM, o sea el Campamento Guadalupe, un campamento de jóvenes de nuestra diócesis de Canelones.

Es siempre una alegría encontrarse con jóvenes que sienten una inquietud espiritual, que quieren acercarse más a Jesús y crecer en la fe dentro de la Iglesia.

Algunos de los mayores de nuestras comunidades me han transmitido una visión en general negativa de los jóvenes. Ellos ven y, para ser sincero, a veces yo también lo veo así, que muchos jóvenes parecen indiferentes a lo que la Iglesia presenta. La ven como una institución obsoleta, donde se reúne un montón de viejos aburridos, que no tienen nada para decirles.

Algunos mayores ven a los jóvenes como en un mundo aparte, conectados a sus pantallas (aunque nosotros también terminemos haciendo lo mismo), buscando todo tipo de entretenimiento, sacando de sus padres lo que puedan para darse sus gustos y, muchas veces, derrapando en las adicciones, en el vértigo de la velocidad y, muy tristemente, a veces poniendo ellos mismos fin a una vida a la que no le encuentran sentido.

Los jóvenes que se han recuperado de adicciones nos dan otra versión. Reconocen sus errores, ven el daño que han hecho, piden perdón… pero también han identificado sus heridas, sus dolores y dan gracias por haber encontrado un camino de sanación.

Volviendo al campamento, allí encontré jóvenes que se abren a la presencia de Dios en su vida… algunos de ellos se han encontrado con el dolor, con la pérdida de amigos jóvenes y con las preguntas que atraviesan toda la historia de la humanidad: ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? ¿qué significa la muerte? ¿para qué vivir?

En la Misa que celebré con ellos escuchamos un pasaje del evangelio (Juan 1,35-42) en el que Juan el Bautista estaba con dos discípulos y, mirando a Jesús que pasaba les dijo: “este es el cordero de Dios”. Los dos discípulos comenzaron a seguir a Jesús y éste, viendo que lo seguían les preguntó qué querían. Ellos le preguntaron: “¿dónde vives?” y Jesús les respondió: “Vengan y verán”. Ellos fueron y se quedaron con él hasta las cuatro de la tarde.

Comentando este evangelio con los jóvenes, nos quedamos en esa invitación de Jesús. Al final de este video, ellos los invitarán a que también ustedes vayan y vean.

Lo que no hicimos fue ver qué quería decir Juan el Bautista presentando a Jesús como Cordero de Dios. El evangelio de hoy es el pasaje anterior al que leímos en esa Misa y nos da pie para buscar esa explicación, que ya en algo nos adelanta Juan el Bautista cuando dice:

“Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29-34)

Esas palabras las oímos en cada Misa, cuando el sacerdote muestra la hostia consagrada antes de la comunión. Vamos a acercarnos de a poco para tratar de entender qué significa que Jesús es el cordero de Dios.

En nuestro pueblo uruguayo, hay una época del año en que aparece en varios sitios un letrerito que dice “hay cordero”. Es el tiempo de las fiestas de Navidad y comienzo de año. Un cordero asado convoca a la familia y a los amigos. Cuando se invita diciendo “tengo un cordero”, se está indicando que hay algo especial que se quiere compartir. Humanamente, entonces, el cordero que comemos en las fiestas nos da una oportunidad de acercamiento, encuentro, unión. Es una oportunidad: a veces no la aprovechamos y nos quedamos solo con la comida pero otras veces es ocasión de reafirmar la amistad o la unión familiar.

En los comienzos del pueblo de Dios, muchos siglos antes de Cristo, ese pueblo de pastores también se reunía para comer un cordero asado, agradecidos a Dios porque el rebaño se estaba agrandando con muchas pariciones de ovejas.

Más adelante, el cordero va a adquirir un significado muy fuerte. Una noche, el pueblo de Dios, esclavo en Egipto, va a ser liberado por la acción de Dios. Y en esto entrarán los corderos. Con su sangre se marcarán las puertas de las casas de los israelitas para preservarlos de una acción de Dios que pasará dañando a los opresores. Dentro de la casa, la familia de pie y preparada para salir a la libertad, comerá el cordero, fortaleciéndose para el camino. 

Esa fue la primera Pascua, que nos relata el libro del Éxodo. A partir de allí, el pueblo de Dios siguió recordando ese acontecimiento de salvación con la cena Pascual, en la que el Cordero seguía siendo la comida principal. 

Desde que los israelitas tuvieron un templo, las familias llevaban allí los corderos para que los sacerdotes los sacrificaran, desangrándolos y los llevaban para asarlos y comerlos en sus casas. Para los israelitas, la sangre es la vida, que pertenece a Dios y a él debe ser ofrecida; por eso los animales debían ser desangrados. La sangre del cordero seguía significando la protección de Dios para el pueblo.

Hay otro lugar de la Biblia donde se nos habla de un cordero. Es el libro de Isaías, donde encontramos cuatro cánticos dedicados al “servidor sufriente”: un hombre de Dios que salvará al pueblo a través de sus propios padecimientos. En el cuarto cántico (Isaías 52,13 – 53,12) ese personaje es comparado a un cordero:

Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca (…)  expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables. (Isaías 53,7.12)

Los israelitas esperaban la llegada del Mesías, el salvador enviado por Dios. Muchos lo esperaban como un rey poderoso, capaz de vencer al imperio que los sojuzgaba y a los reyes como los Herodes, serviles ante los romanos y opresores de su pueblo. Uno de los títulos del Mesías era “el león de Judá”, en referencia a la tribu a la que pertenecía el rey David. “Hijo de David” era otro título del Mesías. (cf. Génesis 49,9-10)

Pero Juan presenta al Mesías como “cordero de Dios”, no como león. Eso fue desconcertante para quienes esperaban un guerrero. Nada más opuesto a su expectativa. El cordero no es la fuerza, sino la más completa fragilidad. Sin embargo, este cordero se manifestará fuerte como un león; pero no con la fuerza que despedaza y mata, sino con la fortaleza que construye un mundo nuevo en el amor; la fuerza del amor que se da, que se entrega totalmente, en la vida y en la muerte.

Es el Cordero “que quita el pecado del mundo”. En un mundo infestado por la maldad, en un mundo acostumbrado a la violencia, a la venganza, a la explotación y a toda forma de iniquidad, el Cordero presenta un rostro diferente del ser humano; el del que es capaz de amar, de dar de sí, de darse a sí mismo en la búsqueda del bien del otro. Jesucristo, Cordero de Dios, es testigo de un mundo nuevo, un mundo que abandona el camino del mal para dejarse guiar por Dios en el amor y la misericordia. La humanidad solo puede ser transformada por el Cordero inocente, que revierte la lógica del mundo, la de devolver mal por mal y maldición por maldición y solo buscar para sí el tener, el poder y el placer. Y por eso mismo, el Cordero será rechazado y se le dará muerte; pero también por eso, en él la muerte será vencida. 

Nos queda un detalle, nada menor. Juan cuenta:

He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él.  (Juan 1,29-34)

A veces se ha interpretado que en ese momento Jesús recibe el Espíritu Santo. Al contrario, Jesús está lleno del Espíritu. El Espíritu desciende sobre él como una paloma que se posa en su nido, como el ave que vuelve allí donde está su casa. El Espíritu Santo es el espíritu de amor. Allí está la fuerza de Jesús, la fuerza que nos ofrece para que nosotros, en él, podamos salir del pecado del mundo y entrar en la vida plena.

Amigas y amigos, que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.


viernes, 6 de enero de 2023

«Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección» (Mateo 3,13-17). Bautismo del Señor.

Algunas de las grandes civilizaciones de la historia de la humanidad nacieron junto a un río. El Nilo regó los cultivos de la civilización egipcia. El Tigris y el Éufrates delimitaron la Mesopotamia, donde se sucedieron numerosos pueblos, algunos de los cuales crearon grandes imperios.

En medio de esos dos grandes polos, hubo un pequeño país que supo tener reyes famosos como David y su hijo Salomón. No contaba su territorio con ríos largos ni caudalosos, pero allí corre el Jordán, adonde nos conduce el evangelio de hoy.

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
(Mateo 3,13-17)

Siglos antes de Jesús, su pueblo, el pueblo de Israel, había llegado hasta las orillas del Jordán después de un largo camino a través del desierto. Habían dejado atrás años de esclavitud en Egipto. Al cruzar el Jordán, llegaron a la meta: la Tierra Prometida, el lugar donde vivir en la Ley de Dios y practicar su fe. Allí, el pueblo, convocado por Josué, celebró una asamblea y renovó su alianza con Dios, con una promesa:

«Nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios y escucharemos su voz». (Josué 24,24)

El pueblo se mantuvo fiel a esa promesa mientras vivieron Josué y los ancianos que, como él, habían experimentado todo lo que Dios había hecho por su pueblo.

¿Qué sucedió después? Hubo quienes siguieron creyendo, por el testimonio recibido, lo transmitieron a sus hijos y se mantuvieron fieles… otros rompieron la alianza y se apartaron de Dios. Lo mismo siguió dándose generación tras generación. Dios no dejó de enviar a sus mensajeros, los profetas, llamando al pueblo a la conversión, a volver a Él.

Juan el Bautista, ante quien se presenta Jesús para ser bautizado, está en la línea de esos profetas. 

El bautismo, es decir, la inmersión en agua, no era un rito extraño para los israelitas; era un gesto de profunda purificación. Más aún, en tiempos cercanos a Jesús, los paganos que querían unirse al pueblo de Israel eran bautizados.

Pero Juan no está proponiendo el bautismo a esos paganos impuros, sino que está llamando a todo el pueblo de Israel. Les está recordando como, un día, pasando a través del Jordán, sus antepasados entraron a esa tierra para servir al Señor y escuchar su voz. Pedir ser bautizado por Juan era la expresión de un deseo de volver de corazón a Dios, rehacer la alianza con él y dejar atrás una vida de pecado. Por eso, cuando Jesús se presenta ante Juan y pide el bautismo, el bautista se desconcierta y le responde:

«Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mateo 3,13-17)

Juan sabe que en Jesús no hay pecado; más aún, sabe que Jesús es el Mesías, el salvador anunciado. Juan ha venido a preparar al pueblo para recibir a Jesús. Jesús quiere ser bautizado, en solidaridad con todos aquellos que, escuchando el llamado de Juan, han decidido hacer penitencia y purificarse en las aguas del Jordán. Pero el gesto de Jesús irá mucho más allá.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos… (Mateo 3,13-17)

La expresión “se abrieron los cielos” es muy significativa. En la Biblia se habla a menudo de “los cielos”, en plural, reflejando una manera de concebir el universo, como varios cielos superpuestos, siendo “lo más alto de los cielos” la morada de Dios.

En tiempos de Jesús, había en el pueblo creyente la sensación de que “los cielos estaban cerrados”, es decir, que Dios ya no se comunicaba con su pueblo. No era la primera vez que el pueblo tenía ese sentimiento. Hacia el final del libro de Isaías encontramos una larga súplica para que Dios se manifieste, pidiendo que se abran los Cielos y que Dios baje a la tierra.

¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua! Así manifestarías tu Nombre a tus adversarios y las naciones temblarían ante ti. (Isaías 63,19 - 64,1)

¿Qué sucede en el bautismo de Jesús, cuando se abren los cielos? 

En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». (Mateo 3,13-17)

Esto es una epifanía, una manifestación de Dios, de Dios Trinidad: la voz del Padre; la presencia del Hijo, Jesús, en el agua; el Espíritu Santo en forma de paloma.

Las palabras del Padre nos evocan otros pasajes bíblicos. El salmo 2 dice: 

“tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2,7). 

Esa es la identidad de Jesús: es el Hijo de Dios. Quien ve al Hijo, ve al Padre. El Padre Dios se hace presente por medio de Jesús, quien no actúa por su cuenta, sino en total sintonía con la voluntad del Padre. Él y el Padre son uno.

Otro texto que encontramos como telón de fondo de estas palabras es el capítulo 22 del libro del Génesis. Es el pasaje donde Dios pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio a Isaac, su hijo único. No es exactamente el único hijo de Abraham, pero sí el único que ha tenido con su esposa Sara. Isaac es el heredero de la promesa hecha a Abraham. El pedido de Dios es incomprensible, pero Abraham obedece. Está dispuesto a sacrificar a su hijo único si Dios se lo pide. Pero Dios detiene su mano. Llegará, en cambio, el día en que Dios sacrifique a su único Hijo Jesús por la salvación del mundo.

Finalmente, tenemos el pasaje de Isaías que encontramos en la primera lectura: 

Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma.
Yo he puesto mi espíritu sobre él… (Primera Lectura, Isaías 42,1-4.6-7)

Todo esto toma especial importancia después de la muerte y resurrección de Jesús. Cristo crucificado, dice san Pablo, es “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Corintios 1,23). Las palabras del Padre confirman la misión de Jesús, cuyo cumplimiento pasa por la pasión y la cruz.

Todos los que fuimos bautizados siendo pequeños, así como los padres que hoy piden el bautismo para sus bebés, encontramos en este pasaje del evangelio pistas importantes para entender lo que significa el bautismo cristiano.

El bautismo es nuestra unión con Jesucristo muerto y resucitado. Por esa unión somos hechos hijos del Padre Dios. Las palabras del Padre “Éste es mi hijo…” valen para cada bautizado. Éste es mi hijo, ésta es mi hija. Esto no es simplemente un dato filiatorio, una información sobre nuestro origen: es la verdad y la razón de nuestra vida.

El día siguiente a Navidad, 26 de diciembre, la Iglesia recuerda a San Esteban, primer mártir. Antes de morir, cuando ya comenzaban a arrojarle piedras, pudo exclamar: “veo los cielos abiertos”. Esa es la promesa que Jesús hizo a sus primeros discípulos: «verán el cielo abierto». (Juan 1,51). Ver el cielo abierto es ver la salvación de Dios. Sobre esto mismo, quiero terminar con una cita del papa emérito Benedicto XVI, fallecido el 31 de diciembre:

Este es, queridos hermanos, el misterio del bautismo: Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado. Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo. (homilía, 13 de enero de 2008, fiesta del Bautismo del Señor).

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén. 

martes, 3 de enero de 2023

Mons. Gianfranco Gallone, nuevo Nuncio Apostólico en Uruguay.

El Papa Francisco ha nombrado a Mons. Gianfranco Gallone, Arzobispo Titular de Mottola y actualmente Representante Pontificio en Zambia, nuevo Nuncio Apostólico en la República Oriental del Uruguay.

El nuevo Nuncio en Uruguay nació en Ceglie Messapica (Brindisi, Italia) el 20 de abril de 1963.

Fue ordenado sacerdote el 3 de septiembre de 1988, quedando incardinado en la Diócesis de Oria (Italia). Es Doctor en Derecho Canónico.

Entró al Servicio Diplomático de la Santa Sede el 19 de junio de 2000 y ha prestado sus servicios en las Nunciaturas Apostólicas de Mozambique, Israel, Eslovaquia, India, Suecia y en la Sección para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de Estado.

El 2 de febrero de 2019 fue nombrado Arzobispo titular de Mottola y Nuncio Apostólico en Zambia y el 8 de mayo de 2019 fue nombrado también Nuncio Apostólico en Malawi.

lunes, 2 de enero de 2023

Ante el fallecimiento del Papa Emérito Benedicto XVI, la Nunciatura Apostólica en Uruguay abrió libro de Condolencias.

La Nunciatura Apostólica en el Uruguay ha abierto un Libro de Condolencias, el cual estará disponible el martes 3 y el miércoles 4 de enero, de 10:00 a 13:00 y de 14:00 a 17:00 horas, en ambos días.

La sede de la Nunciatura está en Bulevar Artigas 1330, Montevideo.

Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz. Mensaje del Papa Francisco para la 56 Jornada Mundial de la Paz.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
56 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2023

Nadie puede salvarse solo.
Recomenzar desde el COVID-19
para trazar juntos caminos de paz

«Hermanos, en cuanto al tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben perfectamente que el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche» (Primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses 5,1-2). 

1. Con estas palabras, el apóstol Pablo invitaba a la comunidad de Tesalónica, que esperaba el encuentro con el Señor, a permanecer firme, con los pies y el corazón bien plantados en la tierra, capaz de una mirada atenta a la realidad y a las vicisitudes de la historia. Por eso, aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, estamos llamados a mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino. Con este ánimo san Pablo exhorta constantemente a la comunidad a estar vigilante, buscando el bien, la justicia y la verdad: «No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios» (5,6). Es una invitación a mantenerse alerta, a no encerrarnos en el miedo, el dolor o la resignación, a no ceder a la distracción, a no desanimarnos, sino a ser como centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba, especialmente en las horas más oscuras.  

2.  El COVID-19 nos sumió en medio de la noche, desestabilizando nuestra vida ordinaria, trastornando nuestros planes y costumbres, perturbando la aparente tranquilidad incluso de las sociedades más privilegiadas, generando desorientación y sufrimiento, y causando la muerte de tantos hermanos y hermanas nuestros.

Empujado dentro de una vorágine de desafíos inesperados y en una situación que no estaba del todo clara ni siquiera desde el punto de vista científico, el mundo sanitario se movilizó para aliviar el dolor de tantos y tratar de ponerle remedio; del mismo modo, las autoridades políticas tuvieron que tomar medidas drásticas en materia de organización y gestión de la emergencia.

Junto con las manifestaciones físicas, el COVID-19 provocó —también con efectos a largo plazo— un malestar generalizado que caló en los corazones de muchas personas y familias, con secuelas a tener en cuenta, alimentadas por largos períodos de aislamiento y diversas restricciones de la libertad.

Además, no podemos olvidar cómo la pandemia tocó la fibra sensible del tejido social y económico, sacando a relucir contradicciones y desigualdades. Amenazó la seguridad laboral de muchos y agravó la soledad cada vez más extendida en nuestras sociedades, sobre todo la de los más débiles y la de los pobres. Pensemos, por ejemplo, en los millones de trabajadores informales de muchas partes del mundo, a los que se dejó sin empleo y sin ningún apoyo durante todo el confinamiento.

Rara vez los individuos y la sociedad avanzan en situaciones que generan tal sentimiento de derrota y amargura; pues esto debilita los esfuerzos dedicados a la paz y provoca conflictos sociales, frustración y violencia de todo tipo. En este sentido, la pandemia parece haber sacudido incluso las zonas más pacíficas de nuestro mundo, haciendo aflorar innumerables carencias.

3. Transcurridos tres años, ha llegado el momento de tomarnos un tiempo para cuestionarnos, aprender, crecer y dejarnos transformar —de forma personal y comunitaria—; un tiempo privilegiado para prepararnos al “día del Señor”. Ya he dicho varias veces que de los momentos de crisis nunca se sale igual: de ellos salimos mejores o peores. Hoy estamos llamados a preguntarnos: ¿qué hemos aprendido de esta situación pandémica? ¿Qué nuevos caminos debemos emprender para liberarnos de las cadenas de nuestros viejos hábitos, para estar mejor preparados, para atrevernos con lo nuevo? ¿Qué señales de vida y esperanza podemos aprovechar para seguir adelante e intentar hacer de nuestro mundo un lugar mejor?   

Seguramente, después de haber palpado la fragilidad que caracteriza la realidad humana y nuestra existencia personal, podemos decir que la mayor lección que nos deja en herencia el COVID-19 es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por tanto, es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en una intoxicación individualista e idolátrica, comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz. En nuestro acelerado mundo, muy a menudo los problemas generalizados de desequilibrio, injusticia, pobreza y marginación alimentan el malestar y los conflictos, y generan violencia e incluso guerras.

Si, por un lado, la pandemia sacó a relucir todo esto, por otro, hemos logrado hacer descubrimientos positivos: un beneficioso retorno a la humildad; una reducción de ciertas pretensiones consumistas; un renovado sentido de la solidaridad que nos anima a salir de nuestro egoísmo para abrirnos al sufrimiento de los demás y a sus necesidades; así como un compromiso, en algunos casos verdaderamente heroico, de tantas personas que no escatimaron esfuerzos para que todos pudieran superar mejor el drama de la emergencia.

De esta experiencia ha surgido una conciencia más fuerte que invita a todos, pueblos y naciones, a volver a poner la palabra “juntos” en el centro. En efecto, es juntos, en la fraternidad y la  solidaridad, que podemos construir la paz, garantizar la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos. De hecho, las respuestas más eficaces a la pandemia han sido aquellas en las que grupos sociales, instituciones públicas y privadas y organizaciones internacionales se unieron para hacer frente al desafío, dejando de lado intereses particulares. Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales.

4. Al mismo tiempo, en el momento en que nos atrevimos a esperar que lo peor de la noche de la pandemia del COVID-19 había pasado, un nuevo y terrible desastre se abatió sobre la humanidad. Fuimos testigos del inicio de otro azote: una nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsada por decisiones humanas reprobables. La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren sus efectos colaterales —basta pensar en la escasez de trigo y los precios del combustible—.

Ciertamente, esta no es la era post-COVID que esperábamos o preveíamos. De hecho, esta guerra, junto con los demás conflictos en todo el planeta, representa una derrota para la humanidad en su conjunto y no sólo para las partes directamente implicadas. Aunque se ha encontrado una vacuna contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano, corrompido por el pecado (cf. Evangelio según san Marcos 7,17-23).

5. ¿Qué se nos pide, entonces, que hagamos? En primer lugar, dejarnos cambiar el corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad a través de este momento histórico. Ya no podemos pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común.

Para lograr esto y vivir mejor después de la emergencia del COVID-19, no podemos ignorar un hecho fundamental: las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas autónomos son en realidad uno la causa o consecuencia de los otros. Así pues, estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades. Sólo invirtiendo en estas situaciones, con un deseo altruista inspirado por el amor infinito y misericordioso de Dios, podremos construir un mundo nuevo y ayudar a edificar el Reino de Dios, que es un Reino de amor, de justicia y de paz.

Al compartir estas reflexiones, espero que en el nuevo año podamos caminar juntos, aprovechando lo que la historia puede enseñarnos. Expreso mis mejores votos a los jefes de Estado y de gobierno, a los directores de las organizaciones internacionales y a los líderes de las diferentes religiones. A todos los hombres y mujeres de buena voluntad, les deseo un feliz año, en el que puedan construir, día a día, como artesanos, la paz. Que María Inmaculada, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero.  

Vaticano, 8 de diciembre de 2022 

Francisco