viernes, 8 de diciembre de 2017

Preparar el camino del Señor (Isaías 40,1-5.9-11 - Marcos 1,1-8)





“Recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo;
si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”.
Así dice un viejo proverbio indio.
En este II Domingo de Adviento la Palabra de Dios nos invita a preparar el camino del Señor, a poner todo de nuestro parte para recibir a Jesús que viene a nuestra vida.
Mi reflexión para este domingo 10 de diciembre de 2017, segundo del tiempo de Adviento, ciclo B: Isaías 40,1-5.9-11 y Marcos 1,1-8.
Bendiciones.
+ Heriberto, Obispo de Melo


Muchos uruguayos sabemos que hay caminos y rutas que no se arreglan frecuentemente. Precisamente, las rutas menos transitadas son las que más se van deteriorando. Me parece que a veces se crea un círculo vicioso: no se arreglan porque son poco transitadas, pero los que transitan las evitan porque están en mal estado… y el deterioro es cada vez mayor.
No está en nuestra mano arreglar esas carreteras, pero hay otras rutas que son de nuestro corazón, de nuestro espíritu… son los caminos de nuestra vida, son los caminos de Dios. Ésas rutas sí está a nuestro alcance mantener.
Un viejo proverbio indio dice: “recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo; si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”

San Carlos Borromeo decía:
“Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.”
Y de eso tratan las lecturas de este domingo: arreglar los caminos.
Los términos nos hacen pensar en trabajos de vialidad: rellenar valles, aplanar montañas y colinas. Maquinarias, movimientos de tierra…
Pero se trata en realidad de un trabajo interior. El profeta Isaías llama a la tarea de este modo:
Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!
Más adelante el evangelista Marcos reconoce en Juan el Bautista esa voz anunciada por Isaías:
Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.”
Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
El camino del Señor es un camino nuevo. No son los viejos caminos que llevan las peregrinaciones al Templo de Jerusalén; tampoco las calzadas romanas por donde se movían las legiones del emperador. Se trata de un camino “en el desierto”, en el lugar de encuentro con Dios.

Como tantas veces, podemos ver cómo vivieron esto las primeras comunidades cristianas.
En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como camino, verdad y vida.
Los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús en el camino, donde hace arder sus corazones al explicarles a través de las Escrituras el proyecto de salvación realizado en Él.
Las primeras comunidades se referían a su fe cristiana, como “el Camino”.
Así es nombrado cuando se nos cuenta que Saulo, el futuro san Pablo,
“pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,2).
Lo curioso es que el hecho que va a provocar la conversión de Saulo acontece en el camino hacia Damasco (Hch 9,3). A partir de allí, Saulo, con el nuevo nombre de Pablo contará cómo había visto a Jesús en el camino (Hch 9,27) y cómo ese encuentro cambió totalmente su vida.
La carta a los Hebreos (10,20) nos habla de “un camino nuevo y vivo” inaugurado por Cristo.

Jesucristo aparece, él mismo, como camino y aparece en el camino; pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no se trata sólo de esperar ese encuentro, sino que hay que trazar ese camino nuevo para ir hacia Cristo y para que Cristo llegue a nosotros.

¿Cómo se traza ese camino nuevo? ¿Qué es lo que hay que rellenar, qué es lo que hay que aplanar, qué curvas enderezar, qué obstáculos remover, para que Jesucristo pueda llegar a nuestra vida?

Cada uno tiene que encontrarlos. A veces es difícil darnos cuenta. Ya nos dice Jesús que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio…
En estos días agitados de fin de año, necesitamos encontrar ese momento para una buena revisión de vida, para un buen examen de conciencia.

Rellenar los valles significa ver qué es lo que falta en mi vida espiritual. ¿falta oración? ¿falta participar en la Misa? ¿falta confesarme? ¿prestar más atención al prójimo y a sus necesidades? ¿Hacer algo, de corazón, por los demás? ¿Pasar más tiempo con mi familia? ¿Expresarle mi amor a las personas que más quiero?

Enderezar el camino: las curvas alargan, demoran… son nuestras distracciones, que apartan por un momento la mirada de la meta.

Aplanar las montañas y colinas, remover los obstáculos, significa quitar lo que está sobrando.
Muchas veces nos mata la preocupación por cosas secundarias… ¿son realmente tan importantes en nuestras vidas? ¿de verdad no podemos vivir sin ellas? ¿qué pasa si las dejamos para concentrarnos en lo que realmente importa?

Rellenar los valles, enderezar la ruta, aplanar los montes, remover los obstáculos, es disponer el corazón para el encuentro con Cristo que viene en cada hermano, en cada persona. Sólo Él puede cambiar nuestra vida. Nuestros esfuerzos humanos, nuestros trabajos se agotan… el impulso, la buena intención se desgastan.

Por eso este es un tiempo para buscar la ayuda de la Gracia de Dios: en la oración, en la meditación de la Palabra, en los Sacramentos… En fin: necesitamos la ayuda de Cristo.
Animémonos a preparar en nuestra vida los caminos de Dios.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Preparados para recibir al que llega (Marcos 13,33-37)





Entramos en el último mes del año como en un tobogán, donde todo se desliza rápidamente.
En este marco, la Iglesia comienza el tiempo de Adviento.
Adviento significa “venida” y se refiere a la venida de Jesús.
Es Él quien viene a nosotros "en cada persona y en cada acontecimiento".
Preparémonos a recibirlo.
Reflexión sobre el Evangelio de este Primer Domingo de Adviento, ciclo B (Marcos 13,33-37) por el Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant.
Domingo 3 de diciembre de 2017


Primer domingo de diciembre… entramos en el último mes del año como en un tobogán, donde todo se desliza rápidamente.
Nos invade la prisa por terminar muchas cosas pendientes, antes de que acabe el año; sea porque se cierran realmente los plazos o porque queremos quedar libres para tomar unos días de licencia sin preocupaciones ni asuntos pendientes.
Navidad y fin de año se van anticipando en reuniones, despedidas, fin de cursos, fiestas, asados… se corre, aumenta la temperatura ambiente, sube el estrés, y comenzamos a desear que el año viejo se vaya de una vez.

En este marco la Iglesia anticipa el comienzo del año con el inicio de un nuevo “Año Litúrgico”. El año litúrgico es la celebración de los misterios de Cristo distribuida a través de las 52 semanas de un año que no coincide con el año civil, porque combina el calendario solar con el lunar. Por eso, aunque la Navidad está fijada el 25 de diciembre, la Semana Santa se mueve cada año.
El año litúrgico tiene cinco grandes tiempos, con acentos diferentes: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y tiempo Ordinario o tiempo durante el Año.

Con el Adviento iniciamos el año litúrgico. Precisamente este primer domingo de diciembre es el primero de los cuatro domingos de Adviento.
Adviento significa “venida” y se refiere a la venida de Jesús.
Sería fácil definirlo como tiempo de preparación a la celebración de la Navidad.
En parte es así, porque del Adviento vamos a la celebración del nacimiento de Jesús; pero eso no es todo.
El tiempo del Adviento nos llama a poner en relación -y podríamos decir en tensión- la primera y la segunda venida de Cristo; la primera venida en su encarnación, en su nacimiento en Belén… la segunda “con gloria” al final de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos.

En los primeros días del Adviento, el énfasis está en la necesidad de vivir vigilantes y prepararse siempre, mirando a ese encuentro definitivo con Cristo, ya sea el del final de los tiempos o el del final de mi propia vida. Luego, a partir del 17 de diciembre se nos invita más bien a contemplar los acontecimientos históricos que rodearon el nacimiento de Jesús. El color violeta que identifica todo este tiempo nos señala que son días de revisión de vida, de examen de conciencia, de penitencia y reconciliación.

El telón de fondo del Adviento es el de la esperanza y la alegría cristianas. El recuerdo de que Jesucristo vino, la esperanza de que “de nuevo vendrá”, nos ayuda a descubrir que Jesucristo también “viene”, sigue viniendo hoy, cada día, a cada uno de nosotros. La vigilancia a la que nos invita el Evangelio está relacionada también con el presente. Dice Jesús:
«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».
Estar prevenidos, estar en vela… Hace unos cien años Antonio Machado, el poeta español, escribió unos versos donde se pregunta cuál es la palabra de Jesús que resume el Evangelio:
Yo amo a Jesús, que nos dijo: / Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen / mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra? / ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad.
“Velad”, o sea, velen, manténgase en vela, manténganse despiertos, en vigilancia… esa es la actitud de quien espera, de quien reza con esperanza la petición del Padre nuestro: “venga a nosotros tu Reino” o de quienes aclaman “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: Ven Señor Jesús” luego de la consagración del pan y del vino.

La consigna de Jesús “estén prevenidos”, “estén en vela”; “velad”, como dice Machado, es un toque de atención para que no nos dejemos arrastrar por la correntada ni aturdir por el barullo. Para no hacer de cada día de nuestra vida una sesión de zapping. Prevenidos, despiertos, para no quedarnos tranquilos en nuestra “zona de confort”, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, distraídos de los valores fundamentales, entretenidos en los accesorios.

Despertar puede hacer que nos enfrentemos a nuestra realidad de seres imperfectos y limitados. El profeta Isaías nos pone ante los extravíos del corazón:
“… nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento.”
Pero a pesar de que somos así, frágiles y pecadores, la Palabra de Dios nos llama a la confianza. A pesar de nuestras infidelidades, Dios es fiel y viene a nuestro encuentro “en cada persona y en cada acontecimiento” mostrándonos su misericordia. Cristo vive y “viene” a nosotros, haciéndose presente de muchos modos.

La presencia de Jesús en su Palabra y en la Eucaristía, en cada Misa, es el signo más concreto y eficaz de que sigue viniendo. Que estos domingos de Adviento nos ayuden a abrir los ojos y el corazón para descubrir a Jesús en nuestra vida. Que estando preparados y en vela podamos encontrarnos con Él y que ese encuentro transforme nuestra vida.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Conmigo lo hicieron" - Cristo Rey (Mateo 25,31-46)





"Reconocer a Jesús en traje de pobre". Así expresaban viejos romances españoles lo que está narrado en la parábola del Juicio Final (Mateo 25,31-46). Más aún, podríamos decir, reconocer a Cristo Rey allí donde mejor se manifiesta su realeza: “clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo” (Papa Francisco, Mensaje I Jornada Mundial de los Pobres).
Reflexión del Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant, sobre el Evangelio correspondiente a la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, ciclo A, Domingo 26 de noviembre de 2017.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar
No sólo en el más conocido de los salmos se presenta Dios como pastor, sino en varios pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. El mismo Jesús diciendo “yo soy el buen pastor” es como la culminación de esa imagen que recorre la Biblia.

El próximo domingo celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.
Este año, las lecturas nos presentan la figura de Dios como pastor que, como dice el profeta Ezequiel, viene “a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y chivos”.

Jesús presenta el cumplimiento de ese anuncio del profeta con la parábola del Juicio Final. En ella se resume el drama de la existencia humana. El drama de cada uno de nosotros y el drama de la humanidad en su conjunto. Así dice Jesús:
    Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
    Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver».
    Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»
    Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo».
    Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron»
    Éstos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»
    Y Él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo».
    Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna».

Si, como corresponde, tomamos en serio las palabras de Jesús, no podemos menos que estremecernos, o al menos perturbarnos. Pero Jesús no narra sus parábolas para dejarnos tranquilos, sino precisamente para inquietarnos, para que reflexionemos… ¡y actuemos!

Pero hagamos serenamente nuestra reflexión, porque eso es lo que nos ayudará a sacar provecho de la Palabra, es decir, a ver qué dice este Evangelio para cada uno de nosotros, para cada una de nuestras vidas.

En primer lugar, es una parábola, una comparación. Jesús no está diciendo que esto va a suceder de esta forma… pero, sí, hay al menos tres grandes enseñanzas que podemos tomar.

La primera es que hay un final de la historia, marcado por la segunda venida de Cristo. Así rezamos en el Credo: decimos que Cristo “de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. “De nuevo vendrá”. “Su reino no tendrá fin”. Con esa venida se cierra la historia, se abre la eternidad. Será el día en que las cosas se pongan en su lugar. Será el día de llegada para el caminar de la humanidad, puesta en camino desde el día de la Creación. Dios no está improvisando con nosotros. Su creación tiene un designio, un plan, una finalidad; por eso, también un final, que no es de destrucción sino de culminación de la creación en vida y plenitud.

La segunda enseñanza es que hay un juicio: Cristo vendrá “para juzgar a vivos y muertos”, dice el Credo. Y a partir de ese juicio se abren para cada ser humano dos posibilidades eternas: para unos, la Vida Eterna, el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, lo que solemos llamar Cielo. Para otros el castigo eterno, el fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles; lo que solemos llamar Infierno.

La idea del Infierno es dura de tragar y muchas veces negada. La afirmación de un Dios misericordioso la hace pensar como imposible. Y sin embargo, Jesús lo ha anunciado muchas veces, de modo que más vale que le creamos también en esto. Hay que ir más allá del lenguaje o las imágenes que expresan ese misterio: el fuego, el azufre, los diablos con cuernos pinchando con tridentes a las almas de los condenados… Así como es más fácil pensar en el Cielo como “la Casa del Padre” de la que nos habló Jesús, el infierno es la oscuridad para quien no puede soportar la luz de Dios y rehúsa volverse a Él y a entrar en su casa. El condenado se condena a sí mismo rechazando el amor de Dios que ha venido a buscarlo en su misericordia y se excluye, se queda fuera.

Pero la tercera enseñanza nos aclara las cosas: seremos juzgados por la misericordia. Las obras de misericordia corporales están en la fundamentación de las dos sentencias. Si actuamos con misericordia hacia el que tenía hambre o sed, estaba sin techo o desnudo, estaba preso o enfermo, fue al mismo Cristo a quien servimos con misericordia. Por el contrario, si cerramos las entrañas, si dejamos frío el corazón ante el hermano necesitado, es al mismo Cristo Rey a quien dejamos de lado. Cristo manifiesta su realeza precisamente “clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo” (Francisco, Mensaje Jornada del Pobre, 2017).

Comentando este pasaje del Evangelio, decía el Papa Francisco:
La salvación no comienza con la confesión de la realeza de Cristo, sino con la imitación de sus obras de misericordia a través de las cuales Él realizó el reino. Quien las realiza demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque hizo espacio en su corazón a la caridad de Dios.
Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor, en la proximidad y en la ternura hacia los hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o no en el reino de Dios, nuestra ubicación en una o en otra parte. Jesús, con su victoria, nos abrió su reino, pero está en cada uno de nosotros la decisión de entrar en él, ya a partir de esta vida —porque el reino comienza ahora— haciéndonos concretamente próximos al hermano que pide pan, vestido, acogida, solidaridad, catequesis. Y si amaremos de verdad a ese hermano o a esa hermana, seremos impulsados a compartir con él o con ella lo más valioso que tenemos, es decir, a Jesús y su Evangelio. (Domingo 23 de noviembre de 2014, Cristo Rey)

viernes, 17 de noviembre de 2017

Los Obispos uruguayos en visita Ad Limina Apostolorum (1)

En rueda con Francisco
Un cordial saludo desde Roma.

Los Obispos uruguayos llegamos aquí el martes, para la visita ad limina apostolorum, que se podría traducir como “al umbral de los apóstoles”, o sea los santos apóstoles Pedro y Pablo, cuyas tumbas visitamos en estos días.

Ayer celebramos la Misa junto a la tumba de San Pedro, en la cripta de la basílica que está dedicada a él. El cardenal Oullet, prefecto de la congregación para los Obispos, que es en cierta forma nuestro anfitrión, nos presidió la Eucaristía y nos invitó a vivir esta visita como una verdadera peregrinación que renueve y fortalezca nuestra fe para un mejor servicio a los fieles católicos y al pueblo uruguayo todo.

Luego visitamos la congregación para la causa de los santos, donde vimos el estado de los procesos de beatificación de Mons. Jacinto Vera, que va avanzando y el iniciado recientemente para el Padre Cacho, así como otros procesos que caminan más lentamente.

En la tarde estuvimos reunidos con la comisión pontificia para la tutela de los menores, donde se nos alentó a seguir trabajando para crear formas de prevención de abusos en los distintos campos de presencia de la Iglesia.

Ayer por la mañana tuvimos nuestro encuentro con el Papa Francisco.
Sentados en rueda con él a la cabecera, pudimos tener un diálogo sin protocolos. "La pelota está en el medio", nos dijo para abrir el diálogo.
Se le trasmitió el saludo de nuestra gente y el deseo de gran parte de nuestro pueblo de recibir su visita.
El Papa nos dijo que quería ante todo escucharnos. Preguntó sobre la situación del país, la vida de la Iglesia, los jóvenes, los sacerdotes, las religiosas, las vocaciones.
Los Obispos le presentamos el esfuerzo de nuestra Iglesia en la evangelización a través de las parroquias, obras sociales, instituciones educativas católicas, así como algunas preocupaciones:
la fragmentación social, el bajo crecimiento demográfico del país, el auge de la ideología de género, la inquietud por la conservación del acuífero guaraní.
En un diálogo que duró más de dos horas, el Papa manifestó su cariño por el Uruguay, nos dijo de su deseo de visitarnos cuando le sea posible, junto con una visita a Argentina y nos dejó algunas recomendaciones:
-    profundizar y dar valor a nuestras raíces -evocó la figura de Artigas-, de modo de armonizar pasado, presente y futuro en la construcción de un pueblo;
-    anunciar la verdad sobre la familia formada a partir de la unión del hombre y la mujer, creados a imagen de Dios;
-    proponer a los jóvenes formas de acción, especialmente de servicio, como forma de iniciar un acercamiento que pueda llevar al encuentro con Cristo;
-    valorar la vida religiosa femenina;
-    ser cercanos a nuestros sacerdotes y cuidar las vocaciones, tanto en la selección como en el acompañamiento y la formación.
Salimos renovados, dispuestos a seguir en el camino, invitando a toda nuestra gente a vivir un encuentro personal con Jesucristo en Su Iglesia.
Y como despedida, como suele hacer nos pidió: “recen por mí”.
Nuestro próximo encuentro con Francisco será pronto, ya que el domingo estamos invitados a concelebrar con él en el marco de la Primera Jornada mundial de los Pobres.

En la tarde visitamos la tumba de San Pablo, en la basílica de San Pablo Extramuros, donde celebramos la Eucaristía presidida por Mons. Pablo Galimberti, quien nos ayudó a contemplar la figura y la vida espiritual del gran Apóstol. Después de la Misa nos detuvimos a rezar en silencio ante la tumba del santo.

En la noche asistimos a la presentación del libro “Memoria, coraje y esperanza” del Prof. Guzmán Carriquiry, uruguayo, padre de familia, que trabaja desde hace muchos años en distintos organismos de la Santa Sede y es actualmente vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Esta mañana estuvimos en la Congregación para la Nueva Evangelización, donde hablamos con Mons. Octavio Ruiz sobre todo de catequesis y en un segundo momento visitamos el Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, donde el Cardenal Koch nos ayudó a entender los varios caminos de diálogos que se siguen actualmente.

+ Heriberto

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Pon tu talento a trabajar (Mateo 25,14-30)





En la Iglesia Católica, junto a las distintas celebraciones del calendario litúrgico, desde hace años se ha establecido jornadas especiales, en las que el Papa entrega un mensaje que nos invita a la reflexión, la oración y el compromiso personal y comunitario en algunos temas específicos.
  • La Jornada del Migrante y del Refugiado, la primera, fue establecida por Benedicto XV, el Papa de la primera guerra mundial. Se celebra desde 1915.
  • En 1926 Pío XI estableció que el penúltimo domingo de octubre fuera para toda la Iglesia el Domingo Mundial de las Misiones.
  • Pablo VI estableció la Jornada mundial de oración por las vocaciones, la de las comunicaciones sociales y la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el primero de enero.
  • San Juan Pablo II nos dejó la Jornada mundial de la Juventud, la del enfermo y la de la vida consagrada.
  • Francisco ya nos había presentado en 2015 la Jornada mundial de oración por la creación, el 1 de setiembre. Este domingo se celebra la primera Jornada Mundial de los Pobres
En estos días, Dios mediante, los Obispos uruguayos estaremos en Roma, en medio de la visita Ad Limina Apostolorum, peregrinando a la tumba de los santos apóstoles Pedro y Pablo, reuniéndonos con distintos organismos de la Iglesia y encontrándonos con el Papa Francisco. En este domingo, 19 de noviembre, según está previsto, estaremos celebrando la Misa junto al Papa en la basílica de San Pedro, en el marco de la primera jornada mundial de los pobres.

Hace ya tiempo el Papa entregó su mensaje para esta jornada, con un título muy expresivo: “no amemos de palabra sino con obras”. Nos recuerda Francisco que el amor viene de Dios, que es su iniciativa: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y en Jesucristo nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).
“Un amor así -sigue diciendo Francisco- no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio (…) sin pedir nada a cambio, sin embargo, inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. (…)
La misericordia que (…) brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.”
Porque, como dice el título del mensaje, se trata de obras. De poner el amor en obras, de poner el amor a trabajar…

Este puede ser un buen momento para introducir el Evangelio que escuchamos en las Misas de este domingo. Es conocido como la parábola de los talentos.
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
¿Qué es un talento? A partir, precisamente, de este pasaje del Evangelio, talento se ha convertido en sinónimo de inteligencia, aptitud, capacidad para el desempeño. Sin embargo, en su origen, era una medida de peso. Cuando lo pesado eran monedas, tenemos también una medida de dinero.

¿Cuánto representaba un talento en tiempos de Jesús? Todos los estudiosos están de acuerdo en que era una gran suma, que puede estar entre 8.800 y 15.000 denarios… Un talento representaba los jornales de toda una vida de trabajo. Así pues, aún el servidor que recibió un solo talento, recibió una enorme cantidad de dinero. ¿Cuál fue el resultado?
El que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor»
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».
Los dos primeros servidores han respondido al pedido del señor. Han puesto su talento a trabajar. Pero no sucederá lo mismo con el tercero:
Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes».
El que enterró el talento es como el que piensa que las cosas no tienen arreglo o que ya las arreglará el tiempo… y por eso no hace nada. Navega en la vida a la deriva, sigue la correntada, sin interesarse en nada ni en nadie.

Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Ha puesto en cada uno de nosotros dos talentos fundamentales: la capacidad de crear y la capacidad de amar.

Cuando se juntan esas dos capacidades, ponemos amor en nuestro trabajo creativo y ponemos nuestra creatividad al servicio del amor… y entonces pueden suceder cosas maravillosas.

Puede tratarse de fantásticas realizaciones del trabajo humano o de heroicas demostraciones de amor que despiertan la admiración de los hombres… pero en la vida de cada día, gente muy humilde produce pequeñas, singulares obras de amor, no menos admirables, que están como una joya en el fondo del río o una flor donde no se ve… pero que no quedan escondidas para quienes las reciben ni mucho menos para la mirada de Dios, que reconoce allí lo que produce el talento que Él ha entregado.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Estén prevenidos (Mateo 25,1-13)





"De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos".
Eso dice el Credo acerca de la segunda venida de Jesucristo.
"Estén prevenidos" nos dice el mismo Jesús, para que podamos mostrarle, al encontrarnos definitivamente con Él, nuestra lámpara encendida.
Mi reflexión sobre el evangelio de San Mateo 25,1-13, correspondiente al Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo A, 12 de noviembre de 2017.
+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay

 ¿Estás preparado? ¡qué pregunta! Sobre todo si lo que viene después es algo muy serio…
¿Preparado para el examen?
¿Preparado para una entrevista para pedir empleo?
¿Preparado para empezar a trabajar?
¿Estás preparado… para casarte, para ser padre… estás preparada para ser madre…?

Aunque nunca estamos del todo preparados para las grandes cosas de la vida, hay gente que se aparece sin prepararse en absoluto… gente buscando empleo que se presenta a una entrevista con aspecto muy desprolijo… estudiantes que se presentan al examen sin haber estudiado nada… parejas que se casan en pleno enamoramiento, sin dejar madurar su amor y que se separan a la primera dificultad… todas esas cosas hacen que los adultos movamos la cabeza… hasta que recordamos nuestros propios momentos de precipitación y desatino.

El Evangelio que escuchamos hoy nos ubica otra vez en el ambiente de una Boda. La Boda, a lo largo de toda la Biblia, es el signo de la relación de Dios con su Pueblo: una relación de Alianza. La palabra “testamento” que usamos para nombrar las dos partes de la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, estaría en realidad mejor traducida como “Alianza”: el libro de la antigua alianza, el libro de la nueva alianza. En esa relación de alianza Dios se compromete con la humanidad como un novio con su novia y espera de ella la respuesta a su amor comprometido que Dios siente.

Por eso la Boda es también el gran signo del final de los tiempos: es el reencuentro de la humanidad con Dios, donde Dios es el novio y la humanidad la novia… en el libro del Apocalipsis, junto a las imágenes que llenan de pavor al lector, hay sin embargo una visión esperanzadora del final de los tiempos:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.
Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y el Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».” (Ap 21,1-4)

En la parábola que hoy cuenta Jesús, hay diez personas que tienen una misión especial. Son diez jovencitas; no se han casado, no han tenido relación con ningún hombre: diez vírgenes. A ellas les corresponde recibir al novio cuando llegue, con lámparas encendidas. No es simplemente para alumbrar: su luz es parte de la fiesta, es expresión de la alegría con que se quiere recibir al novio que llega… pero para poder ofrecer la luz, las muchachas tienen que estar preparadas, no solo para la llegada, sino también para la espera.

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.

Jesús nos avisa desde el comienzo que las diez no tienen la misma actitud:

Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Y aquí, todos los que hemos estado en un típico casamiento uruguayo notaremos que, curiosamente, no es la novia la que se hace esperar, sino el novio:

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

Aquí la cuestión no es si pasar o no pasar la noche en vela. Las diez se quedaron dormidas. Pero las consecuencias de las diferentes actitudes se van a manifestar cuando llegue el novio.

A medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Entonces ¿qué sucederá que las que no estaban preparadas?

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos».
Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

En la Iglesia Católica y en otras Iglesias cristianas profesamos la fe en una segunda venida de Cristo y un final de los tiempos, un final de la historia. Decimos en el Credo, expresión de esa fe, que Jesucristo

“de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”.

¿Cuándo sucederá eso? Muchos de los primeros cristianos pensaban que esa segunda venida de Cristo era inminente, que estaba realmente muy próxima. Al pasar los años se hizo evidente que el final no estaba necesariamente cercano. Esta parábola ilumina esa percepción, ese sentir, al decirnos que “el esposo se hacía esperar”. Por eso, de lo que se trata es de estar preparados también para la demora, para la espera, sin desanimarse ni abandonar la vida cristiana. El mismo Jesús advierte en el Evangelio que nadie sabe el día ni la hora.

A lo largo de la historia terremotos y tsunamis, guerras sangrientas y bombas atómicas, la peste o el SIDA, las hambrunas, han sido vistas como signo de la proximidad de ese final. Pero aunque no le toque a nuestra generación ni a la siguiente presenciar la venida gloriosa de Cristo, sí tenemos una certeza: nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, tal como la conocemos hoy, terminará, llegará a su final.

Desde la fe creemos que la vida no se termina, sino que se transforma; porque como reza la Iglesia en el día de difuntos, en Cristo “brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, a quienes la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad.” (Prefacio de difuntos I). En miras a esa vida eterna en Cristo, queremos desde ahora “vestir el traje de fiesta” y tener el aceite necesario para que nuestra lámpara se mantenga encendida; es 9decir, con la Gracia de Dios, vivir una verdadera, auténtica, vida cristiana.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Alcaldía de Vergara, Palotinos y Obispo de Melo recordaron al P. José Bader SAC



Ayer, 2 de noviembre, se cumplieron 25 años de la muerte del P. José Bader SAC (Palotino) fallecido mientras estaba a cargo de la Parroquia  Santísimo Sacramento en la ciudad de Vergara, departamento de Treinta y Tres.

La parroquia había sido creada en 1938 por Mons. Miguel Paternain, Obispo de Florida Melo y se le dio el nombre de Santísimo Sacramento para memoria del III Congreso Eucarístico Nacional realizado ese mismo año.

Desde su fundación, la conducción de la comunidad estuvo a cargo de los Padres Palotinos.
El P. Bader llegó a Vergara en 1968 y permaneció allí hasta su muerte en 1992. Había nacido en 1928 en la Selva Negra, Alemania. Vivió como niño y adolescentes los avatares de la Segunda Guerra Mundial, que marcaron profundamente su personalidad. Era hombre de cerrados silencios que a veces estallaba en palabras fuertes. Su apostolado se orientó hacia los más pobres y muy especialmente a los jóvenes, a los que formó trabajando codo a codo con ellos.


La Alcaldía de Vergara inauguró ayer en su memoria un espacio recreativo que lleva su nombre y se colocó allí una placa conmemorativa. Hicieron uso de la palabra el alcalde, el Obispo y algunos hombres que fueron marcados por su relación con el P. Bader. Recordaron cómo les enseñó a trabajar, sus exigencias, la forma de marcarles límites y pautas de conducta... recordaron incluso sus advertencias sobre los peligros de la droga, una realidad que se vislumbraba muy lejana en aquellos años. El Obispo recordó las palabras de Mons. Cáceres en 1992, relatando lo que había sido la Misa de cuerpo presente, con una multitud llenando el salón del Centro Pallotti que Bader construyó con los jóvenes: "Bader cumplió con Vergara y Vergara cumplió con Bader" para afirmar que con esta rememoración, Vergara sigue cumpliendo con Bader.


Luego del acto en el Centro Pallotti se celebró la Misa en el templo parroquial. Junto al Obispo estuvieron el párroco, P. Nurimar Correa y, llegado especialmente para la ocasión, el  P. Alejandro Fontana SAC. El P. Fontana fue el último palotino en atender Vergara, hasta el 31 de enero de 1993 en que hizo entrega de la parroquia a Mons. Cáceres. Al comienzo de la Misa, el sacerdote hizo una extensa evocación de la figura de Bader, a quien conoció muy bien. Lo recordó como un hombre que tenía el concepto de que el ser humano es un ser incompleto; "por eso dejó muchas cosas sin terminar, pero siempre con la esperanza de que alguien las continuara".

Mons. Heriberto, en su homilía, enmarcó el recuerdo del párroco fallecido en la conmemoración de todos los fieles difuntos. El Obispo reflexionó sobre cómo los años van ayudando a decantar el significado de esas fuertes figuras que marcaron nuestras vidas, dejando de lado muchas veces los aspectos negativos para hacer un positivo balance. Recogiendo las palabras del P. Alejandro invitó a la comunidad a continuar la obra "incompleta" del P. Bader, buscando los caminos necesarios y adecuados para nuestro tiempo, siempre en la esperanza de que otros también continuarán un día sobre lo que construyamos hoy.

"Haz lo que yo digo..." (Mateo 23,1-12)





"Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago".
Jesús hace notar la incoherencia, el afán de aparentar, de ser vistos, de agrandarse... y señala el camino del discípulo, en el que Él se puso adelante: "que el más grande entre ustedes se haga el servidor de todos".
Mi reflexión sobre el evangelio de Mateo (23,1-12) del domingo 5 de noviembre, XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo A.
Bendiciones.
+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay.


Tengo un amigo que siempre me recuerda que hay una sola oportunidad para dar una primera buena impresión…

Más aún, el primer contacto presencial con una persona empieza por la mirada, de modo que esa buena impresión comienza por cómo aparezco ante los ojos de los demás.

En los años 70 un profesor de Estados Unidos publicó dos libros, uno para hombres y otro para mujeres, sobre cómo vestirse para alcanzar el éxito. No leí los libros, pero uno puede darse cuenta de que sí, la forma en cómo va vestida una persona es uno de los aspectos que entra en la imagen que nos formamos de ella.

Pero también sabemos, como dice el refrán, que “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”; es decir, que se puede adornar la realidad, pero el adorno no cambia lo esencial, que, como decía aquel entrañable Principito “es invisible a los ojos”.

En la Biblia hay dos indicaciones sobre la vestimenta que fueron tomadas muy en serio, incluso exageradamente, en tiempos de Jesús.

Una de ellas dice: “estas palabras que yo te mando hoy… [es Dios el que habla] serán como insignias ante tus ojos” (Deuteronomio 6,6.8). Este es el origen de las filacterias, unas cintas de cuero negro, en las que estaban escritos textos de la Palabra de Dios. Se llevaban en la frente, como una especie de vincha.

La otra indicación es: “hagan flecos en los bordes de sus vestidos, … y pongan en el fleco de cada borde un cordón azul (…) para que cuando lo vean se acuerden de todos los mandamientos del Señor” (Números 15:38-39).

Llevar esos adornos era un signo de que esa persona buscaba tener siempre presente la Ley de Dios. Muchos judíos piadosos lo hacían.

En el evangelio de este domingo encontramos palabras muy duras de Jesús hacia unos hombres que se preocupaban demasiado por esos detalles de su vestimenta. Estos personajes, dice Jesús “agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos”.
Fíjense que Jesús no les reprocha que lleven filacterias ni flecos, sino que los agranden.
Eso, porque la exageración es un síntoma de que lo que importa es la apariencia, el ser visto por los demás…

Esos hombres eran los fariseos. Hoy en día, decirle a alguien “fariseo” es insultante… es llamarlo “hipócrita”. Pero en los tiempos de Jesús “Fariseos” era el nombre que se daban a sí mismos los miembros de un importante movimiento religioso dentro del judaísmo. Un movimiento que incluso conseguía acercar a muchos no judíos a la fe en el Dios único.

Es curioso, pero cuando encontramos a Jesús enojado en el Evangelio -porque Jesús también se enojaba- lo encontramos particularmente enojado en su confrontación con los Fariseos. ¿Por qué? Porque el mensaje de los Fariseos no sólo era diferente al de Jesús, sino que en muchos aspectos era opuesto.

Para empezar, “fariseos” significa “separados”. ¿Separados de quién? Claramente separados de los pecadores, de aquellos que no cumplen la Ley de Dios …con respecto al sábado, con respecto a la pureza ritual y tantas otras. Los fariseos observan que Jesús “se sienta a la mesa con publicanos y pecadores”. O sea, no sólo no se separa de ellos, sino que come con ellos, algo que construye vínculos entre las personas… o ven que los discípulos de Jesús comen con las manos impuras, es decir sin lavarse antes; o que el mismo Jesús no respeta el Sábado, haciendo curaciones en el día del Reposo…

Por otra parte, Jesús señala como hipócritas a los fariseos y a todos los que hacen las obras indicadas por la Palabra de Dios delante de los hombres para ser vistos por ellos. “Todo lo hacen para que los vean”, dice Jesús. Y pone ejemplos:
  • dan limosna “trompeteando por delante… para ser honrados por los hombres”
  • “gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres”
  • “desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan” (cf Mt 6,1-18)
  • “les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas”
  • les gusta “ser saludados en las plazas y oírse llamar «mi maestro» por la gente” (cf Mt 23,1-12)
Jesús no tenía “asesor de imagen”. Lo que menos le preocupaba era la apariencia. Lo que le importaba realmente -y le sigue importando- es el corazón de las personas, su adhesión profunda al Padre Dios.

En las indicaciones que dan lugar a las filacterias y a los flecos, se dice también algo muy importante:
  • “Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy” (Dt 6,6)
  • “que ustedes así (…) se acuerden de todos los mandamientos del Señor” (Nm 15.39)
No bastan esos signos externos de llevar consigo los mandamientos o algo que los recuerde.
Es necesario cumplirlos y cumplirlos de corazón.

Por eso las otras palabras duras de Jesús que escuchamos este domingo:
“Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.”
Es lo que irónicamente traduce el refrán popular: “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.

Claro, podríamos pensar que esto se lo decía Jesús a los fariseos, que esto ya no es un problema de nuestro tiempo… ¿o sí? ¿no tenemos hoy otra forma de agrandar filacterias y flecos, es decir, de vivir en la pura apariencia, de pretender siempre ser “el más grande” (o “la más grande”) en fin, de ser unos “agrandados”.

Jesús nos da su respuesta:
“Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros”.
Ése es el camino que Él tomó, el camino por el que nos invita a seguirlo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Lo que importa es amar (Mateo 22,34-40)





Como a ti mismo: Amar al prójimo.
Lo que importa es amar: Seremos juzgados en el amor.
Reflexión de Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay, sobre el Evangelio correspondiente al Domingo XXX del Tiempo Ordinario, Mateo 22,34-40.
Con pasajes tomados del libro Cartas del desierto de Carlo Carretto.

Aquella tarde había notado que el viejo Kadá temblaba de frío. Parece extraño hablar de frío en el desierto y sin embargo era así; tanto que la definición del Sáhara es la siguiente: “país frío donde hace mucho calor cuando hay sol”. Pero el sol se había puesto y Kadá tiritaba.
Me sentí impulsado a darle una de las dos frazadas que llevaba conmigo, pero alejé de buena gana esa idea. Pensaba en la noche y sabía que también yo habría tiritado de frío.
Aquel poco de caridad que había en mí volvió a asaltarme, haciéndome notar que mi piel no valía más que la suya y que haría bien en darle una de las frazadas y que aunque hubiera de tiritar, era justo hacerlo por un hermano.
Cuando me puse de nuevo en camino las dos frazadas estaban todavía en mi jeep; y ahora estaban allí ante mis ojos y me molestaban.
Me acosté y soñé que dormía bajo una gran roca y que de pronto… el peñasco se me venía encima. Me encontré muerto… pero estaba vivo, con el cuerpo aplastado bajo el peñasco. Me extrañaba que no me doliera ningún hueso: sólo estaba inmóvil. Abrí los ojos y vi a Kadá, que tiritaba de frío ante mí.
Entonces ya no dudé en darle la frazada, que estaba muy cerca de mí, a un metro de distancia… pero el peñasco que me había aplastado me impedía el más mínimo movimiento. Comprendí que aquello era el purgatorio y que el sufrimiento de mi alma era “no poder hacer ya lo que antes se podía y se debería haber hecho”. ¡Cuántos años quizás tendría que ver aquella frazada junto a mí, en aquella molesta posición, para recordarme mi egoísmo y por tanto mi inmadurez para entrar en el Reino del Amor!
Traté de pensar cuánto tiempo estaría bajo la gran roca… La respuesta me la sugirió el Catecismo: “¡Hasta que seas capaz de un acto de amor perfecto!”. En aquel momento no me sentía capaz.
El acto de amor perfecto es el acto de Jesús que sube al Calvario para morir por todos nosotros.
A mí, miembro del Cuerpo de Cristo, se me preguntaba si había llegado a tal madurez de amor que deseara seguir a mi maestro al Calvario para la salvación de mis hermanos.
La presencia de la frazada que le había negado a mi hermano me decía que todavía tenía mucho camino por recorrer. Si fui capaz de ver a un hermano temblando de frío y seguir adelante ¿cómo habría sido capaz de morir por él a imitación de Jesús que murió por todos?
Entonces comprendí que estaba perdido; y que si no interviniera Alguien para ayudarme, pasaría miles y miles de años sin poderme mover.
Esto fue algo más que un sueño. Ese lugar del desierto sigue siendo mi lugar del Purgatorio.
La gran roca me sigue diciendo: “ustedes serán juzgados en el amor”.
Ya no puedo ni quiero engañarme. La realidad es que no he sido capaz de dar mi frazada a Kadá por miedo a la noche fría; lo que significa que amo más mi piel que la de mi hermano, mientras que el mandamiento de Dios me dice: “ama la vida de los demás como la tuya”.
Esto cuenta en su libro Cartas del Desierto Carlo Carretto, religioso de los Hermanitos del Evangelio, fundados por Charles de Foucauld.
Esta experiencia suya nos prepara para escuchar de otro modo el Evangelio de este domingo:
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
Amar a Dios sobre todas las cosas. Amar al prójimo como a sí mismo. Allí está lo esencial. Seremos juzgados en el amor.
Pero Jesús está citando el Antiguo Testamento (Deuteronomio 6,5).
Jesús va a llevar este mandamiento todavía más lejos:
“¡Ámense unos a otros como yo los he amado!” (Juan 13,34).
Ya no se trata solo de compartir mi frazada o mi plato de comida: Jesús ha amado hasta dar la vida. Ha amado hasta morir por todos.
Y nos dice todavía Carlo Carretto:
“El acto de amor perfecto consiste en estar dispuesto a hacer lo que hizo Jesús: es decir, a dar la vida: por mí, por ti, por todos. Visto así, el Cielo es el lugar donde cada uno de los presentes debe estar tan “maduro en el amor” que sea capaz de ofrecer su vida por todos los demás.”
¿quién está dispuesto a eso? ¿quién puede hacer eso?
Esa es la obra de Dios. Que yo, que tú, que cada una de las pequeñas criaturas humanas que somos, llegue a transformarse para participar de la vida de Dios.
Y sigue diciendo Carretto:
“Lo que me transforma es la caridad, el amor que Dios ha infundido en mi ser.
El amor me transforma lentamente en Dios.
El pecado está precisamente aquí: en resistir a esa transformación, en saber y poder decir ‘no’ al amor.
Vivir en nuestro egoísmo significa detenerse en el estado actual e impedir la transformación en la caridad divina.
El haber resistido al amor, el no haber sido capaz de aceptar el llamado de semejante amor que me había dicho ‘dale la frazada a tu hermano’ es tan grave que crea, entre Dios y yo, la puerta de mi purgatorio.”
En nuestras iglesias tenemos la imagen de Jesús crucificado. Muchos la llevamos colgada al cuello. Volvamos a mirarlo en la cruz. Escuchemos desde la cruz su Palabra: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… amarás a tu prójimo como a ti mismo… ámense unos a otros como yo los he amado”. La cruz es el signo del amor con que Jesús nos amó: nos amó hasta el extremo. Seremos juzgados en el amor. Que contemplándolo a Él, abramos nuestro corazón a su amor, para amar cada día un poco más.

lunes, 23 de octubre de 2017

Mensaje del Papa Francisco para la primera Jornada Mundial de los Pobres (texto y audio)



MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
19 de noviembre de 2017
No amemos de palabra sino con obras

1. «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18). Estas palabras del apóstol Juan expresan un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el «discípulo amado» ha transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús se hace más intensa debido al contraste que percibe entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).

Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al prójimo. Así, la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

2. «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres.

Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3).
«Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados. El apóstol Santiago manifiesta esta misma enseñanza en su carta con igual convicción, utilizando palabras fuertes e incisivas: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre.

Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? [...] ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta» (2,5-6.14-17).

3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres.

Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos. Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.

No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).

Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma.

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).

Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.

Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.

Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.

6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.

Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna.

7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la Jornada Mundial de los Pobres, que este año será el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado más genuino en el Gólgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el día de Pascua.

En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es «nuestro», y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación.

9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos —que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres—, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.

Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

Vaticano, 13 de junio de 2017
Memoria de San Antonio de Padua
Francisco