viernes, 1 de mayo de 2026

"En la Casa de mi Padre" (Juan 14,1-12). V Domingo de Pascua.

Seguimos avanzando en nuestro tiempo pascual y tanto hoy como el domingo que viene -y esto puede parecernos extraño- volvemos a la última Cena, con dos pasajes del evangelio según san Juan.

¿Por qué volver ahora a ese acontecimiento? Porque desde la resurrección de Jesús, podemos comprender el sentido profundo de sus palabras y sus acciones, sus signos.

San Juan dedica cinco capítulos a la última cena de Jesús con sus discípulos.

El relato comienza en el capítulo 13, con el lavatorio de los pies, el anuncio de la traición de Judas, y el comienzo del discurso de despedida, en coloquio con los discípulos, que se prolonga abarcando todo el capítulo 14. De ese capítulo han sido tomados el evangelio de hoy y el del próximo domingo.

A continuación, el capítulo 15 se abre con la parábola de la Vid y los sarmientos, seguida por la advertencia a los discípulos sobre el rechazo que encontrarán en el mundo y el testimonio que habrán de dar. Esto termina en el capítulo 16, que presenta, además, el anuncio de la venida del Espíritu Santo y el anuncio de un pronto retorno del mismo Jesús, que será el de su aparición como resucitado, antes de volver al Padre. La oración de Jesús, conocida como la oración sacerdotal, ocupa todo el capítulo 17.

Volvamos a nuestro pasaje de hoy. Las primeras palabras de Jesús salen al encuentro del estado de ánimo que él percibe en sus discípulos:

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.»  (Juan 14,1)

Otras traducciones expresan mucho más que una inquietud: “no se turbe su corazón”, “no se angustien”. ¿Por qué están así los discípulos? En los versículos anteriores, Jesús había anunciado: “uno de ustedes me entregará” y a Pedro, que le asegura a Jesús que está dispuesto a dar la vida por él, le anuncia que no cantará el gallo antes de que lo haya negado tres veces.

Aunque se nieguen a aceptarlo y no puedan comprenderlo, los discípulos están viendo que algo terrible está por suceder. Los sueños a los que se aferraban, de un Mesías glorioso, triunfante, que liberaría a Israel, se están desmoronando. Al llamarlos a la fe, Jesús les está pidiendo que tengan otra mirada sobre los acontecimientos que están por producirse. Una mirada de fe, que vaya más allá de las apariencias. Después de la resurrección, todo tendrá sentido; pero ahora, “crean en Dios y crean también en mí”.

Los discípulos vislumbran que Jesús va a morir… pero Él quiere que empieces a ver más allá de la muerte, porque quiere llevarlos con Él a la Vida, la Vida en abundancia que ha prometido como buen Pastor.

En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde Yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.» (Juan 14,2-4)

Jesús se ha hecho uno de nosotros, ha tomado nuestra humanidad para llevarla a un nuevo lugar, un lugar definitivo, en la eternidad, para que allí donde esté Él estemos también nosotros.

En el Evangelio de Lucas, el buen ladrón pide a Jesús que se acuerde de él cuando viniese a establecer su Reino. Jesús le promete 

“hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,42-43). 

En nuestro Evangelio de hoy Jesús no habla ni de paraíso ni de Reino. Utiliza otra expresión: “la Casa de mi Padre”. 

En el evangelio de Juan, Jesús se ha referido de ese modo al templo de Jerusalén: “la Casa de mi Padre”, lo ha llamado (Juan 2,16 / Juan 14,2) . Pero ya no está hablando del templo de piedra, sino del templo de piedras vivas, cuya piedra angular es él mismo: el Hijo de Dios. Un templo que se va construyendo desde aquí, desde nuestra vida terrena, para realizarse plenamente como la Jerusalén celeste, que no tiene templo 

“porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.” (Apocalipsis 21,22). 

La segunda lectura, de la primera carta de Pedro lo expresa de este modo:

Al acercarse al Señor, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. (1 Pedro 2,4-5)

No se trata solamente del culto que ofrece la Iglesia aquí en la tierra, sino también la participación en la liturgia del cielo, “donde la celebración es enteramente comunión y fiesta”. (Catecismo I.C, 1136).

Más que un discurso, este pasaje del Evangelio es un coloquio, un diálogo de Jesús con sus discípulos, que le presentan al Maestro todo lo que les inquieta. Es así que Tomás pregunta: 

«Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?» (Juan 14,5)

Y recibe de Jesús una respuesta verdaderamente reveladora:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.» (Juan 14,6-7)

Jesús es el camino hacia el Padre, hacia la vida eterna. Hay otros caminos en el mundo, pero no son los que llevan a la vida. El camino de Jesús es el camino del amor humilde, de la oración, de la mansedumbre, de la confianza, del servicio. No es el camino que yo hago, a mi manera, para llegar al Padre, sino el camino que Jesús ha preparado para todos nosotros, ese camino que es Él mismo.

El que me ha visto, ha visto al Padre. (Juan 14,9)

Así responde Jesús al pedido de Felipe, otro de los discípulos que interviene en ese diálogo.

En el rostro de Jesús se manifiesta la misericordia del Padre. A la luz de la resurrección, los discípulos podrán comprender y dar su verdadero valor a los signos que Jesús fue realizando y que quedaron estampados en los Evangelios.

Llevará tiempo, pero en el mismo escándalo de la cruz se verá que allí se ha dado la revelación mayor del amor de Dios por la humanidad. En el rostro del Crucificado también es posible ver el rostro del Padre. “Crean en Dios, crean en mí” vuelve a decirnos Jesús. Viendo en Él al Padre, ponemos, con toda confianza, nuestra vida en sus manos, pidiéndole que nos haga instrumentos de su obra, de su paz, de su misericordia, preparándonos para habitar un día en la Casa de su Padre.

Noticias

El sábado 2, en la capilla San José de Progreso, celebraremos los 50 años de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia en esa localidad. Misa a las 17 horas y luego evento cultural.

Delegados de las Conferencias Episcopales del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) estarán reunidos en Montevideo desde el lunes 4 al viernes 8, en un encuentro convocado por el Consejo Episcopal de América Latina y el Caribe, CELAM. Durante esos días los asistentes compartirán experiencias de Iglesia de sus respectivos países y buscarán formas de ayudar a avanzar en el camino sinodal, especialmente en lo que se refiere a Participación.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Palabra de Vida: Anunciar la Esperanza con obras. Juan 14,7-14.


 

Sábado 2 de mayo de 2026, San Atanasio.
Reflexión tomada del discurso del papa Benedicto XVI en la Casa Madre de la Fazenda de la Esperanza, Guaratinguetá, Estado de San Pablo, Brasil, 12 de mayo de 2007.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

jueves, 30 de abril de 2026

Palabra de Vida: Y Dios bendijo al hombre y a la mujer. (Génesis 1,26 - 2,3)


 

Viernes 1ro. de mayo de 2026, San José Obrero - Día de los trabajadores.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

1º de mayo: trabajo digno, esperanza compartida. Mensaje de los Obispos del Uruguay.

En este nuevo Día de los Trabajadores, los Obispos del Uruguay queremos hacernos cercanos a tantas personas de nuestro país que, con su esfuerzo cotidiano, sostienen la vida de sus familias y de nuestra sociedad. El trabajo no es solo una fuente de ingresos: es un espacio de dignidad, de realización personal, de encuentro y de construcción del bien común.

Vivimos tiempos de profundas transformaciones. La irrupción de la inteligencia artificial y de nuevas tecnologías genera incertidumbres legítimas. Muchas personas temen por la pérdida de empleo o por la precarización de sus condiciones laborales. Sin desconocer estos riesgos, creemos necesario abrir también una mirada de esperanza: estamos llamados a discernir esos cambios con inteligencia y creatividad. Estas herramientas pueden convertirse en aliadas para mejorar la calidad del trabajo, generar nuevas y diferentes oportunidades, ampliando las capacidades. Los documentos recientes del magisterio de la Iglesia nos dicen que la tecnología debe estar al servicio del ser humano y no sustituirlo ni descartarlo, promoviendo el trabajo digno sin dejar a nadie atrás. El desafío es colectivo: formar, acompañar y generar oportunidades para que vayamos incluyendo a más personas. 

Al mismo tiempo, el mundo atraviesa conflictos bélicos cuyas consecuencias se sienten más allá de las fronteras. Las guerras no solo destruyen vidas y comunidades; también impactan en la economía global, encarecen el costo de vida, afectan el empleo y agravan las desigualdades dejando huellas profundas y duraderas en la economía y en los ámbitos laborales. En contextos como el nuestro, estas repercusiones se traducen en mayor vulnerabilidad para quienes ya estaban en situación frágil y nuevas vulnerabilidades que percibimos a través de la falta de oportunidades. Nos preocupa especialmente cómo estas dinámicas pueden consolidar formas de exclusión profundas y duraderas.

En Uruguay, si bien contamos con derechos laborales establecidos, persisten desafíos significativos: el desempleo y el subempleo, la informalidad, la desigualdad de oportunidades, la situación de los jóvenes que buscan su primer trabajo y las dificultades de quienes han quedado fuera del mercado laboral, las condiciones de trabajo que muchas veces no garantizan estabilidad ni protección suficiente. Todo esto nos interpela como sociedad.

Queremos también visibilizar el trabajo no remunerado, especialmente el que se realiza en el ámbito del cuidado. Miles de personas, en su mayoría mujeres, sostienen la vida cotidiana desde tareas como el cuidado de la familia, hijos, adultos mayores. Revalorizar el cuidado y la gratuidad es clave para una sociedad más justa y humana.

Desde nuestra misión, reafirmamos que el trabajo debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio del trabajo. Por eso, hacemos un llamado a fortalecer una economía que ponga en el centro la dignidad humana, que promueva la inclusión, la solidaridad y la justicia social. Una economía que no descarte, que integre, que genere oportunidades reales.

Queremos destacar y alentar iniciativas que apuestan por la inclusión real. Experiencias de reinserción laboral de personas privadas de libertad o liberadas, impulsadas por empresas comprometidas, son un ejemplo concreto de responsabilidad social y de construcción de oportunidades. Estas acciones muestran que es posible generar caminos de integración cuando existe voluntad de acompañar y confiar y se apuesta por la dignidad de cada persona.

Invitamos a todos los actores sociales —Estado, empresas, organizaciones y ciudadanía— a renovar el compromiso por el trabajo digno en un mundo profundamente vinculado al cuidado de la casa común. Por ello alentamos modelos productivos y laborales que sean sostenibles, cuiden los recursos naturales promoviendo una ecología integral. Apostamos por la formación, por el acompañamiento a quienes más lo necesitan, por políticas públicas que protejan y promuevan el empleo de calidad y por prácticas empresariales y sindicales responsables.  Es el camino para construir un futuro más justo. Cuidar la casa común también es generar condiciones de trabajo que respeten la vida, la salud y el futuro de las próximas generaciones.

En este 1° de mayo, queremos decir con fuerza que el trabajo es esperanza y que esta esperanza se construye juntos, reconociendo la dignidad de cada persona y comprometiéndonos como sociedad.

A san José Obrero, que enseñó a trabajar a Jesús, le pedimos que nos acompañe en este camino e interceda por todo nuestro pueblo.

Los Obispos del Uruguay

1° de mayo de 2026

Palabra de Vida: Conocer y practicar la Palabra. Juan 13,16-20


 

Jueves de la IV semana de Pascua, 30 de abril de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

martes, 28 de abril de 2026

Palabra de Vida: Seremos juzgados por la Palabra. Juan 12,44-50.


 

Miércoles de la IV semana de Pascua, 29 de abril de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

lunes, 27 de abril de 2026

Palabra de Vida: Saber escuchar viviendo la Palabra. Juan 10,22-30.


 

Martes de la IV semana de Pascua, 28 de abril de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina.


 

Nació en 1538 en Castilla, murió en 1606 en el Perú, a los 67 años.
El 10 de diciembre de este año 2026 se cumplirán 300 años de su canonización.
Es el patrono de los Obispos de América Latina.
Imagen: retrato de Santo Toribio, perteneciente a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, Argentina.

domingo, 26 de abril de 2026

El descubrimiento interior del Don de Dios. Mensaje del Papa en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 2026.

El descubrimiento interior del don de Dios

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV PARA LA LXIII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

IV Domingo de Pascua - 26 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes:

Guiados y custodiados por Jesús Resucitado, en el IV domingo de Pascua, llamado “domingo del buen Pastor”, celebramos la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Es un momento de gracia para compartir algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, entendida como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros. Recorramos pues juntos el camino de una vida verdaderamente hermosa, que el Pastor nos muestra.

El camino de la belleza

En el Evangelio de Juan, Jesús se define literalmente el «pastor bello» (ὁ ποιμὴν ὁ καλός) ( Jn 10,11). La expresión hace referencia a un pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: “Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza”. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos “bellos”; su belleza nos transfigura. Como escribe el teólogo Pável Florenski, la ascética no hace al hombre “bueno”, sino al hombre “bello”. [1] El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

Esta comunicación interior de vida, de fe y de sentido fue también la experiencia de san Agustín, el cual, en el libro tercero de las Confesiones, mientras declara y confiesa sus pecados y errores juveniles, reconoce a Dios «más interior que lo más íntimo mío». [2] Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad. Agustín atisba la presencia de Dios en lo más interior de su alma, y eso implica haber comprendido y vivido la importancia del cuidado de la interioridad como espacio de relación con Jesús, como camino para experimentar la belleza y la bondad de Dios en su propia vida.

Dicha relación se construye en la oración y en el silencio y, si se cultiva, nos abre a la posibilidad de acoger y vivir el don de la vocación, que nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente hay que adherir, sino un proyecto de amor y de felicidad. En la pastoral vocacional y en el compromiso siempre nuevo de la evangelización es urgente volver a partir del cuidado de la interioridad.

En este espíritu, invito a todos —familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos— a comprometerse cada vez más a crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo. Recorriendo el camino que Jesús, el Pastor bello, nos indica, aprendemos entonces a conocernos mejor a nosotros mismos y a conocer más de cerca a Dios que nos ha llamado.

Conocimiento mutuo

«El Señor de la vida nos conoce e ilumina nuestro corazón con su mirada de amor». [3] Toda vocación, en efecto, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cf. Mt 10,30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno. Pero este conocimiento debe ser siempre mutuo; estamos llamados a conocer a Dios por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los sacramentos, de la vida de la Iglesia y de la entrega a los hermanos y a las hermanas. Como el joven Samuel que, durante la noche, quizá de manera inesperada, oyó la voz del Señor y aprendió a reconocerla con la ayuda de Elí (cf. 1 Sam 3,1-10), así también nosotros debemos crear espacios de silencio interior para intuir lo que el Señor tiene en su corazón para nuestra felicidad. No se trata de un saber intelectual abstracto o de un conocimiento académico, sino de un encuentro personal que transforma la vida. [4] Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con Él, que nos llama —a pesar del ruido en ocasiones ensordecedor del mundo— y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad.

« Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas – No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad». [5] Una vez más, san Agustín nos recuerda lo importante que es aprender a detenerse y a construir espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo.

Queridos jóvenes, ¡escuchen esa voz! Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (cf. Mt 25,14-30) y clavando en la cruz gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades. Por lo tanto, dediquen tiempo a la adoración eucarística, mediten asiduamente la Palabra de Dios para vivirla cada día, participen activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial. De este modo conocerán al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubrirán cómo entregarse a los demás, en el camino del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado permanente, o en la vida consagrada, religiosa o seglar: toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría. Conocer al Señor significa sobre todo aprender a confiar en Él y en su Providencia, que sobreabunda en toda vocación.

Confianza

Del conocimiento nace la confianza, actitud que es hija de la fe, esencial tanto para acoger la vocación como para perseverar en ella. La vida, en efecto, se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros.

Pensemos en san José, que, a pesar del inesperado misterio de la maternidad de la Virgen, confió en el sueño divino y acogió a María y al Niño con corazón obediente (cf. Mt 1,18-25; 2,13-15). José de Nazaret es un icono de confianza total en el designio de Dios: confió incluso cuando todo a su alrededor parecía ser tiniebla y negatividad, cuando las cosas parecían andar en dirección opuesta a lo previsto. Él se fio y confió, seguro de la bondad y la fidelidad del Señor. «En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su “ fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní». [6]

Como nos ha enseñado el Jubileo de la Esperanza, es necesario cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, sin ceder nunca a la desesperación, superando miedos e incertidumbres, con la certeza de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal. Él no nos abandona en las horas más oscuras, sino que viene a disipar todas nuestras tinieblas con su luz. Y precisamente gracias a la luz y a la fuerza de su Espíritu, también atravesando pruebas y crisis, podemos ver madurar nuestra vocación, reflejar cada vez más la belleza de Aquel que nos ha llamado, una belleza hecha de fidelidad y confianza, a pesar de las heridas y las caídas.

Maduración

La vocación, en efecto, no es una meta estática, sino un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor. Estar con Jesús, dejar actuar al Espíritu Santo en los corazones y en las situaciones de la vida y releer todo a la luz del don recibido significa crecer en la vocación.

Como la vid y los sarmientos (cf. Jn 15,1-8), así toda nuestra existencia debe constituirse como un vínculo fuerte y esencial con el Señor, para convertirse en una respuesta cada vez más plena a su llamada, a través de las pruebas y las podas necesarias. Los “lugares” donde se manifiesta mayormente la voluntad de Dios y se hace experiencia de su amor infinito son a menudo los vínculos auténticos y fraternos que somos capaces de instaurar durante nuestra vida. Qué valioso es tener un buen guía espiritual que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación. Qué importantes son el discernimiento y el seguimiento a la luz del Espíritu Santo, para que una vocación pueda realizarse en toda su belleza.

La vocación, por tanto, no es una posesión inmediata, algo “dado” de una vez por todas; es más bien un camino que se desarrolla análogamente a la vida humana, en el cual el don recibido, además de ser cuidado, debe alimentarse de una relación cotidiana con Dios para poder crecer y dar fruto. «Esto es valioso, porque sitúa toda nuestra vida de cara al Dios que nos ama, y nos permite entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros». [7]

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes, los animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen; de ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo.

Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, los acompañe siempre en este camino.

Vaticano, 16 de marzo de 2026

LEÓN PP. XIV

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[1] «Y de hecho la ascética no está dirigida a formar un hombre “bueno”, sino bello; el rasgo característico de los santos ascetas no es en modo alguno la “bondad”, que se encuentra también en hombres carnales, incluso en pecadores habituales: es la belleza espiritual, la belleza deslumbradora de una persona resplandeciente, portadora de luz. Esta belleza es inaccesible para la inercia del hombre carnal» (P. Florenski, La columna y el fundamento de la verdad, Salamanca 2010, 113).

[2] S. Agustín, Confesiones, III, 6, 11: CSEL 33, 53.

[3] Carta ap. Una fidelidad que genera futuro (8 diciembre 2025), 5.

[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 1.

[5] S. Agustín, De la verdadera religión, XXXIX, 72: CCSL 32, 234.

[6] Francisco, Carta ap. Patris corde (8 diciembre 2020), 3.

[7] Francisco, Exhort. ap. postsin. Christus vivit (25 marzo 2019), 248.


sábado, 25 de abril de 2026

La voz y la puerta. Juan 10,1-10. IV Domingo de Pascua - El Buen Pastor.

Seguimos avanzando en nuestro camino en este tiempo de Pascua y nos encontramos con el Buen Pastor, figura de Jesús que marca cada año este cuarto domingo, que es también la jornada mundial de oración por las vocaciones.

La expresión “buen pastor” está profundamente arraigada y es difícil que la cambiemos, pero es bueno saber que la traducción más exacta sería “el pastor bello”, “el pastor hermoso”. Así lo ha recordado León XIV en su mensaje para esta jornada de oración en el que dedica varios párrafos al camino de la belleza para el encuentro con Dios. Dice el Papa: 

El “pastor bello” (…) hace referencia a un pastor perfecto, auténtico, ejemplar, en cuanto está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, manifestando de ese modo el amor de Dios. Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. (León XIV, Mensaje LXIII jornada de las vocaciones)

En la iconografía cristiana de los primeros tiempos, esa idea del pastor bello aparece reflejada en las pinturas y esculturas que representan de esa forma a Jesús. La imagen es plasmada en una figura joven, ideal. Recordemos que llevó algunos siglos llegar a representar a Jesús crucificado y no fue desde el principio que la imagen de su sufrimiento incorporara verdadero realismo.

Hablar de belleza, sobre todo si nos referimos a una persona, parece algo superficial, trivial… nos hace pensar en maquillajes o en gimnasios; sin embargo, no se trata de la belleza física. En todo caso, la hermosura exterior tiene sentido si es reflejo de una belleza interior, que no se puede apreciar con los ojos ni con criterios estéticos, si no por medio de la contemplación y de la interioridad. El seguimiento fiel de Jesús no solo puede hacernos buenos, sino también “bellos”. Sigue diciendo el Papa León:

El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza. (León XIV, Mensaje LXIII jornada de las vocaciones)

Es interesante recordar la dificultad que sienten los discípulos, hombres y mujeres, para reconocer a Jesús resucitado, a pesar de que sigue llevando en sus manos, sus pies y su costado las marcas de la pasión. No es suficiente la mirada que solo puede ver lo exterior: es necesaria la mirada de la fe.

Tenemos todavía en la memoria el evangelio de la mañana de Pascua, en el que María Magdalena toma a Jesús por el jardinero. 

Digamos, de paso, que esa confusión nos recuerda el jardín del Edén y el hombre colocado allí “para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2,15). Jesús resucitado es el jardinero y el pastor de nuestras almas (Cf. 1 Pedro 2,25).

Pero lo que nos interesa aquí es cómo, finalmente, María reconoce a Jesús: es cuando él la llama por su nombre: “¡María!”. A continuación, la Magdalena recibe la misión de anunciar a los discípulos que Jesús ha resucitado (Juan 20,16-17).

Con esta referencia, nos encontramos con nuestro evangelio de hoy:

(El pastor de las ovejas) llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.» (Juan 10,3-5)

María se sintió llamada por su nombre y reconoció la voz. El evangelio de Juan tiene otros dos momentos en que alguien es llamado por su nombre. El primero, en verdad, es Lázaro, llamado, nada menos, que a salir del sepulcro: 

(Jesús) gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!» (Juan 11,43) 

La otra instancia la encontramos al final del evangelio y es el llamado a Pedro a continuar la misión de Jesús como pastor. Tres veces Jesús se dirige a él, llamándolo por su nombre, Simón, preguntándole si lo ama y encomendándole su rebaño:

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». (Juan 21,17)

Lázaro, María y Simón Pedro reconocen la voz de Jesús y lo siguen. Distinguen esa voz de cualquier otra y siguen al pastor. ¿Hacia dónde? Aquí aparece la otra imagen de este pasaje del evangelio:

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.» (Juan 10,9-10).

Vida en abundancia… esa es la promesa del Pastor bello. Una vida que responda a nuestros anhelos más profundos de felicidad, de plenitud. A esa promesa se contrapone la amenaza de la violencia del “ladrón” que roba, mata y destruye. El comportamiento del pastor es lo opuesto: viene a dar vida y vida en abundancia.

En el evangelio de Mateo, Jesús trae también la imagen de la puerta. 

Es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. (Mateo 7,13)

Jesús nos advierte sobre esas puertas anchas que parecen tan atractivas, pero que no son sino trampas, agujeros que se abren sobre abismos de muerte.

Al contrario, Jesús llama a buscar y reconocer la puerta de la vida:

Entren por la puerta estrecha (…) es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran. (Mateo 7,13-14)

En definitiva, Jesús es la puerta: la puerta estrecha. Por allí se entra renunciando a sí mismo y viviendo el amor desinteresado por los demás. Pero es la puerta que conduce a la vida, a la vida, que es el mismo Jesús.

Primero de mayo: San José Obrero, Día de los Trabajadores.

El próximo viernes es primero de mayo, día de los trabajadores, fiesta de San José Obrero. Como cada año en esta fecha, los obispos saludamos a todas las personas que participan en el mundo del trabajo. 

En estos tiempos de inteligencia artificial, que no deja de ser una oportunidad pero que también amenaza muchos puestos de labor, vale la pena recordar una expresión del papa León XIII en su encíclica Rerum Novarum. Él habla de “una a modo de huella” (RN 7) que la persona deja impresa cuando aplica su habilidad intelectual y sus fuerzas corporales para transformar el mundo. 

Décadas después, san Juan Pablo II tomaría y desarrollaría esa intuición en su encíclica sobre “el trabajo humano” (Laborem Excercens). Creemos que siempre habrá “trabajo humano”. Aunque la máquina pueda aprender y producir con gran perfección, nada puede sustituir totalmente a cada persona humana, completamente única, que viene a este mundo y que está llamada -para bien- a dejar en él su propia huella.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.