martes, 7 de julio de 2026

7 de julio: San Marcos Ji Tianxiang. EL ADICTO AL OPIO QUE LLEGÓ A SER SANTO.

En esta imagen, el santo aparece llevando en su
mano la palma del martirio, mientras pisa la pipa
de fumar opio que queda a su espalda.

Las Guerras del opio en China

China, 1829. El emperador DaoGuang, que gobernó el país entre 1820 y 1850, prohibió la venta y el consumo del opio a causa del número de adictos.

El opio es una mezcla compleja de sustancias que se extrae de las cápsulas de la adormidera, una variedad de amapola, que contiene morfina y otros alcaloides.

Desde el siglo XVIII, el opio llegaba en forma ilegal desde la India Británica. El Reino Unido tenía un gran déficit comercial con China, debido a la alta demanda de té, seda y porcelana chinos, y al escaso interés en China por los productos británicos. Si bien los chinos ya consumían opio, los británicos hicieron crecer el consumo colocando por medio del contrabando grandes cantidades en el mercado, para equilibrar su déficit.

El Emperador no solo prohibió el contrabando sino que implementó medidas para combatir, incautando y destruyendo el opio que se encontrara.

El funcionario encargado de esa lucha y en 1839 llegó a publicar una carta abierta a la reina Victoria pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional y no comerciara con sustancias tóxicas:

Pero existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (...) ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (...) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy graves a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio. (...) Todo opio que se descubra en China se echará en aceite hirviendo y se destruirá. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (...) Lin Hse Tsu. Carta a la reina Victoria. 1839.[

Las medidas del emperador llevaron a un conflicto con el Reino Unido que condujo a las guerras del opio, la primera de 1839 a 1942 y la segunda, en la que Francia se sumó a los británicos, de 1856 a 1860. China fue derrotada y forzada a tolerar el comercio del opio.

Cristianos en China

El cristianismo era -como hoy- una religión muy minoritaria en China, pero tenía un largo arraigo. Los escritos más antiguos que documentan esa presencia datan del siglo VII. En el siglo XVI la llegada de los misioneros jesuitas, con el P. Matteo Ricci, que accedió a la corte del emperador y fue reconocido como un sabio, ganó respetabilidad para esta fe llegada de occidente.

Marcos Ji y su adicción al opio

Poco antes de la primera guerra del opio, en el año 1834, dentro de una familia china cristiana de buena posición económica, nació Marcos Ji Tianxiang. Recibió una buena educación, se casó, formó una familia y estudió medicina, especializándose en cirugía.

Marcos practicaba su fe: tenía sus tiempos de oración, asistía a Misa, se confesaba regularmente y otorgaba ciertos tratamientos gratuitos a sus pacientes pobres. Gozaba de estima, por lo que se le encomendó la administración de los bienes de su pequeña comunidad cristiana. 

A los 40 años contrajo una enfermedad abdominal muy dolorosa, por lo que se recomendó el uso del opio para aliviar el dolor, un tratamiento que terminó por volverse una verdadera adicción. Durante veinte años Intentó desintoxicarse, pero no lo logró, recayendo continuamente. Su confesor le prohibió recibir la comunión mientras siguiera en su consumo. Marcos continuó su lucha, sin dejar de asistir a Misa y dedicando tiempos fuertes a la oración. Sintiendo que no podría liberarse de la droga, se convenció de que solo el martirio podría llevarlo a la vida eterna. Tras muchos años de constante lucha y asidua participación en la comunidad, pudo recibir de nuevo los sacramentos.

La rebelión de los Bóxers

En el año 1898 estalló en China la rebelión de los “Bóxers”. Recordando humillaciones como las sufridas en las guerras del opio y otras intervenciones e injerencias, los rebeldes se oponían a la creciente presencia extranjera, lo que incluía a los misioneros y, por extensión, a los chinos que hubieran abrazado la fe cristiana. 

El martirio de Marcos y su familia

El 7 de julio de 1900 los Bóxers llegaron a la aldea donde vivía Marcos. Él y su familia (hijos, nueras y nietos, unas 13 personas se ocultaron durante un tiempo, pero finalmente fueron descubiertos y arrestados.

Los Bóxers le exigieron renunciar a su fe católica. Sus conocidos y los pacientes que había beneficiado con su profesión de médico, le rogaron que lo hiciera para obtener el perdón de los Bóxers y que no los dañaran ni a él ni a su familia. Marcos y los suyos se negaron a renegar de su fe y a entregar las medallas y escapularios que llevaban.

Condenada a muerte toda la familia, Marcos rogó a los rebeldes ser el último al que le quitaran la vida. De esa forma pudo orar y animar a su familia a morir como mártires y no tener que morir solos. Mientras esperaba su turno, entonó letanías a la Virgen María y finalmente fue decapitado aquel 7 de julio del año 1900. Así redimió con su vida su imposible rehabilitación de su adicción al opio.  

Beatificación y canonización

La causa de beatificación de Marcos Ji Tianxiang, fue incluida en el grupo llamado San León Ignacio Mangin, sacerdote jesuita francés, misionero en China y compañeros. El reconocimiento de su martirio fue hecho el 22 de febrero de 1955. Fue beatificado el 17 de abril del mismo año por el Papa Pío XII entre un total de 120 mártires chinos. Los 120 beatos mártires, incluidos Marcos Ji y su familia, fueron canonizados por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 2000.

La homilía de san Juan Pablo II en la canonización

En su homilía, san Juan Pablo II destacó los testimonios de algunos de los 120 mártires: 

La jovencita Ana Wang, de 14 años, resiste a las amenazas de su verdugo, que la invita a apostatar, y, disponiéndose a la decapitación, con el rostro radiante, declara:  "La puerta del cielo está abierta a todos", y susurra tres veces "Jesús". El joven Chi Zhuzi, de 18 años, grita impávido a quienes le acaban de cortar el brazo derecho y se preparan para desollarlo vivo:  "Cada pedazo de mi carne y cada gota de mi sangre os repetirán que soy cristiano".

Igual convicción y alegría testimoniaron los otros 85 chinos, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que, con la entrega de su vida, sellaron su fidelidad indefectible a Cristo y a la Iglesia. Esto sucedió en el arco de varios siglos y en épocas complejas y difíciles de la historia de China. Esta celebración no es el momento oportuno para formular juicios sobre aquellos períodos históricos:  podrá y deberá hacerse en otra circunstancia. Hoy, con esta solemne proclamación de santidad, la Iglesia quiere solamente reconocer que aquellos mártires son un ejemplo de valentía y coherencia para todos nosotros y honran al noble pueblo chino.

En esta multitud de mártires brillan también 33 misioneros y misioneras, que dejaron su tierra y trataron de introducirse en la realidad china, asumiendo con amor sus características, con el deseo de anunciar a Cristo y servir a ese pueblo. Sus tumbas están allá, como un signo de su pertenencia definitiva a China, que ellos, aun con sus límites humanos, amaron sinceramente, gastando por ella sus energías. "Nunca hemos hecho mal a nadie -responde el obispo Francisco Fogolla al gobernador que se dispone a herirlo con su espada-. Al contrario, hemos hecho el bien a muchos". Dios envía felicidad.

Palabra de Vida. Pedir al Señor que envíe vocaciones. Mateo 9,32-38.


 

7 de julio de 2026, martes de la XIV semana durante el año.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.

domingo, 5 de julio de 2026

«Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado» (Mateo 9,18-26)


 

Lunes de la XIV semana durante el año, 6 de julio de 2026.
Breve comentario al evangelio de hoy, del P. Luigi Maria Epicopo (Nella Parola)

sábado, 4 de julio de 2026

VENGAN A MÍ, CARGUEN MI YUGO, APRENDAN DE MÍ (Mateo 11, 25-30). Domingo XIV durante el año.

Gravedad es una palabra que tiene al menos dos grandes significados, que tienen cierta relación entre ellos. Por un lado, está la fuerza de la gravedad, la fuerza que ejercen sobre los objetos los planetas, como la tierra, tirándolos hacia su centro. El peso de un objeto tiene que ver con esa fuerza, regida por la ley de la gravedad. Por otro lado, hablamos de la gravedad de una situación o de una enfermedad y allí asociamos grave con “malo”, con la amenaza de muerte o pérdida de un órgano o de funciones vitales. Recuerdo, cuando era niño, que leí la vida de un santo que sintió su vocación siendo un jovencito. En un momento dado, le dice a sus padres que quiere hablar con ellos. Los padres reaccionan preocupados y le preguntan “¿es algo grave?”. Me llamó la atención la respuesta: “grave, sí, pero no malo”. Es decir, no se trataba de algo malo, sino de algo muy bueno; pero algo muy serio, muy importante. Algo que uno ha comenzado a llevar sobre los hombros. Algo que tiene peso. Una carga. Pero… ¿qué clase de carga? Grave, sí, pero bueno.

El evangelio de hoy, que habla de aflicción, agobio, carga, me recuerda otro pasaje de Mateo donde Jesús denuncia a aquellos que:

Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. (Mateo 23,4)

Es que la vida tiene ya su propia “gravedad”, su “pesadumbre”. A cada persona le toca asumir ese peso. A veces se puede ayudar tomando las cosas más a la ligera, livianamente, con un poco de alegría y buen humor; pero, en el fondo, cada persona tiene que buscar la fortaleza que permita soportar, resistir ante esa pesadumbre, esa gravedad de la vida. 

En contraste con aquellos maestros que colocaban aún más cargas, y más pesadas, sobre los hombros de sus discípulos, Jesús llama a ir a su encuentro con una promesa esperanzadora:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. (Mateo 11,28)

Este pasaje del evangelio está asociado a la fiesta del Corazón de Jesús, el Sagrado Corazón. Ir a Jesús es ir allí, donde está el centro de su vida, donde se juega su amor y su obediencia al Padre y su entrega “por nosotros y por nuestra salvación”. A veces, cuando yo mismo me siento cansado, afligido y agobiado, recuerdo que en mi cruz llevo el corazón de Jesús y hago el gesto de tocarlo, pidiendo salir de ese agobio, descansar en Jesús y reencontrar allí la alegría del Evangelio, la alegría de la salvación.

“Vengan a mí”; vengan, es la primera invitación que nos hace Jesús. Y viene la segunda:

“Carguen sobre ustedes mi yugo (…) Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mateo 11,29-30)

Parece una contradicción: nos quita una carga y nos pone otra. ¿Qué significa el yugo de Jesús? El yugo es el instrumento de madera que une por el cuello a dos bueyes para que puedan arar en yunta. Todavía se pueden ver en algún campo de Canelones. Estar bajo el yugo de alguien es estar bajo su dominio. Pero aceptar el yugo que propone Jesús supone liberarse de otros yugos que esclavizan, que nos dominan y nos destruyen. Cargar con el yugo suave y liviano de Jesús es descubrir una ley que no oprime ni se vuelve pesada carga, sino que libera el corazón para hacerlo más capaz de amar.

Vengan, carguen… y ahora llega la tercera invitación:

Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. (Mateo 11,29)

Jesús nos invita a aprender de Él y nos propone un modelo: su corazón humilde y paciente y nos promete que encontraremos alivio en él.

Es tradicional en la Iglesia la petición “Señor, haz nuestro corazón semejante al tuyo”. Para que esto se haga realidad en nuestra vida, podemos recordar esta exhortación de san Pablo:

Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. (Filipenses 2,5)

No se trata de una sensiblería. En el corazón de Jesús están presentes todos los sentimientos humanos (¡incluso los de enojo, como podemos apreciar en algunos pasajes del Evangelio!). Tener entre nosotros los mismos sentimientos de Cristo no es un sentimentalismo. Jesús no niega la realidad de los sentimientos de su corazón; no los reprime, pero tampoco les da la última palabra, no se deja gobernar por ellos, sino que trabajando sobre ellos los lleva a su perfección y por eso se hace modelo para nosotros, maestro del que podemos aprender.

Cuando san Pablo nos propone aprender de los sentimientos de Jesús, nos describe su sentimiento más profundo, el que lo lleva a su entrega total:

(…) se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz. (Filipenses 2,7-8)

Se anonadó, se humilló, aceptó dar su vida en la cruz… esa es la forma en que Jesús muestra hasta dónde llegó en Él el ser “paciente y humilde de corazón”. Pero no nos olvidemos que la entrega en la cruz es la culminación de toda una vida de entrega. Cada gesto de Jesús -en el cual se manifiesta la misericordia de Dios- está anticipando su entrega en la cruz. Cada gesto de Jesús es una entrega de amor, que un día se hará total en su corazón traspasado.

El evangelio nos trasmite las palabras y las obras de Jesús. El evangelio según san Mateo, que estamos leyendo en los domingos de este año, es típico en eso. Mateo alterna capítulos de enseñanzas y capítulos de acciones. Vivir nuestra fe significa hacer nuestra la enseñanza de Jesús. La Iglesia nos enseña y comunica sus criterios, ayudándonos a hacer nuestro el pensamiento de Jesús, a pensar como Jesús.

El pensamiento orienta la acción. Hacer nuestro su pensamiento, nos lleva a actuar como Jesús, porque no alcanza con pensar bien; hay que actuar bien: poner en práctica su Palabra.

Pensar y actuar bien es importante, pero hay algo más. El evangelio nos presenta también, no siempre de forma tan evidente, los sentimientos de Jesús. El evangelio nos abre su corazón. En el buscar día a día conocer más a Jesús, unirnos más a Él, llegaremos a tener sus mismos sentimientos. Los sentimientos de Cristo forman el corazón cristiano, para que podamos pensar, actuar y sentir como Jesús.

En esta semana

El lunes 6 recordamos a Santa María Goretti, que hizo suyos los sentimientos de Jesús en el perdón a quién le quitó la vida, un perdón que no cayó en vano, sino que llevó a aquel hombre a la conversión.

El martes 7, entre muchos otros santos, la Iglesia recuerda a uno muy poco conocido: san Marcos Ji Tianxiang, mártir. Un cristiano chino que, sin embargo, no lograba librarse del yugo de su adicción al opio, por lo que se le prohibió recibir la comunión. Sin embargo, se mantuvo en la oración, pidiendo a Dios morir santamente y fue así que, en medio de la persecución, recibió la corona del martirio, en el año 1900.

El sábado 11 tenemos la fiesta de San Benito Abad. En nuestra diócesis hubo monjes benedictinos en el antiguo monasterio de La Pascua, hoy centro de espiritualidad; pero seguimos teniendo hermanas benedictinas. Precisamente este año se celebra el cincuentenario de la Congregación Benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur a la que ellas pertenecen. El día de san Benito tendremos la Misa a las 16:30 en su monasterio.

El Domingo 12, anticipando el día -ya que, en realidad es el 13- se celebrará la fiesta patronal en la capilla Rosa Mística, en Camino de los Horneros.

Gracias amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 2 de julio de 2026

Santo Tomás Apóstol: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Juan 20,24-29)


Palabra de Vida. Viernes 3 de julio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.

Palabra de Vida: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mateo 9,1-8)


Jueves de la XIII semana durante el año, 2 de julio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.

miércoles, 1 de julio de 2026

Palabra de Vida: “Busquen el bien y no el mal, para que tengan vida” (Amós 5,14-15.21-24)


 

Miércoles de la XIII semana durante el año, 1 de julio de 2026. 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.

martes, 30 de junio de 2026

Palabra de Vida: “¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!” (Mateo 8,23-27)


 

Martes de la XIII semana durante el año, 30 de junio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.

lunes, 29 de junio de 2026

29 de Junio - San Pedro y San Pablo: ATAR Y DESATAR.


 

"Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo." (Mateo 10,7-8).

jueves, 25 de junio de 2026

"El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. (Mateo 10,37-42). Domingo XIII durante el año.

El evangelio de hoy nos lleva desde esta palabra tan fuerte que hemos tomado como título, hasta algo tan sencillo como dar un vaso de agua, comenzando por algunas exigencias que pueden sonarnos incluso más duras que las de la cruz:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. (Mateo 10,37)

Jesús no dice que los hijos no deben amar a sus padres, ni los padres amar a sus hijos. No se trata de eso. El problema está cuando los dos amores entran en conflicto, cuando dentro de la familia alguien no acepta que su padre o su hijo crea en Jesús y lo siga; y presiona para que el creyente abandone su fe, incluso amenazando o realizando un rechazo total. Jesús no pide a sus discípulos que olvide o dejen totalmente de lado su familia natural, sino todo lo contrario. El mandamiento del amor abarca a todas las personas y no hay nadie más cercano -y por lo tanto, más prójimo- que aquellos con los que compartimos nuestro hogar. Pero Jesús propone el ingreso en una nueva familia. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Jesús mismo vivió esa situación de conflicto. Hubo en su propia familia quienes no lo comprendieron, como atestigua el evangelio de Marcos:

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». (Marcos 3,20-21)

Cuando le avisan a Jesús que su familia vino a buscarlo, él responde, mirando a los que estaban sentados alrededor de él:

«Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». (Marcos 3,34-35)

Ésa es la nueva familia. El amor por la familia natural no debe ser impedimento para ingresar en la nueva familia. Tampoco el hecho de entrar en la familia de Jesús debe significar la ruptura con los propios. Jesús no ha formado una secta que se apodera de las personas y les hace cortar todos sus vínculos, para encerrarlos en un estrecho círculo. Sin embargo, los primeros cristianos vivieron, en tiempos de persecución, aquello que Jesús dijo:

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. (Mateo 10,21)

Esa división de la familia por motivo de la fe; más aún, la persecución de parte de la propia familia hacia el que sigue a Jesús, es parte de esa cruz que Jesús llama a llevar. En nuestros tiempos, el rechazo no suele ser tan drástico, pero se expresa en indiferencia, burlas, cuestionamientos, reproches. Ser digno de Jesús -como él mismo nos pide- significa ponerlo primero en nuestro amor, ponerlo en el centro de nuestra vida; pero no como una insignia o un adorno que intenta engrandecernos a nosotros mismos, sino buscando de corazón poner en práctica su Palabra, con la fortaleza y la luz que nos da el Espíritu Santo. El vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo y en Él las demás relaciones, las de familia y amistad, encuentran su sentido.

En ese marco, Jesús da también una palabra de consuelo. Sí, habla de una cruz que hay que cargar; sí, habla de “perder la vida”; pero también nos anuncia:

“… el que pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mateo 10,39)

De todos estos anuncios inquietantes que hablan de rechazo, de cruz, de perder la vida -pero también de encontrar la vida en Jesús- pasamos al final del discurso misionero, que habla de aquellos que reciben a los enviados de Jesús.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió. (Mateo 10,40) 

Hermosa secuencia: ustedes, yo, el Padre. Jesús está hablando a los discípulos, enviándolos en misión. Ustedes, que han decidido tomar su cruz y seguirme, van llevando mi presencia; yo voy con ustedes; por eso, quien los recibe, me recibe a mí y recibe al Padre. 

Jesús pone una gran confianza en nosotros; nos considera dignos de él. “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí”… es estremecedor pensar eso. No podemos traicionar esa presencia. El misionero no se lleva a sí mismo, no se anuncia a sí mismo: lleva y anuncia a Jesucristo.

A continuación Jesús agrega algo que nos lleva a la primera lectura, del segundo libro de los reyes, en la que se cuenta como una mujer y su esposo alojaron al profeta Eliseo e hicieron lo necesario para que él tuviera todas las comodidades que podían ofrecerle.

Eliseo intercede por ellos, que no podían tener hijos y les anuncia que dentro de un año volverá y el niño habrá nacido. En el evangelio, tal vez recordando textos como ése, Jesús anuncia:

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. (Mateo 10,41)

Aquellos esposos de la primera lectura reconocieron a Eliseo como “hombre de Dios”. Al recibir al profeta, al recibir al justo, se está recibiendo su mensaje y al colaborar con él, al alojarlo, se da apoyo a la misión; se es parte de la misión.

No se trata de hacer obras extraordinarias. Se trata de atender a las personas en su realidad, en su fragilidad, en sus necesidades cotidianas más sencillas:

Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa». (Mateo 10,42)

Cuando yo era un joven sacerdote, iba desde Fray Bentos a Nuevo Berlín a celebrar Misa el domingo por la mañana. Había allí una señora llamada Blanca que siempre me decía: “después de la Misa venga por casa, que un vaso de agua va a encontrar”… y me esperaba con un churrasco, papas y un huevo frito.

Los pequeños de los que habla aquí Jesús, son sus discípulos. Puede llamarnos la atención esa manera de calificarlos. Para nosotros, ellos son hoy “los apóstoles”, grandes santos… ¡mañana celebramos nada menos que San Pedro y San Pablo! Nosotros podemos verlos grandes, enormes, pero Jesús supo ver su ser de “pequeños” y ellos también llegaron a reconocerse así ante Jesús.

Un pequeño gesto hacia los pequeños que tienen la misión de anunciar el Reino de Dios; así se entra en la historia de la salvación, en la que Dios se ha valido no solo de grandes emprendimientos, sino también de esos gestos sencillos, como dar un vaso de agua al enviado de Jesús.

En esta semana

Sábado 27 y domingo 28, se realiza la colecta del óbolo de San Pedro, que permite al Santo Padre hacer algunas intervenciones caritativas en los lugares más necesitados del mundo.

Lunes 29: celebramos a san Pedro y san Pablo, las dos grandes columnas de la Iglesia.

Viernes 3, celebramos a santo Tomás, apóstol y recordamos el nacimiento de nuestro beato Jacinto Vera, en 1813.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.