jueves, 16 de agosto de 2018

Alimentarse de la Palabra y de la Carne de Jesús (Juan 6, 51-59)





La asimilación es un proceso biológico por el cual cuando un ser vivo se alimenta, transforma lo que ha comido en parte de sus células, en parte de sí mismo. Esto es lo que hace que, por ejemplo, aunque comamos muchas zanahorias, no nos transformemos en zanahorias; más bien, esa rica raíz que comemos se transforma dentro de nuestro cuerpo y pasa a ser parte de lo que somos.
Lo mismo sucede con cualquier alimento o bebida: cuando comemos o bebemos, se hacen parte de nosotros, sin cambiar básicamente lo que somos.

También hay una asimilación psicológica, que hace parte del proceso de aprendizaje: es la forma en que incorporamos nueva información o nuevas experiencias, reinterpretándolas para que se adapten o se encuadren en la información que ya poseíamos. Sucede que tenemos nuestra manera de interpretar las cosas… como suele decirse “todo se ve según el color del cristal con que se mira”. Aunque también puede haber algo que cambie nuestra manera de ver, que sacuda todo lo que hasta ahora hemos tenido por cierto, que provoque “un cambio de mentalidad” y le dé un giro grande a nuestra vida.

En el evangelio de hoy, Jesús habla de una comida y una bebida que tiene un efecto diferente al de los demás alimentos; más aún, produce el efecto contrario: que al comer y beber seamos transformados en lo que comemos… pero ¿qué es realmente lo que Él nos ofrece para que suceda eso?

Jesús está hablando ante la gente reunida en la sinagoga de Cafarnaúm, junto al mar de Galilea. Se ha presentado diciendo “Yo soy el pan bajado del Cielo”, lo que ha hecho que la gente murmure… muchos conocían a Jesús, conocían a su familia… ¿cómo es que dice que ha bajado del Cielo?

Ahora Jesús va a hacer que sus oyentes murmuren de nuevo, porque agrega: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan   vivirá eternamente”.

Sus oyentes no han entendido todavía qué quiere decir Jesús con que Él es el pan. Tal vez lo han tomado como otras afirmaciones de Jesús: «Yo soy el buen pastor... Yo soy la puerta de las ovejas... Yo soy la vid verdadera» (Jn 10,7.11; 15,1). Todos saben que Jesús es carpintero, no pastor; y, por supuesto, tampoco es una puerta ni una vid. Jesús ha usado algunas comparaciones para explicar su relación con nosotros. Cuando Jesús dice que él es el Pan, podemos entender que tenemos necesidad de él, tal como necesitamos el pan material.

Más aún, podemos entender que Su Palabra es para nuestra alma como el Pan. Su Palabra nos alimenta. Hay toda una parte de la Misa en la que escuchamos la Palabra de Jesús. Incluso, muchas veces se le llama “la Mesa de la Palabra”, porque nos alimentamos con esa Palabra. Cuando la escuchamos, cuando la hacemos nuestra, cuando la ponemos en práctica, cambia nuestra mentalidad, crecemos espiritualmente.

San Pablo, que trasmitió la Palabra de Jesús, también usó esa comparación: Palabra - alimento. Él mismo dice que fue entregando el evangelio de a poco, tal como se va alimentando un niño. A los Corintios les dice:
“Yo les di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo” (1 Corintios 3,2).
Eso es verdad y es bueno que todos lo tengamos presente: cuando escuchamos la Palabra de Jesús, nos encontramos con Él, lo escuchamos a Él. Su Palabra nos alimenta y nos hace crecer en la fe.

Jesús nos lleva más lejos cuando nos dice que Él es el Pan de Vida, que tenemos que comer su carne para tener vida eterna.
Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre
y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna,
y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él.
La Eucaristía es el gran signo de Jesús. Allí está presente, allí se da a nosotros. En esa forma tan simple, tan frágil… pero cuando lo recibimos con fe, es ese alimento el que nos asimila a nosotros: Jesús, Pan de Vida, nos va haciendo semejantes a Él.

Quienes lo recibimos habitualmente, tenemos que volver siempre a considerar lo que estamos recibiendo y lo que significa. Quienes desean recibirlo y por distintas razones no pueden hacerlo, pueden unirse a toda la comunidad en la adoración del Santísimo Sacramento. Quienes no lo conocen, o no lo entienden, o aún no creen que Él esté allí, están siempre invitados a conocerlo.

Pero el encuentro con Jesús Pan de Vida empieza por escuchar su Palabra. Decía así San Jerónimo, en una enseñanza que la Iglesia sigue presentando a todos:
«La carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida; éste es el verdadero bien que se nos da en la vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no sólo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida» (S. Jerónimo, Commentarius in Ecclesiasten, 3: PL 23, 1092 A)
En su Palabra, Jesús habla a todos, ofrece alimento, sigue ofreciéndose Él mismo como comida verdadera. Por eso, no es extraño que Benedicto XVI dijera que
“Alimentarse con la palabra de Dios es (…) la tarea primera y fundamental”. 
Y él mismo retoma otras palabras de san Jerónimo:
"El que no conoce las Escrituras no conoce la fuerza de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24, 17). (Inauguración de la XII asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Basílica de San Pablo extramuros, Domingo 5 de octubre de 2008)

jueves, 9 de agosto de 2018

Vida eterna, comunión y fraternidad (Juan 6,41-51)







A lo largo de la vida nos vamos encontrando con toda clase de personas. Sólo algunas de ellas dejan huellas en nosotros, huellas que nos acompañarán por el resto de los años que nos toquen vivir. A veces, más que huellas son cicatrices o, peor, heridas aún abiertas, porque nos han lastimado… pero no quiero ir por ahí. Al contrario, pienso en esas personas muy especiales, por las que uno se sentía atraído… ¿qué había en ellas? Recuerdo a la señora Nilda, una vieja profesora jubilada, que falleció hace tiempo. Cuando estabas con ella, ella te escuchaba y te sentías comprendido. Te iba haciendo algunas preguntas y, de repente, te escuchabas vos mismo diciéndole cosas que nunca habías sacado de adentro… y te dabas cuenta que eso… era lo mejor de vos mismo. Salías de ese encuentro con ganas de ser más bueno, de hacer mejor tu trabajo de cada día, confortado y agradecido.
….
Mucha gente se sentía atraída por Jesús. Algunos buscaban sus milagros: una respuesta inmediata, un alivio a sus sufrimientos. Otros lo buscaban como maestro, deseosos de sabiduría. Veían en él un hombre de Dios, un profeta que con sus palabras y sus gestos les hablaba de Dios de una manera nueva y los hacía sentir diferentes…
….
Pero, por momentos, Jesús también los desconcertaba. Desconcertaba porque daba a entender algo que no era fácil de ser entendido. ¿Quién era realmente Jesús?
Así comienza el evangelio que escuchamos este domingo:
Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo?"»

La gente que está escuchando a Jesús murmura al oír sus palabras… Jesús está diciendo que él viene de Dios a traer un alimento que da vida eterna y que ese alimento es él mismo. Esto es demasiado. Muchas de esas personas conocen a Jesús desde hace tiempo. Conocen a su familia. No es alguien que apareció de pronto. Lo han visto crecer. ¿Cómo pueden creer en lo que Jesús está diciendo? ¿Cómo creer que ha bajado del Cielo? ¿Cómo creer que puede darles vida eterna?
Más aún… ¿cómo podemos creerlo nosotros, dos mil años después? ¿Cómo creer que en ese hombre, Jesús de Nazaret, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios?

No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió;
La gente ha seguido a Jesús porque se ha sentido atraída por él y por todo lo que dice y hace; pero sigue todavía pensando que lo conoce bien, que sabe cuál es su verdadera identidad. Pero Jesús les hace ver algo muy importante: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”.

Lo que Jesús está planteando es un salto muy grande… es pasar de creer y confiar en Jesús en la misma forma que confiamos y creemos en una buena persona, como mi vieja profesora, a creer en Él como Hijo de Dios, “bajado del Cielo” que promete nada menos que “la vida eterna” desde ahora y para siempre.

Jesús explica que nadie puede dar ese paso de creer en Él de esa forma, si el Padre no lo atrae. Es Dios mismo quien produce la atracción que nos lleva hacia Jesús y nos hace posible creer en Él como Hijo de Dios, como enviado del Padre. Es el don de la fe, don de Dios, que necesita también nuestra respuesta, nuestro sí.
….
Escuchar la voz de Dios, dejarnos enseñar por el Padre, creer en Jesús como su Hijo, tener FE en Jesús, nos abre a una perspectiva nueva: la vida eterna.
“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día.”
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

A toda aquella gente que buscaba a Jesús para que sanara a sus enfermos, consolara sus tristezas, para que les diera alimento, Jesús les pide mirar mucho más lejos que el horizonte de esta vida y descubrir que están llamados a vivir en Dios, a compartir la eternidad de Dios.

Seguir a Jesús, creer en Él, es tener vida eterna desde ahora. Es llevar esa vida de Dios en nosotros. Es la vida de comunión que une al Padre con el Hijo. La muerte no pone fin a esa vida:
Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.
Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera.
El Pan de Vida nos libera de la muerte. Es la carne de Jesús, su cuerpo, que sufrirá la muerte en la cruz, lo que nos da la vida. La encarnación, Dios que se hace hombre, es una gran paradoja: Dios se hace mortal y va a la muerte en su Hijo Jesús, para que nosotros, en Él, encontremos la vida y lleguemos a ser Hijos de Dios.

 “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre.  (…) se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado.” (Gaudium et Spes, 22)
Comulgar en la carne de Jesús, comer su cuerpo, no debe separarnos de los demás. Los cristianos no estamos llamados a ser fariseos, que significa “separados”. Entre todas las grietas y fracturas que separan y dividen a los pueblos, a los vecinos, a las familias de este tiempo, es bueno que recordemos que nuestra común-unión con Jesús nos une, nos hermana, con todos los hombres y mujeres de cualquier raza, lengua, pueblo, nación… y aún religión. Nos hace descubrir que toda la humanidad está llamada a ser familia de Dios y no podemos mirar a nadie como extraño o extranjero.

El beato Charles de Foucauld, muerto en Argelia en 1916, se sintió especialmente llamado a vivir esa fraternidad. En 1902 escribía:
"Deseo acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a considerarme su hermano, su hermano universal".

(Años después, el papa Pablo VI, en la Encíclica Populorum progressio retoma esa expresión: «Basta recordar el ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de ser llamado, por su caridad, el "Hermano universal"» (n. 12). )

Alimentándonos con su Palabra, alimentándonos con su Cuerpo, Jesús nos invita a que nos hagamos hermanos de todos. Más aún, nos da la fuerza de su amor para que podamos también nosotros vivir y crecer en esa fraternidad después de cada encuentro con Jesús.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Mons. Julio Bonino. El Cerro, el Verbo y el Pastor


Hace un año Mons. Julio Bonino partía a la Casa del Padre. Quiero recordarlo con lo que escribí en aquel momento y que vuelvo a compartir.
+ Heriberto

El Cerro, el Verbo y el Pastor

Mons. Julio César Bonino Bonino, Obispo de Tacuarembó, falleció el 8 de agosto. Ha partido un Pastor: padre, hermano y amigo.

En la sala de la casa de Mons. Julio estuvo durante mucho una pintura (sobre cuero, si mal no recuerdo) que representa el cerro Batoví. Al pie del cerro, estaba escrito su lema episcopal: “El Verbo se hizo carne” (1).

Cuando cruzo por Tacuarembó, moviéndome entre mis dos querencias, la del Litoral de mis orígenes y la de la frontera Este de mi presente, siempre que puedo, me desvío unos kilómetros, sobre todo cuando voy con alguien, para contemplar el Batoví.

No somos un país de grandes alturas, pero allí están nuestros cerros, invitándonos a levantar la mirada y a elevar nuestra vida. Nos invitan a trabajar y a pedir de Dios el don para poder realizar la ascensión humana, pasando cada día de “condiciones menos humanas a condiciones más humanas”, hasta alcanzar “la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" (2). Pienso hoy en todas las inquietudes e iniciativas de Julio en favor del desarrollo integral de los departamentos de su Diócesis.

A Abraham, el Padre de los creyentes, Dios se le manifestó como El Sadday, nombre que puede traducirse como “el  Dios de las montañas” o “el Dios de las alturas” (3).

En un momento de desolación como el que estamos viviendo con la partida del Pastor, aunque tengamos el consuelo la Esperanza, brotan desde nuestro corazón las palabras del salmista:

“Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?”

“El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (4) responde de inmediato el mismo salmo. Aquí reencontramos el lema de Julio: “el Verbo se hizo carne”. El Señor ha enviado su auxilio. Más aún, ha venido Él mismo a socorrernos. El Verbo se hizo carne y armó su carpa entre nosotros. La tienda del nómade, como la de Abraham, pronta a ser desarmada y enrollada para seguir la marcha. La casa de ese peregrino que es cada uno de nosotros en esta tierra.

El Verbo se hizo carne, es decir, asumió nuestra condición humana –en todo, menos en el pecado– para que por su muerte y resurrección se realice lo que nos dice San Pablo: “sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos” (5).

La muerte de toda persona querida nos pone ante el misterio final de nuestra existencia. La muerte del Pastor nos pone ante la incertidumbre, nos abre a los interrogantes sobre lo que vendrá… no sobre quién vendrá, sino sobre el peregrinar del Pueblo de Dios en Tacuarembó y Rivera.

Allí está la oscuridad, la noche oscura del alma que experimentó el mismo Abraham en lo alto del cerro, al caer el sol, en la presencia de El Sadday (6).  El alma se sobresalta, se inquieta, se interroga… y entonces se manifiesta el Verbo “luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (7).

Bajo esa luz, damos gracias por la vida y el testimonio de Julio: el testimonio de su pastoreo, de su acompañamiento, de sus sueños; de su amistad, de su ternura, de sus lágrimas “soy muy llorón, decía” en las que transparentaba todas sus grandes emociones, mucho más que sus tristezas; de sus historias de vida, sus anécdotas llenas de color, de sus gestos… de su amor por la gente, por la tierra, por las raíces de esta cultura del norte uruguayo al que fue enviado este santaluceño que en Tacuarembó y Rivera encontró dos pagos que lo hicieron suyo. Ahora que nos ha dejado, rogamos por él, para que concluya su peregrinación y esté ya en la morada definitiva, en la Casa del Padre.

+ Heriberto, Obispo de Melo

1)  Juan 1,14
2)  Pablo VI, Populorum Progressio, 20-21.
3)  Génesis 17:1 Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto.
Génesis 35:11 Díjole Dios: «Yo soy El Sadday. Sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, una asamblea de pueblos tomará origen de ti y saldrán reyes de tus entrañas.
4)  Salmo 120,1-2.
5)  2 Corintios 5,1
6)  Génesis 15:12 Y sucedió que estando ya el sol para ponerse, cayó sobre Abram un sopor, y de pronto le invadió un gran sobresalto.
7)  Juan 1,9

viernes, 3 de agosto de 2018

Hambre de pan y hambre de Dios (Juan 6,24-35)







En los años 70 se oía a menudo hablar del hambre en el mundo… Biafra, Bangladesh y otras situaciones de pobreza extrema fueron motivo de movilizaciones, campañas, conciertos benéficos…
Más de 40 años después, el tema no aparece tan frecuentemente, pero no porque esté resuelto. La FAO nos dice que ha habido avances, pero también retrocesos. En 2016 el número de personas aquejadas de subalimentación crónica en el mundo llegó a 815 millones, repuntando después de años de paulatino descenso. Las zonas más afectadas se ubican en el África al sur del Sahara, el Asia sudoriental y el Asia occidental. Pesan mucho las situaciones de conflicto, las sequías e inundaciones.

Muchas de estas personas hambrientas emplean la totalidad de su jornada en conseguir lo necesario para comer ese día, incluyendo el agua potable y la leña para cocinar.

Al mismo tiempo, aumentan las tasas de sobrepeso y obesidad. En 2016, 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso. Paradojas de nuestro mundo de hoy…

El evangelio que escuchamos el domingo pasado nos presentó el relato de la multiplicación de los panes y los peces. El milagro dejó entusiasmada a la multitud, que quedó saciada. Todos veían a Jesús como un profeta, un enviado de Dios, con un gran poder y querían hacerlo rey. Al darse cuenta de lo que pretendían, Jesús se retiró. La gente siguió buscándolo. El evangelio de este domingo comienza cuando lo encuentran.
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos,
sino porque han comido pan hasta saciarse.
“Ustedes me buscan porque han comido hasta saciarse”, dice Jesús. Pensando en la situación de hambre en el mundo y pensando en nuestra propia necesidad de alimentarnos cada día, comprendemos lo que movía a aquella gente, porque el pan -el alimento- es esencial para mantener nuestra vida en este mundo y para eso, en primer lugar, se trabaja o se busca trabajo. Para llevar el pan a la mesa.

¿Qué es, entonces, lo que les reprocha Jesús? Jesús les reprocha el no ver más allá, no tener interés más que en saciarse de bienes terrenos. Jesús tiene para ofrecer los dones de Dios: el amor, la misericordia, la reconciliación, la paz; la vida en plenitud desde aquí y para la eternidad. ¿Cómo ayudarles a descubrir eso? Jesús sigue hablándoles:
Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello».
El pan que Jesús multiplicó es perecedero. No puede trasmitir una vida que no tiene. Quien lo come, en su momento, también perece, muere. Por eso Jesús llama a trabajar por el alimento “que permanece hasta la vida eterna”. “Trabajen” por ese pan, dice Jesús; pero también dice que Él es quien les dará ese pan. Ningún esfuerzo humano, puede alcanzar el Pan de Vida eterna.

Pero si Jesús dará ese Pan de Vida Eterna ¿cuál es el trabajo? Eso mismo pregunta la gente:
«¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió:
«La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado».
“Que ustedes crean”. La fe en Cristo es la base de todo. La fe es un don de Dios, es su obra; pero el trabajo del hombre es aceptar el don, abrirse a la fe.

Aquel que cree, no necesita ver milagros; a quien no cree, los milagros no le alcanzan. Sin embargo, la gente pide a Jesús “signos”, es decir, milagros, y recuerdan un signo del pasado:
«¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura:
"Les dio de comer el pan bajado del cielo"»
Jesús responde:
«Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo;
mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo».
Al oír esto, la gente hace una petición:
«Señor, danos siempre de ese pan»
Esa petición permite a Jesús manifestar que Él mismo es el Pan de Vida:
«Yo soy el pan de Vida.
El que viene a mí jamás tendrá hambre;
el que cree en mí jamás tendrá sed».
El pan es esencial para la vida. Seguiremos buscando ganarlo cada día con nuestro trabajo, sin olvidar que hay hambre en el mundo… atentos y solidarios con quienes no tienen qué comer, para que no pase lo que ya denunciaba San Pablo:
Cuando ustedes se reúnen en común, eso ya no es comer la cena del Señor, porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga.
(1 Corintios 11,20-21)
Pero cuando se trata de la Vida Eterna, sólo Jesús es esencial. Por eso es que también nosotros pedimos «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús, Pan de Vida Eterna es el alimento que sacia nuestra hambre y sed de Dios y de la felicidad eterna que sólo Él concede.

Concluimos con la letra de una canción litúrgica:
La montaña se colma de gente / cinco mil a Jesús lo seguían.
Él reparte los panes y peces / que un muchacho gustoso ofrecía.
Le dio gracias al Padre del Cielo / y después que ya todos comieron,
les pidió que recojan las sobras / doce cestos repletos trajeron.
Jesucristo es el Pan de la Vida / que conforta al hombre en su historia:
proclamemos al mundo sin miedo / quien comparte, reparte y le sobra.

sábado, 28 de julio de 2018

P. Miguel Hutchings (9.10.1963 – 1.8.2017)


El próximo miércoles 1 de agosto se cumplirá un año de la partida del P. Miguel Hutchings a la Casa del Padre. Se ha programado una Misa en la Parroquia San José Obrero para ese día, a las 18 horas. Será presidida por Mons. César Balbín, Obispo de Caldas, que se encuentra de visita en Melo. Yo no podré estar en esa celebración, ya que estaré en Montevideo, en reunión de la Conferencia Episcopal, tal como sucedió el día del fallecimiento del P. Miguel.
Queda aquí esta reseña de la vida de este querido sacerdote que ya publiqué el año pasado.
Bendiciones,

+ Heriberto, Obispo de Melo




Cuando yo estaba por venir a Melo, recién nombrado Obispo, Mons. Luis Del Castillo me hizo una rápida semblanza de la Diócesis. Al hablarme del clero, mencionó el nombre del P. Michael Hutchings, nacido en Inglaterra. Con ese nombre y con ese dato yo me hice la idea de un hombre alto, rubio y de ojos celestes… Poco después de llegar, me encontraba yo cenando en la parroquia del Carmen, cuando alguien dijo “llegó Miguel”. Entró al comedor un hombre bajito, moreno, con rasgos asiáticos, vestido de negro, con clergyman… “¿Quién es éste…?” me pregunté. Cuando oí su particular acento, me di cuenta de que Miguel era Michael, el sacerdote inglés.

Ahí descubrí que Michael tenía raíces profundas que venían de la India. Un pueblo con una tradición religiosa milenaria y muy plural, donde también la fe cristiana llegó, según la tradición, desde el comienzo de la predicación apostólica, por medio del apóstol Santo Tomás. También esas raíces se reflejaban en otros detalles de su vida, desde las cosas que le gustaba comer (el curry) o los colores y decorados de su parroquia.

Pero, aún con esas raíces espirituales profundas, Michael venía de Inglaterra. Nació allí el 9 de octubre de 1963 y fue bautizado con el nombre de Miguel, por el arcángel San Miguel. Miguel significa “¿Quién como Dios?”, un nombre que nos recuerda que Dios está por sobre todas las cosas. Miguel es el arcángel que encabeza la lucha de los ángeles contra los demonios: “se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos” (Apocalipsis 12,7-8). Nuestro Padre Miguel sintió la cercanía de su santo patrono en su propia lucha contra el misterio del mal, buscando su ayuda para sanar las heridas más profundas del alma.

Miguel era un católico inglés. Como dijo una vez George Weigel, autor de una extensa biografía de Juan Pablo II, “los católicos somos como los helados: hay de distintos sabores”. Un católico inglés no deja de ser un católico con un sabor especial… es heredero de una larga tradición de santos que alcanzaron allí la santidad o que proyectaron su fe y su misión más allá de la isla. Muchos fueron mártires en tiempos de división de la Iglesia. Hay algunas decenas de ellos, muchos totalmente desconocidos para nosotros, pero recordemos algunos:
San Beda el Venerable (+ 735), de una de cuyas homilías tomo su lema el Papa Francisco.
San Anselmo de Canterbory (+ 1109) benedictino, nacido en Italia, gran filósofo y teólogo.
Santo Tomas Becket (+ 1170) obispo y mártir.
San Simón Stock (+ 1265) general de los carmelitas, que recibió en una visión el escapulario de la Virgen del Carmen.
Santo Tomás Moro (+ 1535) laico y mártir y John Fisher (+ 1535) obispo y mártir.

Viviendo en ese mundo donde ser católico es pertenecer a una minoría y en algunas épocas significó ser considerado como ciudadano de segunda categoría, un católico inglés como Miguel acentuaba aquellos aspectos que son propios de la fe católica, sin olvidar que es ante todo fe cristiana.

Creía profundamente en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Rezaba y recomendaba  rezar de rodillas ante el sagrario.
Creía en la Gracia que conllevan los Sacramentos, que Cristo nos dejó para que nos encontráramos con Él y distribuía generosamente el agua del bautismo.
Veneraba a los santos y a su Reina, la Madre del Señor. Su ordenación sacerdotal fue el 8 de noviembre de 2008, fiesta de Nuestra Señora de los Treinta y Tres. Jugó con el nombre de Melo, tomando la M para decir María y agregando luego “Eterna Luz Oriental”, con el deseo de que ella fuera para todos los que vivimos en esta ciudad “capitana y guía”, “estrella del mar”, como la Virgen del Carmen, luz que nos guíe en el viaje de nuestra vida.
Guardaba con cariño las reliquias de santos y beatos (“en Londres tengo todavía reliquias como para una basílica”, decía). Las ponía también a disposición de los demás cuando era necesario y en más de un altar de nuestras iglesias están presentes. Tenía especial devoción por algunos, como Santa Faustina Kowalska y a San Pío de Pietrelcina, pero no dejaba de sorprendernos un día sí y otro también con la evocación de algunos desconocidos para nosotros.
Estaba interesado por el proceso de beatificación y canonización de Mons. Jacinto Vera, el primer Obispo del Uruguay y compartía el deseo de los católicos uruguayos de que un día tuviéramos en los altares a este pastor misionero y santo.

Alguien me ha recordado que tenía una voz maravillosa. Maravillosa y, como suele decirse, cultivada. Sabía cantar muy bellamente.

No era fácil entender a Miguel cuando hablaba. Ya habíamos tenido la experiencia con el P. Thomas, (sacerdote escocés que estuvo más de 25 años en nuestra diócesis y que está ahora en su tierra). El primer contacto de Miguel con una lengua latina había sido con el italiano, cuando estudiaba en Roma, y le quedó mucho de la lengua del Dante. Por ejemplo, no decía "bautismo" sino battesimo. En los verbos en infinitivo, agregaba una "e": celebrare, en vez de "celebrar"... Una vez le dije “Tú hablas un italiano castellanizado con acento inglés”. Él tomó mis palabras con su habitual buen humor. Se rio y me dijo that’s right, correcto.

Santo Tomás Moro, que he mencionado antes, fue un santo con un marcado sentido del humor. Él pedía a Dios “la gracia de no dejar de entender un chiste” y proclamaba “bienaventurados a los que saben reírse de sí mismos porque nunca tendrán ocasión de aburrirse”.

Miguel tenía ese toque de humor; esa capacidad de reírse de sí mismo y ese humor inglés con el que prohibía a sus feligresas mayores morirse mientras él estuviera de vacaciones. Dos horas antes de su fallecimiento me envió un mensaje, su último mensaje, con ese tono tan suyo… “Hola Monseñor. Estoy en el Americano. Tengo un infarto. Hmm, qué linda vacación. Obvio no voy al aeropuerto”.

No, no fue al aeropuerto, pero levantó un vuelo más alto. No se fue de vacaciones. O sí: encontró las vacaciones más maravillosas. Se fue a descansar en la Casa del Padre, contemplando para siempre el rostro luminoso del resucitado, el rostro que él supo ver en cada Hostia consagrada.

Miguel me contó de cuando estuvo solo en Aceguá, parroquia en la frontera con Brasil, supliendo al P.  Thomas. Visitó casa por casa la gente, ofreciendo con sencillez la pobreza de no poder expresarse en la lengua con que lo recibían. Pero como dijo una vez Mons. Cáceres, hablando de Thomas, hay algo en ellos que hace posible entenderlos en un nivel más profundo, hablan el lenguaje de la amistad.

No es por otra cosa que el 2 de agosto, en la Misa de cuerpo presente que precedió a su entierro, la Catedral de Melo estuvo completamente llena: porque encontramos en el Padre Miguel alguien que vivió con integridad y entrega el amor a Dios y el amor al prójimo.

Allí estuvieron quienes lo fueron a buscar y lo encontraron, los que recibieron paz y consuelo, los que recibieron el agua del bautismo, los que recibimos –porque yo también me confesé con él- la absolución de nuestros pecados, en fin… todos los que encontramos en él alguien profundamente querible, que nos hacía sentir la cercanía de Dios.

Unidos, todos rezamos para que Miguel estuviera ya en la feliz compañía del Señor, de su Madre y de sus queridos santos. Todos esperamos que nos recuerde allí, que interceda por nosotros, mientras aquí lo seguiremos recordando.
+ Heriberto, Obispo de Melo

miércoles, 25 de julio de 2018

Cinco panes y dos peces (Juan 6,1-15). El testimonio del Cardenal Van Thuan







En abril de 1975 Vietnam del Norte invadió Vietnam del Sur, poniendo fin a una guerra que llevaba veinte años.

El 15 de agosto de ese año, el Obispo coadjutor de Saigón, Francisco Javier Nguyen Van Thuan fue arrestado. Así inició un cautiverio que duraría trece años.

Aislado de su rebaño, el pastor tomó una decisión: no viviría esperando la hora de la liberación; por el contrario, procuraría vivir cada momento presente. Más aún, procuraría vivirlo con amor.

Tomando el ejemplo de San Pablo, que desde la prisión escribió a sus comunidades, Van Thuan comenzó -con todas las dificultades imaginables- a escribir cartas a sus diocesanos. Estos mensajes llegaron a formar tres libros que tienen en sus títulos, con algunas variantes, la frase “el camino de la esperanza”.

El Obispo fue liberado en 1988, aunque quedó bajo arresto domiciliario. En 1991 el gobierno vietnamita le permitió viajar a Roma, pero no lo autorizó a regresar a su país.

En 1994 san Juan Pablo II lo nombró presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y en 2001 lo creó Cardenal.

En 1996, mirando a la preparación al Jubileo del Año 2000, el Papa le pidió que escribiera algunas meditaciones para jóvenes. En febrero del año siguiente, Monseñor Van Thuan presentó su libro “Cinco Panes y Dos Peces”.

El título de ese libro nos remite especialmente al evangelio que escuchamos este domingo. La multiplicación de los panes y los peces, tomada del evangelio según san Juan.

No hay ningún episodio en los evangelios que esté contado tantas veces. No sólo está presente en los cuatro evangelios, sino que Marcos y Mateo nos cuentan una segunda multiplicación, de modo que tenemos seis relatos de este episodio.

Cuando comparamos los relatos en los distintos evangelios, no es difícil darnos cuenta de que algunos detalles son diferentes. Allí aparece la intención del evangelista que quiere mostrarnos un aspecto en especial.

En los relatos que nos ofrecen Mateo, Marcos y Lucas, Jesús pregunta a los discípulos cuántos panes tienen. Cuando leemos el relato del cuarto evangelio, nos damos cuenta de que Juan marca una diferencia.
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe:
«¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»
Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.
Felipe le respondió:
«Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Efectivamente, los recursos eran muy escasos: un niño que ofrece lo que tenía para su almuerzo. El pan de cebada era el pan de los pobres, más barato que el pan de trigo. Ese tipo de pan aparece también en la primera lectura de este domingo, tomada del segundo libro de los Reyes, donde el profeta Eliseo alimenta a cien hombres con solo veinte panes de cebada.

Únicamente Juan coloca a este niño en su relato. No sólo tiene poca cosa que ofrecer, sino que es apenas un niño… un candidato tan improbable como el jovencito David para enfrentar al terrible gigante Goliat. ¿Qué habría pasado si el niño hubiera pensado “y con esto qué hacemos” y se lo hubiera guardado? Pero el Evangelio suele subrayar el valor escondido en lo poco y lo pequeño… la minúscula semilla de mostaza de la que sale un gran arbusto, la medida de levadura que fermenta toda la masa… las dos pequeñas monedas que dona la viuda, el vaso de agua que alguien ofrece al discípulo de Jesús. Por otra parte, la parábola de los talentos nos hace ver también la peligrosa tentación del que ha recibido un solo talento y lo guarda, en lugar de hacerlo producir, tal vez por pensar que le había tocado poco.

Pero el niño no piensa nada de esto. Deja todo en manos de Jesús y hace posible que Jesús actúe:
Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
En los otros evangelios, Jesús hace repartir el alimento por sus discípulos; aquí es él mismo quien lo entrega. El evangelista Juan quiere así resaltar todo lo que Jesús hizo a partir de lo que el niño le ofreció: sus cinco panes y dos peces.

¿Y qué sucedió con el Obispo Van Thuan? ¿Cuáles fueron los cinco panes y dos peces de los que habla su libro?

En su prisión, Monseñor Van Thuan quiso seguir sirviendo a su pueblo. Así supo encontrar sus cinco panes y dos peces, para ponerlos a disposición de Jesús, en favor de su gente.
En forma muy resumida, estos son:

Primer Pan: vivir el momento presente.
“Aprovecho las ocasiones que se presentan cada día para realizar acciones ordinarias de forma extraordinaria”.
Segundo Pan: distinguir entre Dios y las obras de Dios.
“Me has confiado una misión que no se asemeja a ninguna otra, pero con los mismos objetivos de las demás: ser tu apóstol y testigo”.
Tercer Pan: un punto firme, la oración.
“Breves oraciones, unidas una a otra, forman una vida de oración”.
Cuarto Pan: mi única fuerza, la eucaristía.
“Antes celebraba con patena y cáliz dorados: ahora tu sangre está en la palma de mi mano”.
Quinto Pan: amar hasta la unidad es el testamento de Jesús.
“Amar a los otros como Jesús me ha amado, en el perdón, en la misericordia, hasta la unidad”
Primer Pez: María Inmaculada, mi primer amor.
“Para sentirme unido a Jesús y a todos los hombres, mis hermanos, quiero llamarte Madre nuestra”.
Segundo Pez: elegir a Jesús.
“¿Qué recompensa quieres? Solo a ti, Señor”.
“Quiero ser el muchacho que ofreció todo lo que tenía. Casi nada: cinco panes y dos peces, pero era todo lo que tenía para ser instrumento del amor de Jesús”.


martes, 24 de julio de 2018

El Papa Francisco nombró Obispo de Salto y Obispo Auxiliar de Montevideo

El Papa Francisco nombró hoy Obispo de Salto al Pbro. Fernando Miguel Gil, de 65 años de edad, uruguayo que ejerció hasta el momento su ministerio sacerdotal en la Diócesis de Merlo-Moreno, Argentina. Nombró, asimismo, Obispo Auxiliar de Montevideo al Pbro. Pablo Alfonso Jourdán Alvariza, de 54 años de edad, doctor en Medicina, ordenado sacerdote hace 22 años, perteneciente al clero de la Diócesis de Minas.
El anuncio de estas designaciones fue dado a conocer este martes 24 de julio por la Santa Sede, a las 12 horas de Roma (7 horas de Uruguay). En nuestro país la noticia fue difundida por la Nunciatura Apostólica a través de la Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal del Uruguay.
Con estos nombramientos, el episcopado uruguayo queda conformado por 10 obispos titulares, tres obispos auxiliares (dos en Montevideo y uno en Canelones) y siete obispos eméritos (uno de Montevideo, uno de Canelones, uno de Florida, uno de Maldonado, uno de Salto y dos de Melo que residen fuera de la Diócesis).

OBISPO DE SALTO

El Pbro. Fernando Gil Eisner, nombrado Obispo de Salto, nació en Montevideo el 8 de mayo de 1953 y está radicado en Argentina desde 1966. En 1976 comenzó sus estudios de Filosofía y Teología y el 25 de marzo de 1983 fue ordenado sacerdote en la Diócesis de Morón, en el gran Buenos Aires. En 1986 obtuvo la licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA) y en 1989 el grado de Doctor en Historia de la Teología, por la Universidad Gregoriana de Roma.
Ejerció los primeros años de su ministerio como Vicario de la Parroquia San José de Moreno, que en ese momento abarcaba las actuales Parroquias de María Madre de Dios, María Auxiliadora y San José. Fue en distintos momentos, Administrador Parroquial de esas Parroquias, Párroco de Ntra. Sra. del Rosario de Fátima en Merlo y, actualmente, es Párroco de la Parroquia María Auxiliadora en el mismo Moreno.
En la Diócesis de Merlo-Moreno prestó su servicio como asesor diocesano de catequesis, director del Seminario Catequístico ̈San Juan Diego”, miembro del Consejo Presbiteral, del Colegio de Consultores y del Equipo Diocesano de formación permanente. Es miembro y asesor del movimiento de espiritualidad “Soledad Mariana” desde sus orígenes (1976) hasta la actualidad. Recientemente fue nombrado director espiritual del Seminario de Morón.
A la par de sus tareas pastorales, ejerce la docencia en el Departamento de Historia de la Iglesia de la Facultad de Teología de la UCA y desde 2003 es Director de la Biblioteca de la Facultad de Teología de la misma Universidad. En 2008 fue nombrado vicedecano de la Facultad de Teología quedando luego a cargo del decanato entre 2009 y 2011.
Entre 1986 y 2007 fue director del Instituto San José del Seminario de Morón (afiliado a la UCA). Ha sido profesor también en el Instituto Teológico Franciscano Fray Luis Bolaños (Buenos Aires),1993-2009; en el Instituto San Juan María Vianney del Seminario de Mercedes, 1992-1997; en el Instituto Superior de Estudios Teológicos Cristo Buen Pastor de los Salesianos, 2000-2002, y en el CEBITEPAL, CELAM, Bogotá, 2016-2018.
Es miembro del Comité de Historia de la Comisión Arquidiocesana de Cultura, de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, del Instituto de Historia del Derecho Canónico Indiano perteneciente a la Facultad de Derecho Canónico de la UCA y del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades.
Ha publicado regularmente obras relacionadas con la Historia de la Iglesia y la Historia de la Teología.
La Diócesis de Salto fue creada en el año 1897 por el Papa León XIII. Comprende los departamentos de Artigas, Salto, Paysandú y Río Negro. Alberga en total unos 367.000 habitantes. Mons. Gil Eisner será su sexto obispo.

OBISPO AUXILIAR DE MONTEVIDEO

El Pbro. Pablo Jourdán Alvariza, nombrado Obispo Titular de Medianas Zabuniorum y Auxiliar de la Arquidiócesis de Montevideo, nació el 23 de enero de 1964, en Montevideo. Recibió la ordenación sacerdotal el 5 de noviembre de 1995. Pertenece al presbiterio de la Diócesis de Minas. Desde enero de 2014 es Párroco de la Parroquia San Carlos Borromeo en la localidad de José Pedro Varela (Lavalleja).
Es Doctor en Medicina por la Universidad de la República. Obtuvo el grado de Bachiller en Teología en la Facultad de Teología del Uruguay Mons. Mariano Soler, y el de Licenciado en Moral y Espiritualidad en la Universidad de Navarra.
Fue Párroco en la Parroquia San Nicolás de Bari en Batlle y Ordoñez. Hace 10 años que es Responsable de la Pastoral Bíblica de la Diócesis de Minas y por tres periodos desempeñó el cargo de secretario ejecutivo de la Comisión de Animación Bíblica de la Pastoral de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Desde febrero de 2013 participa en los cursos de actualización organizados por el CEBITEPAL (CELAM), en Bogotá.
Ordenación Episcopal
El Pbro. Jourdán será ordenado Obispo en la Catedral Metropolitana de Montevideo el Domingo 30 de septiembre de 2018, por el Cardenal Daniel Sturla.

jueves, 19 de julio de 2018

Ante la dramática y dolorosa crisis social y política en Nicaragua. Mensaje del CELAM

CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO
PRESIDENCIA

MENSAJE A LOS OBISPOS DE NICARAGUA

“Consuelen, consuelen a mi pueblo” Isaías 40,1
Los Obispos de América Latina y El Caribe, como servidores del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo, expresamos nuestra cercanía y solidaridad con el pueblo Nicaragüense y con sus pastores profetas de justicia, ante la dramática y dolorosa crisis social y política que allí se vive actualmente.
“He visto cómo sufre mi pueblo” Éxodo 3,7
Ante esta grave situación, estamos llamados a ser la voz de quien no tiene voz, para hacer valer sus derechos, encontrar caminos de diálogo e instaurar la justicia y la paz, “para que en Cristo, todos tengan vida” (cfr. Documento de Aparecida 4); de modo especial, quienes se sienten desconsolados por la muerte y la violencia. Les alentamos a seguir siendo defensores de los derechos humanos y portadores de la esperanza.
“No te dejes vencer por el mal.
Al contrario, vence con el bien el mal” Romanos 12,21
Les invitamos también a no cerrar los oídos ante el clamor y sufrimiento de nuestros pueblos y a continuar siendo los líderes valerosos por medio de los cuales Dios se hace presente y guía la historia de su pueblo.

El próximo domingo 22 de julio, es nuestro deseo y pedimos en todas nuestras celebraciones, en todas las comunidades creyentes de todos nuestros países, se eleve una oración especial por el Pueblo de Nicaragua.

¡Que la Inmaculada Concepción de María nos devuelva la paz y la alegría!

En nombre del Episcopado de América Latina y El Caribe

† Card. Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia
Presidente del CELAM

† Juan Espinoza Jiménez, Obispo Auxiliar de Morelia, México
Secretario General del CELAM

miércoles, 18 de julio de 2018

Aprender y descansar con Jesús (Marcos 6,30-34)







Errar es humano. Es nuestro límite. No lo sabemos todo. Pero lo bueno es que siempre podemos aprender y, muchas veces, es para eso que sirven los errores. Probamos de una forma, ensayamos de otra, hasta que encontramos la manera más satisfactoria. Puede pasar, incluso, que algunas cosas que siempre funcionaron bien, en algún momento ya no sean adecuadas y tengamos que revisarlas y cambiarlas.

Jesús formó un grupo de discípulos “para estar con él” dice el evangelio de Marcos y “para enviarlos a predicar”. Como discípulos están en permanente aprendizaje.

El evangelio de este domingo nos condensa momentos importantes de ese aprendizaje.
Empieza contándonos que los discípulos volvieron de una misión a la que Jesús los había enviado. Una práctica, podríamos decir. Así lo cuenta san Marcos:
“Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.”
Le cuentan a Jesús lo que han hecho. La práctica tiene muchas situaciones imprevistas. Han tenido que desenvolverse, que tomar decisiones. Posiblemente en algunas cosas les ha ido bien, en otras no… contar lo que hicieron permite repensar, decantar, reflexionar. Sólo de esa forma lo vivido se transforma realmente en una experiencia útil.

También le cuentan a Jesús lo que habían enseñado. Uno podría preguntarse porqué le cuentan también eso… ¿acaso no han repetido las enseñanzas de Jesús? Seguramente sí, pero, allí también es importante confrontar con Jesús la forma en que enseñaron. El encuentro con otras personas, con sus preguntas o dificultades para entender lo que se anuncia, hace descubrir aspectos nuevos. Entonces, viene la duda ¿habré explicado bien esto o habré cambiado el sentido del mensaje?

El apóstol Pablo, que no formó parte del grupo de los Doce, a partir de su encuentro con Jesucristo comenzó a predicar el Evangelio. Tres años después de su conversión sintió la necesidad de encontrarse con aquellos que habían caminado junto a Jesús, para ver si lo suyo iba bien rumbeado. Así lo cuenta en su carta a los Gálatas:
«subí a Jerusalén para conocer a Cefas [o sea, a Pedro] y permanecí quince días en su compañía» (Gal 1,18).
Pasó más tiempo y volvió a sentir esa necesidad:
«al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén... y les expuse el Evangelio que proclamo entre los paganos... para saber si corría o había corrido en vano» (Gal 2,1.2).
Humildad de Pablo… necesidad de confrontar con los otros, de ver si lo que está haciendo va en la dirección correcta.

La primera enseñanza de Jesús que encontramos en este pasaje del Evangelio va por ese lado. No cortarse solo. Trabajar en equipo. Referirse a los responsables de las comunidades.

Una segunda enseñanza aparece enseguida, en la invitación de Jesús a ir a un lugar desierto, para descansar un poco. Quienes se dedican a trabajar intensamente con personas que tienen muchas necesidades… médicos, psicólogos, educadores, sacerdotes, corren el riesgo de vaciarse interiormente, algo que en inglés se llama burn out y se traduce como el “síndrome del quemado”. Esto lo sufre una persona que se ha consumido por dentro, que se ha agotado, que no encuentra fuerzas ni motivación para seguir.
Jesús les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.
Jesús lleva a sus discípulos a descansar, para que la vida de ellos se equilibre, las fuerzas físicas se repongan; pero, sobre todo para que mantengan sus fuerzas espirituales, a partir del encuentro en soledad y en silencio con el mismo Jesús. Ese llamado sigue siendo válido y diríamos, aún más válido y necesario hoy, entre tantas cosas que dispersan y fatigan. Encontrarse con Jesús en la oración, en los sacramentos, estar con Él.
Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
El descanso que propone Jesús a los discípulos se frustra. La gente descubre dónde van y cuando ellos llegan, ya los están esperando. Jesús contempla esa multitud y, lejos de manifestar la más mínima molestia, siente compasión. El evangelio nos describe con una frase la situación que Jesús ve: “estaban como ovejas sin pastor”. A pesar de su necesidad y la de sus discípulos de descanso, Jesús se puso a enseñar a la multitud. Y lo hizo largo rato.

Es posible que la gente esperara otra cosa: sanaciones, milagros… pero Jesús se puso a enseñarles. Son ovejas sin pastor, han perdido el rumbo. La enseñanza de Jesús reorienta, da sentido a la vida. Gracias a esa enseñanza las personas dan un rumbo a su vida y dejan de estar como ovejas que no tienen pastor.


miércoles, 11 de julio de 2018

Con bastón y de sandalias (Marcos 6,7-13)







Recuerdo una de las primeras veces en que me tocó hacer un mandado. Mi madre estaba preparando un postre y faltaba un ingrediente. Uno de mis hermanos y yo estábamos ahí. Nos llamó y nos envió al almacén de Don Teófilo: “traigan un poco de vino seco”. Como yo soy el mayor, me dio la plata y una botellita en la que cabría más o menos el contenido de un vaso. Yo marché, con esa incomodidad de quien no sabe exactamente qué es lo que va a buscar “vino ¿seco?” pero no hubo ningún problema. Me entregaron lo que pedí, pagué lo que me cobraron y regresamos. Misión cumplida.

En el evangelio que leemos este domingo, vemos a Jesús enviando a sus discípulos en misión. Una misión bastante más compleja que un mandadito… Dice así San Marcos:
Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.
Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.
Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».
Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
Un texto breve, pero cada detalle importa. Veamos.

Jesús llamó a los Doce. La palabra “vocación” significa “llamado”. La primera vez que se menciona a los Doce en el evangelio de Marcos está en el capítulo 3. Se nos dice que Jesús “llamó a los que él quiso”, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (3,14-15). Desde el principio, entonces, Jesús tiene la intención de enviar a sus discípulos “a predicar”, es decir, a llevar el mensaje que él está comunicando con sus palabras y sus acciones. Ahora estamos en el capítulo 6 y los discípulos ya han vivido algunas experiencias junto a Jesús: ha llegado el momento para su primera misión.

“Los envió de dos en dos”. De dos en dos, porque dos testigos son más creíbles que uno solo, porque los compañeros se animan y fortalecen uno al otro y porque ir con otro crea una responsabilidad. Es menos probable abandonar la misión o aún caer en tentaciones peores.

Les dio poder “sobre los espíritus impuros”. Ese es uno de los objetivos de la misión, continuar esa actividad de Jesús; pero la misión también incluye “predicar, exhortando a la conversión” y “curar a los enfermos”. Notemos que Jesús no da poder sobre las personas. Jesús ofrece un mundo más sano, liberado de las fuerzas malignas que esclavizan y deshumanizan al ser humano. Sus discípulos llevarán su fuerza sanadora, para actuar en nombre de Jesús, humanizando la vida y aliviando los sufrimientos.

Para el camino no deben llevar más que un bastón, un par de sandalias y una sola túnica. Jesús los quiere caminantes, ligeros de equipaje. Son instrucciones parecidas a las que Dios da a los israelitas cuando comen el cordero pascual, prontos a salir a la libertad: comer, con los pies ya calzados y el bastón de peregrino en la mano (Éxodo 12,11).

Tampoco tienen que llevar pan, provisiones ni dinero. No tienen que ir preocupados por su seguridad. Igual que los israelitas que se internan en el desierto tras ser liberados de la esclavitud de Egipto, tienen que ir confiados en la Providencia de Dios que hará que no les falte nada. No pensemos que el Maestro los envía a pasar mal; Jesús no llevaba una vida ascética como la del Bautista; iba a las comidas y fiestas donde se le invitaba. No pretende que sus discípulos pasen necesidades, sino que hagan un acto de fe saliendo de esa manera, “a la buena de Dios”, nunca mejor dicho.

“Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.” En otro evangelio, Jesús agrega “no anden de casa en casa”. La idea es que acepten buenamente lo que recibieron de entrada, aunque después encuentren un lugar mejor y que no estén preocupados por mayor o menor comodidad.

“Si no los reciben … al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies”. Es una respuesta a los que han rechazado el anuncio. Es una manera de decir “lo hemos intentado, ustedes no han querido escucharnos, es su decisión; ya no es nuestra responsabilidad”.

Contemplando a esos primeros misioneros, quienes continuamos la misión hoy, dos mil años después, podemos hacernos preguntas sobre nuestros medios… edificios, vehículos, aparatos… ¿pueden ser una ayuda para la misión? Sí, claro… pero, por otra parte, ¿pueden esas cosas convertirse en fines en sí mismas, que nos distraigan de la misión? ¡también! La Iglesia existe para evangelizar, para anunciar el evangelio. Tenemos siempre que preguntarnos cómo estamos usando los medios que tenemos para esa misión.

Y algo aún más importante… en última instancia, el acercar a alguien a Cristo, el encuentro con Él y la adhesión a una comunidad y a la Iglesia, pasan por el contacto personal, por el encuentro entre las personas, por la experiencia y el testimonio comunicados y compartidos de corazón a corazón. Y esos momentos, donde Dios actúa con su Gracia, no se pueden obtener sino a través de personas que gratuita y sencillamente comparten su vida de fe con los demás.