Sigue avanzando la Cuaresma, nuestro camino hacia la Pascua. Aunque en muchos lugares la Misa del Domingo de Ramos es la más concurrida, la celebración más importante de Semana Santa es la Vigilia Pascual, en la noche del Sábado Santo al Domingo de Pascua: en ella celebramos el hecho central de nuestra fe: la Resurrección de Cristo. Es también el momento más apropiado para celebrar, de una sola vez, los tres Sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Los signos de la luz y del agua, así como las lecturas, nos preparan y orientan para ello; pero, se celebren o no esos sacramentos, los ya bautizados renovamos en esa noche nuestras promesas de Bautismo. Ese rito, tan sencillo, se carga de profundo significado cuando lo vivimos con plena conciencia, renunciando a todo lo que puja por apartarnos de Dios y proclamando nuestra fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, dando de esa manera nuestro Sí a Jesucristo; el sí de toda nuestra vida.
El domingo pasado, el episodio de la samaritana nos ayudó a contemplar el agua viva que Jesús ofrece: el don del Espíritu y la vida nueva de Dios.
Ahora, en el capítulo 9 del evangelio según san Juan, nos encontraremos
con el agua; pero también con la luz, a propósito de la curación del ciego de
nacimiento. Este milagro ocurre por iniciativa de Jesús.
[Jesús] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.» (Juan 9,7)
El agua de Siloé surgía de un manantial situado en lo alto y llegaba a la piscina a través de un túnel de más de 500 metros. Era “agua enviada” desde arriba. Por eso, el evangelista Juan hace de esa agua un signo; un signo del Enviado del Cielo, Jesucristo.
Siloé era especialmente importante durante la fiesta de las
chozas, una gran fiesta relacionada con las cosechas. El sumo sacerdote recogía
agua de la piscina para llevarla en procesión hasta el templo, donde la vertía
sobre el altar, invocando al Señor para que enviara la lluvia a los sembrados.
En el marco de esta fiesta, Jesús hace un anuncio:
El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: "De su seno brotarán manantiales de agua viva". Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. (Juan 7,37-39)
La fiesta de las chozas incluía otro rito importante, relacionado con la luz. En ese contexto, Jesús manifiesta:
«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida». (Juan 8,12)
En los evangelios hay otras curaciones de ciegos. Ellos mismos u otras personas piden a Jesús que puedan recuperar la vista que han perdido y esto sucede en presencia de Jesús.
La curación del ciego de nacimiento es diferente: es por iniciativa de Jesús y no por el pedido del ciego o de otras personas. Tampoco se trata de recuperar la vista: es un ciego de nacimiento. Y aquí surge un primer mensaje: nacemos ciegos, espiritualmente ciegos. Nuestra naturaleza biológica nos lleva a buscar la realización personal en los bienes de este mundo y desde el principio nos vemos envueltos en conflictos, a veces sangrientos, por la posesión de lo material, convencidos de que solo así se realizará nuestra existencia. Cuando no vemos más allá de las cosas, estamos caminando en la oscuridad.
Tenemos necesidad de ser iluminados para comprender a qué
estamos llamados, qué es lo que estamos llamados a ser. Jesús es esa luz que sale
al encuentro de nuestra ceguera, de nuestro caminar en tinieblas. La luz de
cada vela encendida en la Vigilia Pascual, con el templo aún en penumbras, es
la luz de Cristo que cada bautizado ha recibido. Al comienzo de su evangelio,
Juan presenta así al Verbo encarnado:
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. (Juan 1,9)
A diferencia de las otras curaciones, hay un proceso para que el ciego de nacimiento pueda ver por primera vez. Jesús escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego. Pero todavía no llegaría la luz; antes, debía lavarse con “el agua del enviado” en la piscina de Siloé.
¿Por qué barro y no solo saliva como hizo con
otro ciego en el relato de Marcos? (Marcos 8,23). El Génesis nos cuenta que
“Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de
vida” (Génesis 2,7). Aquí, el Hijo de Dios hecho hombre, que ha tomado nuestro
barro, repite el gesto creador de Dios. Amasa el barro con su saliva; lo hace
“su” barro; es Él mismo quien se pone en los ojos del ciego para que le llegue
la luz. Así, como dice san Pablo,
El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. (2 Corintios 5,17)
Pero los ojos no se abren todavía. El ciego debe ir a lavarse en Siloé. Ese gesto, trabajoso, porque aún no ve, será la respuesta de fe del ciego, la aceptación del don que se le ha ofrecido, el don del agua viva, el don del Espíritu.
Después de lavarse, el que había sido ciego comienza a ver;
pero Jesús ya no está a su lado. Sin embargo, ha encontrado la luz que lo
seguirá guiando. Mucho la necesitará, porque ahora se encontrará con quienes
permanecen sin ver y se enfrentará con los que no quieren ver, obstinadamente
ciegos; pero su camino de iluminación seguirá avanzando, hasta el encuentro y
el diálogo con Jesús, que le pregunta:
«¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él. (Juan 9,35-38)
Los vecinos y los padres del que había sido ciego permanecen
en la ceguera espiritual. No comprenden lo que ha pasado y expresan dudas y
temores. En cambio, los fariseos, aunque se preguntan cómo es posible que un
presunto pecador realice esos signos, van cerrándose cada vez más. Sobre ellos
Jesús pronuncia una palabra con la que finaliza el capítulo:
Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?»
Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: "Vemos", su pecado permanece.» (Juan 9,39-41)
Mirando hacia la renovación de nuestras promesas
bautismales, en la Vigilia Pascual, dejemos resonar en nuestro corazón la voz
del que había sido ciego: «Creo, Señor».
Nuestro “creo” no debe ser la simple repetición de una fórmula, sino el deseo de crecer en la fe, en una fe que ilumina y da sentido a toda nuestra vida. Una fe que transforma nuestro obrar cotidiano, movido por el amor a Dios y al prójimo, guiado por el Espíritu que hemos recibido y orientado hacia la plenitud de vida para la que Dios nos ha creado: compartir la eternidad, la vida del Eterno.
Noticias
La semana pasada se reunió en Florida la Conferencia
Episcopal del Uruguay. La asamblea concluyó con un llamado a rezar por la paz,
en unión con la iniciativa del papa León XIV:
“Señor: hoy elevamos nuestra súplica por la paz en el mundo,
rogando que las naciones renuncien a las armas y elijan el camino del diálogo y
la diplomacia. Desarma nuestros corazones del odio, el rencor y la indiferencia
para que podamos ser instrumentos de reconciliación.”
Jueves 19: solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. Fiesta patronal en la parroquia Santa María de los Ángeles y San José, en San José de Carrasco.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
Las curaciones de ciegos en el NT
Mateo 12,22 – un endemoniado ciego y mudo
Marcos 8,22-26 – un ciego
Marcos 10,46-52; Lucas 18:35-43 – el ciego Bartimeo; Mateo 20,29-34 – dos ciegos
Juan 9,1-7 – el ciego de nacimiento

