“La creación espera ansiosamente”… “la creación será liberada”… “la creación entera gime y sufre dolores de parto”… Tres veces menciona san Pablo, en la segunda lectura de este domingo a la creación, la creación entera, es decir, todo el universo, desde el planeta que habitamos hasta los más remotos confines. (cf. Romanos 8,18-23)
Decir “creación” hace inmediata referencia al Creador de todo lo que existe. Nos lleva a las primeras páginas del Génesis, donde, con lenguaje poético, se describe el proceso creador, por el que Dios fue desplegando espacios y ornamentándolos con materia inerte y seres vivientes, en armónica convivencia… Sin embargo, aquel orden fue roto. Pablo habla de una creación “sujeta a la vanidad”, es decir, sometida al vacío, al sinsentido; caída en “la esclavitud de la corrupción”; finalmente, gimiendo… pero en dolores de parto, dando a entender que de ella surgirá una nueva realidad… y allí recogemos las palabras que Pablo ha ido lanzando, como semillas: gloria, revelación, esperanza, libertad, redención… anuncios de un mundo nuevo, “cielos nuevos y tierra nueva” (Apocalipsis 21,1).
Podemos decir que esa creación que san Pablo nos describe en esos términos dramáticos, está en espera de la semilla que Dios va a plantar en ella. Más aún, la forma en que san Pablo describe el momento que vive la creación, puede perfectamente aplicarse al corazón de cada uno de nosotros, en la medida en que también estamos en expectativa, necesitados de redención, de libertad, de ser salvados de la nada y del sinsentido.
Como respuesta a esos anhelos, Dios envía la semilla. Esa semilla es su Palabra. La Palabra de Dios no es, en primer lugar, el conjunto de enseñanzas que encontramos en la Biblia. La Palabra de Dios es la Palabra eterna del Padre, es Jesucristo; el Verbo hecho carne, que se hace uno de nosotros y se une así a todas las criaturas.
Escuchemos la primera lectura, del profeta Isaías.
Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca:
ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que Yo quiero
y cumple la misión que Yo le encomendé.
(Isaías 55,10-11)
Todo queda claro en el texto, si en lugar de “la palabra que sale de mi boca”, ponemos “mi Hijo”. ¿De quién más podría decir el Padre que “realiza todo lo que Yo quiero y cumple la misión que Yo le encomendé” (Isaías 55,11)?
A continuación el salmo canta la acción providente de Dios que hace que el trabajo humano produzca fruto. Podemos leerlo como lo haría el trabajador agradecido al ver que, tras la visita de Dios:
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo
todos ellos aclaman y cantan.
(Salmo 64,14)
Pero podemos hacer una lectura aún más profunda de este texto, porque Dios visita el corazón humano para regarlo con su Gracia, de modo que dé frutos.
Desde esta perspectiva, la parábola del sembrador, el evangelio de hoy, nos pone ante un problema… la Palabra es sembrada generosamente, pero los lugares donde cae la semilla no responden de la misma manera.
«El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!» (Mateo 13,3-9)
Si la primera lectura nos invitaba a reconocer en la palabra que sale de la boca de Dios al mismo Jesús, palabra eterna del Padre, esta parábola nos invita a ver también a Jesús en ese sembrador, que ha sido
“el primero y el más grande evangelizador. (…) hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena.” (Evangelii Nuntiandi, 7)
como nos lo recuerda san Pablo VI. El sembrador esparce la semilla sabiendo que no se puede esperar nada si no se es capaz de arriesgar mucho y el Hijo de Dios lo hace hasta entregarlo todo. Cristo es el sembrador, pero es, a la vez, la semilla, la palabra del Dios viviente.
Recibiendo la semilla, recibiendo la Palabra, recibiendo a Jesucristo, nuestro barro humano es fecundado para que surja en él y en toda la creación la vida nueva de Dios. Sin Cristo, el universo entero sufre las consecuencias del rechazo humano a adherirse libremente al plan de salvación. Es que no solo somos responsables de nosotros mismos, sino también de las otras criaturas de este universo mundo que su Creador nos ha confiado.
Para esperanza de nuestra humanidad y esperanza de la creación gimiente, Cristo siembra la semilla de vida nueva e inmortal en nuestros corazones. Es un germen de salvación capaz de llevar la creación a su destino de glorificar a Dios, como esos rebaños y trigales de los que habla el salmo, “que aclaman y cantan”.
Finalmente, no es posible olvidar que el terreno donde se siembra sigue siendo cada uno de nosotros. ¿Cómo recibimos la Palabra? ¿Con qué disposición? ¿Qué hay en nuestro terreno: el camino, las piedras, las espinas…? Quiera Dios que sea la tierra buena.
Felices, los ojos de ustedes, porque ven;
felices sus oídos, porque oyen. (Mateo 13,16)
Que podamos un día, como los discípulos, escuchar del Señor esa misma bienaventuranza.
En esta semana:
- El lunes 13 se cumplen 40 años de la ordenación episcopal de Mons. Orlando Romero. Oremos por nuestro Obispo emérito, que reside en el Hogar Sacerdotal, en Montevideo.
- También ese día es el aniversario de la dedicación de la Catedral de Canelones, celebrada en 2003.
- El miércoles 15: memoria de San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia, gran santo franciscano.
- Jueves 16: Nuestra Señora del Carmen, una muy querida advocación, que está en el origen de la orden carmelitana. Es patrona de las parroquias de Migues y Toledo.
- Sábado 18, aniversario de la Jura de la Constitución del Uruguay, con la que nuestro país comenzó su vida institucional.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.