Creo que todos habremos pasado al menos una vez, posiblemente muchas, por una situación de examen, aunque más no fuera una prueba escolar. En esas situaciones, quien pregunta conoce la respuesta y espera que nosotros demos la respuesta correcta, la que el docente sabe.
El evangelio de este domingo nos cuenta que un fariseo, que era Doctor de la Ley, le planteó a Jesús una pregunta “para ponerlo a prueba”:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» (Mateo 22,36)
Seguramente, el Doctor de la Ley tenía una respuesta; pero es posible que no tuviera “la” respuesta, la única considerada válida. El Doctor de la Ley presentó a Jesús lo que en latín se llamaría una quaestio disputata, una cuestión discutida, sobre la que los sabios elaboran sus respuestas, no siempre coincidentes. Entre los fariseos, el orden jerárquico entre los diferentes mandamientos y las costumbres relacionadas con ellos era uno de los problemas más importantes.
Por ejemplo, del respeto al Sábado, que muchos consideraban el mandamiento más importante, se derivaban otras cuestiones… ¿qué es lo que se puede y lo que no se puede hacer en sábado? Esto toca aspectos muy prácticos de la vida: ¿qué distancia se puede caminar en sábado? Esto es tan serio que todavía Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, después de la ascensión de Jesús, cuenta que los discípulos regresaron desde el monte de los Olivos a Jerusalén y anota: “la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer en día sábado” (Hechos 1,12).
Estos detalles nos muestran la lógica que está detrás de la cuestión que se plantean los fariseos: es la lógica del cumplimiento estricto, que, en el ejemplo, se hace midiendo escrupulosamente las distancias. Caminé menos: cumplí la ley; caminé de más, falté a la ley.
La respuesta de Jesús sale de esa lógica. No se trata solo del cumplimiento exterior, sino también de una profunda adhesión interior, que la Ley de Dios esté escrita en el corazón, como había anunciado el profeta Jeremías.
Pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. (Jeremías 31,33)
Veamos la respuesta de Jesús al Doctor de la Ley:
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas». (Mateo 22,37-40)
Notemos como se repite muchas veces el “tu”, como adjetivo: tu Dios, tu corazón, tu alma, tu espíritu… tu prójimo. La gramática dice que ese “tu” tiene carácter posesivo. Pero cuando se trata de “tu” Dios, “tu” prójimo, el “tu” no expresa propiedad; expresa una relación. Es tu Dios, no un Dios cualquiera, no un dios abstracto, sino un Dios con quien hay una relación. Es tu prójimo, no “el” prójimo, sino el que está realmente cerca de ti, el que vas encontrando por la vida. Más todavía, decir “tu” Dios, “mi” Dios no expresa que Él nos pertenezca, sino que pertenecemos a Él… lo mismo podríamos decir respecto a mi prójimo: no es “mío”, no es mi propiedad, sino aquel que Dios ha puesto en mi camino y me llama a amar y servir.
Comentando este pasaje del Evangelio, Chiara Lubich señalaba:
“Jesús sabe, como ninguno, quién es el Dios al que verdaderamente debemos amar y sabe cómo tiene que ser amado: es su Padre, y Padre nuestro, su Dios y nuestro Dios (cf Jn 20, 17). Es un Dios que ama a cada uno personalmente; me ama, te ama: es mi Dios, tu Dios. (Palabra de Vida, Octubre 2002).
Otra clave la encontramos en la primera lectura, que nos presenta algunas de “las normas que el Señor dio a Moisés”. Junto con ellas, se anuncia un severo castigo para quien no las cumpla… en una lectura descuidada, podríamos pensar en un Dios controlador que amenaza con pasarnos al filo de la espada si lo desobedecemos… pero prestemos atención a lo que nos está revelando: es el Señor que cuida del extranjero, la viuda y el huérfano (Éxodo 22,23), y no solo pide que hagamos lo mismo, sino que convierte la atención al más débil en el criterio absoluto para discernir si somos o no fieles a Él.
El "deber" de mirar al otro como a un hermano, con quien compartir penas y alegrías, nace del hecho de que Dios es «compasivo» (Éxodo 22,26) con todos. Y nosotros no debemos cansarnos de parecernos a él en esta forma de atención a la debilidad humana que todos compartimos. No es un amor solo de buenos sentimientos, de hermosas palabras, sino de hechos concretos. Es el amor que desafía a la creatividad. Existen, tanto entre personas creyentes como no creyentes, tanto en instituciones seculares como en comunidades de fe, muchas y buenas iniciativas en favor del prójimo. Todas ellas corren el riesgo de perder su sentido, si se convierten en programas burocráticos donde las acciones se vuelven mero cumplimiento y las personas asistidas en puros resultados numéricos.
El aspecto más difícil del amor al prójimo -a mi parecer- está en el amor, no digamos ya a quienes se nos declaran enemigos, sino a esas personas que nos han tratado con indiferencia, menosprecio o, incluso, que nos han lastimado…
Cuando hemos sido heridos, tendemos a replegarnos sobre nosotros mismos, a centrarnos en nuestro dolor y a no pensar en quien nos ha hecho daño más que como alguien a quien acusar y, si es posible, hacerle pagar de algún modo lo que nos ha hecho. Amar al prójimo, en esas situaciones, supone un acto de descentramiento, de salir de sí mismo, tomar distancia, especialmente en los conflictos entre personas que se quieren: familia, amigos, comunidad. Si me pregunto “¿Qué haría Cristo en mi lugar?” la única respuesta posible es “amar”. Amar primero, amar siempre, volver a amar. Tengo que encontrar la forma concreta de expresar ese amor, que puede empezar por dejar de acusar, calificar y juzgar y buscar caminos de acercamiento y diálogo.
Por eso, el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Intentar donar nuestra vida a los demás, sin aprender antes a recibirla de Dios, es un salto que puede costarnos caro. Pero es igualmente ilusorio cerrarse a un amor hacia Dios incapaz de concretarse en formas de atención y disponibilidad hacia el prójimo. Para amar en profundidad se necesita sabiduría pero también un poco de inconsciencia, sabiendo que algo tan hermoso, humano y divino, no puede ser vivido sino como dice san Pablo en la segunda lectura:
“… en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo.” (1 Tesalonicenses 1,6)
En esta semana
Miércoles 28 – fiesta de san Simón y san Judas, apóstoles. Simón, llamado también el Cananeo o el Zelota. Judas, llamado también Tadeo, fue el que en la última cena preguntó al Señor acerca de su manifestación, recibiendo esta respuesta: “El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
Jueves 29 – Beata Chiara Luce Badano, que a los 18 años entregó su alma a Dios, después de sobrellevar con fe y paciencia una grave enfermedad.
Encuentros decanales en el camino sinodal.
Del miércoles al sábado, en la Diócesis de Canelones, se reúnen sucesivamente los consejos pastorales decanales de Canelones, Playas, Piedras y Pando. El decanato Centro lo hará más adelante. De esta forma damos un paso dentro del camino sinodal en el que está comprometida toda la Iglesia.
RIFA: UNA GRAN ALEGRÍA
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.







