viernes, 7 de diciembre de 2018

75 años de la fundación del Movimiento de los Focolares



El 7 de diciembre de 1943, vísperas de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, una joven de 23 años llamada Silvia Lubich hizo voto de castidad en la Tercera Orden Franciscana, tomando el nombre de Chiara (Clara), que expresaba su profunda admiración por la radical opción de Santa Clara de Asís.

Hoy se cumplen 75 años de aquel “Sí” de Chiara que fue fundacional, aunque ella dijera una vez que aquella fría mañana ella no tenía intención de fundar nada: “Me había casado con Dios. Lo esperaba todo de él”.

Eso sucedía en la ciudad de Trento, en el norte de Italia, en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. Trento era frecuentemente bombardeada. Chiara y otras jóvenes que estaban en la misma búsqueda espiritual se encontraban muchas veces en los sótanos donde los tridentinos se refugiaban de las bombas. En una de esas ocasiones, leyendo el Evangelio a la luz de la vela, encontraron la llamada “oración sacerdotal” de Jesús, en el Evangelio de Juan. Allí les toca el corazón el versículo donde Jesús pide al Padre “que todos sean uno” (Juan 17,21). En medio del desgarramiento de la guerra, aquellas jóvenes se sintieron llamadas a dar su vida por un Ideal: la Unidad querida por Jesús.

Otro pasaje del Evangelio también las había tocado profundamente: el grito de dolor de Jesús abandonado en la Cruz (Mt 27,46). Chiara le dijo a una de sus compañeras: «¡Tenemos una sola vida, gastémosla lo mejor que podamos! Si el dolor más grande de Jesús fue el abandono por parte de su Padre, nosotras seguiremos a Jesús abandonado».

Sobre esos cimientos evangélicos se fue construyendo la espiritualidad del Movimiento. La Palabra de Dios tiene allí un lugar central: pero se trata de que la Palabra sea realmente vivida, puesta en práctica, en el amor.

En 1962 el Papa San Juan XXIII le da una primera aprobación, con el nombre de “Obra de María”. Hoy, más de dos millones de personas en todo el mundo han abrazado la espiritualidad del Movimiento. La Obra de María se ha extendido, ramificado en diversas expresiones y producido ricos y variados frutos.

En nuestra Diócesis de Melo, algunos laicos y sacerdotes participan de esta espiritualidad; Mons. Cáceres, durante mucho tiempo y ahora yo mismo frecuentamos los encuentros de Obispos Amigos del Movimiento.

La llegada de la Fazenda de la Esperanza a nuestra Diócesis (masculina, en Cerro Chato, 2009 y femenina, en Melo, 2015) nos trajo aún mayor cercanía con los Focolares. Si bien la Fazenda no es parte del Movimiento, dos de los cuatro fundadores, Nelson Giovanelli y Lucilene Rosendo, iniciaron el camino de la comunidad terapéutica movidos por la espiritualidad focolarina. Nelson lo hizo precisamente buscando poner en práctica la Palabra “Me hice débil con los débiles…” (1 Corintios 9,22) que lo llevó a acercarse a un grupo de jóvenes adictos que frecuentaban una esquina de su barrio. Cuando un joven pidió ayuda para poder salir de la droga, Nelson, junto a su párroco Fray Hans Stapel OFM, fueron buscando la forma de ayudar. La rama femenina tuvo también como confundadora a Irací Leite. La propuesta se fue armando sobre tres pilares: convivencia, trabajo y espiritualidad. Cada día los jóvenes internos meditan un versículo de la Palabra de Dios y buscan vivirlo a lo largo de la jornada, como hizo Nelson en 1983 cuando se acercó a los jóvenes de aquella esquina, hoy “Esquina de la Esperanza”.

+ Heriberto

Segundo Domingo de Adviento: Aconteció la Palabra de Dios (Lucas 3, 1-6).







Cuando un latinoamericano llega por primera vez a una capital europea, le llama la atención la ausencia de algo que en nuestros países nos es familiar: la plaza con la estatua del héroe nacional; esa figura alrededor de la cual se construye la identidad de un país: Artigas, San Martín, O’Higgins, Bolívar… Nuestros relatos históricos los presentan como conductores, hacedores de la historia.
Hace algunos años, sin embargo, un destacado historiador uruguayo escribió un artículo sobre nuestro héroe nacional titulado “Artigas, conductor y conducido”. Allí hacía referencia a cómo, en determinados momentos, no fue Artigas quien dio los giros del timón, sino el pueblo o sus representantes, participando en la conducción de nuestra historia e incluso imponiendo otra dirección. Voluntad de los dirigentes, voluntad de los pueblos… ¿quién da realmente dirección y sentido a la historia?

El Evangelio que escuchamos este segundo domingo de adviento nos lleva al tiempo en que Juan el Bautista comenzó su predicación. Juan el Bautista tenía la misión de preparar la aparición pública de Jesús, que comienza precisamente cuando Jesús es bautizado por Juan. El evangelista Lucas, en una forma que ningún otro de los evangelistas había hecho, ubica el contexto histórico y el espacio geográfico en el que Juan aparece:
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás,
Ubicándolo en la geografía y en la historia, san Lucas nos está diciendo que Juan el Bautista no es un ser de leyenda, una figura mítica, sino un personaje real, histórico. Sin embargo, no deja de llamar la atención que lo sitúa en el tiempo de otras figuras de aquella época.
Lucas comienza nombrando al emperador, a las autoridades de Palestina, pero también a reyes de comarcas vecinas, indicando que el mensaje que vendrá a continuación no estaba ni está dirigido solamente a la gente de un lugar, sino que quiere extenderse universalmente.
Algunos de esos hombres estarán después en la Pasión de Jesús: Pilato, Herodes y los sumos sacerdotes Anás y Caifás.
Grandes personajes, protagonistas de la historia de aquellos tiempos y luego actores en la pasión y muerte de Jesús.
Pero para Lucas, esos personajes son solo un telón de fondo. El va a introducir al principal protagonista, el que verdaderamente hace la historia. Y no se trata de Juan el Bautista, aunque él va a tener un papel muy importante. Dice el Evangelio:
Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.
Dios dirigió su Palabra. Dios es el protagonista de la historia, a través de su Palabra. Una traducción mejor, aunque pueda sonarnos un poco rara, sería la siguiente:
La palabra de Dios aconteció sobre Juan.
Para Juan, recibir la Palabra de Dios fue un acontecimiento, por eso se puede decir aquí que la Palabra aconteció sobre él. Es un acontecimiento, porque la Palabra entró en su vida transformándola totalmente, dándole a su misión un profundo sentido. Juan será el portador de esa Palabra de Dios que lo ha tocado hasta el tuétano y lo ha puesto en un movimiento imparable. Si la Palabra de Dios no hubiera acontecido en su vida, Juan, que estaba en búsqueda espiritual, se habría quedado esperando.

Lucas dice también donde ocurrió este acontecimiento de la Palabra sobre Juan: en el desierto. Decir que Juan el Bautista estaba en el desierto nos puede hacer pensar que se encontraba solo, aislado… en realidad, Juan no estaba muy lejos de Jerusalén. Cuando comenzó a predicar, la gente cruzó el río Jordán y fue hasta donde él estaba para escucharlo y hacerse bautizar. Y fue mucha gente. Juan el Bautista “predicaba en el desierto”, pero predicaba para multitudes.
Pero el desierto evoca otras cosas… el desierto fue el lugar del camino del Pueblo de Dios para llegar a la tierra Prometida. Lugar de encuentros, desencuentros y reencuentros con Dios. Lugar donde se selló la Alianza y también donde a veces se rompió y se volvió a sellar.
Los evangelistas nos hablan del estilo de vida austero de Juan, viviendo en el desierto. Al desierto se lleva sólo lo estrictamente necesario. Por eso es un lugar propicio para la conversión, para un cambio de vida, porque allí se descubre lo que es superfluo, lo que tenemos que dejar y aquello con lo que tenemos que quedarnos, lo que es realmente esencial.

¿De qué habla Juan después de que acontece en él la Palabra de Dios?
comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados,
Juan habla de un bautismo, es decir de un signo, que consiste en sumergirse en el agua del río Jordán. Ese bautismo es de conversión y ésa es la palabra central. Conversión significa darse vuelta, cambiar la orientación del camino de la vida, volviéndose hacia Dios. Es nuestra respuesta cuando nos sentimos tocados por la iniciativa de Dios que viene hacia nosotros. Podríamos decir, humanamente hablando, que nos encaminamos hacia Dios porque vemos que Dios camina hacia nosotros. La conversión lleva a recibir el perdón: conversión para el perdón de los pecados, es decir para todas nuestras acciones y omisiones que nos han encerrado en nuestro egoísmo, alejándonos de Dios y de los demás. Recibir el perdón de Dios es lo que nos hace posible también ser capaces de perdonar a quienes nos han lastimado.

Amigas, amigos, muchas gracias por llegar hasta aquí en su lectura. Que san Juan Bautista los acompañe en estos días y que la Palabra de Dios acontezca también en cada uno de ustedes.

Palabra eterna y creadora,
¡ven, Señor!
a renovar todas las cosas,
¡ven, Señor!

Imagen de la luz eterna,
¡ven, Señor!
a iluminar nuestras tinieblas,
¡ven, Señor!

Verdad y vida encarnada,
¡ven, Señor!
a responder a nuestras ansias,
¡ven, Señor!

Pastor y Rey de nuestro pueblo,
¡ven, Señor!
a conducirnos a tu Reino,
¡ven, Señor!

¡Despertemos, llega Cristo!
¡Ven, Señor!
¡Acudamos a su encuentro!
¡Ven, Señor!

jueves, 29 de noviembre de 2018

Primer Domingo de Adviento: Cristo entre presencia y ausencia (Lucas 21,25-28.34-36)







“Presente”, decíamos en la escuela, cuando la maestra pasaba lista. De pronto, ella nombraba algún niño que no estaba y se hacía un silencio. Ausente.

“Presencia” y “ausencia” son dos palabras con las que le gustaba jugar al poeta salteño Víctor Lima. Él vivió moviéndose entre su Salto natal y su Treinta y Tres querido, entre el río Uruguay y el río Olimar.
“Entre presencia y ausencia, de dos pagos de mi flor
siento ese amargo dulzor que da la ausencia y presencia”.
Escuchando los versos de Víctor Lima hechos canción, uno siente muchas veces que esa “ausencia” de la que habla es, en realidad, otra forma de estar, de estar presente. Él no está en su pago natal, pero el pago está en su corazón. Y allá, de donde se ausentó, hay quienes lo recuerdan y lo hacen presente en su memoria…

Este primer domingo de diciembre, la Iglesia comienza el tiempo de Adviento: cuatro domingos de camino hacia la celebración de la Navidad. El nacimiento de Jesús trajo a este mundo una presencia de Dios como nunca se había dado antes. Eso se expresa en uno de los nombres que recibe Jesús: Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Y es así. Jesús es el Hijo de Dios que se hizo presente, porque se hizo hombre y caminó por esta tierra, anunciando la buena noticia: la llegada del Reino de Dios.

Adviento significa “venida”. ¿De qué venida estamos hablando? Si miramos a la Navidad, eso nos lleva de inmediato a pensar en lo que decíamos recién: en la venida de Jesús a este mundo, naciendo y viviendo como uno de nosotros y haciendo a Dios presente entre los hombres y mujeres de su tiempo. No nos quedó ningún retrato de Jesús tomado del natural. A lo largo de los siglos creyentes y aún no creyentes han imaginado y representado su rostro en el arte de mil maneras distintas. Tarea necesaria, porque es el rostro que transparenta para nosotros la mirada del Padre Dios.

Pero si vamos a las lecturas de este primer domingo de Adviento, puede sorprendernos que no nos hablen del nacimiento de Jesús. Nos hablan de otra venida: la segunda venida de Cristo, al final de los tiempos:
“Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria”
En este tiempo entre la primera y la segunda venida, entre el nacimiento y el juicio final, estamos, como decía el poeta, “entre presencia y ausencia”. Jesús ya no está como estuvo en su vida de hombre y su regreso está anunciado bajo otra forma. Pero Jesús todavía hoy sigue viniendo a nuestra vida, sigue siendo el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, presente en su Palabra, presente en los Sacramentos, en la comunidad… pero presente también de forma misteriosa en las personas y en los acontecimientos de nuestra vida. Se trata, entonces, de descubrirlo allí, donde está como escondido, pero presente.
“Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”
dice también el Evangelio de hoy. Muchas cosas nos aturden, nos piden atención, nos dispersan y no nos dejan percibir lo importante, que muchas veces sucede en nuestro propio corazón, y tantas veces pasa ante nuestros ojos…

Hoy estoy para los poetas… recuerdo un poema del español León Felipe, que deja que el mundo entre en su alma a través de la ventana de su casa…
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias de Pastrana
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
Claro, no basta con mirar por la ventana. Mejor abrir la puerta y, más aún, salir al encuentro de los demás. Abrirse al encuentro con Cristo que viene, con Cristo que pasa, con Cristo que llega a nosotros en cada persona y en cada acontecimiento.

¿Qué personas? ¿Qué acontecimientos? En la primera lectura de este domingo, tomada del profeta Jeremías, Dios anuncia:
“haré brotar para David un germen justo”
Un brote, un germen de algo nuevo… allí se manifiesta Jesús. No se trata de “novedades”, de curiosidades, de adornos bonitos… se trata de algo que cambia, para bien, la vida de una persona, de una comunidad, de un grupo… es la salvación de Dios que va haciendo su obra en nuestras vidas, a pesar de todas las apariencias contradictorias.

Eso nos llama a estar despiertos, atentos al Señor para servirlo en quienes nos necesitan. Atentos para no dejar de hacer esos pequeños gestos de amor que algunos consideran inútiles, pero que de verdad hacen mejor nuestra vida y la de los demás y nos sostienen en la esperanza.

La esperanza es la fuerza que quiere reavivar en nosotros el tiempo de adviento. Nuestra vida está apoyada muchas veces en pequeñas esperanzas, que se van realizando o se van quedando atrás, sin cumplirse… Está bien valorar y cuidar las pequeñas esperanzas; pero necesitamos una Gran Esperanza. Una esperanza profunda, indestructible, que pueda permanecer, aunque todas las demás se hundan. Esa es la esperanza puesta en Jesucristo, salvador del hombre.

Cuando las adversidades que vamos encontrando en nuestra vida y las más crudas realidades del mundo nos hacen sentir agobiados y desalentados, qué bien nos hace escuchar estas palabras de Jesús:
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.
Amigas y amigos, que en este tiempo de Adviento Dios los ilumine y los llene de su bendición.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Cristo Rey, testigo de la verdad (San Juan 18, 33b-37)







Una pregunta que podría aparecer en esos concursos de televisión que ponen a prueba el conocimiento de las personas es cuántos reyes y reinas hay todavía en el mundo.
En nuestra América de repúblicas (pero no siempre de verdaderas democracias) los reyes son personajes de cuentos o de la historia colonial.
En Europa, y sin entrar en la compleja realidad de Asia, hay actualmente siete reinos: Reino Unido, Noruega, Suecia, Dinamarca, Bélgica, Países Bajos y España. Sin embargo, son monarquías constitucionales, donde el Rey desempeña la función de Jefe de Estado, pero no ejerce el gobierno, que está en manos de un primer ministro elegido por el Parlamento.

En tiempo de Jesús la monarquía era la forma de gobierno más conocida. Su propio pueblo guardaba el recuerdo del gran rey David, de cuya familia descendía José, el esposo de María. Jesús es llamado frecuentemente “Hijo de David” y muchos esperaban -y una vez hasta intentaron hacerlo- que Jesús fuera coronado rey.

Este domingo celebramos a Jesucristo Rey del Universo. Leemos un pasaje del evangelio según san Juan en el que Jesús manifiesta cuál es su realeza, su condición de rey. El momento en que lo hace es antes y después de ser coronado… pero sabemos bien cuál es la corona que recibió Jesús: la corona de espinas. Acerquémonos a contemplar esa escena.

Ante nuestros ojos hay dos personajes: Jesús y Pilato. Pilato es el prefecto romano, el representante del Emperador Tiberio. En la tierra de Jesús, provincia del Imperio Romano, él es la mayor autoridad. Ante él, con las manos atadas, comparece Jesús. Ha sido detenido por guardias de los Sumos Sacerdotes en la noche anterior. Jesús es galileo, lo que ya lo hace sospechoso de rebelde, porque en Galilea siempre había revueltas contra Roma. La acusación que le presentan al gobernante es que ese hombre pretende ser el Rey de los Judíos. Por eso, esa es la primera pregunta de Pilato que nos trasmite el Evangelio:
Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos?»
Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»
Pilato parece desconcertado… no entiende. El hombre que tiene delante no se parece a esos rebeldes que él conoce bien. No es una amenaza, es… algo diferente. Alguien que lo desafía, pero en un terreno que no es el que Pilato maneja: no es el terreno del poder, de los privilegios, de los impuestos, de las armas…
Jesús respondió:
«Mi realeza no es de este mundo.
Si mi realeza fuera de este mundo,
los que están a mi servicio habrían combatido
para que Yo no fuera entregado a los judíos.
Pero mi realeza no es de aquí».
“Mi realeza” dice Jesús, “mi reino”, en otras traducciones. Jesús no niega que él es rey. No “el rey de los judíos”, un rey más de este mundo; sino “rey”, abarcándolo todo, sin reducirse a un solo pueblo. Pero su realeza, es decir, su forma de reinar, su forma de ser rey, no es la de este mundo, la que Pilato conoce. Las personas que han acompañado a Jesús no son soldados, no son legionarios, que lo defenderían con sus armas. En el momento en que fueron a detenerlo, Jesús hizo que Pedro envainara la espada (Jn 18,11). El reino de Jesús es de paz, de servicio, no de violencia y dominación. Los seguidores de Jesús son discípulos: hombres y mujeres que escuchan la palabra de Jesús y buscan ponerla en práctica, trayendo verdad, justicia y amor en este mundo.

Tres veces Jesús habla de su “realeza”. Eso lleva a Pilato a preguntarle de nuevo:
«¿Entonces Tú eres rey?»
Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey.
Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.
El que es de la verdad, escucha mi voz».
Pilato se desconcierta más aún. “¿Qué es la verdad?”, pregunta, irónicamente, sin esperar respuesta. Él no es de la verdad y por eso no escucha a Jesús. Para Pilato “La Verdad”, con mayúscula, no existe. Todo es relativo, como piensan muchos hoy en día. No hay una verdad.

¿Cuál es la verdad de que habla Jesús? No es un concepto. Es la verdad sobre Dios, que surge del conocimiento íntimo que Jesús tiene del Padre. Jesús le aseguró a Nicodemo:
«En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto» (Jn 3,11)
Y más adelante, en el mismo evangelio, afirma Jesús:
«No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre»; (Jn 6,46).
Jesús habla de la Verdad del Padre desde ese profundo conocimiento. Él es el Hijo único, la Palabra eterna del Padre que se ha hecho hombre y, con lenguaje humano, revela el misterio de Dios, el misterio de su amor misericordioso.

Pero al hacerse uno de nosotros, al encarnarse, Jesús comunica también la verdad sobre el hombre. Así lo expresa el Concilio Vaticano II:
“el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et Spes 22)
Aquí podemos volver a la escena de Jesús ante Pilato. El Prefecto romano presentó de nuevo a Jesús ante la multitud, ya no solo como el preso maniatado que le habían traído, sino ahora coronado de espinas y con el manto púrpura que le pusieron los soldados para burlarse de Él y de su realeza. Pilato le dice a la gente:
“¡Ecce homo!”, “Aquí tienen al hombre” (Juan 19,5).
Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. No somos un pequeño adorno del universo. Somos tan importantes para Dios que su Hijo se hizo uno de nosotros y por nosotros y por nuestra salvación se humilló hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso cada ser humano, cada hombre, cada mujer, desde que comienza su vida en el seno de la madre hasta su último aliento, tiene una dignidad inalienable, que siempre debe ser incondicionalmente respetada.
Jesucristo, “el testigo fiel”, nos invita a entrar en su Reino, a reencontrar en Él la verdad sobre nosotros mismos y la verdad sobre Dios.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán (Mc 13,24-32)







El adjetivo “apocalíptico” evoca visiones terroríficas. El libro del Apocalipsis, el último de la Biblia, está lleno de esas imágenes. La forma en que está escrito podría ser el guion para un videoclip, donde las imágenes se suceden rápidamente, superponiéndose, fusionándose o transformándose unas en otras.

Pero el significado original de Apocalipsis no es ése. Apocalipsis es una palabra griega que significa revelación. Un acto a través del cual se descorre un velo y queda a la vista lo que estaba escondido detrás.

El Apocalipsis de la Biblia fue escrito como un mensaje de consuelo o, más aún, de consolación, que no es simplemente decirle a alguien que está sufriendo “no llores” y darle unas palmaditas en la espalda. La consolación es el consuelo profundo, que restablece, que devuelve las fuerzas, que reabre la esperanza, que hace posible la alegría aún en medio de las dificultades y el dolor. La consolación espiritual, en última instancia, viene de la experiencia de encuentro con Jesús resucitado.

El Apocalipsis se escribió en tiempos en que los cristianos se enfrentaban a pruebas muy duras, especialmente la persecución; posiblemente la del emperador Domiciano, a fines del siglo primero.

El mensaje se podría sintetizar así: “esto es lo que aparece; es terrible; es el mal extendido y aparentemente triunfante por todas partes; pero escondida detrás está la realidad definitiva: el triunfo del bien y de la vida; la victoria de Dios”. Realidad que se revela para nosotros, para renovar y fortalecer la gran esperanza, sin que nada ni nadie nos pueda arrebatar nuestra alegría.

El libro del Apocalipsis no es el único en su género literario. Hay toda una literatura apocalíptica dentro y también fuera de la Biblia. En las lecturas de este domingo tenemos dos ejemplos: el libro de Daniel, el escrito apocalíptico más antiguo de la Biblia y este pasaje del evangelio de Marcos, escrito en ese estilo. Dice Jesús:
En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán.
Son señales cósmicas impresionantes. No se mencionan persecuciones, pero estaban ocurriendo en el momento en que se redacta el evangelio de Marcos. Posiblemente la del Emperador Nerón, en el año 64, en la que, según la tradición, fueron mártires san Pedro y san Pablo.

A continuación de las señales en el cielo, Jesús anuncia lo más importante:
Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
Es el anuncio de la segunda venida de Cristo en la Gloria, al final de los tiempos, para reunir a los suyos. En otros pasajes se anuncia también que esa venida traerá el juicio final, como lo decimos en el Credo:
“De nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.
Jesús termina su anuncio con una promesa:
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
La palabra de Jesús, aunque esté dicha en un lenguaje humano, no es meramente palabra humana. Es Palabra divina, que hace realidad lo que dice. Dios no promete en vano. Realiza lo que promete.

Segunda venida de Cristo, juicio final, fin de la historia… ¿Cuándo sucederá todo eso? Los primeros cristianos veían ese fin inminente; tanto, que san Pablo tuvo que llamarles la atención a algunos que hasta habían dejado de trabajar, porque ya se acababa el mundo.

Poco a poco se fue comprendiendo que ese final podía tardar y entonces se nos invita a mantener una actitud vigilante. La parábola de las cinco vírgenes prudentes y las cinco vírgenes necias es un ejemplo de esto. Las prudentes se preparan para una espera larga, y se proveen de aceite para que no se apaguen sus lámparas y recibir con sus lámparas encendidas al Señor que llega finalmente.

A lo largo de los siglos, muchas veces se ha pretendido establecer y anunciar una fecha de esta segunda venida de Cristo. Pero no olvidemos lo que también dice Jesús:
En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo; nadie, sino el Padre.
No sabemos pues, ni el día ni la hora para ese fin del mundo; pero tampoco sabemos el día ni la hora del final de nuestra propia vida. Por eso, en el Evangelio “velar”, “vigilar”, “estar atento” son actitudes importantes. Es mirar qué estamos haciendo con nuestra propia vida, porque más temprano o más tarde tendremos que presentarnos ante el Señor y dar cuenta de nuestros actos.

Y en ese ver qué es lo que hacemos, recordemos que este domingo se celebra la jornada mundial de los pobres, instituida por el Papa Francisco. Con el telón de fondo de las palabras de Jesús, atendamos al llamado del Santo Padre para que imitemos a Dios que escucha el grito del pobre, que le responde con su amor y que lo libera de las cadenas de la pobreza y la injusticia.

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó. II Jornada Mundial de los Pobres

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
II JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
18 de noviembre de 2018

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. 

La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). 

Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasado. Muchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. 

Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Vaticano, 13 de junio de 2018 
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua

Francisco