miércoles, 16 de octubre de 2019

"Orar siempre sin desanimarse" (Lucas 18,1-8). Domingo XXIX del Tiempo durante el año.







“¿Qué es lo que deseas? Heme aquí dispuesto a obedecer tus órdenes como el más humilde de los esclavos.”
Así le habló el genio al azorado joven del antiguo cuento “Aladino o la lámpara maravillosa”, que se encuentra en el libro de Las mil y una noches, abriéndole al muchacho posibilidades totalmente inauditas para él.
“¿Qué es lo que deseas?”
A propósito del deseo, escribe el filósofo español Julián Marías:
“Se puede desear todo: lo posible y lo imposible, lo inconciliable, lo presente, lo futuro y hasta lo pasado; lo que se quiere, lo que no se quiere y hasta lo que no se puede querer. El deseo (…) es la fuente de la vitalidad, el principio que nos mueve a todo…” (Antropología Metafísica)
Se puede desear todo… pero no es lo mismo desear que querer. La pregunta del genio sería más propiamente “¿Qué es lo que quieres?”, porque él, en la ficción, tiene el poder de hacerlo realidad. El deseo es más amplio que el querer, como explicaba el filósofo: se puede desear lo imposible, se puede desear algo sobre el pasado, que ya no puede volver a suceder ni ser cambiado.
El deseo impulsa, abre horizontes… el querer elige, define, hace tomar caminos en la vida. Lleva a concretar lo posible, lo realizable; pero el deseo hace que no nos convirtamos en “una máquina de optar, de juzgar, de decidir”, como dice también Julián Marías.

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos habla de la oración de petición.
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
Orar sin desanimarse… el asunto es qué pedir. A veces esperamos que Dios actúe como el genio de la lámpara, dispuesto a cumplir todos nuestros deseos transformados en voluntad: “yo quiero…”
Sin embargo, aunque desearíamos ser favorecidos por un gran premio en la lotería o que nuestro equipo favorito ganara todos los partidos, nos damos cuenta de que ésas no son peticiones adecuadas… ¿por qué Dios tendría que favorecer, en cualquiera de esos casos, mi petición y no la de otros que piden ser los afortunados, o los hinchas del club contrario que ruegan por un triunfo?

Es diferente cuando pedimos por un bien inestimable que está en juego: la salud y la vida de nuestras personas más queridas. Rezamos unos por otros, hacemos cadenas y grupos de oración, pedimos que se recen Misas por esas personas… sin embargo, sabemos que tenemos que dejar espacio a la voluntad de Dios. San Pablo expresa esto con mucha sabiduría y confianza:
“sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Romanos 8,28)
Dios interviene para bien, enseña Pablo. El bien puede no ser evidente para nosotros. Nosotros lo vemos de otra forma. Lo vemos en el alivio del sufrimiento, en la curación inmediata, en la recuperación que parece imposible, en la permanencia de la vida que se está retirando rápida e inexorablemente. Dios no deja de ver como un bien lo que pedimos, porque lo es. La vida y la salud son dos grandes bienes. Pero el proyecto de Dios apunta a un bien todavía mayor: al reencuentro y la reconciliación con Él y en Él de toda la familia humana, desde ahora y para la eternidad. Nosotros hacemos nuestra petición desde el breve tiempo de nuestra existencia. Dios quiere que entremos en su proyecto de salvación, que abarca mucho más que nuestro tiempo. Dice el salmo 102:
Los días del hombre duran lo que la hierba (…)
Pero la misericordia del Señor dura por siempre;
su justicia pasa de hijos a nietos, para los que guardan la alianza…
(Salmo 102,15.17)

Hace quince días, la oración inicial de la Misa tenía dos frases que pueden ayudarnos en esta reflexión. La oración comienza así:
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso
sobrepasas los méritos y los deseos de los que te suplican,
Dejo de lado lo de los méritos, que es todo otro tema, y les hago notar esa referencia a los deseos: Dios sobrepasa nuestros deseos; es decir, tiene para nosotros algo que va más allá de lo que podemos desear. Si nuestros deseos pueden ser tan amplios, tan abarcadores como dice Marías, mucho más son los deseos de Dios para nosotros. Leemos en la primera carta de Juan:
“Miren que amor nos ha tenido el Padre… ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos” (1 Juan 3,1-2)
La oración de la que estábamos hablando continúa así:
derrama sobre nosotros tu misericordia
perdonando lo que inquieta nuestra conciencia
y concediéndonos aún aquello que no nos atrevemos a pedir.
¿Qué es lo que no nos atrevemos a pedir? ¿Algo inadecuado? No es eso lo que Dios nos va a dar... Creo que no nos atrevemos a pedir aquello que realmente puede cambiar nuestra vida… una verdadera conversión, la fuerza para abandonar nuestras conductas destructivas para con los demás y para con nosotros mismos… nuestros egoísmos y apegos, nuestras actitudes posesivas y manipuladoras, nuestra pereza espiritual…

Hay otro pasaje del evangelio de Lucas donde Jesús dice:
“pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá” (Lucas 11,9)
Y más adelante, después de algunos ejemplos, Jesús concluye:
“Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuanto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (11,13)
Pedir el Espíritu Santo… nos asusta. Sin embargo, es allí donde Dios sobrepasa nuestros deseos y nos concede aún lo que no nos atrevemos a pedir. El Espíritu Santo es la presencia de Dios mismo en nosotros, para ayudarnos a recordar y comprender las palabras de Jesús y a ponerlas en práctica. Es el maestro interior que guía nuestra vida, que anima nuestra fe y nuestra esperanza, que ensancha nuestra capacidad de amar derribando los límites que nosotros ponemos.

Con un ejemplo de insistencia -la viuda pobre que pide justicia al juez injusto- Jesús nos anima en este domingo a presentar al Padre nuestras peticiones, levantando hacia Él nuestro corazón, poniéndonos en sintonía con sus deseos para nosotros… para todo eso se necesita fe. No es posible orar sin fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza. Jesús concluye sus palabras con una promesa y un desafío:
Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos [Dios] les hará justicia.
Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»
Amigas y amigos, este 20 de octubre, la Iglesia celebra el Domingo universal de las Misiones, llamado DOMUND. Este año, todo el mes de octubre es un Mes misionero extraordinario, para que los católicos tomemos conciencia de nuestra condición de bautizados y enviados por Jesús en misión al mundo, a dar testimonio de su Evangelio. En nuestra oración recordemos con gratitud a todos los misioneros que hemos recibido en nuestra diócesis y a todos aquellos que desde aquí hemos enviado.

Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 15 de octubre de 2019

“Un amor que no descansa”: Fazenda de la Esperanza en Uruguay



Grupo misionero de la Fazenda visitará Cerro Largo, Treinta y Tres, Tacuarembó y Rivera.

“Encontrarle sentido a la vida”. Esa es la propuesta de la Fazenda de la Esperanza para quienes se internan voluntariamente en esta comunidad terapéutica con el deseo de resolver problemas de adicciones (drogas, ludopatía, desórdenes de la alimentación, etc.).

En Uruguay hay, por ahora, dos comunidades (femenina, en Melo; masculina, en Cerro Chato) y se va encaminando la fundación de una tercera en Montevideo. La internación tiene la duración de un año, a lo largo del cual cada persona se va reencontrando consigo misma, con los demás y con Dios. La convivencia, el trabajo y la espiritualidad son los tres pilares de la propuesta para reencontrar el sentido de la vida.

La Fazenda fue fundada en Brasil en 1983 y hoy está presente en 18 países con más de 150 comunidades. Sus fundadores, el franciscano Hans Stapel y Nelson Giovanelli Rosendo y las fundadoras de la rama femenina Lucilene Rosendo e Irací Leites, estarán en Uruguay a partir del miércoles. Los fundadores de la rama masculina desarrollarán actividades en Montevideo, donde serán recibidos por el Cardenal Daniel Sturla y el Nuncio apostólico y visitarán la posible sede para la tercera Fazenda de Uruguay.

Melo recibirá la visita de Irací, que ya estuvo en 2015, a poco de inaugurarse la Fazenda Femenina. Viene acompañando a un grupo de 20 mujeres jóvenes que hacen parte de la “Escuela Misionera Internacional” (EMI) de la Fazenda.

Jueves y viernes: intensa actividad en Melo y la región.

El grupo va a desarrollar una intensa agenda que lo llevará, repartido en equipos, a distintos ámbitos vinculados a la Iglesia Católica en Melo, Treinta y Tres, Río Branco, Noblía, Aceguá, Tacuarembó y Rivera.

El sábado 19, la Fazenda masculina de Cerro Chato recibirá a los fundadores, la EMI y todos los visitantes para celebrar allí los diez años de presencia de la Fazenda de la Esperanza en Uruguay. Fue allí, en Cerro Chato, donde se inauguró la primera comunidad, el 1 de agosto de 2009.

sábado, 12 de octubre de 2019

A los pies de la Virgen del Pilar. Homilía en la fiesta diocesana.

Participantes en la 3a. asamblea diocesana 12 de octubre de 2019

Queridas hermanas, queridos hermanos:

Nos reunimos una vez más a los pies de nuestra madre, bajo su advocación de Nuestra Señora del Pilar, patrona de este Pueblo de Dios que peregrina en los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres: la Diócesis de Melo. La imagen de María, con el niño en brazos nos contempla con ternura y nos invita, una vez más, a poner nuestra atención en su Hijo, a escuchar su Palabra y a llevarla a la práctica.

El Papa Francisco ha dado a este mes de octubre de 2019 el carácter de Mes Misionero Extraordinario. “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”. Ése es el lema de este tiempo. Nuestra Iglesia diocesana tiene la experiencia de haber recibido y de estar recibiendo muchos misioneros y misioneras a lo largo de sus cien años. Algunos de ellos están, aquí mismo, entre nosotros. Seamos agradecidos con ellos.
También, de acuerdo con la palabra del Señor que nos trasmitió san Pablo, hemos encontrado que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35) y hemos dado desde nuestra pobreza: hemos compartido de lo nuestro con quienes viven situaciones aún más difíciles que la nuestra, enviando misioneros: allí tenemos que ubicar a nuestro Obispo emérito Luis del Castillo, en misión en Cuba, pero también a sacerdotes y laicos que han estado o están en misión. Algunos de los que han sido misioneros están también aquí.
Nuestra diócesis sigue recibiendo misioneros: en diciembre nos visitarán nuevamente jóvenes de Medellín del grupo “La Mirada de Dios” y la próxima semana estará aquí la Escuela Misionera Internacional de la Fazenda de la Esperanza femenina.
Somos conscientes de que la misión no es sólo ese intercambio, ese ir y venir, y no concierne únicamente a quienes identificamos como “misioneros”: la misión está también aquí y ahora y todos somos corresponsables, como discípulos-misioneros de Jesús.

Varios de los que estamos hoy congregados venimos de participar en la asamblea diocesana: delegados de todas las parroquias, personas consagradas, diáconos permanentes, sacerdotes. Hemos completado el trabajo previsto para este año, en camino a la elaboración de un proyecto pastoral diocesano. Un proyecto que, en comunión con el Papa Francisco y con toda la Iglesia, nos ayudará a desarrollar nuestra misión en esta historia y en esta geografía que habitamos junto con tantas personas que no han encontrado a Cristo en su vida o se han alejado de Él o no lo conocen suficientemente.
La asamblea ha definido algunas prioridades: los jóvenes, las vocaciones, la familia, los adultos mayores; diversas situaciones de sufrimiento: pobreza, prisión, adicciones. Ver los desafíos de la misión a la que estamos llamados nos ha hecho sentir la necesidad de una formación más profunda, no sólo en saberes necesarios sino también en nuestra vida de fe, en nuestra vida espiritual, renovando nuestro encuentro con Jesucristo.

En este año, el 20 de diciembre, se cumplirán cien años de la llegada a Melo del primer Obispo, Mons. José Marcos Semería. Con su llegada se inició la vida diocesana, en un territorio que abarcaba cuatro departamentos más que hoy. Mons. Semería estuvo poco tiempo entre nosotros, pero sus restos descansan en esta catedral y lo recordamos con gratitud. Si pensamos en cien años de vida diocesana, no podemos dejar de mencionar que una gran parte de esos años fue llenada por la presencia de Mons. Roberto Cáceres, que nos dejó al comienzo de este año. Presencia sostenida no sólo durante sus 34 años al frente de la Diócesis, sino en los muchos años siguientes como Obispo emérito que continuaba en actividad y en contacto con nuestra gente.

La Iglesia uruguaya, en camino hacia su V Congreso Eucarístico Nacional ha querido, en este año, renovar la consagración a Nuestra Señora, la Virgen de los Treinta y Tres, realizada por san Juan Pablo II. El domingo 10 de noviembre, en cada una de nuestras parroquias, nos vamos a unir en esa oración con la de todos los obispos y los fieles congregados en Florida, a los pies de nuestra patrona.
Consagrarse a María significa ponernos en sus manos, a su servicio y disposición. Ella nos guiará hacia Jesús. Ella conoce mejor el camino. Por eso vamos “a Jesús por María”.
La contemplamos y la celebramos hoy como Nuestra Señora del Pilar. Dice la tradición que ella se apareció en España al apóstol Santiago. El apóstol se encontraba en un momento difícil, desanimado, al encontrar muchos reveses en la misión. Tal vez recordaba las palabras de Jesús: “Y si no los reciben ni escuchan sus palabras, salgan de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de sus pies” (Mt 10,14). En ese momento en que Santiago está a punto de tomar otro rumbo, aparece María. Ella se manifiesta sobre un pilar, para trasmitirle al apóstol la firmeza de la fe, expresada en esa columna.
Hoy somos nosotros quienes miramos a María, pidiendo su guía e intercesión para llegar a Jesús, renovar cada día nuestro encuentro con Él, abrir el corazón a su palabra, meditarla y ponerla en práctica. Así sea.

+ Heriberto, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)

viernes, 11 de octubre de 2019

12 de octubre - Nuestra Señora del Pilar - Fiesta Diocesana

El sábado 12 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Pilar, la Diócesis de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres) celebrará a su patrona con la Misa a las 17 horas en la Catedral.

La Diócesis de Melo fue creada en 1897 por el Papa León XIII. Hasta ese momento, todo Uruguay formaba una sola diócesis: la de Montevideo.

León XIII creó la Provincia eclesiástica del Uruguay. Montevideo pasó a ser Arquidiócesis y se desprendieron de su territorio las diócesis de Salto y Melo.

Las circunstancias políticas del Uruguay en 1897 y en los años sucesivos determinaron que las sedes episcopales de Melo y Salto quedaran vacantes, bajo la administración del Arzobispo Mons. Mariano Soler. A la muerte de éste, quedó también vacante la sede de la Arquidiócesis.

En 1919, al entrar en vigencia la primera reforma de la constitución del Uruguay, que introdujo la separación de la Iglesia y el Estado, la Santa Sede pudo nombrar a los nuevos obispos sin necesidad de contar con la venia del gobierno uruguayo. Juan Francisco Aragone (arzobispo de Montevideo), Tomás Gregorio Camacho (obispo de Salto) y José Marcos Semería (obispo de Melo) recibieron la ordenación episcopal el 9 de noviembre de aquel año en la Catedral de Montevideo.

Mons. Semería llegó a Melo el 20 de diciembre de 1919, siendo recibido con gran alegría por toda la población. Así comenzó la vida diocesana propiamente dicha en la Diócesis de Melo que, en aquel entonces, abarcaba los departamentos de Rivera, Tacuarembó, Durazno, Florida, Treinta y Tres y Cerro Largo.

La fiesta diocesana de este año 2019 se ubica, pues, en el marco de este centenario. El año ha sido dedicado en forma especial a elaborar un proyecto diocesano, a través de tres asambleas: las dos primeras realizadas en febrero y mayo, seguidas de encuentros zonales, y con su culminación en la tercera asamblea diocesana este mismo 12 de octubre, en la que se definirán opciones y prioridades para la labor evangelizadora de la Iglesia en Cerro Largo y Treinta y Tres.

“¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?” (Lucas 17, 11-19). Domingo XXVIII del Tiempo durante el año.







Permiso, perdón, gracias, son tres palabras que el Papa Francisco ha señalado en más de una oportunidad como expresiones de tres actitudes fundamentales para la buena convivencia:
“normalmente las entendemos como palabras de buena educación. Está bien: una persona educada pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca. La buena educación es muy importante. San Francisco de Sales solía decir que “la buena educación ya es media santidad”. 
Agradecer significa reconocer que lo que hemos recibido es un don, algo que va más allá de aquello que nos corresponde, aquello a lo que podemos tener derecho…

Muchas veces la persona que nos presta un servicio no hace más que realizar su trabajo, por el cual recibe una remuneración, o simplemente cumplir con su deber… ¿por qué, entonces, darle las gracias?

Pues simplemente porque no estamos ante un robot (aunque cada día encontremos más de esos aparatos). Estamos ante otra persona humana. Si ha sido amable con nosotros, ha puesto algo de su humanidad y es eso lo que estamos reconociendo al expresar nuestra gratitud… y si no ha sido amable con nosotros, si nos ha atendido de forma seca o hasta descortés, agradeciéndole le estamos haciendo la invitación a reconocernos como personas y, más aún, a que ella misma se vea como persona y se humanice… pequeñas cosas que hacen la vida simplemente más humana.

De gratitud y también de fe, nos habla el evangelio de este domingo:
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Estos diez enfermos de lepra se mantienen a distancia porque no les está permitido acercarse a las demás personas. Su enfermedad hace que sean considerados “impuros”. Impuros quedan también quienes tengan contacto con ellos. No solo no pueden tener relación con los demás, sino que tampoco pueden entrar al templo o a la sinagoga. Eso no les impide dirigirse a Jesús, gritando para hacerle llegar su súplica: ¡ten compasión de nosotros!
Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes».
Y en el camino quedaron purificados.
El leproso que quedaba curado debía presentarse ante el sacerdote para que éste verificara la curación y certificara que esa persona había dejado de ser impura y podía reintegrarse a la vida religiosa y social de manera normal. Pidiéndoles que vayan a presentarse a los sacerdotes, Jesús está expresando que esa curación les llegará. Por el hecho de ponerse en camino, los diez leprosos ya dan una respuesta de fe, esa fe que tantas veces pide y espera Jesús para que se produzca un milagro. El milagro sucede y quedan curados… pero continúan su camino. Aunque no todos.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
El hombre que regresa hacia Jesús, alabando a Dios, es un extranjero. Pertenece a ese grupo con el que los judíos no tienen trato, pero con el que Jesús no puso barreras. Jesús le habló a la samaritana junto al pozo y puso al buen samaritano como modelo de amor al prójimo. Ahora es un samaritano el que ha vuelto para agradecer su curación:
Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
Los diez hombres quedaron curados y, por tanto, purificados; los diez podrán reintegrarse al hogar, al trabajo, a la sinagoga; pero solo uno supo agradecer… y recibió mucho más. No sólo ha sido curado y purificado: él ha sido salvado. “Tu fe te ha salvado” le ha dicho Jesús.

La salvación es mucho más que la salud, aunque las dos palabras tienen mucha relación entre sí. El samaritano puede decir que ahora está “sano y salvo”. Ha encontrado en Jesús la salvación, en una nueva relación con Dios.

El hombre regresó a dar gracias porque descubrió y experimentó la gratuidad de Dios. Ha recibido un don, algo que no merecía ni podía reclamar. Lo ha recibido gratuitamente. Ha recibido una gracia de Dios. La experiencia de la gratuidad lleva a la gratitud y la auténtica gratitud despierta la generosidad. Quien descubre todo lo que ha recibido y sigue recibiendo de Dios no solo da las gracias: comienza a dar de sí mismo, a dar de su tiempo, de su saber, de sus bienes; en fin, da su vida, con generosidad.

Más aún… quien ha experimentado el amor gratuito de Dios en forma de misericordia, no puede menos que ser misericordioso. “Misericordiosos como el Padre” fue el lema del Año de la Misericordia que impulsó el Papa Francisco a lo largo de 2016. Las obras de misericordia corporales y espirituales siguen siendo cauces abiertos para la generosidad de quien quiere de verdad dar gracias a Dios.

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Finalmente, una “yapa” de esta reflexión… ¿qué respondemos cuando nos dicen “gracias”? Los uruguayos solemos decir “de nada”. A veces de una manera bastante seca, casi como molestos… En ese sentido, suenan mejor las viejas maneras: “no hay de qué” o “no tiene porqué”. Con un sentido distinto, más positivo, está el “para servirle”. A mí me agradó la expresión que se usa en Colombia y esa es mi respuesta cuando me agradecen algo: “con mucho gusto”. Ahí se los dejo.

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El próximo 20 de diciembre se cumplirán cien años de la llegada de Mons. José Marcos Semería a Melo. La diócesis, que abarcaba los departamentos de Rivera, Tacuarembó, Durazno, Florida, Treinta y Tres y Cerro Largo, estaba sin pastor desde su creación, en 1897. Con la llegada del nuevo obispo comenzó para las comunidades de ese vasto territorio la vida diocesana. Celebraremos este centenario el próximo sábado, 12 de octubre, en la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, patrona de la Diócesis. Les invitamos a participar en la Misa que tendrá lugar en la Iglesia Catedral, a las 17 horas.

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Es ahora mi turno de agradecer, como lo hago siempre: gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

domingo, 6 de octubre de 2019

“Auméntanos la fe” (Lucas 17,3b-10). Domingo XXVII del Tiempo durante el año.







A cierta altura de la vida: ¿qué es lo que nos hace levantar cada mañana y volver a encontrarnos con la vida de cada día, con nuestros compromisos y deberes? ¿Qué es lo que puede hacer que se disipe la niebla que produce en nuestro corazón todo aquello que no tenemos ganas de volver a encontrar o de volver a hacer? Más todavía ¿qué es lo que puede hacer que, aún en medio de la cerrazón, nuestro día sea luminoso?

Todos necesitamos algo que sea en nuestra vida una fuente de sentido, de energía, de profunda alegría… una fuerza suprema que nos impulse.

Todos creemos en algo. Aunque alguien se diga ateo, todo el mundo tiene un dios, en cuanto hay algo que ocupa en su vida el primer lugar: puede ser el amor, las personas queridas: pareja, hijos, familia; puede ser dinero, fama, poder; puede ser la carrera, los logros; puede ser un equipo de fútbol; puede ser la figura de un líder, un partido, una causa, una ideología, un ideal… de cualquiera de esas cosas esperamos que nos inspire y nos sostenga.

Si el primer lugar en tu vida lo ocupa un ser verdaderamente trascendente, alguien que está más allá de tus límites humanos, tendrás un Dios con mayúscula. Si, en cambio, es una cosa de tu mundo o de tu mente, será un dios con minúscula; pero, en cualquier caso, lo que pongas primero en tu vida será algo que para ti es divino. Divino, en el sentido fuerte de la palabra, no como cuando decimos ¡qué divino! como podríamos decir “que bonito”. Divino, porque es Dios o porque lo hemos puesto en el lugar de un dios.(1)

En nuestro Uruguay que, comparado con otros países de América Latina no se destaca por ser muy religioso, hay un 75% de personas que cree en Dios. Muchas de ellas se manifiestan creyentes, pero sin adherir a una religión determinada. Pero ¿qué es creer?

“Creer”. En hebreo, el idioma en que fue escrita la primera parte de la Biblia, el verbo que significa “creer” es “amán” (2).

Muchas veces la historia de una palabra nos ayuda a comprender su sentido. Amán significaba al principio “agarrar o sujetar a alguien, para que no se caiga”. Una forma de ese verbo se convierte en un sustantivo que significa “columnas” o “pilares”, o sea esas partes de una construcción que sostienen paredes y techo.
También de ese verbo deriva una palabra que significa “maestro”, entendiendo al educador como el “apoyo” del educando.
Vamos viendo porqué amán va a llegar al significado de “creer”: siempre aparece expresando esta idea de apoyo, de algo que no te deja caer.
Otra forma de amán significa “ser o estar firme”, “permanecer”. Cuando el sujeto de ese verbo es Dios, entonces significa “Dios permanece”, “Dios es fiel”, “Dios es digno de fe”.
Finalmente, amán llega a significar lo que traducimos como “creer”: confiar, tener fe; creer en una persona humana, pero, especialmente, creer en Dios. Aunque nuestra fe no sea muy firme, no tenemos que perder nunca la certeza de que Dios es fiel. Antes que nosotros creyésemos en Dios, Dios cree en nosotros: Dios es fiel.
Eso es lo que significa, en su sentido más profundo nuestra palabra “amén”. Digo nuestra palabra, porque está en la lengua castellana: pero viene de ese antiguo verbo hebreo “amán”, después de haber pasado, sin modificarse, por el griego y por el latín. Decir “amén”, que a veces traducimos como “así sea” es decir: en eso creo; creo en Dios, en Dios confío, me apoyo en Dios seguro y fiel. Amén.

¿Qué dice Jesús acerca de la fe?

Muy a menudo, Jesús pone en relación la fe de la persona con el milagro que él hace; pero no se trata de que la gente crea en Jesús porque hace milagros, sino que Jesús hace milagros porque la gente cree en Él.
“Viendo Jesús la fe de ellos” (Lucas 5,20) es el comienzo del relato de la curación de un paralítico. Jesús se admira de la fe del centurión: “ni en Israel he encontrado una fe tan grande” (Lucas 7,9). Frecuentemente dice: “tu fe te ha salvado” (Lucas 7,50; 8,48).
También se sorprende de la ausencia de fe: “no pudo hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravillaba de su falta de fe” (Marcos 6,5-6).
Cuando Jesús manifiesta que “todo es posible para el que cree” (Marcos 9,23)
un padre grita desesperado diciendo: “¡Creo, pero ayuda a mi poca fe!” (Marcos 9,24).

Con respecto a los discípulos, es frecuente el reproche de Jesús por su falta de fe.
En el evangelio que escuchamos este domingo, los discípulos piden:
«Auméntanos la fe».
La petición de los discípulos es muy breve y puede parecernos simple; pero esto no se dice porque sí. Los discípulos sienten que necesitan más fe porque encuentran difíciles de vivir las exigencias de Jesús. Pidiendo la fe, la reconocen como un don de Dios. La piden y se disponen a recibirla, pero es cuestión de Dios el darla.
La respuesta de Jesús al pedido de los discípulos parece dura, hasta irónica…
Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: "Arráncate de raíz y plántate en el mar", ella les obedecería.
El grano de mostaza es la semilla más pequeña. Su tamaño contrasta con el de la morera, un gran árbol. La fe, aún pequeña, tiene un gran poder, dice Jesús. Pero se trata de la fe en Dios, no la fe en sí mismo o en los poderes de este mundo. La fe de los apóstoles crecerá después de la resurrección de Jesús y los llevará incluso a dar la vida por Él.

“Aumenta mi fe” es una petición que muchas veces hacemos, con ésas o parecidas palabras. Lo pedimos frente a lo desconcertante, frente a situaciones que se presentan como un túnel de sombras, que parece no llevarnos a ninguna parte más que a la oscuridad o el vacío.

Jesús, auméntanos la fe, para que, creyendo en ti, 
nos dejemos cambiar por tu Palabra, 
vivamos con tu estilo de vida y sigamos tus pasos.
Cristo Jesús, auméntanos la fe, para renovar cada día nuestro encuentro contigo c
omo Maestro y Señor que se ha hecho servidor de todos 
y contigo nos hagamos servidores.
Señor Jesús, auméntanos la fe, para reconocer la presencia de tu Reino que crece 
y colaborar contigo en hacer la vida más humana, como lo quiere el Padre.
Jesús, auméntanos la fe, para vivir con pasión por Dios 
y actuar con compasión por el ser humano sufriente.
Cristo Jesús, auméntanos la fe, para reconocer tu cruz y seguirte, 
tomando cada día la nuestra.
Señor Jesús, auméntanos la fe, para que experimentemos en nuestras comunidades 
y en nuestras vidas la fuerza de tu resurrección 
y llevemos a todos la alegría de una vida nueva.

Gracias, amigas y amigos, por su atención.
Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

(1)  Cfr. Albert Nolan, “¿Quién es este hombre?” Jesús, antes del cristianismo. Sal Terrae, Santander, 1981, p. 221.
(2)  Cfr. Manuel Iglesias, Las Palabra y las palabras. Pequeño vocabulario hebreo para uso espiritual. B.A.C., Madrid, 2013, p. 25.

viernes, 4 de octubre de 2019

San Francisco de Asís en un poema de Juana de Ibarbourou

Relato del beso al leproso
Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou (Juana Fernández Morales, 1895-1979), nacida en Melo, Cerro Largo, Uruguay.

Tardecita de la Umbría
en un mes de primavera
huele el viento a menta fresca,
a viñedos, a hojas nuevas,
a granados florecidos
y a rocío entre la hierba.

Por un camino musgoso
que hacia Asís derecho lleva,
va Francisco Bernardone
de regreso de una fiesta,
silencioso y pensativo,
con su alazán de la rienda.

Gusta de andar, paso a paso,
en la penumbra creciente,
y una emoción nueva y pura,
entre su pecho se enciende,
como una rosa purpúrea,
que lo perfuma y lo hiere.

Tristeza que no se explica,
dulzura desconocida,
desgano de lo que era
hasta ese instante su vida,
entretejida de fiestas
y de mundana alegría.

Mozo gallardo es Francisco,
rico, elegante, lujoso,
galanteador de doncellas,
culto y fino como pocos.
¿Por qué ese hastío que llega
a morderle como un lobo?
¿Por qué tan joven ya siente
que sus caminos son otros?

Hace mucho que unas voces
entre sus sueños le hablan
con acentos misteriosos
que no precisan palabras,
y anda intranquilo Francisco
sin comprender qué le pasa.

Y esa tarde, tan inquieto,
que dejó temprano el baile,
va por la senda ya en sombras
pensando en cosas distantes.

Paso a paso va Francisco,
paso a paso su caballo,
y una dulzura sin nombre
desciende desde lo alto.
Paso a paso anda Francisco,
triste, intranquilo, callado.

De pronto, desde el ribazo
se alza una voz plañidera:
-¡Dadme, por Cristo, una ayuda
antes que de hambre me muera!

Sorprendido paró el mozo,
miró hacia abajo asombrado,
y vio una cara de monstruo
surgiendo junto al vallado.

Y una mano tumefacta,
terrible mano leprosa,
le interceptaba el camino
tendida hacia la limosna.

Hurgó bolsillos y cinto,
abrió la bolsa vacía,
en tanto la boca horrible
desesperada gemía:
-¡Ved, señor, cuanta miseria!
¡Qué interminable agonía!
¡Dios prueba a sus criaturas
en esta tierra de Umbría!

Ni una moneda quedaba
en la escarcela de seda.
Francisco cerró los ojos
pensando en otras monedas
de mayor valor que aquellas
con que pagaba sus fiestas.

Y de súbito inclinóse,
tomó entre sus manos finas
la enorme cara monstruosa
toda de llagas roída,
y un beso, signo celeste,
puso en su horrenda mejilla.

Dio el mendigo un alarido,
mezcla de sollozo y risa
de asombro y deslumbramiento
de gratitud y de dicha,
y palpándose extasiado
la mejilla carcomida,
gritó: -¡Señor, este beso,
Dios en su reino os lo pague!
sólo un divino elegido
limosna tal pudo darme.

Y del rostro de Francisco,
en la noche ya caída
una luz como de aurora
resplandeciente fluía,
en tanto un olor a nardos
por los aires se esparcía,
y un ángel, sin que él le viera,
en la sombra le seguía.

Continuó andando Francisco
sin saber lo que pasaba.
Era feliz como nunca
pensó que a serlo llegara.
¡Y sintió que en ese instante
toda su vida cambiaba!

San Francisco, San Francisco,
que diste un beso al leproso,
¡Cuán grande eres por ello!
¡Cómo eres bello y heroico!
¡Oh San Francisco de Asís,
dulce misericordioso!

martes, 1 de octubre de 2019

Santa Teresa de Jesús, patrona de las Misiones



Santa Teresa del Niño Jesús es una de las patronas de la Misión.
¿Por qué es así, siendo una carmelita de clausura, es decir, que no llevó adelante ninguna "misión", ningún anuncio del Evangelio a pueblos que no conocían a Jesús?
Escuchemos esta presentación de la vida de esta santa que murió a los 24 años de edad, pero que sintió profundamente la misión en su corazón y acompañó y animó con su oración a sus hermanos espirituales misioneros.
Texto tomado del libro "Bautizados y enviados. La Iglesia de Cristo en misión en el mundo" publicado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y Obras Misionales Pontificias, como subsidio para la celebración del Mes Misionero Extraordinario.

Bautizados y enviados: Octubre - Mes Misionero Extraordinario


El Papa Francisco convocó para este mes de octubre a celebrar, en toda la Iglesia, un Mes Misionero Extraordinario con motivo del centenario de la carta apostólica Maximum illud del Papa Benedicto XV sobre la actividad misionera, del 30 de noviembre de 1919.

No es simplemente un recuerdo. Como explica el Papa “hoy tenemos una gran necesidad de reavivar y de hacer revivir nuestro espíritu misionero. Por lo tanto, es un llamamiento a toda la Iglesia para hacer que la fe en Jesucristo, que ha muerto y resucitado, se exprese cada vez con más fuerza”.

La misión no es “proselitismo” para ganar “adeptos”. No es una “promoción” para vender un producto. No es una “colonización” para imponer por la fuerza o por el dinero una manera de vivir. La misión es comunicación de una experiencia de vida y de amor que viene de Dios. La misión nace del corazón mismo de la Trinidad, de la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo que vienen a este mundo a ofrecer el amor del Padre.

No se trata de hacer “actividades misioneras” (aunque tengamos algunas). Se trata de vivir “en clave de misión” la vida habitual de nuestras comunidades, obras sociales y centros educativos católicos. Usando una palabra difícil, pero que tiene un contenido muy rico, el Papa Francisco nos dice que “la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia” (Evangelii Gaudium, 15).

Paradigma quiere decir “modelo”. ¿Cuál es el modelo que le da la misión a “toda obra de la Iglesia”? Son muchos los aspectos de la misión… mencionemos algunos.
  • Descubrir que Dios ya está presente en la vida de las personas que encontramos, aún en la de quienes no creen. En los gestos de solidaridad y de amor al prójimo encontramos “semillas del Verbo”, presencia escondida de Jesús (Concilio Vaticano II, Ad Gentes, 11).
  • Reconocer el rostro de Cristo sufriente en todos aquellos que encontramos en la pobreza y en el dolor. (Documentos de Puebla 31-39; Santo Domingo 2.2.4; Aparecida 65; 393; 402).
  • Recibir con apertura de corazón a quienes se acercan y ofrecerles un lugar en nuestras comunidades. “Que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se conviertan en un cauce adecuado para la evangelización” (Evangelii Gaudium, 27).
  • Salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (Evangelii Gaudium, 24).
  • Dar testimonio. San Pablo VI nos dejó tres criterios para ser testigos auténticos: ¿creemos verdaderamente en lo que anunciamos? ¿vivimos lo que creemos? ¿predicamos lo que vivimos? (Evangelii Nuntiandi, 76).
  • Compartir nuestra propia experiencia de encuentro con el Señor. Para renovar siempre, “ahora mismo”, nuestro encuentro personal con Jesucristo, con quien siempre “nace y renace la alegría” (Evangelii Gaudium, 1-3).
  • Vivir y comunicar la alegría del Evangelio que “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (Evangelii Gaudium, 1).

La alegría del Evangelio no es impuesta ni superficial. Las personas creyentes vivimos, como todos los demás, los mismos sufrimientos y contrastes de la vida. Sin embargo, no nos encerramos en el dolor ni la desesperación, sino que allí mismo nos unimos a “Jesús anonadado” (como decía Santa Joaquina Vedruna) para participar de su cruz y de su entrega para la vida del mundo. Así es posible en esta vida el encuentro entre la miseria humana y la redención: la alegría, la luz, la resurrección que alcanzarán su plenitud en la eternidad.

Quienes fuimos bautizados siendo pequeños no tenemos memoria propia de ese acontecimiento (como no la tenemos de nuestro nacimiento). Al igual que quienes sí lo recuerdan, porque lo recibieron ya con plena conciencia, necesitamos renovarlo cada día. El bautismo es nuestra unión con Cristo muerto y resucitado, que ha dejado un sello imborrable para toda nuestra vida. Renovar nuestro encuentro con Jesucristo cada día es renovar nuestra vocación bautismal: seguir a Jesús y, enviados por Él, salir al encuentro de nuestros hermanos. Bautizados y enviados.

El 12 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Pilar, nuestra Iglesia Diocesana dará un paso importante para terminar de formular nuestro Proyecto Pastoral Diocesano. Los trabajos que hemos venido realizando han subrayado la importancia de la misión. Muchos de los aspectos que he recordado han estado presentes en nuestras reflexiones y ya se están abriendo camino en la práctica de nuestras comunidades. Que Nuestra Señora, estrella de la evangelización nos guíe en la escucha de su Hijo, para que nuestros trabajos puedan llevarnos a una efectiva renovación eclesial, al cumplir cien años de vida diocesana.

+ Heriberto

Celebración diocesana de la JNJ: Mucha vida en Fraile Muerto


Corría el mes de marzo del año 1753. Todavía no se había fundado la ciudad de Melo, lo que recién ocurriría años más tarde, en 1795. ¿Qué andaría haciendo el fraile Jozé Días (así está escrito en su lápida) por los pagos del Cerro Largo? Lo cierto es que, al intentar cruzar un arroyo, se ahogó. Desde entonces, la corriente de agua fue conocida como el Arroyo del Fraile Muerto. Y ese es el nombre que tomó la población que se fue formando a comienzos del siglo XX en las dos márgenes del arroyo. Fraile Muerto es hoy una ciudad del departamento de Cerro Largo. Cuenta con más de 3.000 habitantes y desde 1933 es sede de la parroquia Santísimo Redentor. Una comunidad religiosa, las Misioneras Franciscanas del Verbo Encarnado (MFVE), cumplirán el año que viene 70 años de presencia, conduciendo un Hogar de Ancianos y acompañando la vida pastoral de la parroquia, que abarca varios pueblos de la zona.

La parroquia de “Fraile” fue el lugar elegido por los animadores de jóvenes de la Diócesis de Melo para celebrar un encuentro juvenil. El sábado 28 de setiembre, por la mañana, fueron llegando jóvenes y adolescentes. Desde la ciudad de Treinta y Tres, vinieron del Oratorio Laura Vicuña, la Obra Social San Martín, el grupo JUPA de la parroquia San José y el Liceo Nuestra Señora de los Treinta y Tres. Por la Ruta 7 subieron jóvenes de la Fazenda de la Esperanza, en Cerro Chato y grupos de Santa Clara de Olimar, Tupambaé y Cerro de las Cuentas. Desde Melo llegó el Centro Juvenil de la Obra Social Salesiana Picapiedras y el grupo Scout Javier Mori, de la parroquia San José Obrero. Todos ellos fueron recibidos por los grupos que funcionan en el área de Fraile Muerto: el Cerro, Toledo y Wenceslao Silveira (sector conocido como “La Séptima”) y por gente de la comunidad, las MFVE y el P. Nacho, actual párroco.

Esta celebración fue la forma en que la Diócesis de Melo asumió la 41ª Jornada Nacional de la Juventud (JNJ) propuesta por la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil de la Conferencia Episcopal del Uruguay. El lema elegido por los delegados de las diócesis, a comienzos de este año, fue “Encontrémonos offline”. “A veces estamos sentados en la misma mesa y nos comunicamos por el celular” dijo uno de los jóvenes participantes, explicando el porqué del lema: “la idea era encontrarnos cara a cara y mano a mano”.

Luego del desayuno ofrecido por la comunidad a los visitantes, la jornada arrancó con una serie de actividades organizadas por los Scouts para “romper el hielo”. Otros momentos de juegos dirigidos por ellos y por los animadores de las obras sociales posibilitaron el encuentro y la integración en interacción real.

“Jesús está presente entre nosotros” dijo Mons. Heriberto en un rato de oración en la Iglesia Parroquial. “Presente porque aquí, en el Sagrario, están las Hostias consagradas, es decir, Jesús; y porque Él dijo que donde dos o más se reunieran en su nombre, allí estaría, en medio de ellos”. El Obispo y el P. Nacho propusieron a los jóvenes un momento de celebración penitencial y fueron muchos los que se acercaron a los sacerdotes para hacer su confesión y recibir el perdón de Dios.
Después de otro tiempo de juegos, una chorizada liquidó la mañana. Al comenzar la tarde, divididos en cuatro grupos, los participantes se dirigieron a cuatro comunidades de Fraile Muerto, para protagonizar una “cacería misionera”, que suponía ir al encuentro de los vecinos para preguntarles algo de la historia del lugar y preparar una serie de trabajos para presentar en la Misa final.

Mons. Heriberto se despidió al comienzo de la Misa, alentando a los jóvenes a sentirse unidos más allá de su grupo, de su capilla, de su parroquia, en la Diócesis; y, desde la Diócesis, a toda la Iglesia, en comunión con el Papa Francisco. Después de agradecer la presencia de todos los participantes y el trabajo de los asesores y de la comunidad de Fraile, animó a continuar la coordinación diocesana de P. Juvenil, a participar en la coordinación nacional y a prepararse para la JNJ del año próximo, en Montevideo, en el marco del Congreso Eucarístico.

Uno de los jóvenes participantes compartió lo más significativo de la jornada: "Yo me quedo de recuerdo con la Misa, la Misa que es tan especial, hoy tuvo unos pequeños cambios que hicieron de ésta la mejor en la que he estado presenciando. La verdad que son de esas cosas que uno nunca piensa vivirlas pero se dan de repente y te quedan grabadas para siempre..."