domingo, 15 de diciembre de 2019

"Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino" (Mateo 11,2-11). Tercer domingo de Adviento.






Les cuento una vieja historia, de cuando las redes sociales eran relaciones personales, cara a cara, sin pantallas…
José era un jovencito que gustaba mucho de Ana Laura, una compañera de Liceo. Pero José era muy tímido y no se animaba a hablar con ella. Ella, por otra parte, estaba para él como en un mundo inalcanzable, siempre rodeada de sus amigas… José tenía un amigo que se llamaba Juan. Un muy buen amigo. Un día, José le contó a Juan sus cuitas y Juan le prometió que lo ayudaría. Él le haría saber a Ana Laura los sentimientos de José. Así empezó Juan a hacer un acercamiento… pero el resultado fue que Ana Laura se interesó en Juan y no en José. Juan era un buen amigo, no estaba interesado en la chica, pero ella no quería saber nada de José: ella se había fijado en Juan.
Tras mucha insistencia de Juan, Ana Laura salió por fin con José. Allí descubrió tres cosas: José no era como le había contado Juan; José tampoco era como pensaba ella y José… le resultó alguien muy interesante.

Algo así, pero no tan así, sucedió con Juan el Bautista. Fue enviado por Dios para preparar la llegada de Jesús. Así lo reconoció el mismo Jesús, que vio en la predicación de Juan el cumplimiento del antiguo anuncio del profeta Malaquías:
"Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino" (Malaquías 3,1)
Jesús dijo que Juan es “más que un profeta” y agregó:
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista.
En verdad, la aparición de Juan el Bautista provocó una gran movilización entre los israelitas de su tiempo. El pueblo con el que Dios hizo la primera alianza esperaba la llegada del Mesías, el salvador prometido. Muchos pensaron que era Juan, pero él dijo claramente “Yo no soy el Mesías”.
Juan predicaba con mucha fuerza, llamando a la conversión, a menudo con un tono amenazante:
Conviértanse porque ha llegado el Reino de los Cielos (Mateo 3,2)
Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles;
y todo árbol que no dé buen fruto
será cortado y arrojado al fuego (Mateo 3,10).
Con todo, la gente iba a escuchar a Juan, se arrepentía y se hacía bautizar.
Alrededor de Juan se formó un grupo de discípulos.
Sin embargo, Juan recordaba siempre que él no era el Mesías, sino el mensajero que debía prepararle el camino. Y presentaba al Mesías como aquel que venía con una trilladora, a separar la paja del trigo:
recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja con fuego que no se apaga
(Mateo 3,12)
Juan anunciaba un Mesías que venía a juzgar, a premiar y castigar, sin más trámite.
La predicación de Juan, recordando a los hombres sus graves faltas, terminó por incomodar al rey Herodes, que tenía muchas cosas que arreglar en su vida.
Entonces Herodes encerró a Juan en la fortaleza de Maqueronte.
Mientras tanto, Jesús, que se había hecho bautizar por Juan, comenzó a anunciar el Reino de Dios a través de sus palabras y obras.
Sin embargo, lo que Jesús hacía no coincidía exactamente con lo que Juan había anunciado.
Así dice el evangelio de este domingo:
Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»
Es una pregunta muy seria. Juan es el amigo que preparó a la novia, o sea, al Pueblo de Dios, para el encuentro con el novio, es decir, el Mesías… pero ahora parece que lo que él anunció no es lo que está sucediendo. ¿Cuál es la respuesta de Jesús?
«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!»
Un primer mensaje que podemos sacar de este Evangelio es que Dios nunca dejará de sorprendernos, si lo escuchamos y lo miramos sin prejuicios. Podemos hacernos nuestra idea de Dios, no necesariamente equivocada, pero sí limitada. Nos hacemos esa idea quedándonos con un aspecto, con una cara, pero no abarcamos la totalidad del misterio.
Juan veía la maldad presente en la sociedad de su tiempo. Sentía un profundo anhelo por la justicia de Dios. Llamaba intensamente a los hombres a entrar en esa justicia, a abandonar su vida de maldad, bautizándose como un signo de arrepentimiento y penitencia, para empezar de nuevo y hacerse justos.
Pero Juan pensaba también en aquellos que pretendían zafar del juicio sin un verdadero cambio. Con ellos tuvo palabras muy duras:
“Raza de víboras, ¿quién les ha enseñado a huir de la ira inminente?” (Mateo 3,7)
Juan esperaba el cumplimiento de su anuncio. Con la llegada del Mesías, el Juicio de Dios empezaría inmediatamente.

Jesús sorprendió a Juan porque mostró otro rostro de Dios. La gente oía y veía cosas nuevas. Antes de hablar del juicio que, sí, llegará a su tiempo, el Mesías comenzó por anunciar la misericordia de Dios, a través de varios signos: dando la vista a los ciegos, haciendo andar a los paralíticos, limpiando a los leprosos, devolviendo el oído a los sordos, resucitando a los muertos… y resumiendo todo en que la Buena Noticia era anunciada a los pobres, los excluidos, los marginados, los descartados…

Las palabras con que Jesús resumió su acción fueron tomadas de distintos pasajes del profeta Isaías. Con ello Jesús se identificó con el Servidor de Dios anunciado por el profeta. Eso iba a tener otras consecuencias, porque ese hombre de Dios se caracteriza por ser el Servidor sufriente, aquel que rescataría a la multitud a través de su propio sufrimiento… todavía faltaba tiempo para que eso ocurriera, pero Jesús mostró la compasión de Dios por las heridas y los dolores de la humanidad.

Aquí hay un segundo mensaje que podemos tomar de este evangelio. Mostrándose compasivo, curando las heridas, Jesús nos dice que por allí tenemos que ir los que hemos escuchado su llamado y queremos seguirlo. Seguirlo trabajando y colaborando en todo lo que hace la vida más humana, apoyando todo lo que de verdad humanice al hombre. De muchas formas podemos colaborar con la acción de Dios, que humaniza restaurando su imagen en cada persona humana, la imagen que el pecado ha desfigurado.

En ese seguimiento de Jesús, el Papa Francisco ha señalado una tarea especialmente urgente:
Curar heridas...
Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy
es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones… cercanía, proximidad.
Hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano
que lava, limpia y consuela a su prójimo.
Devolver la vista a los ciegos, hacer oír a los sordos y los demás milagros realizados por Jesús no están a nuestro alcance si los tomamos al pie de la letra… sin embargo, todos podemos ayudar a otros a ver la vida de una manera esperanzada, a escuchar una palabra que levanta y anima, todos podemos ayudar a quienes van perdidos a encontrar caminos de verdadera vida.

Amigas y amigos, en este tiempo de preparación a la Navidad, Jesús está en las personas heridas que encontramos en nuestro camino. No pasemos de largo.
Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.