viernes, 20 de febrero de 2026

Las tentaciones: palabra contra Palabra. Mateo 4,1-11. Domingo I de Cuaresma

El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma con la imposición de las cenizas. Para ayudarnos a vivir este tiempo de conversión, el Papa León XIV nos ha entregado un mensaje que nos invita a colocar nuevamente “el misterio de Dios en el centro de nuestras vidas”.

En este primer domingo, el evangelio presenta las tentaciones que sufre Jesús, cuyas respuestas nos muestran cómo Dios ocupa el lugar central en su corazón.

“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.” (Mateo 4,1)

Para los Israelitas, el desierto evoca el Éxodo: cuarenta años de camino, lugar de la Alianza y los Mandamientos, pero también lugar de tentación y desconfianza en Dios. Así lo expresa la reclamación a Moisés y Aarón:

«Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea». (Éxodo 16,3)

Tras ayunar cuarenta días, Jesús tiene hambre. El tentador hace su primer intento:

 «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes.» (Mateo 4,3)

El tentador propone algo aparentemente razonable. No empieza a tentarnos con pecados graves. Si logra vencernos en lo poco, pronto vendrá por mucho más. Pero Jesús tiene su respuesta:

«Está escrito: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"». (Mateo 4,4 -- Deuteronomio 8,3)

Alimentados por la Palabra de Dios, nosotros pedimos el alimento cotidiano y el Pan de Vida como un don del Padre: “Danos hoy nuestro pan de cada día”

El demonio hace un cambio de escenario. No es la ciudad lejana donde el hijo pródigo cayó en toda tentación y malgastó su herencia. No, el tentador es astuto y audaz.

Llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo. (Mateo 4,5)

La Ciudad santa es Jerusalén y allí está el templo, presencia de Dios en medio de su pueblo. Desde tiempos de Salomón, que construyó el primer templo, ésa es la Casa donde habita el Nombre de Dios, es decir, donde Dios mismo se hace presente (cf. 1 Reyes 8,29).

Jesús había respondido a la tentación citando la Palabra de Dios. Eso parece entusiasmar al tentador, que intenta convertir lo que Jesús ha tomado como escudo, en su arma de ataque.

«Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:
 "Dios dará órdenes a sus ángeles,
 y ellos te llevarán en sus manos
 para que tu pie no tropiece con ninguna piedra"». (Mateo 4,6 -- Salmo 91,12) 

En la Liturgia de las Horas, este salmo se reza los domingos y solemnidades en Completas, última oración del día, como acto de abandono y confianza en Dios. Pero eso, por supuesto, no es lo que propone Satanás, sino que Jesús, en forma caprichosa, ponga a prueba a Dios, como hizo tantas veces el Pueblo en el desierto.

Jesús contrasta ese intento de instrumentalizar la Palabra de Dios con otra cita de la Escritura:

«También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». (Mateo 4,7 -- Deuteronomio 6,16)

Al rezar el Padrenuestro, nosotros pedimos “Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo”, dispuestos a aceptar y cumplir la voluntad del Padre; no la nuestra: la del Padre.

La tercera tentación ocurre en una alta montaña, lugar de encuentro con Dios, como en la transfiguración:

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. (Mateo 17,1)

De lo más alto del templo, a la montaña más alta. Más y más arriba, esperando que mayor sea la caída de Jesús hacia el abismo. El propio Jesús, más adelante, hará esta dura advertencia a la ciudad que se ha remontado y se ha dejado ganar por la soberbia:

Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. (Mateo 11,23)

No es lo mismo que Dios te haga subir con su amor y su gracia, que pretendas trepar con tu ambición humana de poder, tener y gozar sin que importe más nada. La peregrinación humana está jalonada de poderosos que se elevaron de esa forma a lo más alto y luego fueron precipitados. Como dice el salmo: El sepulcro es su morada perpetua (…) aunque hayan dado nombre a países. (Salmo 49,12)

Mostrándole todos los reinos del mundo, el tentador ofrece a Jesús poder a cambio de adoración:

«Te daré todo esto, si te postras para adorarme.» (Mateo 4,9)

Jesús responde de manera definitiva:

«Retírate, Satanás, porque está escrito: "Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto"». (Mateo 4,10 -- Deuteronomio 6,13)

Decimos en el Padrenuestro:  “Santificado sea tu nombre” (Kidush Hashem)

Kidush Hashem, en hebreo, expresa la santificación del nombre de Dios, mediante una vida que refleje su santidad. Es el fundamento de la respuesta de Jesús: “adorarás al Señor tu Dios…”

Con las dos últimas peticiones del Padrenuestro nos colocamos exactamente en la situación de Jesús en el desierto: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”

El Padrenuestro, la oración por excelencia, rezada con plena conciencia de lo que estamos diciendo, nos fortalece ante los embates del tentador, que busca desorientar nuestro camino llevándonos por la dirección contraria o al menos haciéndonos confundir.

Mirando el caminar de la Iglesia y nuestra propia comunidad diocesana, recordamos las tentaciones del Pueblo de Dios en el desierto. Jesús venció al tentador, pero él sigue trabajando para romper la comunión, hacernos desistir de participar y transformar la misión en dimisión, es decir, en abandono.

Por eso, volvemos a pedir al Padre: “Venga a nosotros tu Reino”, pues solo Él puede establecerlo en los corazones, aunque nuestra misión es anunciarlo y ayudar a que los corazones se abran.

Retiro de Cuaresma

Sábado 28, en Villa Guadalupe, de 9 a 18 horas, retiro de Cuaresma. Habrá sacerdotes disponibles para confesiones y concluirá con la Misa.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 19 de febrero de 2026

Palabra de Vida: Practicar el ayuno y hacer el bien. Isaías 58,1-9a


Viernes después de Ceniza.
20 de febrero de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Palabra de Vida: Abrazar la cruz de cada día. Lucas 9,22-25.


 

Jueves después de Ceniza.
19 de febrero de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Palabra de Vida: “Vuelvan a mí de todo corazón” (Joel 2,12-18). Miércoles de Ceniza.



Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

martes, 17 de febrero de 2026

Cuaresma 2026. Escuchar y ayunar: La Cuaresma como tiempo de conversión. Mensaje del Papa León XIV.



Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: 
«Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). 
La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que 
«la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: 
«es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] 
El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque 
«no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] 
En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que 
«sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]
Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.
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[1] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 9.
[2] S. Agustín, La utilidad del ayuno, 1, 1.
[3] Benedicto XVI, Catequesis (9 marzo 2011).
[4] S. Pablo VI, Catequesis (8 febrero 1978).

jueves, 12 de febrero de 2026

La letra y el corazón. Mateo 5,17-37. VI domingo durante el año.

Después de meditar las lecturas de este domingo, pensé que esta reflexión se podría titular “la letra y el espíritu”, por aquello de que no solo hay que cumplir la letra de la ley sino también la intención del legislador, el espíritu de la ley. Suele hacerse esa distinción en el mundo civil. En un Estado de derecho, allí donde tiene vigencia la ley -lo que no siempre ocurre- nunca faltan quienes buscan dentro de las lagunas, contradicciones y recovecos de la ley escrita la forma de burlar su espíritu, “cumpliendo la letra” pero sacando ventaja de sus fallas.

¿Por qué cambié el título? Espero que eso se descubra a lo largo de esta charla.

Este domingo continuamos leyendo el sermón del monte, con el que ya no nos volveremos a encontrar este año, porque el próximo domingo será el primero de la Cuaresma.

Sin embargo, especialmente en el evangelio de hoy, la palabra de Jesús se convierte en exhortación y orientación para la vida de cada día y hasta de cada momento, lo que puede llevarnos a entrar ya con un examen de conciencia en el camino cuaresmal.

Mateo presenta a Jesús sentado en la montaña, no solo como maestro, sino como un nuevo Moisés. Los cinco primeros libros de la Biblia son llamados la Torah, que significa la Ley y la tradición judía los atribuye a Moisés. Se le considera el gran legislador de Israel.

A Moisés correspondió entregar al Pueblo de Israel los Diez Mandamientos dictados por Dios en el marco de la primera alianza. 

En paralelo a aquel gran acontecimiento, Mateo presenta a Jesús entregando las Bienaventuranzas, como un nuevo código para el Pueblo de Dios.

¿Significa eso que la Ley de Moisés ya no tendrá vigencia? Jesús lo aclara enfáticamente:

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: Yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no quedarán ni una “i” ni una coma de la Ley sin cumplirse, antes de que desaparezcan el cielo y la tierra. (Mateo 5,17-18)

La expresión “la ley y los profetas” designa toda la Palabra de Dios del primer testamento. No se trata, entonces, solamente del cumplimiento de los centenares de preceptos allí contenidos, sino del cumplimiento de todo lo que la Ley y los Profetas (y los demás escritos sagrados) han anunciado acerca de Jesús. También hay que decir que los numerosos preceptos rituales -por ejemplo, los referidos a sacrificios de animales- caerán, porque en el sacrificio de Jesús en la cruz todo ese culto llega a su plenitud y queda superado de una vez para siempre. La carta a los Hebreos, que abunda en ese tema, nos dice que Cristo, como Sumo Sacerdote…

"... entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna." (Hebreos 9,12)

Pero no es esto lo que sucede con los mandamientos. Jesús los retoma y los comenta en el sermón del monte, con un criterio aplicable a todos ellos.

Jesús abre sus comentarios con una fórmula que se va repitiendo en cada ocasión: “se dijo… pero Yo les digo”. 

Esa manera de expresarse suele usarse para plantear una oposición: se dijo esto, pero yo les digo lo contrario. Pero no es eso lo que presenta Jesús. Recordemos: Él no ha venido a abolir sino a dar cumplimiento. Y no se trata solo del cumplimiento de la letra. Jesús quiere revelar la anchura y profundidad de la ley.

Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal». Pero Yo les digo que todo aquél que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquél que lo insulta, merece ser castigado por el Tribunal. Y el que lo maldice, merece el infierno. (Mateo 5,20-21)

Frente a quienes quieren reducir al mínimo los deberes que señala la Ley, Jesús, en cambio, los amplía. Enseñando que irritarse contra el hermano ya es matarlo, que una mirada lasciva es ya adulterio, que el juramento está de más si se es veraz, Jesús no está estableciendo una nueva ley, más exigente que la antigua.

Con el anuncio del Reino de Dios, Jesús manifiesta que ha llegado un tiempo nuevo, en el que la Ley puede vivirse en su plenitud, en su profundidad. 

Desde luego, ya tiene su valor cumplir la letra de la ley: “no matarás”. Hay personas que no cumplieron esta ley, porque le han quitado la vida a alguien y en adelante cargarán con esa culpa. Muchos, en cambio, pueden decir con verdad “nunca maté a nadie”, ni siquiera por negligencia o colaborando en un aborto o en la práctica de la eutanasia. Han cumplido la letra. ¿Han ido más lejos?

Un paso de otra calidad es la adhesión interior a la ley. Muchas veces cumplimos con la ley porque sabemos que si no lo hacemos, habrá consecuencias; pero si pudiéramos evitar cumplirla, lo haríamos. Haríamos lo que está prohibido. Muy diferente a eso es hacer de la ley una convicción, una convicción profunda que me llevará a respetar la vida del otro y a no desear la muerte a nadie. Sin embargo, esa adhesión interior a la ley aún depende de nuestras fuerzas… y de nuestras fragilidades.

La enseñanza de Jesús nos llama a vivir hasta el fondo como seres creados “a imagen y semejanza de Dios” de modo que el bien sembrado en nuestro corazón por el Creador se haga visible en nuestra vida. Eso lo hace posible la presencia del Espíritu Santo. Dice san Pablo en la segunda lectura:

“El Espíritu lo penetra todo” (1 Corintios 2,10)

Solo con el don del Espíritu podemos encontrar la fuerza y la fidelidad para vivir en la ley de Dios. Con el don del Espíritu ya es posible, sin esperar un tiempo mejor, entrar en “el Reino de los Cielos”. Podemos acceder al Reino allí mismo, donde ahora nos encontramos, sin falsas ilusiones y sin resignación. Confiados en la promesa del Señor, queremos hacer verdad en nuestra vida su Palabra:

Cuando ustedes digan «sí», que sea sí (Mateo 5,37)

Mirando hacia la Cuaresma, tiempo de conversión y de volver al Señor de corazón, estamos llamados a renovar nuestro “sí” a la Palabra de Jesús. Así, su mensaje puede hacerse vida en nosotros.

Miércoles de Ceniza

Recordemos que el 18 es Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma, día de ayuno y abstinencia.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que la Palabra de Jesús llene sus corazones, con toda su fuerza y que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.


miércoles, 11 de febrero de 2026

jueves, 5 de febrero de 2026

“Despuntará tu luz como la aurora” (Isaías 58,7-10). V Domingo durante el año.

Más de una vez he escuchado a alguien referirse a otra persona como “un ser de luz”. En el lenguaje corriente, esa expresión se suele aplicar a quienes se destacan por su amabilidad, optimismo y por irradiar actitudes que hacen sentir bien a quienes los rodean.

En ciertas corrientes de espiritualidad se habla así de aquellos de los que se dice que irradian energía positiva, bondad y paz, y son fuente de inspiración para otros.

La cita de Isaías utilizada como título de esta reflexión —“despuntará tu luz como la aurora”— puede llevar a pensar que esa luz es algo propio. Sin embargo, esta idea se matiza al leer la frase en su contexto, especialmente a la luz del evangelio de este domingo, tal como propone la liturgia.

Desde el domingo pasado, en que escuchamos las bienaventuranzas, estamos leyendo el “sermón de la montaña”. ¿A quién se dirige Jesús cuando habla? Mateo menciona una gran multitud, pero también señala que los discípulos de Jesús “se acercaron a él.” Las palabras de Jesús parecen más bien dirigidas a éstos, porque suponen un compromiso ya asumido de seguirlo, de estar con él. Pero la multitud escucha y las palabras de Jesús a sus discípulos se hacen una invitación para cada uno de los que está escuchando. Así pues, dice Jesús a sus discípulos:

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. (Mateo 5,14-15)

En otro evangelio, Jesús proclama:

“Yo soy la luz del mundo” (Juan 8,12). 

Esto hace que sea asombrosa esa afirmación: “ustedes son la luz del mundo”. Surge entonces la pregunta: ¿esa luz es propia, o los discípulos reflejan la luz de Cristo como la luna refleja la del sol?

Cuando buscamos una lamparilla eléctrica miramos cuántos Watts marca, porque eso determina la intensidad de la luz. La lámpara está preparada para esa intensidad y no puede dar más ni menos que eso, sea mucho o sea poco. ¿Estará también así limitada nuestra capacidad de ser luz?

La comparación que hace Jesús con la lámpara nos hace ver dos cosas. Primero: la lámpara no se enciende ella misma, sino que es encendida por alguien. Segundo: la lámpara no se ubica por sí misma en algún sitio, sino que es colocada por alguien en el lugar adecuado, para que ilumine a todos. Eso significa que la luz que Jesús nos llama a ser y a dar, no nos pertenece y su fuente no está en nosotros. Esa luz viene de una conexión profunda, como ocurre con el sistema eléctrico. Esta conexión se da con la presencia de Dios en nosotros, por medio del Espíritu Santo, cuya luz ilumina y hace luminosa nuestra vida.

Volviendo a Isaías, el profeta señala que la luz de Dios brilla en nuestra vida cuando se cumplen ciertas condiciones. Al contrario de una falsa espiritualidad centrada en sí mismo, en el yo, donde Dios y el prójimo quedan en la periferia, Isaías -digámoslo así- conecta la sensibilidad religiosa auténtica con una capacidad y voluntad de involucrarse verdaderamente en la vida y sobre todo en el sufrimiento del hermano.

Si compartes tu pan con el hambriento
y albergas a los pobres sin techo;
si cubres al que veas desnudo
y no te despreocupas por tu propia carne,
entonces despuntará tu luz como la aurora
y tu llaga no tardará en cicatrizar. (Isaías 58,7-8).

Es llamativa la referencia final a la sanación de una herida. Puede haber muchas formas de alivio, de curación superficial, pero no hay sanación profunda sin apertura al amor a Dios y al hermano.

Finalmente, san Pablo, sin referirse directamente a la luz, aporta una perspectiva importante. La comunidad de Corinto tenía cierta inclinación a buscar manifestaciones extraordinarias, como si hoy  metiéramos luces estroboscópicas, bola de espejos, rayos de láser, luz negra y otros ingenios de discoteca. En ese contexto, Pablo nos sorprende diciendo a los corintios:

Me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante. (1 Corintios 2,3)

¿Por qué hace eso Pablo? Él mismo se explica:

Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Corintios 2,4-5)

Pablo había vivido la experiencia de haber estado enceguecido, cuando perseguía a los cristianos y luego la de haber quedado ciego ante la visión de Jesús resucitado. Ahora, viendo todo bajo la luz de Cristo, él ha aceptado la misión de ser lámpara que Dios enciende y coloca allí donde pueda iluminar a todos. Esa luz no enceguece, sino que permite ver la realidad más profunda de cada ser humano: su realidad de ser creado y amado por Dios y llamado a compartir con Él su eternidad. En el día de nuestro bautismo recibimos personalmente, o por medio de nuestros padrinos, la luz de Cristo, que se nos confió, no solo para que ilumine nuestra vida sino también para entregarla con todo amor a los demás, especialmente a quienes están en la mayor necesidad de encontrar al Dios de la misericordia y el Consuelo.

Noticias

La semana pasada, la comunidad de las Hermanas de la Mínima congregación de Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, que está en el Barrio del Estadio de Pando, recibió a sus hermanas del Cono Sur para su encuentro periódico y celebraron los 25 años de vida consagrada de la Hermana Paola y los 135 años de la fundación de la congregación.

Desde hace ya dos años, se encuentran en nuestra diócesis, en la parroquia de Toledo, tres misioneros de la Comunidad Dios Proveerá. Esta asociación de fieles nació en Brasil hace 20 años y en estos días celebra ese aniversario. El P. Fabián y yo hemos viajado para acompañarlos. Los felicitamos y damos gracias por su presencia entre nosotros.

Martes 10: santa Escolástica, la hermana de San Benito. Recordemos a nuestras hermanas benedictinas del monasterio Santa María, Madre de la Iglesia, en El Pinar.

Miércoles 11: Nuestra Señora de Lourdes. Jornada mundial del enfermo, que se celebra este año con el lema “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”. Ese día, a las 19:00 presidiré la Eucaristía en nuestra Gruta de Lourdes de Echeverría, Canelones.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

viernes, 30 de enero de 2026

“A ellos les pertenece el Reino de los Cielos” (Mateo 4,25 — 5,12). 3er. Domingo durante el año.

Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo… (Mateo 4,25 – 5,2)

Así comienza el evangelio de este domingo, que nos introduce al “sermón de la montaña”. A continuación vendrán ocho frases que se inician con la palabra “Bienaventurados”. Hoy suele traducirse como “felices”, “dichosos”; pero “bienaventurados” tiene otros ecos… habla de movimiento, de contingencia, de “aventura”… dice más de un poner el rumbo de la vida en manos de Dios, en la confianza de que Él nos llevará hacia el bien.

Diciendo esto, Jesús promete que quienes vivan ese programa que Él propone, alcanzarán la  felicidad. Desde luego, Jesús se refiere a la vida eterna, a la felicidad para siempre, en la casa del Padre. Pero no solamente allí. Ya en esta vida el discípulo de Jesús comienza a estar en el Reino de Dios, a recibir consuelo, a recibir la tierra en herencia, a ser saciado de justicia, a obtener misericordia, a contemplar a Dios, a ser llamado hijo de Dios. Todo eso llegará a su plenitud en la eternidad, junto a Dios, pero el discípulo puede gozarlo ahora, a pesar de que, al mismo tiempo, pueda ser insultado, perseguido y calumniado por causa de Jesús.

Entremos en las bienaventuranzas. Nos ayuda a entenderlas mejor ordenarlas por pares.

I - Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,3)
VIII - Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,10)

El primer par lo forman la primera y la octava. La primera y la última bienaventuranza tienen la misma promesa: “de ellos es el Reino de los Cielos”. La promesa es nada menos que “el Reino de Dios”… ¡Vivir en Dios! Esta promesa está dirigida a los “pobres de espíritu” y a los “perseguidos por causa de la justicia”.

La bienaventuranza sobre los “pobres de espíritu” es tal vez la más discutida de todos los tiempos. En el evangelio de Lucas, donde las bienaventuranzas son sólo cuatro, dice simplemente: “bienaventurados los pobres”. En el Evangelio de Mateo dice “bienaventurados los pobres de espíritu”. 

Todo en este mundo está como empujándonos a buscar enriquecernos: tener más y más, consumir más y más… Las palabras de Jesús, “bienaventurados los pobres” van a contracorriente. Jesús agrega muchas veces otras palabras que invitan a reflexionar: 

“Cuídense de toda avaricia, porque no está la vida en el tener muchas cosas” (Lucas 12,15) 

y podríamos citar muchos más ejemplos…

La persona pobre de espíritu o que tiene alma de pobre es aquella que, aun teniendo bienes en este mundo, no está aferrada a ellos como si fueran su vida. Esa persona, desapegada de las cosas, busca primero el Reino de Dios y su justicia, poniendo muchas veces sus bienes en ese empeño.

Decíamos que esta bienaventuranza se empareja con la última, que habla de los “perseguidos por causa de la justicia”. No se trata de la persecución judicial contra alguien acusado de un delito. La traducción más clara es “perseguidos por practicar la justicia”: perseguidos por ser justos, por vivir como personas justas. ¿Qué es una persona justa? No se trata sólo de la justicia en las relaciones humanas, sino de ser justo ante Dios. San José es un modelo de hombre justo. El hombre justo es el que busca conocer y cumplir la voluntad de Dios en su vida. Está poniendo primero el Reino de Dios y su justicia, y eso le traerá muchas veces incomprensión, rechazo, e incluso, como sucede aún hoy en algunos lugares, persecuciones violentas. Son las consecuencias de vivir como cristiano, comprometido con su fe y con su Dios.

II - Felices los afligidos, porque serán consolados. 
III - Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. (Mateo 5,4-5)

El segundo par de bienaventuranzas nos presenta los mansos o pacientes y los que lloran o están afligidos. Son dos aspectos que tienen que ver con nuestra actitud ante la vida. Aprender a vivir los inevitables contrastes y sufrimientos que la vida nos va presentando, confiando siempre en el Dios de todo consuelo que conduce la historia. Es la actitud de quien se pone en manos de Dios, con la misma confianza que un niño pequeño en brazos de su madre. Es el espíritu que refleja el salmo 130: 

“Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; 
no pretendo grandezas que superan mi capacidad; 
sino que acallo y modero mis deseos 
como un niño en brazos de su madre”. (Salmo 13,1-2)

El tercer par de bienaventuranzas nos ubica en dos actitudes que hacen a nuestra relación con los demás. 

IV - Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 
V - Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. (Mateo 5,6-7)

Se trata de vivir una vida justa ante Dios y los hombres y dejarse mover por la compasión ante la necesidad del otro, actuando en consecuencia. El año jubilar que acabamos de celebrar nos llamó a vivir ese aspecto fundamental de nuestra fe cristiana, que se expresa en las obras de misericordia corporales y espirituales.

VI - Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. 
VII - Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. (Mateo 5,8-9)

Finalmente, el cuarto par nos ubica en dos relaciones fundamentales con Dios, que también se reflejan en nuestra relación con los demás: la pureza de corazón y el trabajo por la paz.

Esto significa mantener el corazón limpio, cultivando la amistad con Dios y la búsqueda del bien por encima de todo.

Trabajar por la Paz, es ofrecer a los demás ese don que se ha recibido de Dios.

La Paz no es la tranquilidad o el aislamiento, o la simple ausencia de conflictos, ni la paz del cementerio. Es un estado de plenitud, de felicidad. Dios ofrece su Paz a los hombres desde ahora, desde la historia y un día nos la dará totalmente, en la eternidad. Es su don. Trabajar por la Paz es recibir la Paz de Dios y compartirla con quienes tenemos alrededor.

Las bienaventuranzas son, pues, un verdadero programa de vida.
¿Quién puede vivir esto, que parece tan exigente?
En primer lugar, lo vivió plenamente el propio Jesús.
Todas esas actitudes están presentes en los diferentes momentos de su vida.
Perseveremos en buscar la unión con Él, que nos anima y nos sostiene con su Espíritu para que podamos vivir las bienaventuranzas.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

sábado, 24 de enero de 2026

"Ha brillado una gran luz". (Mateo 4,12-23). Domingo III durante el año.

Cuando una persona cercana, sea un amigo o alguien de nuestra familia, nos confiesa que “ve todo negro”, inmediatamente sentimos preocupación. Aunque el entorno esté iluminado o el día sea claro, esa persona siente que está sumida en la oscuridad. Su alma y su corazón carecen de luz. Muchas veces siente que no sabe hacia dónde caminar en la vida, que no tiene claro qué hacer, o incluso experimenta la falta total de esperanza. Todo lo que la rodea le parece negativo, y siente que todas las puertas y salidas están cerradas.

El pueblo que caminaba en las tinieblas
ha visto una gran luz;
sobre los que habitaban en el país de la oscuridad
ha brillado una luz. (Isaías 9,1)

El profeta Isaías describe a un pueblo “que caminaba en tinieblas”. Es un pueblo que sigue andando, aunque no distingue el rumbo y corre el riesgo de girar en círculos o caer en situaciones aún peores que aquellas de las que intenta escapar. Más adelante, Isaías agrega que este pueblo “habitaba en el país de la oscuridad”, es decir, estaba instalado en la noche, sumido en las sombras. Sin embargo, el profeta anuncia una gran luz para ese pueblo. Gracias a esa luz, podrán encontrar el camino de la salvación y recuperar la esperanza y la alegría.

Y eso, ¿cuándo se iba a cumplir? Los creyentes del tiempo de Isaías tomaron en serio ese anuncio, y encontraron muchos signos de esperanza. Encontraron una luz en su camino. Sin embargo, el anuncio de Isaías no era sólo para su época. Su visión de profeta apuntaba mucho más allá, apuntaba a los planes misteriosos de Dios: enviar al mundo un Salvador.

En el Evangelio que escuchamos en las misas de este domingo, el evangelista Mateo retoma la profecía de Isaías para decirnos que ahora sí se ha cumplido, y se ha cumplido de una manera definitiva. Todos aquellos que se sientan envueltos en la oscuridad y en las tinieblas de la muerte, pueden encontrar la Luz, la Luz de la vida.

Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: (…) “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (Mateo 4,12-16)

Esa luz es Jesús. Venimos de celebrar su nacimiento. Muchos pintores a lo largo de los siglos han representado la escena de Belén. Personalmente, las pinturas que me gustan más son aquéllas en las que la luz que ilumina toda la escena sale del niño. Los rostros de las personas que lo rodean: San José, la Virgen María, los pastores, son iluminados por la luz que brota del niño Jesús. Es a la vez algo que supone un cuidadoso trabajo para el pintor, pero es también la expresión de su fe en Jesús luz del mundo.

¿Qué es lo que hace la luz por nosotros? No hablemos todavía de la luz espiritual. La luz “física”, la luz del sol, la luz de nuestras casas generada por electricidad o por gas, nos permite ver. Cuando hay algo que emite luz: el sol, una lámpara, un farol, esa luz se refleja en las cosas, revelando formas, colores, presencias que no podíamos percibir en la oscuridad.

La luz de Cristo nos permite también ver, pero aquí se trata de ver con los ojos de la fe. Antes de su renuncia el papa Benedicto XVI estaba escribiendo una encíclica que fue retomada y asumida por el Papa Francisco. Esa carta se llama Lumen Fidei, “La luz de la fe”, y dice allí:

“la fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver.” (Lumen Fidei 18).

Es una perspectiva interesante: la fe “no solo mira a Jesús”. Es verdad, como creyentes miramos hacia Jesús, buscamos su mirada, le pedimos su ayuda… pero el Papa nos llama la atención sobre otro aspecto, que podría ser hasta un segundo paso en la fe: después de mirar hacia Jesús, mirar con Jesús, mirar desde su punto de vista o, dicho de forma más bonita: “mirar con sus ojos”. Y agrega: la fe “es una participación del modo de ver de Jesús”.

Entonces, ¿qué pasa cuando nos ponemos a mirar desde el punto de vista de Jesús? ¿Qué nos hace ver esa luz que viene de Él?

Si algo caracteriza la mirada de Jesús es la Misericordia, la compasión. Esos sentimientos nacen en Jesús a partir de lo que ve. Pero no nos engañemos: vemos lo que queremos ver, no lo que tenemos delante de los ojos. Porque aunque me lo pongan delante, si no lo quiero ver, no lo veré, y no dejaré que esa imagen que pasa por mi retina llegue a mi corazón y me mueva.

La parábola del buen samaritano puede ser una parábola del ver. Asaltado por unos ladrones un hombre quedó medio muerto al costado del camino.

Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. (Lucas 10,31-33)

Los tres vieron: pero solo el samaritano se conmovió. Dejó que lo que veía tocara su corazón y no se quedó solo en sus sentimientos. Pasó a la acción y al compromiso para que ese hombre herido no muriera y pudiera volver a levantarse.

Si nos ponemos a mirar desde el punto de vista de Jesús, tal vez eso es lo primero que encontramos: la mirada misericordiosa, que llega hasta lo más hondo y que lo mueve y nos mueve a actuar cuando miramos como Él.

Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. (Mateo 14,14)

Esa mirada misericordiosa de Jesús se dirige a toda la humanidad. Realmente, ningún ser humano queda fuera de esa mirada. Toda persona que está en este mundo tiene su propia miseria, como para ser así mirado por Jesús.

Mirar con Jesús a los demás –y mirarnos a nosotros mismos con Jesús– puede ayudarnos a ser más comprensivos con la fragilidad que está presente en toda persona humana. Muchas veces quienes aparentan o quieren aparentar ser fuertes, solo están mostrando su debilidad.

Una vieja oración pedía a Dios “ver a cada uno de tus hijos como tú mismo los ves”. Es una hermosa petición. Poder ver a los demás desde la mirada de Cristo o desde la mirada del Padre –que es la misma– puede cambiar nuestra manera de tratar el prójimo y posiblemente pueda también cambiar la manera en que ese prójimo nos trata y trata a los demás.

Eso es lo que hace la luz de Cristo cuando dejamos que ilumine nuestra vida. Vemos la verdad de Dios, la verdad de su amor, de su misericordia, pero vemos también la verdad de nuestra propia vida y la vida de cada persona, necesitada profundamente de ese amor y de esa misericordia divinas. De ese amor y de esa misericordia que pueden llegar desde Dios a través de personas como nosotros mismos, si dejamos a Dios actuar en nuestro corazón.

Visita al santuario Rosa Mística en Montichiari, Italia

El viernes 23 tuve la oportunidad de visitar el santuario de María Rosa Mística – Madre de la Iglesia, en Montichiari, Italia y celebrar allí la Misa. Los mensajes recibidos por Pierina Gilli nos invitan a la oración, la penitencia y el sacrifico, realizados con amor, en seguimiento de Jesucristo, rezando muy especialmente por la fidelidad de los sacerdotes y de las personas consagradas. Tuve muy presente a nuestra capilla Rosa Mística en Canelones.

Conversión de san Pablo, Día del Cursillista.

Aunque hoy no se celebra por ser domingo, el 25 de enero es el día en que la Iglesia celebra la Conversión del Apóstol San Pablo. Siendo San Pablo el patrono del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, se celebra también hoy el “Día del Cursillista”. El sueño de Pablo fue que todos conocieran a Jesucristo y ese sueño sigue hoy vivo en la Iglesia; en nuestra Iglesia diocesana en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.