jueves, 30 de julio de 2026

"Denles de comer ustedes mismos" (Mateo 14,13-21). Domingo XVIII durante el año.

2 de agosto: el perdón de Asís.

Como muchos de ustedes saben, en este año 2026 se cumplen ochocientos años de la muerte —o, como decimos en la tradición cristiana, del tránsito— de san Francisco de Asís: su paso de la vida terrena a la vida junto a Dios. Por ese motivo estamos celebrando un año jubilar que toca, en primer lugar, a la familia franciscana, pero que también alcanza a toda la Iglesia.

En ese marco, no podemos dejar pasar la fecha de hoy, en la que la familia franciscana celebra la fiesta de Santa María de los Ángeles. 

A los veintipocos años, Francisco, hijo de un rico comerciante de telas de la ciudad de Asís, sintió el llamado de Jesús a dejar todo lo que el mundo le ofrecía, para vivir en una pobreza radical y dedicarse al anuncio del Evangelio como predicador itinerante. En esos tiempos iniciales, los benedictinos le cedieron un pequeño terreno, que pasó a ser conocido como “la Porciúncula”, palabra que significa, precisamente, una pequeña porción de tierra. Allí había una iglesita muy deteriorada, que Francisco restauró y que llegó a ser la Iglesia Madre de la Orden Franciscana. Un 2 de agosto, aquella humilde iglesia fue dedicada a Santa María de los Ángeles.

En la Porciúncula Francisco recibió a sus primeros seguidores y fundó con ellos la Orden de los Hermanos Menores. En la pequeña iglesia entregó el hábito a Santa Clara, fundando la Orden de las “Damas Pobres”, las Clarisas. Allí se celebraron los primeros capítulos, reuniones de todos los frailes de la Orden y desde allí salieron los franciscanos en misión hacia todos los lugares de la tierra. 

En la Porciúncula, según la tradición, Cristo se apareció a Francisco y le concedió, por intercesión de María, la extraordinaria indulgencia del Perdón de Asís: un privilegio especial que fue reconocido por el papa Honorio III y que quedó unido para siempre a la fecha del 2 de agosto.

Finalmente, muy cerca de la pequeña Iglesia, donde hoy se levanta la capilla del tránsito, Francisco recibió, cantando, a la “hermana muerte corporal”, en la noche del 3 al 4 de octubre de 2026.

Mucho más tarde, en los siglos XVI y XVII se construyó en la Porciúncula la actual basílica Santa María de los Ángeles, dentro de la que quedó albergada la pequeña iglesia.

El 2 de agosto, día del “perdón de Asís”, es posible recibir la indulgencia plenaria, visitando una iglesia franciscana y cumpliendo las condiciones habituales: confesión, comunión y oración por el Santo Padre. En este año jubilar, esta fecha adquiere particular relieve. En nuestra diócesis tenemos una parroquia y un monasterio dedicados a Santa María de los Ángeles; la parroquia, en Ciudad de la Costa y el monasterio de las Clarisas Capuchinas en paraje Echevarría, cerca de Canelones. En esos lugares, así como en otros sitios vinculados a San Francisco y a los santos y santas de la Orden, es posible recibir, durante todo el año jubilar, la indulgencia plenaria.

Domingo XVIII - Denles de comer

Pasemos ahora al Evangelio. En los domingos anteriores veníamos escuchando una sección de parábolas con las que Jesús anuncia el Reino de Dios. Siguiendo la forma en que Mateo organiza su evangelio, después de la enseñanza viene una sección narrativa, donde a la Palabra sigue la acción, acción por la que el Reino se hace visible. 

El evangelio de hoy comienza diciéndonos que Jesús sentía necesidad de alejarse y estar a solas. Esto sucede inmediatamente después de que el rey Herodes mandara matar a Juan el Bautista. No sabemos exactamente qué pasaba por el corazón de Jesús, pero sin duda la muerte de Juan lo había afectado hondamente. Por eso buscaba la soledad, ese lugar de sus más profundos encuentros con el Padre. Sin embargo, su intento de tomar distancia se verá interrumpido:

Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos. (Mateo 14,13-14)

La compasión que siente Jesús es ese movimiento imparable de atención al prójimo que nos impide encerrarnos en nosotros mismos y nos impulsa a ir hacia el otro, dispuestos a auxiliarlo compartiendo los bienes que tenemos. La actitud compasiva de Jesús toca también a sus discípulos, que parecen asustados ante la idea de tener que hacerse cargo de tantas personas hambrientas y desearían despedirlas:

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». (Mateo 14,15)

Pero Jesús quiere hacer realidad la promesa de Dios que escuchamos en la primera lectura, por boca del profeta Isaías:

¡Vengan a tomar agua, todos los sedientos,
y el que no tenga dinero, venga también!
Coman gratuitamente su ración de trigo,
y sin pagar, tomen vino y leche. (Isaías 55,1)

No se trata de comprar. Se trata de compartir. Y es así que Jesús dice a sus discípulos:

«No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». (Mateo 14,16)

Los discípulos señalan que sus recursos son completamente insuficientes: “cinco panes y dos pescados”; pero Jesús les pide que los pongan en sus manos. A continuación, realiza un gesto que anticipa el sacramento de la Eucaristía:

"... después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud." (Mateo 14,19)

El milagro consiste en que unos pocos panes, compartidos fraternalmente y confiados al poder de Dios, no solo alcanzan para todos, sino que incluso sobran, hasta llenar doce canastos.

El pan nuestro de cada día, el alimento que cada persona necesita para saciar su hambre y continuar caminando en esta vida, no debería faltarle a nadie. Jesús sigue diciéndonos hoy, como discípulos suyos, “denles de comer ustedes mismos”, haciendo nuestro su sentimiento de compasión por el hermano que sufre.

A la vez, el pan cotidiano es también el signo bajo el cual Jesús quiso quedarse presente en el Sacramento de la Eucaristía, donde él mismo se ofrece como “pan vivo bajado del Cielo”. Es también ese pan, alimento verdadero, pan de vida eterna, el que cada persona que viene a este mundo está llamada a recibir. A quienes creemos en Jesucristo nos toca transmitir a todos la invitación del Señor a participar, desde ahora, en el Banquete del Reino: “Dichosos los invitados a la cena del Señor”.

En esta semana:

  • Martes 4: San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes.
  • Miércoles 5: reunión de la Conferencia Episcopal del Uruguay. Los obispos estamos preparando nuestra visita Ad Limina, es decir la visita a la Santa Sede, que haremos en septiembre y la visita del Papa León XIV a quien recibiremos en noviembre.
  • Jueves 6: Fiesta de la Transfiguración del Señor. En ese día, celebración del Santo Cura de Ars en el Seminario Interdiocesano.
  • Viernes 7: San Cayetano, presbítero, cuya intercesión es tantas veces invocada pidiendo pan y trabajo. Patrono de la capilla de Cella.
  • Sábado 8: Santo Domingo, fundador de la Orden de los Predicadores, los frailes dominicos.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 29 de julio de 2026

Palabra de Vida. Convertirse en un vaso nuevo. Jeremías 18,1-6.


 

Jueves de la XVII semana durante el año, 30 de julio de 2026. 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar provecho de ellas.

martes, 28 de julio de 2026

29 de julio: Santos Marta, María y Lázaro.


 

Palabra de Vida. Si nos amamos, Dios está entre nosotros. 1 Juan 4,7-16 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar provecho de ellas.

domingo, 26 de julio de 2026

jueves, 23 de julio de 2026

UN TESORO ESCONDIDO. (Mateo 13,44-52). Domingo XVII durante el año.

Este domingo la Iglesia celebra la VI jornada mundial de los abuelos y de las personas mayores, coincidiendo con la memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María. Por ese motivo, el Papa León XIV ha entregado un mensaje que tiene como título 

“Yo no te olvidaré” (Isaías 49,15), 

una promesa de Dios que nos transmite el profeta Isaías. Esta celebración, dice el Papa, 

“es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios.”

El evangelio de hoy nos presenta el Reino de Dios como una realidad a descubrir. En esta Jornada de los mayores, esa imagen adquiere una resonancia particular: también la ancianidad puede ser un campo donde Dios esconde un tesoro, una etapa en la que la memoria, la fe y la esperanza revelan de nuevo la cercanía del Reino. 

Pero ese descubrimiento puede llegar para cada persona en cualquier etapa de la vida y bajo muy distintas circunstancias. El camino por el que alguien llega a Dios es el de su propia vida, el de su experiencia personal… y eso hace que ese camino sea único, aunque lleguemos a compartir con otros la misma fe.

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.» (Mateo 13,44)

La persona que encontró el tesoro escondido no lo estaba buscando: simplemente, apareció allí, inesperadamente, como por azar. No era del todo raro que algo así sucediera, aunque no fuera frecuente. Más de una vez los arqueólogos han encontrado los llamados “tesorillos”: monedas metidas dentro de una vasija y enterradas en un lugar seguro, a salvo de ladrones y saqueadores. Seguramente recordamos la expresión de san Pablo: 

“llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Corintios 4,7), 

entendiendo por el vaso de barro la imagen de nuestra naturaleza humana en su fragilidad… pero la comparación está tomada de esa práctica de guardar en recipientes de barro el tesoro de la casa.

En todo caso, quien ha encontrado el tesoro en el campo se ha dado cuenta del valor de lo que acaba de descubrir por accidente. También comprende que ese hallazgo no es mera coincidencia; en cierta forma, estaba destinado para él. 

Aquí el hombre podría haber hecho algo muy sencillo para quedarse con su hallazgo: volver en un momento en que estuviera seguro de no ser visto, sacarlo del lugar escondido y llevárselo. Pero el tesoro está en un campo; está envuelto en una realidad más grande que el tesoro mismo. 

Es así como el hombre decide comprar el campo, para lo cual vende todo lo que tiene. De ese modo, tomará legítima posesión del tesoro. Si el tesoro es el Reino ¿Qué es, entonces, el campo? Es un espacio que se hace valioso en la medida que contiene el tesoro, de modo que campo y tesoro se hacen inseparables. El campo puede ser la propia experiencia vital… o puede ser la comunidad cristiana, la Iglesia… en fin, el campo es el lugar donde Jesucristo, el tesoro, se nos hace presente.

«El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.» (Mateo 13,45-46)

Aquí nos encontramos con una historia diferente. Si el hombre del tesoro lo encontró por accidente, aquí, en cambio, estamos ante alguien que conoce y que busca. Se dedica a ello, en el mercado de las perlas. Es un negociante: compra perlas finas y las vende; evidentemente, para obtener una ganancia... pero esta perla de gran valor es de una calidad excepcional. Ya no se trata de seguir el ciclo: comprar, vender y ganar. Esta perla vale más que cualquier otra y por ella vale la pena desprenderse de todo lo que se tiene, para poder adquirirla y no desprenderse de ella.

«El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.» (Mateo 13,47-48)

Esta última parábola tiene su explicación, que es la referencia al juicio de Dios, concluyendo de esta manera: 

«Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el fuego ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mateo 13,49-50)

Dicho esto, la parábola en sí tiene algo en común con las anteriores: discernimiento y renuncia. Discernimiento para ver lo que realmente vale; renuncia para desapegarse de lo que no sirve. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús nos habla de renunciar: no solo a los propios bienes (Lucas 14,33), sino incluso a la propia vida (Marcos 8,35 – Mateo 16,25). Pero no se trata de hacerlo porque sí. Esa renuncia tiene sentido si es el resultado de una elección, de una opción por Jesús y por su Reino, por la plenitud de vida que encontramos allí.

Poco importa la forma en que hemos descubierto el tesoro del Evangelio. Ese tesoro será el fundamento de nuestra felicidad auténtica si tenemos el valor de “pagar el precio”, deshaciéndonos de todo lo que en nuestra vida sea incompatible con el seguimiento de Jesús. Ya seamos como el agricultor, el mercader o el pescador, necesitaremos poder apreciar y reconocer el valor de lo que hemos llegado a descubrir, a encontrar o a sacar con la red, con respecto a lo que hasta ahora hemos considerado valioso.

Para poder discernir correctamente, vayamos a la primera lectura y hagamos nuestra la oración de Salomón, pidiendo la sabiduría, a lo que Dios responde:

«… has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud; yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente…» (1 Reyes 3,11-12)

Pidamos, entonces, un corazón atento y decidido, que en cada etapa de la vida sea capaz de reconocer el tesoro cuando Dios lo pone en nuestro camino, de elegirlo con alegría y de llevarlo a nuestro actuar, sin demora. 

Que la Gracia de Dios nos anime a vivir con sabiduría y esperanza, para que nuestra vida —en cualquier edad y circunstancia— anuncie la alegría de haber encontrado en Cristo el verdadero tesoro.

En esta semana

  • El miércoles 29 recordamos a los santos hermanos Marta, María y Lázaro, los amigos de Jesús que lo recibían en Betania.
  • El jueves 30, San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia.
  • El viernes 31, San Ignacio de Loyola, maestro de discernimiento.
  • Sábado 1 de agosto, San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, fundador de la congregación redentorista.
  • El próximo domingo, 2 de agosto, es la fiesta patronal de la parroquia Santa María de los Ángeles, ocasión para recibir indulgencia plenaria, en el marco del Jubileo Franciscano.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

lunes, 20 de julio de 2026

Palabra de Vida. “Tú arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7,14-15.18-20)


Martes de la XVI semana durante el año 21 de julio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.

Reconocer los signos de Dios. Mateo 12,38-42


 

Una breve reflexión sobre el Evangelio de hoy, 20 de julio de 2026, lunes de la XVI semana durante el año.

sábado, 18 de julio de 2026

Yo no te olvidaré (Isaías 49,15). VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores.


Yo no te olvidaré (Is 49,15)

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
PARA LA VI JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y DE LAS PERSONAS MAYORES
[Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, 26 de julio de 2026]


Queridos hermanos y hermanas:

Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de “tú”. También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese “nunca te olvidaré” como referido a sí mismo.

Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: 
«Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). 
¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.

Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.

La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. 
«En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).

La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”.

Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios 
«de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). 
Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.

El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, 
«es madre porque da calor, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). 
Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.

Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un “nuevo pueblo” (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, “nuevo pueblo”, reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad 
«abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).
De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: 
«Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). 
Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.

Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!

Vaticano, 15 de junio de 2026
LEÓN PP. XIV

jueves, 16 de julio de 2026

Dios todopoderoso, todopoderoso Amor: el trigo y la cizaña (Mateo 13,24-43). Domingo XVI durante el año.

“El reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla”. (Mateo 13,24-43)

“Dios todopoderoso”… así es invocado Dios en muchas de las oraciones que rezamos, incluso en la liturgia de la Misa. En la primera lectura de este domingo, del libro de la Sabiduría, tres veces se menciona la fuerza de Dios. Dice el texto: “tu fuerza es el principio de tu justicia”; “Tú muestras tu fuerza cuando alguien no cree en la plenitud de tu poder”; “eres dueño absoluto de tu fuerza”.

Por otra parte, Dios es invocado también como “misericordioso”. Más aún, san Juan nos dice “Dios es amor” (1 Juan 4,8), bellísima definición que el papa Benedicto XVI tomó como título para su primera encíclica.

¿Cómo se conjuga el todopoderoso con el misericordioso? La respuesta la encontramos en el conjunto de la Palabra de Dios. Dios se va revelando poco a poco a lo largo del relato bíblico. Sin embargo, esta lectura del libro de la Sabiduría nos muestra una forma de unir la fuerza a la misericordia. Veamos:

“… tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos.”
“… como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia…” (Sabiduría 12,16.18)

Pocas veces, muy excepcionalmente, podríamos decir algo así del poder de los hombres.

Al contrario, Jesús nos recuerda que

los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. (Mateo 20,25)

Los hombres de este mundo se imponen reprimiendo y humillando a los más débiles; pero el recurso a la fuerza y al miedo pone en evidencia la fragilidad de ese poder, aparentemente tan grande.

Este pasaje de la Sabiduría nos lleva a descubrir que la bondad y la misericordia de Dios están a la medida de su poder. La omnipotencia de Dios es la omnipotencia del amor. Por eso, nos dice: “él cuida de todos”, él es “indulgente con todos”:

“… colmaste a tus hijos de una feliz esperanza,
porque, después del pecado, das lugar al arrepentimiento”. (Sabiduría 12,19)

Todo poder que los hombres adquieren por la fuerza y la violencia, permanece frágil y está permanentemente amenazado. Al contrario, el Dios todopoderoso muestra su ternura, su misericordia, su indulgencia y su paciencia. Al que ha pecado, le da la posibilidad del arrepentimiento y la conversión. Todo esto nos prepara para comprender mejor el sentido del evangelio de hoy que, junto a otras parábolas del Reino de Dios, nos presenta la del trigo y la cizaña.

Recordemos el argumento: un hombre sembró buena semilla en su campo; pero en la noche su enemigo sembró cizaña. Al crecer el sembrado, la maleza apareció junto al trigo. Los peones fueron a ver al dueño del campo y le propusieron arrancar inmediatamente la  cizaña. El dueño, en cambio, les indicó esperar hasta el momento de la cosecha, cuando sería posible distinguir sin equivocarse el uno de la otra. 

Los discípulos piden a Jesús que explique la parábola y él les responde:

«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.» (Mateo 13,37-43)

Esta enseñanza de Jesús puede ser tomada como una poética explicación sobre el origen del mal en el mundo. También puede hacerse una lectura en blanco-negro, como si cada persona fuera desde el principio buena o mala y así permaneciera a lo largo de la vida.

Sin embargo, pensemos en la parábola del sembrador, que escuchamos el domingo pasado. La Palabra de Dios es constantemente sembrada en nuestro corazón. El tipo de terreno es la disposición que ponemos para recibirla y la parábola una invitación a que busquemos ser, cada día más, la tierra buena. La parábola del trigo y la cizaña evoca dos maneras de conducirse en el mundo: como hijos del Reino o como hijos del maligno.

Más que preocuparnos por arrancar la cizaña, es decir, por cortar la presencia del mal en nuestro mundo, estamos llamados por Jesús a asumir esa mezcla permanente del bien y el mal que está incluso en cada uno de nosotros. La erradicación del mal es una prerrogativa de Dios, el dueño de la cosecha. Nuestra tarea es hacer el bien. En eso nos dan luz las otras dos parábolas de este evangelio: la pequeña semilla de mostaza capaz de convertirse en un árbol que da abrigo y refugio; la escasa porción de levadura que, sin embargo, transforma toda la masa.

Aún en este mundo donde los poderosos ni siquiera esconden sus malas acciones sino que se jactan impunemente de ellas, estamos llamados a seguir anunciando a un Dios de misericordia que da lugar al arrepentimiento, creyendo siempre en la posibilidad de la conversión. Al mismo tiempo, sabemos que nosotros no podemos abusar de la bondad de Dios, dejándonos llevar por las tentaciones.

Nuestra misión en el mundo es imitar la bondad de Dios, sirviendo cada día a su plan de Salvación para la humanidad. Lo haremos manifestando ternura, indulgencia, misericordia y paciencia. Porque eso es lo que hace Dios por cada uno de nosotros. Él nos ama y nos perdona para que podamos estar en el corazón del mundo, como verdaderos testigos de su Omnipotencia, que es la Omnipotencia del Amor.

P. Rodolfo Bonci, SCJ. Descanse en paz.

El sábado pasado, 11 de julio, falleció en Italia el sacerdote dehoniano Rodolfo Bonci scj, que estuvo varios años en nuestra Diócesis, en la parroquia Santa Rosa de Lima, en El Pinar, donde se le recuerda con cariño. Descanse en paz.

En esta semana

  • Lunes 20: en Uruguay, Argentina, Brasil, Chile y España se celebra hoy el “Día del amigo”. Un día para saluda a esos hermanos y hermanas que la vida nos trajo.
  • Miércoles 22, Santa María Magdalena, apóstol de los apóstoles.
  • Viernes 24, Beata Berenice Duque, fundadora de las Hermanitas de la Anunciación.
  • Sábado 25, Santiago apóstol o Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, hermano de San Juan.
  • En ese día haremos la celebración (anticipada) del aniversario de la declaración de UNESCO que reconoce a la Iglesia Cristo Obrero y Nuestra Señora de Lourdes de Estación Atlántida como patrimonio de la Humanidad.

VI Jornada de abuelos y mayores

Domingo 26: sexta jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores. El lema elegido por el Papa León XIV es "Nunca te olvidaré" (inspirado en Isaías 49,15). Esta jornada se celebra en el domingo más próximo a la memoria de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María, que este año es, precisamente, el domingo 26 de julio.

El papa León visitará Uruguay en noviembre

Y hablando del papa León, va creciendo la expectativa por su visita a Uruguay anunciada para el mes de noviembre, todavía sin un programa preciso. Esperamos que esto se conozca próximamente; mientras tanto, preparémonos con la oración para vivir el encuentro con quien viene a anunciarnos una gran alegría y a confirmarnos en la fe. 

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Nuestra Señora del Carmen. Construir familia. Mateo 12,46-50.


 

Palabra de Vida. 
Jueves 16 de julio de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza, pero todos podemos sacar algún provecho de ellas.