sábado, 20 de abril de 2019

Despedida de las Hnas. Doroteas de la Diócesis de Melo, tras 34 años de presencia.


A la comunidad diocesana:

En este mes de abril concluirá la presencia de las Hermanas de Santa Dorotea de Cemmo en la diócesis de Melo.

Han sido 34 años de presencia y de siembra en Melo y en Treinta y Tres.

La congregación ha tomado esta decisión, tan difícil y dolorosa para ellas como para nosotros, en un largo proceso en el que siempre se dialogó con la diócesis y, particularmente, con la comunidad de la parroquia Jesús Buen Pastor.

La última de las hermanas hasta ahora en Melo es la Hna. Sarita Rocha, una vocación melense.

El próximo martes despediremos a la Hna. Sarita (estará también presente la Hna. Stella, que viene a acompañarla a su nueva comunidad en Argentina).

Lo haremos en la Misa en Jesús Buen Pastor, que será el martes 23 a las 19 horas.

Todos aquellos que quieran expresarle gratitud y afecto a Sarita y a Stella y, por medio de ellas, a todas las hermanas que han pasado, están invitados a acompañarnos.

La vida parroquial será acompañada en adelante por el P. Jorge Osorio, que continuará también en la parroquia de Aceguá.

Estoy seguro que en esta nueva etapa todo el esfuerzo de construir comunidad que las hermanas hicieron junto con los laicos y los sacerdotes, seguirán dando sus frutos.

Al escribirles en este Sábado Santo, quiero expresar a todos mi deseo de una Feliz Pascua de Resurrección.

Con mi bendición:

+ Heriberto, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres, Uruguay)

viernes, 19 de abril de 2019

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? (Lucas 24,1-12). Domingo de Pascua.







“Nuestra vida alcanza apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor:
en su mayor parte son fatiga y miseria, porque pasan pronto, y nosotros nos vamos” (Salmo 90,10)
Estas palabras duras reflejan la experiencia de una persona que llega a una edad avanzada y contempla sus cansancios y fracasos.
No es la única manera de ver las cosas. Hay quienes son capaces de reconocer y agradecer todo lo bueno que la vida nos regala, aun en medio de penurias y dificultades, como lo hizo aquí en Melo nuestro Obispo emérito, fallecido a comienzos de este año. 97 años vivió Mons. Roberto Cáceres. Vida larga en la dimensión humana, pero apenas un segundo, una pulsación en los millones de años del universo. Un breve espacio: eso es nuestra vida en la tierra. El poeta latino Horacio, que murió pocos años antes del nacimiento de Jesús, aconsejaba:
“adapta al breve espacio de tu vida una esperanza larga”.
Esa felicidad que perseguimos “con fatiga y miseria”; el ansia de plenitud; nuestros más hondos deseos de bondad, de verdad y de belleza, no encuentran total satisfacción en esta vida, donde todo, más pronto o más tarde, termina deteriorándose y deshaciéndose. Filósofos del siglo pasado vieron la existencia humana como un absurdo, un sinsentido: “una pasión inútil”.
Sin embargo, hay en nuestro corazón una nostalgia de eternidad, un anhelo de infinito. La fe cristiana nos abre a una esperanza más que larga: la esperanza de compartir la vida eterna de Dios. La resurrección de Jesús es el fundamento de esa esperanza.

El domingo pasado, domingo de Ramos, nos conmovimos con la pasión y muerte de Jesús.
En este domingo de Pascua acompañamos a las discípulas y a los discípulos de Jesús en su decepción, en su asombro y finalmente en su alegría al descubrir que Jesús ha resucitado.

A lo largo de los evangelios encontramos los anuncios de Jesús acerca de su pasión, muerte y resurrección. Nosotros, hoy, leemos esos pasajes desde la fe y conociendo el final de la historia. Pero cabe preguntarnos ¿cómo lo entendían sus discípulos? ¿cómo sonaban para ellos esas palabras de Jesús: muerte… resurrección…?
Para ponernos en la piel de los discípulos necesitamos entrar en sus expectativas, en sus sueños, que muchas veces se manifiestan claramente terrenos… el Reino de Dios del que Jesús repetidamente habla es identificado con un reino de este mundo: ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? Frecuentemente se llama a Jesús “Hijo de David”, ubicándolo en una línea dinástica… ¿quién mejor que un descendiente del gran rey David para ocupar el trono? ¿Quién será el primer ministro, ese que puede ser considerado -después del rey- “el más grande”, el que se siente a su derecha? ¿Quién será el segundo, el que se siente a su izquierda?
Los dos discípulos que caminan hacia Emaús, -evangelio de la misa vespertina del domingo- son quienes mejor traducen el estado de ánimo de los seguidores de Jesús, mientras hablaban acerca de...
...lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
Hay desilusión, hay frustración… no pueden comprender lo que ha pasado, a pesar de que han oído a las que encontraron la tumba vacía:
Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.
Son las mujeres, las discípulas, las que han seguido fielmente a Jesús, muchas de ellas ayudándolo con sus bienes, las primeras en acudir a la tumba. Ha pasado el sábado, el día del gran reposo. Al clarear el primer día de la semana, nuestro Domingo, las mujeres llevan perfumes para embalsamar el cuerpo de Jesús, de acuerdo con las costumbres funerarias. Al llegar, encuentran que la gran piedra que cierra la entrada de la tumba ha sido corrida. El sepulcro está abierto.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”.
A diferencia de otros pueblos de América Latina, el pueblo uruguayo no tiene grandes expresiones religiosas masivas. Hay quienes dicen que éste es un pueblo ateo… pero no es tan así. Muchos uruguayos manifiestan creer en Dios, aunque no adhieran a una religión. Pero la Pascua nos pone ante otra pregunta ¿crees en Jesús resucitado?
La respuesta de cualquiera que se profese cristiano, sea católico o evangélico, no puede ser otra que sí. Porque, como dice san Pablo
“si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Corintios 15,14).
No llegamos a la fe en Jesús resucitado de manera espontánea. Tenemos que hacer un camino. Un breve camino hicieron las mujeres al ir de mañana al sepulcro. Más largo camino anduvieron los discípulos de Emaús en la tarde, alejándose del lugar de los sucesos. Cada uno tiene que hacer su propio recorrido para encontrar a Jesús y creer en Él. Un recorrido interior, porque no puede ser de otra manera. Creer en Jesús resucitado no es solamente constatar un hecho: murió… pero volvió a la vida, de una forma nueva… Es más que eso: es creer en Él, es decir, encontrar en el resucitado a Aquel que da sentido a nuestra vida, a aquel que colma todos nuestros deseos de plenitud.

Dios ama la vida.
“No es Dios de muertos, sino de vivos” (Lucas 20,38) 
dice Jesús. Los hombres podemos destruir la vida de muchas maneras. Guerra, terrorismo, crimen organizado; violencia doméstica, aborto, eutanasia; destrucción del ambiente, de la casa común… terrible cosecha de muerte. Pero si el Padre Dios ha resucitado a Jesús, esto significa que Dios sólo quiere la vida para sus hijos. No estamos perdidos ni abandonados ante la muerte. El Padre nos quiere llenos de vida, por encima y más allá de la muerte.
“Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Juan 10,10). 
A partir de la resurrección, esas palabras de Jesús resuenan de otra manera. Al unirnos a Él, al encontrar en Él al maestro y al guía, comprendemos que no sólo estamos llamados a recibir esa vida de Jesús y después quedarnos tranquilos, sino a trabajar con Él y en Él para la vida del mundo; para que todos tengan Vida.

Amigas y amigos, muchas gracias por su atención. Mi saludo para este domingo no puede ser otro que éste: Feliz Pascua de Resurrección. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 17 de abril de 2019

La Misa Crismal en nuestro camino diocesano. Homilía de Mons. Heriberto.

 

Jesús el Ungido

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha consagrado por la unción”.
Jesús lee estas palabras del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret. Terminada la lectura dice:
“Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.
Jesús de Nazaret es llamado el Cristo. Cristo significa ungido, consagrado por el Señor a través de la unción, por la que se comunica el Espíritu Santo. Dios comunica su Espíritu a aquel a quien ha elegido para una misión. A lo largo de la historia de la salvación, muchos fueron ungidos, es decir, recibieron el Espíritu Santo para una misión; pero Jesús es El Ungido, el que tiene la plenitud del Espíritu, como nadie la tuvo ni antes ni después de Él.
Cada cristiano, como Cristo, ha sido también ungido; cada uno de nosotros ha recibido el Espíritu Santo para vivir en unión con Cristo y participar en su misión.
El bautismo, la confirmación y la comunión, los tres sacramentos de la iniciación cristiana, son los canales privilegiados por los que hemos recibido el Espíritu Santo y hemos sido unidos a Jesucristo.

Signo de unidad

La Misa que estamos celebrando, la Misa Crismal, es una Misa muy especial. En cada diócesis del mundo se celebra una vez al año y en único lugar. Participa en ella, en la medida de lo posible todo el clero, junto al Obispo y delegados de las comunidades parroquiales. Todo ello hace de esta celebración un signo de Unidad.

Más aún, fortalece ese signo de unidad la finalidad especial que tiene esta Eucaristía. Dentro de ella se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de la Unción de los Enfermos que se utilizarán en nuestra diócesis a lo largo de todo el año, hasta la próxima Misa crismal. Con el Crisma serán ungidos todos los bautizados y confirmados; con el óleo de los catecúmenos, aquellos que están en un camino de preparación al bautismo o, en la celebración del bautismo, antes de recibir el agua bautismal; con el óleo de los enfermos, serán ungidos aquellos que por su estado de salud o edad avanzada necesitan el sacramento de la fortaleza y la esperanza: la Unción de los enfermos.

La Unidad de la Iglesia diocesana no se expresa solo en signos y celebraciones o en el sentir común; se expresa también en la acción, en el caminar juntos, en el que se va construyendo la unidad.

Hacia un nuevo proyecto diocesano

Como Pueblo de Dios, que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres, comenzamos este año la elaboración de un nuevo proyecto diocesano. El 23 de febrero delegados de las 16 parroquias, personas consagradas de las diferentes comunidades, diáconos, presbíteros y obispo, participamos en la primera de tres asambleas diocesanas de este año. Buscamos en este primer momento reconocer luces y sombras en la vida del Uruguay y de la Iglesia. El sábado 4 de mayo tendremos un segundo momento en el que profundizaremos las enseñanzas del Papa Francisco que nos orientan para comunicar la alegría del Evangelio. Evangelizar es y seguirá siendo la misión de la Iglesia. Evangelizando queremos continuar la huella que abrió el primer Obispo de Melo, Mons. José Marcos Semería, de cuya llegada a nuestra diócesis se cumplirán pronto cien años. La tercera instancia de reflexión la tendremos el sábado 12 de octubre, en el marco de la fiesta diocesana, buscando formular nuestros compromisos hacia delante. En todo ello, la memoria de nuestro querido Mons. Roberto será siempre iluminadora y alentadora.

Mes misionero y consagración a María

El mes de octubre nos ubicará también en dos acontecimientos especiales, uno de la Iglesia universal y otro de la Iglesia en el Uruguay. El Papa Francisco ha pedido a toda la iglesia vivir en octubre un “Mes misionero extraordinario”, con el lema “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”. La Conferencia Episcopal Uruguaya, por su parte, ha aprobado la realización de un Congreso Eucarístico Nacional que tendrá su celebración central en octubre de 2020, pero que comenzaremos a vivir en octubre de este año y especialmente en la peregrinación nacional a la Virgen de los Treinta y Tres, el domingo 10 de noviembre, en la que haremos como Iglesia nuestra consagración a María.

Pertenecemos a Cristo

Como cristianos nunca podemos olvidar -menos aún en este año electoral- que nuestra primera pertenencia y nuestra primera fidelidad la debemos a Cristo. Pertenecemos a una familia y a un grupo social; tenemos una ciudadanía; somos hinchas de un equipo, podemos ser miembros de una agremiación, de un movimiento o de un partido… si realmente pertenecemos a Cristo, es en Él en quien tenemos la clave para discernir sobre lo que realmente humaniza o deshumaniza al hombre; sobre las realidades humanas en las que Dios está presente o ausente. Nadie tiene porque dejar nada, ni salir de donde esté; porque allí donde esté, cada cristiano tiene su misión: descubrir la acción del Espíritu, la obra salvadora de Dios que se abre camino en la historia de los hombres. Y al descubrir esa presencia y esa obra, ponerse -en la medida de sus posibilidades- a colaborar en ella.(1)

Renovación de las promesas de diáconos y sacerdotes

Queridas hermanas, queridos hermanos, en esta Misa hay también otro momento especial, que vamos a vivir a continuación: es la renovación de las promesas sacerdotales y diaconales. Les pido que recen muy especialmente por sus diáconos, sus sacerdotes y su obispo. Más que nunca, en estos tiempos, sentimos nuestra fragilidad. Oren, pues, por nosotros, para que vivamos con fidelidad y entrega generosa las promesas que hicimos al recibir el orden sagrado. Así sea.

(1) Cfr. Conferencia Episcopal del Uruguay, Católicos, Sociedad, Política. Florida, 12 de noviembre de 2003. 

jueves, 11 de abril de 2019

Domingo de Ramos: apasionada compasión (Lucas 22,7.14–23,56).







"¿Santa o de Turismo?"

Comienza en el Uruguay la Semana de Turismo. Ese es el nombre que tomó, en el calendario oficial, la tradicional Semana Santa cristiana. Muchos uruguayos y turistas de otros países aprovecharán estos días de otoño, tal vez nuestra estación más bonita, con sus días templados, para un tiempo de esparcimiento.
Mientras tanto, en cada lugar del Uruguay donde haya una Iglesia católica y una comunidad que pueda reunirse, este domingo celebramos el Domingo de Ramos, con el que se abre la Semana Santa.
Vacacionistas o no, invito a cada creyente a hacer lugar a Dios en esta Semana, participando en las celebraciones allí donde se encuentre o al menos tomando algún momento para rezar y contemplar el amor de Jesús que dio su vida por toda la humanidad y que ha resucitado para abrirnos el camino de la vida eterna.

La pasión según san Lucas: apasionada compasión

Este Domingo escucharemos el relato de la Pasión. Esta narración se encuentra en los cuatro evangelios. El viernes Santo se lee siempre el relato de san Juan; en el domingo de Ramos, se lee cada año uno de los otros tres evangelios. Este año corresponde san Lucas. Se ha llamado a Lucas “el Evangelio de la Misericordia”. Sólo en él encontramos las parábolas del buen samaritano y del padre misericordioso, más conocida como “el hijo pródigo”. Pero Jesús no solo habló de compasión, sino que la puso en práctica.

Vayamos a escuchar la Pasión con el corazón abierto, a dejarnos tocar por el amor de Jesús que allí se manifiesta hasta el extremo, dando la vida por nosotros. Contemplemos los gestos de compasión de Jesús que aparecen en el relato. Algunos son muy conocidos, pero es bueno que veamos como Lucas los ha colocado para resaltar ese aspecto del corazón de Jesús. Al observar esos gestos, podemos mirar nuestro propio corazón. Muchas veces nosotros necesitamos ser compadecidos, pero hay otros que necesitan y esperan nuestra compasión.

Las situaciones que atraviesa Jesús deberían despertar la compasión de todos: sufre en la despedida de sus discípulos, con los que ha deseado ardientemente compartir su última cena, pero que discuten entre ellos -una vez más- sobre quién es el más grande. Suda gotas de sangre en su oración en el Huerto, hasta levantarse decidido a realizar la voluntad del Padre. Uno de sus discípulos lo traiciona con un beso, el beso de paz con que se saludan los hermanos. Y luego: la detención, las burlas, los insultos, los golpes, el manoseo de un proceso inicuo, donde la autoridad pagana lo proclama inocente y su propio pueblo lo declara culpable y pide su muerte.

Sobre este dramático telón de fondo, resalta la compasión de Jesús. Jesús padece, sí; pero también se compadece de los otros.

El primer gesto: la oreja curada

El primer gesto lo encontramos cuando Jesús es arrestado. Uno de sus discípulos saca la espada y corta la oreja de un servidor del Sumo Sacerdote. Jesús detiene la resistencia, toca la oreja del herido y lo cura.

La mirada de Jesús a Pedro

No todos los discípulos abandonan a Jesús. Pedro tiene el coraje de seguirlo hasta la boca del lobo. Entra al patio de la casa del Sumo Sacerdote. Pero al ser reconocido e interrogado, Pedro niega conocer a Jesús, tal como el Maestro le había anunciado. Pero Lucas nos agrega un detalle: Jesús está allí, en el patio. Cuando se oye el canto del gallo, Jesús se da vuelta y mira a Pedro. Es frente a esa mirada que Pedro recuerda las palabras de Jesús: “antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Acaso recordara estas palabras que también le dijera Jesús:
Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos.

Con las mujeres: consolar a las que consuelan

Ya condenado y cargado con la cruz, Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por Él. Es un gesto generoso y valiente: no estaba bien visto, tal vez ni siquiera permitido, mostrar compasión por un condenado. Pero son ellas las que encuentran la compasión de Jesús, porque vendrán días terribles para la ciudad santa:
«¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»

El perdón a jueces y verdugos

Recorriendo los cuatro evangelios, hay siete palabras que Jesús pronuncia en la Cruz. Eso dio lugar al “Sermón de las siete palabras”, una tradicional meditación de Viernes Santo. Lucas nos trae una palabra de perdón de Jesús para quienes lo crucifican:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Esto sugiere que los sumos sacerdotes y escribas actuaron por ignorancia. Es una perspectiva diferente de otros escritos del Nuevo Testamento que acusan de maldad y ceguera voluntaria a las autoridades judías que condenan a Jesús. Esto ayuda a entender de forma más humana las complejas responsabilidades por la muerte de Cristo y es coherente con el amor a los enemigos predicado por Él:
«Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.
Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman.» (Lucas 6,27-28)

El ladrón que robó el Cielo

Los cuatro evangelios cuentan que Jesús fue crucificado entre otros dos condenados. Marcos y Mateo nos dicen que los dos lo insultaban. Lucas, sin embargo, dice que uno de ellos reconoce haber sido condenado justamente y le ruega a Jesús:
«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.»
La petición del “buen ladrón”, tradicionalmente llamado san Dimas, recibe su respuesta, otra de las siete palabras:
«Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

La entrega confiada

La forma en que Lucas relata la muerte de Jesús es coherente con el Jesús compasivo que acaba de presentar. En el huerto de los Olivos, Jesús ha luchado. Ha enfrentado al tentador. Pero ha salido sereno, decidido a cumplir la voluntad del Padre. Y esto es lo que expresa la palabra que, como las dos anteriores, encontramos únicamente en Lucas:
Jesús, con un grito, exclamó:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»
Y diciendo esto, expiró.

Una muerte que habla

La muerte de Jesús no deja indiferentes a los que la han presenciado. El centurión romano, un hombre que ha visto tanta muerte en combates y ejecuciones, exclama:
«Realmente este hombre era un justo.»
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.

Entonces… ¿cómo vamos a escuchar este domingo de Ramos la Pasión de Jesús? El sufrimiento de Jesús en la cruz nos muestra hasta dónde llega el amor de Dios, hasta dónde llega su apasionada compasión por cada uno de nosotros… Dejémonos tocar por Jesús, dejémonos cambiar por Él. Que el Señor los bendiga y tengan una buena Semana Santa.

miércoles, 10 de abril de 2019

Diócesis de Melo: celebraciones presididas por el Obispo en Semana Santa


Domingo de Ramos
10:30 - Bendición de ramos en capilla San Antonio, procesión hasta Catedral de Melo y Misa.

Lunes Santo
19:00 - Misa en Catedral de Melo.

Martes Santo
11:00 - Misa en la Capilla de la Fazenda de la Esperanza femenina Betania, en Melo.

Miércoles Santo
18:00 - Misa Crismal en Catedral de Melo.

Jueves Santo
18:00 - Celebración de la Cena del Señor en la parroquia Jesús Buen Pastor, Melo.

Viernes Santo
15:00 - Celebración de la muerte del Señor en la parroquia Jesús Buen Pastor, Melo.
19:00 - Via Crucis interparroquial en Melo. Desde la parroquia Nuestra Señora del Carmen hasta la Catedral.

Sábado de Gloria
11:00 - Misa en capilla Virgen de la Rueca, Est. S. Alberto, ruta 44, km 44, C. Largo.
19:00 - Vigilia Pascua en la parroquia Jesús Buen Pastor, Melo.


Domingo de Resurrección
10:00 - Parroquia del Salvador, Treinta y Tres.
19:30 - Parroquia San José Obrero, Treinta y Tres.

sábado, 6 de abril de 2019

Tiempo de elecciones, tiempo de esperanza


1.  A los uruguayos nos alegra vivir en democracia. Nos han calificado entre las veinte democracias plenas del mundo. Gozamos de la libertad y nos gusta el sentirnos iguales en el cuarto secreto. Todo voto vale, todo voto es importante. Como Iglesia en el Uruguay, siendo una de las instituciones fundadoras de la patria, damos gracias a Dios por la libertad de la que gozamos, y compartimos la alegría de este tiempo electoral. Los obispos de la Iglesia Católica, como ciudadanos y pastores, queremos sumar nuestro aporte a la reflexión que se abre en este tiempo electoral.  
2. Hace cien años, en 1919, entró en vigor la reforma constitucional que separó la Iglesia Católica del Estado. Comenzaba una nueva etapa. Con sus altibajos, el relacionamiento entre ambos ha ido madurando hacia una laicidad positiva, que puede profundizarse, y a una real colaboración en una diversidad de campos.La Iglesia Católica no se compromete con ningún partido, pero alienta el compromiso político de los laicos católicos, consciente deque la política es una de las formas más preciadas del amor, porque busca el bien común. Al mismo tiempo invita a quienes actúan en la política partidaria a conocer a fondo la rica doctrina social de la Iglesia.
3. En nuestra sociedad plural, la búsqueda de consensos y acuerdos ha caracterizado la historia nacional. Hemos vivido duros enfrentamientos, de los que hemos salido mediante pactos, acuerdos, concordancias. Hoy también parece necesario que haya hombres y mujeres capaces de dialogar con los adversarios políticos, y deacordar así soluciones para las mayores dificultades que enfrentamos.  
4. Muchos jóvenes hoy sueñan en un futuro fuera de nuestro país y, de hecho, continúa habiendo uruguayos que emigran. Al mismo tiempo hoy llegan a nuestra tierra hermanos de otros países buscando nuevas oportunidades. Familias enteras abandonan sus patrias por falta de un mínimo de seguridad física o porque en sus países viven situaciones sociales dramáticas. Somos “un pueblo de corazón”, como nos dijo san Juan Pablo II cuando vino a Uruguay y vivimos en una tierra privilegiada, sin sustos de volcanes o de terremotos. ¿No deberíamos vivir agradecidos con Dios por lo que tenemos y disfrutamos, a la vez que pensamos en cómo ofrecerlo con generosidad?
5. Viendo con amor a nuestro país, descubrimos también síntomas alarmantes de enfermedades a las que hay que buscarles remedio. La estadística mundial dice que en Uruguay se da el mayor índice de suicidios de América Latina, especialmente de jóvenes. ¿Por qué ocurre esto tan tremendo? A su vez, formamos el país más envejecido del continente: tenemos un estancamiento crónico de la población, somos los tres millones de siempre. ¿Cuál es el motivo? ¿Será que tenemos poco amor a la vida? ¿No cantábamos con ilusión  “se precisan niños para amanecer”? Queremos animar a cuantos se dedican al estudio de la sociedad, a buscar las razones de estos síntomas. No esperamos soluciones “partidarias” para estas graves enfermedades, sino una toma de conciencia colectiva de que “algo” anda mal y es necesario poner los medios para superarlo. 
6. Por eso, los obispos queremos destacar aquellos elementos fundamentales que, según la visión cristiana de la existencia y de la doctrina social de la Iglesia, deberían estar presentes a la hora de discernir las opciones electorales:  
7.  En primer lugar, la valoración de la vida desde su concepción hasta la muerte natural. Por la ciencia tenemos la evidencia de este comienzo y creemos que toda vida humana tiene un carácter sagrado. Protegerla, cuidarla, defenderla, es un deber esencial. Este criterio no es compatible con los abortos que se realizan.No nos resulta para nada ajeno el sufrimiento de una mujer que espera un hijo no deseado; creemos que el camino a recorrer, como sociedad, es poner los mejores esfuerzos para que ninguna mujer se vea enfrentada al drama del aborto, que es la peor de las soluciones. 
8.El mundo entero –también en nuestro país- mira hoy a la mujer como gran signo de esperanza de tiempos mejores. La Iglesia acompaña y apoya sus justos reclamos. Estamos inmersos en el cambio cultural que supone la nueva condición de la mujer en el mundo de hoy. Su protagonismo en los más diversos ámbitos de la sociedad enriquece a todos con la peculiaridad de su aporte. Esto lo vemos hoy también felizmente plasmado en el ámbito político. 
9. “La familia es la base de nuestra sociedad. El Estado velará por su estabilidad moral y material, para la mejor formación de los hijos dentro de la sociedad”. Este artículo 40 de nuestra Constitución reclama particular atención. Podemos preguntar: ¿cómo cuida el Estado la institución familiar?Desde hace años, en un esfuerzo común del Estado y la sociedad civil, en el que la Iglesia participa activamente, se presta un importante servicio a las familias, sobre todo vulnerables, a través de: los CAIF, los Clubes de Niños, Centros Juveniles, etc., pero no podemos pasar por alto que, desde algunos ámbitos del Estado, se difunde una visión de la persona y su sexualidad encaminada a la “deconstrucción” de la familia, que equivale a su destrucción.  Además, vemos con honda preocupación que forma parte del proceso de “deconstrucción”, que el Estado se apropie del derecho y el deber primario de los padres de educar a sus hijos según su propia escala de valores, para darles desde la infancia una visión deformada de la sexualidad, del matrimonio y de la familia. Estamos sufriendo en Uruguay una auténtica “colonización ideológica”, denunciada en más de una ocasión por el Papa Francisco y por nosotros mismos.
 10. La libertad de educación y la aplicación del principio de subsidiariedad son fundamentales para favorecer el desarrollo personal, formar buenos ciudadanos y superar la fragmentación social. Pensamos que es necesario llegar a acuerdos en política educativa, que posibiliten un camino que vaya más allá de un período de gobierno, colabore a la integración social, y respete el derecho de los padres a elegir la educación que quieren para sus hijos.  
11.En abril de 2018, la Conferencia Episcopal del Uruguay presentó el documento Construyamos puentes de fraternidad en una sociedad fragmentada. En él planteábamos este grave problema social que nos interpela: a pesar de las mejoras de los últimos años en los indicadores económicos y del impulso dado a políticas redistributivas, que crearon las condiciones para disminuir el número de familias  en  situación  de  pobreza,  aún  subsisten  sectores  que  no  han  podido  acceder  a niveles  de  vida  digna. 
El esfuerzo común del Estado y la sociedad civil para superarlo, -pensando en primer lugar en los sectores más vulnerables- encontrará sin duda los caminos mejores para abrir horizontes de una vida más humana. La falta de seguridad que padecemos y tanto nos preocupa hoy a los uruguayos, tiene en esta fragmentación social, una de sus causas principales. 
12. Es clave que las fuentes de trabajo sean cuidadas, protegidas e impulsadas. Trabajar es mucho más que lograr el sustento personal y familiar. La atención a las condiciones laborales, la adaptación a los cambios tecnológicos y las medidas para lograr estabilidad y seguridad laboral son indispensables para superar el desempleo y el subempleo. Una atención particular merece el mundo rural por las consecuencias que tiene la despoblación de la campaña. A su vez, todo trabajo merece la perspectiva de una jubilación que brinde seguridad y serenidad, uno de los grandes temas que deberá afrontar el país es el sistema de seguridad social.   
13. El cuidado del medio ambiente aparece, en el horizonte de la humanidad, como una necesidad de supervivencia.  En la perspectiva creyente, se trata de ser activamente cuidadosos del don de la creación: nuestros ríos y cursos de agua deben ser limpios, para proteger una vida sana y nuestra condición de “país natural”.
14.Sin duda, la problemática del país abarca numerosos aspectos aquí no mencionados. Hemos querido subrayar solamente aquellos que consideramos insoslayables. Queremos terminar recordando el acto conjunto que protagonizaron jóvenes de cuatro partidos, en octubre de 2018, por los 35 años del memorable "río de libertad", que fue un hito en el camino de la recuperación de la democracia. En ese acto los jóvenes propusieron que, en el año electoral, los dirigentes políticos actúen con transparencia, evitando agravios y situaciones que fomenten la división en la sociedad. Resaltamos este anhelo y lo hacemos nuestro. Sin duda es un sentir de la inmensa mayoría de los ciudadanos, que podamos vivir nuevamente un período electoral en paz, que se caracterice, ante todo, por el empeño de sus protagonistas en respetarse mutuamente. 
15. Queridos amigos y hermanos. Nuestra palabra brota del amor a nuestro tierra y a su gente. Alentamos a todos los hermanos en la fe y a los que, sin compartirla, escuchan nuestra voz, a comprometernos como ciudadanos para construir un Uruguay que siempre queremos más justo y más libre. A la Virgen de los Treinta y Tres, Patrona de nuestra Patria, le confiamos nuestros anhelos en este tiempo electoral. 
Los obispos católicos del Uruguay
Florida, 5 de abril de 2019

Conferencia Episcopal del Uruguay: comunicado al finalizar la asamblea plenaria


Los obispos de la Conferencia Episcopal del Uruguay hemos estado reunidos desde el lunes 1 al viernes 5 de abril, en la Casa de Retiros Jesús Buen Pastor de Florida.  
  1. Comenzamos la Asamblea con un tiempo de retiro y de oración predicado por Mons. Arturo Fajardo, presidente de la CEU. 
  2. En esta Asamblea asumieron las nuevas autoridades de la CEU, así como los obispos responsables de Comisiones y Departamentos. También se designaron los nuevos secretarios ejecutivos para este período, y el nuevo capellán nacional para la pastoral Scout. 
  3. El martes 2 celebramos la Eucaristía en el Santuario de la Virgen de los Treinta y Tres, patrona de nuestra patria, junto con sacerdotes de todo el país que participaron del encuentro del clero. 
  4. Durante la Asamblea recibimos con alegría la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Cristo vive, fruto del Sínodo sobre los jóvenes y el discernimiento vocacional. Invitamos a todas las comunidades, y especialmente a los jóvenes y animadores de pastoral juvenil a leerla y reflexionarla.
  5. Nos visitó el Nuncio Apostólico en el Uruguay, Mons. Martin Krebs, con quien tuvimos un provechoso diálogo.
  6. Mons. Carlos Collazzi sdb informó sobre la reunión de los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco sobre la protección de los menores en la Iglesia, que tuvo lugar en el mes de febrero en el Vaticano. Igualmente se recibió el informe de la reunión de la Directiva del CELAM con los secretarios generales, realizada en el mes de marzo en Bogotá, así como las conclusiones de la primera semana Latinoamericana de estudio sobre la Iniciación a la vida cristiana.  
  7. Estuvimos abocados a la redacción de varios documentos. El mensaje con motivo de las próximas elecciones nacionales, el saludo a los trabajadores por la celebración del primero de mayo, y el estudio de la Guía de prevención de abusos de menores. Este último se volverá a considerar en la Asamblea Extraordinaria del mes de agosto, teniendo en cuenta los nuevos elementos surgidos en los recientes documentos del Vaticano.  
  8. La Comisión para la preparación del próximo Congreso Eucarístico Nacional, a realizarse en octubre del 2020, informó de los pasos que se vienen dando y planteó un itinerario de reflexión y oración para la Consagración de nuestra patria a la Virgen de los Treinta y Tres, en noviembre del presente año.

miércoles, 3 de abril de 2019

“Yo tampoco te condeno” (Juan 8,1-11). V Domingo de Cuaresma.






Me da mucha pena cuando me dicen, o yo mismo me doy cuenta, que una persona es cerrada. No hablo de alguien que no entiende bien las cosas, sino de quien se ha encerrado a sí mismo, atándose a un viejo rencor, a una herida que no cierra, a una adicción… o a la incapacidad de perdonar, de pedir perdón y, aún, de perdonarse a sí mismo. Encerrado en el laberinto de afectos desordenados, el laberinto de la sinrazón… deambulando por pasillos, vías, calles interiores en las que se gira y se gira sin encontrar salida…

Más de quinientos años antes de Jesús, el pueblo de Dios vivió el duro exilio en Babilonia. Algunos buscaron escapar abandonando su fe y adorando otros dioses. Otros se enquistaron en un pasado al que ya no podían volver. Sólo un resto fiel mantuvo encendida la esperanza. Para ellos habló el profeta Isaías, anunciando la salida, el comienzo de una vida nueva:
Así habla el Señor: No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas;
yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?

Después de su encuentro con Jesús resucitado, San Pablo comenzó a anunciar el Evangelio. Por Jesús dejó atrás sus creencias tradicionales, a las que estuvo apegado, pero que terminaron encadenándolo. Así escribe a los filipenses:
Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él.
Estas palabras de Isaías y Pablo, anuncio de lo nuevo que Dios realiza, nos dan el telón de fondo para el evangelio de este domingo.

Jesús ya está cerca de su pasión. Las autoridades buscan la forma de acusarlo. Ha pasado la noche en el monte de los Olivos y ha llegado al templo. El pueblo ha ido a verlo y Él se sienta para enseñarles.
La enseñanza es interrumpida por la llegada de un grupo de escribas y fariseos trayendo una mujer. La ponen en medio de todos, delante de Jesús. Jesús y la mujer quedan rodeados por el círculo que forman el pueblo y los recién llegados. Algunos de éstos vienen con piedras en las manos. La mujer, humillada y angustiada, arrojada al suelo, espera un veredicto.

«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?»

¿De qué están hablando los fariseos? ¿A qué ley se refieren? Dice el Deuteronomio:
“Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos” (22,22) 
y, más adelante, en un caso parecido:
“los sacarán a los dos a la puerta de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran” (22,24).
Llama la atención que sólo la mujer es conducida ante Jesús. Tal vez el hombre con el que fue sorprendida ha escapado; a él se aplicaba la misma ley. Pero aquí no se trata de hacer justicia. Las intenciones de los escribas y fariseos son otras:
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo.

Es una trampa. Si Jesús pidiese clemencia, entraría en conflicto con la Ley de Moisés; si aprueba la lapidación de la mujer, entraría en contradicción con su propio anuncio de misericordia; pero violaría también la ley romana, que no permitía a los judíos condenar a muerte. Pero ésta no es una cuestión legal teórica: hay una vida en juego.

Jesús responde con un gesto. Se inclina, haciéndose cercano a la mujer humillada y comienza a escribir en el suelo con el dedo.
Su gesto y su silencio llaman a la reflexión, pero no logran distender la situación: los hombres insisten.
Jesús se incorpora y habla. Pronuncia entonces estas palabras, muy conocidas, que mucha gente repite como un refrán:
«El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra.»

Jesús vuelve a inclinarse. Nuevamente el silencio. Ahora sí llega la reflexión. Los acusadores comienzan a retirarse, “comenzando por los más ancianos”.
Jesús ha contestado aludiendo algo que también establecía la Ley de Moisés:
“La primera mano que se pondrá sobre el culpable para darle muerte será la de los testigos, y luego la mano de todo el pueblo” (Dt 17,7).
La Ley establecía que la primera piedra debía ser arrojada por los testigos. ¿Por qué? Porque por su testimonio, una persona era condenada a muerte. Los testigos tenían una enorme responsabilidad. Tirar la primera piedra reafirmaba que habían dicho la verdad y no tenían dudas; si su testimonio fuese falso o incierto, estarían provocando la muerte de inocentes y llevando a otros a ejecutar una irreversible sentencia injusta.
Pero Jesús no pregunta sobre la verdad o la certeza de lo que afirman los testigos. No parece haber duda sobre los hechos. En cambio, Jesús llama a cada uno a mirar la verdad de su propio corazón, a verificar si está realmente en condiciones de juzgar y condenar. Tal vez por eso los ancianos son los primeros en retirarse. Eran considerados sabios. Se les llamaba para juzgar en los conflictos del pueblo. Porque habían podido conocer más profundamente su propia fragilidad y la de los demás, los ancianos fueron los primeros en retirarse, renunciando a juzgar a la mujer.

Cuando quedan solos, Jesús se incorpora y dice:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?»
Ella le respondió: «Nadie, Señor.»
«Yo tampoco te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»

Marchándose sin condenar a la mujer, los acusadores han reconocido su propia realidad de pecadores. La mujer está sola ante Jesús, el único varón enteramente libre de pecado. Él, que podría por eso condenarla, le dice: “yo tampoco te condeno”.
Jesús no se ata al pasado. Rechaza lo que estuvo mal: “no peques más”; pero, sobre todo, llama a mirar hacia adelante. Isaías anunciaba “algo nuevo” para el Pueblo de Dios. Pablo decía “olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta”. El círculo se ha roto. Para la mujer se abre una nueva posibilidad. Jesús cumple lo anunciado por el profeta Ezequiel: Dios no quiere la muerte del pecador, sino “que se convierta y viva” (18,23) …y esto vale tanto para la mujer como para los hombres que se fueron marchando uno a uno, reconociendo sus propios pecados. Así también para cada uno de nosotros.

Gracias amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 26 de marzo de 2019

¡Prueben qué bueno es el Señor! (Salmo 33 - Lucas 15,1-3.11-32). IV Domingo de Cuaresma.







Días pasados estuve hablando con la esposa de un matrimonio que tuvo un accidente. Ellos y los otros dos pasajeros del vehículo salieron con algunos golpes, alguna costilla rota, pero nada más. Ella, mujer creyente, me decía “me terminé de convencer que Dios es lo más grande que hay”. En medio de la situación riesgosa que atravesaron, con vuelco incluido, ella no dejó de sentir la presencia y la bondad de Dios.

Es verdad, no siempre percibimos así a Dios, como un Dios bueno. Al contrario de lo que sintió esa señora, muchas personas lo ven más bien como un ser arbitrario, caprichoso, dueño de nuestra vida que dispone de ella como quiere. Cuando pensamos así, en el fondo, estamos proyectando sobre Dios nuestra propia maldad, la maldad humana; pero Dios es Otro; totalmente diferente.
Las lecturas de este domingo nos ayudan a descubrirlo a través de distintas experiencias de la comunidad creyente a lo largo de los siglos.

La primera lectura, del libro de Josué, nos permite contemplar al Pueblo de Dios reunido, celebrando la Pascua por primera vez en la Tierra prometida a ellos por Dios. Han llegado después de 40 años de camino en el desierto, después de haber sido liberados de la esclavitud que sufrían en Egipto. Durante esos cuarenta años se alimentaron principalmente del maná, que recibían de la Providencia de Dios. Ahora, en cambio:
Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día.
En esos primeros días en su tierra, ellos celebran la bondad de Dios que han experimentado; la misericordia de Dios que los ha llevado hasta allí y los sigue acompañando.

Pero la gran manifestación de la bondad de Dios la tenemos en Jesús, muy especialmente en el pasaje del Evangelio que escuchamos hoy.
Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»
Jesús se acerca a quienes son habitualmente rechazados como pecadores. Con esa actitud despierta el escándalo de escribas y fariseos. Es en ese contexto que relata la parábola que mejor manifiesta el rostro bondadoso de Dios, el rostro de Dios Padre.
Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.” Y el padre les repartió sus bienes.
Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.
El hijo menor ofende al padre, despreciando su amor y marchándose de la casa, sin importarle el dolor que provoca. No quiere a su padre. En cambio, el padre sigue amándolo y cada día sale al camino, esperando verlo regresar. Finalmente llega ese día:
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado." Y comenzó la fiesta.
El hijo ha vuelto, obligado por el hambre y las circunstancias adversas, pero manifiesta su arrepentimiento, pide perdón y reconoce que ya no puede ser recibido como hijo. Pero el Padre lo abraza y lo besa con cariño y hace que lo vistan, lo calcen y le entreguen un anillo: le devuelve su lugar en la casa como hijo.

Pero la parábola habla de dos hijos… El mayor regresa del campo, oye la música y el ruido de la fiesta y pregunta qué sucede. Los servidores le informan del regreso de su hermano y la alegría de su padre ¿cuál es su reacción?
Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"
El hijo mayor no quiere a su padre ni a su hermano. Ha servido al padre con conducta intachable; pero no por amor, sino esperando su recompensa. La falta de amor se hace evidente porque no comparte la alegría del padre. El padre también quiere a ese hijo. El menor ha vuelto y está en la casa; el mayor ha llegado, está a la puerta, pero no quiere entrar. Frente al reclamo mezquino sobre el gasto de la fiesta el Padre manifiesta:
Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.
Luego lo invita a participar en la fiesta, por amor a su padre y a su hermano.

¿Entró finalmente el hermano mayor? ¿Se alegró con la alegría del padre? ¿recibió a su hermano? No lo sabemos. El evangelio no lo dice: es un final abierto. Ese final queda como una pregunta a los escribas y fariseos, a los que representa el hermano mayor. ¿Llegaron ellos a ver a Dios como Padre bueno y misericordioso, que se alegra y festeja cuando un pecador se convierte?

Al menos un fariseo -seguramente también muchos otros- dio ese paso y vivió un fuerte encuentro con Jesús. Un encuentro que lo hizo bajarse -más todavía, caerse- de la autosuficiencia sobre la que había construido su vida.
Ese fariseo fue san Pablo, que cuenta como
“sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis compatriotas, superándolos en el celo por las tradiciones de mis padres” (Gal 1,13.14)
“En cuanto a la Ley, fariseo... en cuanto a la justicia de la Ley, intachable” (Fil 3,5.6)
Pablo descubre a la vez su error, su fragilidad y la fuerza de la misericordia de Dios. Habiendo vivido él mismo la experiencia de ser alcanzado por Jesús, que le mostró su misericordia, Pablo siente que es una criatura nueva,
Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación.
Hombre nuevo en Cristo, reconciliado con Dios, Pablo nos anima a que nosotros confiemos también en el Padre misericordioso:
Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios.
Gracias amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y que puedan en su vida experimentar su bondad y su misericordia… y si necesitan hacerlo, no demoren en reconciliarse con Dios. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 22 de marzo de 2019

“Señor, déjala por este año todavía” (Lucas 13,1-9). III Domingo de Cuaresma.







Todo aquel que cultiva la tierra espera un momento muy especial: la cosecha, la hora de recoger los frutos. Hay plantas que tienen un ciclo rápido y permiten inclusive recoger más de una cosecha en el año. Hay otras, en cambio, que necesitan un tiempo largo antes de dar sus primeros frutos. Son cultivos que requieren una inversión importante.
Todo cultivo supone muchos trabajos… preparación de la tierra, siembra, riego, combate de malezas y plagas, podas…
Agricultores, quinteros, jardineros: hombres y mujeres que saben de plantas, conocen todos esos trabajos; pero saben también que es necesario tener paciencia. Saber esperar. Se puede hacer todo lo posible para que la planta crezca sana y dé una buena cosecha; pero, en definitiva, el crecimiento y los frutos llegan por sí solos, a su debido tiempo.

La vida humana es como un cultivo. El hombre, la mujer, desean que su vida fructifique; pero los frutos más grandes y permanentes no se obtienen rápidamente. Es necesario mantener vivo el deseo de alcanzar la meta, trabajar con la esperanza de ver esos logros y, sobre todo, adquirir la virtud de la paciencia.

Decía el sabio Aristóteles que la paciencia es “el equilibrio entre emociones extremas”. Es la virtud de quienes saben sufrir y tolerar las contrariedades y adversidades con fortaleza y sin lamentarse. Es el arte de esperar con serenidad los logros del trabajo en que nos hemos esforzado; pero también esperar otra parte, de esos mismos resultados, que no depende de nosotros. El buen maestro siembra, se esfuerza, da lo mejor de sí; pero de la respuesta de sus discípulos depende también cómo serán los frutos finales.

El evangelio de este domingo nos presenta uno de esos árboles que puede demorar en entregar sus primeros frutos: la higuera. Alrededor de esa planta Jesús construye una parábola que habla de frutos, pero también de paciencia.
Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?"
La higuera no produce higos; pero ése no es el punto de Jesús.
Esta higuera es la imagen de la persona cuya vida no da frutos.
En los evangelios, Jesús utiliza a menudo imágenes de árboles y plantas:
- exhorta a dar "frutos de conversión" (Mt 3,8)
- anuncia que el árbol que no dé frutos "será cortado y arrojado al fuego" (Mt 3,10)
- los indica como criterio de discernimiento: "por sus frutos los conocerán" (Mt 7,16 y ss)
- los presenta como resultado de siembra en tierra buena: "da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta" (Mt 13,23)
- maldice una higuera estéril: "que nunca jamás brote fruto de ti" (Mt 21,19)

¿Por qué esa insistencia en los frutos? Nuestro pensamiento natural es que se produce fruto para nuestro consumo: el fruto se come. Del trigo sacaremos la harina. De los árboles y plantas frutales esperamos recoger y comer los higos, las uvas, las manzanas, los duraznos…

Sin embargo, desde el punto de vista del árbol o de la planta de trigo, el fruto es parte del proceso reproductivo.
La capacidad de comunicar la vida, de generar una vida nueva, es un signo de madurez. El fruto no es solamente algo destinado al consumo de otro; es el portador de la semilla; es el que permite trasmitir la vida, el que hace posible llamar a la vida a otros seres similares.
¿No tendrá que ver con eso los frutos que Jesús nos pide?
Los frutos son el signo de la madurez humana y cristiana, el signo de una vida fecunda, de una vida que engendra, que hace nacer vida en la comunidad cristiana, en los nuevos miembros que se agregan; en aquellos que reencuentran la fe y la esperanza; en quienes hallan que, por fin, alguien los recibe, los escucha, los ayuda; en definitiva, que alguien los ama.

Si vemos nuestra vida “improductiva”, sin frutos, estéril, la parábola de la higuera puede resultarnos amenazante:
Córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?
Pero la parábola no termina allí. El dueño está hablando con el viñador. El viñador es un hombre que conoce las plantas que están a su cuidado. Es verdad, la higuera lleva tres años improductiva; pero él no ha perdido la esperanza. Está dispuesto a seguirla cuidando y a esperar con paciencia:
"Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas."
Estamos en el tiempo de cuaresma, donde Dios espera “frutos de conversión”. Los cuarenta días marcan un tiempo de paciencia de Dios, un Dios “rico de tiempo”, un Dios “rico en misericordia”.
¡Cuántas veces decimos “no tengo tiempo”! y postergamos así decisiones importantes, fundamentales… Dios nos da tiempo, estira los plazos. ¡Tenemos tiempo!

Pero, en este tiempo ¿cómo dar esos frutos que generan vida?
No es posible dar fruto sin morir de alguna manera. Nos dice Jesús:
"En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto" (Juan 12,24).
Se trata de ver, entonces, a qué morir: qué es lo que tenemos que podar, que cortar, que abandonar en nuestra vida para hacerla productiva, para dar verdaderos frutos para el Reino de Dios.

Jesús ha dado su vida para dar mucho fruto y ese fruto somos nosotros, llamados ahora a dar nuestro propio fruto, en unión con Jesús. Él nos dice:
"Permanezcan en mí, como yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar frutos por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes, si no permanecen en mí" (Juan 15,4)
Amigas, amigos, pidamos al Padre Dios que dirija nuestros corazones y nos ayude a vivir en el amor a Él y a nuestro prójimo, para que demos frutos que permanezcan. Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.