jueves, 15 de enero de 2026

La Paloma y el Cordero. (Juan 1,29-34). Domingo II durante el año.

El domingo pasado cerramos el tiempo de Navidad e iniciamos el tiempo durante el año, con la fiesta del Bautismo de Jesús.

El Evangelio de hoy continúa en ese entorno, con el testimonio de Juan el Bautista, recogido por el evangelio según san Juan.

Este evangelio, a diferencia de Mateo, Marcos y Lucas, no nos relata el bautismo de Jesús. En cambio, en estas palabras, el Bautista da fe de lo que él ha vivido en ese acontecimiento.

El pasaje se abre con la proclamación de Jesús como el Cordero de Dios:

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: 
«Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». (Juan 1,29)

Para quienes solemos participar en la Misa, esas palabras nos resultan completamente familiares. Antes de la comunión, el sacerdote nos presenta la Hostia consagrada y proclama:

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 
Felices los invitados a la cena del Señor”.

Muchas veces me pregunto qué entienden los que escuchan esas palabras… qué les dice esa expresión “cordero de Dios”. Para un israelita de los tiempos de Jesús, el cordero evocaba inmediatamente los sacrificios que se ofrecían a Dios.

Aquel pueblo, en su origen, pueblo de pastores, ofrecía en sacrificio las primicias de su rebaño, es decir, algunos de los corderos recién nacidos, como expresión de gratitud por el don que estaban recibiendo de Dios.

Con la Pascua, la liberación de la esclavitud en Egipto, el sacrificio del cordero adquirió un nuevo sentido: se lo comía en medio de una cena ritual para recordar aquella intervención salvadora de Dios.

En la última cena, “la cena del Señor” Jesús presentó el pan y el vino como su cuerpo y su sangre e indicó a sus apóstoles comer y beber y también volver a celebrar esa cena en su memoria.

Aquella cena de Jesús con sus discípulos coincidía con la cena pascual. Jesús sustituyó el cordero por su cuerpo y su sangre, y así se hizo para nosotros “el cordero de Dios”.

Pero Juan manifiesta que el cordero de Dios “quita el pecado del mundo”. El sacrificio de Jesús no será simbólico sino real. La cruz se hizo altar donde Jesús ofreció su vida al Padre abriendo el camino del perdón y la reconciliación con Dios para el hombre pecador.

Hoy hay cierta resistencia a que se hable de pecado. Por un lado, nadie niega la presencia del mal en el mundo. Diariamente se cometen crímenes terribles; pero llamarlos “pecado” no deja de tener una connotación religiosa que se quiere evitar. Es verdad que no todo delito es pecado ni todo pecado es delito. Estamos en órdenes diferentes... Pero los diez mandamientos siguen siendo una referencia para hablar de pecado. “No matarás” y quien arrebata intencionalmente la vida a otra persona peca contra el quinto mandamiento, pero también comete un crimen… salvo excepciones que las leyes de los hombres han ido estableciendo: aborto, eutanasia.

Pero el pecado es más que la trasgresión de una ley, aún la ley de Dios, como los mandamientos. Cualquier forma de pecado es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo. Jesús es muy claro al señalar esos dos como los mandamientos fundamentales. El pecado hiere la naturaleza de la persona humana, creada para amar y atenta contra la solidaridad humana, una de las dimensiones de ese amor al que estamos llamados.

Sé que estoy yendo muy rápido y que esto daría para mucho más, pero hay que explicar qué quiere decir que Jesús es el Cordero de Dios “que quita el pecado del mundo”… Él nos abre un camino de salvación, de liberación de esa realidad: el pecado, que deteriora y hasta rompe nuestras relaciones con Dios, con los demás, con la Creación y de cada uno consigo mismo. Esa salvación la realiza Jesús con su entrega en la cruz: por eso es el Cordero, el verdadero cordero cuya vida él mismo ofrece a Dios, “por nosotros y por nuestra salvación”. La Cena en la que Jesús ofrece a los discípulos su cuerpo y sangre bajo la forma de pan y de vino, tomando el lugar del cordero pascual, anticipa esa entrega de amor para que participemos de su salvación.

Junto al Cordero, Juan coloca la Paloma:

Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él.» (Juan 1,32)

La paloma representa el Espíritu Santo. Los cuatro evangelistas coinciden en su descripción o alusión al bautismo de Jesús, con la misma conclusión: en Jesús está presente el Espíritu Santo en una forma que nunca se había dado hasta su llegada. Hemos hablado de Jesús como Cordero inmolado en la cruz; el Espíritu que habita en Él es quien lo resucitó de entre los muertos (Romanos 8,11). Jesús nos salva por el misterio de su Pascua: muerte y resurrección.

Más aún: no se trata solamente de que el Espíritu está presente en Jesús, sino de que nosotros, por su muerte y resurrección, podemos recibir el Espíritu Santo. 

Juan lo expresa así:

"Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo". (Juan 1,33)

Juan concluye sus palabras con una afirmación muy importante:

«Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios» (Juan 1,34)

El año pasado recordamos los 1700 años del Concilio de Nicea. El papa León XIV viajó a Turquía para celebrar allí ese aniversario. En su carta apostólica “En la Unidad de la Fe” el papa recuerda que 

“Arrio, un presbítero de Alejandría de Egipto, enseñaba que Jesús no es verdaderamente el Hijo de Dios; aunque tampoco una simple criatura, sería un ser intermedio entre el Dios inalcanzablemente lejano y nosotros.” (In Unitate Fidei, 3)

Sigue diciendo León XIV:

los Padres de Nicea quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo. (In Unitate Fidei, 5)

La fe en Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre está en el corazón de nuestra fe cristiana. Seguimos a Jesús “como Maestro, compañero, hermano y amigo” pero no hemos de olvidar que “Jesucristo es el Señor, el Hijo del Dios viviente”, el salvador.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 8 de enero de 2026

Bautismo del Señor: Cumplir toda justicia (Mateo 3,13-17).

“Un hombre justo” (δίκαιος – dikaios). Así nos describe el evangelio de san Mateo la figura de san José, como pudimos escuchar el último domingo de Adviento. Su figura nos ayuda a ver la justicia no como un ideal abstracto o como la aplicación de un conjunto de normas, sino como un modo de vida.

Decíamos también que no se trata del concepto romano de justicia, que está en el trasfondo de nuestra cultura, que consiste en “dar a cada uno lo que le corresponde”, sino en la búsqueda de la voluntad de Dios, con la ayuda de la Ley que Él ha entregado, para realizarla en la vida de cada día.

Jesús no solo aprendió de José el oficio de carpintero. El Hijo de Dios hecho hombre tuvo ante sí el ejemplo de un Padre que quería vivir y vivía en la justicia de Dios. Es el evangelio de Mateo el que recoge de manera especial esta perspectiva, este ángulo desde el cual contemplar a Jesús de Nazaret, lo que aparece reflejado en sus palabras, comenzando por las bienaventuranzas, en las que se proclama

Felices los que tienen hambre y sed de justicia (δικαιοσύνην – dikaiosynēn), porque serán saciados. (Mateo 5,6)

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia (δικαιοσύνης – dikaiosynēs), porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,10)


Todo esto valga como introducción al evangelio de hoy, que nos cuenta el bautismo de Jesús, para que no pasemos por alto lo que dice Jesús al Bautista… pero vayamos al comienzo.

En el capítulo 3 de Mateo se presenta la figura de Juan el Bautista. Esa parte la escuchamos en el segundo domingo de Adviento. A continuación,

Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mateo 3,13-14)

Juan decía: “Yo los bautizo con agua para que se conviertan” (Mateo 3,11). En el Evangelio de Marcos se dice que Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. Eso explica la resistencia de Juan. Juan espera un Mesías a través del cual se manifieste un Dios fuerte y justiciero, frente al cual el hombre debe inclinarse y corregir la orientación de su vida. Sin embargo, la primera lectura de hoy, del libro de Isaías, nos presenta otra imagen de ese servidor de Dios:

Él no gritará, no levantará la voz
ni la hará resonar por las calles.
No romperá la caña quebrada
ni apagará la mecha que arde débilmente.
Expondrá el derecho con fidelidad (Isaías 42,2-3)

El servidor actuará con suavidad y compasión, para extender el derecho, la justicia de Dios, en toda la tierra.

La breve respuesta de Jesús va en ese orden y desarma las objeciones de Juan:

«Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos toda justicia». 
Y Juan se lo permitió. (Mateo 3,15)  (δικαιοσύνην – dikaiosynēn) 

“Toda justicia” o “todo lo que es justo” se refiere a la justicia divina, que Jesús viene a llevar a su plenitud. En el “dar a cada uno lo que le corresponde”, es justo que reciba un castigo quien ha actuado mal, cometiendo injusticias y abusos;  que quien ha robado restituya el bien ajeno del que se apropió, que quien ha dañado a otro sea obligado a entregar una indemnización adecuada. Pero hay una justicia más grande que todas esas medidas razonables.

Jesús, enviado del Padre, viene a llevar a cumplimiento una justicia superior, porque es justo que quien ha perdido su vida pueda encontrarla de nuevo, que quien se ha hundido en el pecado pueda pedir y recibir el perdón, que a un culpable no le sea quitada la vida sino que se la devuelva como nueva oportunidad.

En verdad, es más fácil para nosotros quedarnos en la primera justicia: “el que la hace la paga”, sin querer recordar que nadie está libre de pecado y todos estamos necesitados de perdón. Repasemos en el evangelio los numerosos pasajes en los que se presenta a Jesús como aquel que vino a salvar a su pueblo de todos sus pecados. Todos somos pecadores; todos estamos incluidos en esa salvación.

Por eso Jesús se bautiza junto a los pecadores. No porque Él lo sea, sino para mostrar que ha venido a salvarnos, a liberarnos de esa realidad que nos aprisiona. Acompaña a los pecadores que reciben un bautismo de conversión, que desean un cambio en su vida, que quieren encontrar una salida, que están sintiendo hambre y sed de la justicia de Dios.

Por eso Juan acepta lo que le pide Jesús. Dios está poniendo en obra “toda justicia” dentro de la historia humana por medio de su Hijo Jesucristo.

Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». (Mateo 3,16-17)

El bautismo de Jesús nos hace descubrir la mirada de Dios sobre nosotros. Dios se ha complacido en bajar del Cielo y sumergirse en nuestra humanidad, en nuestra fragilidad, en el abismo donde la tragedia del pecado nos ha hundido. Allí se manifiesta el amor de Dios que golpea la puerta de nuestro corazón endurecido.

En su Hijo Jesús, Dios ha llegado a hacerse solidario con nosotros allí donde no somos capaces de ser solidarios entre nosotros mismos. Reconociendo nuestra propia necesidad de perdón, sintiendo que hemos sido perdonados, podremos crecer en nuestra propia capacidad de perdonar: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.

Dios nos ha hecho un enorme regalo, un inapreciable don en el nacimiento de su Hijo.

El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él. (Hechos 10,38)

Pasó y sigue pasando para curarnos y hacernos el bien. Que a lo largo de este nuevo año podamos reconocer el amor de Dios, dejemos de pretender pasar por justo lo que no lo es, y nos adentremos a vivir en la justicia de Dios.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Solidaridad con Venezuela. Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay.

Nuestra Señora de Coromoto,
patrona de Venezuela

 Los obispos de la Conferencia Episcopal del Uruguay saludamos a nuestros hermanos obispos de Venezuela en esta particular situación que vive ese querido país y les hacemos llegar nuestra solidaridad, junto con nuestra oración por la Iglesia y por todo el pueblo venezolano. 

Reiteramos el mensaje del Santo Padre León XIV invitando a que “el bien del querido pueblo venezolano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración… respetando los derechos humanos y civiles de todos”. (cfr Angelus 4/1/26). 

Oramos para que buscando caminos de solidaridad y reconciliación se pueda superar esta compleja situación. 

Confiamos esta plegaria a la intercesión de San José Gregorio Hernández, de Santa Carmen Rendiles y a la maternal ayuda de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela. 

Consejo Permanente de la CEU:
+ Milton Tróccoli, obispo de Maldonado-Punta del Este-Minas, presidente
+ Cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, vicepresidente
+ Mons. Heriberto Bodeant, obispo de Canelones, secretario general

Palabra de Vida: “El que ama a Dios debe amar también a su Hermano”. (1 Juan 4,19--5,4)


Jueves 8 de enero de 2026, Tiempo de Navidad.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
(Nota: esta lectura, en realidad, corresponde al sábado 10 de enero de acuerdo al calendario litúrgico vigente en Uruguay)

miércoles, 7 de enero de 2026

Palabra de Vida: Y nosotros hemos creído en el amor. 1 Juan 4,11-18

  

Miércoles 7 de enero de 2026, Tiempo de Navidad. 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar. 
(Nota: esta lectura, en realidad, corresponde al viernes 9 de enero de acuerdo al calendario litúrgico vigente en Uruguay)

martes, 6 de enero de 2026

Palabra de Vida: “Vimos su estrella... y hemos venido a adorarlo”. (Mateo 2,1-12)


Martes 6 de enero de 2026, Epifanía del Señor.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
(Papa Francisco, 6 de enero de 2024)

lunes, 5 de enero de 2026

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados" (Efesios 4,4). Palabra del Mes (Movimiento de los Focolares)

En la Semana de oración por la unidad de los cristianos [1] estamos invitados a concentrar nuestra atención en un tema en particular, el que se refiere en la Carta de Pablo a los Efesios. En las llamadas cartas de la prisión, Pablo se dirige a sus destinatarios exhortándolos a dar un testimonio creíble de su fe a través de la unidad, basada en una única fe, un solo espíritu y una sola esperanza, solo a través de la cual se da testimonio de Cristo como cuerpo.

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados"

Pablo nos llama a la esperanza. ¿Qué es la esperanza y por qué se nos invita a vivirla? Es un brote, un regalo y una tarea que tenemos el deber de custodiar, cultivar y hacer fructificar para bien de todos. 

«La esperanza cristiana nos encomienda situarnos en la delgada línea del cordal, esa frontera donde nuestra vocación nos exige elegir cada día y en cada momento ser fieles a la fidelidad de Dios por nosotros» [2].

Para los cristianos, nuestra vocación, nuestra llamada no es un asunto solo entre el individuo y Dios, sino que es «convocación», es decir, somos llamados juntos, es la llamada a la unidad entre quienes se comprometen a vivir el Evangelio. En las intervenciones y escritos de Chiara Lubich encontramos a menudo referencias explícitas a la unidad como aspecto propio de su espiritualidad: esta es fruto de la presencia de Jesús entre nosotros. Y esta presencia es fuente de una profunda felicidad.

«Si la unidad es tan importante para el cristiano, entonces nada se opone tanto a su vocación como el faltar a ella. Y pecamos contra la unidad todas las veces que cedemos a la tentación –que reaparece continuamente– del individualismo, el cual nos impulsa a hacer las cosas por nuestra cuenta, a dejarnos guiar por nuestro juicio, nuestro interés o prestigio personal, ignorando o incluso despreciando a los demás, sus exigencias y sus derechos» [3].

“Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados"

En Guatemala hay un diálogo muy activo entre los miembros de distintas Iglesias cristianas. Nos escribe Ramiro: «Preparamos la Semana de oración por la unidad de los cristianos junto con un grupo de personas de distintas Iglesias. En el programa se incluyó un festival artístico preparado con los jóvenes y varios actos en las distintas iglesias. La Conferencia Episcopal católica nos pidió que continuásemos con la experiencia preparando también un rato de intercambio con un grupo de obispos católicos y personas de distintas Iglesias que habían confluido desde toda América para un encuentro dedicado al 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Más allá de estas actividades, experimentamos muy fuerte la unidad entre todos nosotros y los frutos que esta lleva consigo: fraternidad, alegría y paz».

Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de Vida

[1] Esta se celebra en el hemisferio norte del 18 al 25 de enero, y en el hemisferio sur, en la semana de Pentecostés. Los textos de la oración de este año han sido preparados por un grupo ecuménico coordinado por la Iglesia Apostólica Armenia.

[2] Madeleine Delbrêl, considerada por muchos una de las personalidades espirituales más significativas del siglo xx: https://www.pasomv.it/files/bocc/madalein_del_brel_noi_spes.pdf.

[3] C. Lubich, Palabra de Vida de julio de 1985: EAD., Palabras de Vida/1 (1943-1990), Madrid 2020, p. 343.

“Hemos hallado a Aquél…” (Juan 1,43-51)

  

5 de enero de 2026, Lunes del tiempo de Navidad.
«Hemos hallado a Aquél de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José.»

domingo, 4 de enero de 2026

"Ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo" (Efesios 1,3-6.15-18)

  

4 de enero de 2026, II Domingo después de Navidad (segunda lectura).
Reflexión tomada del Papa Benedicto XVI, 6 de julio de 2005.

sábado, 3 de enero de 2026

Palabra de Vida: Vivir la alegría de ser hijos de Dios. 1 Juan 2,29-3,6

  

Sábado 3 de enero de 2026, Tiempo de Navidad.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.
Reflexión tomada del mensaje del Papa Benedicto XVI para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud, año 2012.