lunes, 11 de noviembre de 2019

La esperanza de los pobres nunca se frustrará. Mensaje del Papa Francisco para la III Jornada Mundial de los Pobres.


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
III JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
17 de noviembre de 2019

La esperanza de los pobres nunca se frustrará

1. «La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (Sal 9,19). Las palabras del salmo se presentan con una actualidad increíble. Ellas expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida.
El salmista describe la condición del pobre y la arrogancia del que lo oprime (cf. 10,1-10); invoca el juicio de Dios para que se restablezca la justicia y se supere la iniquidad (cf. 10,14-15). Es como si en sus palabras volviese de nuevo la pregunta que se ha repetido a lo largo de los siglos hasta nuestros días: ¿cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?
Este salmo se compuso en un momento de gran desarrollo económico que, como suele suceder, también produjo fuertes desequilibrios sociales. La inequidad generó un numeroso grupo de indigentes, cuya condición parecía aún más dramática cuando se comparaba con la riqueza alcanzada por unos pocos privilegiados. El autor sagrado, observando esta situación, dibuja un cuadro lleno de realismo y verdad.
Era una época en la que la gente arrogante y sin ningún sentido de Dios perseguía a los pobres para apoderarse incluso de lo poco que tenían y reducirlos a la esclavitud. Hoy no es muy diferente. La crisis económica no ha impedido a muchos grupos de personas un enriquecimiento que con frecuencia aparece aún más anómalo si vemos en las calles de nuestras ciudades el ingente número de pobres que carecen de lo necesario y que en ocasiones son además maltratados y explotados. Vuelven a la mente las palabras del Apocalipsis: «Tú dices: “soy rico, me he enriquecido; y no tengo necesidad de nada”; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, ciego y desnudo» (Ap 3,17). Pasan los siglos, pero la condición de ricos y pobres se mantiene inalterada, como si la experiencia de la historia no nos hubiera enseñado nada. Las palabras del salmo, por lo tanto, no se refieren al pasado, sino a nuestro presente, expuesto al juicio de Dios.

2. También hoy debemos nombrar las numerosas formas de nuevas esclavitudes a las que están sometidos millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños.
Todos los días nos encontramos con familias que se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser. ¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de las numerosas personas marginadas y sin hogar que deambulan por las calles de nuestras ciudades?
Con frecuencia vemos a los pobres en los vertederos recogiendo el producto del descarte y de lo superfluo, para encontrar algo que comer o con qué vestirse. Convertidos ellos mismos en parte de un vertedero humano son tratados como desperdicios, sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo. Considerados generalmente como parásitos de la sociedad, a los pobres no se les perdona ni siquiera su pobreza. Se está siempre alerta para juzgarlos. No pueden permitirse ser tímidos o desanimarse; son vistos como una amenaza o gente incapaz, sólo porque son pobres.
Para aumentar el drama, no se les permite ver el final del túnel de la miseria. Se ha llegado hasta el punto de teorizar y realizar una arquitectura hostil para deshacerse de su presencia, incluso en las calles, últimos lugares de acogida. Deambulan de una parte a otra de la ciudad, esperando conseguir un trabajo, una casa, un poco de afecto... Cualquier posibilidad que se les ofrezca se convierte en un rayo de luz; sin embargo, incluso donde debería existir al menos la justicia, a menudo se comprueba el ensañamiento en su contra mediante la violencia de la arbitrariedad. Se ven obligados a trabajar horas interminables bajo el sol abrasador para cosechar los frutos de la estación, pero se les recompensa con una paga irrisoria; no tienen seguridad en el trabajo ni condiciones humanas que les permitan sentirse iguales a los demás. Para ellos no existe el subsidio de desempleo, indemnizaciones, ni siquiera la posibilidad de enfermarse.
El salmista describe con crudo realismo la actitud de los ricos que despojan a los pobres: «Están al acecho del pobre para robarle, arrastrándolo a sus redes» (cf. Sal 10,9). Es como si para ellos se tratara de una jornada de caza, en la que los pobres son acorralados, capturados y hechos esclavos. En una condición como esta, el corazón de muchos se cierra y se afianza el deseo de volverse invisibles. Así, vemos a menudo a una multitud de pobres tratados con retórica y soportados con fastidio. Ellos se vuelven como transparentes y sus voces ya no tienen fuerza ni consistencia en la sociedad. Hombres y mujeres cada vez más extraños entre nuestras casas y marginados en nuestros barrios.

3. El contexto que el salmo describe se tiñe de tristeza por la injusticia, el sufrimiento y la amargura que afecta a los pobres. A pesar de ello, se ofrece una hermosa definición del pobre. Él es aquel que «confía en el Señor» (cf. v. 11), porque tiene la certeza de que nunca será abandonado. El pobre, en la Escritura, es el hombre de la confianza. El autor sagrado brinda también el motivo de esta confianza: él “conoce a su Señor” (cf. ibíd.), y en el lenguaje bíblico este “conocer” indica una relación personal de afecto y amor.
Estamos ante una descripción realmente impresionante que nunca nos hubiéramos imaginado. Sin embargo, esto no hace sino manifestar la grandeza de Dios cuando se encuentra con un pobre. Su fuerza creadora supera toda expectativa humana y se hace realidad en el “recuerdo” que él tiene de esa persona concreta (cf. v. 13). Es precisamente esta confianza en el Señor, esta certeza de no ser abandonado, la que invita a la esperanza. El pobre sabe que Dios no puede abandonarlo; por eso vive siempre en la presencia de ese Dios que lo recuerda. Su ayuda va más allá de la condición actual de sufrimiento para trazar un camino de liberación que transforma el corazón, porque lo sostiene en lo más profundo.

4. La descripción de la acción de Dios en favor de los pobres es un estribillo permanente en la Sagrada Escritura. Él es aquel que “escucha”, “interviene”, “protege”, “defiende”, “redime”, “salva”... En definitiva, el pobre nunca encontrará a Dios indiferente o silencioso ante su oración. Dios es aquel que hace justicia y no olvida (cf. Sal 40,18; 70,6); de hecho, es para él un refugio y no deja de acudir en su ayuda (cf. Sal 10,14).
Se pueden alzar muchos muros y bloquear las puertas de entrada con la ilusión de sentirse seguros con las propias riquezas en detrimento de los que se quedan afuera. No será así para siempre. El “día del Señor”, tal como es descrito por los profetas (cf. Am 5,18; Is 2-5; Jl 1-3), destruirá las barreras construidas entre los países y sustituirá la arrogancia de unos pocos por la solidaridad de muchos. La condición de marginación en la que se ven inmersas millones de personas no podrá durar mucho tiempo. Su grito aumenta y alcanza a toda la tierra. Como escribió D. Primo Mazzolari: «El pobre es una protesta continua contra nuestras injusticias; el pobre es un polvorín. Si le das fuego, el mundo estallará».

5. No hay forma de eludir la llamada apremiante que la Sagrada Escritura confía a los pobres. Dondequiera que se mire, la Palabra de Dios indica que los pobres son aquellos que no disponen de lo necesario para vivir porque dependen de los demás. Ellos son el oprimido, el humilde, el que está postrado en tierra. Aun así, ante esta multitud innumerable de indigentes, Jesús no tuvo miedo de identificarse con cada uno de ellos: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Huir de esta identificación equivale a falsificar el Evangelio y atenuar la revelación. El Dios que Jesús quiso revelar es éste: un Padre generoso, misericordioso, inagotable en su bondad y gracia, que ofrece esperanza sobre todo a los que están desilusionados y privados de futuro.
¿Cómo no destacar que las bienaventuranzas, con las que Jesús inauguró la predicación del Reino de Dios, se abren con esta expresión: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6,20)? El sentido de este anuncio paradójico es que el Reino de Dios pertenece precisamente a los pobres, porque están en condiciones de recibirlo. ¡Cuántas personas pobres encontramos cada día! A veces parece que el paso del tiempo y las conquistas de la civilización aumentan su número en vez de disminuirlo. Pasan los siglos, y la bienaventuranza evangélica parece cada vez más paradójica; los pobres son cada vez más pobres, y hoy día lo son aún más. Pero Jesús, que ha inaugurado su Reino poniendo en el centro a los pobres, quiere decirnos precisamente esto: Él ha inaugurado, pero nos ha confiado a nosotros, sus discípulos, la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los pobres. Es necesario, sobre todo en una época como la nuestra, reavivar la esperanza y restaurar la confianza. Es un programa que la comunidad cristiana no puede subestimar. De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y el testimonio de los cristianos.

6. La Iglesia, estando cercana a los pobres, se reconoce como un pueblo extendido entre tantas naciones cuya vocación es la de no permitir que nadie se sienta extraño o excluido, porque implica a todos en un camino común de salvación. La condición de los pobres obliga a no distanciarse de ninguna manera del Cuerpo del Señor que sufre en ellos. Más bien, estamos llamados a tocar su carne para comprometernos en primera persona en un servicio que constituye auténtica evangelización. La promoción de los pobres, también en lo social, no es un compromiso externo al anuncio del Evangelio, por el contrario, pone de manifiesto el realismo de la fe cristiana y su validez histórica. El amor que da vida a la fe en Jesús no permite que sus discípulos se encierren en un individualismo asfixiante, soterrado en segmentos de intimidad espiritual, sin ninguna influencia en la vida social (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 183).
Hace poco hemos llorado la muerte de un gran apóstol de los pobres, Jean Vanier, quien con su dedicación logró abrir nuevos caminos a la labor de promoción de las personas marginadas. Jean Vanier recibió de Dios el don de dedicar toda su vida a los hermanos y hermanas con discapacidades graves, a quienes la sociedad a menudo tiende a excluir. Fue un “santo de la puerta de al lado” de la nuestra; con su entusiasmo supo congregar en torno suyo a muchos jóvenes, hombres y mujeres, que con su compromiso cotidiano dieron amor y devolvieron la sonrisa a muchas personas débiles y frágiles, ofreciéndoles una verdadera “arca” de salvación contra la marginación y la soledad. Este testimonio suyo ha cambiado la vida de muchas personas y ha ayudado al mundo a mirar con otros ojos a las personas más débiles y frágiles. El grito de los pobres ha sido escuchado y ha producido una esperanza inquebrantable, generando signos visibles y tangibles de un amor concreto que también hoy podemos reconocer.

7. «La opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha» (ibíd., 195) es una opción prioritaria que los discípulos de Cristo están llamados a realizar para no traicionar la credibilidad de la Iglesia y dar esperanza efectiva a tantas personas indefensas. En ellas, la caridad cristiana encuentra su verificación, porque quien se compadece de sus sufrimientos con el amor de Cristo recibe fuerza y confiere vigor al anuncio del Evangelio.
El compromiso de los cristianos, con ocasión de esta Jornada Mundial y sobre todo en la vida ordinaria de cada día, no consiste sólo en iniciativas de asistencia que, si bien son encomiables y necesarias, deben tender a incrementar en cada uno la plena atención que le es debida a cada persona que se encuentra en dificultad. «Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación» (ibíd., 199) por los pobres en la búsqueda de su verdadero bien. No es fácil ser testigos de la esperanza cristiana en el contexto de una cultura consumista y de descarte, orientada a acrecentar el bienestar superficial y efímero. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios.
La esperanza se comunica también a través de la consolación, que se realiza acompañando a los pobres no por un momento, cargado de entusiasmo, sino con un compromiso que se prolonga en el tiempo. Los pobres obtienen una esperanza verdadera no cuando nos ven complacidos por haberles dado un poco de nuestro tiempo, sino cuando reconocen en nuestro sacrificio un acto de amor gratuito que no busca recompensa.

8. A los numerosos voluntarios, que muchas veces tienen el mérito de ser los primeros en haber intuido la importancia de esta preocupación por los pobres, les pido que crezcan en su dedicación. Queridos hermanos y hermanas: Os exhorto a descubrir en cada pobre que encontráis lo que él realmente necesita; a no deteneros ante la primera necesidad material, sino a ir más allá para descubrir la bondad escondida en sus corazones, prestando atención a su cultura y a sus maneras de expresarse, y así poder entablar un verdadero diálogo fraterno. Dejemos de lado las divisiones que provienen de visiones ideológicas o políticas, fijemos la mirada en lo esencial, que no requiere muchas palabras sino una mirada de amor y una mano tendida. No olvidéis nunca que «la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual» (ibíd., 200).
Antes que nada, los pobres tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos, las que en la sencillez de su vida expresan y ponen de manifiesto la fuerza del amor cristiano. Dios se vale de muchos caminos y de instrumentos infinitos para llegar al corazón de las personas. Por supuesto, los pobres se acercan a nosotros también porque les distribuimos comida, pero lo que realmente necesitan va más allá del plato caliente o del bocadillo que les ofrecemos. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse, nuestros corazones para sentir de nuevo el calor del afecto, nuestra presencia para superar la soledad. Sencillamente, ellos necesitan amor.

9. A veces se requiere poco para devolver la esperanza: basta con detenerse, sonreír, escuchar. Por un día dejemos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que se pueda recurrir para alardear con obras y proyectos. Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar: son jóvenes y ancianos solos a los que se puede invitar a entrar en casa para compartir una comida; hombres, mujeres y niños que esperan una palabra amistosa. Los pobres nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo.
A los ojos del mundo, no parece razonable pensar que la pobreza y la indigencia puedan tener una fuerza salvífica; sin embargo, es lo que enseña el Apóstol cuando dice: «No hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Co 1,26-29). Con los ojos humanos no se logra ver esta fuerza salvífica; con los ojos de la fe, en cambio, se la puede ver en acción y experimentarla en primera persona. En el corazón del Pueblo de Dios que camina late esta fuerza salvífica, que no excluye a nadie y a todos congrega en una verdadera peregrinación de conversión para reconocer y amar a los pobres.

10. El Señor no abandona al que lo busca y a cuantos lo invocan; «no olvida el grito de los pobres» (Sal 9,13), porque sus oídos están atentos a su voz. La esperanza del pobre desafía las diversas situaciones de muerte, porque él se sabe amado particularmente por Dios, y así logra vencer el sufrimiento y la exclusión. Su condición de pobreza no le quita la dignidad que ha recibido del Creador; vive con la certeza de que Dios mismo se la restituirá plenamente, pues él no es indiferente a la suerte de sus hijos más débiles, al contrario, se da cuenta de sus afanes y dolores y los toma en sus manos, y a ellos les concede fuerza y valor (cf. Sal 10,14). La esperanza del pobre se consolida con la certeza de ser acogido por el Señor, de encontrar en él la verdadera justicia, de ser fortalecido en su corazón para seguir amando (cf. Sal 10,17).
La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza. A todas las comunidades cristianas y a cuantos sienten la necesidad de llevar esperanza y consuelo a los pobres, pido que se comprometan para que esta Jornada Mundial pueda reforzar en muchos la voluntad de colaborar activamente para que nadie se sienta privado de cercanía y solidaridad. Que nos acompañen las palabras del profeta que anuncia un futuro distinto: «A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra» (Mal 3,20).

Vaticano, 13 de junio de 2019
Memoria litúrgica de san Antonio de Padua


Francisco

jueves, 7 de noviembre de 2019

“No es un Dios de muertos, sino de vivientes” (Lucas 20,27-38). Domingo XXXII del Tiempo durante el Año.







Cada 8 de noviembre, Uruguay celebra a su patrona, la Virgen de los Treinta y Tres. Como todos los años, en el domingo más próximo a esta fecha -en este año el 10- se realiza una peregrinación nacional al santuario de la Virgen en Florida. Allí estamos ya los Obispos del Uruguay.
Junto al Pueblo de Dios que peregrina en esta tierra, renovaremos la consagración a la Virgen de los Treinta y Tres que, en 1988, realizara san Juan Pablo II. Abriremos así el camino hacia el V Congreso Eucarístico Nacional que se celebrará en Montevideo en octubre de 2020. En todas las parroquias de nuestra Diócesis, este domingo, nuestras comunidades se unirán en la oración de consagración con la que nos confiamos a nuestra Madre poniéndonos bajo su manto.

o0o0o0o0o0o
“No puede ser que la vida, cosa tan original…
la vida un día se muera y quede en nada total”
(¿Nada?)
Así comienza una canción con música de Santiago Chalar y letra de Pepe Guerra. El misterio de la muerte hace brotar ese rebelde lamento: no es posible que el destino de cada persona humana sea la aniquilación, hacerse nada, desaparecer. Hay en el ser humano un anhelo de plenitud, de eternidad, que implora, desde lo más profundo, una respuesta.

A pesar de esto, hubo en tiempos de Jesús un grupo, el de los saduceos, que no creía que la vida presente se continuara, de alguna manera, después de la muerte. En el evangelio que escuchamos este domingo, san Lucas los describe como aquellos que “niegan la resurrección”. En eso divergen de los fariseos, de quienes ya hemos hablado mucho. Tiempo después de la muerte y resurrección de Jesús, san Pablo aprovechó esa división cuando fue llevado ante el Sanedrín, el tribunal judío, donde había fariseos y saduceos y se apoyó en los primeros diciendo:
«Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos;
y se me juzga por esperar la resurrección de los muertos» (Hechos 23,6).
En el marco de esa polémica acerca del destino del hombre, se entiende el extraño caso que plantean los saduceos a Jesús:
«Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»
El mandamiento al que se refieren los saduceos es el conocido como “ley del levirato”, que encontramos en el libro del Deuteronomio (25,5-10). La intención de esta norma era asegurar la descendencia del fallecido, cuyo nombre debía llevar el primer hijo que su mujer tuviese del nuevo esposo. La ley tenía mucha fuerza y si el hermano del difunto no quería cumplirla, la mujer podía recurrir al tribunal. Por otra parte, en esa sociedad una viuda quedaba desamparada, por lo que el segundo casamiento era importante también en ese sentido.

Frente al argumento que le presentan, Jesús responde:
«En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.
Los saduceos presentan como absurda la idea de una resurrección, porque imaginan la vida eterna como una prolongación de la que conocemos; por eso preguntan cómo se definiría la situación de esa mujer que estuvo casada con siete hermanos, sin haber dado descendencia a ninguno de ellos.
Jesús hace ver que la resurrección es la entrada en otra forma de vida, donde los hombres y las mujeres “no se casarán”. El “dejar descendencia” -al que apuntaba la ley del levirato- la procreación, como una forma de prolongación de la propia vida, ya no tendrá sentido, precisamente porque no existirá la muerte. La relación matrimonial cederá su lugar a un nuevo nivel de relaciones interpersonales, la relación fraterna de los hijos e hijas de Dios. La paternidad divina reemplaza los parentescos humanos y une a todos en el amor de Dios.

No hay que soslayar la referencia al juicio final: la participación de la resurrección es para “los que sean juzgados dignos”.

Notemos también la expresión “hijos de la resurrección”. La referencia es siempre la resurrección de Jesús. Serán hijos de la resurrección quienes lleguen a participar de la resurrección de Jesús, pasando por unirse a Él en la muerte. San Pablo lo expresa en pocas palabras:
“Si morimos con Él, viviremos con Él” (2 Timoteo 2,11)
Jesús concluye el debate reafirmando la fe en la resurrección. Los saduceos habían planteado su objeción basándose en una norma dada por Moisés; Jesús responde invocando también a Moisés:
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor "el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él.
Abraham, su hijo Isaac y su nieto Jacob son los tres patriarcas fundadores del Pueblo de Dios. Ellos creyeron en las promesas de Dios. Lo que dice Jesús es que, si Dios se presenta como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, es porque ellos están vivos o están esperando a que Dios los levante de la muerte para entrar en la vida eterna. Aunque el creyente muere a los ojos de los hombres, vive para Dios, porque Dios, fiel a su promesa, le da vida.

Esa es la esperanza expresada en el salmo 16, que está entre las lecturas de este domingo. Dice el salmista:
yo, por tu justicia, contemplaré tu rostro,
y al despertar, me saciaré de tu presencia.
Contemplaré tu rostro: contemplaremos el rostro de Dios, el rostro del Padre que Jesús nos ha revelado. Me saciaré de tu presencia: alcanzaremos la plenitud de la felicidad, en la eternidad, en la vida en Dios.

Amigas y amigos, renovemos nuestra esperanza y nuestra confianza en el Dios de la vida y trabajemos para que, desde ahora, cada persona que viene a este mundo encuentre las posibilidades de una vida digna de quien ha sido creado por Dios, redimido por Jesucristo y, santificado por el Espíritu Santo, está llamado a compartir la eternidad de Dios.
Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Oración de Consagración a la Virgen de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay








El próximo domingo, 10 de noviembre, la ciudad de Florida recibirá, en el santuario nacional de la Virgen de los Treinta y Tres la peregrinación anual en la que participan delegaciones de todas las diócesis junto a los obispos del Uruguay que tienen en esos días la asamblea de la Conferencia Episcopal.

En esta oportunidad, como parte del camino a la celebración del V Congreso Eucarístico Nacional (2020), se hará una consagración a la Virgen de los Treinta y Tres, renovando la que hizo san Juan Pablo II en su segunda visita a Uruguay, en 1988.

(Audio y video publicados el año pasado, al coincidir la fiesta de la Virgen de los Treinta y Tres con el día domingo)

A continuación, el texto de la oración:

ORACIÓN DE SAN JUAN PABLO II

(Con adaptaciones)

Florida, Uruguay
Domingo 8 de mayo de 1988 - Domingo 10 de noviembre de 2019

1. ¡Feliz porque has creído, Madre del Redentor!


Ante tu imagen sagrada, oh Virgen de los Treinta y Tres,
el Pueblo de Dios que peregrina en Uruguay,
reconociéndote como Madre y Patrona,
se confía a nuestra voz para ensalzarte:
“¡Feliz porque has creído!”,
y con inefable gratitud te aclama Maestra de su fe.
Tu mirada bondadosa acompaña los caminos de evangelización
y sostiene con amor solícito
la peregrinación de fe y de esperanza
de todo el Pueblo de Dios en esta tierra,
que en ti pone su confianza y a ti encomienda sus aspiraciones
de vivir cada día en creciente fidelidad a Cristo.

2. ¡Bendita entre las mujeres! ¡Bendito el fruto de tu vientre!


Ponemos bajo tu amparo nuestra Patria,
su futuro de paz y de progreso;
a cada uno de nuestros hermanos de la ciudad y del campo,
obreros y empresarios, trabajadores y estudiantes,
gobernantes y ciudadanos,
hombres y mujeres,
ancianos, jóvenes y niños,
para que todos vivamos en armonía y concordia.

Madre del Verbo de la vida, Virgen de Nazaret,
te encomendamos encarecidamente en este día
todas las familias del Uruguay.
Que sean felices afianzando más y más
el vínculo indisoluble y sagrado del matrimonio;
que sean benditas porque respetan la vida que nace,
como don que viene de Dios,
desde el mismo seno materno.

Haz que cada familia sea de veras una iglesia doméstica,
–a imagen de tu hogar de Nazaret–,
donde Dios esté presente
para hacer llevadero el yugo suave de su ley que es siempre amor,
y donde los hijos puedan crecer en sabiduría y gracia,
sin que les falte el alimento, la educación, el trabajo.
Que el amor de los uruguayos hacia ti,
se traduzca en respeto y promoción de la mujer,
ya que eres espejo de su vocación y dignidad,
en la Iglesia y en la sociedad.

3. ¡Virgen del Magnificat, fiel a Dios y a la humanidad!


Te ofrecemos y ponemos bajo tu protección,
la Iglesia entera del Uruguay,
los obispos y los sacerdotes, los diáconos permanentes,
los religiosos y religiosas,
los seminaristas y novicios
y cuantos están dedicados
al servicio de la evangelización
y del progreso de este pueblo:
los misioneros, los catequistas,
los laicos comprometidos, los jóvenes.

Tú que eres la imagen perfecta y viva de la libertad,
de la unión indisoluble entre el amor de Dios
y el servicio a los hermanos,
entre la evangelización y la promoción humana,
enséñanos a poner en práctica
el amor preferencial de Dios por los pobres y humildes.

Que toda la Iglesia del Uruguay,
bajo tu mirada, con tu ayuda y siguiendo tu ejemplo,
trabaje sin descanso por implantar
el Evangelio de las bienaventuranzas,
garantía de libertad, de progreso, de paz;
y promueva la solidaridad con las demás naciones hermanas.

Somos, por la gracia, hijos de Dios y hermanos en Cristo,
sellados por el mismo Espíritu,
miembros de la misma Iglesia
e hijos tuyos, Madre del Redentor.
Que podamos dar testimonio de nuestra fe con audacia
y, por la acción de tu Espíritu,
nuestro Uruguay sea fiel a su historia,
marcada por la Cruz y por tu presencia amorosa de Madre,
Capitana y Guía de nuestra libertad.
Amén.


miércoles, 30 de octubre de 2019

"Hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lucas 19, 1-10). Domingo XXXI del Tiempo durante el año.







La constitución de Estados Unidos es una de las más antiguas actualmente vigentes en el mundo. Cuando entró en vigor en 1787, Benjamín Franklin, uno de los “padres de la nación” norteamericana, escribió:
“por lo que parece, nuestra nueva constitución promete quedar firme;
pero en este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos”.
Para Franklin, eran las únicas dos cosas inevitables. Aquí en el sur, muchos dirían que la muerte es la única segura… pero la verdad es que, de una forma u otra, todos pagamos impuestos, desde que las sociedades humanas se fueron dando formas de gobierno. Los reyes cobraban impuestos a sus súbditos. Los imperios pedían tributos a los pueblos que iban conquistando.

Así sucedía en el Imperio Romano. Los encargados de recaudar impuestos eran conocidos como “publicanos”. Los romanos no tenían una Dirección General Impositiva, con empleados e inspectores. Hoy diríamos que era un sistema tercerizado. Se llamaba a licitación para recaudar impuestos en una región determinada. Los interesados hacían sus ofertas y se adjudicaba al mejor postor. Los publicanos cobraban lo suficiente para cubrir lo que se entregaba al imperio
y para tener su propia ganancia… y ganaban bien.

Seguramente en ningún lugar del Imperio Romano los publicanos eran personas queridas y populares. Pero en la provincia de Palestina, en la tierra de Jesús, el juicio de la gente era terrible: su oficio era considerado pecaminoso. Los rabinos tenían cuatro listas, de malo a peor, de diferentes ocupaciones consideradas despreciables. Los publicanos estaban en la cuarta lista: la de los más despreciados.

La razón: los publicanos se enriquecían de modo injusto. Pero, además, si en un momento un publicano hubiera querido realmente cambiar de vida, pedir perdón, hacer penitencia, no podía hacerla, porque debía dar una reparación a todos aquellos a quienes había dañado o engañado…
y ni siquiera sabía quiénes eran.

Pero en la sociedad judía, el castigo para los publicanos no era solo ser despreciados y detestados. Perdían toda consideración y derecho dentro del ámbito judío. Si un fariseo se hacía recaudador de impuestos, era inmediatamente expulsado del movimiento. Un publicano no podía ser juez dentro de la sociedad judía; ni siquiera podía ser testigo y en eso era equiparado al esclavo. Pensemos también qué sucedería con su familia, su esposa, sus hijos, en la vida social o, si era aún soltero ¿qué padre piadoso aceptaría como marido para su hija a semejante individuo, por más rico que fuera? Por eso la conducta de Jesús que recibía a los publicanos y pecadores y comía con ellos era escandalosa, especialmente para los fariseos.

El domingo pasado escuchamos la historia del fariseo y el publicano; este domingo nos encontramos con un jefe de publicanos.
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad.
Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos.
Jericó era una ciudad importante, en el camino a Jerusalén. Por eso no es raro que hubiera allí un jefe de publicanos. El hombre se llama Zaqueo, con “zeta”. Es una abreviatura de Zacarías, que significa “el justo” (1). Sin embargo, Zaqueo se dedicaba al “saqueo”, con “ese”: a quedarse con lo que no es suyo, a enriquecerse a costa de los demás.
Era un hombre muy rico. Jesús advirtió muchas veces sobre el peligro del dinero convertido en un ídolo, cuando el hombre solo vive para acumular tesoros en la tierra y no es rico ante Dios.
¿Podrá el evangelio de Jesús tocar el corazón de este hombre?
Él quería ver quién era Jesús,
pero no podía a causa de la multitud,
porque era de baja estatura.
Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo,
porque iba a pasar por allí.
Zaqueo quería ver a Jesús… ¿por qué? ¿para qué? Las intenciones de su corazón se revelarán cuando se encuentren. Para ver a Jesús tiene que superar obstáculos. Por su baja estatura se sube a un árbol, algo que no parece muy digno de un personaje importante. Podemos imaginarnos los comentarios de la gente al descubrirlo entre las ramas… más de uno habrá deseado que la rama se rompa.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo:
«Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
Zaqueo ve a Jesús, tal como él deseaba; pero también Jesús lo ve a él.
Y ahí sucede lo inesperado: Jesús lo llama por su nombre
y anuncia que ese día va a quedarse en su casa.
Jesús le ha dicho “baja pronto”, y Zaqueo no se demora:
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
La gente reacciona ante este acontecimiento inaudito:
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:
«Se ha ido a alojar en casa de un pecador».
Para la gente ya es incomprensible (imaginemos cómo reaccionarían los fariseos); pero Zaqueo ha comprendido bien. Su búsqueda de Jesús ha adquirido sentido. Él ha encontrado a Jesús y Jesús lo ha encontrado. Ya en la casa, Zaqueo anuncia una decisión que ha tomado:
Zaqueo dijo resueltamente al Señor:
«Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres,
y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más».
Sus palabras anuncian un profundo cambio de vida.
Al llamar a Jesús “Señor”, expresa su fe en Él.
Lleno de gratitud, se desborda en generosidad: va a dar la mitad de sus bienes a los pobres, mucho más que la quinta parte, que se consideraba un acto de caridad.
A quienes ha perjudicado, les dará cuatro veces más; reconoce su culpa y hará la reparación que la ley le indica.
Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa,
ya que también este hombre es un hijo de Abraham,
porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido»
Jesús es el buen pastor, que ha salido a buscar a la oveja perdida. Ahí está la explicación de su gesto escandaloso: alojarse en casa de un pecador.
Jesús describe a Zaqueo como “un hijo de Abraham”. Aunque por su sangre pertenece al Pueblo judío, al pueblo de la primera alianza, Zaqueo es un hijo de Abraham, sobre todo porque Abraham es el padre de los creyentes. Los cristianos seguimos hoy reconociendo a Abraham como nuestro padre en la fe.

Jesús dice “HOY ha llegado la salvación a esta casa”. Antes había dicho “HOY tengo que alojarme en tu casa”.
El tiempo de la salvación, el tiempo de Dios es siempre presente: es siempre HOY.
Recordemos a San Expedito, aquel soldado romano que se convirtió al cristianismo y deseaba hacer su camino para recibir el bautismo cuanto antes.
Se cuenta que el demonio, en forma de cuervo, le decía “CRAS, CRAS” que, aunque parece un graznido, significa en latín “mañana, mañana”. A eso, Expedito respondió, aplastando al cuervo con su pie: HOY.

Amigas y amigos: como dice el refrán, “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. No demoremos nuestra respuesta a la invitación de Jesús. Él nos busca HOY. Vayamos a su encuentro.
Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

(1) Ver 2 Macabeos 10,19.

jueves, 24 de octubre de 2019

“Se tenían por justos y despreciaban a los demás” (Lucas 18,9-14). Domingo XXX del Tiempo durante el año.







Apartheid es una palabra del idioma afrikáans que significa “separación”. Con esa palabra se definía un sistema de segregación o separación racial que existió en Sudáfrica hasta 1992. Consistía básicamente en segregar a las personas según su raza: lugares separados para cada grupo étnico, prohibición de matrimonios interraciales y privación de varios derechos a quienes no pertenecían a la minoría blanca. El sistema creó estrictas reglas que debían ser observadas totalmente, con severos castigos a quien las violara.

Una separación de otro tipo, aunque también basada en reglas estrictas, fue la que establecieron los fariseos, un movimiento religioso que existió en tiempos de Jesús. Fariseo significa “separado”. ¿Separados de qué? Separados de los pecadores. Los fariseos tenían como principio fundamental cumplir escrupulosamente todos los mandamientos de la Ley de Dios y aún hacer más que lo que estaba mandado. Estaban convencidos de que la persona que cumplía los mandamientos era justa, pero quien no los cumplía era un pecador ¡y no querían saber nada con los pecadores! Ningún contacto con ellos: al contrario, querían estar separados. El evangelio de Juan recoge lo que pensaban los fariseos de los que no cumplían la Ley:
“Esta multitud que no conoce la Ley, es maldita” (Juan 7,49)
Cuando los fariseos decían que la gente no conocía la Ley, es probable que no se equivocaran. La Ley de Dios no son solo los diez mandamientos que muchos aprendimos en la catequesis. Esos diez grandes preceptos siguen siendo una verdadera guía para la convivencia humana y la relación con Dios… Cuando un hombre le preguntó a Jesús qué debía hacer para heredar la vida eterna, Jesús le respondió:
“Ya sabes los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”.
Jesús mencionó solo algunos de los diez, dando por supuesto que el hombre conocía bien los otros.

Pero para un judío del tiempo de Jesús no había solo diez mandamientos: había muchos más. Los cinco primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio son conocidos desde tiempo antiguo como “la Torah”, que significa “la Ley”. Los estudiosos del Pueblo de Israel, los “maestros de la Ley”, contabilizaron 613 preceptos que se aplicaban sobre distintos aspectos de la vida.

Algunos se preguntaban -esa pregunta le llegó a Jesús- cuál era el mandamiento más importante. Para los fariseos, ningún mandamiento era menor. Trataban de cumplirlos todos: cuidadosamente, escrupulosamente y, como decíamos, en algunos casos, yendo incluso más allá de lo que estaba mandado. En todo eso había méritos y esos méritos los hacían sentirse superiores a los demás.

Notemos como comienza el Evangelio que escuchamos este domingo:
Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo también esta parábola.
El evangelista nos adelante el sentido de la enseñanza de Jesús: es un juicio sobre quienes se presentan ante Dios pretendiendo ser “justos”. En la Biblia, el hombre justo es el que está en perfecta sintonía con la voluntad de Dios. Así se dice de san José: “era un hombre justo”; pero no lo dice él; en cambio, aquí se trata de los que se consideran justos a sí mismos por el hecho de cumplir las normas de la ley y del culto.

Después de esa introducción, Jesús comienza a hablar así:
Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano.
El lugar es importante. El Templo no es uno de tantos; es el único templo, el templo de Jerusalén, lugar por excelencia de la presencia de Dios. Estos hombres se presentan ante Dios… pero lo hacen de maneras muy diferentes:
El fariseo, de pie, oraba así: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas».
El fariseo da gracias porque no tiene los pecados que otros cometen: él cumple los mandamientos y va más allá: ayuna dos veces por semana, mientras que lo que está mandado es ayunar una vez al año:
“No comer ni beber en el día del perdón (Yom Kippur)” (Lev. 23,29).
El problema es que el fariseo piensa que su justificación, su salvación, es algo que él ha ganado por sus méritos, por su esfuerzo. No deja espacio a la obra de la Gracia, de la Misericordia, del amor de Dios. Él se presenta ante Dios con derechos adquiridos, esperando reconocimiento de Dios y de los demás. No se le pasa por la cabeza pensar que también él es un pecador que necesita de la misericordia de Dios.

Su actitud contrasta totalmente con la del otro hombre:
El publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!»
El hombre no se adentra en el templo. Se siente indigno de aproximarse al “Santo de los Santos”, el lugar más simbólico de la presencia de Dios. No levanta los ojos porque siente vergüenza de su vida pasada. Se golpea el pecho, expresión de tristeza y deseo de ablandar el corazón endurecido por el pecado. Aunque no busca ser notado por los demás, su gesto de arrepentimiento es público; es el reconocimiento de su pecado. Pide a Dios piedad diciendo “soy un pecador”; todo él se reconoce como pecador. No tiene ninguna obra buena, ningún mérito para presentarle a Dios; sólo, pero nada menos que su arrepentimiento.

Llega la conclusión de la parábola de labios de Jesús:
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero.
Porque todo el que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado.
Delante de Dios, que sondea los corazones, el hombre no puede vanagloriarse de nada. El ser humano no puede colocarse por sí mismo en la categoría de justo, considerar que él es agradable a Dios; es a Dios a quien corresponde hacerlo. Reconocer nuestra realidad pecadora es ponernos en manos de Dios y de su misericordia. Esa fue la respuesta de santa Juana de Arco cuando le preguntaron si ella estaba “en estado de Gracia”, es decir, si estaba justificada, sin pecado, en amistad con Dios:
“no lo sé” – dijo la santa – “Si lo estoy, que Dios allí me guarde; y si no lo estoy, que Dios allí me ponga”.
Amigas y amigos: no tengamos miedo de presentarnos delante de Dios con el corazón abierto, reconociendo sinceramente nuestra fragilidad y nuestras faltas y confiándonos a su misericordia.

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Este domingo tenemos elecciones nacionales en Uruguay y Argentina. Oremos por quienes resulten electos para que puedan desempeñar sus cargos con honestidad y actitud de servicio, especialmente promoviendo a los más humildes.

Gracias por su atención; que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

domingo, 20 de octubre de 2019

"Me hice débil con los débiles" (1 Corintios 9,22). Diez años de la Fazenda de la Esperanza en Uruguay.

 
Inauguración de la Fazenda Quo Vadis, 1 de agosto de 2009


Con la presencia de tres de los fundadores de la Fazenda de la Esperanza: Fray Hans Stapel, Nelson Giovannelli e Irací Leites, la Fazenda Quo Vadis de Cerro Chato, celebró los diez años de la Fazenda en Uruguay. Esta es la homilía de Mons. Heriberto.

Queridas hermanas; queridos hermanos:
los fundadores que están hoy aquí, Fray Hans, Nelson e Irací; las misioneras de la Escuela Misonera Internacional, los y las jóvenes de las Fazendas de Melo y Cerro Chato, sus familias, los voluntarios y voluntarias… en fin, todos aquellos que nos sentimos miembros o amigos de esta gran familia, queridos todos:

Creo que todos sabemos que hay una Palabra que ha sido la clave en la fundación de la Fazenda de la Esperanza. Es aquella que encontramos en la Primera carta a los Corintios y que Nelson quiso poner en práctica. Dice así:
“Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles;
me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos” (1 Corintios 9,22)
Aunque Nelson está aquí y él podría compartirnos una vez más lo que significó poner en práctica esa palabra, a mí me gustaría compartir lo que yo fui descubriendo en la Fazenda desde esa Palabra. Hablo por mí, pero creo que muchos de quienes nos hemos acercado a la Fazenda hemos ido viviendo lo mismo. Yo creo que esa experiencia se podría traducir así:
“Encontrándome con los débiles, encontré mi propia debilidad
y con ellos encontré fortaleza en Cristo”.
Creo que san Pablo estaría de acuerdo conmigo, porque él cuenta su propia experiencia de fragilidad y cómo encontró la fuerza salvadora de la gracia de Cristo.
Una persona que mire la vida de san Pablo con los valores de este mundo puede ver un hombre audaz, emprendedor, que asume riesgos, que se juega. Puede ver en él una especie de héroe, e imaginarse un hombre fuerte, de mucho carácter…
Pero Pablo, en cambio, nos confiesa que, cuando él se sintió débil y pidió que se terminara aquello que lo hacía sentir así, Jesús le dijo:
«Te basta mi gracia, porque mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad».
Y Pablo sigue diciendo:
“con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis debilidades,
para que habite en mí la fuerza de Cristo.
Por eso me complazco en mis debilidades,
en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, es entonces cuando soy fuerte.” (2 Corintios 12,9-10).
Los que venimos a la Fazenda como voluntarios o colaboradores, podríamos pensar “pobres muchachos, pobres chicas, qué terrible, qué frágiles, qué débiles que son… como pudieron caer en todo esto… menos mal que encontraron la Fazenda y ahora los podemos ayudar”.

Si pensáramos así, yo creo que perderíamos el sentido del “hacerme débil con los débiles”. “Hacerme débil con los débiles” no es ponerme a compartir una conducta que ellos quieren dejar atrás y en la que nosotros no queremos entrar; se trata de vernos en ellos como un espejo, que nos ayuda a ver que todos tenemos nuestras propias fragilidades: nuestras faltas de fe, de esperanza y de amor; nuestros egoísmos… podemos no tener adicciones, pero sí tener algunas conductas adictivas, algunos apegos… todos necesitamos alimentarnos con la Palabra e irnos haciendo hombres y mujeres nuevos en Cristo.

A Chiara Lubich le gustaba mucho este testimonio de san Pablo, porque lo veía relacionado al “hacerse uno”. Hacerme débil con los débiles puede leerse también “me hice uno con los débiles”.

Eso es lo que hizo Jesús. Jesús “se encarnó”: eso quiere decir que tomó nuestra “carne”. “Carne” en el lenguaje de la Biblia quiere decir el ser humano débil. No tomó la debilidad que lleva al pecado, pero sí la debilidad que hace posible el sufrimiento y la muerte. Se hizo “de carne y hueso”, como decimos cuando queremos expresar que no somos “de fierro”, que somos vulnerables.

Chiara dice, comentando el texto de san Pablo, en febrero de 1982:
“Dios, encarnándose, se hizo cercano a cada hombre; pero en la cruz, se hizo solidario con cada uno de nosotros pecadores, con nuestra debilidad, con nuestro sufrimiento, con nuestras angustias, con nuestra ignorancia, con nuestros abandonos, con nuestros interrogantes, con nuestras cargas...”
Cuando Pablo dice “me he hecho débil con los débiles” nos está diciendo que así quiere vivir, que quiere seguir el camino de Jesús. Y sigue diciendo Chiara:
“El porqué de la vida que tienes es llegar a Dios. Pero no llegar solo, sino con los hermanos. También hasta ti ha llegado una llamada de Dios semejante a la que tuvo Pablo. También tú, como el Apóstol, debes «ganar» a alguien, «salvar a toda costa a alguno».”
En esto que comenta Chiara vemos el porqué, no solo de la Fazenda, sino de toda la Iglesia: la Iglesia, la comunidad, existe para que no hagamos solos el camino hacia Dios, sino acompañándonos, apoyándonos, animándonos unos a otros en la caminata, que no es solo la de un año en la Fazenda, sino que es la de toda la vida.

Demos gracias a Dios porque la Fazenda nos ha ayudado a encontrar una forma -no la única- pero sí una forma especial, que le ha llegado a cada uno de nosotros como una llamada de Jesús, para hacernos uno en Él, para caminar juntos con Él hacia nuestra Casa, hacia la Casa del Padre. Amén.

miércoles, 16 de octubre de 2019

"Orar siempre sin desanimarse" (Lucas 18,1-8). Domingo XXIX del Tiempo durante el año.







“¿Qué es lo que deseas? Heme aquí dispuesto a obedecer tus órdenes como el más humilde de los esclavos.”
Así le habló el genio al azorado joven del antiguo cuento “Aladino o la lámpara maravillosa”, que se encuentra en el libro de Las mil y una noches, abriéndole al muchacho posibilidades totalmente inauditas para él.
“¿Qué es lo que deseas?”
A propósito del deseo, escribe el filósofo español Julián Marías:
“Se puede desear todo: lo posible y lo imposible, lo inconciliable, lo presente, lo futuro y hasta lo pasado; lo que se quiere, lo que no se quiere y hasta lo que no se puede querer. El deseo (…) es la fuente de la vitalidad, el principio que nos mueve a todo…” (Antropología Metafísica)
Se puede desear todo… pero no es lo mismo desear que querer. La pregunta del genio sería más propiamente “¿Qué es lo que quieres?”, porque él, en la ficción, tiene el poder de hacerlo realidad. El deseo es más amplio que el querer, como explicaba el filósofo: se puede desear lo imposible, se puede desear algo sobre el pasado, que ya no puede volver a suceder ni ser cambiado.
El deseo impulsa, abre horizontes… el querer elige, define, hace tomar caminos en la vida. Lleva a concretar lo posible, lo realizable; pero el deseo hace que no nos convirtamos en “una máquina de optar, de juzgar, de decidir”, como dice también Julián Marías.

En el Evangelio de este domingo, Jesús nos habla de la oración de petición.
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
Orar sin desanimarse… el asunto es qué pedir. A veces esperamos que Dios actúe como el genio de la lámpara, dispuesto a cumplir todos nuestros deseos transformados en voluntad: “yo quiero…”
Sin embargo, aunque desearíamos ser favorecidos por un gran premio en la lotería o que nuestro equipo favorito ganara todos los partidos, nos damos cuenta de que ésas no son peticiones adecuadas… ¿por qué Dios tendría que favorecer, en cualquiera de esos casos, mi petición y no la de otros que piden ser los afortunados, o los hinchas del club contrario que ruegan por un triunfo?

Es diferente cuando pedimos por un bien inestimable que está en juego: la salud y la vida de nuestras personas más queridas. Rezamos unos por otros, hacemos cadenas y grupos de oración, pedimos que se recen Misas por esas personas… sin embargo, sabemos que tenemos que dejar espacio a la voluntad de Dios. San Pablo expresa esto con mucha sabiduría y confianza:
“sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Romanos 8,28)
Dios interviene para bien, enseña Pablo. El bien puede no ser evidente para nosotros. Nosotros lo vemos de otra forma. Lo vemos en el alivio del sufrimiento, en la curación inmediata, en la recuperación que parece imposible, en la permanencia de la vida que se está retirando rápida e inexorablemente. Dios no deja de ver como un bien lo que pedimos, porque lo es. La vida y la salud son dos grandes bienes. Pero el proyecto de Dios apunta a un bien todavía mayor: al reencuentro y la reconciliación con Él y en Él de toda la familia humana, desde ahora y para la eternidad. Nosotros hacemos nuestra petición desde el breve tiempo de nuestra existencia. Dios quiere que entremos en su proyecto de salvación, que abarca mucho más que nuestro tiempo. Dice el salmo 102:
Los días del hombre duran lo que la hierba (…)
Pero la misericordia del Señor dura por siempre;
su justicia pasa de hijos a nietos, para los que guardan la alianza…
(Salmo 102,15.17)

Hace quince días, la oración inicial de la Misa tenía dos frases que pueden ayudarnos en esta reflexión. La oración comienza así:
Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso
sobrepasas los méritos y los deseos de los que te suplican,
Dejo de lado lo de los méritos, que es todo otro tema, y les hago notar esa referencia a los deseos: Dios sobrepasa nuestros deseos; es decir, tiene para nosotros algo que va más allá de lo que podemos desear. Si nuestros deseos pueden ser tan amplios, tan abarcadores como dice Marías, mucho más son los deseos de Dios para nosotros. Leemos en la primera carta de Juan:
“Miren que amor nos ha tenido el Padre… ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos” (1 Juan 3,1-2)
La oración de la que estábamos hablando continúa así:
derrama sobre nosotros tu misericordia
perdonando lo que inquieta nuestra conciencia
y concediéndonos aún aquello que no nos atrevemos a pedir.
¿Qué es lo que no nos atrevemos a pedir? ¿Algo inadecuado? No es eso lo que Dios nos va a dar... Creo que no nos atrevemos a pedir aquello que realmente puede cambiar nuestra vida… una verdadera conversión, la fuerza para abandonar nuestras conductas destructivas para con los demás y para con nosotros mismos… nuestros egoísmos y apegos, nuestras actitudes posesivas y manipuladoras, nuestra pereza espiritual…

Hay otro pasaje del evangelio de Lucas donde Jesús dice:
“pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá” (Lucas 11,9)
Y más adelante, después de algunos ejemplos, Jesús concluye:
“Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuanto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (11,13)
Pedir el Espíritu Santo… nos asusta. Sin embargo, es allí donde Dios sobrepasa nuestros deseos y nos concede aún lo que no nos atrevemos a pedir. El Espíritu Santo es la presencia de Dios mismo en nosotros, para ayudarnos a recordar y comprender las palabras de Jesús y a ponerlas en práctica. Es el maestro interior que guía nuestra vida, que anima nuestra fe y nuestra esperanza, que ensancha nuestra capacidad de amar derribando los límites que nosotros ponemos.

Con un ejemplo de insistencia -la viuda pobre que pide justicia al juez injusto- Jesús nos anima en este domingo a presentar al Padre nuestras peticiones, levantando hacia Él nuestro corazón, poniéndonos en sintonía con sus deseos para nosotros… para todo eso se necesita fe. No es posible orar sin fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza. Jesús concluye sus palabras con una promesa y un desafío:
Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos [Dios] les hará justicia.
Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»
Amigas y amigos, este 20 de octubre, la Iglesia celebra el Domingo universal de las Misiones, llamado DOMUND. Este año, todo el mes de octubre es un Mes misionero extraordinario, para que los católicos tomemos conciencia de nuestra condición de bautizados y enviados por Jesús en misión al mundo, a dar testimonio de su Evangelio. En nuestra oración recordemos con gratitud a todos los misioneros que hemos recibido en nuestra diócesis y a todos aquellos que desde aquí hemos enviado.

Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 15 de octubre de 2019

“Un amor que no descansa”: Fazenda de la Esperanza en Uruguay



Grupo misionero de la Fazenda visitará Cerro Largo, Treinta y Tres, Tacuarembó y Rivera.

“Encontrarle sentido a la vida”. Esa es la propuesta de la Fazenda de la Esperanza para quienes se internan voluntariamente en esta comunidad terapéutica con el deseo de resolver problemas de adicciones (drogas, ludopatía, desórdenes de la alimentación, etc.).

En Uruguay hay, por ahora, dos comunidades (femenina, en Melo; masculina, en Cerro Chato) y se va encaminando la fundación de una tercera en Montevideo. La internación tiene la duración de un año, a lo largo del cual cada persona se va reencontrando consigo misma, con los demás y con Dios. La convivencia, el trabajo y la espiritualidad son los tres pilares de la propuesta para reencontrar el sentido de la vida.

La Fazenda fue fundada en Brasil en 1983 y hoy está presente en 18 países con más de 150 comunidades. Sus fundadores, el franciscano Hans Stapel y Nelson Giovanelli Rosendo y las fundadoras de la rama femenina Lucilene Rosendo e Irací Leites, estarán en Uruguay a partir del miércoles. Los fundadores de la rama masculina desarrollarán actividades en Montevideo, donde serán recibidos por el Cardenal Daniel Sturla y el Nuncio apostólico y visitarán la posible sede para la tercera Fazenda de Uruguay.

Melo recibirá la visita de Irací, que ya estuvo en 2015, a poco de inaugurarse la Fazenda Femenina. Viene acompañando a un grupo de 20 mujeres jóvenes que hacen parte de la “Escuela Misionera Internacional” (EMI) de la Fazenda.

Jueves y viernes: intensa actividad en Melo y la región.

El grupo va a desarrollar una intensa agenda que lo llevará, repartido en equipos, a distintos ámbitos vinculados a la Iglesia Católica en Melo, Treinta y Tres, Río Branco, Noblía, Aceguá, Tacuarembó y Rivera.

El sábado 19, la Fazenda masculina de Cerro Chato recibirá a los fundadores, la EMI y todos los visitantes para celebrar allí los diez años de presencia de la Fazenda de la Esperanza en Uruguay. Fue allí, en Cerro Chato, donde se inauguró la primera comunidad, el 1 de agosto de 2009.