sábado, 4 de abril de 2026

Palabra de Vida: Revestirnos de resurrección. Romanos 6,3-11.


 
Sábado Santo, 4 de abril de 2026. 
Reflexión tomada del libro _"Frei: uma conversa com Hans Stapel_, P. Christian Hein, pág. 262. 
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

viernes, 3 de abril de 2026

"Sé en quién he confiado" (2 Timoteo 1,12). Pbro. Miguel Ángel Lemos Núñez (1953-2026) Q.E.P.D.


En la Capilla María Auxiliadora (San Ramón),
durante la visita de la reliquia del Beato Jacinto Vera.

Señor y Dios nuestro,
te pedimos que el alma de tu servidor Miguel Ángel, sacerdote,
a quien encomendaste durante su vida el ministerio sagrado,
pueda compartir ahora la felicidad eterna en el cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Miguel Lemos nació en Montevideo, de un matrimonio que vivía en Paso Carrasco, Canelones, el 7 de enero de 1953. 
Falleció en Montevideo, en el Sanatorio Juan Pablo II del Círculo Católico, el Viernes Santo, 3 de abril de 2026.
Fue ordenado sacerdote el 31 de mayo de 1985 en la parroquia San José de la Montaña. Su lema sacerdotal es 
"Sé en quien he confiado" (2 Timoteo 1,12). 
A ese lema unía la imagen de la cruz con la base en forma de ancla, bordada en sus ornamentos:
Esta esperanza que nosotros tenemos, es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor, convertido en Sumo Sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. (Hebreos 6,19-20)

El año pasado celebró sus 40 años en el ministerio, acompañado por delegaciones de todas las comunidades parroquiales a las que había servido: San Antonio de Padua (Pueblo Nuevo, Las Piedras), Santa María de los Ángeles y San José (San José de Carrasco), San José Obrero (Paso Carrasco), San Ramón Nonato (San Ramón) y San Juan Bautista (San Bautista), Catedral Nuestra Señora de Guadalupe (Canelones), Sagrada Familia (Sauce) y, actualmente, por segunda vez en San Ramón y San Bautista.

Prestó el servicio de formador de los futuros sacerdotes en el Seminario Interdiocesano "Cristo Rey", en Montevideo.
En más de un período fue miembro del Consejo de Presbiterio y del Consejo de Consultores de la Diócesis de Canelones.
Fue Decano del Decanato Canelones cuando fue párroco de la Catedral.
Desde hace años estaba encargado de la formación y acompañamiento de los Diáconos Permanentes de la Diócesis de Canelones.

El adiós de sus comunidades y de la Diócesis

Hacia el mediodía del Viernes Santo su cuerpo fue llevado al templo parroquial de San Juan Bautista, donde permaneció durante la la celebración de la Pasión. Terminada la celebración, en la que hubo mayor concurrencia de fieles que lo habitual, se hizo el traslado del cuerpo a San Ramón. Allí se hizo también la celebración de la Pasión, quedando luego el templo abierto durante la noche, para quienes quisieran tener allí un momento de oración junto al cuerpo de este sacerdote que supo ser padre, hermano y amigo.
El Sábado Santo, a las 9 de la mañana, sacerdotes y diáconos de la diócesis participaron en la oración de exequias presidida por el Obispo. Al principio de la celebración, el P. Néstor Rosano explicó de qué se trataba y por qué no se celebraba Misa. Al mismo tiempo, de una forma muy cálida, nos invitó a todos al recogimiento y la oración.
El P. Fabián Rovere tuvo a su cargo la homilía, recordando la autenticidad del P. Miguel, que conocía sus capacidades y sus límites y destacó su manera de vivir de acuerdo a su lema "Sé en quién he confiado".
Se recibieron saludos del Obispo emérito, Alberto Sanguinetti, el Cardenal Daniel Sturla, los Obispos Milton Tróccoli (Maldonado-Punta del Este-Minas), Luis Eduardo González (Mercedes), Pedro Wolcan (Tacuarembó); de los Pbros. José García, Luis Fariello, Pablo Bonavía, Nelson González, Miguel Sastre, Federico Soneira; de los diáconos permanentes Mario Moraes (diócesis de Melo, pero oriundo de San Ramón; Roberto Pérez (Santa Lucía) el Hno. Juan Walder, marista y el Sr. Raúl Damiano.
Después del responso, el féretro fue llevado al Cementerio local, para ser colocado en el Panteón de la familia Corso, que generosamente puso a disposición de la diócesis ese espacio. En el cementerio se continuó con el canto y la oración, con momentos muy emotivos.

Que por la misericordia de Dios,
el alma del Padre Miguel
y la de todos los fieles difuntos
descanse en paz. Amén.

jueves, 2 de abril de 2026

Palabra de Vida: “Por sus heridas fuimos sanados”. Isaías 52,13 - 53,12


Viernes Santo, 3 de abril de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

“Se produjo un gran temblor de tierra” (Mateo 28,1-10). Domingo de Pascua.

Amigas y amigos: ¡Muy feliz Pascua de Resurrección!

Un temblor de tierra es algo que no conocemos en Uruguay, mientras que en otros países, como los que se ubican a lo largo de la cordillera de los Andes, forma parte de la vida cotidiana. Normalmente nos llegan noticias de esos movimientos cuando su intensidad es muy alta, hasta destruir vidas y bienes. Sin embargo, hay temblores leves, breves que descubrimos con susto en alguna visita ocasional, pero que no alteran la vida de quienes están acostumbrados.

Tanto el evangelio del domingo de Ramos como el de este primer domingo de Pascua nos hablan de temblores de tierra. En su relato de la Pasión, el evangelista Mateo nos cuenta que, inmediatamente después de la muerte de Jesús…

“El velo del Templo fue rasgado en dos, de arriba abajo, la tierra fue sacudida, las rocas fueron partidas y las tumbas fueron abiertas” (Mateo 27,51-52)

El evangelio que leemos en la celebración de la Vigilia Pascual, que puede retomarse en la Misa del día de este domingo, comienza contándonos que María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro de Jesús. Ese momento de duelo y de llanto va a verse totalmente trastocado por lo que nos cuenta Mateo:

De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. (Mateo 28,1-10) 

Lo primero que nos llama la atención es el gran temblor de tierra, lo que conecta este pasaje con el del domingo pasado: la tierra es sacudida ante la muerte de Jesús, la tierra vuelve a ser sacudida ante su resurrección.

¿Sucedió en verdad un terremoto? Es difícil comprobarlo históricamente; pero sí es seguro que el relato de Mateo busca provocar un terremoto en nuestro interior: que nuestros corazones se estremezcan, que se dejen sacudir por Dios ante este gran misterio.

Mateo continúa contándonos hechos asombrosos: un Ángel que desciende del cielo hace rodar la piedra que cerraba el sepulcro y se sienta sobre ella. La tumba de Jesús queda abierta. La piedra, la lápida, se convierte en asiento, en un signo de que la muerte ha sido vencida, porque no ha podido retener a Jesucristo. El cuadro se completa con los guardias, que quedaron como muertos.

La resurrección de Cristo es el centro de nuestra fe. San Pablo lo expresa claramente:

Si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes. (1 Corintios 15,14)

Sin embargo, la celebración de la Pascua podría pasar para nosotros como ese pequeño temblor de tierra al que están habituados los habitantes de los Andes: puede detenernos brevemente, pero luego no pasa más nada y nuestra vida continúa como siempre. El Ángel sentado sobre la piedra nos está indicando con su gesto que hay otras piedras que se pueden remover, porque Cristo ha resucitado. ¿Cuáles son las piedras que hoy cierran nuestro corazón a la vida? ¿En qué momentos, como los guardias, estamos como muertos?

Jesús murió y resucitó… pero nosotros, que creemos en Él, que creemos en su muerte y resurrección, seguimos, en muchas ocasiones, como muertos. Muertos por el miedo que nos encierra sobre nosotros mismos y se hace un obstáculo para la comunión, porque tenemos miedo de hablarnos y de perdonarnos. Miedo a la participación en la vida de la comunidad que puede colocarnos allí donde no nos sentimos tan confiados y seguros. Y, más aún, miedo  a asumir nuestra misión que nos pone de cara a lo desconocido, aunque estemos en un lugar donde “somos pocos y nos conocemos”… o, tal vez, por eso mismo.

Muertos, como si la vida ya hubiera terminado. Como si las cosas más hermosas de la vida fueran solamente aquellas que podemos recordar y no las que todavía podemos recibir de Dios y compartir con los hermanos y hermanas.

Por eso, tenemos que escuchar la palabra que el Ángel dice a las mujeres:

«No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado.
No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán". Esto es lo que tenía que decirles.» (Mateo 28,5-7)

Ustedes buscan al crucificado. Nombrar así a Jesús es recordar su muerte; pero recordarla como entrega de amor, de amor que va hasta el fin, hasta dar la vida. El crucificado es el signo del Dios que se ha hecho frágil, que ha tomado la condición de esclavo… ése es, ahora, el resucitado. Ésa es la buena noticia.

Vengan a ver el lugar donde estaba; ya no está aquí. Den ustedes también ese paso hacia la vida; no se resignen a estar “como muertos”, no se resignen a dejar de amar, a dejar de buscar la comunión con los demás.

Vengan… y vayan. La resurrección de Jesús nos saca de la tristeza y de la muerte entregándonos una misión. Las mujeres son enviadas a llevar la gran noticia a los discípulos. Anunciar a los demás lo que hemos visto y oído. Es así que se resucita con Cristo; es así que se encuentra al resucitado.

La resurrección se hace vida y alegría para nosotros únicamente si nos empuja a la misión, si nos empuja hacia los demás. De otro modo, se vuelve alegría estéril que se acaba cuando cruzamos la puerta de la Iglesia para regresar a casa.

El resucitado está en Galilea. Allí comenzó todo. Ir a Galilea no es partir a ningún lugar exótico; es volver a la realidad, a la vida cotidiana. Allí encontramos al resucitado. Allí está la misión: anunciar a los demás su presencia. Lo podremos hacer a veces con nuestro silencio, con una sonrisa, con una palabra; pero, sobre todo, con gestos de amor.

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.» (Mateo 28,8-10)

Las mujeres todavía tienen miedo, pero ahora están llenas de alegría y se ponen en camino.

Así encuentran a Jesús resucitado: “Alégrense”. La resurrección de Jesús es una alegría que llega al fondo del alma y aleja del corazón los restos del miedo y la tristeza.

Es la alegría de la plenitud. Es la alegría de quien sabe de quién se ha fiado. Es una alegría profunda y segura, fruto de la confianza y comunión con el Resucitado, que persiste incluso en el dolor. Esta alegría permite vislumbrar los cielos nuevos y la tierra nueva en los que al fin habiten la justicia y la paz y la dicha que no conoce ocaso. Esa es la alegría que queremos compartir con los demás al desearnos unos a otros “Feliz Pascua de Resurrección”.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

miércoles, 1 de abril de 2026

Palabra de Vida: Lavarse los pies unos a otros. Juan 13,1-15.


Jueves Santo, 2 de abril de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

Misa Crismal en la Catedral de Canelones.


Oración de Consagración del Santo Crisma.
A la derecha, los otros dos óleos, ya bendecidos.

Incensación del Santo Crisma

Homilía de Mons. Heriberto

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero empezar recordando dos pasajes de lecturas que hemos escuchado recientemente. El primero, del quinto domingo de Cuaresma, es del capítulo 11 del evangelio según san Juan que nos narra la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús pide que se saque la piedra que cierra la tumba, Marta dice:
“Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto” (Juan 11,39)
“Huele mal…” Es el olor de la muerte, de un cuerpo que ha comenzado a descomponerse…
“Esto no huele bien”, decimos, cuando nos damos cuenta de que se está tramando una maldad.
Olor de la muerte y olor del pecado. La muerte es fruto del pecado.
No es que Lázaro, aquel a quien Jesús amaba, haya sido especialmente pecador, sino que esa es nuestra condición humana. Somos pecadores. Llevamos en nuestra carne el olor del pecado y de la muerte… “huele mal”.

El otro pasaje que quiero recordar lo escuchamos el lunes santo y está a continuación de la resurrección de Lázaro, en el capítulo 12 del mismo evangelio. Jesús y sus discípulos fueron invitados a cenar con Marta, María y Lázaro. Durante esa cena, María abrió un frasco de perfume de nardo y con él ungió los pies de Jesús (Cf. Juan 12,1-10).

Ante eso, Judas no se tardó en calcular el precio del valioso perfume: 300 denarios. El equivalente a 300 jornales. Judas repara en el precio por el que el perfume podría haber sido vendido; pero no toma en cuenta el valor que adquiere ese perfume, ungiendo los pies de Jesús; el valor que tiene el gesto de María, que quiso expresarle así al Maestro su amor y gratitud.

El relato nos dice que la fragancia del perfume llenó toda la casa.
En la casa donde, días antes, estaba el olor de la muerte, ahora hay una fragancia que trae la alegría de la vida.

Sí, hay una sombra de muerte que se cruza todavía, porque Jesús se está acercando a su hora. Respecto al gesto de María, Jesús dice: 
“Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura” (Juan 12,7)
y este pasaje del Evangelio concluye diciéndonos que quienes estaban buscando dar muerte a Jesús 
“... resolvieron también matar a Lázaro” (Juan 12,10)
En esta Misa serán bendecidos los óleos de los catecúmenos y de la unción de los enfermos y será consagrado el Santo Crisma.
Con el Santo Crisma serán ungidos los recién bautizados; el Obispo ungirá la frente de quienes reciban el sacramento de la Confirmación y, eventualmente, se ungirán las manos de un nuevo sacerdote.
El Santo Crisma tiene una preparación especial; es también aceite de oliva, pero mezclado con perfume de nardo, para que quien sea ungido con él sea portador del buen olor de Cristo, la fragancia de la vida nueva que aleja el olor del pecado y de la muerte.

Estos tres óleos serán aplicados sobre la piel de quienes reciban los sacramentos. Pero no como un maquillaje que cubre o disimula la realidad, pero no la cambia, sino como signo de una transformación profunda del alma, tocando los corazones que estén bien dispuestos para recibir la Gracia y crecer día a día en unión con Cristo en la Iglesia.

En una de sus cartas (2 Corintios 2,14-16) san Pablo nos habla de la fragancia del conocimiento de Cristo, del aroma de muerte y del aroma de vida y nos dice que 
“somos la fragancia de Cristo al servicio de Dios” (2 Corintios 2,15)
“¿Y quién es capaz de cumplir semejante tarea?” (2 Corintios 2,16)
se pregunta allí el mismo Pablo. No somos nosotros, actuando por nuestra cuenta y con nuestras escasas fuerzas: es Dios, es su Gracia, obrando en nosotros. Por eso, volvemos, una y otra vez, a la Palabra de Dios y a los sacramentos, a reavivar la Gracia recibida.

En este año, como Iglesia diocesana, junto con toda la Iglesia en el mundo, estamos llamados a seguir caminando juntos para crecer en Comunión, Participación y Misión.

Crecer en comunión es ante todo vivir nuestra comunión en la fe, reafirmarnos en la fe que profesamos. No creemos “lo que nos parece”, no creemos “lo que sentimos”, porque es difícil vivir la comunión cuando cada uno cree lo que le parece o cree lo que siente… de aquella primera comunidad de la que nos hablan los Hechos de los Apóstoles se dice que 
“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos” (Hechos 4,32).
Esa comunión llegaba incluso a la comunión de bienes, no como una imposición, sino vivida en el amor, desde la libertad y la generosidad de cada uno. Será siempre un motivo de alegría ver como una comunidad o uno de los fieles que cuenta con medios presta ayuda a una comunidad o a un hermano más pobre, tanto con recursos económicos como con recursos humanos.

Unir comunión y participación significa compartir también los servicios y tareas. No es posible participar si una persona, por decirlo así, se apropia, se apega a una tarea de modo que nadie más que ella puede hacerlo. Crecer en participación no es sustituir esa persona por otra, sino aprender a compartir la tarea, a trabajar en equipo, a caminar juntos. Los ministerios confiados a los laicos expresan una forma de vivir la vocación ministerial de toda la comunidad. Los Consejos parroquiales son indispensables para crecer en comunión y participación orientadas a la misión. 

La Misión de la Iglesia sigue siendo en su esencia la que entregó Jesús a los apóstoles: el anuncio del Evangelio: 
“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Marcos 16,15). 
El mismo Jesús se presenta en el Evangelio de hoy como aquel que ha sido ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres (Cf. Lucas 4,16-21). Es en unión con Él, el primer evangelizador, que, como comunidad, continuamos su misión.

Junto al testimonio de fe que cada cristiano puede dar en los distintos ámbitos en que se desarrolla su vida cotidiana, busquemos en cada comunidad las formas de ayudar a otros a vivir el encuentro con Cristo, sin olvidar las herramientas que nos proporcionan diferentes movimientos y servicios presentes en nuestra Diócesis.

Tenemos en el horizonte de este año la posibilidad de recibir la visita del Papa León XIV. La misión del sucesor de Pedro es, ante todo, confirmarnos en la fe y ayudarnos a caminar con toda la Iglesia, dando impulso a la misión. En una de las celebraciones jubilares del año pasado, en la que pude participar, desde las distintas regiones del mundo se pidió al Papa un mensaje, una palabra. León XIV respondió así: “la primera palabra que quiero decir, para todos nosotros, es misión”. El rol del proceso sinodal que estamos viviendo es ayudar a la Iglesia a cumplir su rol primario, que es ser una iglesia misionera, anunciar el evangelio, dar testimonio en todas partes de la persona de Jesucristo.

Y como si esto fuera poco, después de haber vivido el año pasado un Jubileo que tuvo sus frutos, este año nos ofrece otra posibilidad de crecimiento con el Jubileo franciscano por los 800 años del tránsito de san Francisco de Asís. Nuestra diócesis cuenta con dos monasterios de Clarisas y dos parroquias dedicadas a San Francisco, que son lugares jubilares; pero hay otros más. En el año iremos programando algunos momentos especiales para vivir este Jubileo, no solo para pedir la indulgencia plenaria, sino también para profundizar el camino de conversión que abraza toda nuestra vida: ése es también un camino que podemos hacer juntos, como Pueblo de Dios.

A continuación, nuestro seminarista Tomás recibirá el ministerio de acólito, paso importante en su camino al sacerdocio. Luego, los ministros ordenados renovaremos nuestras promesas y finalmente, tendremos la bendición de los óleos. Que la unción del Espíritu que consagró a Jesús toque hoy nuestros corazones para llevar a nuestra vida todo lo que el Señor nos regala hoy. Así sea.

martes, 31 de marzo de 2026

Palabra de Vida: Preparar la Pascua. (Mateo 26,14-25)


Miércoles Santo, 1 de abril de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

domingo, 29 de marzo de 2026

sábado, 28 de marzo de 2026

Palabra de Vida: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. (Mateo 21,1-11)


Domingo de Ramos.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.