viernes, 20 de marzo de 2026

«¡Lázaro, ven afuera!» (Juan 11,43). V Domingo de Cuaresma.

Ya otras veces me habrán ustedes oído decir que, al escuchar el Evangelio, es bueno intentar ponernos en el lugar de los discípulos de Jesús. Y ese lugar es el de aquellos hombres que iban junto a Él, con las mismas expectativas e ilusiones que su pueblo tenía acerca de ese hombre, a quien veían como “un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lucas 24,19) el Mesías que liberaría a Israel (Lucas 24,21). Nosotros, creyentes, conocemos el destino de Jesús: cruz y resurrección; pero los discípulos no lo saben y, frecuentemente, algunas de las palabras y las acciones de Jesús los desconciertan.

Ubicándonos en esa posición, podemos ver como algo misterioso el comportamiento de Jesús en el evangelio de este domingo. Desde Betania, Marta y María, hermanas de Lázaro, le avisan a Jesús:

«Señor, el que tú amas, está enfermo.» (Juan 11,3)

Un aviso de este tipo no se hace simplemente para que quien lo reciba quede enterado. Este aviso es una súplica, un pedido de ayuda: “ven”, “haz algo”. Sin embargo, el Maestro no se puso en camino. Al contrario, se quedó dos días, a pesar de que “quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro”.

Jesús explica:

«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» (Juan 11,4)

Pero, ¿qué comprenderían los discípulos ante estas palabras?

La primera lectura nos prepara para escuchar este evangelio. Por boca del profeta Ezequiel, Dios anuncia:

Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas. (Ezequiel 37,12)

Dios es quien da y devuelve la vida; así se pone de manifiesto:

Cuando yo abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor. (Ezequiel 37,13)

Cuando Jesús finalmente llega a Betania, Lázaro ya ha muerto y lleva cuatro días en el sepulcro, un tiempo que daba certeza de que había abandonado el mundo de los vivos.

Marta le sale al encuentro. Aquí es oportuno recordar el episodio de las dos hermanas que nos cuenta San Lucas, en el que Marta reprocha a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.» (Lucas 10,40)

También en el evangelio de Juan hay un tono de reproche en estas palabras:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» (Juan 11,21)

Marta, como los discípulos de Jesús, tiene también sus propias expectativas. Sus palabras  expresan algo que está muchas veces presente en nuestra actitud como creyentes. Creemos en Dios. Creemos en un Dios misericordioso. Pero, entonces, si es así, Dios no puede hacer otra cosa que librarnos del dolor y del sufrimiento. Esa es la misión que le asignamos… y si no cumple nuestras expectativas, nos desesperamos y nos preguntamos por qué nuestras personas queridas -o nosotros mismos- o personas reconocidamente buenas tienen que padecer una enfermedad terrible, o pasar a través de situaciones enormemente dolorosas. Esperamos de Dios por lo menos una reducción de daños. Pensando así, evitamos la confrontación con la muerte, que inevitablemente llegará. 

Pero Lázaro ya ha muerto. Marta cree que su hermano “resucitará en la resurrección del último día”. Eso puede parecernos ya fe cristiana y, en verdad, no está lejos de ella; pero ésa ya era una creencia de los fariseos, como surge de la declaración de san Pablo ante el Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos» (Hechos 23,6) 

Jesús no está hablando de una resurrección futura. La vida eterna comienza aquí, desde el momento en que nos encontramos con Él y creemos en Él. Jesús dice:

«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Juan 11,25-26)

Jesús es la resurrección y la vida: por eso, quien cree en Él, vive y aunque muera, vivirá.

Aún así, la muerte sigue sembrando el miedo en nuestro corazón. La vemos como ruptura, corte radical, desgarramiento y no como pasaje, paso, pascua.

En la segunda lectura, san Pablo señala la causa profunda de ese miedo:

«El cuerpo [está] sometido a la muerte a causa del pecado» (Romanos 8,10).

El pecado atraviesa toda la historia humana con su presencia oscura y poderosa, enemistándonos con Dios y entre nosotros. Cuando Jesús pide que se quite la piedra que cierra la tumba de Lázaro, Marta le advierte que “huele mal”, pero eso no detiene a Jesús. Él es el Hijo de Dios que puso su tienda entre nosotros, en medio del mal olor y las tinieblas de nuestro pecado.

Después de recibir el agua del bautismo, somos ungidos con el Santo Crisma, que también recibimos en el sacramento de la Confirmación. El Crisma es preparado con aceite de oliva, al que se le agrega un perfume, una fragancia. No es un maquillaje. No es un aroma agradable que simplemente tapa un olor feo, sino el signo de una transformación: nos libera del pecado y de su pestilencia y nos convierte en portadores del buen olor de Cristo. 

Si Dios permite la muerte, es para enseñarnos a reconocer y recibir el perfume de su comunión de amor.

Retirada la piedra, Jesús llama al muerto:

«¡Lázaro, ven afuera!» (Juan 11,43)

Lázaro sale y, viéndolo, muchos creyeron en Jesús. El Evangelio de Juan no habla de milagros, sino de “signos”. Desde el agua cambiada en vino en Caná, hasta la reanimación de Lázaro, Jesús ha realizado varios prodigios. Cada uno de ellos es un signo: una señal, un mensaje que toca los corazones para abrirlos a la fe. Este último signo nos revela que Dios no nos salva de la muerte, sino en la muerte. No nos libra del límite de la existencia, sino que nos da la gracia de comprenderlo y vivirlo de un modo nuevo, como entrada a su presencia. Un encuentro para el que queremos llegar preparados: arrepentidos y perdonados y dispuestos a responder a la voz del Señor cuando nos diga: “ven”. 

Noticias

El lunes y martes pasados se reunió en Villa Guadalupe el Clero de nuestra Diócesis. Tuvimos una mañana de retiro y confesiones, para luego abordar distintos temas pastorales para un año en el que queremos seguir caminando juntos para profundizar y acrecentar nuestra Comunión, Participación y Misión.

El Papa León XIV ha nombrado nuevo obispo de Florida al P. Alfonso Bauer, Salesiano. Nos alegramos con la Diócesis vecina y saludamos al nuevo pastor y al ahora obispo emérito, Mons. Martín Pérez.

El próximo 29 es Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa. Dispongámonos a celebrar el misterio central de nuestra fe en nuestras comunidades parroquiales.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Buena Semana Santa. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 19 de marzo de 2026

P. Alfonso Bauer SDB, nuevo Obispo de Florida


El P. Alfonso María BAUER ORMAZÁBAL, S.D.B. (Salesiano de Don Bosco) ha sido nombrado hoy Obispo de la Diócesis de Florida, por el Papa León XIV.

El Padre Bauer nació en Montevideo el 23 de julio de 1968. Fue alumno del Colegio San Francisco de Sales (Maturana) y del Instituto Juan XXIII.

En 1984 ingresó al Aspirantado Salesiano. Hizo su Noviciado en 1987, realizando su primera profesión el 31 de enero de 1988. 

Estudió Filosofía en el Instituto Salesiano Miguel Rúa y Teología en el entonces Instituto Teológico del Uruguay “Mons. Mariano Soler”, hoy Facultad de Teología. 

Fue ordenado sacerdote el 16 de noviembre de 1996.

Participó en cursos para formadores, primero en la Universidad Pontificia Salesiana (UPS) en Roma, 2003; en la Escuela para formadores “María, Madre de los Consagrados”, Córdoba, Argentina (2007-2009). 

Obtuvo su Licenciatura en Teología Espiritual con especialización en formación de formadores y animación vocacional en la UPS, Roma (2009-2010).

Después de su ordenación, se desempeñó como encargado de pastoral (1997-1999) y luego como Director (2000-2002) de la Institución Paiva, Sarandí del Yí, Diócesis de Florida. Pasó luego a la Casa de Formación acompañando a los aspirantes y prenovicios salesianos (2003-2008). En 2011 pasó a desempeñar por 7 años diversas tareas en la comunidad del Colegio Pío de Villa Colón. Fue director de la Comunidad (2011-2017), director del Colegio (2011-2013), encargado de los aspirantes y prenovicios (2013-2017), y párroco de la parroquia María Auxiliadora (2017).

En el marco de la Inspectoría Salesiana fue delegado para la Pastoral Juvenil y Vocacional (2004-2006), delegado para la Pastoral Vocacional (2006-2008), delegado para la Formación (2008) y Vicario Inspectorial (2012-2017). Fue consejero inspectorial de 2003 a 2008 y de 2012 a 2017. Asumió su servicio como Inspector (superior provincial) el 23 de enero de 2018, cumpliendo su sexenio el 29 de enero de 2024.

En 2018 fue elegido Vicepresidente de la Conferencia de Religiosos del Uruguay (CONFRU) y en 2022 Presidente de la misma.

En 2023 fue también nombrado Vicario para la Vida Religiosa en la Arquidiócesis de Montevideo.

Desde 2024 era Maestro de Novicios en el Noviciado de las Inspectorías Salesianas del Cono Sur.

19 de Marzo de 2026, solemnidad de San José, esposo de la Virgen María


viernes, 13 de marzo de 2026

La luz y el agua. Juan 9,1-41. IV Domingo de Cuaresma.

Sigue avanzando la Cuaresma, nuestro camino hacia la Pascua. Aunque en muchos lugares la Misa del Domingo de Ramos es la más concurrida, la celebración más importante de Semana Santa es la Vigilia Pascual, en la noche del Sábado Santo al Domingo de Pascua: en ella celebramos el hecho central de nuestra fe: la Resurrección de Cristo. Es también el momento más apropiado para celebrar, de una sola vez, los tres Sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. Los signos de la luz y del agua, así como las lecturas, nos preparan y orientan para ello; pero, se celebren o no esos sacramentos, los ya bautizados renovamos en esa noche nuestras promesas de Bautismo. Ese rito, tan sencillo, se carga de profundo significado cuando lo vivimos con plena conciencia, renunciando a todo lo que puja por apartarnos de Dios y proclamando nuestra fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, dando de esa manera nuestro Sí a Jesucristo; el sí de toda nuestra vida.

El domingo pasado, el episodio de la samaritana nos ayudó a contemplar el agua viva que Jesús ofrece: el don del Espíritu y la vida nueva de Dios.

Ahora, en el capítulo 9 del evangelio según san Juan, nos encontraremos con el agua; pero también con la luz, a propósito de la curación del ciego de nacimiento. Este milagro ocurre por iniciativa de Jesús.

[Jesús] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.» (Juan 9,7)

El agua de Siloé surgía de un manantial situado en lo alto y llegaba a la piscina a través de un túnel de más de 500 metros. Era “agua enviada” desde arriba. Por eso, el evangelista Juan hace de esa agua un signo; un signo del Enviado del Cielo, Jesucristo.

Siloé era especialmente importante durante la fiesta de las chozas, una gran fiesta relacionada con las cosechas. El sumo sacerdote recogía agua de la piscina para llevarla en procesión hasta el templo, donde la vertía sobre el altar, invocando al Señor para que enviara la lluvia a los sembrados. En el marco de esta fiesta, Jesús hace un anuncio:

El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: "De su seno brotarán manantiales de agua viva". Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. (Juan 7,37-39)

La fiesta de las chozas incluía otro rito importante, relacionado con la luz. En ese contexto, Jesús manifiesta:

«Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida». (Juan 8,12)

En los evangelios hay otras curaciones de ciegos. Ellos mismos u otras personas piden a Jesús que puedan recuperar la vista que han perdido y esto sucede en presencia de Jesús.

La curación del ciego de nacimiento es diferente: es por iniciativa de Jesús y no por el pedido del ciego o de otras personas. Tampoco se trata de recuperar la vista: es un ciego de nacimiento. Y aquí surge un primer mensaje: nacemos ciegos, espiritualmente ciegos. Nuestra naturaleza biológica nos lleva a buscar la realización personal en los bienes de este mundo y desde el principio nos vemos envueltos en conflictos, a veces sangrientos, por la posesión de lo material, convencidos de que solo así se realizará nuestra existencia. Cuando no vemos más allá de las cosas, estamos caminando en la oscuridad.

Tenemos necesidad de ser iluminados para comprender a qué estamos llamados, qué es lo que estamos llamados a ser. Jesús es esa luz que sale al encuentro de nuestra ceguera, de nuestro caminar en tinieblas. La luz de cada vela encendida en la Vigilia Pascual, con el templo aún en penumbras, es la luz de Cristo que cada bautizado ha recibido. Al comienzo de su evangelio, Juan presenta así al Verbo encarnado:

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. (Juan 1,9)

A diferencia de las otras curaciones, hay un proceso para que el ciego de nacimiento pueda ver por primera vez. Jesús escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego. Pero todavía no llegaría la luz; antes, debía lavarse con “el agua del enviado” en la piscina de Siloé.

¿Por qué barro y no solo saliva como hizo con otro ciego en el relato de Marcos? (Marcos 8,23). El Génesis nos cuenta que “Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida” (Génesis 2,7). Aquí, el Hijo de Dios hecho hombre, que ha tomado nuestro barro, repite el gesto creador de Dios. Amasa el barro con su saliva; lo hace “su” barro; es Él mismo quien se pone en los ojos del ciego para que le llegue la luz. Así, como dice san Pablo,

El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. (2 Corintios 5,17)

Pero los ojos no se abren todavía. El ciego debe ir a lavarse en Siloé. Ese gesto, trabajoso, porque aún no ve, será la respuesta de fe del ciego, la aceptación del don que se le ha ofrecido, el don del agua viva, el don del Espíritu.

Después de lavarse, el que había sido ciego comienza a ver; pero Jesús ya no está a su lado. Sin embargo, ha encontrado la luz que lo seguirá guiando. Mucho la necesitará, porque ahora se encontrará con quienes permanecen sin ver y se enfrentará con los que no quieren ver, obstinadamente ciegos; pero su camino de iluminación seguirá avanzando, hasta el encuentro y el diálogo con Jesús, que le pregunta:

«¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él. (Juan 9,35-38)

Los vecinos y los padres del que había sido ciego permanecen en la ceguera espiritual. No comprenden lo que ha pasado y expresan dudas y temores. En cambio, los fariseos, aunque se preguntan cómo es posible que un presunto pecador realice esos signos, van cerrándose cada vez más. Sobre ellos Jesús pronuncia una palabra con la que finaliza el capítulo:

Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?»
Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: "Vemos", su pecado permanece.» (Juan 9,39-41)

Mirando hacia la renovación de nuestras promesas bautismales, en la Vigilia Pascual, dejemos resonar en nuestro corazón la voz del que había sido ciego: «Creo, Señor».

Nuestro “creo” no debe ser la simple repetición de una fórmula, sino el deseo de crecer en la fe, en una fe que ilumina y da sentido a toda nuestra vida. Una fe que transforma nuestro obrar cotidiano, movido por el amor a Dios y al prójimo, guiado por el Espíritu que hemos recibido y orientado hacia la plenitud de vida para la que Dios nos ha creado: compartir la eternidad, la vida del Eterno.

Noticias

La semana pasada se reunió en Florida la Conferencia Episcopal del Uruguay. La asamblea concluyó con un llamado a rezar por la paz, en unión con la iniciativa del papa León XIV:

“Señor: hoy elevamos nuestra súplica por la paz en el mundo, rogando que las naciones renuncien a las armas y elijan el camino del diálogo y la diplomacia. Desarma nuestros corazones del odio, el rencor y la indiferencia para que podamos ser instrumentos de reconciliación.”

Jueves 19: solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. Fiesta patronal en la parroquia Santa María de los Ángeles y San José, en San José de Carrasco.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Las curaciones de ciegos en el NT

Mateo 9:27-31 – dos ciegos
Mateo 12,22 – un endemoniado ciego y mudo
Marcos 8,22-26 – un ciego
Marcos 10,46-52; Lucas 18:35-43 – el ciego Bartimeo; Mateo 20,29-34 – dos ciegos
Juan 9,1-7 – el ciego de nacimiento

Curaciones generales que incluyen ciegos.

Lucas 7,21; Mateo 15,29-31; Mateo 21,14; 

La curación de ciegos como parte de la misión del Mesías:

Mateo 11,5 y Lucas 7,22 – “los ciegos ven” y Lucas 4,18 “la vista a los ciegos”

viernes, 6 de marzo de 2026

“Si conocieras el don de Dios” (Juan 4, 5-42). 3er. Domingo de Cuaresma.

Febrero ha sido un mes seco, y no viene mal arrimarnos a este pozo, en un campo de Canelones, para recordar una historia que sucedió junto a otro pozo, hace dos mil años. Una historia en la que una mujer juega un importante papel y viene bien en este día internacional de la mujer. Se trata del encuentro de Jesús con la samaritana.

En la Biblia, varios relatos importantes suceden junto a un pozo. El Génesis y el Éxodo narran tres encuentros significativos:

  • Eliezer, servidor de Abraham, encuentra a Rebeca, quien será esposa de Isaac, junto a un pozo (Génesis 24,10-27).
  • Jacob, hijo de Abraham, conoce a Raquel, su futura esposa, en el pozo donde ella lleva a abrevar el rebaño de su padre (Génesis 29,1-11).
  • En un pozo, Moisés defiende de unos pastores que las molestaban a Séfora, su futura esposa y a sus hermanas (Éxodo 2,15-22).

El encuentro de Jesús y la samaritana ocupa todo el capítulo 4 del evangelio de Juan. Como es habitual en este evangelio, lo que parece simple oculta una profundidad que puede descubrirse cada vez mayor.

El comienzo parece apenas anecdótico, una cuestión entre judíos y samaritanos. Es mediodía, Jesús está fatigado, los discípulos han ido al pueblo y él se sienta junto al pozo. Llega una mujer a sacar agua y Jesús le dice:

«Dame de beber.» (Juan 4,7)

Es una petición simple y entendible. Jesús no tiene como sacar agua y la mujer sí. 
Como suele decirse, “un vaso de agua no se le niega a nadie”; pero la mujer responde, con desenfadada ironía:

«¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (Juan 4,9)

El evangelista nos aclara que “los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos”.
Pero Jesús pasa de pedir a ofrecer:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber",
tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva.» (Juan 4,10)

Juan busca que nos veamos reflejados en sus personajes, especialmente en cómo reaccionamos ante Jesús. Algo del alma de cada uno de nosotros puede verse reflejado en la samaritana. Al acercarse a ella, Jesús también se acerca a nuestra alma, tantas veces envuelta en dudas e insatisfacciones.

Sería fácil tomar esta página del Evangelio como un relato moralizante, en el que Jesús encuentra a una mujer de vida… ligera, por decirlo de algún modo y la exhorta a volver al buen camino. No se necesita tanto para eso. A la mujer sorprendida en adulterio a la que salvó de ser apedreada, Jesús le dijo simplemente “Vete, y en adelante no peques más” (Juan 8,11). Aquí se trata de algo mucho más hondo.

En el primer testamento, la imagen de Dios como esposo enamorado y abandonado es una de las más tiernas. Representa la relación de amor entre Dios y su pueblo, así como la relación de amor entre Dios y el alma de cada persona.

Cerca del pozo está Sicar, anteriormente Siquem, donde el pueblo de Dios se reunió al entrar en la Tierra Prometida. Allí Josué les preguntó a quién querían servir:

“… teman al Señor y sírvanlo con integridad y lealtad; dejen de lado a los dioses que sirvieron sus antepasados (…) y sirvan al Señor. (…) elijan hoy a quién quieren servir” (Josué 24,14-15)

La respuesta del pueblo fue “serviremos al Señor”. Una buena intención… pero, como tantas veces sucede con las promesas humanas, a veces se cumplieron heroicamente y otras… pues, se abandonaron. Uno de esos momentos lo evoca el profeta Jeremías con esta imagen:

“Mi pueblo ha cometido dos maldades: me abandonaron a mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua.” (Jeremías 2,13)

Dios, la fuente de agua viva… el agua viva que ofrece Jesús, el don de Dios… Si no se comprende lo que Dios ofrece como un don, como un regalo, no comprendemos el mensaje del Evangelio. Le quitamos algo que está en su esencia. El agua que Jesús ofrece como regalo es la vida eterna o, dicho de otro modo, la vida del Eterno, compartir la eternidad de Dios. El agua que ofrece Jesús es su Espíritu, la vida divina que trajo al mundo. Todo lo que pueda darnos nuestra vida biológica, nuestra vida temporal, no nos satisface plenamente. Como dice el tango: “pobres triunfos pasajeros”.

«El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed.
El agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial
que brotará hasta la Vida eterna.»  (Juan 4,13-14)

Ahora es la mujer quien pide a Jesús:

«Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed 
y no necesite venir hasta aquí a sacarla.» (Juan 4,15)

Cuando Jesús le pide que llame a su marido, ella dice que no tiene. Jesús le dice que ha tenido cinco maridos. Eso es una referencia al origen de los samaritanos, descendientes de cinco pueblos deportados a la región por los asirios (2 Reyes 17,24ss). Esos pueblos adoptaron al Dios de Israel, pero mantuvieron también sus dioses: una mezcla bastante complicada.

Al ofrecer el agua viva, Jesús invita a la mujer y a la comunidad samaritana a volver al verdadero esposo: Dios. Pero a través de este encuentro, el mensaje de Jesús se extiende a nosotros: nuestra alma, como la mujer infiel, como el pueblo infiel, solo encontrará la felicidad eterna regresando al único esposo, el Señor. 

No seamos indiferentes ni rechacemos el don que Jesús nos ofrece. Recibámoslo en nuestro corazón y, como hizo la Samaritana, no guardemos para nosotros ese don e invitemos a los demás a recibir también el agua viva. A todos, Jesús nos espera, sentado junto al pozo.

Retiro de Cuaresma

Tal como estaba previsto, se realizó el sábado 28 en Villa Guadalupe, el Retiro de Cuaresma, con numerosa concurrencia. Que sigamos encontrando estos espacios y tiempos de oración que todos necesitamos.

Misión San Francisco Javier

Culminó el domingo 1 la Misión San Francisco Javier. Tres años de visita de entusiastas jóvenes misioneros a comunidades del Decanato Piedras y de la parroquia de Sauce. Demos gracias a Dios por todos los dones que ha derramado en esos días y a los Padres Jesuitas que nos han traído desde Argentina y Uruguay esta juventud vinculada a su espiritualidad ignaciana.

Gracias, amigas y amigos por su atención: que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Paz en el mundo, paz en los corazones. Mensaje de los Obispos del Uruguay al concluir su asamblea en Florida.


Ante los vientos de guerra que surcan el mundo de hoy, pero también ante las pulsiones internas que atentan contra la fraternidad y la convivencia cotidiana, los obispos del Uruguay, en unión con el Santo Padre León XIV invitamos a nuestras comunidades a rezar por la Paz mundial:
“Señor: hoy elevamos nuestra súplica por la paz en el mundo, rogando que las naciones renuncien a las armas y elijan el camino del diálogo y la diplomacia. Desarma nuestros corazones del odio, el rencor y la indiferencia para que podamos ser instrumentos de reconciliación.”
Desde el lunes 2 hasta hoy, estuvimos reunidos en la Casa Buen Pastor, en la Diócesis de Florida. En el marco del tiempo de Cuaresma, que nos llama especialmente a la oración y a la reconciliación, iniciamos nuestra asamblea con un retiro que orientó el P. Francisco Lezama, SDB. En la tarde, como es habitual en nuestros encuentros, compartimos fraternalmente nuestras preocupaciones y esperanzas. 

El martes recibimos al Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Gianfranco Gallone, con quien dialogamos sobre la realidad de la Iglesia, del país y del mundo. Se habló con él de la posible visita del Papa León XIV al Uruguay, aún sin fecha definida.

Está confirmada, en cambio, la fecha de la visita de nuestra Conferencia Episcopal al Santo Padre, programada para los días 14 a 18 de septiembre. Esta visita tiene también carácter de peregrinación “a la tumba de los apóstoles”; en latín Ad limina apostolorum. Los obispos de todo el mundo se presentan periódicamente en Roma para fortalecer el vínculo de comunión con el Papa y encontrarse con los distintos organismos (dicasterios) de la Santa Sede, con los que se dialoga sobre la realidad de la Iglesia local.

Durante nuestra reunión estuvimos atentos a los informes e inquietudes que nos presentaron diferentes áreas pastorales. El departamento de Catequesis proyecta realizar un Congreso Nacional en 2027. Se escuchó también a Cáritas, Pastoral Juvenil, Familia y Laicos y la Comisión de Prevención de Abusos que prepara un encuentro nacional a realizarse en mayo. Recibimos también al Rector de la Universidad Católica con quien, entre otros temas, se consideró la posibilidad de creación de un instituto de estudios sobre familia, en el ámbito de la UCU.

Del 18 al 20 de mayo se realizará en Salto el 38º Encuentro de Diócesis de Frontera, con el tema “Los vecinos se encuentran para discernir juntos los avances de la inteligencia artificial y su impacto en la acción evangelizadora”.

Recibimos y extendemos la invitación a participar, el viernes 24 y el sábado 25 de abril del encuentro con el teólogo laico Dr. Ralph Martin, de los Estados Unidos y el obispo canadiense Mons. Scott Mc Caig, CC, organizado por Charis Uruguay, que tendrá lugar en el Seminario Interdiocesano.

El jueves nos trasladamos a Montevideo para dar el último adiós a nuestro hermano, Mons. Luis del Castillo, SJ, obispo emérito de Melo, que falleció el miércoles 4. Fue, también, el primer rector de la Universidad Católica del Uruguay, obispo auxiliar de Montevideo y rector del Seminario Interdiocesano. A la edad de 90 años, conservaba su lucidez y muchos seguían atentos a su parecer y a sus consejos. Descanse en Paz.

Concluido el Año Santo 2025, que hemos evaluado positivamente, nos alegra la apertura de un Año Jubilar especial, con motivo de los 800 años de la muerte (tránsito) de San Francisco de Asís. En todas las diócesis del Uruguay hay iglesias que tienen al santo como patrono o que están unidas a la familia franciscana, incluidos los dos monasterios de Hermanas Clarisas. Todas ellas son sitios jubilares, en los que será posible obtener la indulgencia plenaria, cumpliendo las debidas condiciones.

Desde México nos llega la invitación a prepararnos para celebrar en Uruguay, junto con los demás países de América, los 500 años del acontecimiento guadalupano, es decir, las apariciones de la Santísima Virgen a San Juan Diego, que ocurrieron en el año 1531.

A lo largo de nuestra asamblea, en la Eucaristía y en nuestra oración, tuvimos presente muchas situaciones que viven nuestro pueblo y nuestras comunidades. Sabemos que muchos nos han acompañado también con sus plegarias. Lo agradecemos y los bendecimos de corazón. Que el Señor nos haga instrumentos de su Paz.

Florida, 6 de Marzo de 2026
Los Obispos del Uruguay

miércoles, 4 de marzo de 2026

"Recapitular todo en Cristo" - Mons. Luis del Castillo SJ (1935-2026)


Serapio Luis del Castillo Estrada S.J. (21 de diciembre de 1999 - 13 de junio de 2009). 

Obispo emérito de Melo. 

Nació en Montevideo el 21 de junio de 1935. 

Ingresó a la Compañía de Jesús en octubre de 1953.

Fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús el 30 de julio de 1966. 

Fue el primer rector de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), fundada en 1985.

El 9 de abril de 1988 fue nombrado Obispo Auxiliar de Montevideo y titular de Tarasa in Numidia. 

Recibió la ordenación episcopal de manos de José Gottardi, siendo coordenantes Carlos Parteli y Orlando Romero, el 11 de junio de 1988.

Fue rector del Seminario Interdiocesano Cristo Rey.

El 21 de diciembre de 1999 fue nombrado Obispo de Melo, diócesis de la que pasó a ser Obispo emérito el 13 de junio de 2009. 

Durante su episcopado introdujo en la Diócesis el Movimiento de Cursillos de Cristiandad (2002); dio aprobación diocesana la asociación misionera "Voluntarios de la Esperanza"; se realizó el VI Encuentro Nacional de Comunidades Eclesiales de Base en Treinta Tres (2003); en 2005 se iniciaron las trasmisiones de Radio María Uruguay desde el Obispado y se celebró en Melo la XXVII Jornada Nacional de la Juventud. 

Abrió la Diócesis para la instalación de la comunidad terapéutica "Fazenda de la Esperanza", cuya casa se inauguró poco después de asumir su sucesor. 

Entre 2010 y 2020 estuvo como misionero en una parroquia jesuita en Santiago de Cuba, colaborando también en la formación del clero de la isla. 

En los últimos años vivió en la comunidad de Jesuitas mayores en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, Montevideo.

Su última aparición pública destacada fue el 15 de octubre de 2025 en la UCU, para recibir el Doctorado Honoris Causa, distinción que agradeció con un lúcido discurso.

Falleció el 4 de marzo de 2026 a los 90 años.

viernes, 27 de febrero de 2026

“Se transfiguró en presencia de ellos”. (Mateo 17,1-9). II Domingo de Cuaresma.

Hoy subiremos nuevamente a un monte alto, pero no transportados por el tentador, como le sucedió al Hijo de Dios, sino conducidos por el mismo Jesús, junto a tres de sus discípulos.

Para comprender mejor este episodio, es bueno ubicarnos en el contexto. En el capítulo anterior, Jesús comunicó a sus discípulos lo que iba a suceder con Él:

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. (Mateo 16,21)

Este anuncio provocó una intensa reacción de los discípulos. Pedro intentó atravesarse en el camino de Jesús, diciéndole que eso no podía ser. Jesús respondió con firmeza:

«¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». (Mateo 16,23)

En la resistencia de Pedro se manifestaba el tentador que trataba de que Jesús abandonara o traicionara el sentido de su misión.

Sin embargo, tenemos que pensar qué habían visto los discípulos en los condenados a muerte. La imagen de Jesús crucificado que encontramos en nuestras iglesias no causa horror, a menos que el artista la haya impregnado de un crudo realismo. Nuestras imágenes están ennoblecidas y dulcificadas, para recordarnos el sacrificio de Jesús como total entrega de amor.

Pero en las retinas de los discípulos estaba la imagen horrorosa de cientos de crucificados, a ambos lados del camino, ejecutados por haberse levantado contra el imperio. Así sucedió en una revuelta de los galileos -y no olvidemos que Pedro y otros discípulos eran de Galilea- y así sucederá años después con los que participaron en Italia en la rebelión de Espartaco.

Pedro y los discípulos esperan un Mesías glorioso, pero con la gloria de este mundo. Esperaban que condujera el pueblo de Israel al triunfo sobre sus enemigos… pero ése no era ni es el camino de Jesús.

En ese marco sucede el episodio que narra Mateo.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. (Mateo 17,1-3)

La subida al monte simboliza no solo un esfuerzo físico, sino una ascensión espiritual: dejar atrás los pensamientos de los hombres y adentrarse en los pensamientos de Dios.

El profeta Isaías, en sus cánticos sobre el servidor sufriente, había profetizado:

“tenía el rostro tan desfigurado, que apenas parecía un ser humano,
y por su aspecto, no se veía como un hombre”. (Isaías 52,14).

Ese anuncio se cumplirá en Jesús crucificado. Pero antes de que sucediera todo eso, los discípulos pudieron ver a Jesús glorificado: “su rostro resplandecía como el sol”. Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas. Fueron dos grandes hombres que desearon contemplar el rostro de Dios, que no se lo permitió. A Moisés le dejó ver “su espalda”, -sea lo que sea que eso signifique- y a Elías se le hizo sentir como suave brisa. Ahora, ellos están con Jesús, contemplando su rostro resplandeciente.

Pero la manifestación divina continúa:

Una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.» (Mateo 17,5)

El relato de las tentaciones de Jesús nos ha recordado que en nuestra vida estamos permanentemente enfrentados a la necesidad de elegir, de recomenzar nuestro camino de fe, alimentados por la Palabra, confiados en el plan de Dios y no postrándonos en adoración ante nadie más.

La contemplación del rostro luminoso de Jesús y la escucha de la voz del Padre nos pone ante otro paso necesario: entrar en la luz. No basta evitar el mal que nos tienta cada día, sino vivir en la luz de Jesús resucitado.

La transfiguración de Jesús no es un cambio momentáneo de apariencia, sino la expresión de su realidad más profunda como Hijo de Dios hecho hombre, que se manifestará plenamente en la resurrección.

El verbo griego conjugado que traducimos como “se transfiguró” es μετεμορφώθη (metemorphōthē). En español conservamos la palabra “metamorfosis”, como la transformación de la repulsiva oruga en una bella mariposa.

Si el domingo pasado oímos al tentador poner en duda la identidad de Jesús, repitiendo “si eres Hijo de Dios…”, ahora la transfiguración, la metamorfosis de Jesús hace aparecer su verdadera identidad, confirmada por la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy querido”. 

Contemplando en Jesús la belleza de Dios, los discípulos sintieron el deseo de que ese momento no terminara nunca, de quedarse allí indefinidamente. Así lo expresa Pedro:

«Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» (Mateo 17,4)

Pero no es suficiente contemplar esa hermosura inefable. Es necesario traducirla en acción. Regresar al mundo, a la vida concreta, revestidos, también nosotros, de belleza y de luz, convirtiéndonos en transparencia de la luz y la belleza que hemos contemplado en Cristo. 

Tal vez ahora podemos comprender el sentido de la petición con que concluía una vieja oración matinal que hemos citado otra veces:

“revísteme de tu belleza, Señor,
y que en el curso de este día
yo te revele a todos”.

Que el Señor nos lo conceda hoy y siempre.

Noticias

Un sacerdote de nuestra diócesis, el P. Williams Villarino, asumió como nuevo rector del Seminario Interdiocesano, donde ya integraba el equipo de formadores. Continuará también atendiendo la parroquia Santa Teresita de Juanicó, como venía haciendo.

Nuestra Diócesis tiene ahora dos seminaristas: Tomás, en su último año de estudios y Santiago, que acaba de ingresar. Recemos por su perseverancia y también por el P. Williams, que tiene ante sí una delicada tarea. 

El sábado 7 el domingo 8 de marzo se realiza en nuestra diócesis la colecta del Fondo Común Diocesano, que está destinada, precisamente, a ayudarnos a cubrir los gastos del Seminario. Agradezco su generosa colaboración.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

jueves, 26 de febrero de 2026

Palabra de Vida: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos”. (Mateo 7,7-12)


Jueves de la primera semana de Cuaresma.
26 de febrero de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

martes, 24 de febrero de 2026

Palabra de Vida: Vivir la conversión con actos. Lucas 11,29-32.

Miércoles de la primera semana de Cuaresma.
25 de febrero de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.

lunes, 23 de febrero de 2026

Palabra de Vida: Orar al Padre con confianza. Mateo 6,7-15.


Martes de la primera semana de Cuaresma.
24 de febrero de 2026.
Estas breves reflexiones han sido preparadas para los internos de la comunidad terapéutica Fazenda de la Esperanza y son una invitación a vivir cada día la Palabra de Dios, invitación que todos podemos recoger y realizar.