jueves, 12 de septiembre de 2019

“Corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lucas 15,1-32). Domingo XXIV del Tiempo Ordinario.







Corría el año 1978 cuando al conductor  de un programa radial de Montevideo, dedicado a pasar viejos éxitos musicales  se le ocurrió organizar una fiesta con música de los años 60 y 70. Era la víspera del 25 de agosto, fiesta de la independencia. Así nació “La noche de la nostalgia”. Su creador registró el nombre como marca, pero se hizo tan popular que, en el año 2004, el parlamento estableció por ley  la denominación de la “Noche de la Nostalgia” a la noche del 24 de agosto.

Como todos los años, el pasado 24 se vivió la preocupación de muchos por que la fiesta tuviera final feliz, sin ningún episodio luctuoso; pensando, sobre todo, en prevenir accidentes de tránsito.
Sin embargo, hubo una muerte no prevista; posiblemente inevitable, ya que se trató de la muerte súbita de una bebé  que quedó a cargo de su hermana de 12 años, mientras su madre salió a trabajar en la noche. Había en la casa otros dos hermanos más chicos y nadie más. No había padre. La madre dijo que se había decidido a salir “porque estaba sin plata”.
La muerte de la bebé desencadenó todo un proceso. En algún momento apareció el padre. Le preguntaron si no contribuía al menos con una pensión alimenticia. Contestó que “la madre sabía que podía pedirle si necesitaba algo”. Más o menos como en el tango Mano a mano:
si precisás una ayuda, si te hace falta un consejo,
pero tal vez no tanto como esto:
acordate de este amigo que ha de jugarse el pellejo
pa'ayudarte en lo que pueda cuando llegue la ocasión.
Este domingo el evangelio nos presenta la parábola conocida como el hijo pródigo, que trata de un muchacho que abandonó la casa paterna para encontrarse muy pronto en una situación de dificultad extrema:
el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.
La parábola sigue vigente, porque siempre hay un hijo que se va de casa, no en las condiciones deseables, para empezar su propia vida, sino rompiendo el corazón de quienes lo aman.
Sin embargo, en algunas familias del Uruguay de hoy el que se ha ido de la casa es el padre.
No sólo se ha ido, lo que puede entenderse por distintas razones, sino que muchas veces se ha desentendido, no solo de una esposa o compañera con la que ya no se quieren, sino también de los hijos que juntos trajeron al mundo… y eso ya es otra historia.
Cada noticia de un papá ausente, como el que ya no estaba en esa casa, ni en la Noche de la Nostalgia ni en ninguna otra, agrega un “sesgo de confirmación” a la idea de que el padre “no sirve para mucho” o “no sirve para nada”. La imagen del padre está muy desvalorizada.

No es fácil vivir la paternidad. Yo conocí a mi padre, pero él no conoció al suyo, de modo que no tuvo ningún modelo para seguir. Aun así, formó una familia y lo vimos junto a nuestra madre hasta que la muerte los separó. He visto a otros hombres, dentro de mi familia y mis amigos, que han sabido ser verdaderos padres para sus propios hijos, pero también para hijos ajenos, con los que a veces empezó la experiencia de paternidad, antes de tener los propios.

El rol del padre no es sólo el de ser proveedor. Ese es un rol que puede ser compartido y aún sustituido por el trabajo de la madre. Mucho más que eso, así como varón y mujer se complementan para engendrar una vida nueva, así también tienen que seguir complementándose para cuidar con amor de ese ser que han traído al mundo. Los seres humanos nacemos con una fragilidad notable. Necesitamos muchísimo cuidado desde el principio. Pensemos solamente el poco tiempo que necesita un potrillito para estar de pie y salir trotando y, en cambio, cuántos meses necesitamos nosotros para que nuestras piernas estén firmes y podamos dar nuestros primeros pasos vacilantes… y eso no quiere decir que allí ya no haya que cuidarnos tanto, sino todo lo contrario…

Proteger la vida… pero también educar. En los libros de pedagogía suele aparecer en el primer capítulo el origen de la palabra educación, con dos posibles raíces latinas: educare y exducere. educare tiene relación con todo lo que es criar, nutrir, alimentar. Desde luego, no solo desde el punto de vista físico, sino también en el aspecto afectivo, intelectual y espiritual. Todo lo que la madre y el padre pueden dar a su hijo.

Es muy interesante también la otra raíz: exducere que nos habla de sacar, llevar o conducir desde dentro hacia afuera. Esto significa ayudar al hijo a descubrir y a poner en acto sus capacidades, a desarrollar las diferentes posibilidades que tiene dentro.
Muchas veces los padres tienen sus expectativas respecto a sus hijos y tratan de alimentarlos para ese resultado que esperan alcanzar… pero los hijos traen sus propias capacidades e inclinaciones, que hay que descubrir, valorar y ayudar a que emerjan, a que salgan para su plena realización… aunque sean muy diferentes de las que sus padres esperaban…

Pero hay algo único, especial, que solo la madre y el padre pueden dar y es el amor propio de cada uno de ellos. Amor de madre y amor de padre.
El Padre de la parábola es un padre amoroso. Cada día esperaba el regreso del hijo que se había marchado, hasta que se produjo y entonces...
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.
Pero ese amor también está dirigido al otro hijo, el mayor, el que tampoco ha sabido reconocer el amor de su padre. Cuando ese hijo no quiere entrar a celebrar la vuelta de su hermano, el padre sale a buscarlo y le dice:
“Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado".
Ése es el Padre Dios. Ése es el Padre que no abandona a sus hijos.
Del amor de ese Padre nos habla el Papa Francisco, recordando que
En su Palabra encontramos muchas expresiones de su amor:
(…) a veces se presenta como esos padres afectuosos que juegan con sus niños: como lo describe el profeta Oseas: «Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla» (Os 11,4).
A veces se presenta cargado del amor de esas madres que quieren sinceramente a sus hijos, con un amor entrañable que es incapaz de olvidar o de abandonar: como dice por boca de Isaías: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin enternecerse con el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49,15). (Christus vivit, 114.)
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Dios no se olvida de nosotros.
No nos olvidemos nosotros de aquellos que queremos o deberíamos querer más.
Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 10 de septiembre de 2019

10 de setiembre: Día de la Educación Católica


10 DE SETIEMBRE - DÍA DE LA EDUCACIÓN CATÓLICA
Hoy renovamos nuestro compromiso 
de ser mensajeros de Jesús
a través de una educación
que impulsa proyectos de vida con sentido.
  Un saludo fraterno a todos los que día a día, 
ponen el corazón en esta tarea.

AUDEC
Asociación Uruguaya de Educación Católica

lunes, 9 de septiembre de 2019

“Bautizados y enviados”. Encuentro diocesano de catequistas en Aceguá.






 


Con 52 participantes se realizó el domingo 8 de setiembre, en la fronteriza localidad de Aceguá, Cerro Largo, el encuentro anual de catequistas de la Diócesis de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres).

El tema elegido coincide con el lema con que el Papa Francisco convocó para el próximo octubre un Mes Misionero Extraordinario. También fue el lema propuesto por el Oficio Catequístico Nacional para la celebración del Día Nacional de la Catequesis en Uruguay.

A lo largo de la jornada, con aportes del Oficio Catequístico Diocesano y del P. Jorge Osorio, párroco de Aceguá y Buen Pastor, las catequistas fueron profundizado en el significado de la consagración bautismal que hace de cada bautizado miembro del Cuerpo de Cristo y, como él, Sacerdote, Profeta y Rey.
El capítulo 4 de la exhortación apostólica Christus vivit, del Papa Francisco, fue el eje conductor de otro momento de reflexión, a partir de las “tres gratas verdades de Dios que debemos anunciar”: un Dios que es amor; Cristo te salva y El Espíritu da vida.
El “envío” y la misión están presentes en la catequesis que es “constructora de comunidad en torno a Jesucristo”, como subrayó en sus palabras de bienvenida Mons. Heriberto Bodeant.
“¿Cómo presentamos hoy la Buena Noticia a aquellos que quieren ser cristianos?” fue la pregunta que guio el último trabajo en grupos y que fue respondida en forma lúdica y festiva.

Estuvieron presentes integrantes del Equipo Coordinador de Catequesis de la vecina diócesis brasileña de Bagé, y del Oficio Catequístico Diocesano de Tacuarembó.

Fue una jornada intensa, marcada por la fraternidad y la alegría, así como por la cálida acogida de las catequistas y la comunidad de Aceguá que participó en la Eucaristía final.

martes, 3 de septiembre de 2019

El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo (Lucas 14, 25-33). Domingo XXIII del Tiempo Ordinario.








“Primera vez en mi vida que termino algo” dijo Jonathan, mientras recibía su diploma. Le estaban entregando la acreditación de haber concluido un año de rehabilitación en una comunidad terapéutica. Había llegado allí tras sucesivos fracasos en sus intentos de dejar su adicción a las drogas. Cuando pidió el ingreso le informaron de las reglas. Le recalcaron que el ingreso era su propia decisión. Él había llegado con mucha presión de algunos familiares (otros ya lo daban por perdido) y de algunos amigos (otros no eran realmente amigos ni gente recomendable). Jonathan se vio ante la decisión. Leyó aquellas normas de convivencia y de responsabilidad y firmó, asumiendo su compromiso. Así empezó su caminata. Al principio, en forma errática… perdido, desconcertado. Poco a poco fue agarrando el ritmo. Pronto se encontró entre aquellos que recibían y ayudaban a un nuevo compañero que, como él, llegaban dispuestos a intentarlo todo por salir adelante. Con el diploma en la mano, recordó los momentos de crisis… la forma sorpresiva en que abandonó la casa un compañero que parecía ir tan bien… el cambio de responsable a mitad de camino… la ansiedad que le dejó una visita familiar con malas noticias… todo se había ido superando. La batalla se había ganado. La lucha continuaría afuera, pero con nuevas herramientas, nuevas capacidades, pero, sobre todo, sintiendo que ahora sí, su vida tenía sentido.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar".
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
Estas palabras de Jesús están llenas de sentido común. Porque… ¿cuántas veces nos metemos en compromisos que no podemos cumplir, empezamos a realizar planes sin contar con recursos, o nos ponemos en problemas por gastar lo que no tenemos?

Aunque podemos tomar estas consideraciones de Jesús para nuestra vida práctica, en realidad Él apunta mucho más lejos. Jesús está hablando de quién puede ser y quién no puede ser su discípulo. Jesús llama, pero hacerse su discípulo es tomar una decisión, hacer un compromiso. Hay que ver si estamos dispuestos a asumir todo lo que eso significa, más todavía que lo hizo Jonathan con su terapia.

Jesús habla mientras va en camino. Se dirige a Jerusalén. Camina hacia su pasión, su cruz, su muerte y resurrección. Ha tomado esa decisión. No volverá otro año a peregrinar a Jerusalén como hizo tantas otras veces. Es un viaje sin regreso.

Gran cantidad de gente camina junto a Jesús. El evangelio ofrece muchas escenas donde Jesús habla mientras camina; pero aquí lo vemos detenerse y darse vuelta. Jesús hace un alto para ponerse de cara a la multitud que lo sigue y hablarle. Quiere dejar algo en claro: una cosa es caminar con Él, escuchándolo con gusto, viendo sus milagros o esperando recibir uno… Otra cosa es seguir a Jesús. Para eso él pone condiciones.
Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
Y aquí podemos agregar la que está al final de las comparaciones de la torre y el ejército que leíamos antes:
cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
Notemos que Jesús dice mi discípulo. Para un maestro no es lo mismo decir “los alumnos” que “mis alumnos”. Mi discípulo indica una relación personal. El discípulo define su identidad no con relación a un contenido, a una materia de estudio, sino en la relación con el Maestro.

La primera condición que pone Jesús para seguirlo es ponerlo primero y posponer los otros amores. La lista que hace Jesús tiene siete renglones: empieza por el padre, la madre y el último es la propia vida, el propio “yo”. No se trata de abandonar ni descuidar el amor a los miembros de la familia, sino de subordinar todos esos amores al amor de Jesús; eso llevará a amarlos a todos de otra manera: a amarlos desde el amor de Jesús.

La renuncia a la propia vida se entiende con la frase que sigue: “el que no carga su propia cruz…”. Amar desde el amor de Jesús es, nada menos, que amar desde la Cruz, desde la entrega total de la vida, sin falsedad ni traición. Cargar la propia cruz es poner los pies en las huellas de Jesús, tratando de reproducir sus actitudes cada vez que hacemos algo en la vida, con su misma entrega de amor.

La frase continúa: “el que no carga su propia cruz y me sigue”. Porque no se puede seguir a Jesús sin la cruz, sin ese despojamiento que identifica completamente con el Maestro, ahora resucitado, por los caminos de la vida. Desde ahí se entiende que el discípulo “renuncie a todo lo que posee”.

Las dos parábolas del que construye la torre y del rey que va a la guerra toman ahora su sentido más profundo. Son un llamado a no tomar las cosas a la ligera sino aprender a discernir conjugando realismo y sabiduría. Jesús no quiere desalentarnos, sino animarnos, darnos coraje. Es posible seguir a Jesús; pero hay que estar dispuestos a pagar el precio, con desprendimiento y generosidad de corazón. La decisión de seguir a Jesús exige un compromiso total, sin vuelta atrás. En todo momento, el discípulo tiene que estar dispuesto a dejar todo lo que tiene por seguir al Maestro. Por eso Jesús dice: “cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”.

Todo esto puede parecer irreal, imposible, absurdo… pero Jesús ya no está hablando a los Doce, que, literalmente, lo han dejado todo para ir con Él. ¿Cómo entender esa renuncia hoy? ¿Cómo entenderla desde la vida de la mayoría de los cristianos, fieles laicos que trabajan, que tienen una familia? Se lo pregunté a un amigo y me dijo:
“yo creo que empieza por darme cuenta de que lo que tengo no viene solo de mi esfuerzo y mi trabajo, sino que ha sido posible con la ayuda de Dios… en eso el Evangelio me llama a la gratitud y al desapego, a no agarrarme de las cosas y a compartir lo que tengo. Eso puede consistir en ayudar a alguien en un momento difícil de salud o de trabajo, en colaborar con una obra social o con la comunidad parroquial, en tener una atención especial con familiares o amigos en momentos importantes… en fin: la vida de cada día te va presentando muchas oportunidades que te llaman a ser generoso con tu tiempo, con tu cariño o con algo de tus bienes materiales”.
Amigas y amigos, para seguir a Jesús hay que estar dispuestos al desapego y a la generosidad. Hay que medir bien hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Parece difícil, pero es Jesús quien se puso primero, y lo llevó hasta desapegarse de su propia vida.
Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 28 de agosto de 2019

“El que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado” (Lucas 14,1.7-14). Domingo XXII del Tiempo Ordinario.






“Date corte, Juan Antonio; no te quedes atrás”.
Esas palabras punzantes se atribuyen a Ana Monterroso, esposa de Juan Antonio Lavalleja, a quien la historia uruguaya recuerda como “el libertador”. Lavalleja fue el jefe de los Treinta y Tres Orientales, el grupo que inició en 1825 la revuelta de la Provincia Oriental -lo que hoy es el Uruguay- contra el imperio de Brasil.
Ana Monterroso, nacida en Montevideo, era una mujer de fuerte carácter, hija de un gallego de noble cuna. Una familia rica e influyente.
Juan Antonio Lavalleja, después de su importante actuación en el proceso que culminó con el surgimiento del Uruguay independiente, pasó a segundo plano en la política nacional.
En esos tiempos le insistía su esposa: “Date corte”.
En 1853, pocas semanas antes de su muerte, Lavalleja aceptó integrar un triunvirato de gobierno donde se le colocaba en un lugar destacado, pero que no dejaba de ser más bien “decorativo”.
Un historiador fue muy duro con él:
“Es un acto de claudicación senil (…)
está detrás de él doña Ana Monterroso, picaneando sus ambiciones de gobierno”.
(Alberto Zum Felde, Proceso histórico del Uruguay)
Es difícil saber cómo fueron realmente las cosas, y cuáles fueron los sentimientos que movían a las personas en un hecho que ya pertenece al pasado, contado, además, por terceros… pero la historia sigue siendo “maestra de la vida” y sigue dejando su enseñanza para quien la quiera recoger.

Mejor que esa maestra, tenemos al Maestro: a Jesús, que hoy nos deja su enseñanza sobre los criterios verdaderos con los que valorar a los demás y valorarnos a nosotros mismos.
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos.
Ellos lo observaban atentamente.
Jesús está, realmente, bajo la lupa. Los fariseos, un importante movimiento religioso de su época, lo tienen en la mira. Más aún en sábado, día de descanso sagrado, que Jesús muchas veces ha pasado por alto cuando lo pedía el bien del prójimo.

Sin embargo, Jesús también observa atentamente y nota enseguida que
los invitados buscaban los primeros puestos…
Los invitados buscan los puestos más destacados, allí donde todos los verán: en la cabecera o en el centro, al lado del dueño de casa. (“Date corte, no te quedes atrás”.) Es una competencia por estar en una posición superior a la de los demás. Sentirse más importante que los otros. Jesús va a proponer una conducta diferente por medio de una parábola:
No te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: "Déjale el sitio", y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: "Amigo, acércate más", y así quedarás bien delante de todos los invitados.
Lo que Jesús propone podría entenderse como una actitud de falsa humildad, apenas una estrategia para “quedar bien”. No se trata de eso. Se trata de dejarle al dueño de casa la tarea de asignar los lugares. Los puestos no dependen de los méritos que creamos tener, sino de la gratuidad del patrón.
No olvidemos que esto es una parábola, una comparación. Dios es el dueño de casa. Ante Él no valen nuestras pretensiones. Todo el ostentar, lucirse, hacer alardes, “darnos corte” no lo impresionan. Al contrario. Ante Dios es nada y vacío. En cambio, es Él quien nos da la importancia y el valor que tenemos. El verdadero lugar del hombre es el que ocupa ante Dios y no el que puede ganar haciéndose auto propaganda. Por eso la parábola concluye:
todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.
Después de esas palabras a los invitados, Jesús se dirige ahora al anfitrión del banquete, para hablarle sobre la lista de invitados. Le dice primero lo que no tiene que hacer:
no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos,
no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
La sociedad en la que se mueve Jesús tiene muy clara la idea de que toda atención debe ser correspondida de la misma manera. Si me invitan a cenar, se espera que luego yo invite. Si me hacen un regalo, se espera que yo haga otro. Si me hacen un favor, se espera que yo haga lo mismo. Eso lleva a la gente a moverse entre quienes consideran que son iguales, que están al mismo nivel y a dejar de lado a quienes consideran inferiores. El círculo de invitados se reduce.

Jesús indica a continuación lo que el anfitrión debe hacer:
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
Jesús abre la invitación a personas habitualmente excluidas, marginadas. Les reconoce así su valor y dignidad, semejante al de cualquier otro ser humano. Otra vez Jesús está manifestando el querer de Dios, que
“no hace acepción de personas” (Hechos 10,34; Romanos 2,11; Gálatas 2,6).
Manifestando su amor preferencial por los pobres, Dios no está excluyendo a nadie, sino incluyendo a todos… pero también quiere que nos demos cuenta de que ante Él nada valen las riquezas materiales que hayamos podido acumular: ante Él no somos más que indigentes.

Jesús no quiere decir que no podamos comer con familiares y amigos. En cambio, nos llama a romper relaciones excluyentes y a dar lugar a los desfavorecidos, los abandonados, los que sufren y hacerlos parte de nuestra vida.

Quien obre de esa manera estará entre los bienaventurados. En este mismo evangelio de Lucas, Jesús había proclamado:
Felices los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios (6,20)
Esa misma palabra “felices” o “bienaventurados” es la que aparece al final del pasaje que estamos comentando, en la promesa que hace Jesús a quien deje entrar en su corazón a esos mismos pobres:
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!
Amigas y amigos: pongámonos una vez más en las manos de Dios. Es de Él de quien viene la dignidad de cada persona humana. Cada uno de nosotros ha sido modelado por las manos del Padre; por cada uno de nosotros el Hijo ha derramado su sangre; en cada uno de nosotros quiere habitar el Espíritu Santo. Cuando reconocemos el valor infinito que tiene cada persona, se hace más posible la comunión que alcanzaremos plenamente en la eternidad, junto a Dios.

Este domingo 1 de setiembre se celebra la V Jornada de Oración por la Creación, establecida por el Papa Francisco. En este tiempo en que tenemos noticias de incendios devastadores en distintos lugares del mundo, particularmente en la Amazonia, unámonos en la plegaria y en la conciencia de que todos somos responsables del cuidado de la casa común.

Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

lunes, 26 de agosto de 2019

P. Stéfano. “Nuestra felicidad siempre va a estar unida a la de quienes están al lado nuestro”



El sábado 24, en el programa “Qué bien se está aquí” de Radio María, tuvimos la visita del P. Stéfano Macchi, salesiano italiano que vive en Turín. Su madre nació en Montevideo, pero se casó con un italiano, de modo que Stéfano ha vivido siempre en Italia, aunque entró al país con su pasaporte uruguayo. Parte de la familia sigue viviendo en Uruguay.

- Padre Stéfano ¿qué es lo que te ha traído por estos pagos?
- Vine por aquí en este mes de agosto, no tanto por los vínculos familiares. De hecho, es la primera vez que vengo a Uruguay sin quedarme mucho con mi familia… solo estuve con ellos el día de la llegada y pasaré los últimos días antes de regresar a Italia. Conociendo las dificultades de Uruguay y, sobre todo, de la diócesis de Melo para encontrar sacerdotes, le di mi disponibilidad a Mons. Heriberto y le pedí permiso a mi superior en Italia para estar aquí este mes.
- Tu presencia permitió atender un poco más algunas realidades que no cuentan con la presencia de un sacerdote con toda la frecuencia que sería de desear, como la Obra Social Salesiana Picapiedras y la Fazenda de la Esperanza. ¿Cómo han sido esos encuentros?
En Picapiedras el encuentro ha sido excelente, tanto con los educadores como con los niños, los “gurises”. Estuve hablando y escuchando, sobre todo a los educadores en algunos encuentros de ellos y estuve también jugando, merendando y cenando con los niños y los jóvenes de estos centros. Siempre me sentí en casa. Se percibe el vínculo con los Salesianos, a pesar de que ellos se fueron de aquí hace algunos años.
- Así es, pero la Obra continúa teniendo el sello Salesiano. Hay un sacerdote, el P. Walter, que viene mensualmente de Rivera y se queda dos o tres días. Para la obra fue una alegría tener así a un salesiano cerquita y muy disponible. Por otra parte, la Fazenda. Allí se trata de que haya Misa diariamente, lo que no es posible para nosotros. Tu presencia permitió que tuvieran la Eucaristía un poco más frecuente, pero también más tiempo para la escucha y aún para la confesión. ¿Cómo fue todo allí?
- La experiencia ha sido muy buena. Yo me sentí en casa también con ellas, tanto en Misa como en otros momentos informales, escuchando las experiencias de las chicas. Me parece que la relación con ellas ha nacido y ha empezado bien… no sé si vamos a poder seguir a la distancia con ellas, pero al menos ha empezado bien.
- Hoy tenemos toda una facilidad de comunicación. Ojalá sea posible llegar al menos con un mensaje breve, que siempre hará bien.
Por otra parte, también acompañaste un encuentro de parejas, varios sacerdotes te pidieron suplencias… estuviste en Río Branco, en parroquias de Melo, especialmente S. Domingo Savio y también fuiste con el Obispo a Treinta y Tres y lo acompañaste durante la visita del Nuncio a la Fazenda de la Esperanza.
Pero hay otro tema del que queremos hablar aquí y es tu experiencia misionera en Pakistán y en Madagascar. Pakistán es el país donde fuiste primero, por un año… una realidad muy diferente a la de Italia y a la de Uruguay.
- Hay muchas diferencias, pero lo que yo traje en el corazón y en la memoria es que Pakistán es un país lindísimo… tiene 207 millones de habitantes y casi 800.000 km2, más del doble de Italia… pero es doble en todo. La comparación que yo hago es: el Mediterráneo de Italia frente al océano Índico; los Alpes de Italia, con el Himalaya, que tienen el K2, de más de 4.000 metros…
Todo es muy extremo. No solo por los extremismos de los que hablan los diarios; la naturaleza es muy buena y tiene de todo, desde lo tropical hasta lo templado y frío del norte; hay frutas de todo tipo.
En cuanto a la gente, esta experiencia me dio mucho para reflexionar. Me encontré con musulmanes que son personas como todo el mundo, que se esfuerzan y trabajan día a día por tener algo mejor. Extremistas, sí, hay, y violencia también, mucha… y lo peor es que hay medios para que esta violencia sea aún más fuerte de lo que puede ser en otros países. Lo primero que tenemos que entender es que no es la religión lo que hace alguna diferencia en eso, sino los medios que la gente quiere usar para llegar a su bien. Eso creo que es la diferencia más fuerte.
- Me imagino que una diferencia importante es la lengua…
Sí, pero no solo hay una lengua diferente sino varias. El idioma oficial es el urdu; todos tendrían que estudiarlo y entenderlo; pero para algunos pakistaníes no es su lengua madre, porque tienen su propio idioma. Hay cuatro o cinco idiomas principales. A oriente y occidente, norte y sur están pueblos diferentes, con culturas distintas y eso hace que entre ellos no siempre se entiendan muy bien.
Con respecto a la religión, Pakistán dice “nosotros somos el primer país que nació como país islámico”. Eso es verdad, porque en 1947, cuando hubo la partición entre India y Pakistán, ellos eligieron ser un país musulmán. Aparte de eso, hay formas diferentes de vivir el Islam entre los mismos pakistaníes; los que están más cerca de la cultura de la India lo viven de una forma, los más cercanos a Afganistán de otra; los uzbekos, que son sobre todo chiitas, de otra.
- De Pakistán, a Madagascar…
Eso no fue enseguida. Después de Pakistán estuve seis meses en Roma intentando ayudar a nuestro Consejero general para las Misiones; pero era mucho trabajo de oficina y yo no me encuentro bien con eso. Él mismo dijo “bueno, te voy a enviar a otro lado” y así llegué a la provincia nuestra de Madagascar.
-Madagascar es la isla grande que está al sureste de África. El nombre oficial del Estado que abarca toda la isla es “República Malgache”
Madagascar está separada de África por el canal de Mozambique; pero los malgaches no se consideran parte de África. Cuando aparece una persona más morocha, de piel más oscura, le dicen “tú eres africano”, aún entre ellos mismos. Históricamente parece que también es verdad, porque su lengua y su aspecto se parecen mucho más a los de la gente de extremo oriente, de Indonesia. Los estudiosos dicen que su idioma tiene raíces de esos lados, tan lejos de ahí.
Ese es el país más pobre que he podido conocer, incluso más pobre que otros países de África en los que estuve algún corto tiempo. Pobreza material, pero riqueza en humanidad. Una característica de los malgaches es buscar no tener ningún conflicto entre ellos. Siempre están dispuestos a decir “sí, está bien”… incluso si no te entendieron, o hasta si no están de acuerdo, dicen “sí, está bien”, para evitar el conflicto. Después siguen haciendo lo que piensan ellos; es una forma de vivir, pero también una forma de pensar y relacionarse entre sí.
- Y ahora, de misión por Cerro Largo…
Me suena raro hablar de “misiones”… el Papa Francisco dice a menudo que todos somos misioneros. Uno se puede ir a un país más pobre como Madagascar, con situaciones muy particulares, pero de hecho somos misioneros también en casa. Aquí en Melo me siento también en casa, porque en todo este mes que estuve aquí me han recibido muy bien y me encontré muy bien con todo el mundo. Hay diferencias entre Madagascar, Melo, Turín, pero la gente es siempre gente, buscando la felicidad.
- ¿Hay algún mensaje que quieras dejarnos, después de estos días entre nosotros?
Bueno, yo no he encontrado en ningún lado la sociedad perfecta… Lo que puede servir para todo el mundo es seguir buscando sus propios sueños, seguir buscando su felicidad, teniendo en cuenta que siempre estamos en relación; por lo tanto, no se trata de encontrar mi felicidad solo, o mi sola felicidad; nuestra felicidad siempre va a estar unida a la de quienes están al lado nuestro.
- Ahora viene el regreso… tal vez hay que explicar que en el hemisferio norte setiembre es como nuestro mes de marzo: allá comienza el otoño y comienzan las clases. Agosto es como enero, vacaciones de verano. Así que ahora vas para el comienzo de un año lectivo. ¿Qué te espera en Turín? ¿Cómo ves este nuevo año?
- Va a ser bastante interesante… el año pasado se enfermó un hermano que atendía un oratorio y un centro juvenil, en fin, toda la pastoral juvenil de una zona. El provincial me pidió que, sin dejar lo que yo estaba haciendo, me hiciera cargo de eso. Fue un año muy intenso. Este año no voy a tener más toda esa parte. Voy a seguir siendo rector de una iglesia, que es casi como ser párroco y estaré como presencia salesiana en un club de básquetbol, que tiene desde chiquilines desde 5-6 años, que recién conocen una pelota liviana, hasta los más grandes que juegan en tercera división y que pueden tener hasta 30-35 años. Estoy allí para acompañarlos y recordarles que si el equipo se llama “Don Bosco” no puede ser un equipo como cualquier otro. Todo esto, además de ayudar al nuevo encargado del oratorio y centro juvenil.
- Eso de acompañar el club de básquetbol ¿incluye también practicar ese deporte?
- No, soy demasiado pequeño para el básquetbol…
- (Risas: el P. Stéfano es realmente alto)
- …y sobre todo tengo 50 años y los huesos lo sienten y se siente también los kilos de más.

viernes, 23 de agosto de 2019

LEVANTAMOS LA VOZ POR EL AMAZONAS. Mensaje del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)

Foto: Agencia REUTERS, página de la BBC de Londres:
https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-49436407

Enterados de los terribles incendios que consumen grandes porciones de la flora y fauna en Alaska, Groenlandia, Siberia, Islas Canarias, y de manera particular de la Amazonía, los Obispos de América Latina y El Caribe queremos manifestar nuestra preocupación por la gravedad de esta tragedia que no solo es de impacto local, ni siquiera regional, sino de proporciones planetarias.
 

La esperanza por la cercanía del sínodo Amazónico, convocado por el Papa Francisco, se ve ahora empañada por el dolor de esta tragedia natural. A los hermanos pueblos indígenas que habitan este amado territorio, les expresamos toda nuestra cercanía y unimos nuestra voz a la suya para gritar al mundo por la solidaridad y la pronta atención para detener esta devastación.

Ya el Instrumento de trabajo del sínodo advierte proféticamente: “En la selva amazónica, de vital importancia para el planeta, se desencadenó una profunda crisis por causa de una prolongada intervención humana, donde predomina una ‘cultura del descarte’ (LS 16) y una mentalidad extractivista. La Amazonia es una región con una rica biodiversidad, es multiétnica, pluricultural y plurirreligiosa, un espejo de toda la humanidad que, en defensa de la vida, exige cambios estructurales y personales de todos los seres humanos, de los Estados y de la Iglesia. Esta realidad supera el ámbito estrictamente eclesial amazónico, porque se enfoca en la Iglesia universal y también al futuro de todo el planeta” (Instrumentum laboris para el sínodo de la Amazonia, preámbulo).
 

Urgimos a los gobiernos de los países amazónicos, especialmente de Brasil y Bolivia, a las Naciones Unidas y a la comunidad internacional a tomar serias medidas para salvar al pulmón del mundo. Lo que le pasa al Amazonas no es un asunto solo local sino de alcance global. Si el Amazonas sufre, el mundo sufre.
 

Recordando las palabras del Papa Francisco, quisiéramos “pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político, social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: [que] seamos custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro” (Homilía del inicio del ministerio Petrino, Marzo 19, 2013).

Mons. Miguel Cabrejos Vidarte, O.F.M. 
Arzobispo de Trujillo, Perú, Presidente
Card. Odilo Pedro Scherer
Arzobispo de São Paulo, Brasil, Primer Vicepresidente
 
Card. Leopoldo José Brenes Solórzano 
Arzobispo de Managua, Nicaragua, Segundo Vicepresidente  
Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey, Presidente Consejo de Asuntos Económicos
 
Mons. Juan Carlos Cárdenas Toro
Obispo Auxiliar de Cali, Secretario General

 

jueves, 22 de agosto de 2019

"Traten de entrar por la puerta estrecha" (Lucas 13,22-30). Domingo XXI del Tiempo Ordinario.







Un hombre llega hasta la puerta de la Ley y encuentra allí un guardián. El hombre pide entrar, pero el guardián le dice que en ese momento no puede autorizarlo a ingresar. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar más tarde. “Puede ser”, contesta el guardián, “pero ahora no”.
La puerta está abierta. El hombre intenta asomarse, pero el guardián insiste en que no puede dejarlo entrar y, si aún consiguiera hacerlo, adentro se encontraría con guardias más fuertes que le impedirían seguir adelante.
El hombre comienza una larga espera ante la puerta. Por todos los medios intenta convencer al guardián. No lo logra. Pasan los años. Ya cerca de su muerte, el hombre se da cuenta de algo y dice al guardián:
“Todos buscan la Ley ¿Cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para entrar?
El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.
“Nadie más podía entrar por aquí, porque esta puerta estaba destinada a ti solamente. Ahora
cerraré.”
Esta extraña historia de frustración, que he tratado de resumir, manteniendo sin cambios el final, es un cuento del escritor Franz Kafka, titulado “Ante la Ley”. A pesar de lo desconcertante que pueda resultar, algo de este relato puede ayudarnos a meditar sobre el evangelio que escucharemos este domingo.

El pasaje del evangelio al que me refiero es conocido como “la puerta estrecha”. Dice Jesús:
Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.
Muchos no lo conseguirán… como el hombre del cuento. ¿Qué significa la puerta estrecha?

La interpretación que surge más fácilmente es que Jesús está hablando de las exigencias que conlleva el querer seguirlo seriamente, seguirlo de verdad. Jesús es un amigo exigente. Su exigencia no es arbitraria ni tiránica. Viene del amor, amor que quiere que aparezca lo mejor de cada uno de nosotros, lo mejor que llevamos dentro, lo que él mismo ha puesto allí. Es la exigencia de que no nos conformemos con la mediocridad… Hace años, el Papa emérito Benedicto XVI, decía que nuestra mayor amenaza
“es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” (1).
Sucede en la Iglesia… y en la vida toda, diluyendo ideales, matando talentos, enfriando el amor.

Las palabras de Jesús están respondiendo, aunque no lo parezca, a una pregunta que le han hecho.
«Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?»
Aunque Jesús dice que muchos no lo conseguirán, responde poniendo el acento en lo que el ser humano tiene que hacer para salvarse. La salvación es un don de Dios, que está más allá de nuestros esfuerzos humanos; pero hay deberes que cumplir, normas morales a las que obedecer. La puerta estrecha, entendida así, es el camino de la rectitud, de la honestidad, de la verdad.
salmo

Es posible hacer todavía otra interpretación de la puerta estrecha, que no contradice la primera. Se trata del camino que Dios tiene reservado para cada uno de nosotros. Tenemos que encontrar nuestra propia puerta y, aunque cueste esfuerzo, entrar por ella y no quedarnos afuera como el hombre de Kafka.

La puerta que Dios tiene reservada para cada uno de nosotros es nuestra vocación. Hoy se habla menos de vocación que en otro tiempo. Tal vez aparece como algo excepcional, muchas veces relacionado con la vida religiosa o con una profesión vivida con especial entrega. Cuando conocemos a alguien así, solemos decir que tiene “una verdadera vocación”.

Vocación quiere decir “llamado”, y ese llamado que se siente interiormente viene de Dios. Si quitamos a Dios, si no creemos que es Él quien llama, la vocación se vacía de su significado más profundo. Queda reducida a una orientación laboral o académica que corresponda a nuestras aptitudes o inclinaciones, pero no llega a la médula, al sentido de nuestra vida.

El amor de Dios nos ha sacado de la nada y nos ha dado esta existencia. En su amor, Dios nos ha llamado a la vida para llegar a ser semejantes a su Hijo; a llegar a ser hijos suyos y compartir su felicidad eterna. El llamado de Dios espera nuestra respuesta libre y comprometida, la correspondencia de nuestro amor a su amor. A la vez, Dios mismo nos da los medios para que podamos responder a su llamado.

Dios sigue llamando… pero no a unos pocos elegidos, sino a cada ser humano que viene a este mundo. No es un llamado individual, para que cada uno busque su autorrealización; es un llamado personal, porque abarca lo que nos hace personas, es decir, una relación de auto donación con los demás, consigo mismo, con el mundo y con Dios.

Junto a esa vocación humana, la vocación cristiana. La vocación de todo bautizado: responder al llamado de Jesús y seguirlo, como discípulo misionero. Este llamado viene de la consagración bautismal. Por el bautismo nos hemos unido a la muerte y resurrección de Jesús, que nos llama a seguirlo de diferentes maneras.

La vocación cristiana se realiza en una vocación específica. Aquí se abren tres grandes avenidas, donde caminamos junto a muchos otros, pero para llegar a esa puerta propia de cada uno.

Una es vivir como fiel laico, miembro del Pueblo de Dios, formando una familia, ganándose la vida con un oficio o profesión, siendo buen vecino y ciudadano, miembro activo de la Iglesia. En todo, siguiendo a Jesús y participando en el anuncio del Evangelio, ante todo con el testimonio de vida.

Otra es la vida religiosa: varones y mujeres que se consagran a Dios con votos o promesas de pobreza, obediencia y castidad, viviendo en comunidad y siguiendo a Jesús dentro de un carisma particular.

Una tercera es la vida sacerdotal. El sacerdocio no es una profesión. Abarca la vida íntegra del varón que recibe el sacramento del orden. No se trata de actuar como sacerdote en el marco de una función, sino que se trata de ser siempre sacerdote, viviendo, con la ayuda de Dios, en fidelidad a las promesas hechas en el día de la ordenación, en el servicio a Dios y al prójimo.


Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y les muestre sus caminos. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

lunes, 19 de agosto de 2019

"Dios hace crecer flores en medio del desierto". Homilía de Mons. Krebs en Melo.

Plaza de la Concordia, donde estuvo san Juan Pablo II
el 8 de mayo de 1988, dirigiendo un mensaje al mundo del trabajo.


Tumba de Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo.



Visitó nuestra Diócesis el Nuncio Apostólico en el Uruguay, Mons. Martin Krebs, acompañado por el secretario de la Nunciatura, Mons. Simón Bolívar Sánchez Carrión. Hicieron el viaje en ómnibus y traían como equipaje apenas una mochila cada uno. Cenaron con el Obispo y el P. Stéfano, en casa de la familia Márquez-Botti. Allí vino a saludarlos el actual intendente, Dr. Pablo Duarte con su familia. Se alojaron en el Obispado.
En la mañana, después del desayuno, Mons. Heriberto los llevó a conocer la Catedral. Allí el Nuncio rezó un momento en el banco donde se arrodillara san Juan Pablo II durante su visita. Recorrieron después la Plaza de la Concordia, apreciando los diversos detalles, especialmente el busto del santo Papa y la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres.
En camino a la Fazenda de la Esperanza, se detuvieron en el cementerio, donde el Nuncio permaneció algunos minutos en silencio ante la tumba de Mons. Roberto Cáceres.
Antes de las diez de la mañana, Mons. Krebs y Mons. Bodeant se encontraban en la Fazenda. Mariana, la actual responsable de la comunidad, le mostró la casa al Nuncio y al secretario, mientras el Obispo revisaba detalles de la preparación de la Misa.
La celebración comenzó a las 11 en punto, con presencia de algunos sacerdotes y diáconos, familias de algunas de las internas, jóvenes de la Fazenda masculina, voluntarios y personas allegadas.
El bautismo de Elisa y la entrega del diploma del año cumplido a Mélany fueron dos puntos culminantes de la celebración, que todos los presentes vivieron con mucha emoción.
Luego de la Misa el Nuncio estuvo sentado a la mesa con internos y voluntarios de las Fazendas femenina y masculina. Escuchó con atención sus historias de vida y comentó luego que le había impresionado mucho la forma libre y sana en que se expresaban sobre hechos dolorosos de su vida.
A las 14:30 los dos visitantes emprendieron el regreso a Montevideo, intercambiando agradecimientos con nuestro Obispo.


Homilía del Nuncio Apostólico en el Uruguay, Mons. Martín Krebs, en la Misa en acción de gracias por los aniversarios de las Fazendas de la Esperanza en la Diócesis de Melo: Fazenda masculina Quo Vadis?, Cerro Chato (2009) y Fazenda femenina Betania, Melo (2015).

Estimado Mons. Heriberto, queridos responsables y miembros de las Fazendas de la Esperanza, autoridades civiles, hermanos en el sacerdocio, hermanos y hermanas en la fe:

Me gusta mucho poder estar hoy con ustedes para celebrar juntos el décimo aniversario de la Fazenda de la Esperanza para varones en la diócesis de Melo. ¡Muchas gracias por la invitación! Con ustedes, doy gracias a Dios por las grandes obras que ha hecho aquí en el pasado. Al mismo tiempo, tenemos grandes esperanzas en el futuro de todos los que viven y trabajan aquí, que buscan y rezan aquí. Además, el proyecto, que lleva el inspirador nombre "Fazenda de la Esperanza", tiene un fuerte impacto exterior, porque también anima a otros a actuar de forma similar. El proyecto me hace pensar en el profeta Isaías que dijo una vez:
¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa! ¡Sí, florezca como el narciso! (Isaías 35:1).
En un lugar que podría parecer un desierto, encontramos signos de esperanza; flores, por así decirlo. En nombre del Papa Francisco, cuyo representante soy en Uruguay, los felicito a todos.

Las personas que buscan sanación en las Fazendas de la Esperanza y se esfuerzan por un nuevo comienzo, de hecho, se pueden comparar con las personas que caminan a través de un desierto. Han renunciado a sus antiguas vidas y han abandonado la ciudad en la que vivían antes. La Fazenda no está en una ciudad, está fuera, en el campo. Pero los que viven en la Fazenda todavía no han llegado a una nueva ciudad. Una vida así a menudo se siente incómoda. No se está definitivamente en casa en este ambiente. Es motivo de consuelo que todos los hombres tengan que vagar por desiertos. Porque nadie que quiera encontrar y realizar su verdadera vocación como ser humano puede permanecer en las costumbres de su infancia. Todos debemos crecer, no solo físicamente, sino como personas. El precio de este crecimiento son los momentos de incertidumbre. También la realización de la vocación a la vida cristiana se busca en periodos de "desierto". La Cuaresma, que celebramos cada año antes de Pascua, es un camino de 40 días, con el que imitamos al pueblo de Israel, que durante 40 años vagó sin hogar, después de haber dejado atrás la esclavitud en Egipto. Pero, antes de vivir en un nuevo país, tuvo que pasar por el desierto, soportando luchas, hambre y sed.

¿Qué ayuda reciben las personas que caminan por el desierto, para evitar que vuelvan a sus antiguas vidas? ¿Hay “flores” que brotan en lugares inesperados y dan esperanza para seguir adelante?

En su viaje por el desierto, el pueblo de Israel perdió a veces la esperanza. Querían volver a su antigua forma de vida y volver a confiar en los poderes del mal, en dioses falsos. Uno de estos poderes malignos era la creencia de muchos de que podían llegar a ser completamente felices satisfaciendo su hambre y sed, es decir, saciando solo sus necesidades físicas. Ellos anhelaban exclusivamente "ollas llenas". San Pablo dijo una vez sobre estas personas: "su Dios es su vientre". Ya no están en camino, no tienen planes para el futuro y solo viven en una falsa satisfacción.

En la primera lectura escuchamos cómo Israel miraba hacia atrás, hacia el tiempo en que adoraba dioses falsos. Cuando el pueblo sintió la tentación de volver a ellos, Josué les exigió que decidieran:
¡Dejen de lado los dioses extraños que hay en medio de ustedes, e inclinen sus corazones al Señor, el Dios de Israel!» El pueblo respondió a Josué: «Nosotros serviremos al Señor, nuestro Dios, y escucharemos su voz.» 
El pueblo recordó que el verdadero Dios los había salvado en el desierto y de las manos del enemigo. Por eso, confesó solemnemente:
El Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud, a nosotros y a nuestros padres, y el que realizó ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios. Él nos protegió en todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde pasamos. 
De este modo, el pueblo recuperó su determinación y pudo continuar su camino. En recuerdo de la cercanía de su Dios, Josué colocó una piedra, que debía motivarlos en los momentos de debilidad y ayudarlos a no volver a las antiguas tentaciones. La dura piedra se había transformado en un signo de esperanza para el pueblo, como "una flor que había florecido en medio del desierto".

En el Evangelio de hoy encontramos otro signo que nos recuerda la cercanía de Dios, y nos ayuda a permanecer fieles a Él. Es la bendición que Jesús daba a los niños que la gente le traía. Cuando Jesús los bendecía, les prometía la ayuda de Dios en los peligros a los que los niños estarían expuestos. Su bendición aseguraba a cada uno de los niños: Dios ha demostrado ser fuerte en el pasado; Él seguirá guiándote y protegiéndote en el futuro.

Por lo tanto, Jesús dijo:
Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos. 
Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí. Jesús nos mostró que los niños son extraordinariamente importantes para Dios, y les regaló una señal de la infinita ternura de Dios.
Cuando un adulto recibe la bendición de Dios, se confía a Él como un niño. Se separa de los dioses falsos con los que se había engañado a sí mismo. Ya no cree en falsas promesas. Como el pueblo de Israel, está firmemente convencido de que vale la pena permanecer fiel al Señor, incluso en el desierto. Como signo de la cercanía de Dios, Jesús ya no pone una piedra, sino que impone sus manos sobre las personas. También en la celebración de algunos sacramentos, el sacerdote impone sus manos sobre nosotros, para renovar la bendición de Jesús, gesto que realizaremos dentro de poco en el bautismo, que Elisa recibirá. Las manos de Jesús puestas sobre nosotros son como una flor de esperanza para todos los que están en camino hacia Dios. Nos dan fuerza, en una vida que puede experimentarse como un desierto. Escuchemos al final cómo el Papa Francisco nos anima a no abandonar nuestro camino cuando atravesamos un "desierto". En su documento sobre la "alegría del Evangelio", escribe:
Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí «el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena» (J. H. Newman, 1833) En otros países, la resistencia violenta al cristianismo obliga a los cristianos a vivir su fe casi a escondidas en el país que aman. Esta es otra forma muy dolorosa de desierto. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza (EG 86).
Queridos hermanos y hermanas, estamos invitados a no abandonar nuestra esperanza en Dios. Él hace crecer flores en medio del desierto. El Reino de los Cielos nos pertenece si dejamos que Él nos bendiga. Nos impone las manos con ternura. Ahora hará lo mismo con Elisa, quien, luego de confesar al Dios trinitario, recibirá el bautismo. Amén.