jueves, 15 de agosto de 2019

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra“ (Lucas 12, 49-53). Domingo XX del Tiempo Ordinario.







¡Fuego! Es el grito de alarma cuando alguien advierte que se ha desatado un incendio. En agosto para el hemisferio norte y en enero para el hemisferio sur, períodos prolongados de sequía, temperaturas altas y vientos fuertes aumentan el riesgo de incendio forestal. Cuando el fuego se inicia, rápidamente se extiende con fuerza incontenible y devoradora destruyendo miles de hectáreas de bosques, calcinando la tierra, matando la fauna y cobrando también, a veces, vidas humanas. Sucedía días pasados en las Islas Canarias; otros años en Australia, en California o aún en nuestro Uruguay.

El evangelio de este domingo comienza también con una alarma, en las palabras de Jesús:
Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!
Si leemos el texto griego, encontramos la palabra fuego en primer lugar, dándole todavía más dramatismo a este anuncio:
Fuego he venido a traer a la tierra,
Lo mismo sucede con lo que dice Jesús a continuación, en el mismo pasaje:
Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
Si vamos al texto griego, vemos que también comienza con la palabra clave: bautismo.
Fuego vengo a traer… Bautismo tengo que recibir, podríamos traducir, conservando el énfasis de esos dos anuncios, ya de por sí muy fuertes.

¿A qué se refiere Jesús? ¿De qué fuego habla?
Estamos en el evangelio de Lucas. Al comienzo de este evangelio encontramos a Juan el Bautista predicando. Y nos habla de fuego; con dos sentidos:

Primer sentido: destrucción.
“Den frutos dignos de conversión (3,8) … todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego (3,9)”
Segundo sentido: transformación. Y, atención, relacionando fuego y bautismo:
Yo los bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego. (3,16)
El fuego destruye, pero también purifica.
Es el mismo fuego; es la expresión de un juicio, que destruye las obras de la maldad y pone de manifiesto las obras de Dios, que son las que resisten a las llamas.
San Pablo lo expresó muy bien en su primera carta a los corintios:
Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el Día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada cual. (1 Corintios 3,13)
Probados por el fuego. Eso sucederá con nuestras obras, nuestros trabajos, nuestra vida. ¿Qué quedará de todo lo que hemos hecho, de todo lo que hemos vivido? Recordemos la reflexión de los domingos anteriores. ¿Hemos buscado los bienes del Cielo? ¿Hemos guardado tesoros espirituales? ¿O nos hemos gastado y desgastado detrás de cosas que, a su vez, también se desgastan y se pierden?

Jesús habla también del bautismo en el que debe ser bautizado. A esta altura del evangelio de Lucas, ya han pasado varios capítulos desde que Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán. No está hablando, pues, del bautismo que ya recibió.
Bautismo significa inmersión, es decir, introducir o introducirse en un líquido o en un ambiente.
El bautismo del que Jesús habla ahora no es una nueva inmersión en el agua, sino en las profundidades de la muerte. Sumergirse en la muerte para emerger a una vida nueva en la resurrección.
Eso quería decir Jesús cuando dos discípulos le pidieron ocupar los primeros puestos en su Reino. Jesús les preguntó:
¿Pueden beber de la copa que yo voy a beber y recibir el bautismo que yo voy a recibir? (Mateo 20,22)
Jesús no está hablando de una bebida y un baño. Está hablando de su pasión: su copa de amargura, su cáliz de dolor, su bautismo de sangre.
A través de ese trago amargo, de esa inmersión dolorosa en la muerte, Jesús llegará a la resurrección, similar a una explosión de luz y de fuego capaz de transformar a la humanidad, sacudiendo las escorias del mal y purificándola como en un crisol.

Volviendo a nuestro evangelio de este domingo, Jesús sigue diciendo cosas inquietantes:
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra?
No, les digo que he venido a traer la división.
Nuevamente Jesús nos sorprende… en otros pasajes del evangelio, Él comunica Su paz a los discípulos. Ruega al Padre para que todos seamos Uno. San Pablo habla de él diciendo “Cristo es nuestra paz”. ¿Y entonces?

Podemos entender mejor esto volviendo al comienzo del evangelio de Lucas. Allí, un anciano llamado Simeón reconoce al Salvador en el pequeño que está en brazos de María, su madre. Simeón anuncia que ese niño será “signo de contradicción” y hará que se revelen “los pensamientos de muchos corazones”.

Jesús ha venido a establecer la paz definitiva entre los hombres y entre Dios y los hombres; pero sus palabras, sus gestos, su persona toda, piden una opción frente a Él: seguirlo o apartarse. Allí se manifiestan los pensamientos de unos y otros. Allí se produce la contradicción y la división, división no querida por Jesús, entre aquellos que lo siguen y quienes lo rechazan.

Fuego, bautismo, división… ¿qué sucede después de la muerte y resurrección de Jesús? Los primeros cristianos encuentran personas que aceptan el evangelio, la buena noticia de Jesús, anunciada ahora por los apóstoles. Al mismo tiempo, encuentran de otras personas, rechazo y persecución. Sin embargo, los creyentes mantienen su corazón encendido, ardiente, alimentándose con la Palabra de Dios y con el Cuerpo y Sangre de Cristo.

El fuego que sostiene ese ardor es el Espíritu Santo, que Lucas nos presenta en su otra obra, los Hechos de los Apóstoles, de esta manera:
“Aparecieron como lenguas de fuego que se dividían y se posaron sobre cada uno de los apóstoles y todos fueron colmados de Espíritu Santo” (Hechos 2,3-4).
El Espíritu Santo, entonces, es semejante a un fuego que enciende los corazones y hace de los discípulos y discípulas de Jesús testigos valientes, capaces de dar cada día su vida por Cristo. Este es el fuego que Jesús vino a traer a la Tierra y que fue encendido con su muerte y resurrección.

Amigas y amigos: renovemos una vez más nuestra unión con Jesús, en el Espíritu. Recordemos la antigua invocación:
“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor”.
Gracias por este tiempo de lectura. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

domingo, 11 de agosto de 2019

El Nuncio Apostólico visitará Melo para celebrar aniversario de la Fazenda de la Esperanza.

Mons. Martin Krebs,
Nuncio Apostólico
en el Uruguay
El Nuncio Apostólico en el Uruguay, Mons. Martin Krebs, acompañado por el Obispo de Melo, Mons. Heriberto Bodeant, presidirá la Misa que se celebrará el sábado 17 de agosto, a las 11 horas, en la Fazenda de la Esperanza femenina “Betania”, en barrio El Fogón de la ciudad de Melo.

El Nuncio Apostólico es el representante del Papa en el Uruguay. Tiene una doble misión:  fomentar la unidad entre la Santa Sede y las diez Diócesis del país y representar al Papa ante el Estado uruguayo.

Mons. Krebs, nacido en Alemania, llegó a Uruguay en agosto del año pasado. Ordenado Obispo en 2008, sus anteriores cargos fueron en Guinea y Mali de 2008 a 2013 y luego en Nueva Zelanda y otros Estados del Océano Pacífico, hasta su nombramiento en Uruguay.

La última visita de un Nuncio a Melo fue la de Mons. Guido Pecorari, en ocasión del inicio del servicio pastoral de Mons. Bodeant, el 18 de julio de 2009.

Fazenda de la Esperanza es una comunidad terapéutica iniciada en Brasil hace más de 30 años, extendida hoy por más de 20 países en los cinco continentes. Su propuesta para la rehabilitación es una internación de un año de duración y está basada en tres pilares: convivencias, trabajo y espiritualidad.

El 1 de agosto de 2009 fue inaugurada la Fazenda de la Esperanza “¿Quo Vadis?”, en la ciudad de Cerro Chato y el 22 de agosto de 2015 se abrió en Melo la Fazenda de la Esperanza femenina. Se cumplen en este mes de agosto los dos aniversarios: diez y cuatro años, respectivamente.

En el mes de octubre habrá otras actividades en Melo y Cerro Chato, con la presencia de los fundadores de la Fazenda.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas (Lucas 12,32-48). Domingo XIX del Tiempo Ordinario. Santa Clara de Asís.







A fines del siglo XII, la ciudad de Asís, a unos 130 km al norte de Roma, había alcanzado cierta prosperidad. Vivían allí familias nobles de antigua fortuna y otras enriquecidas por el comercio. La vida de Asís se vio sacudida cuando Francisco, hijo de un rico comerciante, después de haber pasado un tiempo entre leprosos y de reconstruir una iglesia en ruinas, decidió formar con otros jóvenes una orden religiosa para vivir totalmente consagrados a Dios en la pobreza y cumplir fielmente el Evangelio, que adoptaron como regla de vida. Después de algunas peripecias, el Papa les dio su aprobación y comenzó así la orden franciscana.

Vivía también en Asís una jovencita de familia noble llamada Clara. Sus padres querían casarla con un buen candidato, pero ella sentía el llamado a una vida de oración, pobreza y total consagración a Dios: una vida como la de la comunidad que había formado Francisco. A los 17 años, Clara escapó de su casa, dejó sus finos vestidos y vistió el tosco hábito de la orden. Francisco y sus compañeros recibieron sus votos y la instalaron con las monjas benedictinas. Pronto se le unió una de sus hermanas, Inés, y otras jóvenes que sintieron igual vocación. Así se fundó la segunda orden franciscana, hoy conocida como las Clarisas. Al principio fue dirigida por Francisco, como fundador; pero cuando obtuvo también reconocimiento del Papa, pasó a estar bajo la guía de Clara. Ella ejerció su autoridad según el Evangelio, sin dejar de hacer, como cualquiera de sus hermanas, los servicios más humildes. Santa Clara de Asís murió el 11 de agosto de 1253. Su fiesta se celebra en esa fecha.

En nuestra diócesis hay una parroquia que le está dedicada, cuya sede está en Santa Clara de Olimar, en el departamento de Treinta y Tres. El pueblo fue fundado en 1878 pero, ya antes, existía una capilla que funcionaba casi como una parroquia, con sus propios libros de bautismos y casamientos. En 1932 Mons. Miguel Paternain regularizó esa situación, erigiendo, o sea, creando, la parroquia Santa Clara de Asís, con sede en Santa Clara de Olimar. Actualmente, junto a la vecina Tupambaé, es atendida por las Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, religiosas peruanas que tienen como carisma el servicio pastoral en lugares donde no hay sacerdotes.

El evangelio de este domingo nos ayuda a entender un poco más la vida y vocación de Santa Clara y, a la vez, nos llama a considerar qué estamos haciendo con nuestra propia vida, sea cual sea la situación en la que nos encontremos.
La clave está en estas palabras de Jesús:
Estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.
Se trata, entonces, de estar preparados para nuestro encuentro definitivo con Jesús: sea porque llega el final de los tiempos, en el que “de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos” (como decimos en el Credo); sea porque llega el término de nuestra vida en la tierra, la hora de presentarnos ante Dios.

Jesús dice eso a sus discípulos. Ellos han sido llamados a vivir un desprendimiento total. En ese espíritu san Francisco y santa Clara abrazaron la pobreza, haciendo lo que pide Jesús:
Vendan sus bienes y denlos como limosna.
No todos pueden seguir este llamado. Quien ha formado una familia necesita contar con bienes; pero ya veíamos el domingo pasado que esas cosas o el dinero no pueden convertirse en un ídolo colocado en el centro de nuestra vida, lugar que solo corresponde a Dios.
Jesús continúa desarrollando este pensamiento, ahora de una forma que todos podemos aplicar de un modo u otro:
Acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.

El domingo pasado san Pablo nos hablaba de buscar los bienes del cielo, de poner el pensamiento en las cosas celestiales: acumular, pues, bienes espirituales. Orientar el corazón y toda nuestra vida hacia el encuentro definitivo con Jesús, a partir del encuentro diario con Él en la oración y los sacramentos, en el hermano necesitado, en la comunidad. Como decíamos, la clave es estar preparados. Para explicarlo, Jesús utiliza una imagen:
Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

“Estén preparados”: cuando el Señor regrese, la casa ha de estar limpia y ordenada; el agua disponible para lavarse; la ropa de entrecasa preparada; la comida lista para servir. Algunas de esas cosas se hacen con tiempo, como preparación remota; otras se van manteniendo prontas como preparación inmediata.

“Estén ceñidos”. Esta expresión aparece muchas veces en la Biblia, notablemente en el libro del Éxodo cuando Dios indica a los israelitas cómo comer el cordero pascual, en la noche en que Dios pasará para liberar a su Pueblo:
Así lo comerán: con sus cinturas ceñidas, sus pies calzados, y el bastón en su mano; y lo comerán de prisa. Es la Pascua de Yahveh. (Éxodo 12,11)
Estar con la cintura ceñida es estar prontos para la acción y se contrapone a estar con la ropa suelta, de entrecasa, en actitud de descanso.

“Con las lámparas encendidas”. ¿Alguna vez intentaron encender una lámpara de aceite? Yo probé una vez y no pude. La gente del tiempo de Jesús tenía mucha más práctica y lo hacía rápidamente… pero no basta una lámpara para iluminar la casa. Son muchas y hay que vigilar que no se acabe el aceite. Si no, las lámparas se apagarán, como recuerda la parábola de las vírgenes prudentes, que tenían aceite de repuesto y las necias, que se quedaron sin el combustible. La lámpara encendida es el testimonio de la vida cristiana. Pensemos en otras palabras de Jesús:
Ustedes son la luz del mundo. (…) Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; se pone en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así su luz ante los hombres; para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos. (Mateo 5,14-16)

Finalmente, se trata de estar atentos al regreso del Señor “para abrirle apenas llegue y llame a la puerta”. Dice Jesús, en el Apocalipsis:
Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. (Apocalipsis 3,20)

Esta promesa de cenar juntos tiene otra expresión en el evangelio de este domingo. Jesús anuncia qué es lo que sucederá si el Señor llega y encuentra todo pronto. En primer lugar, dice:
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!
Felices, bienaventurados. Muy bueno. Pero queda todavía algo sorprendente:
Les aseguro que el Señor mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos.
Recoger la túnica es acortar la vestimenta larga, doblándola hacia arriba y ciñéndola a la cintura. El Señor se pone en el lugar del servidor… Ese es Jesús, que en la última cena sirvió a sus discípulos, lavándoles los pies y preparándoles la comida: su propio cuerpo y sangre. Ese es Jesús que no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por la multitud. El que se hizo así “servidor de todos”. Él es el Señor, a quien seguimos y a quien queremos esperar con nuestra luz encendida.

Gracias, amigas y amigos por su amable atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 1 de agosto de 2019

“Busquen los bienes del cielo” (Colosenses 3,1-5.9-11). Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Santo Cura de Ars.







El 9 de febrero de 1818, un sacerdote francés llamado Juan Bautista María Vianney, se encontraba muy cerca del lugar al que había sido enviado por su Obispo. Se trataba de Ars, una aldea de apenas 250 habitantes, todos ellos de condición muy humilde. Juan Bautista había sido ordenado casi tres años antes y el pueblito era su segundo destino. Todavía no era propiamente una parroquia; dependía de la vecina Misérieux. Sin embargo, tres años más tarde, aquella aldea considerada “el último pueblo de la diócesis” era convertida en parroquia y la figura de su cura párroco ganaría considerable notoriedad, convocando peregrinos de toda Francia.

Al atardecer de ese 9 de febrero, el P. Vianney, desconocedor de aquellos caminos rurales, se encontraba perdido entre la niebla que estaba apareciendo. La Providencia puso en su camino un pastorcito, Antoine Givre, que le señaló el camino que llevaba al pueblo.
Después de escuchar las indicaciones, el sacerdote dijo al chico:
“Tú me has mostrado el camino de Ars: yo te mostraré el camino del Cielo”.
Un monumento ubicado en aquel cruce de caminos recuerda ese acontecimiento que marcó el ministerio de aquel sacerdote que se transformaría en “el Santo Cura de Ars”, actualmente patrono de todos los sacerdotes.
Para completar esta pequeña gran historia, diremos que Antoine creció, formó una familia, participó en la vida parroquial… y murió cinco días después que su párroco, que partió antes, cumpliendo su promesa de mostrarle el camino del Cielo.
San Juan Bautista María Vianney murió hace 160 años, el 4 de agosto de 1859.

Esta historia del Cura de Ars me recuerda lo que siento muchas veces cuando celebro Misas con niños. Al leer el Evangelio, me pregunto: “¿qué entenderán de lo que estoy leyendo?”. No porque los niños sean tontos, sino porque el mensaje del Evangelio viene envuelto en lenguaje de otro tiempo y de otra cultura y se hace necesario explicarlo. Cuando los niños captan el mensaje de Jesús pueden decirnos cosas sorprendentes y mostrarnos su capacidad de encontrar a Dios.

Cuando el P. Vianney le decía al pequeño Antoine “yo te mostraré el camino del Cielo”, estoy seguro de que el niño entendía suficientemente de qué estaba hablando el Cura. Una vida eterna, junto a Dios, después de la muerte, habitando en el Cielo, en el Paraíso con todos los santos. ¿Qué entendería un niño, un adolescente, un joven de hoy si le decimos “yo te mostraré el camino del Cielo”? O si les preguntamos simplemente si pueden decirnos algo del Cielo ¿qué nos responderían?

Las lecturas de este domingo guardan relación con este tema. Veamos primero lo que dice san Pablo a los colosenses:
Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra.
Busquen los bienes del Cielo, piensen en las cosas celestiales ¿qué quiere decir eso? (No ya para un niño, sino para nosotros mismos).
En realidad, tenemos que empezar por lo primero que dice Pablo: “ya que ustedes han resucitado con Cristo” ¿de qué está hablando?
Pablo escribe a personas que han sido bautizadas ya adultas y que han vivido intensamente el momento de su bautismo, apreciando lo que significa este sacramento: compartir la Pascua de Cristo, su muerte y su resurrección. Morir con Cristo: dejar atrás todo lo que hasta el momento nos ha apartado de Dios, todo lo que ha habido de pecado, maldad, extravío para resucitar con Cristo: nacer de nuevo, empezar una vida nueva, una vida de seguimiento de Jesús en la comunidad Iglesia.
Ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, 
sigue diciendo Pablo; y desde ahí se comprende su llamado: buscar los bienes del Cielo es procurar vivir cada día como esa persona nueva que sigue a Jesús, para llegar a estar unida a Él para siempre, en la eternidad, “en el Cielo”, para seguir usando ese lenguaje.

Pablo sigue explicando qué es lo que hay que dejar atrás, aquello que él llama las cosas terrenas, en oposición a las celestiales. Hay que dejar todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría.
El discípulo de Jesús pone en el centro de su vida el seguimiento del Maestro. Desde ese centro se ordena y se organiza toda su vida. La fe y la vida de fe no son un accesorio, un rato de oración al día o la Misa del domingo. Esos tiempos no están para decir “ya cumplí y ahora sigo con lo que estaba”, sino como encuentro con el Señor, alimento necesario para pensar, sentir, actuar, en definitiva, para vivir en todo momento como discípulo de Jesús.

Pablo pone énfasis en la avaricia e indica que es una forma de idolatría. La idolatría es poner en el centro de nuestra vida algo o alguien que no es Dios: esa cosa o esa persona se convierte en un ídolo, un falso dios que ponemos antes que todo lo demás.
En el evangelio de este domingo, Jesús se refiere particularmente a la avaricia, con esta breve parábola:
«Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: "¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha". Después pensó: "Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida".
Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?"
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

¿Por qué Dios le dice “insensato” a este hombre? Este hombre fue capaz de organizar el trabajo de sus tierras de modo de alcanzar una gran producción. Al cosechar, piensa cómo puede administrar mejor lo que ha acumulado. Decide construir graneros más grandes… su vida se organiza alrededor de esos bienes que ha juntado y en disfrutar de ellos. Sin embargo, no ha tenido la inteligencia de conseguir ni guardar otro tipo de bienes: los bienes espirituales, los bienes del cielo. El se siente rico, pero es, en realidad, pobre ante los ojos de Dios. Se ha olvidado o no ha sabido ver que la vida es un don, es algo recibido y sólo encuentra su sentido en Aquel que nos ha creado, en Dios que nos ha llamado a la vida.
“Donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón.” (Lucas 12,34)
dice Jesús en el evangelio que leeremos el próximo domingo.

Amigas y amigos: el discípulo y la discípula de Jesús saben dónde tienen puesto su corazón. Trabajan para satisfacer sus necesidades y las de los suyos y también para poder ser solidarios con los necesitados. Su corazón es libre. No se apegan a las cosas, porque saben que su vida no está en tener y acumular, sino en vivir auténticamente al amor a Dios y al prójimo.
Gracias por su amable atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.

jueves, 25 de julio de 2019

«Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11,1-13). Domingo XVII del Tiempo Ordinario.






Hay un momento en la vida en que sentimos la necesidad de conectar con nuestras raíces. Cuando hemos crecido con nuestros padres, cuando hemos escuchado la historia familiar, ese es el momento de ahondar nuestro conocimiento, de llegar a capas más profundas; de comprender las razones de algunas decisiones y de algunos sufrimientos de nuestros ancestros.

Es, en cambio, más difícil y muchas veces angustioso, recuperar esa memoria -en definitiva, recuperar la propia identidad- para quienes no han conocido a alguno o a ninguno de sus progenitores o su relación con ellos quedó cortada por la separación o la temprana orfandad. Las historias de cada uno de los hijos e hijas de los desaparecidos en dictaduras, buscando reencontrar sus orígenes son verdaderamente dramáticas. También lo son las de muchos niños abandonados, adoptados o separados de sus padres por la guerra, el exilio o la migración.

La relación con el padre, en particular, es a veces difícil. Hoy es para muchos un ausente, incluso aunque no se haya ido. No tiene la inmediata cercanía de la madre. Un buen padre, junto a una buena madre, es un tesoro enorme y, aunque no tenga precio, su valor se acrecienta con la escasez, como sucede con todo.
“Quizás la experiencia de paternidad que has tenido no sea la mejor; tu padre de la tierra quizás fue lejano y ausente o, por el contrario, dominante y absorbente. O sencillamente no fue el padre que necesitabas. No lo sé.”
Así se expresa el Papa Francisco en su mensaje Cristo Vive, dirigido a los jóvenes. Reconoce esta experiencia difícil de muchos jóvenes de hoy en la relación con su padre.

¿Cómo vivió Jesús la relación con su padre? Los cristianos creemos que Jesús es el Hijo de Dios y nos revela a Dios como Padre… pero el Hijo de Dios, al hacerse hombre, nace de una madre virgen, pero encuentra aquí también un padre, en la figura de José, esposo de María. Jesús será reconocido por su gente como “el hijo del carpintero”. Reconocerlo como Hijo de Dios será otro paso, un paso que solo es posible dar en la fe.

El evangelio de hoy nos presenta la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, el padrenuestro. La oración, tal como la rezamos hoy, la encontramos en el evangelio de Mateo; pero aquí estamos en el evangelio de Lucas. La versión de Lucas es más breve, y puede sorprendernos que la invocación que enseña aquí Jesús no es “Padre nuestro”, sino simplemente “Padre”. Así llama él a su Padre Dios y así nos invita a llamarlo nosotros, reconociéndolo como nuestro Padre.

Sin salir del evangelio de Lucas, encontramos muchas referencias de Jesús a Dios Padre. Podríamos empezar por una que se encuentra hacia el centro del evangelio, en el capítulo diez:
Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Jesús habla con plena conciencia de que Él es el Hijo de Dios y eso le da un conocimiento íntimo del Padre que nadie tiene ni puede alcanzar; pero, precisamente para eso ha venido Jesús: para revelar quién es Dios realmente, para mostrar el rostro del Padre.

La primera manifestación de ese conocimiento de Jesús acerca de su padre Dios, la encontramos en el episodio en que Jesús se queda en el templo de Jerusalén después de una peregrinación. María y José, al descubrir su ausencia, vuelven a buscarlo.
La madre le dice:
“tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
Jesús le contesta:
“¿por qué me buscaban? ¿no sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?”.
Aquí quedan contrapuestos el padre de la tierra y el Padre Dios. Jesús comienza a manifestar quién es él realmente.

Lucas nos presenta también distintos momentos de oración de Jesús.
Su oración está dirigida al Padre:
“Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues así te ha parecido bien.”
Y eso, aún en los momentos más dramáticos.
En el Huerto de los Olivos, momentos antes de ser apresado:
«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (22,42)
En el momento en que lo crucifican:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (23,34)
En el momento de su muerte:
«Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (23,46)

Cuando los discípulos de Jesús le piden
«Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos». (11,1)
La respuesta de Jesús es la enseñanza del Padrenuestro.
Como decíamos antes, Lucas nos trae una versión breve de la oración de Jesús.
«Padre, santificado sea tu Nombre,
que venga tu Reino,
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos
a aquellos que nos ofenden;
y no nos dejes caer en la tentación».
En lugar de “Padre nuestro”, Jesús comienza diciendo simplemente “¡Padre!”.
¿Cómo llamaba Jesús a su Padre en su propia lengua?
Jesús hablaba arameo. Ése era su idioma. En arameo “padre” se dice ‘ab; pero Jesús utilizaba el diminutivo: ‘abbá. Podríamos traducirlo como papá, papito, papi… es la forma en que los niños llamaban a su padre, expresando a la vez cariño, respeto y obediencia.

Jesús nos asegura:
“el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él”. (18,17)
Pues bien, él mismo se hace niño al nombrar a su Padre de esa manera tan tierna, propia de un niño que confía en el amor de su padre.

Al enseñarnos a decir “¡padre, abbá!” junto con Él, Jesús nos anima a nosotros, sus discípulos, a reconocernos también como hijos del mismo Padre Dios. De allí surge la fraternidad humana, que quedará expresada en forma más completa al agregar “nuestro”: “Padre nuestro”, como aparece en el evangelio de Mateo.

Retomo el mensaje de Francisco a los jóvenes:
“… “Dios te ama”. Si ya lo escuchaste no importa, te lo quiero recordar: Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado. (…)
“lo que puedo decirte con seguridad es que puedes arrojarte seguro en los brazos de tu Padre divino, de ese Dios que te dio la vida y que te la da a cada momento. Él te sostendrá con firmeza, y al mismo tiempo sentirás que Él respeta hasta el fondo tu libertad.”
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 17 de julio de 2019

“Te ruego que no pases de largo” (Génesis 18,1-10a). Domingo XVI del Tiempo Ordinario.







A comienzos del año 71, tres muchachos de ciudad pasaron unos días en una estancia en el departamento de Paysandú, cerca de Guichón. Los caseros recibieron a los muchachos como a hijos. Los amigos pronto se encontraron de madrugada desayunando asado de oveja y mate amargo con los peones, montando a caballo por primera vez, acompañando la recorrida por el campo y hasta ayudando a encerrar una majada… hubo más de una caída del caballo y muchos sucedidos para recordar. Se fueron con ganas de volver, pero no se dio.
La amiga de los tres que había arreglado la estadía, esporádicamente les daba alguna noticia de los puesteros, pero no hubo más contacto.
20 años después, Andrés, uno de aquellos muchachos se encontró con un hombre más joven. Era el hijo de los puesteros. Se acordaba de los cuentos de aquella visita y llevó a Andrés a casa de su familia, que ahora vivía en la ciudad. Andrés quedó impresionado por esos recuerdos tan vivos que guardaban quienes lo habían recibido hacía ya tanto tiempo… algo de eso estaba en su memoria, pero necesitó recuperarlo de algún rincón escondido.
La familia que había recibido a los jóvenes había vivido aquello como un acontecimiento, que los hizo salir de su rutina y que fue rememorado una y otra vez, saboreando cada anécdota, junto a tantos hechos que atesoraban en su memoria.

Esta historia me llevó a preguntarme qué es lo que hace que una visita sea eso: un acontecimiento y no un puro compromiso, un trámite, una prestación de servicios… o hasta un fastidio. Las lecturas de este domingo nos traen historias de visitas que dan una respuesta: esas visitas fueron acontecimientos porque hubo un verdadero encuentro, que, además, fue mucho más allá de lo puramente humano.

Un pasaje del libro del Génesis nos presenta a Abraham, patriarca de un clan, acampado en un lugar sombreado, en medio de un gran espacio deshabitado. A la hora de más calor, divisó a tres hombres parados cerca de él. Al verlos corrió hacia ellos ofreciendo su hospitalidad:
«Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor. Yo haré que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a la sombra del árbol. Mientras tanto, iré a buscar un trozo de pan, para que ustedes reparen sus fuerzas antes de seguir adelante. ¡Por algo han pasado junto a su servidor!»
No son los forasteros los que piden ser recibidos. Es Abraham quien, con un trato marcadamente respetuoso, les ruega que no pasen de largo y espera que ellos le den su consentimiento para atenderlos en la forma especial que él quiere hacerlo. Ofrece en primer lugar una posibilidad reconfortante: lavarse los pies, algo que aprecia cualquier caminante, al igual que el descanso a la sombra. Les anuncia “un trozo de pan”, pero se acerca con tortas “de la mejor harina”, cuajada, leche y “un cordero tierno y bien cebado”. Los viajeros son tres, pero Abraham los trata como a uno solo. En ellos se revela Dios, que está visitando a Abraham para anunciarle que cumplirá la promesa que le ha hecho: Abraham y Sara tendrán un hijo. Dios lo prometió y cumple sus promesas. Abraham recibe muchísimo más que lo que él ha entregado.

De la carpa del nómade Abraham, pasamos a un pueblo en tiempos de Jesús. El evangelio nos cuenta que
una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.
Tenía una hermana llamada María.
Vemos a Marta desviviéndose por atender a Jesús, ocupándose en todo lo que ella piensa que necesita su huésped. Mientras tanto,
[María] sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.
No pasemos por alto la posición en que está María. No es comodidad ni humillación. Esa posición indica algo. San Pablo cuenta que él fue
Instruido a los pies de Gamaliel (Hechos 22,3)
Esa es la posición del discípulo: sentado a los pies del maestro.
Jesús ha llegado como Maestro. María lo ha reconocido así y por eso está sentada a sus pies, escuchando.

Ante esto, Marta se enfada:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude».
Marta hace un reproche: “¿no te importa…?” y luego le dice a Jesús lo que él tiene que hacer: “dile que me ayude”. Marta no se coloca como discípula. Sigue en su lugar de dueña de casa.
La respuesta de Jesús es toda una enseñanza:
«Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
Jesús la llama por su nombre, “Marta”, como suele hacer con sus discípulos. Lo hace con cariño, pero también con firmeza.
Le hace ver su situación: Marta se preocupa y se agita. En cambio, el discípulo conoce al Padre Dios y confía en su Providencia. El discípulo trabaja; sí; pero no se preocupa ni se agita porque su atención está dirigida a Dios.
La preocupación de Marta está puesta sobre muchas cosas. Ella se prodiga en los detalles; quiere todo bien hecho, para agradar a su visita.

Jesús no quita importancia al trabajo de Marta, pero marca una jerarquía de valores, jugando con las palabras: muchas cosas, pocas cosas, una sola, la mejor. La mejor y la verdaderamente necesaria es la que ha elegido María, y Marta no se la puede quitar. En cambio, Marta, sí, puede sentarse también a los pies de Jesús y dejar de decirle lo que tiene que hacer y escuchar lo que Él tiene para decirle a ella. Jesús no ha venido a ser servido, sino a servir; no ha venido para que le den lo que a Él no le hace falta, sino para dar, para entregar lo que María, Marta y cada uno de nosotros de verdad necesita.

A veces, como Marta, nos preocupamos por “muchas cosas”, queremos ayudar al otro, pero no nos preguntamos qué es lo que realmente está necesitando, cuáles son sus deseos, sus necesidades más profundas, incluso más allá de lo material. Más que cosas, muchos necesitan -como también nosotros- recibir atención, que se les muestre interés, que se les brinde lo mejor de nuestro tiempo.

Cuando llegamos al corazón del visitante, cuando podemos ofrecerle lo que más necesita, cuando dejamos que él nos comparta de lo suyo, cuando alcanzamos esa comunión, entonces vivimos un encuentro… un acontecimiento que quedará vivo en el recuerdo… Y si no lo sentimos en el momento, un día nos daremos cuenta de que Dios también estaba allí.

Amigas y amigos, gracias por su atención. No dejemos pasar la oportunidad de vivir verdaderos encuentros con los demás y con Jesús. Que cada uno de ellos sea un acontecimiento. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 12 de julio de 2019

"¿Quién es mi prójimo?" (Lucas 10,1-12.17-20). XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C






Solferino

El pasado 24 de junio, hace ya casi tres semanas, no solo recordamos a san Juan Bautista, no solo se cumplieron 84 años de la muerte de Carlos Gardel, sino que hubo otro aniversario: 160 años de la batalla de Solferino. Creo que a poca gente le dice algo ese nombre y esa fecha, 24 de junio de 1859, salvo que sean personas que conozcan la historia de la organización humanitaria cuya idea inicial surgió allí.
Solferino es una pequeña localidad situada en el norte de Italia. Allí fue derrotado el ejército del imperio austrohúngaro por fuerzas de Napoleón III y Víctor Manuel II, en la lucha por la unificación de Italia. 38.000 soldados de ambos bandos quedaron tendidos en el campo de batalla, muertos o agonizantes. Atardeciendo aquel día, llegó un suizo llamado Enrique Dunant. Profundamente conmovido por todos aquellos heridos que no recibían ninguna asistencia, logró organizar a la población civil, especialmente mujeres jóvenes, para atender a todos los caídos que aún vivían, sin importar a qué ejército pertenecían. Un grupo de esas mujeres concibió un lema inspirador: Tutti fratelli (todos somos hermanos). A partir de esa experiencia, Dunant iría madurando la idea que lo llevaría a la fundación de la Cruz Roja.

“¿Quién es mi prójimo?”

“¿Quién es mi prójimo?” es la pregunta que, en el evangelio de este domingo, le hace a Jesús un doctor de la Ley. Prójimo, la palabra que usamos hoy en español, viene del latín proximus. De esa misma palabra deriva “próximo”. Prójimo y próximo expresan cercanía, vecindad, pero prójimo tiene otra carga, porque hay un mandamiento de amar al prójimo.
Precisamente por ahí empezó el diálogo de Jesús con aquel hombre conocedor de la Palabra de Dios, que se acercó y le dijo:
- «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»
- «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
- «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo».

Ahí llega la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”. La pregunta del doctor de la Ley parece pedir límites. ¿hasta dónde llega mi obligación de amar? ¿a quién puedo considerar mi prójimo?

La familia y el clan

Hay una primera unidad humana que es la familia, el grupo unido por lazos de sangre o de adopción. La familia israelita era grande; no sólo porque había numerosos hijos, sino porque se formaba en torno al patriarca, un anciano con el que todos estaban emparentados… más que familia, era un clan.
En el libro de Isaías leemos:
“No te cierres a tu propia carne”, “no te escondas de tu hermano de sangre” (58,7).
Es un llamado a no olvidarse de la propia familia. Así comprendemos lo de “la caridad bien entendida empieza por casa”, es decir, por nuestra familia, por aquellos con quienes formamos esa comunidad de vida. Aquí prójimo se hace sinónimo de pariente, de hermano… miembro del clan…

Las 12 tribus y el Pueblo de Israel

Hay un grupo más amplio que el clan: la tribu. El Pueblo estaba formado por las 12 tribus, cada una de las cuales reconocía como origen a uno de los hijos de Jacob, llamado también Israel. Es un parentesco más difuso, pero conduce a los miembros de las tribus a mirarse unos a otros como familia, como parientes, en tanto descendientes de Abraham, Isaac y Jacob. Prójimo aquí es ya el miembro del mismo pueblo.
Es fácil criticar esto diciendo: “al final se ayudan solo entre ellos” … mejor es preguntarme hasta dónde estoy yo dispuesto a ayudar a los de mi propia familia o a mis propios compatriotas.

El extranjero pobre y necesitado

Pero el círculo se sigue ampliando. En el Antiguo Testamento, cuando se menciona a las personas que más necesitan ayuda, se repite un trío sobre el que Dios tiene una atención especial: el huérfano, la viuda y el extranjero
“[Dios] hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra Su amor al extranjero dándole pan y vestido” (Deuteronomio 10,18; también Zacarías 7,10; salmo 146,9).
“Muestren amor al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto”
(Deuteronomio 10:19)
Se trata del extranjero que habita en medio del Pueblo de Israel… el que ha llegado como inmigrante, movido por la escasez y el hambre, como habían llegado un día los mismos israelitas a tierra de Egipto.
Podemos pensar también nosotros hoy… ¿qué pasa con los emigrantes en el mundo… qué pasa con los que estamos recibiendo aquí nomás, entre nosotros? ¿Qué disposición encuentran de nuestra parte?

Entonces...

¿Quién es mi prójimo, entonces? Mi pariente; mi compatriota; el inmigrante… así podría haber contestado Jesús, pero lo hizo de otra forma. Contó la parábola del buen samaritano.
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver".
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?»

El samaritano que se hizo prójimo

No por casualidad, Jesús eligió un samaritano como ejemplo de amor al prójimo. Lanzó así un desafío. Los judíos y los samaritanos no se hablaban. Los samaritanos -que viven aún en el Israel moderno, aunque no llegan al millar- eran considerados como una especie de intrusos, que creían en el mismo Dios que los israelitas, pero a su manera… Precisamente, esa persona considerada ajena, extraña, es la que se deja mover por la compasión y asiste al herido. Esa es la actitud que debe imitar quien quiera vivir el amor al prójimo. Las mujeres que proclamaron “todos somos hermanos” en el campo de Solferino pertenecen a esa clase de personas. Ellas y el anónimo samaritano nos siguen enseñando a cruzar los compartimientos y las fronteras que nos ponemos a la hora de ver a quién ayudar y a quien no.

La exigencia del amor

Los uruguayos sabemos vivir esa solidaridad en los momentos de urgencia y emergencia. Los pedidos de ayuda encuentran respuesta, a veces muy generosa, frente a inundaciones, tornados y accidentes. También, a pesar de egoísmos y conflictos, sabemos vivir el amor en el día a día, con aquellos con quienes convivimos. A veces es necesario recordar que no siempre amar y hacer el bien consiste en complacer demandas… el amor de Jesús es un amor exigente; no porque quiera quitarle nada a quien ama, sino porque quiere que cada uno de nosotros sea lo mejor que puede ser y cada uno dé al mundo lo mejor que puede ofrecer.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga, que puedan disfrutar de un buen domingo en familia o entre amigos. Hasta la próxima semana si Dios quiere.


jueves, 4 de julio de 2019

“El Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lucas 10, 1-12.17-20). Domingo XIV del Tiempo Ordinario.







Hoy en día muchas empresas nos hablan de su misión y visión. A veces las tienen escritas en un lugar visible para el público o en su página de internet. La visión responde a la pregunta “¿qué queremos llegar a ser?”, mientras que la misión responde a “¿Cuál es nuestra razón de ser?”. Los técnicos dicen que establecer cuál es la misión de una empresa le permite a quienes la forman orientar las decisiones y acciones de todos los miembros -de todos los miembros- hacia esa misión; establecer objetivos, formular estrategias y ejecutar tareas coherentes con esa razón de ser.

El 8 de diciembre de 1975, el Papa Pablo VI -san Pablo VI- entregó a los fieles de toda la Iglesia Católica una exhortación cuyo título en latín es Evangelii Nuntiandi, es decir “el anuncio del Evangelio”, sobre la evangelización en el mundo contemporáneo. En 1976 yo era un joven maestro que integraba el Consejo Pastoral de la parroquia de mi pueblo. Ese año, el padre Pierre, nuestro párroco, nos fue animando a leer y a reflexionar sobre ese documento del Papa. Me quedaron de aquellas lecturas y charlas varias ideas, pero, sobre todo, estas palabras que encontramos en el N° 14:
la Iglesia
“existe para evangelizar”;
“la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”. 
Eso fue para mí especialmente iluminador. Es la razón de ser de la Iglesia, su misión, en la que todos sus miembros estamos llamados a participar. Años después, siendo primero párroco y hoy obispo, he vuelto una y otra vez sobre esas palabras que nos ayudan siempre a discernir sobre lo que estamos haciendo en la Iglesia: esto que hacemos, o que queremos hacer ¿está, o no está, al servicio de la evangelización?

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús enviando en misión a un grupo grande de discípulos. Recordemos lo que decíamos la semana pasada: Jesús está en camino a Jerusalén, sabiendo que allí le espera la pasión y la cruz. Al enviar este grupo Jesús da varias indicaciones llamativas en distintos aspectos. Muchas de ellas se explican por la urgencia que siente Jesús en que su mensaje llegue al mayor número posible antes de que su vida terrena se consuma.

Los 72, siendo un grupo numeroso, son para él insuficientes, porque la cosecha que deben recoger es grande y puede perderse por falta de operarios:
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
Dios es el único que puede enviar esos obreros y, por eso, el único medio es pedírselos a Él con oración perseverante.

Esa misma urgencia le hace decir a Jesús
no se detengan a saludar a nadie por el camino.
No hay que entretenerse en conversaciones ociosas: hay una misión que cumplir.
Una vez que encuentren un lugar donde dormir, les recomienda
No vayan de casa en casa.
No se trata de ir buscando más comodidades, sino de concentrarse en la misión.

¿Cuál es el mensaje que deben llevar los discípulos? Jesús les dice apenas dos frases.

La primera:
Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!”
La paz de Dios. Shalom; es el saludo normal entre israelitas. Ese es el saludo de Jesús y el saludo indicado a sus discípulos. No es pura fórmula. Es ofrecer de verdad la paz. Jesús comunica a sus discípulos la paz de la que ellos serán portadores. La paz es la primera señal del Reino de Dios. Los discípulos llegan en paz, con mansedumbre de palomas o de ovejas, aunque puedan encontrarse en medio de lobos. Llegan con respeto, con espíritu fraterno, contagiando paz. Hacen sentir que la paz es posible, que es un don que Dios ofrece y comunica a todos, porque todos somos aceptados por Él, a pesar de nuestras fallas y nuestras incoherencias. La reconciliación y la amistad entre los hombres se hace posible en Dios.

La segunda frase es:
digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”.
Si leemos con atención los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, veremos que Jesús habla casi permanentemente del Reino de Dios. No es extraño, entonces, que les diga a sus discípulos que eso es lo que tienen que anunciar.

No es un Reino de este mundo: un país o un lugar reservado para Dios. No tiene fronteras. No cuenta con ejército. No hay un rey que ejerza dominio, actuando como dueño de personas y cosas, imponiendo pesadas cargas y usando la violencia para mantener su poder.
Jesús habla, más bien, de “reinado de Dios”. Dios reina cuando se cumple su voluntad. Entramos a su Reino cuando en nuestra vida empezamos a hacer la voluntad de Dios.
En el Padrenuestro pedimos:
“Venga tu Reino”
 y, a continuación:
“hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.
La voluntad de Dios no es caprichosa ni arbitraria. Es voluntad de vida y salvación para la humanidad. En el Evangelio de Juan apenas encontramos la palabra “reino”, pero allí Jesús manifiesta que Él ha venido a traernos vida, vida abundante. El reino de Dios es el reino de la Vida, vida plena que viene de Dios mismo.

Toda la humanidad está llamada a entrar en el Reino, empezando por los pobres y los pequeños. Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino. Los llama a la conversión, sin la cual no se puede entrar al Reino. Al mismo tiempo, les muestra la Misericordia infinita del Padre. Él mismo se manifiesta como el rostro de la Misericordia, la puerta de la Misericordia.
Para presentar el misterio del Reino, Jesús utiliza las parábolas. Muchas de ellas comienzan diciendo
“El Reino de Dios se parece a...
...a un grano de mostaza, un poco de levadura, etc. Esas comparaciones, llenas de imágenes sencillas y cotidianas son comprensibles, pero no se agotan fácilmente. Leídas una y otra vez, siguen siendo sugestivas para quien las escucha.

Jesús acompaña sus palabras con “milagros, prodigios y signos”, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,22). Los signos que hace Jesús alcanzan a algunos hombres y mujeres a quienes libera de diversas formas del mal: hambre, enfermedad, muerte, injusticia, marginación… a algunos, no a todos, porque son signos proféticos de su misión fundamental, la misión del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”: liberar a las personas de la esclavitud del pecado.

A lo que los discípulos tienen que anunciar con palabras, Jesús agrega dos signos: uno, llevar una vida sencilla, yendo livianos de equipaje y aceptando con sencillez la hospitalidad de la gente; dos, curar a los enfermos, signo que Jesús realiza frecuentemente. A su regreso los discípulos reportarán haber sometido hasta los demonios en nombre de Jesús. Han vencido el mal con la fuerza del Evangelio, la buena noticia de Jesús.

Hace un momento recordábamos la oración de Jesús que todos conocemos. Cada vez que la rezamos pedimos al Padre “venga tu Reino”. No podemos decir algo como eso mecánicamente y a toda prisa, sin hacer realmente nuestro lo que estamos pidiendo. Pedir que venga el Reino de Dios expresa el deseo y la esperanza de que el Reinado de Dios vaya transformando la realidad de nuestro mundo. Pedir al Padre que se haga su voluntad no es una actitud resignada, sino nuestra disposición y nuestro compromiso activo para colaborar en que el reinado de Dios se haga realidad. Recemos la oración del Señor, despacio, sintiendo el sabor y el peso de cada palabra y levantando el corazón al Padre en cada petición.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 27 de junio de 2019

En camino con Jesús (Lucas 9, 51-62). Domingo XIII del Tiempo Ordinario.







"Delante hay un camino, por él me voy…"
(Hombre en el tiempo. Armando Tejada Gómez - César Isella)
Muchas canciones hablan de caminos y caminantes. El camino es una recurrente imagen de la vida misma.
A veces, nos va la vida en el caminar. Así lo cuenta el aviador Antoine de Saint-Exupery, el autor de El Principito.
«En la nieve se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, lo único que se desea es dormir. Eso deseaba yo. Pero me decía a mí mismo: Si mi mujer cree que estoy vivo, cree que camino. Mis compañeros creen que camino. Ellos confían en mí. Yo sería un canalla si no camino». (Tierra de hombres).
Recordemos una de las formas en que Jesús se presenta a sí mismo:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6)
“Los del Camino”: así fueron llamados los primeros cristianos, como cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. En tiempos de Jesús, la gente caminaba. La peregrinación de Nazaret a Jerusalén, cuando Jesús se quedó en el templo, era un viaje a pie, de al menos seis días.
"Nadie camina mejor, te juro,
que aquel que aprende sobre su andar"
(Adiós mi Salto. Víctor Lima.)
La gran escuela que tuvieron los Doce junto a Jesús, fue el camino. Caminando con el maestro fueron viendo su manera de actuar y escuchando su enseñanza. Todo eso se grabó en su corazón… el Espíritu Santo les ayudó después a reconocer lo que habían vivido junto a Jesús, a interpretarlo desde la fe y a elegir de nuevo seguir al Señor en el camino, aunque ya no estuviera él en la misma forma, caminando delante de ellos.

Este domingo el evangelio nos presenta cuatro sucesos de camino. Los introduce diciéndonos que Jesús ha emprendido el viaje hacia su pasión y su cruz. No olvidemos ese telón de fondo sobre el que se recortan los cuatro episodios:
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.

El primer suceso es un rechazo:
Entraron en un pueblo de Samaría ... Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.
Los discípulos reaccionan de manera terrible:
¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?
Proponen un castigo de extrema y desproporcionada violencia… piden que esa aldea sea tratada como Sodoma y Gomorra, donde se había violado la muy sagrada ley la de la hospitalidad; pero aquellas ciudades no fueron castigadas por negarse a recibir a los viajeros, sino por pretender abusar de ellos.
Los samaritanos no quieren recibir a Jesús porque Él se dirige a Jerusalén… Parafraseando a la mujer samaritana que, ella sí, terminó escuchando a Jesús, podríamos pensar que ellos le dicen: “¿Cómo tú, que eres judío, que vas a Jerusalén al templo y no adoras a Dios en nuestro monte, nos pides a nosotros, los samaritanos, que te recibamos?”
Jesús no entra aquí en diálogo porque hay que seguir el camino; pero no sigue el impulso violento de sus discípulos y los reprende.

Los otros tres episodios se relacionan con ir o no ir con Jesús por el camino.
"Porque el camino es árido y desalienta..."
(Canción de caminantes. María Elena Walsh)

- Uno quiere seguirlo sin medir lo que significa
¡Te seguiré adonde vayas!
Jesús enfría ese entusiasmo, haciendo ver las exigencias de ir con él:
«el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza»
La iniciativa del llamado la tiene Jesús. Aquí hay algo que a veces nos cuesta entender… la vocación es iniciativa de Dios. Él llama: yo respondo sí o no, ejerciendo mi libertad; pero la “auto vocación” es un autoengaño.

Camino que atrás dejamos nos va siguiendo, siguiendo
Los otros dos, sí, son llamados por Jesús, pero quieren que sea “para después”:
«Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre»
«Permíteme antes despedirme de los míos»
Jesús pide una respuesta inmediata, como la de los primeros discípulos. El les dijo “síganme”
Y ellos, dejado sus redes, lo siguieron. (Marcos 1,18)
Por eso amonesta a los renuentes:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios».
«El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».
Voy, voy, por algo soy caminante.
Guitarra de medianoche. Horacio Guarany
Jesús vivió su misión en la tierra con un sentido de urgencia. Por un lado, porque él mismo sentía que tenía poco tiempo; por otro, pensando en quienes se iban a perder si no recibían el anuncio a tiempo.
La imagen de la cosecha que está ya pronta para ser levantada, evangelio del domingo siguiente, es muy clara:
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lucas 10,2).
Hace años, leyendo ese pasaje del evangelio con un grupo de agricultores, uno me explicó muy claramente de qué se trataba: “Si Ud. tiene una cosecha para levantar, lo tiene que hacer lo más pronto posible; si se pasa, puede llegar a perder todo, porque de repente llueve y ya no puede entrar, o el cultivo se apesta…”

El tiempo de Jesús se acorta; la pasión está cercana; por eso, la urgencia se hace más grande.

A veces nosotros necesitamos ser invadidos por la urgencia de Jesús, para que nuestra vida no se pierda… hay cosas verdaderamente importantes que, sin embargo, postergamos… “todavía no, todavía no…” No podemos jugar con eso: puede que un día nos demos cuenta de que ha llegado el “ya no”: ya no es posible.
Hagamos nuestro “ahora sí”. Respondamos al llamado de Jesús al encuentro con Él, al reencuentro con los hermanos, a la reconciliación con la persona de la que me he alejado; al paso de conversión que vengo postergando, a aquello importante que dejo sepultar por lo aparentemente urgente. “Ahora sí”. Una y otra vez: “un paso… y otro paso… caminar y caminar”.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Bendiciones para el camino a lo largo de esta semana, y hasta la próxima si Dios quiere.


lunes, 24 de junio de 2019

Esas "Diosidencias"... la bandera uruguaya y los japoneses


"¡Qué coincidencia!" decimos tantas veces... pero hay algunas cosas que nos pasan que no caben dentro de la casualidad. Ayer, fiesta de Corpus Christi, en la que con fe y con sentimiento decimos "Dios está aquí", en la Eucaristía, yo recordaba cuántas veces, de tantas formas diferentes, Dios nos muestra que está en nuestros caminos y entonces ya no se trata de "coincidencias" sino de "Diosidencias", cosas de Dios. Esto es lo que me compartió un amigo esta mañana.


El jueves pasado, junto con miles de uruguayos, un amigo y yo llegamos en moto a Porto Alegre, para alentar a la celeste.
Ya ubicados en las tribunas del Arena de Gremio, coloqué delante de mí, en una baranda, una bandera uruguaya que había guardado para estrenar en una ocasión como ésta.
Mirando alrededor, entre los muchísimos compatriotas, noté que cerca de nosotros había una familia japonesa: un matrimonio y dos niños. Primero pensé que podía ser alguna familia brasileña de ese origen, pero enseguida me di cuenta de que estaban allí igual que nosotros: me imaginé que habían venido desde su país, para seguir los juegos de su selección nacional; eso sí, con un viaje un poquito más largo que el nuestro…
En un momento, el hombre se paró para ir a buscar algo para comer. Al pasar frente a nosotros, se apoyó sin querer en la bandera… al notarlo, con mucha delicadeza, se disculpó.
Me impresionó mucho ese gesto: ese respeto, esa educación… honrar los símbolos patrios (en este caso, ajeno a su país).
A medida que fue transcurriendo el partido, pensé: “le voy a pedir permiso a los padres y les voy a regalar a sus hijos esta bandera”.
Al escuchar el pitazo final, me levanté y doblé cuidadosamente nuestra enseña patria… pero cuando miré hacia donde estaban los japoneses… habían desaparecido.
Me quedé con una gran desazón, pensando si tendría que haberme adelantado… pero ya estaba. Con mi amigo organizamos para seguir nuestro viaje hacia la Serra Gaúcha, en este caso a Nova Petrópolis.
Ya en la ruta, y rumbo a la sierra, teníamos pensado parar a comer en Loma Verde, un restaurant de origen alemán, lugar que yo conocía y quería mostrarle a mi amigo. Al parar en un semáforo, ya a 100 km. de Porto Alegre, al lado de una estación de servicio, nos llegó el olorcito a asado de una churrascaria… y no nos pudimos resistir. El restaurant alemán quedaría para otra ocasión.
He aquí que, cuando entramos, y nos acomodamos en una mesa, nos encontramos con la familia japonesa… ¡sentada a nuestro lado! Me acerqué a ellos. El hombre entendía portugués. Los demás, nada. Le expliqué lo que quería hacer. Los niños aceptaron encantados… nos sacamos las fotos y nos fuimos todos con esa alegría que da el encuentro humano, el encuentro que nos hace sentir hermanos más allá de razas, lenguas y fronteras. Alegría de ambos lados, respeto por nuestros símbolos (en este caso, la bandera nacional). El mundo cada día nos demuestra que todo es, al mismo tiempo, ¡tan grande y tan pequeño! y que las buenas intenciones se cruzan en los caminos de la vida.
Álvaro Márquez