miércoles, 15 de enero de 2020

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29-34). II Domingo del Tiempo durante el año.






“Yo no lo conocía…” ¿hasta dónde conocemos realmente a alguien? Aún entre personas que han sido muy cercanas, que han convivido mucho tiempo, hay espacio para las sorpresas. Hay aspectos de la personalidad que son desconocidos hasta para uno mismo, aspectos que se manifiestan cuando se dan situaciones nuevas, sobre todo situaciones que exigen una acción, una respuesta. Es grato poder decir que esa persona que creíamos conocer mostró unas cualidades que no le conocíamos. Como suele decirse, “supo estar a la altura de las circunstancias”: se hizo cargo, actuó, de la mejor manera posible, a pesar de que nadie hubiera esperado que lo hiciera.
“Yo no lo conocía…” 
Eso dice Juan el Bautista a propósito de Jesús.
El evangelio de Lucas nos narra el tierno episodio de la visitación, donde María, que ya está esperando a Jesús, visita a su pariente Isabel, que lleva ya seis meses de embarazo, esperando al futuro bautista.
“Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre”, dice Isabel.
El pequeño Juan, formándose en el útero de su madre, se mueve al percibir la presencia del que se está formando en el seno de María. Muchos artistas representaron a los dos niños, ya nacidos, jugando juntos.

Muchas familias tienen esas historias de primos que comparten muchas cosas siendo niños, pero después se separan, para reencontrarse ya adultos. Se conocen… pero no se conocen. El reencuentro es un redescubrimiento.

Dos veces dice Juan el Bautista “yo no lo conocía”, refiriéndose a Jesús ya adulto, que acaba de ser bautizado por él.
Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo". Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
Juan da testimonio. No es una opinión, no es algo que se imagina: es algo que le ha sido revelado, para que él lo manifieste. Ese testimonio concluye diciendo que Jesús “es el Hijo de Dios” y asegura que Jesús “bautiza en el Espíritu Santo”. Juan muestra así la diferencia entre su bautismo y el de Jesús:
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel.
El bautismo que da Juan es una preparación. El bautismo que dará Jesús es el que ofrecerá vida plena a la humanidad, una vez que Jesús haya resucitado.

Pero no hay resurrección sin sacrificio. Juan comienza su testimonio señalando a Jesús y diciendo:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Esas palabras de Juan el Bautista son repetidas en cada Misa por el sacerdote, al presentar a la asamblea la Hostia consagrada, el Cuerpo de Cristo.
A veces, cuando celebro la Misa para gente que no participa habitualmente, yo me pregunto de qué forma entenderán esas palabras.
Juan el Bautista las pronuncia para mostrar a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, allí presente. Para sus oyentes “Cordero de Dios” es una expresión que tiene un profundo significado. Recuerda de inmediato al cordero que habían comido los israelitas en la noche de la primera Pascua, la noche de su liberación de la esclavitud en Egipto.
Esa noche, cada familia sacrificó un cordero. Recogió su sangre y marcó con ella la puerta de su casa. Comieron luego el cordero asado, consumiéndolo totalmente. Esa cena se siguió haciendo en cada Pascua, para conmemorar la intervención liberadora de Dios.
Igual que el cordero pascual, Jesús sería inmolado.
Antes de eso, en la última cena, ofrecería a sus discípulos, bajo la forma de pan y de vino, su cuerpo y su sangre, separados, para que fueran consumidos.
Cuando en la Misa el sacerdote dice “Este es el cordero de Dios” está manifestando el significado escondido en la primera pascua, la pascua de Israel, revelado plenamente en la Pascua de Jesús, cordero de Dios.

El cordero de Dios hace también referencia al misterioso personaje anunciado por el profeta Isaías, del que habla la primera lectura, al que Dios se dirige diciéndole:
“Tú eres mi servidor”
Y el profeta agregará más adelante:
Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que está muda ante los que la trasquilan, tampoco él abrió la boca. (Isaías 53,7)
El cordero de Dios, el servidor de Dios, Jesús en la cruz… todo habla de sacrificio. Se trata de un sacrificio cruento, sacrificio de una vida.
Un sacrificio es la renuncia a un bien para alcanzar un bien mayor. En el sacrificio de Jesús, la renuncia es a la propia vida, el bien más grande que tiene un ser humano. ¿Cuál es el bien que quiere alcanzar Jesús, entregando su vida?
Esto es lo que dice Dios a su servidor, al final de la lectura de Isaías:
Yo te destino a ser la luz de las naciones,
para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra.
“Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Jesús se sacrifica para redimir, rescatar, liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado y conducirla a la vida plena en Dios: para eso “bautiza en el Espíritu Santo”. Jesús es el Servidor de Dios que viene a traer a los hombres la salvación.

Juan el Bautista presentó a Jesús a los demás. Se le llama “el precursor”. Para poder presentarlo, tuvo que profundizar su conocimiento de él, adentrarse en su misterio… Lo mismo tuvo que hacer san Pablo, que saluda a los Corintios -segunda lectura- hablándoles de “Jesucristo, nuestro Señor”.

Como Juan, como Pablo, en la medida en que hemos encontrado a Jesús y lo hemos ido conociendo, somos también precursores, que pueden presentar a Jesús a los demás.

Amigas y amigos, acerquémonos un poco más al misterio de Jesús. Animémonos a abrir el Evangelio, a acercarnos a la Misa, a buscarlo en nuestra oración… dejemos que Él sea luz en nuestra vida y ayudemos a otros a encontrarlo y conocerlo.

Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

Otro enfoque sobre el mismo tema (ciclo A)

Cordero de Dios (2017)

lunes, 13 de enero de 2020

"Este es el que ama a sus hermanos; el que ora mucho por su pueblo". Primer aniversario del fallecimiento de Mons. Roberto Cáceres.


Homilía de Mons. Heriberto Bodeant en el primer aniversario del fallecimiento de Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo. Catedral de Melo, 13 de enero, a las 20 horas.
“El trece de este mes partiré”.
Me sorprendió la frase. La encontré buscando algunas palabras de Mons. Roberto en el libro que le dedicó nuestra también querida y recordada Nelly Nauar: “Sembró ayer… y seguimos cosechando”.
Pero no se trataba del trece de enero, ni del año 2019. Era setiembre y corría el año 1989. Mons. Roberto se despedía de la Diócesis porque viajaba a Roma, a la visita Ad Limina Apostolorum, el encuentro de los Obispos con el Santo Padre. El Papa era en ese momento san Juan Pablo II, y Mons. Roberto le contaba a los fieles de la diócesis todo lo que pensaba llevarle:
“el cariñoso y filial saludo de todos ustedes, la inquebrantable adhesión a sus enseñanzas y la simpatía que suscita su misión de Mensajero de la Paz. Le diré cuánto rezamos por él (y) le haré presente la inmensa gratitud de todo el pueblo de Cerro Largo y Treinta y Tres por su visita del año pasado (…) Le diré que, poco a poco, con paciencia y humildad, nuestro pueblo quiere vivir la fe en un Dios Padre de todos y que a todos nos quiere ver hermanos. Que anhelamos vivir la fe en su enviado Jesucristo y en el Espíritu con cuyo vigor e inspiración iremos construyendo su Reino de Paz, de Justicia y Amor, en los departamentos hermanos de Cerro Largo y Treinta y Tres, incentivando la Nueva Evangelización (…) guiados de la mano por “la Madre de todos” la Virgen del Pilar”.
Elegí este párrafo porque allí Mons. Roberto muestra lo que llevaba en su corazón, todo aquello por lo que sentía un enorme afecto: el pueblo de Cerro Largo y Treinta Tres; el caminar de la Iglesia en su misión y la respuesta de los que se abren a la fe; el Papa, la Virgen, las tres Personas divinas… Ese era su equipaje, un equipaje que no se pierde en los despachos de valijas, porque lo llevaba y lo sigue llevando en el alma. Es el equipaje que se llevó consigo, sin quitarnos nada, sino dándonos todo; porque se trata de los bienes que se acrecientan, que se multiplican cuando se comparten.

El evangelio que escuchamos hoy, con la llamada de Jesús a los cuatro primeros discípulos, nos pone en un marco vocacional. ¿Cómo entendió y vivió Mons. Roberto su vocación sacerdotal? El 15 de julio de 1995 celebró sus bodas de oro sacerdotales. En las palabras con las que él invitó a toda nuestra diócesis a acompañarlo, trasluce sus sentimientos. Decía así:

“En la oración del atardecer, llamada ‘vísperas’ se ora una y otra vez: ‘este es el que ama a sus hermanos; el que ora mucho por su pueblo’. (…) Esta misión la cumple también [el sacerdote o el obispo] cuando, en nombre de Cristo, preside y administra los sacramentos: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia. Cuando el sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza; cuando preside la Eucaristía, cuando perdona, es Cristo quien lo hace, no el sacerdote. Cumple así el cometido de Jesús, distribuye el Pan de la Palabra de Dios. No son sus opiniones o conclusiones las que comunica cuando enseña desde el ambón o la cátedra, o en la catequesis. [Es lo que Cristo dejó como misión a sus discípulos:] ‘Vayan por todo el mundo y anuncien lo que yo les he enseñado’.
Por último, ocupa, no por arrogancia o por ‘sórdido’ interés, el lugar de Jesús, como servidor y pastor del rebaño, de la comunidad, parroquias o diócesis. Identificado con el Único Buen Pastor de nuestras almas que es Jesús.”

Y concluía Mons. Roberto:
“Estos son algunos rasgos y funciones sacerdotales que Dios, de quien nos viene todo bien, se ha dignado confiarme durante 50 años”.
Y fueron todavía más de 23 años. El año pasado hubiera alcanzado los 74 años en el ministerio sacerdotal, si el Pastor Eterno no lo hubiera llamado a seguir ejerciendo su sacerdocio, pero ahora unido a la liturgia del cielo.

La primera lectura nos habla de Ana, una mujer que no podía tener hijos y que rogó intensamente a Dios poder quedar embarazada. Cuando por fin sucedió y nació el pequeño Samuel, ella lo puso al servicio de Dios en el templo. ¡Cómo no recordar también aquí a Doña Teresa, que supo estar al lado de su hijo, animándolo siempre en su vocación!

No dudemos que Mons. Roberto sigue siendo “el que ama a sus hermanos; el que ora mucho por su pueblo”. Sigue acompañándonos. Sigamos recordándolo con gratitud y dejando que la luz de su mirada siga iluminando nuestra esperanza.

miércoles, 8 de enero de 2020

“Conviene que cumplamos toda justicia” (Mateo 3,13-17). Bautismo del Señor.






“Dar a cada uno lo que le corresponde”.
Así definía la justicia el jurista romano Ulpiano, que vivió entre finales del siglo dos y comienzos del siglo tres de la era cristiana.
La palabra justicia nos evoca la figura del juez, que dicta sentencia haciendo respetar la ley. Ahí entra el “dar a cada uno lo que le corresponde”: la devolución de un bien a su dueño legítimo, el castigo a quien ha trasgredido la ley, la declaración de inocencia de quien había sido acusado injustamente… etc. Todavía, una elevada idea de justicia no olvida que toda persona tiene derecho a que se reconozca su dignidad, incluso aunque haya cometido actos brutalmente indignos. El respeto a esa dignidad humana es el fundamento del artículo 26 de nuestra constitución, que dice que “a nadie se aplicará la pena de muerte” y que las cárceles no deben servir para mortificar sino para reeducar. Hasta hace poco el Catecismo de la Iglesia Católica aceptaba en determinados casos la pena de muerte, aunque recomendaba no aplicarla nunca. Recientemente el Papa Francisco cambió la redacción de ese artículo, afirmando que
“la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona”.
Medios de detención más eficaces garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos sin quitarle al reo la posibilidad de redimirse definitivamente. Cabe también a quien ha delinquido tener esa última posibilidad.

Con respecto a Dios, también tendemos a pensar en Él como juez. Cuando alguien burla la justicia humana, esperamos que no escape de la justicia divina. Jesús anuncia el juicio de Dios; pero los criterios de ese Juez no son los mismos que los de la justicia humana. Más aún, la justicia de Dios es mucho más grande que el juicio. Vamos a asomarnos a ver de qué se trata.

Este domingo la Iglesia celebra el Bautismo de Jesús. El evangelio está tomado del capítulo 3 de san Mateo y, atención al detalle: recién aquí -capítulo 3- encontramos las primeras palabras que el evangelista pone en boca de Jesús.
«Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos toda justicia»
¿Con quién está hablando Jesús? ¿De qué está hablando?
Jesús está dialogando con Juan el Bautista, precisamente a propósito del bautismo que Jesús quiere recibir.
Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él.
El bautista no comprendía ese pedido:
Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!»
Y ahí vienen las palabras de Jesús, que quiere cumplir “toda justicia” o “todo lo que es justo”, como dicen otras traducciones.
Llama la atención que Jesús hable de cumplir “lo que es justo” o de cumplir “toda justicia” en relación con su bautismo. Eso nos hace pensar que Jesús está hablando de justicia en otro sentido.
Así es… no es la justicia humana (que sigue siendo necesaria en nuestra vida). Es la justicia divina, la justicia de Dios, en su sentido más amplio.
Si esas son las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Mateo, tenemos que ver en ellas un programa, el programa de Jesús: llevar a su cumplimiento toda justicia.
Veamos como Jesús sigue refiriéndose a esto en el Evangelio de Mateo… por ejemplo:
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. (Mateo 5,6)
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (Mateo 5,10)
Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. (Mateo 6:33)

La finalidad de la justicia de Dios no es la condena sino la salvación del hombre. Quienes creemos en Dios estamos llamados a buscar “el Reino de Dios y su justicia” por encima de todo. Estamos llamados a vivir y a dar testimonio de su justicia.
En nuestra relación con Dios, la justicia va de la mano de la santidad.
En la relación con los demás, la justicia de Dios se vive en el amor al prójimo, con una especial atención a los débiles, indefensos y maltratados, aquellos que claman:
Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa contra gente sin piedad,
sálvame del hombre traidor y malvado. (Salmo 42,1)

La primera lectura, del profeta Isaías, nos presenta uno de los cánticos del servidor sufriente, misterioso personaje con quien Jesús se identificará después. A este servidor, Dios le dice:
Yo, el Señor, te llamé en la justicia
Y agrega algunas de las obras en las que se manifestará la justicia de Dios por la acción de su servidor:
abrir los ojos de los ciegos,
hacer salir de la prisión a los cautivos.

Todo esto es el programa de Jesús, a partir de sus primeras palabras. Pero Jesús no dice “es necesario que yo cumpla lo que es justo” sino “es necesario que cumplamos lo que es justo”.
Sus palabras involucran al Bautista; Jesús necesita su colaboración. Pero también nos involucran a todos los que hemos sido bautizados.
Frente a eso, podemos sentirnos superados, desbordados. Ser hombres y mujeres justos, santos, viviendo en la justicia de Dios… ¿podemos llegar realmente a eso? pero Jesús tampoco dice “es necesario que ustedes cumplan lo que es justo”, sino que utiliza el nosotros: que cumplamos. Él también se involucra. Es en unidad con Él que podemos realizar su programa, para que se puedan aplicar a nosotros las palabras de Pedro en la segunda lectura:
“en cualquier nación, todo el que teme a Dios y practica la justicia es agradable a Él”

En la vida de Jesús, en su entrega cotidiana, en su cumplimiento de toda justicia, se refleja lo que queda establecido después de su bautismo:
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».

Amigas y amigos: esas palabras del Padre Dios son también para cada uno de nosotros: “tú eres mi hijo, tú eres mi hija”. Caminemos buscando vivir cada día más en la justicia de Dios.
Gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

lunes, 6 de enero de 2020

Epifanía del Señor (fiesta de "Reyes")




Reflexión publicada el año pasado, en que la Epifanía coincidió con el domingo.

En mi casa, cuando yo era niño, había dos regalos que esperábamos en esta época del año. El primero era el que traía Papá Noel, en la noche de Navidad. Para esperar ese regalo todos en casa poníamos una media y, a la mañana siguiente, encontrábamos dentro de ella un regalito. Algo pequeño, pero simpático. Después esperábamos el día de Reyes. En la noche del 5 de enero poníamos los zapatos, dejábamos afuera un montón de pasto y agua para los camellos y esperábamos a los Reyes Magos. Esa noche casi no dormíamos y nos levantábamos más temprano que nunca. Aunque a veces hacíamos una cartita con pedidos, siempre llegaba una sorpresa. Una sorpresa linda. Los Reyes nos conocían bien… por algo eran Magos.

Este año el 6 de enero llega en domingo. Este día la Iglesia celebra la fiesta de la Epifanía. Esa palabra no parece tener mucho que ver con reyes ni magos y, efectivamente, tiene otro significado. Epifanía quiere decir “manifestación” y se refiere a la manifestación de Jesús como el Hijo de Dios, el Salvador esperado por su pueblo, que viene a ofrecer el amor de Dios a toda la humanidad. Veamos como empieza esto:
Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.»
Unos magos: el evangelio no dice reyes; pero el profeta Isaías había anunciado:
Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora.
Estos magos que han visto la estrella caminan hacia la luz como los reyes de los que hablaba Isaías. Por eso decimos “reyes magos”.

“Mago” puede querer decir muchas cosas… lo que sabemos de estos hombres es que conocían algunas profecías y estaban atentos a señales del cielo: “vimos su estrella”.
Una antigua profecía sobre la estrella aparece en el libro de los Números, y es del vidente Balaam. Balaam anuncia, en un futuro lejano, el nacimiento de un rey de los judíos, nacimiento que estará marcado por la aparición de una estrella. Dice el vidente:
Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. (Números 24,17)
Los Magos preguntan por “el rey de los judíos”, pero dicen que han venido a adorarlo. No se trata, entonces, de un rey más de este mundo, sino de un rey de origen divino. A un rey se le presenta respeto, obediencia, sumisión… pero sólo Dios merece ser adorado. La adoración es un acto profundamente religioso. Es el reconocimiento de Dios como creador y salvador, como Señor y dueño de todo lo que existe, como amor infinito y misericordioso (cf. Catecismo IC 2096). Claramente se lo dijo Jesús a Satán, citando la Palabra de Dios:
“Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto” (Deuteronomio (6,13 - Lucas 4,8).
Pero la pregunta de los Magos llega hasta el palacio y provoca una conmoción:
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito…»
El rey Herodes pide a los Magos que vayan a Belén y luego le informen… pero esto es lo que sucederá:
Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra.
Los tres regalos nos sugieren que los Magos eran tres… la tradición agregará los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, que no aparecen en el relato del evangelio.
El oro, metal precioso por excelencia, que mantiene siempre su brillo, es símbolo de lo duradero. Con él se hacen las coronas de los reyes. Al presentarle el oro, los Magos están reconociendo a Jesús como rey, tal como expresaron al preguntar: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”
El incienso se quema para que su perfumado humo suba hasta la divinidad. Es otra expresión de adoración, reconocimiento de Jesús como Dios.
La mirra… es talco. Talco para un bebé o para preparar un cuerpo para la sepultura. Es el presente más humilde, pero significa el reconocimiento de la humanidad de Jesús.

Los Magos han encontrado al que buscaban. Seguramente, no fue como ellos esperaban… Habían ido a la capital, y fueron enviados a una pequeña aldea. Fueron al palacio a hablar con el Rey y la estrella los llevó a la casita de una familia de vida sencilla. Creyeron. Adoraron. Y luego…
Como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.
Luego de su peregrinación a Belén, los Magos parten por otro camino. No sólo por la advertencia recibida, sino porque desde el momento mismo en que encontraron al Niño, comenzó para ellos otro viaje, una peregrinación interior, espiritual. Hace años, meditando sobre este encuentro de los Magos con Jesús, el Papa Benedicto XVI decía que los Magos habían venido a ponerse al servicio de este rey. Trayéndole sus dones y haciendo su gesto de adoración, expresaban su voluntad de servirlo en el camino del bien y la justicia.

Los reyes magos venían bien orientados, pero debían aprender que servir al bien y a la justicia no se puede hacer simplemente dando órdenes desde lo alto de un trono. Decía el hoy Papa emérito:
(Los Magos) aprenden que deben entregarse a sí mismos:  un don menor que éste es poco para este Rey.
(…) Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo contribuir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse. Al salir de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.
Por allí estamos invitados a caminar nosotros, también. Para eso, aprendamos de estos hombres, aprendamos de su búsqueda de Dios, de su búsqueda del bien. Busquemos a Jesús, que ha venido para todos, porque todos lo necesitamos.

Amigas y amigos: gracias por llegar hasta aquí en su lectura. Que la estrella de Belén guíe siempre y en todo lugar nuestra vida en los pasos de Jesús. Hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 3 de enero de 2020

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1,1-18). II Domingo del tiempo de Navidad.






Hay quienes se preguntan si de verdad existió, o si fue solo una leyenda: ¿Quién fue, realmente, Jesucristo?

Fuera de los evangelios y de las cartas de san Pablo, poco se dice de Jesús de Nazaret.
Escribe Flavio Josefo, historiador Judeo Romano:
... apareció Jesús, un hombre sabio, si es que es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para los hombres que reciben la verdad con gozo, y atrajo hacia Él a muchos judíos y gentiles. Era el Cristo.
El historiador romano Tácito:
Cristo sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio a manos de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato.

¿Quién es Jesucristo? Al profesar nuestra fe, los creyentes decimos:
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios.
¿Cómo llegamos a creer y afirmar esto?

Un punto de partida para entender quién es Jesús es la promesa y la espera de un salvador.
El Pueblo de Israel recibió de Dios esa promesa, que se fue plasmando a lo largo de siglos en los 46 libros que componen lo que solemos llamar “Antiguo Testamento”, mejor llamado libro de la Primera Alianza, primera parte de la Biblia. Estos escritos hablan del Mesías, del Servidor sufriente de Dios y del Hijo del hombre.

Mesías, palabra hebrea, significa “ungido”, que en griego se traduce “Cristo”. Se ungía con aceite a los hombres elegidos por Dios para una misión, como los reyes y los sacerdotes. Los profetas eran considerados ungidos directamente por el Espíritu Santo.

El profeta Isaías dedica varios pasajes a hablar del “servidor sufriente de Yahveh”, el servidor de Dios, que, a través de su propio sufrimiento, salvaría a los hombres.

Con lenguaje “apocalíptico” el libro de Daniel presenta la figura de un misterioso “Hijo del hombre” que vendrá desde el Cielo para juzgar a la humanidad y establecer su Reino.
De esas tres formas se anuncia el salvador que Dios enviaría a su tiempo.

En época de Jesús, la gente estaba con esa expectativa. Se anhelaba profundamente la llegada del Salvador. No faltaban quienes se autoproclamaban Mesías y eran seguidos por algunos discípulos, hasta que se ponía en evidencia que ninguno de ellos era el enviado.

Cuando hoy leemos el Evangelio desde la fe, tenemos como telón de fondo la muerte y resurrección de Cristo; lo vemos como Señor, Hijo de Dios …
Tratemos por un momento de ponernos en la piel de la gente del tiempo de Jesús. Había grupos con distintas esperanzas respecto al Mesías: fariseos, saduceos, zelotes, esenios… por otro lado, estaba la gente sencilla del pueblo, llevando muchas veces una existencia dolorosa, con sus enfermedades, sus pesares, su marginación. Es esa multitud que pronto sigue a Jesús, que se compadece de ellos “porque andan como ovejas sin pastor”: perdidas, hambrientas, sedientas, dolientes…
Para todos, Jesús aparece como hombre, no como Dios. Sus palabras y sus obras despiertan la pregunta ¿será el Mesías?

Tras la muerte y resurrección de Jesús, los discípulos van a comenzar a comprender en profundidad quién es aquel que ha sido su Maestro: es el Hijo de Dios.
En las primeras generaciones cristianas hubo diferentes maneras de entender esa afirmación.
Algunos, los adopcionistas, consideraron que Jesús fue un hombre como todos, adoptado por Dios para que en él actúe la fuerza divina y realice la salvación.
Otros, al revés, los docetistas subrayaron su aspecto divino: Jesús era Dios con aspecto humano, como disfrazado de hombre. Su sufrimiento en la cruz habría sido solo apariencia.

¿Qué dicen los evangelios? Las comunidades creyentes en las que nació cada uno de los evangelios fue recibiendo la revelación sobre la identidad de Jesús y fue comprendiendo progresivamente quién es Él.

Marcos, el evangelio más antiguo, subraya fuertemente la humanidad de Jesús y no nos relata nada sobre su origen divino, aunque en el primer versículo dice:
Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
Sin embargo, es impresionante escuchar, nada menos que en el momento de su muerte, la profesión de fe del centurión romano que exclama
“¡verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!
En los evangelios de Mateo y Lucas vemos un mayor equilibrio entre humanidad y divinidad, a través de numerosos detalles.

Este domingo leemos de nuevo el prólogo del evangelio según san Juan. Allí tenemos la afirmación más clara y fuerte de la divinidad y, a la vez, de la humanidad de Jesús.
Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.

“La Palabra era Dios”. Esa Palabra es el Hijo de Dios, que existe desde la eternidad, junto al Padre Dios y al Espíritu Santo. Es, pues, una persona divina, una persona espiritual. Ahí no se habla todavía de ningún rasgo humano. Unos versículos más abajo, Juan dice:
La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Esa Palabra eterna del Padre, ese Hijo de Dios que existía desde la eternidad, “se hizo carne”. Se “encarnó”, decimos nosotros. Es el misterio de la “encarnación” del Hijo de Dios. En Paraguay hay una ciudad que tiene ese bonito nombre: “Encarnación”, en recuerdo de ese aspecto fundamental de la fe cristiana.

Ahora bien… ¿por qué “carne”? ¿por qué no decir más simplemente “se hizo hombre”? En el lenguaje bíblico, “carne” es una palabra que designa al ser humano, todo el ser humano (no solo su cuerpo) marcando sobre todo su debilidad, su fragilidad, como dice el salmo:
…carne, un soplo que se va y no vuelve más. (Salmo 78,39)

Al decir que “la Palabra se hizo carne”, el evangelista nos está señalando que Jesús asumió nuestra humanidad, lo que incluye el hecho de ser mortal. Haciéndose hombre, el Dios inmortal, el Dios eterno, se hace mortal. Es tal vez por eso que somos especialmente sensibles a las representaciones de Jesús crucificado. Aunque creemos en el Resucitado, la cruz nos recuerda hasta dónde llegó el amor de Cristo al hacerse uno de nosotros.

No puedo terminar sin llamar la atención sobre el versículo siguiente:
Habitó entre nosotros.
Algunos lo traducen como “acampó entre nosotros”, “puso su tienda entre nosotros”. En aquel pueblo de pastores, que vivió durante siglos armando y desarmando sus carpas, la presencia de un Dios que “acampa” en medio de su Pueblo, que se hace vecino, que comparte la precariedad de la existencia, anticipa la plenitud del amor que se dará en su entrega en la cruz.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.   

lunes, 30 de diciembre de 2019

La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica. Mensaje del Papa Francisco.

 
MENSAJE DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
53 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2020

LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA:
DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA

1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas

La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[1].  En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables.
Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.
Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.
Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.
Es paradójico, como señalé durante el reciente viaje a Japón, que «nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana»[2].
Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido, incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria.
Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creación, en lugar de protegerse los unos a los otros[3]. Entonces, ¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?
Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.

2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad

Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno»[4].
Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras.
La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.
Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios. En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y política. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades.
El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»[5], un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.
Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua de la verdad[6]. Es una construcción social y una tarea en progreso, en la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional y mundial.
Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia de la educación para la vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo»[7].
Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad creativa.
En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliación (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas.

3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna

La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.
Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.
Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo. Como escribió hace diez años Benedicto XVI en la Carta encíclica Caritas in veritate: «La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión» (n. 39).

4. La paz, camino de conversión ecológica

«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar»[8].
Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.
El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.
Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor.
De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa común, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien común de toda la familia humana.
Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea»[9].

5. Se alcanza tanto cuanto se espera[10]

El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.
En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.
El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.
Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por el sacramento de la Reconciliación, que el Señor nos dejó para la remisión de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como hacia la creación.
La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y la paz.
Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.
Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la reconciliación, paso a paso.
Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.

Vaticano, 8 de diciembre de 2019
Francisco
 
[1] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 1.
[2] Discurso sobre las armas nucleares, Nagasaki, Parque del epicentro de la bomba atómica, 24 noviembre 2019.
[3] Cf. Homilía en Lampedusa, 8 julio 2013.
[4] Encuentro por la paz, Hiroshima, Memorial de la Paz, 24 noviembre 2019.
[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78.
[6] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los dirigentes de las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 enero 2006.
[7] Carta. ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 24.
[8] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 200.
[9] Ibíd., 217.
[10] Cf. S. Juan de la Cruz, Noche Oscura, II, 21, 8.

jueves, 26 de diciembre de 2019

“Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto”. (Mateo 2,13-15.19-23) La Sagrada Familia.






A comienzos de diciembre llamó la atención un gran pesebre armado al aire libre por una Iglesia Metodista cerca de Los Ángeles, California. En él había solo tres figuras: Jesús, María y José, ubicados en jaulas separadas. Se quiso así, alertar sobre la situación que viven desde hace años, familias migrantes que llegan a los Estados Unidos sin visa. Las autoridades migratorias detienen a esas familias y separan a los menores de los adultos, con todas las consecuencias que ello tiene.
La agencia de las Naciones Unidas para los refugiados, ACNUR, nos dice que en el mundo hay más de setenta millones de personas que se han visto forzadas a desplazarse, por distintas causas. No son emigrantes que toman la decisión de buscar un destino mejor, sino gente que no quiere abandonar su lugar, pero que no puede seguir viviendo allí. ACNUR señala que cada día 37.000 personas se ven obligadas a huir de sus hogares por causa de conflictos y persecución.

En este primer domingo después de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia: es decir, Jesús, María y José.
Este año leemos el relato del evangelista Mateo que nos presenta a los tres huyendo de la persecución, marchando como refugiados a una tierra extraña, donde vivirán su exilio.
Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»
José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: desde Egipto llamé a mi hijo.
Nuevamente José recibe en sueños las instrucciones de Dios. Al levantarse, inmediatamente realiza lo que se le ha indicado. José es hombre de pocas palabras. El evangelio no nos trae ninguna palabra pronunciada por él. Lo que vemos son sus acciones, su resolución, su prontitud. Hombre de trabajo y acción.

¿De qué peligro escapa el niño Jesús?
El rey Herodes había pedido a los Magos que le informaran acerca del lugar donde se encontraba el niño. Los Magos, después de adorar al recién nacido, advertidos por los ángeles, regresaron a su tierra por otro camino.
Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen.
Esta es “la matanza de los inocentes”, recordada cada 28 de diciembre. Todavía hacemos chistes del “Día de los inocentes”, pero lo que nos cuenta el evangelio no es broma. Nos llama a pensar en todas las vidas humanas que se cortan en la niñez, o aún antes de nacer, por las más diversas causas: epidemias, guerras, violencia familiar, aborto…
Como ya veremos, Mateo ha organizado su relato de esta parte de la infancia de Jesús para poner al Mesías en paralelo con la figura de Moisés. Moisés fue el salvador que Dios envió a su pueblo en la primera alianza.
Leemos el final del evangelio de hoy:
Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»
José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel.
¿Por qué se va Egipto esta familia? ¿Era necesario tomar tanta distancia para poner el niño a salvo? Para explicarlo, Mateo cita al profeta Oseas:
Desde Egipto llamé a mi hijo (Oseas 11,1)
Esta simple cita nos remite a grandes momentos de la historia de la salvación, narrados al final del libro del Génesis y en el libro del Éxodo.
Allí se cuenta que la familia de Jacob, también llamado Israel, se estableció en Egipto, huyendo de la hambruna que se había instalado en su tierra (otra vez, una historia de refugiados).
Pasaron los años y los israelitas se multiplicaron. Los egipcios comenzaron a inquietarse por esa presencia de inmigrantes y sus descendientes que se incrementaba día a día (tal como sucede hoy en muchos países).
El faraón, rey de Egipto decidió esclavizar a esa abundante mano de obra para trabajar en sus grandes construcciones. Implementó, además, una política genocida: matar a los niños hebreos. Así comenzó la historia de Moisés, rescatado de ese plan de exterminio y criado en la corte del faraón.

Vemos los paralelos: la familia de Jacob va a Egipto. Así también la sagrada familia.
  • Moisés escapa de las manos asesinas. Jesús escapa de la espada de los esbirros de Herodes.
  • Moisés liberará al Pueblo de Dios de la esclavitud en Egipto y lo conducirá a la Tierra Prometida.
  • Jesús liberará al pueblo de la esclavitud del pecado y lo conducirá a la Casa del Padre.
  • Con Moisés se establecerá la primera alianza entre Dios y su pueblo.
  • En Jesús y por su sangre derramada, Dios sellará una nueva y eterna alianza con un pueblo formado de entre todas las naciones de la tierra.
El paralelo entre Jesús y Moisés será uno de los ejes sobre los que Mateo construirá su evangelio.

El viaje de ida y vuelta de Jesús a Egipto lo hace repetir el itinerario del Pueblo de Dios: migración a Egipto y regreso a la tierra prometida. Las palabras del profeta Oseas, “desde Egipto llamé a mi hijo” se aplican tanto al Pueblo de Dios como al Hijo de Dios.

La anunciación a María y la anunciación a José nos han mostrado a Dios entrando en la vida de dos buenas personas, cambiando sus planes, sus proyectos de vida. Pero no se trata solamente de sus vidas. Se trata de la salvación de toda la humanidad, del proyecto de Dios. María y José, asintiendo, aceptando libremente la voluntad de Dios, entran en ese Plan del Creador.

“Yo soy la servidora del Señor”, dice María. José se pone inmediatamente a la obra cuando ve con claridad la voluntad de Dios. Jesús dirá después “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

A veces pensamos que la voluntad de Dios es algo que se nos impone y que simplemente tenemos que aceptar, con resignación.
Vemos la voluntad de Dios como una decisión puntual del Señor sobre nuestra vida: una enfermedad, un fallecimiento o también un suceso afortunado.
La voluntad de Dios no es aleatoria, no es caprichosa. No es un azar donde hoy te puede tocar pan y mañana te puede tocar cebolla. Hay que mirar más allá de las apariencias y descubrir que, al igual que los miembros de la sagrada familia, estamos llamados a colaborar en un gran proyecto de salvación, aunque el papel que nos toque no sea tan relevante.
Los acontecimientos de nuestra vida son ocasiones para que prestemos esa colaboración.
En cada acontecimiento estamos llamados a poner nuestra mirada de fe y las actitudes que vamos aprendiendo en el seguimiento de Jesús. La presencia del refugiado, del migrante, son acontecimientos de ese tipo, donde tenemos que encontrar los recursos del amor y la misericordia.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga abundantemente en este tiempo de Navidad y que empiecen con felicidad el nuevo año 2020. Hasta la próxima semana si Dios quiere.