miércoles, 13 de febrero de 2019

Bienaventurados (Lucas 6,12-13.17.20-26). VI Domingo del Tiempo Ordinario.







Macario es un nombre poco común… ¿y el femenino, Macaria? aún menos... ¿pero si digo “Macarena”? Ahí ya encontramos un nombre más conocido.
¿A qué viene todo esto o, mejor dicho, de dónde viene?
Makario es la palabra griega que se traduce como “bienaventurado” o también como “dichoso”, “feliz”. Macarena, referido a una advocación mariana muy fuerte en Andalucía, significa "Bienaventurada".

Los Evangelios de Mateo y de Lucas nos presentan dos versiones de un discurso de Jesús conocido como las bienaventuranzas, porque “bienaventurados”, makaroi en griego, es la primera palabra de cada frase. Según Mateo, Jesús habla desde una elevación (por eso se dice “sermón del monte”, mientras Lucas ubica el discurso en una llanura. La versión de Mateo es más larga: ocho bienaventuranzas, mientras Lucas presenta solo 4, aunque les contrapone en paralelo 4 lamentaciones (“¡Ay de ustedes los que…”!). No son “maldiciones”, pero sí fuertes advertencias sobre aquello en lo que no hay que caer. En Mateo, Jesús habla a la multitud y lo hace en tercera persona: “bienaventurados los que…”. En Lucas, Jesús, con la multitud delante, dirige sus palabras a sus discípulos: “bienaventurados ustedes, que…”

Leamos las palabras de Jesús en el evangelio de Lucas:
«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»
El domingo pasado decíamos que cada persona que viene a este mundo tiene una vocación, que cada vida tiene un propósito y que encontrarlo y realizarlo nos da una felicidad profunda. Profunda, porque no nos la arrebatan las contradicciones ni las adversidades.
Hoy escuchamos a Jesús hablar de bienaventurados, felices… el anhelo de felicidad está en el corazón de cada persona. Todos deseamos ser dichosos y eso es lo que, de una manera o de otra, estamos buscando cada día de nuestra vida. Pero ¿qué es lo que buscamos, exactamente? ¿Cómo definir esa felicidad? Lo que sentimos es que se trata de algo que nos falta, algo que todavía no poseemos, algo que no hemos alcanzado plenamente, aunque vivamos momentos felices que lo anticipan y nos lo hacen gustar.

¿Cuál es el mensaje de las bienaventuranzas? ¿Qué eco provocan en nosotros? Sin duda, tienen algo de desconcertante, de paradójico, con sus fuertes contrastes, a contrapelo de los mensajes que podemos escuchar desde otra mentalidad o desde tantos anuncios publicitarios… los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos… ¡felices! ¿No son acaso felices los que tienen bienes en abundancia, los que están satisfechos, los que ríen, los que son reconocidos y elogiados por todos? Y sin embargo, a ellos Jesús les dice “¡Ay de ustedes…!”

Sin embargo, las bienaventuranzas encierran una promesa, una respuesta al anhelo que está en el fondo de nuestro ser. Si los contrastes nos desconciertan, la promesa nos atrae y nos abre la esperanza de encontrar un día la felicidad auténtica. Las bienaventuranzas son el gran llamado a la felicidad en el seguimiento de Jesús. Mateo coloca a Jesús en la altura para que ese escenario evoque a Moisés, bajando del monte Sinaí con las tablas de la Ley, los diez mandamientos.
A continuación de las bienaventuranzas, Mateo continúa el discurso de Jesús explicando los mandamientos: no se trata de abolirlos, sino de llevarlos a su plenitud, de cumplirlos en profundidad. Las bienaventuranzas, precisamente, ayudan a quien quiere seguir a Jesús y vivir la ley de Dios según su enseñanza.

Para entender las bienaventuranzas, nos ayuda el Papa Francisco, en su reciente visita a Abu Dabi:
Miremos cómo vivió Jesús: pobre de cosas y rico de amor, devolvió la salud a muchas vidas, pero no se ahorró la suya. Vino para servir y no para ser servido; nos enseñó que no es grande quien tiene, sino quien da. Fue justo y dócil, no opuso resistencia y se dejó condenar injustamente. De este modo, Jesús trajo al mundo el amor de Dios. Solo así derrotó a la muerte, al pecado, al miedo y a la misma mundanidad, solo con la fuerza del amor divino. 
¿Por qué son dichosos los discípulos de Jesús, a quiénes Él dirige sus palabras? Detengámonos en las promesas: la primera es el Reino de Dios, la entrada en la vida misma de Dios. A sus discípulos, Jesús les dice que el Reino ya les pertenece y que ellos pertenecen al Reino desde ahora. “Serán saciados…” ¿Saciados por quién? Esa voz pasiva, serán saciados, esconde la acción de Dios. La justicia de Dios hará que sean saciados, que encuentren la verdadera alegría, que reciban la recompensa de todos los justos que los precedieron y que sufrieron también persecución por causa del Reino de Dios.

Las bienaventuranzas hablan de una justicia de Dios, que enaltece al que ha sido humillado injustamente, al que ha sido despreciado y descartado y, por otra parte, humilla a quienes se confiaron en su poder y en sus riquezas, se olvidaron del prójimo y no pusieron su confianza en Dios. En la primera lectura, el profeta Jeremías proclama:
¡Maldito el hombre que confía en el hombre
mientras su corazón se aparta del Señor!
Y en cambio, declara:
¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!
Amigas, amigos… no desconfiemos del amor de Dios. Pongamos nuestra confianza en Él y en sus promesas. Acerquémonos a Jesús de corazón. Él llama a todos a estar con Él, a seguirlo en el camino de nuestra vida. Contemplemos a María, su Madre, la bienaventurada, la Macarena. Leamos con ella las bienaventuranzas: contemplémosla en su humildad, en su pobreza, en su llanto… contemplémosla en el Reino, compartiendo la vida de su Hijo, intercediendo por nosotros. Con ella, sigamos el camino de Jesús.

Gracias por su lectura. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 8 de febrero de 2019

«Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8) Mensaje del Papa Francisco para la XXVII Jornada Mundial del Enfermo.

Iglesia del Colegio San Francisco Javier, en Calcuta, India,
donde se hará la celebración central de la Jornada.
 MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA XXVII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO 2019
«Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8) 

Queridos hermanos y hermanas:

«Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8). Estas son las palabras pronunciadas por Jesús cuando envió a los apóstoles a difundir el Evangelio, para que su Reino se propagase a través de gestos de amor gratuito.

Con ocasión de la XXVII Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará solemnemente en Calcuta, India, el 11 de febrero de 2019, la Iglesia, como Madre de todos sus hijos, sobre todo los enfermos, recuerda que los gestos gratuitos de donación, como los del Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización. El cuidado de los enfermos requiere profesionalidad y ternura, expresiones de gratuidad, inmediatas y sencillas como la caricia, a través de las cuales se consigue que la otra persona se sienta “querida”.

La vida es un don de Dios —y como advierte san Pablo—: «¿Tienes algo que no hayas recibido?» (1 Co 4,7). Precisamente porque es un don, la existencia no se puede considerar una mera posesión o una propiedad privada, sobre todo ante las conquistas de la medicina y de la biotecnología, que podrían llevar al hombre a ceder a la tentación de la manipulación del “árbol de la vida” (cf. Gn3,24).

Frente a la cultura del descarte y de la indiferencia, deseo afirmar que el don se sitúa como el paradigma capaz de desafiar el individualismo y la contemporánea fragmentación social, para impulsar nuevos vínculos y diversas formas de cooperación humana entre pueblos y culturas. El diálogo, que es una premisa para el don, abre espacios de relación para el crecimiento y el desarrollo humano, capaces de romper los rígidos esquemas del ejercicio del poder en la sociedad. 

La acción de donar no se identifica con la de regalar, porque se define solo como un darse a sí mismo, no se puede reducir a una simple transferencia de una propiedad o de un objeto. Se diferencia de la acción de regalar precisamente porque contiene el don de sí y supone el deseo de establecer un vínculo. El don es ante todo reconocimiento recíproco, que es el carácter indispensable del vínculo social. En el don se refleja el amor de Dios, que culmina en la encarnación del Hijo, Jesús, y en la efusión del Espíritu Santo.

Cada hombre es pobre, necesitado e indigente. Cuando nacemos, necesitamos para vivir los cuidados de nuestros padres, y así en cada fase y etapa de la vida, nunca podremos liberarnos completamente de la necesidad y de la ayuda de los demás, nunca podremos arrancarnos del límite de la impotencia ante alguien o algo. También esta es una condición que caracteriza nuestro ser “criaturas”. El justo reconocimiento de esta verdad nos invita a permanecer humildes y a practicar con decisión la solidaridad, en cuanto virtud indispensable de la existencia.

Esta conciencia nos impulsa a actuar con responsabilidad y a responsabilizar a otros, en vista de un bien que es indisolublemente personal y común. Solo cuando el hombre se concibe a sí mismo, no como un mundo aparte, sino como alguien que, por naturaleza, está ligado a todos los demás, a los que originariamente siente como “hermanos”, es posible una praxis social solidaria orientada al bien común. No hemos de temer reconocernos como necesitados e incapaces de procurarnos todo lo que nos hace falta, porque solos y con nuestras fuerzas no podemos superar todos los límites. No temamos reconocer esto, porque Dios mismo, en Jesús, se ha inclinado (cf. Flp 2,8) y se inclina sobre nosotros y sobre nuestra pobreza para ayudarnos y regalarnos aquellos bienes que por nosotros mismos nunca podríamos tener.

En esta circunstancia de la solemne celebración en la India, quiero recordar con alegría y admiración la figura de la santa Madre Teresa de Calcuta, un modelo de caridad que hizo visible el amor de Dios por los pobres y los enfermos. Como dije con motivo de su canonización, «Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. […] Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes […] de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la “sal” que daba sabor a cada obra suya, y la “luz” que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento. Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres» (Homilía, 4 septiembre 2016).

Santa Madre Teresa nos ayuda a comprender que el único criterio de acción debe ser el amor gratuito a todos, sin distinción de lengua, cultura, etnia o religión. Su ejemplo sigue guiándonos para que abramos horizontes de alegría y de esperanza a la humanidad necesitada de comprensión y de ternura, sobre todo a quienes sufren.

La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano. 

Agradezco y animo a todas las asociaciones de voluntariado que se ocupan del transporte y de la asistencia de los pacientes, aquellas que proveen las donaciones de sangre, de tejidos y de órganos. Un ámbito especial en el que vuestra presencia manifiesta la atención de la Iglesia es el de la tutela de los derechos de los enfermos, sobre todo de quienes padecen enfermedades que requieren cuidados especiales, sin olvidar el campo de la sensibilización social y la prevención. Vuestros servicios de voluntariado en las estructuras sanitarias y a domicilio, que van desde la asistencia sanitaria hasta el apoyo espiritual, son muy importantes. De ellos se benefician muchas personas enfermas, solas, ancianas, con fragilidades psíquicas y de movilidad. Os exhorto a seguir siendo un signo de la presencia de la Iglesia en el mundo secularizado. El voluntario es un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones; a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en un sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza, y mejor dispuesto para aceptar las terapias. El voluntariado comunica valores, comportamientos y estilos de vida que tienen en su centro el fermento de la donación. Así es como se realiza también la humanización de los cuidados.

La dimensión de la gratuidad debería animar, sobre todo, las estructuras sanitarias católicas, porque es la lógica del Evangelio la que cualifica su labor, tanto en las zonas más avanzadas como en las más desfavorecidas del mundo. Las estructuras católicas están llamadas a expresar el sentido del don, de la gratuidad y de la solidaridad, en respuesta a la lógica del beneficio a toda costa, del dar para recibir, de la explotación que no mira a las personas.
Os exhorto a todos, en los diversos ámbitos, a que promováis la cultura de la gratuidad y del don, indispensable para superar la cultura del beneficio y del descarte. Las instituciones de salud católicas no deberían caer en la trampa de anteponer los intereses de empresa, sino más bien en proteger el cuidado de la persona en lugar del beneficio. Sabemos que la salud es relacional, depende de la interacción con los demás y necesita confianza, amistad y solidaridad, es un bien que se puede disfrutar “plenamente” solo si se comparte. La alegría del don gratuito es el indicador de la salud del cristiano.

Os encomiendo a todos a María, Salus infirmorum. Que ella nos ayude a compartir los dones recibidos con espíritu de diálogo y de acogida recíproca, a vivir como hermanos y hermanas atentos a las necesidades de los demás, a saber dar con un corazón generoso, a aprender la alegría del servicio desinteresado. Con afecto aseguro a todos mi cercanía en la oración y os envío de corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 25 de noviembre de 2018
Solemnidad de N. S. Jesucristo Rey del Universo

Francisco

miércoles, 6 de febrero de 2019

«¡Aquí estoy: envíame!» (Isaías 6,1-2a.3-8; 1 Corintios 15,1-11; Lucas 5,1-11). V Domingo del Tiempo Ordinario.







Tal vez se me esté escapando algo, pero creo que hoy se habla menos que en otro tiempo de vocación. “Tiene una verdadera vocación” es algo que solía decirse -y ojalá lo sigamos diciendo- por ejemplo, de una maestra rural, como Nelly Nauar, querida y recordada en la zona de Tres Boliches, Chacras de Melo, Boliche Blanco; o, muchos años atrás, de médicos como el Dr. Felipe Cantera, con su preocupación por los rancheríos y su obra social en Centurión; o sacerdotes entregados como el P. Antonio Petralanda… y, por supuesto, Mons. Roberto Cáceres, nuestro Obispo emérito recientemente fallecido, siempre irradiando las palabras del Evangelio, bondadoso y cercano a todos.

Vocación significa “llamado”. ¿De dónde viene ese llamado? Aunque se sienta internamente, viene de una realidad que está fuera, que invita a salir… los otros. “Hacia los otros” se titula un libro del Dr. Cantera, sugiriendo esa actitud de salida al encuentro de los demás, especialmente los necesitados y “descartados”, como diría el Papa Francisco.
Para un creyente, ese llamado viene, en definitiva, de Dios mismo. Es la razón por la que estamos en este mundo. Cada uno de nosotros tiene una vocación. Se trata de descubrirla y seguirla; superando obstáculos; renunciando a otros caminos y posibilidades que nos alejarían del llamado.

Las lecturas de este domingo hablan de la vocación de tres grandes: el profeta Isaías y los apóstoles Pedro y Pablo. Dios los llama en formas diferentes, pero los tres tienen la misma reacción inicial: sentirse completamente indignos, a enorme distancia del que los llama. Empecemos por ahí.

Isaías es llamado en el templo, donde tiene una visión del trono de Dios en el Cielo. Las orlas del manto de Dios llenan el templo. Los serafines cantan. El humo de incienso se expande por todo el espacio disponible. Ante esa visión tremenda y fascinante, Isaías exclama:
«¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros,
y habito en medio de un pueblo de labios impuros;
¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!»
Pedro es llamado por Jesús junto al lago de Genesaret, en su mundo de trabajo. Jesús ha enseñado a la multitud sentado en la barca de Pedro, cerca de la orilla y de la gente. Al terminar de hablar, Jesús indica:
«Navega mar adentro, y echen las redes».
Pedro es un pescador curtido. Él y sus compañeros han trabajado en vano toda la noche. Contra todo lo que le dicta su experiencia, Pedro obedece la palabra de Jesús.
«Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes».
Así se produce la pesca milagrosa. Así Pedro reconoce en Jesús la omnipotencia de Dios. Se repite la experiencia de Isaías: una distancia insuperable entre la realidad sagrada que Jesús trasluce y la realidad humana de Pedro, que exclama:
«Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador»
Pablo es llamado cuando se dirige a Damasco persiguiendo cristianos. De perseguidor de la Iglesia, se convierte en incansable evangelizador que lleva la Buena Noticia de Jesús a tierras lejanas. Intrépido, audaz, emprendedor… humilde. Pablo reconoce que él es “el último” y que todo lo que ha hecho siguiendo el llamado no hubiera sido posible sin la obra de Dios en él:
Yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo.
Pablo fue perdonado y puso toda su capacidad al servicio del Evangelio, recordando siempre su propia fragilidad y encontrando su verdadera fuerza en el amor de Dios.

También Isaías y Pedro vivieron la experiencia del perdón, que hizo capaz a cada uno de ellos de responder al llamado y asumir su misión.
Los labios de Isaías fueron purificados con una brasa ardiente, mientras uno de los serafines le decía:
«Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada y tu pecado ha sido expiado».
Y entonces sí vino el llamado y la respuesta:
Yo oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?»
Yo respondí: «¡Aquí estoy: envíame!»
El sentimiento de estar lejos de Dios (aunque se lleve una vida de práctica religiosa); la sensación de ser indigno del llamado que se recibe; el sentido del propio pecado (aunque alguien sea como Pedro, un hombre de trabajo que cuida de su suegra y hasta lleva a Jesús para que la cure); el saberse sostenido por la gracia de Dios y no por las propias fuerzas, son indicadores de una auténtica vocación.

Decíamos al principio que toda persona que llega a este mundo tiene una misión. Su vida tiene un propósito. No se trata, entonces, solamente de las grandes misiones que marcan surcos en la historia. También hay un llamado de Dios en la vida de cada día: en el trabajo honrado, en el amor de la familia, en la buena vecindad, en el ejercicio responsable de la ciudadanía… Allí están “los santos de la puerta de al lado”, como dice Francisco:
Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. (…) Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»

… como nos sugiere santa Teresa Benedicta de la Cruz, … a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia: … «Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».
Amigas, amigos, que cada uno de ustedes pueda encontrar su vocación en la vida y su misión de cada día. Que, con la ayuda de Dios, puedan realizarla y en ello encuentren una profunda felicidad. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 1 de febrero de 2019

Con Don Bosco en Panamá después de la JMJ

 


El lunes 28, con toda la alegría de lo vivido en los días de la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Francisco, fuimos con los jóvenes de la delegación oficial de Uruguay (Comisión Nacional de Pastoral Juvenil) siguiendo la sugerencia de Leonel Altesor, el secretario ejecutivo de la Comisión, al santuario de Don Bosco en la ciudad de Panamá. Se trata de una hermosa basílica, donde hay una reliquia del santo, permanentemente disponible para la veneración de los fieles.

Después de rezar frente a la reliquia, visitar la iglesia y un museo que reproduce la casa natal de Don Bosco, pudimos celebrar la Misa en una capilla que pusieron a nuestra disposición, con excelente y bienvenido aire acondicionado. Celebramos con mucha calma, buscando que decantaran los momentos más importantes vividos a lo largo del encuentro.

Teníamos con nosotros a Federico, delegado del Movimiento Juvenil Salesiano, pero invité a todos los que estábamos a sentirnos mirados con cariño por San Juan Bosco. Cité las palabras del santo: “me basta que sean jóvenes para que yo los ame” e invité a contemplar su vida y enseñanzas como se debe hacer con las de todo santo: como alguien que ha recibido un carisma, un don para toda la Iglesia. (Les conté también, de paso, que mi abuela paterna fue bautizada por el P. Spiritu Scavini sdb, uno de los misioneros enviados por Don Bosco a Paysandú).

Pedí a los jóvenes que meditaran un ratito y compartieran luego no una de las innumerables lindas anécdotas, sino alguno de los momentos que más los tocaron como experiencia de fe. Muchos de ellos se refirieron a la vigilia, frente al Santísimo, donde sintieron la presencia de Jesús allí, ante nosotros, hablándonos desde su silencio.

Nos saludamos con un salesiano y su grupo que habían venido de Hong Kong y, a pedido de Federico, cerramos nuestra visita ante María Auxiliadora con un Ave María y la bendición correspondiente.

miércoles, 30 de enero de 2019

El profeta en su tierra (Lucas 4,21-30). IV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.







“Nadie es profeta en su tierra” o, como dicen nuestros vecinos brasileños: “Santo de casa não faz milagre” (santo de casa no hace milagro). Estos refranes expresan que, muchas veces, los méritos de las personas no son reconocidos en su propia tierra, en la región donde viven y trabajan. Gente talentosa, capaz, encuentra resistencia entre los suyos y, sin embargo, alcanza importantes logros cuando se va. Una comunidad que no ve las posibilidades de sus propios miembros y no les da lugar pierde más de una buena oportunidad de crecer y enriquecerse.

“Nadie es profeta en su tierra” es un refrán de origen bíblico. Aparece en boca de Jesús en el evangelio de este domingo, que es continuación del que escuchamos la semana pasada. Así comienza el relato:
Después de que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, todos daban testimonio a favor de Él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?»
Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: "Médico, sánate a ti mismo." Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm».
La gente estaba llena de admiración por Jesús. Pero el clima va a ir cambiando rápidamente. Jesús está en la ciudad donde se había criado, donde lo conocían desde niño como el hijo de José, el carpintero. Los nazarenos creían saberlo todo sobre Jesús, creían conocerlo bien. Ahora ha llegado al pueblo, con una fama que está creciendo: predicaciones, milagros… Los conciudadanos de Jesús esperan que él haga allí lo mismo. Pero esto no va a funcionar… ¿por qué? Comentando este pasaje del Evangelio el Papa Francisco señala una tentación del hombre religioso:
¿Y cuál es esta tentación? Es la tentación de considerar la religión como una inversión humana y, en consecuencia, ponerse a «negociar» con Dios buscando el propio interés. (Ángelus, 31 de enero de 2016)
La expectativa de los nazarenos no está puesta en la buena noticia que trae Jesús. Está puesta en lo que se puede sacar de ahí, en los favores que se pueden recibir de él. Al buscar su propio interés, no reciben el mensaje de Jesús, mensaje que Francisco resume así:
la revelación de un Dios que es Padre y que se preocupa por cada una de sus criaturas, también de aquellas más pequeñas e insignificantes a los ojos de los hombres.
“Médico, sánate a ti mismo”, el otro refrán que Jesús menciona, volverá en el evangelio de Lucas en el marco de la pasión, transformado en “sálvate a ti mismo”.
“que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido” (23,35) 
dicen los jefes del pueblo
“Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!” (23,37) 
le dicen los soldados
“¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!” (23,39) 
le dice uno de los ladrones crucificados con Él.

Pero Jesús no ha venido a salvarse a sí mismo; ni él solo ni con algunos privilegiados. Él viene a realizar el proyecto de salvación del Padre Dios, un proyecto que va más allá del Pueblo de la Primera Alianza. A eso apuntan los dos ejemplos que pone a continuación Jesús:
Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.
Jesús menciona dos recordados y queridos profetas de la antigüedad… sin embargo, recuerda los milagros que ellos hicieron para dos extranjeros: la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. Jesús subraya que había muchas viudas y muchos leprosos en Israel en tiempos de estos profetas, pero no fueron para ellos los milagros, sino para estos dos extranjeros. El amor y la salvación de Dios se dirigen a toda la humanidad. Nadie está excluido del amor del Padre.

Esta referencia va a irritar aún más a la gente:
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
Puede sorprendernos todo este rápido cambio de clima en torno a Jesús: la gente pasa del aplauso al ataque.

Para entenderlo, tenemos que recordar que el Evangelio, aunque basado en hechos de la vida de Jesús, no es una narración histórica. Lucas, bajo la inspiración del Espíritu Santo, escribe para una comunidad cristiana en la que hay muchos paganos, es decir, gente que no pertenecía al Pueblo de Israel. Lucas subraya como el mensaje de salvación que trae Jesús es para todos y constata como ha sido rechazado por algunos de su propio pueblo.

Este episodio anticipa la pasión de Jesús. Ya lo vimos con la referencia a “médico, sánate a ti mismo”. Ahora vimos como el rechazo a la predicación de Jesús llega al punto de querer matarlo, lo que efectivamente sucederá, pero no allí ni entonces. Lucas cuenta que Jesús es empujado “fuera de la ciudad, con intención de despeñarlo”. Es una prefiguración del momento en que Jesús será llevado fuera de Jerusalén para ser crucificado. También el hecho de que Jesús, pasando en medio de ellos siguiera su camino, puede entenderse como una tenue alusión a la resurrección.

En su otro libro, Hechos de los Apóstoles, Lucas nos presenta la figura de un discípulo que sigue los pasos de Jesús: el diácono san Esteban, primer mártir. La prédica de Esteban hace rabiar a sus oyentes y también él es echado fuera de la ciudad, en este caso, para apedrearlo hasta la muerte.
Al relatar la pasión, Lucas nos trae dos palabras de Jesús:
“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (23,34
“Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (23,46). 
Profundamente unido a Jesús en la vida y en la muerte, Esteban dice:
“Señor Jesús, recibe mi espíritu” (7,59)
“Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (7,60).
Jesús sigue ofreciéndonos su salvación. Viene a nosotros con misericordia, a alzarnos del barro de nuestros pecados y miserias, a tendernos la mano para sacarnos del pozo de nuestra soberbia y nos invita a recibir el mensaje consolador del Evangelio y a caminar con Él haciendo el bien. Por su encarnación, el Hijo de Dios se ha unido a todo hombre, a toda persona humana. Todos los miembros de la humanidad somos “los suyos”; el mundo es Nazaret. Felices quienes, reconociéndolo así, escuchen las palabras de Jesús y las practiquen.

Gracias, amigas y amigos por llegar hasta aquí en su lectura. Hasta la próxima semana si Dios quiere. Bendiciones.

lunes, 21 de enero de 2019

Lo que acaban de oír se cumple hoy (Lucas 1,1-4; 4,14-21). III Domingo del Tiempo Ordinario.







Ayer, hoy y mañana. El hoy, el presente, es lo único real. “Es lo que hay”, como suele decirse, a veces con ironía…
“Es lo que toca”, es decir, lo que corresponde, lo que nos ocupa…
El pasado vuelve a nosotros en la memoria, a veces dándonos el respaldo de una experiencia, de un camino recorrido que nos anima a seguir adelante… a veces muestra heridas que están lejos de ser curadas y siguen abiertas.
El mañana… a veces no queremos pensar en el mañana, pero es lo que está delante, lo que no va a tardar en hacerse hoy… lo que ya estamos anticipando y, en esa forma, lo estamos viviendo; Dios quiera que siempre con esperanza y nunca con desesperación.

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús en la sinagoga, la casa de oración de los judíos, leyendo un pasaje del profeta Isaías. Al terminar de leer, Jesús dice:
«HOY se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Ese HOY que pronuncia Jesús, puede sonar como un lejano ayer… pero sigue siendo tiempo presente. Más todavía, sigue siendo para nosotros un futuro que continuamente se va haciendo presente… pero no nos adelantemos. Leemos en el Evangelio según san Lucas:
Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor».
El pasaje que Jesús lee está en primera persona. Quien habla es el profeta Isaías. Sin embargo, cabe aquí la pregunta que muchas veces se hicieron los lectores:
«¿De quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?» (Hech 8,34).
La respuesta la da el mismo Jesús:
«HOY se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Jesús interpreta que la profecía de Isaías se refiere a él mismo, a Jesús, y que se cumple HOY.
Ese HOY es importante. EDITADO HASTA AQUÍ No se refiere únicamente a aquel lejano día en que Jesús leyó en la sinagoga… ese HOY es un presente que continúa en el tiempo, porque Jesús sigue actuando, realizando su obra salvadora.

La teóloga uruguaya Teresita Porcile, ya fallecida, nos dejó, en el año 2000, un hermoso libro sobre el Jubileo. Allí ella reflexiona sobre los HOY que se repiten a lo largo de la obra de san Lucas. He aquí algunos de ellos:

El anuncio del ángel a los pastores de Belén:
“HOY, en la ciudad de David, les ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,11)
La gente que reconoce con asombro la obra salvadora de Jesús, glorifica a Dios y dice:
«HOY hemos visto cosas increíbles». (Lc 5,26)
El encuentro de Jesús con Zaqueo, jefe de los publicanos de Jericó, conocido y despreciado por todos como pecador. Cuando Jesús lo ve en la calle, subido a un árbol para poder mirar, le dice:
«Zaqueo, baja pronto; porque conviene que HOY me quede en tu casa» (Lc 19,5)
Cuando Zaqueo recibe a Jesús y expresa su decisión de convertirse, de dejar su vida de maldad, Jesús declara:
“HOY ha llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9)
Queda todavía el HOY más dramático, el HOY del calvario. Ese es el que escucha el ladrón crucificado que implora “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. A él Jesús le responde:
«Yo te aseguro: HOY estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23,43)
Todo esto toma sentido en las palabras de Isaías que Jesús lee en la sinagoga. El pasaje que lee Jesús concluye diciendo que él ha sido enviado a proclamar un año de gracia del Señor.

En el antiguo testamento o libro de la primera alianza estaba establecida la celebración de un “año sabático”, cada siete años, durante el cual se dejaba reposar la tierra y se liberaban los esclavos. Había también un año de gracia o Jubileo, cada 50 años, es decir, al término de siete semanas de años. En el Jubileo se ampliaban las prácticas del año sabático… se perdonaban deudas… era un momento de “borrón y cuenta nueva”, de perdón y reconciliación, para dar a todos la oportunidad de empezar de nuevo la vida, de recomponer las relaciones sociales y familiares. Isaías habla de pobres, ciegos, cautivos, oprimidos, cuya vida cambia, es transformada. El Jubileo los pone en lugar privilegiado, por sus situaciones de sufrimiento; pero no se excluye a nadie. Se trata de restablecer la filiación: que nos reconozcamos como hijos del Padre Dios y de allí restablecer la fraternidad: reconocer a cada uno de los demás como hermano o hermana queridos y tratarlos como tales.

Al manifestar que en él se cumplía la profecía de Isaías, Jesús no estaba instituyendo un año jubilar; mucho más que eso, con sus palabras y sus obras, abrió el verdadero Jubileo; no para un año, sino para HOY, para cada día, para siempre, dándonos la posibilidad de cambiar, para bien, las relaciones con Dios, con los hermanos, consigo mismo y con toda la creación.

Amigas y amigos: gracias por su atención. Como dice el salmo:
Ojalá escuchemos HOY la voz del Señor.
No endurezcamos el corazón. 
Hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 17 de enero de 2019

Las llenaron hasta el borde (Juan 2,1-11). II Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C.







Las estadísticas de Uruguay nos dicen que cada vez son menos las parejas que se casan. Siendo el matrimonio civil un requisito para casarse en la Iglesia Católica, no necesitamos ver datos de las parroquias para darnos cuenta de que también disminuyen quienes se casan “por la Iglesia”.
Como obispo me ha tocado pocas veces celebrar un matrimonio; como párroco, en Paysandú, fueron muchas. Algunos creen que los que se casan en la Iglesia lo hacen por la ceremonia, por el vestido, por la figuración social que eso daba y sigue dando en algunos ambientes. Sin embargo, hablando con parejas que querían casarse supe a menudo de un camino recorrido con amor, con ilusión y aún con sacrificios; camino en el que fueron encontrando a Dios. Por eso, esas parejas querían que Dios bendijera su unión, que estuviera desde allí en adelante en su vida de familia.

Todo esto lo traigo porque el evangelio de este domingo nos introduce en una boda. Es el episodio conocido como “las bodas de Caná” en el evangelio de Juan. Este es el tercer pasaje evangélico que, junto con la adoración de los magos y el bautismo de Jesús, constituye una epifanía o manifestación de la identidad de Jesús como Hijo de Dios. Una antífona que se reza en estos días une los tres episodios en la imagen de una boda:
Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial esposo,
porque, en el Jordán, Cristo la purifica de sus pecados;
los magos acuden con regalos a las bodas del Rey,
y los invitados se alegran por el agua convertida en vino.
El evangelista Juan nos dice que en Caná de Galilea Jesús manifestó su gloria.
Sin embargo, para que esa manifestación, esta tercera epifanía se produzca, hay una intervención especial, una mediación. Así comienza el relato:
Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea,
y la madre de Jesús estaba allí.
Jesús también fue invitado con sus discípulos.
Se nos ubica en el acontecimiento y en el lugar… la boda… Caná… y se nos dice que “la madre de Jesús estaba allí”. De lo que sigue vamos a deducir que ella era una invitada, pero ese “estaba allí” y lo que ella va a hacer inmediatamente sugiere algo más, un lugar casi como dueña de casa, o al menos como una madrina pendiente de lo que sucede. Su hijo aparece en segundo plano: “Jesús también fue invitado…”

Y aquí viene la intervención de María.
Como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».
Aquí tenemos la mirada atenta de María. El vino se ha terminado. No es un detalle menor: es todo. Se termina la fiesta. No hay otra bebida disponible, salvo el agua.
Pero el hijo no parece sentirse tan involucrado como su madre:
Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».
Respuesta breve, pero cargada de significado.
Si el “qué tenemos que ver” pone distancia entre lo que María pide y lo que Jesús cree que puede o no hacer, el “nosotros” muestra el vínculo que une a Jesús y su madre. Jesús no dice “¿y yo que tengo que ver?” o “¿y tú que tienes que ver?”. Jesús no marca una división entre él y su madre: “¿qué tenemos que ver nosotros?”. Él no saldrá por su lado, no la dejará sola. En esto están juntos.
Pero la objeción de Jesús es más profunda: “Mi hora no ha llegado todavía”. No parece ser el momento de que Jesús se manifieste. Está allí, con su madre, con sus primeros discípulos… pero entonces…
Su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».
Si yo tuviera que elegir entre las más importantes palabras de María en los evangelios, la primera sería “hágase en mí según tu palabra”, porque es la que inició todo… pero creo que la segunda sería ésta, porque a través de esta frase ella nos conecta con su Hijo: “hagan lo que él les diga” es un llamado a escuchar la Palabra de Jesús y a ponerla en práctica.
Y aquellos servidores lo hicieron. Y lo hicieron muy bien.
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.
Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas».
Y las llenaron hasta el borde.
Los servidores fueron especialmente diligentes: las llenaron hasta el borde. Era una gran cantidad de agua. Las tinajas no se llenaban con una manguera o en una canilla. Los servidores podrían haberse sentido fastidiados “¿y esto para qué?” y haber ejecutado su trabajo más o menos… tanto da… 100 litros, 90, 80... pero no. Las llenaron hasta el borde.
En sus milagros, Jesús siempre cuenta con nuestra participación. Algo tenemos que poner. Que la gente manifieste su fe, que pida la ayuda de Jesús, que lo toque con confianza, que presente cinco panes y dos peces, que lleve al amigo paralítico… que quien pide algo a Jesús ponga de sí todo lo que pueda. Hasta el borde.
«Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.
El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».
Al probar el vino, el mejor vino, el encargado llamó al esposo. ¿Quién es realmente el esposo? El evangelista aquí juega en dos planos. Sí, el esposo puede ser el recién casado… del que no sabemos nada… o el esposo puede ser el que ha guardado el buen vino para el final, es decir, Jesús. Puede sorprender que lo entendamos así, pero la imagen de Dios como el esposo que viene a buscar a la esposa, que es su Pueblo, atraviesa toda la Biblia. A eso se refiere la profecía de Isaías en la primera lectura:
como la esposa es la alegría de su esposo, así serás tú la alegría de tu Dios. (Isaías 62,5)
En Jesús, Dios se manifiesta, se revela. No desde lo alto de la montaña o en medio del templo, sino en una fiesta, entre amigos. No es un Dios severo y tiránico, sino el esposo y el amigo, capaz de amar con ternura a su pueblo y de prepararle una fiesta eterna. Por algo son 600 los litros de buen vino: para que desborde, para que la fiesta no concluya jamás.

Llegamos así al final del relato, que nos da todo su sentido:
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea.
Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.
Detengámonos todavía en un detalle. Dice el evangelista que éste “fue el primero de los signos de Jesús”. “Primero” no significa aquí solo un número ordinal: primero, segundo, tercero… es más bien principio, comienzo, origen. Lo que viene después no es una simple sucesión, sino la continuación de la huella que abre este primer signo de Jesús.

Amigas y amigos: gracias por su atención. Que, recordando esta manifestación de Jesús, nos animemos también nosotros a “llenar hasta el borde” las tinajas de nuestra vida, de modo que participemos del buen vino en el banquete del Reino. Hasta la próxima semana, si Dios quiere.

Condolencias del Papa Francisco con motivo del fallecimiento de Mons. Roberto Cáceres.

15 de enero de 2019

Mons. Heriberto Andrés Bodeant Fernández
Obispo de Melo

Excelencia:

Tengo el honor de enviarle el siguiente mensaje, presentado por Su Eminencia el Cadenal Pietro Parolín, Secretario de Estado de Su Santidad, en nombre del Santo Padre, con motivo de la muerte de Mons. Roberto Cáceres:

"Excmo. Heriberto Andrés Bodeant Fernández
Obispo de Melo

El Papa Francisco, recibida la triste noticia del fallecimiento de Monseñor Roberto Cáceres, Obispo Emérito de Melo, ruega a Vuestra Excelencia que tenga la bondad de hacer llegar a los familiares del finado, así como a los sacerdotes y fieles de esa Diócesis, su más profundo pésame y su paternal cercanía. Asimismo, ofrece sufracios por el eterno descanso del difunto prelado, que con ejemplar celo y entrega pastoral sirvió duante tantos años a esa Iglesia particular, y les otorga con afecto la confortadora bendición apostólica como signo de fe y esperanza en Cristo Resucitado.

Cardenal Pietro Parolín
Secretario de Estado de su Santidad"


Me sumo a las palabras del Cardenal Parolín y le envío mis más sentidas condolencias por la muerte de su predecesor.

Con saludos fraternos en Cristo,

+ Martín Krebs
Nuncio Apostólico

lunes, 14 de enero de 2019

Mons. Roberto Cáceres, Obispo emérito de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres). 16 de abril de 1921 – 13 de enero de 2019



Mons. Roberto Cáceres, nuestro querido Obispo emérito de Melo, falleció a los 97 años, ayer, domingo 13 de enero, fiesta del Bautismo de Jesús, en Montevideo, cerca de la medianoche, en el Hogar Sacerdotal.

Lo acompañaron en sus últimos momentos las Hermanas del Hogar y Mons. Arturo Fajardo, Obispo de San José de Mayo, que se encontraba circunstancialmente allí.

Yo me encuentro lejos de Uruguay, con una diferencia de cinco horas, lo que ha dificultado un poco las comunicaciones oportunas. Mi último encuentro con Mons. Roberto fue el domingo 30 de diciembre, en vísperas de mi viaje. Como tantas veces estuvimos conversando amenamente. Nada me hacía imaginar que su vida estaba llegando a término y esperaba celebrar con él en abril sus 98; pero, sin saberlo, ésa fue nuestra despedida.

Siento mucho esta partida de Monseñor, y más aún el no poder estar acompañando en este momento a tanta gente de Cerro Largo y Treinta y Tres que lo lleva en su corazón, a la comunidad diocesana por la que él dio los largos años de su vida y a su familia.

Muchos pensamientos y recuerdos se me cruzan en la mente… ¡cuántos más en quienes lo conocieron y trataron desde su llegada a Melo en 1962!

Me viene a la memoria una canción de Osiris Rodríguez Castillo que dice:
“…que al final de mi vida
quede mi canto despierto
que todo coyuyo muerto
deja una luz encendida”. 
La luz del coyuyo es una lucecita, pero aún así lo sobrevive. La luz de Mons. Roberto es una gran luz, la luz de una persona luminosa. No una luz de brillo estridente, cegador, sino una luz apacible. Una luz bajo la cual se puede ver las cosas de modo diferente, como solía verlas él. Dónde muchos sólo verían tristeza, desolación, angustia, él era capaz de encontrar los valores escondidos pero presentes, la solidaridad humana y aún la santidad. Alguna vez un hermano Obispo le dijo “vos estás enfermo de optimismo”. Yo creo que Monseñor no era un optimista, sino algo mucho más profundo: era un hombre de esperanza. Que la luz de esa esperanza que él supo comunicar y sostener “en el nombre del Señor” –su lema episcopal– siga iluminando el camino de todo el Pueblo de Dios que peregrina en Cerro Largo y Treinta y Tres.

A todos, mi afectuoso saludo, unido a ustedes en el recuerdo y la oración por su eterno descanso. Estoy convencido que el Señor premiará la generosa entrega de su vida y lo recibirá como servidor bueno y fiel.

Invito a recibir y acompañar su cuerpo en Treinta y Tres, en la parroquia san José Obrero a las 10:30 y en Melo, en la catedral, a las 17 horas, después de lo cual recibirá sepultura en el Cementerio de Melo.

+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)