miércoles, 17 de enero de 2018

Conviértanse y crean en el Evangelio (Marcos 1,14-20)



Silbato final. “Tiempo cumplido”. El partido ha terminado. El plazo se ha acabado. Hay que entregar la hoja del examen. Hay que pagar la factura vencida. Hay que llegar a la sala de partos. “Tiempo cumplido”. Una puerta se cierra, otra se abre. Una etapa terminó; otra se inicia. Algo queda definitivamente en el retrovisor, pero adelante el horizonte sigue abierto.
«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio»
Con estas palabras, nos dice el evangelista Marcos, comenzó Jesús a realizar su misión.

“El tiempo se ha cumplido:”

El tiempo cumplido está formado por un tiempo largo y un tiempo corto. Tiempos de Dios.
Un tiempo largo que Dios inicia con la Creación; que continúa con la elección de un pueblo, el Pueblo de Dios, un pequeño grupo humano que se distingue en la antigüedad por su fe en un único Dios. Un pueblo que hace un largo y sinuoso camino, con alegrías y pesares, con fidelidades e infidelidades, pero siempre transitado en la esperanza.
Un tiempo corto: es el del último de los profetas de ese pueblo, Juan el Bautista, al que le toca señalar entre los hombres al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, es decir, al mismo Jesús.
Con Jesús comienza una nueva era. No hay que esperar más. Ha llegado el momento, el momento decisivo, de revelar a la humanidad algo importante. Algo que exige la mayor atención.

“El Reino de Dios está cerca”.

Esa es la noticia que trae Jesús. Ningún profeta había anunciado algo como esto. Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, sufrimientos y desafíos. Dios quiere intervenir en la vida de las personas. Dios es un Padre que quiere la vida, la felicidad y la salvación de toda su creación, empezando por cada uno de los hombres y cada una de las mujeres; sus hijos e hijas que forman esta humanidad a la que Él ha llamado a la vida. El Reino de Dios es la fuerza, la presencia, la voluntad salvadora de Dios… presencia que está, como concentrada, manifestándose en la persona misma de Jesús, en sus palabras y en sus acciones.

“Conviértanse”

Si eso es así, ya no se puede vivir como si nada estuviera sucediendo. Por eso Jesús dice: “conviértanse”. Dios no hará nada sin nosotros. Hay que cambiar de manera de pensar y de actuar. Confiar en la bondad de Dios, creer en el amor que Dios nos ofrece y corresponder a ese amor. A partir de allí, orientar nuestra vida de acuerdo con la voluntad de Dios, que quiere lo mejor para todos. Mirar a cada persona como a un hermano o a una hermana. Tratar mejor a mi prójimo, ese hermano o esa hermana que Dios me ha dado.

“Crean en el Evangelio”

Todo se resume en el último llamado que hace Jesús: “crean en el Evangelio”. Evangelio significa literalmente “buena noticia”, “buen anuncio”. Pero no se trata solamente de eso. No se trata de creer o no creer una noticia, dar por cierta una información que se nos proporciona.

Se trata de creer en Jesús mismo, porque Él es el Evangelio. Jesús es la fuerza, el poder de Dios actuando. El primero que lo explicó así fue San Pablo:
«No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para salvación de todo el que cree» (Rom 1,16)
El Evangelio es fuerza de Dios. Esa es la fuerza con la que Jesús actúa. Es la que se manifiesta en sus milagros. Esa fuerza de Dios alcanza su punto culminante en la cruz, como dice otra vez san Pablo:
«La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios» (1Cor 1,18)
El Evangelio, en último término, se identifica con Cristo crucificado:
«Nosotros predicamos a Cristo crucificado... fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,23.24).
Cristo crucificado es el Evangelio, porque es la prueba del amor de Dios:
«La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8).
Entonces… el Evangelio es mucho más que un texto… Marcos llama a su texto “Evangelio” porque por medio de ese escrito Marcos quiere anunciar el amor de Dios que se ha manifestado en Jesús crucificado. Eso es lo que reconoce el Centurión romano que, contemplando a Jesús que acaba de morir, exclama “verdaderamente éste era el Hijo de Dios”.

Para algunos el Evangelio puede ser una necedad… para los que se salvan, es fuerza de Dios. A lo largo de este año iremos escuchando y reflexionando cada domingo las páginas del evangelio de Marcos. Desde allí, Jesús nos seguirá diciendo: “conviértanse y crean en el Evangelio”.

Creer en el Evangelio no es, entonces, simplemente creer que es verdad, aceptar como verdad lo que dice. Creer en el Evangelio es dejar que esa verdad se haga parte de mi vida. Una parte central, no un accesorio. Una columna vertebral, un pilar sobre el cual mi vida se construye. Una verdad que me vincula a otros hermanos y hermanas que han creído y tienen fe en Jesús de Nazaret.

“Conviértete y cree en el Evangelio”. El mensaje sigue vigente, porque el tiempo que Jesús inició sigue abierto. Dios sigue llamando a los hombres, hasta que Él decida hacer sonar el silbato final. Mientras tanto, seguimos en la cancha y todo es posible.

miércoles, 10 de enero de 2018

A las cuatro de la tarde, con el cordero de Dios (Juan 1, 35-42)





La vida acelerada que hoy llevamos hace que pasemos de una cosa a otra, sin tiempo para decantar qué significa lo que hemos estado haciendo. Interactuamos con muchas personas a lo largo del día, presencialmente o a través de las diferentes formas de comunicación. Ahora bien, ¿con cuántas personas nos hemos encontrado realmente?

El encuentro supone algo más que estar juntos un momento e intercambiar unas palabras o aún un tiempo largo, manteniendo una conversación… el verdadero encuentro es comunicación profunda; deja huellas, establece un vínculo de afecto y cada vez que se repite, se va profundizando esa relación con un mayor conocimiento mutuo.

Cuando el encuentro con alguien marca profundamente a una persona, quedan en la memoria aspectos que podrían parecer insignificantes: la ropa que llevaba puesta, el tiempo atmosférico, alguien que saludó al pasar… la memoria registra, casi como al azar, algunos de esos detalles, que quedan asociados a lo más importante: el encuentro vivido con esa persona.

Algo así aparece en el Evangelio de hoy.
Estaba Juan Bautista otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».
Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué buscan?»
Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»
«Vengan y lo verán», les dijo.
Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.
“Era alrededor de las cuatro de la tarde”. Para nosotros sería igual que hubiera sido a las diez de la mañana o a las dos de la tarde; pero no es así para quien vivió el hecho. En su aparente insignificancia, ese dato pone una impronta personal, un recuerdo propio de quien relata lo que vivió. Todos tenemos en nuestra vida esas “cuatro de la tarde”, esos momentos fuertes de encuentro con Dios, momentos de Gracia. Recordarlos nos sostiene en los momentos difíciles.

Los discípulos se encuentran con Jesús. ¿Quién es Él para ellos? Es alguien a quien no conocen, pero quieren conocer. Lo identifican como un maestro: respetuosamente le dicen “rabbí”. Todavía no han visto milagros, no han escuchado enseñanzas y estamos muy lejos de la pasión, de la cruz, de la resurrección; pero Juan ha presentado a Jesús diciendo “éste es el Cordero de Dios”.

¿Por qué el cordero de Dios?

A los uruguayos, “cordero” nos evoca un asado en familia o entre amigos. Tener un cordero para Navidad o fin de año, es asegurarse una buena comida compartida, amistad, alegría, fiesta…
Pero a los discípulos de Juan el Bautista, ¿qué les dice esa expresión, “cordero de Dios”?

Cordero de Dios hace pensar en el cordero pascual, que era sacrificado en el templo de Jerusalén y luego llevado por cada familia para comer en su casa la cena de pascua. En la primera pascua, los israelitas marcaron con la sangre del cordero las jambas y el dintel de las puertas de sus casas (Exo 12,7). De esa forma, fueron liberados del paso del ángel exterminador enviado por Dios y salieron a la libertad, dejando atrás la esclavitud en Egipto. La sangre del cordero pascual fue signo para la acción liberadora de Dios en favor de su pueblo (Exo 12,13).

Cordero de Dios hace pensar también en la víctima que se ofrecía en los sacrificios de expiación o reparación (Lev 14) y cuya sangre también hacía parte del rito. Con ese cordero se identifica el Servidor sufriente del profeta Isaías (Isaías 53) que se sacrifica para obtener el perdón por los pecados de los hombres.

Al llamar a Jesús “Cordero de Dios”, el evangelista Juan une el cordero pascual, por el que el Pueblo de Dios fue librado de la muerte y conducido a la liberación, con el servidor sufriente, por cuyo sacrificio llega al pueblo el perdón, la redención de sus pecados.
Todo esto puede estar resonando en los discípulos que se acercan a Jesús.
“Cordero de Dios” trae un anuncio de muerte y sacrificio para liberación y perdón.

Los discípulos continuarán recorriendo con Jesús el camino donde él se irá manifestando y ellos lo irán conociendo. En la última cena, que es una cena pascual, Jesús cambia el cordero que se sacrificaba en el templo, por su cuerpo y su sangre, bajo el signo del pan y del vino. En su cena Jesús anticipa su sacrificio en la cruz y el sentido que tiene esa ofrenda de su vida para la reconciliación entre Dios y los hombres. Al final de la Biblia, en el libro del Apocalipsis, el cordero degollado, es decir, sacrificado, aparece de pie, victorioso: Jesucristo, el Cordero de Dios, ha resucitado.

¿Qué significa para nosotros, hoy, Jesús como Cordero de Dios? La expresión nos vuelve a remitir al misterio de la cruz “escándalo para los judíos y locura para los griegos” (1 Co 1,23). Sin embargo, feliz del que pueda descubrir y decir, junto con San Pablo que el Hijo de Dios “me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20).

La misión de la Iglesia sigue siendo la que asumió Juan el Bautista en aquel momento: señalar al Cordero de Dios, invitar a ir a su encuentro. Eso es lo que hace el Papa Francisco, al comienzo de su exhortación “La alegría del Evangelio”. Él hace esta invitación “a cada cristiano”, pero vale también para toda persona que esté en una búsqueda espiritual:
Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso.
(…)
Éste es el momento para decirle a Jesucristo:
«Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor,
pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito.
Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores».
(EG 3)

sábado, 6 de enero de 2018

Jesús fue bautizado (Marcos 1,9-11)





En la catedral de Salto hay una pintura de José Luis Zorrilla de San Martín que representa el bautismo de Jesús. Está ubicada a la entrada, junto a la pila bautismal, a la izquierda del que ingresa al templo.

En esa pintura se ve, en el centro, a Jesús de pie; a su izquierda, Juan el Bautista, vertiendo agua sobre la cabeza de Jesús y a la derecha de Jesús un ángel. Sobre la cabeza de Jesús aletea una paloma, símbolo del Espíritu Santo.

Esta manera de representar el bautismo de Jesús es común y la encontramos en muchas pinturas del Renacimiento, como esta de Verrochio, del año 1475.


Jesús en el centro, el bautista a su izquierda, a su derecha en este caso dos ángeles y sobre la cabeza de Jesús la paloma.
En los dos cuadros se ve poca agua… el río Jordán aparece tranquilo y el agua llega apenas a los tobillos.
En realidad, el Jordán tiene una corriente bastante fuerte, por lo que no se podía bautizar en cualquier lugar. Pero hay vados o pasos, donde el río se ensancha, la corriente disminuye y no hay tanta profundidad.

Por otra parte, la manera en que Jesús recibe el bautismo de acuerdo a estas pinturas refleja la forma actual, que ya tiene muchos siglos, de bautizar en la Iglesia católica y en otras confesiones cristianas, es decir, vertiendo agua sobre la cabeza del bautizado, aunque también se hace alguna vez por inmersión.
En su origen, la palabra bautizar significaba sumergir y, muy posiblemente, era así como Juan bautizaba, ya fuera que todos se sumergieran al mismo tiempo, a una indicación del Bautista, o que él fuera ayudando uno por uno a sumergirse.

Los evangelios no nos describen la escena, pero nos dan claramente la idea de que Juan movilizaba mucha gente que se hacía bautizar:
Juan proclamaba "un bautismo de conversión para el perdón de los pecados", nos dice Lucas. (Lc 3, 3). Una multitud de pecadores, publicanos, soldados (cf. Lc 3, 10-14), fariseos, saduceos (cf. Mt 3, 7) y prostitutas (cf. Mt 21, 32) iban a hacerse bautizar por él.
Es en ese marco que aparece Jesús y pide ser bautizado.
El Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo.

Así lo cuenta San Marcos:

Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.» (Marcos 1,9-11)

El bautismo de Jesús no deja de ser un hecho extraño… si no es un pecador ¿por qué quiere bautizarse Jesús?
La clave para entender todo lo que hace Jesús es la voluntad del Padre.
La voluntad del Padre es de salvación para toda la humanidad. Todo lo que hace Jesús debe ser interpretado en esa perspectiva: por nosotros y por nuestra salvación.

Lo podemos entender con las referencias que el mismo Jesús hace a su bautismo en otros momentos.

Los discípulos Santiago y Juan le piden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda cuando Jesús esté en su gloria. Jesús les dice:

«Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc 10:38)

Tanto con la imagen del cáliz como con la del bautismo, Jesús está hablando de su muerte, y de su muerte en cruz.

Y en Lucas también Jesús se refiere a su muerte con la imagen del bautismo.
«Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12:50)

Y así lo explica el Papa Benedicto en su libro Jesús de Nazaret:

El significado pleno del bautismo de Jesús, … se manifiesta sólo en la cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del cielo “Éste es mi Hijo amado” (Mc 3,17) es una referencia anticipada a la resurrección.

El bautismo de Jesús está anticipando, anunciando, su muerte y resurrección. En el cuadro de Zorrilla el ángel está vestido de rojo, color de la pasión y lleva en sus manos la corona de espinas, expresando esa relación bautismo-pasión-muerte.

Al recibir el bautismo de Juan, Jesús se identifica con nosotros, se une a la humanidad pecadora.
Cuando nosotros recibimos el bautismo, nos unimos a Jesús y por esa unión somos identificados con Él. Bautizándose en el Jordán Jesús anticipó su muerte.Al bautizarnos nosotros en Jesús, se anticipa nuestra resurrección.

San Pablo lo expresa así:

«Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos, por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4)
Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. (Rom 6,3-4.8)

Tal vez haya entre quienes me escuchen quien no esté bautizado y desee serlo. Lo invito a que se acerque a su parroquia y pregunte cómo puede ser bautizado. Tendrá que pasar por una preparación adecuada, cumplir algunas condiciones, pero normalmente es posible.

También habrá quienes hayan sido bautizados antes de poder entender de qué se trata. Los invito a buscar el significado de este rito tan simple pero tan profundo en el que morimos con Cristo y nacemos a una vida nueva. Que esta fiesta de Jesús nos ayude a renovar nuestro compromiso bautismal y a vivir esa vida nueva en Cristo.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Un año de aprendizajes





“Morrendo e aprendendo”, decía la anciana brasileña. Aprendiendo hasta el último minuto de la vida. Aprender nos mantiene vivos.

Hace años, siendo yo un joven párroco, me encontré con un sacerdote mayor, que me acompañó mucho en los comienzos de mi vocación. El sacerdote escuchó el relato de algunas de las cosas que yo había vivido en ese año y, cuando terminé, me dijo: “ha sido un año de aprendizajes”. “Sí” pensé yo “así fue”. Han pasado los años y me alegra poder decir, al final de cada año: “ha sido un año de aprendizajes”.

Es verdad que los mejores años para aprender son los primeros de la vida. En un artículo que leí hace mucho sobre cerebro y aprendizaje explicaba que el cerebro se configura en esos primeros años: por eso es importante la estimulación oportuna a los pequeños.
Sin embargo, la capacidad de aprender no se pierde. Es más fácil aprender una lengua nueva en los primeros años de la vida; es más difícil con unas cuántas décadas, pero sigue siendo posible, si se está dispuesto a poner el esfuerzo que será necesario.

Algunos aprendizajes son dolorosos: “la letra con sangre entra” ya no cabe en la educación de niños y adolescentes (esperemos) pero muchas cosas en la vida las aprendemos dándonos de cara contra el piso. Duele, pero si no nos quiebra, nos fortalece.

Otros aprendizajes son gratificantes. Haber aprendido algo nuevo hace crecer nuestra autoestima, al ver que hemos sido capaces de un logro que ya no parecía estar a nuestro alcance. Internet coloca a nuestro alcance toda clase de tutoriales, lo que facilita a quienes no tenemos, por ejemplo, mucha experiencia en la cocina, salir airosamente del paso. Muchas cosas podemos aprender… pero es bueno recordar el consejo del Martín Fierro: “es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas”.

Podemos, pues, distraernos de muchas formas… aprender muchas cosas superfluas; pero en algún momento tendremos que enfrentarnos con la verdad de nosotros mismos. “Nosce te ipsum”: “conócete a ti mismo”, decían los antiguos. Éste puede ser uno de esos aprendizajes dolorosos. Encuentro con nuestros propios límites, con nuestra fragilidad, con nuestro lado más oscuro… El hombre sabio es humilde, porque ha alcanzado ese conocimiento y percibe la vanidad, es decir, el vacío, de quienes se consideran superiores a los demás.

Finalmente… desde esos límites que nos ayudan a reconocernos como creaturas, asomarnos al misterio del Creador. San Agustín, hombre que emprendió decididamente la búsqueda de Dios, nos comparte su experiencia en una oración: “tú estabas dentro de mí y yo afuera … Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo … Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti”.

Muy feliz Año Nuevo… y que 2018 sea para cada uno otro “año de aprendizajes”, de profundo encuentro consigo mismo, con los demás y con Dios.

+ Heriberto A. Bodeant, Obispo de Melo (Cerro Largo y Treinta y Tres)

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La Sagrada Familia: José, "la sombra del Padre"





Cada familia es un mundo. Las relaciones que se tejen dentro de ella son únicas. La forma en que se relacionan los padres entre sí, los padres con los hijos, los hermanos con los hermanos, los abuelos, los tíos, otros familiares, van marcando la vida de todos los integrantes de un núcleo familiar. La estabilidad o la inestabilidad, la armonía o el conflicto, las relaciones sanas o las relaciones enfermas… todo va dejando sus huellas. Cada miembro de la familia lo vive de un modo distinto, porque cada persona es diferente. Una situación difícil puede quebrar a algunos y fortalecer a otros. Las dificultades pesan en la vida, pero no la determinan. Así, alguien que no vivió una experiencia familiar buena, gratificante, sin embargo, puede llegar a formar una linda familia.

El próximo domingo, por ser el siguiente a Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia, integrada por Jesús, María y José.

Para los habitantes de Nazaret, José, el carpintero, era el esposo de María y ambos los padres de Jesús. Jesús era un niño como todos, tal vez con algún rasgo especial en su personalidad, que comenzaría poco a poco a manifestarse.

El oficio de José no sólo tenía que ver con fabricar o reparar muebles, sino también con la parte de carpintería en la construcción. De hecho, la palabra griega que aparece en el evangelio al hablar del oficio de José es la palabra tectón. Para entenderlo, pensemos que, en una obra, el jefe era llamado arjitectón, de donde deriva nuestra palabra arquitecto.

Uno puede imaginarse la vida en Nazaret como una vida sencilla… José en su trabajo, tanto en casa como fuera, María en las labores del hogar, el niño creciendo, aprendiendo el oficio de José…

Detrás de este cuadro tan simple, un misterio. María es virgen. José no es el padre biológico de Jesús. Jesús fue concebido en María “por obra y gracia del Espíritu Santo”. Dios es el padre de ese niño que pronto manifestará que él ha venido a ocuparse de las cosas de su Padre, es decir, de las cosas de Dios.

María y Jesús están profundamente unidos, por ese vínculo tan especial y único de una madre con su hijo.

Pero entonces ¿qué rol juega José? Vamos a acercarnos hoy un poco más a su figura, porque sin él, no hay sagrada familia.

José juega un rol muy importante. Él no es el progenitor o padre biológico, pero es auténticamente el padre para Jesús.

Un hombre engendra una creatura en tres segundos… eso lo hace progenitor. Pero ser padre es algo distinto.

Ser padre empieza por reconocer como suyo a ese hijo, dándole su apellido. Continúa en el sostener la vida de ese hijo con su propio trabajo. Instruirlo. Educarlo. Señalar por donde el camino se cierra, es decir, poner límites; pero también mostrar hacia dónde sigue el camino, el horizonte donde se abren los sueños, las posibilidades… donde las capacidades pueden convertirse en realizaciones.

En cierta forma, puede decirse que todo padre, entre comillas, “adopta” a su hijo. Es el momento donde asume activamente su paternidad. Algunos padres lo hacen desde el momento en que se enteran de que hay un niño en camino. Son esos hombres que no dicen “mi señora está embarazada” sino “estamos embarazados”. Otros lo asumen en el nacimiento, o algunos días o semanas después, o cuando el niño empieza a hablar…

Cuando José supo que María esperaba un hijo, un hijo que no era suyo, su primera reacción fue salir de la escena, desaparecer. Allí había algo incomprensible para él y tendrá que hacer todo un proceso para tomar su necesario lugar en esa familia.

Así lo explicaba hace poco el Papa Francisco (homilía en Santa Marta, 18 dic 2017):
José luchaba por dentro y en esa lucha, oyó la voz de Dios: "levántate" – ese "levántate" que aparece tantas veces al inicio de una misión en la Biblia: "¡Levántate!", toma a María, llévala a tu casa. Hazte cargo de la situación: toma en tus manos esta situación y sigue adelante.
José no fue a consolarse con sus amigos; no fue al psiquiatra para que interpretara el sueño que había tenido… No. Él creyó. Y fue para adelante. Tomó en sus manos la situación.
Pero, ¿qué debía tomar José en sus manos? ¿Cuál era la situación? ¿De qué cosa José debía hacerse cargo? De dos cosas. De la paternidad y del misterio.
José debió hacerse cargo de la paternidad, una paternidad que no era suya: sino que venía del Padre Dios.
José llevó adelante la paternidad con todo lo que significa: no sólo sostener a María y al Niño, sino también hacer crecer al Niño, enseñarle un oficio, llevarlo a la madurez de hombre. "Hazte cargo de la paternidad que no es tuya, es de Dios". Y esto, sin decir una palabra. En el Evangelio no hay ninguna palabra dicha por José. Él es el hombre del silencio, de la obediencia silenciosa.
Y sigue diciendo Francisco
José toma en sus manos este misterio y ayuda: ayuda con su silencio, ayuda con su trabajo, hasta el momento en que Dios lo llama a sí. De este hombre que se hizo cargo de la paternidad y del misterio, se dice que era la sombra del Padre: la sombra de Dios Padre.
Y si Jesús hombre aprendió a decir “papá”, “padre”, a su Padre que conocía como Dios, lo aprendió de la vida, del testimonio de José: el hombre que custodia, el hombre que hace crecer, el hombre que lleva adelante toda paternidad y todo misterio, pero que no toma nada para sí mismo.

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En Melo hay una capilla dedicada a la Sagrada Familia, en Blandengues de la Frontera y Juan Díaz, barrio Leone. 
El próximo domingo (31.12.2017) tendremos allí la Misa con motivo de la fiesta patronal, a las 8 de la mañana. 
Están invitados todos los que deseen acompañarnos.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Pidiendo posada (Lucas 2,1-14)





Nos acercamos a la Nochebuena. En lo acontecido en esa noche santa se centra nuestra reflexión, que comenzamos recordando el nacimiento de Jesús, de acuerdo a la narración de San Lucas:
En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Mientras se encontraban en Belén, se le cumplieron los días del alumbramiento; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.
“Mi Navidad está metida en el verano” es una bella canción que canta Mercedes Sosa. En nuestra Navidad de verano, celebrada en patios, balcones o veredas, con gente que entra y sale, luces y estruendo de fuegos artificiales, nos cuesta imaginar una Navidad en la nieve y el hielo, donde el calor del hogar reúne a familia y amigos en intimidad. Allí se hace mucho más dura la exclusión: “no había lugar para ellos”.

En Bélgica, en el año 1947, dos años después de la segunda guerra mundial, el Padre Werenfried Van Staaten, escribió un artículo titulado “No hay lugar en la posada”. El Padre Werenfried miraba la situación de aquella Europa de postguerra. Veía particularmente el sufrimiento de la Alemania derrotada después de la locura del Nazismo. 14 millones de alemanes llegaron desplazados, expulsados de países de Europa del Este donde habían vivido por varias generaciones… pero ahora se habían convertido en personas indeseables. Pocos estaban dispuestos a ayudar a gente que pertenecía a aquella nación que había causado tanta muerte y destrucción.

Convencido de que “El hombre es mucho mejor de lo que pensamos”, el Padre Werenfried logró tocar el corazón de los vencedores belgas para que donaran una pequeña parte del tocino que les tocaba en su cartilla de racionamiento, para dárselo a los refugiados alemanes. A pesar de la escasez, la gente fue generosa y el sacerdote reunió varios camiones de alimentos para llevar a los refugiados. Así, sin proponérselo, nació una institución que tiene hoy el carácter de fundación pontificia y se llama “Ayuda a la Iglesia Necesitada”, también conocida como Kirche in Not.

Hace poco, en Roma, un miembro de Kirche in Not presentó la institución a los Obispos uruguayos. Recordando sus orígenes, citó el artículo del P. Werenfried; pero, en lugar de decir “no hay lugar en la posada”, dijo “no hay lugar en el establo”. Yo quedé pensando “se debe haber confundido”. Buscando después el artículo famoso vi que, efectivamente, el título era “no hay lugar en la posada”. Sin embargo, me pregunté si en este mundo de hoy, donde tantas personas no encuentran lugar ninguno, el P. Werenfried no habría titulado “no hay lugar en el establo”... ni siquiera allí.

En su mensaje para la jornada de la paz 2018, el Papa Francisco presenta la situación de los “migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. Hay 250 millones de migrantes en el mundo. Muchos de ellos indocumentados, en situaciones precarias. Pero dentro de esos 250 millones, 22 millones y medio son refugiados. Y agrega el Papa: “son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz. Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino”.
"En el nombre del cielo, yo os pido posada,
pues no puede andar, mi esposa amada."
En México y Centroamérica existe una bonita costumbre navideña: las posadas. En los nueve días anteriores a la Navidad se recuerda el peregrinaje de María y José desde Nazaret hasta Belén, buscando un lugar para alojarse y esperar el nacimiento de Jesús.

La gente va de casa en casa, llevando las imágenes de José y María, pidiendo lugar para ellos, para que Jesús pueda nacer allí. Esta fiesta popular parte, pues, de estas palabras que estamos meditando: “no había lugar en el albergue”.

No había lugar, significa que las puertas estuvieron cerradas para el Hijo de Dios en aquel pueblo. La cuna del niño será un pesebre, es decir, el cajón donde se coloca el forraje para que coman los animales, un comedero… El evangelio no dice si era una cueva o un establo… se deduce que era una cueva que servía como lugar para los animales. Por eso se colocan también en la escena un buey y un burrito, dos animales que son mencionados juntos varias veces por el profeta Isaías, pero sobre todo en el versículo que dice
“Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo.” (Isaías 1,3)
El profeta subraya que el buey y el burrito reconocen al Señor, mientras su pueblo -aquellos que le cierran la puerta- no lo han reconocido.

En Uruguay, desde la Iglesia Católica estamos promoviendo vivir una “Navidad con Jesús”: reconocer a Jesús, darle verdadero lugar en nuestra vida, poner nuestro corazón como pesebre para que pueda nacer allí.

El corazón que se abre de verdad a Jesús se abre también al hermano. Pero ¿qué podemos hacer? ¿Cómo se expresa esa apertura a Cristo presente en el hermano más necesitado? Francisco propone cuatro acciones: recibir, proteger, promover e integrar. Son acciones que propone con respecto a los emigrantes más desafortunados y a los refugiados… pero valen frente a cualquier grupo o persona en necesidad: recibir, proteger, promover, integrar. Así se hace lugar para que el Niño Dios pueda nacer.

Así se hace verdad lo que expresa la canción de las Posadas:
Entren Santos Peregrinos, reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada, se la doy de corazón.
Que tengan todos una muy feliz y santa Navidad con Jesús.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Testigo de la Luz (Juan 1, 6-8. 19-28)





Todo sucedió rápidamente. Uno de los conductores hizo una maniobra indebida. El otro no pudo evitar el choque. Estruendo, confusión, daños… gracias a Dios, nadie salió herido. En la vereda, un hombre ha visto todo, pero todavía está tratando de interpretar lo que ha sucedido, cuando uno de los conductores baja del coche, se acerca a él y le pregunta: ¿puede salirme de testigo?

El testigo es una persona que ha visto y ha oído, él mismo, y a partir de esa experiencia, puede comunicar a otros lo que vio y lo que oyó. Ser testigo puede ser incómodo, pero quien conoce la verdad tiene el deber y el derecho a decirla. A decir la verdad a quien tenga el deber y el derecho de oírla.

La palabra griega para testigo es “mártir”. Una palabra que en español nos dice que el testimonio a veces se firma con la propia sangre. Así lo vivieron los primeros cristianos y así lo viven aún hoy muchos cristianos de nuestro tiempo.
“lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos […] se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1.3).
Así dice el comienzo de la primera carta de san Juan. La experiencia que comparte este testigo es todavía más amplia: oír y ver; pero también contemplar, que es mucho más que ver; más aún, tocar con las propias manos, usar el sentido del tacto, palpar… Una experiencia profunda.
Lo que quiere compartir Juan es su vivencia de encuentro con aquel que él llama “la Palabra de Vida”. Es su encuentro con Jesucristo, la Palabra de Vida, la Palabra de Dios hecha carne, hecha hombre.

Quien ha vivido esa experiencia profunda de encuentro, se convierte en un testigo especial. No habla de algo que ha sucedido frente a él, fuera de él mismo, sino de algo real, sí, pero que lo ha tocado profundamente, que ha llenado su vida.

Valga esta introducción para acercarnos al Evangelio de este domingo, que nos presenta a un testigo de Dios. Al testigo encargado de presentar entre los hombres al Hijo de Dios. Es otro Juan: Juan el Bautista.
“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.»”

En estos versículos del Evangelio aparece dos veces la palabra “testigo” y dos veces la palabra “testimonio”. Juan el Bautista es definido como “testigo” y su misión es “dar testimonio”: comunicar, compartir lo que él ha llegado a conocer.

Juan el Bautista se mueve en un tiempo de gran expectativa. La gente estaba en espera de un Salvador prometido por Dios: el Mesías. Mesías es una palabra hebrea que significa “ungido”. “Ungido” se refiere a una unción con aceite por la que una persona recibía el Espíritu Santo, quedando así como marcado por Dios para una misión. Mesías se dice en griego “cristo”, de modo que podemos darnos cuenta hacia dónde… o hacia quién va todo esto.

En medio de toda esa expectativa, las autoridades religiosas le preguntan a Juan quién es él; lo primero que Juan dice es “yo no soy el Mesías”. El testigo no viene a confundir. No viene a hacerse pasar por otro, no viene a ocupar un lugar que no le corresponde. Juan lo tiene claro.

Ante esto, enseguida le preguntan quién es él y Juan va a dar su respuesta.
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»
«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Así se presenta Juan. Él es un mensajero. Una voz. Una voz que grita en el desierto, pero, aclarémoslo, la gente iba en masa al desierto a escucharlo. Su grito es un llamado a preparar el camino del Señor con un cambio profundo de vida, con una verdadera conversión.

Pero Juan no sólo hablaba. También actuaba: bautizaba. Por eso, le siguen preguntando:
«¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan no responde directamente a la pregunta. Leyendo los pasajes que hablan del Bautista en los otros Evangelios, vemos que Juan bautizaba a los que respondían a su llamado a la conversión, al cambio de vida.
“Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados” (Marcos 1,4)
dice el comienzo del Evangelio de Marcos. La gente confesaba sus pecados y era bautizada por él en el río Jordán (Mateo 3,6; Marcos 1,5).

Todo eso tiene una finalidad: prepararse para recibir al Mesías: el Mesías verdadero, el Cristo. Volviendo al evangelio de este domingo, Juan habla de ése Salvador que va a venir:
«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»
El testigo de Cristo es humilde. Se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra eco en la sociedad y, a veces, ni aún en su familia. Encuentra indiferencia y hasta rechazo. Sin embargo, no juzga a nadie: el juicio es de Dios. Dios tiene sus caminos para buscar y encontrar a sus hijos e hijas extraviados.

En el mundo hay muchísimos pequeños testigos. Son personas creyentes, humildes, a veces conocidas solo en los ambientes donde se mueven. Son esas personas buenas, buenas de verdad, que viven en la verdad y en el amor. Como Juan el Bautista, ellas nos ayudan a abrir el camino hacia Dios. El testigo es alguien que ha encontrado la luz. Eso no lo hace un “iluminado”, un exaltado, un fanático, sino una persona luminosa, una persona que irradia una luz apacible. Miremos a nuestro alrededor. Seguramente que conocemos más de una de esas personas. Prestemos más atención al mensaje que está escrito y puesto de manifiesto en su vida de fe de cada día.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Preparar el camino del Señor (Isaías 40,1-5.9-11 - Marcos 1,1-8)





“Recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo;
si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”.
Así dice un viejo proverbio indio.
En este II Domingo de Adviento la Palabra de Dios nos invita a preparar el camino del Señor, a poner todo de nuestro parte para recibir a Jesús que viene a nuestra vida.
Mi reflexión para este domingo 10 de diciembre de 2017, segundo del tiempo de Adviento, ciclo B: Isaías 40,1-5.9-11 y Marcos 1,1-8.
Bendiciones.
+ Heriberto, Obispo de Melo


Muchos uruguayos sabemos que hay caminos y rutas que no se arreglan frecuentemente. Precisamente, las rutas menos transitadas son las que más se van deteriorando. Me parece que a veces se crea un círculo vicioso: no se arreglan porque son poco transitadas, pero los que transitan las evitan porque están en mal estado… y el deterioro es cada vez mayor.
No está en nuestra mano arreglar esas carreteras, pero hay otras rutas que son de nuestro corazón, de nuestro espíritu… son los caminos de nuestra vida, son los caminos de Dios. Ésas rutas sí está a nuestro alcance mantener.
Un viejo proverbio indio dice: “recorre a menudo el camino que va hasta la casa de tu amigo; si no lo haces, el pasto crecerá y un día ya no podrás encontrarlo”

San Carlos Borromeo decía:
“Así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.”
Y de eso tratan las lecturas de este domingo: arreglar los caminos.
Los términos nos hacen pensar en trabajos de vialidad: rellenar valles, aplanar montañas y colinas. Maquinarias, movimientos de tierra…
Pero se trata en realidad de un trabajo interior. El profeta Isaías llama a la tarea de este modo:
Una voz proclama:
¡Preparen en el desierto
el camino del Señor,
tracen en la estepa
un sendero para nuestro Dios!
¡Que se rellenen todos los valles
y se aplanen todas las montañas y colinas;
que las quebradas se conviertan en llanuras
y los terrenos escarpados, en planicies!
Más adelante el evangelista Marcos reconoce en Juan el Bautista esa voz anunciada por Isaías:
Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.”
Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
El camino del Señor es un camino nuevo. No son los viejos caminos que llevan las peregrinaciones al Templo de Jerusalén; tampoco las calzadas romanas por donde se movían las legiones del emperador. Se trata de un camino “en el desierto”, en el lugar de encuentro con Dios.

Como tantas veces, podemos ver cómo vivieron esto las primeras comunidades cristianas.
En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como camino, verdad y vida.
Los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús en el camino, donde hace arder sus corazones al explicarles a través de las Escrituras el proyecto de salvación realizado en Él.
Las primeras comunidades se referían a su fe cristiana, como “el Camino”.
Así es nombrado cuando se nos cuenta que Saulo, el futuro san Pablo,
“pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que, si encontraba algunos seguidores del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén” (Hch 9,2).
Lo curioso es que el hecho que va a provocar la conversión de Saulo acontece en el camino hacia Damasco (Hch 9,3). A partir de allí, Saulo, con el nuevo nombre de Pablo contará cómo había visto a Jesús en el camino (Hch 9,27) y cómo ese encuentro cambió totalmente su vida.
La carta a los Hebreos (10,20) nos habla de “un camino nuevo y vivo” inaugurado por Cristo.

Jesucristo aparece, él mismo, como camino y aparece en el camino; pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no se trata sólo de esperar ese encuentro, sino que hay que trazar ese camino nuevo para ir hacia Cristo y para que Cristo llegue a nosotros.

¿Cómo se traza ese camino nuevo? ¿Qué es lo que hay que rellenar, qué es lo que hay que aplanar, qué curvas enderezar, qué obstáculos remover, para que Jesucristo pueda llegar a nuestra vida?

Cada uno tiene que encontrarlos. A veces es difícil darnos cuenta. Ya nos dice Jesús que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio…
En estos días agitados de fin de año, necesitamos encontrar ese momento para una buena revisión de vida, para un buen examen de conciencia.

Rellenar los valles significa ver qué es lo que falta en mi vida espiritual. ¿falta oración? ¿falta participar en la Misa? ¿falta confesarme? ¿prestar más atención al prójimo y a sus necesidades? ¿Hacer algo, de corazón, por los demás? ¿Pasar más tiempo con mi familia? ¿Expresarle mi amor a las personas que más quiero?

Enderezar el camino: las curvas alargan, demoran… son nuestras distracciones, que apartan por un momento la mirada de la meta.

Aplanar las montañas y colinas, remover los obstáculos, significa quitar lo que está sobrando.
Muchas veces nos mata la preocupación por cosas secundarias… ¿son realmente tan importantes en nuestras vidas? ¿de verdad no podemos vivir sin ellas? ¿qué pasa si las dejamos para concentrarnos en lo que realmente importa?

Rellenar los valles, enderezar la ruta, aplanar los montes, remover los obstáculos, es disponer el corazón para el encuentro con Cristo que viene en cada hermano, en cada persona. Sólo Él puede cambiar nuestra vida. Nuestros esfuerzos humanos, nuestros trabajos se agotan… el impulso, la buena intención se desgastan.

Por eso este es un tiempo para buscar la ayuda de la Gracia de Dios: en la oración, en la meditación de la Palabra, en los Sacramentos… En fin: necesitamos la ayuda de Cristo.
Animémonos a preparar en nuestra vida los caminos de Dios.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Preparados para recibir al que llega (Marcos 13,33-37)





Entramos en el último mes del año como en un tobogán, donde todo se desliza rápidamente.
En este marco, la Iglesia comienza el tiempo de Adviento.
Adviento significa “venida” y se refiere a la venida de Jesús.
Es Él quien viene a nosotros "en cada persona y en cada acontecimiento".
Preparémonos a recibirlo.
Reflexión sobre el Evangelio de este Primer Domingo de Adviento, ciclo B (Marcos 13,33-37) por el Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant.
Domingo 3 de diciembre de 2017


Primer domingo de diciembre… entramos en el último mes del año como en un tobogán, donde todo se desliza rápidamente.
Nos invade la prisa por terminar muchas cosas pendientes, antes de que acabe el año; sea porque se cierran realmente los plazos o porque queremos quedar libres para tomar unos días de licencia sin preocupaciones ni asuntos pendientes.
Navidad y fin de año se van anticipando en reuniones, despedidas, fin de cursos, fiestas, asados… se corre, aumenta la temperatura ambiente, sube el estrés, y comenzamos a desear que el año viejo se vaya de una vez.

En este marco la Iglesia anticipa el comienzo del año con el inicio de un nuevo “Año Litúrgico”. El año litúrgico es la celebración de los misterios de Cristo distribuida a través de las 52 semanas de un año que no coincide con el año civil, porque combina el calendario solar con el lunar. Por eso, aunque la Navidad está fijada el 25 de diciembre, la Semana Santa se mueve cada año.
El año litúrgico tiene cinco grandes tiempos, con acentos diferentes: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua y tiempo Ordinario o tiempo durante el Año.

Con el Adviento iniciamos el año litúrgico. Precisamente este primer domingo de diciembre es el primero de los cuatro domingos de Adviento.
Adviento significa “venida” y se refiere a la venida de Jesús.
Sería fácil definirlo como tiempo de preparación a la celebración de la Navidad.
En parte es así, porque del Adviento vamos a la celebración del nacimiento de Jesús; pero eso no es todo.
El tiempo del Adviento nos llama a poner en relación -y podríamos decir en tensión- la primera y la segunda venida de Cristo; la primera venida en su encarnación, en su nacimiento en Belén… la segunda “con gloria” al final de los tiempos, para juzgar a vivos y muertos.

En los primeros días del Adviento, el énfasis está en la necesidad de vivir vigilantes y prepararse siempre, mirando a ese encuentro definitivo con Cristo, ya sea el del final de los tiempos o el del final de mi propia vida. Luego, a partir del 17 de diciembre se nos invita más bien a contemplar los acontecimientos históricos que rodearon el nacimiento de Jesús. El color violeta que identifica todo este tiempo nos señala que son días de revisión de vida, de examen de conciencia, de penitencia y reconciliación.

El telón de fondo del Adviento es el de la esperanza y la alegría cristianas. El recuerdo de que Jesucristo vino, la esperanza de que “de nuevo vendrá”, nos ayuda a descubrir que Jesucristo también “viene”, sigue viniendo hoy, cada día, a cada uno de nosotros. La vigilancia a la que nos invita el Evangelio está relacionada también con el presente. Dice Jesús:
«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».
Estar prevenidos, estar en vela… Hace unos cien años Antonio Machado, el poeta español, escribió unos versos donde se pregunta cuál es la palabra de Jesús que resume el Evangelio:
Yo amo a Jesús, que nos dijo: / Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen / mi palabra quedará.
¿Cuál fue, Jesús, tu palabra? / ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron / una palabra: Velad.
“Velad”, o sea, velen, manténgase en vela, manténganse despiertos, en vigilancia… esa es la actitud de quien espera, de quien reza con esperanza la petición del Padre nuestro: “venga a nosotros tu Reino” o de quienes aclaman “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: Ven Señor Jesús” luego de la consagración del pan y del vino.

La consigna de Jesús “estén prevenidos”, “estén en vela”; “velad”, como dice Machado, es un toque de atención para que no nos dejemos arrastrar por la correntada ni aturdir por el barullo. Para no hacer de cada día de nuestra vida una sesión de zapping. Prevenidos, despiertos, para no quedarnos tranquilos en nuestra “zona de confort”, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, distraídos de los valores fundamentales, entretenidos en los accesorios.

Despertar puede hacer que nos enfrentemos a nuestra realidad de seres imperfectos y limitados. El profeta Isaías nos pone ante los extravíos del corazón:
“… nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento.”
Pero a pesar de que somos así, frágiles y pecadores, la Palabra de Dios nos llama a la confianza. A pesar de nuestras infidelidades, Dios es fiel y viene a nuestro encuentro “en cada persona y en cada acontecimiento” mostrándonos su misericordia. Cristo vive y “viene” a nosotros, haciéndose presente de muchos modos.

La presencia de Jesús en su Palabra y en la Eucaristía, en cada Misa, es el signo más concreto y eficaz de que sigue viniendo. Que estos domingos de Adviento nos ayuden a abrir los ojos y el corazón para descubrir a Jesús en nuestra vida. Que estando preparados y en vela podamos encontrarnos con Él y que ese encuentro transforme nuestra vida.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Conmigo lo hicieron" - Cristo Rey (Mateo 25,31-46)





"Reconocer a Jesús en traje de pobre". Así expresaban viejos romances españoles lo que está narrado en la parábola del Juicio Final (Mateo 25,31-46). Más aún, podríamos decir, reconocer a Cristo Rey allí donde mejor se manifiesta su realeza: “clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo” (Papa Francisco, Mensaje I Jornada Mundial de los Pobres).
Reflexión del Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant, sobre el Evangelio correspondiente a la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, ciclo A, Domingo 26 de noviembre de 2017.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar
No sólo en el más conocido de los salmos se presenta Dios como pastor, sino en varios pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. El mismo Jesús diciendo “yo soy el buen pastor” es como la culminación de esa imagen que recorre la Biblia.

El próximo domingo celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.
Este año, las lecturas nos presentan la figura de Dios como pastor que, como dice el profeta Ezequiel, viene “a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y chivos”.

Jesús presenta el cumplimiento de ese anuncio del profeta con la parábola del Juicio Final. En ella se resume el drama de la existencia humana. El drama de cada uno de nosotros y el drama de la humanidad en su conjunto. Así dice Jesús:
    Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
    Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo; porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver».
    Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»
    Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo».
    Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron»
    Éstos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»
    Y Él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo».
    Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna».

Si, como corresponde, tomamos en serio las palabras de Jesús, no podemos menos que estremecernos, o al menos perturbarnos. Pero Jesús no narra sus parábolas para dejarnos tranquilos, sino precisamente para inquietarnos, para que reflexionemos… ¡y actuemos!

Pero hagamos serenamente nuestra reflexión, porque eso es lo que nos ayudará a sacar provecho de la Palabra, es decir, a ver qué dice este Evangelio para cada uno de nosotros, para cada una de nuestras vidas.

En primer lugar, es una parábola, una comparación. Jesús no está diciendo que esto va a suceder de esta forma… pero, sí, hay al menos tres grandes enseñanzas que podemos tomar.

La primera es que hay un final de la historia, marcado por la segunda venida de Cristo. Así rezamos en el Credo: decimos que Cristo “de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin”. “De nuevo vendrá”. “Su reino no tendrá fin”. Con esa venida se cierra la historia, se abre la eternidad. Será el día en que las cosas se pongan en su lugar. Será el día de llegada para el caminar de la humanidad, puesta en camino desde el día de la Creación. Dios no está improvisando con nosotros. Su creación tiene un designio, un plan, una finalidad; por eso, también un final, que no es de destrucción sino de culminación de la creación en vida y plenitud.

La segunda enseñanza es que hay un juicio: Cristo vendrá “para juzgar a vivos y muertos”, dice el Credo. Y a partir de ese juicio se abren para cada ser humano dos posibilidades eternas: para unos, la Vida Eterna, el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, lo que solemos llamar Cielo. Para otros el castigo eterno, el fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles; lo que solemos llamar Infierno.

La idea del Infierno es dura de tragar y muchas veces negada. La afirmación de un Dios misericordioso la hace pensar como imposible. Y sin embargo, Jesús lo ha anunciado muchas veces, de modo que más vale que le creamos también en esto. Hay que ir más allá del lenguaje o las imágenes que expresan ese misterio: el fuego, el azufre, los diablos con cuernos pinchando con tridentes a las almas de los condenados… Así como es más fácil pensar en el Cielo como “la Casa del Padre” de la que nos habló Jesús, el infierno es la oscuridad para quien no puede soportar la luz de Dios y rehúsa volverse a Él y a entrar en su casa. El condenado se condena a sí mismo rechazando el amor de Dios que ha venido a buscarlo en su misericordia y se excluye, se queda fuera.

Pero la tercera enseñanza nos aclara las cosas: seremos juzgados por la misericordia. Las obras de misericordia corporales están en la fundamentación de las dos sentencias. Si actuamos con misericordia hacia el que tenía hambre o sed, estaba sin techo o desnudo, estaba preso o enfermo, fue al mismo Cristo a quien servimos con misericordia. Por el contrario, si cerramos las entrañas, si dejamos frío el corazón ante el hermano necesitado, es al mismo Cristo Rey a quien dejamos de lado. Cristo manifiesta su realeza precisamente “clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo” (Francisco, Mensaje Jornada del Pobre, 2017).

Comentando este pasaje del Evangelio, decía el Papa Francisco:
La salvación no comienza con la confesión de la realeza de Cristo, sino con la imitación de sus obras de misericordia a través de las cuales Él realizó el reino. Quien las realiza demuestra haber acogido la realeza de Jesús, porque hizo espacio en su corazón a la caridad de Dios.
Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor, en la proximidad y en la ternura hacia los hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o no en el reino de Dios, nuestra ubicación en una o en otra parte. Jesús, con su victoria, nos abrió su reino, pero está en cada uno de nosotros la decisión de entrar en él, ya a partir de esta vida —porque el reino comienza ahora— haciéndonos concretamente próximos al hermano que pide pan, vestido, acogida, solidaridad, catequesis. Y si amaremos de verdad a ese hermano o a esa hermana, seremos impulsados a compartir con él o con ella lo más valioso que tenemos, es decir, a Jesús y su Evangelio. (Domingo 23 de noviembre de 2014, Cristo Rey)