miércoles, 17 de julio de 2019

“Te ruego que no pases de largo” (Génesis 18,1-10a). Domingo XVI del Tiempo Ordinario.







A comienzos del año 71, tres muchachos de ciudad pasaron unos días en una estancia en el departamento de Paysandú, cerca de Guichón. Los caseros recibieron a los muchachos como a hijos. Los amigos pronto se encontraron de madrugada desayunando asado de oveja y mate amargo con los peones, montando a caballo por primera vez, acompañando la recorrida por el campo y hasta ayudando a encerrar una majada… hubo más de una caída del caballo y muchos sucedidos para recordar. Se fueron con ganas de volver, pero no se dio.
La amiga de los tres que había arreglado la estadía, esporádicamente les daba alguna noticia de los puesteros, pero no hubo más contacto.
20 años después, Andrés, uno de aquellos muchachos se encontró con un hombre más joven. Era el hijo de los puesteros. Se acordaba de los cuentos de aquella visita y llevó a Andrés a casa de su familia, que ahora vivía en la ciudad. Andrés quedó impresionado por esos recuerdos tan vivos que guardaban quienes lo habían recibido hacía ya tanto tiempo… algo de eso estaba en su memoria, pero necesitó recuperarlo de algún rincón escondido.
La familia que había recibido a los jóvenes había vivido aquello como un acontecimiento, que los hizo salir de su rutina y que fue rememorado una y otra vez, saboreando cada anécdota, junto a tantos hechos que atesoraban en su memoria.

Esta historia me llevó a preguntarme qué es lo que hace que una visita sea eso: un acontecimiento y no un puro compromiso, un trámite, una prestación de servicios… o hasta un fastidio. Las lecturas de este domingo nos traen historias de visitas que dan una respuesta: esas visitas fueron acontecimientos porque hubo un verdadero encuentro, que, además, fue mucho más allá de lo puramente humano.

Un pasaje del libro del Génesis nos presenta a Abraham, patriarca de un clan, acampado en un lugar sombreado, en medio de un gran espacio deshabitado. A la hora de más calor, divisó a tres hombres parados cerca de él. Al verlos corrió hacia ellos ofreciendo su hospitalidad:
«Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo delante de tu servidor. Yo haré que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a la sombra del árbol. Mientras tanto, iré a buscar un trozo de pan, para que ustedes reparen sus fuerzas antes de seguir adelante. ¡Por algo han pasado junto a su servidor!»
No son los forasteros los que piden ser recibidos. Es Abraham quien, con un trato marcadamente respetuoso, les ruega que no pasen de largo y espera que ellos le den su consentimiento para atenderlos en la forma especial que él quiere hacerlo. Ofrece en primer lugar una posibilidad reconfortante: lavarse los pies, algo que aprecia cualquier caminante, al igual que el descanso a la sombra. Les anuncia “un trozo de pan”, pero se acerca con tortas “de la mejor harina”, cuajada, leche y “un cordero tierno y bien cebado”. Los viajeros son tres, pero Abraham los trata como a uno solo. En ellos se revela Dios, que está visitando a Abraham para anunciarle que cumplirá la promesa que le ha hecho: Abraham y Sara tendrán un hijo. Dios lo prometió y cumple sus promesas. Abraham recibe muchísimo más que lo que él ha entregado.

De la carpa del nómade Abraham, pasamos a un pueblo en tiempos de Jesús. El evangelio nos cuenta que
una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.
Tenía una hermana llamada María.
Vemos a Marta desviviéndose por atender a Jesús, ocupándose en todo lo que ella piensa que necesita su huésped. Mientras tanto,
[María] sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.
No pasemos por alto la posición en que está María. No es comodidad ni humillación. Esa posición indica algo. San Pablo cuenta que él fue
Instruido a los pies de Gamaliel (Hechos 22,3)
Esa es la posición del discípulo: sentado a los pies del maestro.
Jesús ha llegado como Maestro. María lo ha reconocido así y por eso está sentada a sus pies, escuchando.

Ante esto, Marta se enfada:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude».
Marta hace un reproche: “¿no te importa…?” y luego le dice a Jesús lo que él tiene que hacer: “dile que me ayude”. Marta no se coloca como discípula. Sigue en su lugar de dueña de casa.
La respuesta de Jesús es toda una enseñanza:
«Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada».
Jesús la llama por su nombre, “Marta”, como suele hacer con sus discípulos. Lo hace con cariño, pero también con firmeza.
Le hace ver su situación: Marta se preocupa y se agita. En cambio, el discípulo conoce al Padre Dios y confía en su Providencia. El discípulo trabaja; sí; pero no se preocupa ni se agita porque su atención está dirigida a Dios.
La preocupación de Marta está puesta sobre muchas cosas. Ella se prodiga en los detalles; quiere todo bien hecho, para agradar a su visita.

Jesús no quita importancia al trabajo de Marta, pero marca una jerarquía de valores, jugando con las palabras: muchas cosas, pocas cosas, una sola, la mejor. La mejor y la verdaderamente necesaria es la que ha elegido María, y Marta no se la puede quitar. En cambio, Marta, sí, puede sentarse también a los pies de Jesús y dejar de decirle lo que tiene que hacer y escuchar lo que Él tiene para decirle a ella. Jesús no ha venido a ser servido, sino a servir; no ha venido para que le den lo que a Él no le hace falta, sino para dar, para entregar lo que María, Marta y cada uno de nosotros de verdad necesita.

A veces, como Marta, nos preocupamos por “muchas cosas”, queremos ayudar al otro, pero no nos preguntamos qué es lo que realmente está necesitando, cuáles son sus deseos, sus necesidades más profundas, incluso más allá de lo material. Más que cosas, muchos necesitan -como también nosotros- recibir atención, que se les muestre interés, que se les brinde lo mejor de nuestro tiempo.

Cuando llegamos al corazón del visitante, cuando podemos ofrecerle lo que más necesita, cuando dejamos que él nos comparta de lo suyo, cuando alcanzamos esa comunión, entonces vivimos un encuentro… un acontecimiento que quedará vivo en el recuerdo… Y si no lo sentimos en el momento, un día nos daremos cuenta de que Dios también estaba allí.

Amigas y amigos, gracias por su atención. No dejemos pasar la oportunidad de vivir verdaderos encuentros con los demás y con Jesús. Que cada uno de ellos sea un acontecimiento. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

viernes, 12 de julio de 2019

"¿Quién es mi prójimo?" (Lucas 10,1-12.17-20). XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C






Solferino

El pasado 24 de junio, hace ya casi tres semanas, no solo recordamos a san Juan Bautista, no solo se cumplieron 84 años de la muerte de Carlos Gardel, sino que hubo otro aniversario: 160 años de la batalla de Solferino. Creo que a poca gente le dice algo ese nombre y esa fecha, 24 de junio de 1859, salvo que sean personas que conozcan la historia de la organización humanitaria cuya idea inicial surgió allí.
Solferino es una pequeña localidad situada en el norte de Italia. Allí fue derrotado el ejército del imperio austrohúngaro por fuerzas de Napoleón III y Víctor Manuel II, en la lucha por la unificación de Italia. 38.000 soldados de ambos bandos quedaron tendidos en el campo de batalla, muertos o agonizantes. Atardeciendo aquel día, llegó un suizo llamado Enrique Dunant. Profundamente conmovido por todos aquellos heridos que no recibían ninguna asistencia, logró organizar a la población civil, especialmente mujeres jóvenes, para atender a todos los caídos que aún vivían, sin importar a qué ejército pertenecían. Un grupo de esas mujeres concibió un lema inspirador: Tutti fratelli (todos somos hermanos). A partir de esa experiencia, Dunant iría madurando la idea que lo llevaría a la fundación de la Cruz Roja.

“¿Quién es mi prójimo?”

“¿Quién es mi prójimo?” es la pregunta que, en el evangelio de este domingo, le hace a Jesús un doctor de la Ley. Prójimo, la palabra que usamos hoy en español, viene del latín proximus. De esa misma palabra deriva “próximo”. Prójimo y próximo expresan cercanía, vecindad, pero prójimo tiene otra carga, porque hay un mandamiento de amar al prójimo.
Precisamente por ahí empezó el diálogo de Jesús con aquel hombre conocedor de la Palabra de Dios, que se acercó y le dijo:
- «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»
- «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»
- «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo».

Ahí llega la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”. La pregunta del doctor de la Ley parece pedir límites. ¿hasta dónde llega mi obligación de amar? ¿a quién puedo considerar mi prójimo?

La familia y el clan

Hay una primera unidad humana que es la familia, el grupo unido por lazos de sangre o de adopción. La familia israelita era grande; no sólo porque había numerosos hijos, sino porque se formaba en torno al patriarca, un anciano con el que todos estaban emparentados… más que familia, era un clan.
En el libro de Isaías leemos:
“No te cierres a tu propia carne”, “no te escondas de tu hermano de sangre” (58,7).
Es un llamado a no olvidarse de la propia familia. Así comprendemos lo de “la caridad bien entendida empieza por casa”, es decir, por nuestra familia, por aquellos con quienes formamos esa comunidad de vida. Aquí prójimo se hace sinónimo de pariente, de hermano… miembro del clan…

Las 12 tribus y el Pueblo de Israel

Hay un grupo más amplio que el clan: la tribu. El Pueblo estaba formado por las 12 tribus, cada una de las cuales reconocía como origen a uno de los hijos de Jacob, llamado también Israel. Es un parentesco más difuso, pero conduce a los miembros de las tribus a mirarse unos a otros como familia, como parientes, en tanto descendientes de Abraham, Isaac y Jacob. Prójimo aquí es ya el miembro del mismo pueblo.
Es fácil criticar esto diciendo: “al final se ayudan solo entre ellos” … mejor es preguntarme hasta dónde estoy yo dispuesto a ayudar a los de mi propia familia o a mis propios compatriotas.

El extranjero pobre y necesitado

Pero el círculo se sigue ampliando. En el Antiguo Testamento, cuando se menciona a las personas que más necesitan ayuda, se repite un trío sobre el que Dios tiene una atención especial: el huérfano, la viuda y el extranjero
“[Dios] hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra Su amor al extranjero dándole pan y vestido” (Deuteronomio 10,18; también Zacarías 7,10; salmo 146,9).
“Muestren amor al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto”
(Deuteronomio 10:19)
Se trata del extranjero que habita en medio del Pueblo de Israel… el que ha llegado como inmigrante, movido por la escasez y el hambre, como habían llegado un día los mismos israelitas a tierra de Egipto.
Podemos pensar también nosotros hoy… ¿qué pasa con los emigrantes en el mundo… qué pasa con los que estamos recibiendo aquí nomás, entre nosotros? ¿Qué disposición encuentran de nuestra parte?

Entonces...

¿Quién es mi prójimo, entonces? Mi pariente; mi compatriota; el inmigrante… así podría haber contestado Jesús, pero lo hizo de otra forma. Contó la parábola del buen samaritano.
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver".
¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?»

El samaritano que se hizo prójimo

No por casualidad, Jesús eligió un samaritano como ejemplo de amor al prójimo. Lanzó así un desafío. Los judíos y los samaritanos no se hablaban. Los samaritanos -que viven aún en el Israel moderno, aunque no llegan al millar- eran considerados como una especie de intrusos, que creían en el mismo Dios que los israelitas, pero a su manera… Precisamente, esa persona considerada ajena, extraña, es la que se deja mover por la compasión y asiste al herido. Esa es la actitud que debe imitar quien quiera vivir el amor al prójimo. Las mujeres que proclamaron “todos somos hermanos” en el campo de Solferino pertenecen a esa clase de personas. Ellas y el anónimo samaritano nos siguen enseñando a cruzar los compartimientos y las fronteras que nos ponemos a la hora de ver a quién ayudar y a quien no.

La exigencia del amor

Los uruguayos sabemos vivir esa solidaridad en los momentos de urgencia y emergencia. Los pedidos de ayuda encuentran respuesta, a veces muy generosa, frente a inundaciones, tornados y accidentes. También, a pesar de egoísmos y conflictos, sabemos vivir el amor en el día a día, con aquellos con quienes convivimos. A veces es necesario recordar que no siempre amar y hacer el bien consiste en complacer demandas… el amor de Jesús es un amor exigente; no porque quiera quitarle nada a quien ama, sino porque quiere que cada uno de nosotros sea lo mejor que puede ser y cada uno dé al mundo lo mejor que puede ofrecer.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga, que puedan disfrutar de un buen domingo en familia o entre amigos. Hasta la próxima semana si Dios quiere.


jueves, 4 de julio de 2019

“El Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lucas 10, 1-12.17-20). Domingo XIV del Tiempo Ordinario.







Hoy en día muchas empresas nos hablan de su misión y visión. A veces las tienen escritas en un lugar visible para el público o en su página de internet. La visión responde a la pregunta “¿qué queremos llegar a ser?”, mientras que la misión responde a “¿Cuál es nuestra razón de ser?”. Los técnicos dicen que establecer cuál es la misión de una empresa le permite a quienes la forman orientar las decisiones y acciones de todos los miembros -de todos los miembros- hacia esa misión; establecer objetivos, formular estrategias y ejecutar tareas coherentes con esa razón de ser.

El 8 de diciembre de 1975, el Papa Pablo VI -san Pablo VI- entregó a los fieles de toda la Iglesia Católica una exhortación cuyo título en latín es Evangelii Nuntiandi, es decir “el anuncio del Evangelio”, sobre la evangelización en el mundo contemporáneo. En 1976 yo era un joven maestro que integraba el Consejo Pastoral de la parroquia de mi pueblo. Ese año, el padre Pierre, nuestro párroco, nos fue animando a leer y a reflexionar sobre ese documento del Papa. Me quedaron de aquellas lecturas y charlas varias ideas, pero, sobre todo, estas palabras que encontramos en el N° 14:
la Iglesia
“existe para evangelizar”;
“la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”. 
Eso fue para mí especialmente iluminador. Es la razón de ser de la Iglesia, su misión, en la que todos sus miembros estamos llamados a participar. Años después, siendo primero párroco y hoy obispo, he vuelto una y otra vez sobre esas palabras que nos ayudan siempre a discernir sobre lo que estamos haciendo en la Iglesia: esto que hacemos, o que queremos hacer ¿está, o no está, al servicio de la evangelización?

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús enviando en misión a un grupo grande de discípulos. Recordemos lo que decíamos la semana pasada: Jesús está en camino a Jerusalén, sabiendo que allí le espera la pasión y la cruz. Al enviar este grupo Jesús da varias indicaciones llamativas en distintos aspectos. Muchas de ellas se explican por la urgencia que siente Jesús en que su mensaje llegue al mayor número posible antes de que su vida terrena se consuma.

Los 72, siendo un grupo numeroso, son para él insuficientes, porque la cosecha que deben recoger es grande y puede perderse por falta de operarios:
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.
Dios es el único que puede enviar esos obreros y, por eso, el único medio es pedírselos a Él con oración perseverante.

Esa misma urgencia le hace decir a Jesús
no se detengan a saludar a nadie por el camino.
No hay que entretenerse en conversaciones ociosas: hay una misión que cumplir.
Una vez que encuentren un lugar donde dormir, les recomienda
No vayan de casa en casa.
No se trata de ir buscando más comodidades, sino de concentrarse en la misión.

¿Cuál es el mensaje que deben llevar los discípulos? Jesús les dice apenas dos frases.

La primera:
Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!”
La paz de Dios. Shalom; es el saludo normal entre israelitas. Ese es el saludo de Jesús y el saludo indicado a sus discípulos. No es pura fórmula. Es ofrecer de verdad la paz. Jesús comunica a sus discípulos la paz de la que ellos serán portadores. La paz es la primera señal del Reino de Dios. Los discípulos llegan en paz, con mansedumbre de palomas o de ovejas, aunque puedan encontrarse en medio de lobos. Llegan con respeto, con espíritu fraterno, contagiando paz. Hacen sentir que la paz es posible, que es un don que Dios ofrece y comunica a todos, porque todos somos aceptados por Él, a pesar de nuestras fallas y nuestras incoherencias. La reconciliación y la amistad entre los hombres se hace posible en Dios.

La segunda frase es:
digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”.
Si leemos con atención los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, veremos que Jesús habla casi permanentemente del Reino de Dios. No es extraño, entonces, que les diga a sus discípulos que eso es lo que tienen que anunciar.

No es un Reino de este mundo: un país o un lugar reservado para Dios. No tiene fronteras. No cuenta con ejército. No hay un rey que ejerza dominio, actuando como dueño de personas y cosas, imponiendo pesadas cargas y usando la violencia para mantener su poder.
Jesús habla, más bien, de “reinado de Dios”. Dios reina cuando se cumple su voluntad. Entramos a su Reino cuando en nuestra vida empezamos a hacer la voluntad de Dios.
En el Padrenuestro pedimos:
“Venga tu Reino”
 y, a continuación:
“hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.
La voluntad de Dios no es caprichosa ni arbitraria. Es voluntad de vida y salvación para la humanidad. En el Evangelio de Juan apenas encontramos la palabra “reino”, pero allí Jesús manifiesta que Él ha venido a traernos vida, vida abundante. El reino de Dios es el reino de la Vida, vida plena que viene de Dios mismo.

Toda la humanidad está llamada a entrar en el Reino, empezando por los pobres y los pequeños. Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino. Los llama a la conversión, sin la cual no se puede entrar al Reino. Al mismo tiempo, les muestra la Misericordia infinita del Padre. Él mismo se manifiesta como el rostro de la Misericordia, la puerta de la Misericordia.
Para presentar el misterio del Reino, Jesús utiliza las parábolas. Muchas de ellas comienzan diciendo
“El Reino de Dios se parece a...
...a un grano de mostaza, un poco de levadura, etc. Esas comparaciones, llenas de imágenes sencillas y cotidianas son comprensibles, pero no se agotan fácilmente. Leídas una y otra vez, siguen siendo sugestivas para quien las escucha.

Jesús acompaña sus palabras con “milagros, prodigios y signos”, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,22). Los signos que hace Jesús alcanzan a algunos hombres y mujeres a quienes libera de diversas formas del mal: hambre, enfermedad, muerte, injusticia, marginación… a algunos, no a todos, porque son signos proféticos de su misión fundamental, la misión del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”: liberar a las personas de la esclavitud del pecado.

A lo que los discípulos tienen que anunciar con palabras, Jesús agrega dos signos: uno, llevar una vida sencilla, yendo livianos de equipaje y aceptando con sencillez la hospitalidad de la gente; dos, curar a los enfermos, signo que Jesús realiza frecuentemente. A su regreso los discípulos reportarán haber sometido hasta los demonios en nombre de Jesús. Han vencido el mal con la fuerza del Evangelio, la buena noticia de Jesús.

Hace un momento recordábamos la oración de Jesús que todos conocemos. Cada vez que la rezamos pedimos al Padre “venga tu Reino”. No podemos decir algo como eso mecánicamente y a toda prisa, sin hacer realmente nuestro lo que estamos pidiendo. Pedir que venga el Reino de Dios expresa el deseo y la esperanza de que el Reinado de Dios vaya transformando la realidad de nuestro mundo. Pedir al Padre que se haga su voluntad no es una actitud resignada, sino nuestra disposición y nuestro compromiso activo para colaborar en que el reinado de Dios se haga realidad. Recemos la oración del Señor, despacio, sintiendo el sabor y el peso de cada palabra y levantando el corazón al Padre en cada petición.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

jueves, 27 de junio de 2019

En camino con Jesús (Lucas 9, 51-62). Domingo XIII del Tiempo Ordinario.







"Delante hay un camino, por él me voy…"
(Hombre en el tiempo. Armando Tejada Gómez - César Isella)
Muchas canciones hablan de caminos y caminantes. El camino es una recurrente imagen de la vida misma.
A veces, nos va la vida en el caminar. Así lo cuenta el aviador Antoine de Saint-Exupery, el autor de El Principito.
«En la nieve se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, lo único que se desea es dormir. Eso deseaba yo. Pero me decía a mí mismo: Si mi mujer cree que estoy vivo, cree que camino. Mis compañeros creen que camino. Ellos confían en mí. Yo sería un canalla si no camino». (Tierra de hombres).
Recordemos una de las formas en que Jesús se presenta a sí mismo:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6)
“Los del Camino”: así fueron llamados los primeros cristianos, como cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. En tiempos de Jesús, la gente caminaba. La peregrinación de Nazaret a Jerusalén, cuando Jesús se quedó en el templo, era un viaje a pie, de al menos seis días.
"Nadie camina mejor, te juro,
que aquel que aprende sobre su andar"
(Adiós mi Salto. Víctor Lima.)
La gran escuela que tuvieron los Doce junto a Jesús, fue el camino. Caminando con el maestro fueron viendo su manera de actuar y escuchando su enseñanza. Todo eso se grabó en su corazón… el Espíritu Santo les ayudó después a reconocer lo que habían vivido junto a Jesús, a interpretarlo desde la fe y a elegir de nuevo seguir al Señor en el camino, aunque ya no estuviera él en la misma forma, caminando delante de ellos.

Este domingo el evangelio nos presenta cuatro sucesos de camino. Los introduce diciéndonos que Jesús ha emprendido el viaje hacia su pasión y su cruz. No olvidemos ese telón de fondo sobre el que se recortan los cuatro episodios:
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.

El primer suceso es un rechazo:
Entraron en un pueblo de Samaría ... Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.
Los discípulos reaccionan de manera terrible:
¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?
Proponen un castigo de extrema y desproporcionada violencia… piden que esa aldea sea tratada como Sodoma y Gomorra, donde se había violado la muy sagrada ley la de la hospitalidad; pero aquellas ciudades no fueron castigadas por negarse a recibir a los viajeros, sino por pretender abusar de ellos.
Los samaritanos no quieren recibir a Jesús porque Él se dirige a Jerusalén… Parafraseando a la mujer samaritana que, ella sí, terminó escuchando a Jesús, podríamos pensar que ellos le dicen: “¿Cómo tú, que eres judío, que vas a Jerusalén al templo y no adoras a Dios en nuestro monte, nos pides a nosotros, los samaritanos, que te recibamos?”
Jesús no entra aquí en diálogo porque hay que seguir el camino; pero no sigue el impulso violento de sus discípulos y los reprende.

Los otros tres episodios se relacionan con ir o no ir con Jesús por el camino.
"Porque el camino es árido y desalienta..."
(Canción de caminantes. María Elena Walsh)

- Uno quiere seguirlo sin medir lo que significa
¡Te seguiré adonde vayas!
Jesús enfría ese entusiasmo, haciendo ver las exigencias de ir con él:
«el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza»
La iniciativa del llamado la tiene Jesús. Aquí hay algo que a veces nos cuesta entender… la vocación es iniciativa de Dios. Él llama: yo respondo sí o no, ejerciendo mi libertad; pero la “auto vocación” es un autoengaño.

Camino que atrás dejamos nos va siguiendo, siguiendo
Los otros dos, sí, son llamados por Jesús, pero quieren que sea “para después”:
«Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre»
«Permíteme antes despedirme de los míos»
Jesús pide una respuesta inmediata, como la de los primeros discípulos. El les dijo “síganme”
Y ellos, dejado sus redes, lo siguieron. (Marcos 1,18)
Por eso amonesta a los renuentes:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios».
«El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».
Voy, voy, por algo soy caminante.
Guitarra de medianoche. Horacio Guarany
Jesús vivió su misión en la tierra con un sentido de urgencia. Por un lado, porque él mismo sentía que tenía poco tiempo; por otro, pensando en quienes se iban a perder si no recibían el anuncio a tiempo.
La imagen de la cosecha que está ya pronta para ser levantada, evangelio del domingo siguiente, es muy clara:
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Lucas 10,2).
Hace años, leyendo ese pasaje del evangelio con un grupo de agricultores, uno me explicó muy claramente de qué se trataba: “Si Ud. tiene una cosecha para levantar, lo tiene que hacer lo más pronto posible; si se pasa, puede llegar a perder todo, porque de repente llueve y ya no puede entrar, o el cultivo se apesta…”

El tiempo de Jesús se acorta; la pasión está cercana; por eso, la urgencia se hace más grande.

A veces nosotros necesitamos ser invadidos por la urgencia de Jesús, para que nuestra vida no se pierda… hay cosas verdaderamente importantes que, sin embargo, postergamos… “todavía no, todavía no…” No podemos jugar con eso: puede que un día nos demos cuenta de que ha llegado el “ya no”: ya no es posible.
Hagamos nuestro “ahora sí”. Respondamos al llamado de Jesús al encuentro con Él, al reencuentro con los hermanos, a la reconciliación con la persona de la que me he alejado; al paso de conversión que vengo postergando, a aquello importante que dejo sepultar por lo aparentemente urgente. “Ahora sí”. Una y otra vez: “un paso… y otro paso… caminar y caminar”.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Bendiciones para el camino a lo largo de esta semana, y hasta la próxima si Dios quiere.


lunes, 24 de junio de 2019

Esas "Diosidencias"... la bandera uruguaya y los japoneses


"¡Qué coincidencia!" decimos tantas veces... pero hay algunas cosas que nos pasan que no caben dentro de la casualidad. Ayer, fiesta de Corpus Christi, en la que con fe y con sentimiento decimos "Dios está aquí", en la Eucaristía, yo recordaba cuántas veces, de tantas formas diferentes, Dios nos muestra que está en nuestros caminos y entonces ya no se trata de "coincidencias" sino de "Diosidencias", cosas de Dios. Esto es lo que me compartió un amigo esta mañana.


El jueves pasado, junto con miles de uruguayos, un amigo y yo llegamos en moto a Porto Alegre, para alentar a la celeste.
Ya ubicados en las tribunas del Arena de Gremio, coloqué delante de mí, en una baranda, una bandera uruguaya que había guardado para estrenar en una ocasión como ésta.
Mirando alrededor, entre los muchísimos compatriotas, noté que cerca de nosotros había una familia japonesa: un matrimonio y dos niños. Primero pensé que podía ser alguna familia brasileña de ese origen, pero enseguida me di cuenta de que estaban allí igual que nosotros: me imaginé que habían venido desde su país, para seguir los juegos de su selección nacional; eso sí, con un viaje un poquito más largo que el nuestro…
En un momento, el hombre se paró para ir a buscar algo para comer. Al pasar frente a nosotros, se apoyó sin querer en la bandera… al notarlo, con mucha delicadeza, se disculpó.
Me impresionó mucho ese gesto: ese respeto, esa educación… honrar los símbolos patrios (en este caso, ajeno a su país).
A medida que fue transcurriendo el partido, pensé: “le voy a pedir permiso a los padres y les voy a regalar a sus hijos esta bandera”.
Al escuchar el pitazo final, me levanté y doblé cuidadosamente nuestra enseña patria… pero cuando miré hacia donde estaban los japoneses… habían desaparecido.
Me quedé con una gran desazón, pensando si tendría que haberme adelantado… pero ya estaba. Con mi amigo organizamos para seguir nuestro viaje hacia la Serra Gaúcha, en este caso a Nova Petrópolis.
Ya en la ruta, y rumbo a la sierra, teníamos pensado parar a comer en Loma Verde, un restaurant de origen alemán, lugar que yo conocía y quería mostrarle a mi amigo. Al parar en un semáforo, ya a 100 km. de Porto Alegre, al lado de una estación de servicio, nos llegó el olorcito a asado de una churrascaria… y no nos pudimos resistir. El restaurant alemán quedaría para otra ocasión.
He aquí que, cuando entramos, y nos acomodamos en una mesa, nos encontramos con la familia japonesa… ¡sentada a nuestro lado! Me acerqué a ellos. El hombre entendía portugués. Los demás, nada. Le expliqué lo que quería hacer. Los niños aceptaron encantados… nos sacamos las fotos y nos fuimos todos con esa alegría que da el encuentro humano, el encuentro que nos hace sentir hermanos más allá de razas, lenguas y fronteras. Alegría de ambos lados, respeto por nuestros símbolos (en este caso, la bandera nacional). El mundo cada día nos demuestra que todo es, al mismo tiempo, ¡tan grande y tan pequeño! y que las buenas intenciones se cruzan en los caminos de la vida.
Álvaro Márquez

jueves, 20 de junio de 2019

“Hagan esto en memoria mía” (1 Corintios 11,23-26). Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.






En enero de 1680 el portugués Manuel Lobo, gobernador de Río de Janeiro, llegó hasta la costa del Río de la Plata, frente mismo a Buenos Aires y fundó allí una población con el nombre de Colônia do Santíssimo Sacramento.

Esa fundación portuguesa en territorios coloniales de España se inscribía en una larga pulseada de lusitanos y españoles por el dominio de América.

Tras muchos avatares, aquel poblado siguió existiendo. Hoy es la ciudad de Colonia del Sacramento o simplemente “Colonia”, capital del departamento de ese nombre. Su casco histórico, orgullo de los uruguayos, en 1995 fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la humanidad.

“Colonia del Sacramento”… ¿Por qué ese nombre? ¿De qué sacramento se trata? En la Iglesia Católica se celebran siete sacramentos, desde el bautismo hasta la unción de los enfermos… pero aquí se trata del “Santísimo” Sacramento: aquel en el que quien lo recibe o lo adora, está recibiendo o adorando al mismo Jesús, realmente presente.

Es el sacramento que Jesús instituyó en la última cena, tal como recuerda san Pablo en la segunda lectura de esta fiesta. Ese pasaje de la primera carta a los Corintios es el escrito más antiguo que se conserva respecto a la Eucaristía:
Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.»
De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía.»
Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.
La comunidad de los discípulos de Jesús, la Iglesia, siguió celebrando la Cena del Señor. Al gesto central indicado por Jesús, en relación con su cuerpo y su sangre, se juntó el Pan de la Palabra, es decir, las lecturas bíblicas y otros ritos. La primitiva comunidad cristiana llamaba a esta celebración “la fracción del pan” y también “la liturgia”. Otros nombres se fueron agregando: el “sacrificio eucarístico”, es decir, de acción de gracias y la palabra Misa, que nos viene del latín y se utilizaba ya en época del Papa San Gregorio Magno, fallecido en el año 604.

En cada Misa, el sacerdote invoca al Espíritu Santo sobre el pan y el vino que han sido presentados y repite las palabras de Jesús en la última cena, pidiendo que ese pan y ese vino sean cuerpo y sangre de Cristo. En la Iglesia Católica creemos que esa presencia permanece más allá de la celebración, siempre que el pan y el vino consagrados mantengan sus propiedades, es decir que no se alteren. Por eso, las hostias consagradas que son el cuerpo de Cristo son guardadas en el sagrario, quedando disponibles para la comunión de los enfermos. Cuando entramos a una Iglesia fuera del horario de Misa, lo primero que deberíamos buscar es dónde está el sagrario. Si hay al lado de éste una luz encendida, eso nos indica que allí está la presencia de Jesús.

Esa presencia de Jesús fue despertando una gran devoción. En el siglo XIII, una mujer belga, Santa Juliana de Monte Cornillon promovió que se celebrara una fiesta especial en honor del Santísimo Sacramento. Así nació la celebración del Corpus Christi, que hoy llamamos “Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo”. Al principio se celebraba solo en algunas diócesis. En el año 1264 el Papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia.

Este domingo, precisamente, se celebra en Uruguay la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En otros países se celebra el jueves, no el domingo. La celebración consiste básicamente en la Misa, seguida de una procesión en la que se lleva el Santísimo en un aparato que se llama “ostensorio”, porque ostenta, es decir, muestra la Hostia consagrada. La procesión termina en una Iglesia, donde el sacerdote o el obispo que preside imparte la bendición con el Santísimo Sacramento.

En el siglo XIX comenzaron a celebrarse Congresos Eucarísticos, tanto nacionales y como internacionales. Desde entonces son un momento de encuentro de la comunidad creyente en torno a la presencia de Jesús en la Eucaristía, para profundizar en ese misterio, presentarlo al mundo, adorarlo y alabarlo.

Los congresos eucarísticos internacionales fueron tomando diferentes temas y procurando despertar o fortalecer aspectos de la fe: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, la importancia de la comunión frecuente, la dimensión misionera, la comunión de toda la Iglesia, la relación entre María y la Eucaristía, la apertura a los problemas del mundo contemporáneo, la dimensión ecuménica y el diálogo interreligioso. El primer congreso internacional se celebró en 1881 en Francia y el más reciente, quincuagésimo primero, en 2016, en Las Filipinas.

En Uruguay se han celebrado algunos congresos diocesanos y cuatro nacionales. Vamos en camino al quinto. Mons. Mariano Soler convocó en Montevideo, en 1894 y 1900, los dos primeros congresos nacionales. Después de algunos intentos que no cuajaron, el tercer congreso se realizó también en la capital, convocado por una carta pastoral que firmaron los cinco obispos de aquel tiempo: Francisco Aragone, arzobispo de Montevideo; Tomás Camacho, obispo de Salto; Miguel Paternain, obispo de Florida-Melo y los coadjutores de Montevideo y Salto, Antonio Barbieri y Alfredo Viola.

Para recuerdo del congreso de 1938, Mons. Paternain creó una nueva parroquia en la Diócesis de Florida-Melo, a la que llamó Santísimo Sacramento, en la ciudad de Vergara, que celebra su fiesta patronal el próximo domingo.

Pasaron muchos años hasta que, en el centenario del segundo congreso y con motivo del Gran Jubileo del año 2000, fue la ciudad de Colonia la anfitriona del IV Congreso Eucarístico Nacional. Entre las muchas cosas que quedaron para memoria de aquel evento, está el hermoso himno:
Compañero del camino, que te entregas hecho pan
Jesucristo, vida plena para todo el Uruguay.
En nuestros días, los Obispos uruguayos decidimos invitar a todo el Pueblo de Dios que peregrina en Uruguay a celebrar el V Congreso Eucarístico Nacional, del 16 al 18 de octubre del próximo año 2020, con la finalidad de renovar nuestra fe, de modo especial en el misterio eucarístico.
Antes de octubre de 2020 habrá una serie de actos, tanto a nivel nacional como en cada diócesis, formando un camino que culminará con la gran Eucaristía final.

Lo importante para los cristianos es, como decían los Obispos uruguayos en el año 2000,
“reconocer a Jesús Resucitado en la fracción del pan. (…) para lograrlo, antes, hemos de reconocerlo en la Palabra que él pronuncia en nuestro corazón; en nuestros hermanos más pobres y excluidos de la sociedad; en la comunidad y en la celebración litúrgica donde se hace presente y en los gestos de solidaridad” (CEU, “Jesucristo vida plena para el Uruguay”, 15)
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

martes, 11 de junio de 2019

Santísima Trinidad, humana dignidad.







Realidad virtual, verdad alternativa, noticias falsas… vivimos en un mundo en el que a veces perdemos noción de la realidad. No es algo nuevo… pero en nuestro tiempo es… más intenso.
Sin embargo, siempre llega un momento en el que la realidad nos despierta. Y la realidad es nuestra vida concreta, hecha de trabajos y descansos, de penas y alegrías, de desencuentros y encuentros.

Hay realidades que golpean. Recojo la presentación del programa En Perspectiva:
“Se contabilizó un total de 2.038 personas en situación de calle, de las cuales 1.043 se encontraban a la intemperie y 995 en refugios del MIDES. (...) Se determinó una altísima incidencia de problemas de salud mental, consumo problemático de drogas y experiencias de privación de libertad”. (La Mesa, 31 de mayo)
Hay gente que, en años pasados, ha salido de esa situación, pero otros van llegando, por diferentes razones ¿y entonces? Una participante del mismo programa comparte:
“Todos somos indiferentes… una de las cosas primeras que hacemos con la gente que está en situación de calle es invisibilizarlos… porque hay un momento en que acercás un plato de comida caliente, regalás un saco de abrigo, pero, en términos generales, lo que todos hacemos, es mirar para el costado y seguir conversando con alguien, porque sentís que no podés resolverlo, te da impotencia” (Ana Ribeiro).

Allá por los ochenta, cuando yo estaba en el Seminario, preparándome para ser sacerdote, teníamos reuniones de comunidad, donde compartíamos inquietudes y búsquedas. “La realidad” era un tema recurrente. Conocer la realidad. ¿A qué nos referíamos con eso? Fundamentalmente, a la realidad social del país, a las situaciones de pobreza, privaciones, sufrimientos… en aquella época todavía se hablaba de cantegriles (hoy se dice asentamientos) barrios de viviendas… y de vidas precarias. Había compañeros que estaban en parroquias con zonas muy pobres e insistíamos mucho sobre eso.

Un día en que alguno volvió a decir “hay que conocer la realidad”, uno de nuestros formadores, el P. Miguel Barriola, nos dijo: “hay que ver de qué realidad estamos hablando; porque es tan realidad un cantegril como la Santísima Trinidad”.

Sus palabras ponían un desafío en nuestras cabezas: saltar desde esa realidad visible, palpable, ubicable. Bulevar Aparicio Saravia y Timbués, el barrio donde el P. Cacho Alonso tenía su ranchito de lata, viviendo entre los pobres. Saltar desde allí, hasta el profundo misterio de la intimidad de Dios. Un solo Dios, tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

He recordado esto porque este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad. Los invito a asomarnos a ese misterio; a esa realidad de otro orden, a la que no podríamos llegar si Dios mismo no nos abriera la puerta y nos invitara a entrar. ¿Salimos así del mundo? No, porque esa realidad profunda de Dios no nos quiere sacar de nuestra realidad cotidiana, sino volver a meternos a ella, enviarnos al mundo con una visión nueva, llevando su presencia.

La realidad de la Trinidad no es visible. Los íconos o imágenes nos ayudan a asomarnos de alguna forma a su misterio, a representarlo de manera más concreta… pero es la realidad de un ser espiritual. Jesús le dice a la samaritana:
“Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.” (Juan 4,24)
Y el Catecismo de la Iglesia Católica agrega:
La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los misterios escondidos en Dios, "que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto" (N° 237).

Es verdad que Dios fue dejando pistas de su ser trinitario tanto en la Creación como en su revelación a lo largo del Antiguo Testamento. El ser humano espiritualmente inquieto percibe esas señales, escucha esa palabra… pero no podría llegar al corazón mismo de ese misterio, si Dios no lo quisiera revelar.
Y Dios lo ha querido. Dios se manifiesta, se revela a un pueblo con el que hace su Primera Alianza. Dios llega a la cumbre de esa revelación enviando a su Hijo: Jesús, para empezar una Nueva Alianza con toda la humanidad.

Con Jesús aparece la segunda persona de la Trinidad, el Hijo. El Hijo que llama a Dios “Padre”; no sólo como creador, sino como su Padre, el Padre con quien el Hijo Jesucristo tiene una relación única, porque Jesús es el único hijo que el Padre ha engendrado desde la eternidad. Nosotros, en cambio, somos criaturas a las que el Padre hace hijos e hijas suyos por medio de su Hijo.
“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta” (Juan 14,8)
dice a Jesús el apóstol Felipe. Jesús le responde:
“Felipe, ¿hace tanto que tiempo estoy con ustedes y no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” (Juan 14,9)
El rostro de Jesús, “el rostro de la Misericordia” que nos ayudó a redescubrir el Papa Francisco, es el rostro del Padre.

El Padre y el Hijo, por usar una expresión de nuestro tiempo, están en total conexión. No es una comunicación virtual. Es la comunicación como comunión perfecta en el amor. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales la describe así:
“el amor consiste en comunicación de las dos partes, (…) en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene (…) y así, por el contrario, el amado al amante”. [Contemplación para alcanzar el amor].
Desde la eternidad el Padre da y comunica su vida al Hijo y el Hijo da y comunica al Padre la vida que ha recibido de Él, para volverla a recibir y volverla a entregar. Así, como una corriente que viene y va eternamente.

Esa eterna relación de amor entre el Padre y el Hijo, ese ir y venir de darse y comunicarse mutuamente, es la tercera persona de la Trinidad: el Espíritu Santo, el espíritu de amor, que procede del Padre y del Hijo.

La revelación del Espíritu Santo es preparada y anunciada por Jesús. El día de Pentecostés, que recordamos el domingo pasado, el Espíritu descendió sobre los apóstoles y se convirtió en su maestro y guía, fortaleciéndolos e iluminándolos para realizar su misión de testigos de Jesús.

Los apóstoles fueron por el mundo, anunciando el Evangelio. Quienes creyeron fueron bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así todos los bautizados llegamos a ser hijos del Padre, miembros del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo.

Y la realidad de esa persona que duerme en la calle, de ese muchacho hundido en su adicción, de esa chiquilina maltratada, de ese niño con hambre, están también en el corazón de la Trinidad. El Padre mira con amor a todas sus criaturas; el Hijo ha derramado su sangre por todos; el Espíritu Santo quiere habitar en cada corazón humano.

Vuelvo a las noticias, ahora de canal 4, entrevistando a jóvenes del movimiento “Luceros”:
“Lo que hacemos nosotros es acercarnos a las personas que están en situación de calle para visitarlos, poder conocer un poco las realidades que viven ellos, a través de un plato de guiso que es lo que nosotros les llevamos. Les preguntamos por su situación y tenemos un diálogo ahí un rato. Es impresionante porque en muchas personas se nota la falta de conversación que tienen… se abren en seguida y hay personas que de verdad necesitan un oído que los escuche para contarles por lo que pasaron o la situación en que viven actualmente”.

Un plato caliente puede parecer casi nada… pero no es poco si eso le dice a alguien “no estás solo, no estás abandonado, hay alguien que ha pensado esta noche en ti”. Es un comienzo, que nos llama a no pasar indiferentes y ayudar a esos hermanos y hermanas a reencontrar su dignidad de personas y de hijos de Dios.

Amigas y amigos: gracias por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

Programa En Perspectiva, Radiomundo


Entrevista al Grupo Luceros en Canal 4 de Montevideo

jueves, 6 de junio de 2019

¡Ven Espíritu Santo! Solemnidad de Pentecostés.







En agosto de 1940, a casi un año de empezada la segunda guerra mundial, un joven estudiante de teología suizo, hijo de un pastor protestante, pensó en hacer algo por quienes estaban sufriendo las consecuencias del conflicto. Así fue como dejó la tranquilidad de la Suiza neutral para adentrarse en la Francia herida por la guerra. Roger Schutz, que así se llamaba aquel joven, fue sintiendo el llamado a trabajar por la paz y la reconciliación. Se dio cuenta de que no bastaba predicar. Era necesario dar testimonio con la vida. Así surgió la idea de «construir una vida de comunidad en la que la reconciliación según el Evangelio sería una realidad vivida concretamente».

En un pueblito llamado Taizé, Roger encontró una casa adecuada para su proyecto. Con ayuda de su familia la compró y comenzó a vivir en ella, acompañado por su hermana. En 1942 la Gestapo descubrió que estaba dando refugio a judíos y a otras personas perseguidas y debió volver a Suiza.

En su patria, Roger encontró quienes lo acompañaran en su proyecto. Antes del fin de la guerra ya estaba de nuevo en Taizé, con dos hermanos. Así nació la comunidad de Taizé, que sigue siendo un signo y lugar de encuentro entre cristianos de diferentes confesiones y aún de personas de diferentes religiones. Distintas generaciones de jóvenes han pasado por allí, incluidos algunos uruguayos que han ido como voluntarios para diferentes servicios.

Taizé es un fruto del Espíritu Santo. La comunidad invita a los visitantes a orar y a meditar juntos la Palabra de Dios. Hay una serie de cantos, sencillos y hermosos, que se van repitiendo con facilidad, para animar y acompañar la oración.

Para este domingo en que celebramos la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, podemos invocar la presencia del Espíritu cantando con la comunidad de Taizé: Veni Sancte Spiritus ¡Ven, Espíritu Santo! (Invito a escuchar el audio o a ver el video que se encuentra en esta misma página)


¿Qué trae al mundo el Espíritu Santo? ¿Para qué invocarlo? La semana pasada lo presentábamos como Aquel que guía a la Iglesia, el que conduce la comunidad de los discípulos de Jesús… pero ¿es esto solo un tema eclesiástico? ¿Qué pasa con el mundo? ¿Qué le ofrece el Espíritu Santo? ¿Para qué pedir su presencia en el mundo (y en la Iglesia, que está también en este mundo)?

Con esta oración compuesta por el P. José Antonio Pagola, les invito a pedir la presencia del Espíritu Santo para todos los que queremos seguir a Jesús y para toda la familia humana que también lo necesita.


Ven Espíritu Santo.
Sin Ti, nuestra lucha por la vida termina sembrando muerte, nuestros esfuerzos por encontrar felicidad acaban en egoísmo amargo e insatisfecho.

Ven Espíritu Santo.
Sin Ti, nuestro «progreso» no nos conduce hacia una vida más digna, noble y gozosa. Sin Ti, no habrá nunca un «pueblo unido» sino un pueblo constantemente vencido por divisiones, rupturas y enfrentamientos.

Ven Espíritu Santo.
Sin Ti, seguiremos dividiendo y separándolo todo: Norte y Sur, Oriente y Occidente, primer mundo y tercer mundo, izquierdas y derechas, creyentes y ateos, clérigos y pueblo, hombres y mujeres. Recuérdanos que todos venimos de las entrañas de un mismo Padre y todos estamos llamados a la comunión gozosa y feliz en Él.

Ven Espíritu Santo.
Renueva nuestro amor al mundo y a las cosas. Enséñanos a cuidar esta tierra que nos has regalado como casa común entrañable donde pueda crecer la familia humana. Sin Ti, nos la seguiremos disputando agresivamente, buscaremos cada uno nuestra «propiedad privada» y la iremos haciendo cada vez más inhóspita e inhabitable.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a entendernos, aunque hablemos lenguajes diferentes. Si tu ley interior de Amor no nos habita, seguiremos la escalada de la violencia absurda y sin salida.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a orar. Sin tu calor y tu fuerza, nuestra liturgia se convierte en rutina, nuestro culto en rito legalista, nuestra plegaria en palabrería.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a creer. Sin tu aliento, nuestra fe se convierte en ideología de derecha o de izquierda, nuestra religión en triste «seguro de vida eterna». Recuérdanos todo lo que nos ha dicho Jesús. Condúcenos al evangelio.

Ven Espíritu Santo.
Ven a mantener dentro de la Iglesia el esfuerzo de conversión. Sin tu impulso, toda renovación termina en anarquía, involución, cansancio o desilusión.

Ven Espíritu Santo.
Ven a alegrar nuestro mundo tan sombrío. Ayúdanos a imaginarlo mejor y más humano. Ábrenos a un futuro más fraterno, limpio y solidario. Enséñanos a pensar lo que todavía no se ha pensado y a construir lo que todavía no se ha construido.

Ven Espíritu Santo.
Entra hasta el fondo de nuestras almas. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado cuando Tú no envías tu aliento.

Ven Espíritu Santo.
Ven Señor y dador de vida. Pon en los hombres gozo, fuerza y consuelo, en sus grandes y pequeñas decisiones, en sus miedos, luchas, esperanzas y temores.

Ven Espíritu Santo.
Enséñanos a creer en Ti como ternura y cercanía personal de Dios, como fuerza y poder de Gracia que puede conquistar nuestro interior y dar vida a nuestra vida.

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Amén.

Amigas y amigos: con esta solemnidad de Pentecostés llegamos al final del Tiempo Pascual. El Espíritu Santo está y seguirá presente. No dejemos de invocarlo para que nos ayude a comprender y a practicar la Palabra de Jesús, siempre en comunión.

Los espero próximamente para asomarnos juntos al misterio de la Santísima Trinidad. Que el Señor los bendiga y hasta la semana que viene, si Dios quiere.

viernes, 31 de mayo de 2019

“Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos” (Hechos 1,1-11). Ascensión del Señor.







El tren avanzaba rápidamente por la vía, llevado por una fuerte locomotora que arrastraba un gran número de vagones cargados.
De pronto, la máquina se desprendió y continuó andando frenéticamente hacia delante. Los vagones continuaron su marcha, llevados por la inercia… pero, lentamente, comenzaron a perder velocidad hasta detenerse.

La caravana hacía su lenta marcha por la vasta llanura, al paso de los que iban más despacio, para que nadie quedara atrás. Algunos con capacidad de moverse más rápidamente se adelantaban para explorar caminos, pero no se perdían de vista y volvían, para seguir animando el caminar del resto y ayudarlos a prepararse para los desafíos de la ruta.

¿Cómo describir la marcha de la Iglesia? A veces, como sucede también en otros grupos humanos, una comunidad funciona como un tren, tirado por su locomotora; un sacerdote o una religiosa que ejercen un liderazgo fuerte… pero cuando esa figura se marcha, la comunidad empieza a ralentizar, se detiene, se estanca, a menos que busque otra forma de seguir caminando, que descubra sus propias posibilidades y energías, que encuentre otra forma de relación de la comunidad con un nuevo animador o responsable. Así, el grupo marchará como la caravana. Despacio, pero sin volver atrás; lentamente, pero siempre hacia adelante, marchando todos juntos.

Este domingo la Iglesia celebra la Ascensión de Jesús a los Cielos. Es la despedida de Jesús de sus discípulos, después de haber resucitado y haber estado con ellos varias veces.

Los discípulos están inquietos, con el corazón perturbado. Algunos esperan el cumplimiento de viejas ilusiones. Uno de ellos dice:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».
Una expectativa equivocada; pero que expresa también una incertidumbre; si no ocurre eso, ¿qué viene ahora? ¿qué sucederá en adelante?

Jesús ha previsto ese momento. En la última cena, frente a su inminente pasión y su partida, Jesús percibió la sensación de desamparo que sentían sus discípulos, la angustia de que ya no contarían con su presencia. Allí les anunció “no los dejaré huérfanos” y les prometió la presencia activa del Espíritu Santo:
“el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Juan 14,26)

“Paráclito”… una palabra difícil, pero de bonito significado. Paráclito quiere decir “aquél que llamo para que esté a mi lado”. Esa palabra griega se traduce al latín como “advocatus”. De ahí viene nuestra palabra “abogado”, sobre todo con el sentido de defensor, aquel que está a mi lado, que me representa, que habla por mí.

El Espíritu guía a cada discípulo como maestro interior, que le ayuda a recordar y comprender las palabras de Jesús; pero no solo guía a cada discípulo, como si cada uno se fuera por su lado; muy importante, guía a la comunidad, la comunidad que se reúne en asamblea, invocando al Espíritu antes de tomar cada decisión. La primera comunidad cristiana comunica sus resoluciones diciendo:
“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido.” (Hechos 15,28).

Llegado el momento de la Ascensión, tal como nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús se despide de sus discípulos volviendo a anunciarles que recibirán el Espíritu Santo e indicándoles la misión que llevarán adelante guiados, impulsados y animados por el Espíritu:
“recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”
E inmediatamente después de esas palabras:
los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos.

Ahora sí, Jesús se ha ido. Comienza la misión. Pero los discípulos están como paralizados. Su mirada sigue en las alturas.
Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.»

Desde entonces, con la ayuda del Espíritu Santo, la comunidad de los discípulos de Jesús busca realizar su misión. Para eso, la Iglesia en todas sus dimensiones… universal, diocesana, parroquial, pequeña comunidad, necesita siempre mirar la realidad del mundo en el que está y al que ha sido enviada… tratar de VER con los ojos de Jesús. Reconocer esa realidad que interpela y desafía…
Necesita, en segundo lugar, interpretar, DISCERNIR la realidad, para anunciar allí el Evangelio, la buena noticia de la salvación.
En tercer lugar, teniendo en cuenta también sus propias fuerzas y posibilidades, elegir acciones concretas: ACTUAR…
En esos pasos de VER, DISCERNIR, ACTUAR, especialmente en el DISCERNIR, la comunidad necesita siempre invocar al Espíritu Santo y escuchar su voz.

Eso es lo que la Iglesia Católica ha buscado a través de los Concilios, el último de los cuales fue el Concilio Ecuménico Vaticano II. En ese Concilio se creó una herramienta, el Sínodo de los Obispos, que se reúne periódicamente convocado por el Papa. Antes de cada asamblea del Sínodo se hace una consulta a todo el Pueblo de Dios para que todos los miembros de la Iglesia tengan la posibilidad de opinar sobre el tema consultado.

Así se hizo con el reciente Sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, en el que fui llamado a participar en octubre del año pasado. “Sínodo” significa “caminar juntos”. Es otra vez la idea de la caravana. Todos los participantes percibimos la necesidad de que la Iglesia crezca en “sinodalidad”, en esa actitud de caminar juntos, dejándonos guiar por el Espíritu Santo para vivir en fidelidad a Jesús.

En eso estamos también en nuestra diócesis, buscando definir, con participación de los fieles, nuestro proyecto pastoral diocesano. Jesús dijo a sus discípulos “serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Aquí, en nuestro confín del Uruguay, en nuestra frontera, en las rutas de la Cuchilla Grande, del Olimar y del Tacuarí, del Cebollatí y de la laguna Merín, en fin: para nuestra gente de Treinta y Tres y Cerro Largo, queremos ser testigos de Jesús.

Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.