jueves, 13 de mayo de 2021

La Ascensión: "El Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios" (Marcos 16,15-20)

 La ascensión:

…el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Así resume el evangelista Marcos lo que celebramos este domingo: la ascensión de Jesús.
De allí vienen las palabras que rezamos en el Credo:
“Subió a los Cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”
Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre. La ascensión de Jesús nos muestra a dónde y a qué hemos sido llamados: a ser recibidos también nosotros, un día, en el amor del Padre.
Es que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, no se ha desprendido de su humanidad; al contrario. Resucitado, se manifiesta su realidad escondida: el Hijo de Dios es verdadero Dios; pero ahora no queda escondida, sino también manifestada su otra naturaleza, su otra realidad: hombre verdadero. “Hay un hombre en el seno de Dios”, como decía Monseñor Parteli, que fue arzobispo de Montevideo. Hay un hombre en el seno de Dios y ese es Jesús Resucitado. No ha ido allí para quedarse solo, como el único elegido, sino para ser el primero, el que precede, el que abre camino a una existencia nueva, plena y feliz a la que todos estamos llamados.

En la primera lectura que escuchamos este domingo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que Jesús ascendió delante de sus discípulos y que éstos “lo vieron elevarse” y “permanecían con la mirada puesta en el cielo, mientras Jesús subía”. Dos hombres vestidos de blanco -dos ángeles- se les aparecieron y les dijeron: 

“Hombres de Galilea ¿por qué siguen mirando al cielo?”.

El cielo es la meta: pero la misión está aquí, en la tierra: 

“Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.”,

les dijo Jesús antes de partir. 

La ascensión humana comienza en todo lo que hace más humana nuestra vida. San Pablo VI enseñó que el verdadero desarrollo de los pueblos es el pasaje de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas, superando la miseria y el egoísmo, las estructuras opresoras, la explotación y la injusticia hasta llegar a participar, como hijos e hijas, en la vida de Dios vivo, Padre de toda la humanidad. La ascensión es la fiesta de la superación humana a través de Jesús resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

Jornada de las Comunicaciones Sociales

En el día de la Ascensión la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de las Comunicaciones.
Para esta jornada, el papa Francisco nos ofrece un mensaje titulado 

“«Ven y lo verás» (Jn 1,46). Comunicar encontrando a las personas donde están y como son”.
Dice Francisco:
“La invitación a “ir y ver” que acompaña los primeros y emocionantes encuentros de Jesús con los discípulos, es también el método de toda comunicación humana auténtica. Para poder relatar la verdad de la vida que se hace historia es necesario salir de la cómoda presunción del “como es ya sabido” y ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá en cualquier aspecto.
El “ven y lo verás” es el método más sencillo para conocer una realidad. Es la verificación más honesta de todo anuncio, porque para conocer es necesario encontrar, permitir que aquel que tengo enfrente me hable, dejar que su testimonio me alcance.”
Francisco concluye invitándonos a rezar:
Señor, enséñanos a salir de nosotros mismos,
y a encaminarnos hacia la búsqueda de la verdad.

Enséñanos a ir y ver,
enséñanos a escuchar,
a no cultivar prejuicios,
a no sacar conclusiones apresuradas.

Enséñanos a ir allá donde nadie quiere ir,
a tomarnos el tiempo para entender,
a prestar atención a lo esencial,
a no dejarnos distraer por lo superfluo,
a distinguir la apariencia engañosa de la verdad.

Danos la gracia de reconocer tus moradas en el mundo
y la honestidad de contar lo que hemos visto.

Santos de esta semana:

El 16 de mayo en Argentina y Uruguay se recuerda a San Luis Orione, Don Orione (1872-1940), fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, presente en nuestra diócesis. Es también el día de San Simón Stock (1165-1265), carmelita, superior general en el siglo XIII. Recibió de la Virgen del Carmen el escapulario que muchos llevan con devoción.

El viernes 21 recordamos a San Eugenio de Mazenod (1782-1861) fundador de los Oblatos de María Inmaculada.

El sábado 22, una santa muy querida: Santa Rita de Casia (1381-1457).

Noticias: canonizaciones, ministerio del Catequista, Pentecostés

Y ya que hablamos de santos, a comienzos de este mes se aprobó la canonización del Hermanito Carlos de Foucauld (1858-1916), fundador de una escuela espiritual que ha tenido y tiene muchos seguidores en Uruguay y también de la que será la primera santa uruguaya: la Madre Francisca Rubatto (1844-1904). Uruguaya, no por nacimiento, sino por elección. Aquí quiso que terminara su vida y en nuestra tierra descansan sus restos en espera de la resurrección.

El martes pasado, el papa Francisco hizo público un documento en el que crea el ministerio laical del catequista. Este ministerio podrán recibirlo hombres y mujeres de profunda fe y madurez humana, a través de un Rito de Institución. Esto supone una vocación debidamente discernida, formación y experiencia. Es un reconocimiento importante de la Iglesia universal para este servicio de educación en la fe que mayoritariamente está confiado a mujeres en nuestras parroquias y comunidades.

El sábado próximo, vísperas de Pentecostés, la Pastoral Juvenil de Canelones organiza una vigilia de oración virtual, convocada para las veintiuna y treinta con el lema “El Espíritu nos renueva”. Más información en la página Instagram de Pastoral Juvenil.

Y esto es todo por hoy, amigas y amigos. Por favor, cuídense mucho. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana si Dios quiere.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Memorias de la Costa: reconocimiento a tres militantes sociales católicos.


Canelones, 18 de mayo de 2021

Comisión Memorias de la Costa
Sra. Nibia López, coordinadora.

Estimados/as:

Por la presente queremos expresar nuestro agradecimiento por el reconocimiento que la Comisión Memorias de la Costa, en el Circuito de la Memoria, ha dado recientemente a tres militantes cristianos, católicos: Julio César Spósito Vitale, Ángel Rocha y su esposa Adela Francia, como expresión del compromiso integral por los Derechos Humanos.

El papa san Pablo VI enseñaba, en el espíritu del Evangelio, que el verdadero desarrollo humano “es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”. La humanidad progresa cuando se remonta desde “las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo” hasta llegar “a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres” (Populorum Progressio, 20-21).

Tanto el joven Julio como Ángel y su esposa Adela se sintieron tocados y movidos por el encuentro con la miseria humana y buscaron la construcción de una sociedad más justa y solidaria (como nos pide hoy el papa Francisco en “Fratelli Tutti”). Su compromiso los llevó a enfrentarse con la soledad, la cárcel y aún la muerte. No vivieron aferrados a las cosas de este mundo, sino como peregrinos que, mientras luchaban por hacer más humana la vida de sus hermanos y vecinos, esperaban “la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 1,10).

Por todo ello agradecemos este recuerdo y reconocimiento. Les saludan atentamente,

+ Arturo Fajardo
Obispo de Salto, Presidente de la CEU
    
+ Heriberto A. Bodeant
Obispo de Canelones



martes, 11 de mayo de 2021

Francisco instituye el ministerio laical de Catequista.


 Carta Apostólica en forma de «Motu Propio»

Antiquum Ministerium

del Sumo Pontífice Francisco con la que se instituye el ministerio de Catequista

 
1. El ministerio de Catequista en la Iglesia es muy antiguo. Entre los teólogos es opinión común que los primeros ejemplos se encuentran ya en los escritos del Nuevo Testamento. El servicio de la enseñanza encuentra su primera forma germinal en los “maestros”, a los que el Apóstol hace referencia al escribir a la comunidad de Corinto: «Dios dispuso a cada uno en la Iglesia así: en primer lugar están los apóstoles; en segundo lugar, los profetas, y en tercer lugar, los maestros; enseguida vienen los que tienen el poder de hacer milagros, luego los carismas de curación de enfermedades, de asistencia a los necesitados, de gobierno y de hablar un lenguaje misterioso. ¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos profetas?, ¿o todos maestros?, ¿o todos pueden hacer milagros?, ¿o tienen todos el carisma de curar enfermedades?, ¿o hablan todos un lenguaje misterioso?, ¿o todos interpretan esos lenguajes? Prefieran los carismas más valiosos. Es más, les quiero mostrar un carisma excepcional» (1 Co 12,28-31).

El mismo Lucas al comienzo de su Evangelio afirma: «También yo, ilustre Teófilo, investigué todo con cuidado desde sus orígenes y me pareció bien escribirte este relato ordenado, para que conozcas la solidez de las enseñanzas en que fuiste instruido» (1,3-4). El evangelista parece ser muy consciente de que con sus escritos está proporcionando una forma específica de enseñanza que permite dar solidez y fuerza a cuantos ya han recibido el Bautismo. El apóstol Pablo vuelve a tratar el tema cuando recomienda a los Gálatas: «El que recibe instrucción en la Palabra comparta todos los bienes con su catequista» (6,6). El texto, como se constata, añade una peculiaridad fundamental: la comunión de vida como una característica de la fecundidad de la verdadera catequesis recibida.

2. Desde sus orígenes, la comunidad cristiana ha experimentado una amplia forma de ministerialidad que se ha concretado en el servicio de hombres y mujeres que, obedientes a la acción del Espíritu Santo, han dedicado su vida a la edificación de la Iglesia. Los carismas, que el Espíritu nunca ha dejado de infundir en los bautizados, encontraron en algunos momentos una forma visible y tangible de servicio directo a la comunidad cristiana en múltiples expresiones, hasta el punto de ser reconocidos como una diaconía indispensable para la comunidad. El apóstol Pablo se hace intérprete autorizado de esto cuando atestigua: «Existen diversos carismas, pero el Espíritu es el mismo. Existen diversos servicios, pero el Señor es el mismo. Existen diversas funciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos. A cada uno, Dios le concede la manifestación del Espíritu en beneficio de todos. A uno, por medio del Espíritu, Dios le concede hablar con sabiduría, y a otro, según el mismo Espíritu, hablar con inteligencia. A uno, Dios le concede, por el mismo Espíritu, la fe, y a otro, por el único Espíritu, el carisma de sanar enfermedades. Y a otros hacer milagros, o la profecía, o el discernimiento de espíritus, o hablar un lenguaje misterioso, o interpretar esos lenguajes. Todo esto lo realiza el mismo y único Espíritu, quien distribuye a cada uno sus dones como él quiere» (1 Co 12,4-11).

Por lo tanto, dentro de la gran tradición carismática del Nuevo Testamento, es posible reconocer la presencia activa de bautizados que ejercieron el ministerio de transmitir de forma más orgánica, permanente y vinculada a las diferentes circunstancias de la vida, la enseñanza de los apóstoles y los evangelistas (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 8). La Iglesia ha querido reconocer este servicio como una expresión concreta del carisma personal que ha favorecido grandemente el ejercicio de su misión evangelizadora. Una mirada a la vida de las primeras comunidades cristianas que se comprometieron en la difusión y el desarrollo del Evangelio, también hoy insta a la Iglesia a comprender cuáles puedan ser las nuevas expresiones con las que continúe siendo fiel a la Palabra del Señor para hacer llegar su Evangelio a toda criatura.

3. Toda la historia de la evangelización de estos dos milenios muestra con gran evidencia lo eficaz que ha sido la misión de los catequistas. Obispos, sacerdotes y diáconos, junto con tantos consagrados, hombres y mujeres, dedicaron su vida a la enseñanza catequética a fin de que la fe fuese un apoyo válido para la existencia personal de cada ser humano. Algunos, además, reunieron en torno a sí a otros hermanos y hermanas que, compartiendo el mismo carisma, constituyeron Órdenes religiosas dedicadas completamente al servicio de la catequesis.

No se puede olvidar a los innumerables laicos y laicas que han participado directamente en la difusión del Evangelio a través de la enseñanza catequística. Hombres y mujeres animados por una gran fe y auténticos testigos de santidad que, en algunos casos, fueron además fundadores de Iglesias y llegaron incluso a dar su vida. También en nuestros días, muchos catequistas capaces y constantes están al frente de comunidades en diversas regiones y desempeñan una misión insustituible en la transmisión y profundización de la fe. La larga lista de beatos, santos y mártires catequistas ha marcado la misión de la Iglesia, que merece ser conocida porque constituye una fuente fecunda no sólo para la catequesis, sino para toda la historia de la espiritualidad cristiana.

4. A partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia ha percibido con renovada conciencia la importancia del compromiso del laicado en la obra de la evangelización. Los Padres conciliares subrayaron repetidamente cuán necesaria es la implicación directa de los fieles laicos, según las diversas formas en que puede expresarse su carisma, para la “plantatio Ecclesiae” y el desarrollo de la comunidad cristiana. «Digna de alabanza es también esa legión tan benemérita de la obra de las misiones entre los gentiles, es decir, los catequistas, hombres y mujeres, que llenos de espíritu apostólico, prestan con grandes sacrificios una ayuda singular y enteramente necesaria para la propagación de la fe y de la Iglesia. En nuestros días, el oficio de los Catequistas tiene una importancia extraordinaria porque resultan escasos los clérigos para evangelizar tantas multitudes y para ejercer el ministerio pastoral» (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 17).

Junto a la rica enseñanza conciliar, es necesario referirse al constante interés de los Sumos Pontífices, del Sínodo de los Obispos, de las Conferencias Episcopales y de los distintos Pastores que en el transcurso de estas décadas han impulsado una notable renovación de la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica, la Exhortación apostólica Catechesi tradendae, el Directorio Catequístico General, el Directorio General para la Catequesis, el reciente Directorio para la Catequesis, así como tantos Catecismos nacionales, regionales y diocesanos, son expresión del valor central de la obra catequística que pone en primer plano la instrucción y la formación permanente de los creyentes.

5. Sin ningún menoscabo a la misión propia del Obispo, que es la de ser el primer catequista en su Diócesis junto al presbiterio, con el que comparte la misma cura pastoral, y a la particular responsabilidad de los padres respecto a la formación cristiana de sus hijos (cf. CIC c. 774 §2; CCEO c. 618), es necesario reconocer la presencia de laicos y laicas que, en virtud del propio bautismo, se sienten llamados a colaborar en el servicio de la catequesis (cf. CIC c. 225; CCEO cc. 401. 406). En nuestros días, esta presencia es aún más urgente debido a la renovada conciencia de la evangelización en el mundo contemporáneo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 163-168), y a la imposición de una cultura globalizada (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 100. 138), que reclama un auténtico encuentro con las jóvenes generaciones, sin olvidar la exigencia de metodologías e instrumentos creativos que hagan coherente el anuncio del Evangelio con la transformación misionera que la Iglesia ha emprendido. Fidelidad al pasado y responsabilidad por el presente son las condiciones indispensables para que la Iglesia pueda llevar a cabo su misión en el mundo.

Despertar el entusiasmo personal de cada bautizado y reavivar la conciencia de estar llamado a realizar la propia misión en la comunidad, requiere escuchar la voz del Espíritu que nunca deja de estar presente de manera fecunda (cf. CIC c. 774 §1; CCEO c. 617). El Espíritu llama también hoy a hombres y mujeres para que salgan al encuentro de todos los que esperan conocer la belleza, la bondad y la verdad de la fe cristiana. Es tarea de los Pastores apoyar este itinerario y enriquecer la vida de la comunidad cristiana con el reconocimiento de ministerios laicales capaces de contribuir a la transformación de la sociedad mediante «la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico» (Evangelii gaudium, 102).

6. El apostolado laical posee un valor secular indiscutible, que pide «tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 31). Su vida cotidiana está entrelazada con vínculos y relaciones familiares y sociales que permiten verificar hasta qué punto «están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos» (Lumen gentium, 33). Sin embargo, es bueno recordar que además de este apostolado «los laicos también pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el apostolado de la Jerarquía, al igual que aquellos hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización, trabajando mucho por el Señor» (Lumen gentium, 33).

La particular función desempeñada por el Catequista, en todo caso, se especifica dentro de otros servicios presentes en la comunidad cristiana. El Catequista, en efecto, está llamado en primer lugar a manifestar su competencia en el servicio pastoral de la transmisión de la fe, que se desarrolla en sus diversas etapas: desde el primer anuncio que introduce al kerygma, pasando por la enseñanza que hace tomar conciencia de la nueva vida en Cristo y prepara en particular a los sacramentos de la iniciación cristiana, hasta la formación permanente que permite a cada bautizado estar siempre dispuesto a «dar respuesta a todo el que les pida dar razón de su esperanza» (1 P 3,15). El Catequista es al mismo tiempo testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia. Una identidad que sólo puede desarrollarse con coherencia y responsabilidad mediante la oración, el estudio y la participación directa en la vida de la comunidad (cf. Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Directorio para la Catequesis, 113).

7. Con clarividencia, san Pablo VI promulgó la Carta apostólica Ministeria quaedam con la intención no sólo de adaptar los ministerios de Lector y de Acólito al nuevo momento histórico (cf. Carta ap. Spiritus Domini), sino también para instar a las Conferencias Episcopales a ser promotoras de otros ministerios, incluido el de Catequista: «Además de los ministerios comunes a toda la Iglesia Latina, nada impide que las Conferencias Episcopales pidan a la Sede Apostólica la institución de otros que por razones particulares crean necesarios o muy útiles en la propia región. Entre estos están, por ejemplo, el oficio de Ostiario, de Exorcista y de Catequista». La misma apremiante invitación reapareció en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi cuando, pidiendo saber leer las exigencias actuales de la comunidad cristiana en fiel continuidad con los orígenes, exhortaba a encontrar nuevas formas ministeriales para una pastoral renovada: «Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia —por ejemplo, el de catequista […]—, son preciosos para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia y para su capacidad de irradiarse en torno a ella y hacia los que están lejos» (San Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 73).

No se puede negar, por tanto, que «ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe» (Evangelii gaudium, 102). De ello se deduce que recibir un ministerio laical como el de Catequista da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado, que en todo caso debe llevarse a cabo de forma plenamente secular sin caer en ninguna expresión de clericalización.

8. Este ministerio posee un fuerte valor vocacional que requiere el debido discernimiento por parte del Obispo y que se evidencia con el Rito de Institución. En efecto, éste es un servicio estable que se presta a la Iglesia local según las necesidades pastorales identificadas por el Ordinario del lugar, pero realizado de manera laical como lo exige la naturaleza misma del ministerio. Es conveniente que al ministerio instituido de Catequista sean llamados hombres y mujeres de profunda fe y madurez humana, que participen activamente en la vida de la comunidad cristiana, que puedan ser acogedores, generosos y vivan en comunión fraterna, que reciban la debida formación bíblica, teológica, pastoral y pedagógica para ser comunicadores atentos de la verdad de la fe, y que hayan adquirido ya una experiencia previa de catequesis (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, 14; CIC c. 231 §1; CCEO c. 409 §1). Se requiere que sean fieles colaboradores de los sacerdotes y los diáconos, dispuestos a ejercer el ministerio donde sea necesario, y animados por un verdadero entusiasmo apostólico.

En consecuencia, después de haber ponderado cada aspecto, en virtud de la autoridad apostólica

instituyo

el ministerio laical de Catequista

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se encargará en breve de publicar el Rito de Institución del ministerio laical de Catequista.

9. Invito, pues, a las Conferencias Episcopales a hacer efectivo el ministerio de Catequista, estableciendo el necesario itinerario de formación y los criterios normativos para acceder a él, encontrando las formas más coherentes para el servicio que ellos estarán llamados a realizar en conformidad con lo expresado en esta Carta apostólica.

10. Los Sínodos de las Iglesias Orientales o las Asambleas de los Jerarcas podrán acoger lo aquí establecido para sus respectivas Iglesias sui iuris, en base al propio derecho particular.

11. Los Pastores no dejen de hacer propia la exhortación de los Padres conciliares cuando recordaban: «Saben que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia en el mundo, sino que su eminente función consiste en apacentar a los fieles y reconocer sus servicios y carismas de tal suerte que todos, a su modo, cooperen unánimemente en la obra común» (Lumen gentium, 30). Que el discernimiento de los dones que el Espíritu Santo nunca deja de conceder a su Iglesia sea para ellos el apoyo necesario a fin de hacer efectivo el ministerio de Catequista para el crecimiento de la propia comunidad.

Lo establecido con esta Carta apostólica en forma de “Motu Proprio”, ordeno que tenga vigencia de manera firme y estable, no obstante cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y que sea promulgada mediante su publicación en L’Osservatore Romano, entrando en vigor el mismo día, y sucesivamente se publique en el comentario oficial de las Acta Apostolicae Sedis.

Dado en Roma, junto a San Juan de Letrán, el día 10 de mayo del año 2021, Memoria litúrgica de san Juan de Ávila, presbítero y doctor de la Iglesia, noveno de mi pontificado.

Francisco

lunes, 10 de mayo de 2021

«Ven y lo verás» (Jn 1,46) - Comunicar encontrando a las personas donde están y como son. Mensaje del Papa Francisco, Jornada de las comunicaciones.

 

Mensaje del Santo Padre Francisco para la 55 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.

«Ven y lo verás» (Jn 1,46). Comunicar encontrando a las personas donde están y como son

Queridos hermanos y hermanas:

La invitación a “ir y ver” que acompaña los primeros y emocionantes encuentros de Jesús con los discípulos, es también el método de toda comunicación humana auténtica. Para poder relatar la verdad de la vida que se hace historia (cf. Mensaje para la 54.ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 enero 2020) es necesario salir de la cómoda presunción del “como es ya sabido” y ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá en cualquier aspecto. «Abre pasmosamente tus ojos a lo que veas y deja que se te llene de sabia y frescura el cuenco de las manos, para que los otros puedan tocar ese milagro de la vida palpitante cuando te lean», aconsejaba el beato Manuel Lozano Garrido[1] a sus compañeros periodistas. Deseo, por lo tanto, dedicar el Mensaje de este año a la llamada a “ir y ver”, como sugerencia para toda expresión comunicativa que quiera ser límpida y honesta: en la redacción de un periódico como en el mundo de la web, en la predicación ordinaria de la Iglesia como en la comunicación política o social. “Ven y lo verás” es el modo con el que se ha comunicado la fe cristiana, a partir de los primeros encuentros en las orillas del río Jordán y del lago de Galilea.

Desgastar las suelas de los zapatos

Pensemos en el gran tema de la información. Opiniones atentas se lamentan desde hace tiempo del riesgo de un aplanamiento en los “periódicos fotocopia” o en los noticieros de radio y televisión y páginas web que son sustancialmente iguales, donde el género de la investigación y del reportaje pierden espacio y calidad en beneficio de una información preconfeccionada, “de palacio”, autorreferencial, que es cada vez menos capaz de interceptar la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas, y ya no sabe recoger ni los fenómenos sociales más graves ni las energías positivas que emanan de las bases de la sociedad. La crisis del sector editorial puede llevar a una información construida en las redacciones, frente al ordenador, en los terminales de las agencias, en las redes sociales, sin salir nunca a la calle, sin “desgastar las suelas de los zapatos”, sin encontrar a las personas para buscar historias o verificar de visu ciertas situaciones. Si no nos abrimos al encuentro, permaneceremos como espectadores externos, a pesar de las innovaciones tecnológicas que tienen la capacidad de ponernos frente a una realidad aumentada en la que nos parece estar inmersos. Cada instrumento es útil y valioso sólo si nos empuja a ir y a ver la realidad que de otra manera no sabríamos, si pone en red conocimientos que de otro modo no circularían, si permite encuentros que de otra forma no se producirían.

Esos detalles de crónica en el Evangelio

A los primeros discípulos que quieren conocerlo, después del bautismo en el río Jordán, Jesús les responde: «Vengan y lo verán» (Jn 1,39), invitándolos a vivir su relación con Él. Más de medio siglo después, cuando Juan, muy anciano, escribe su Evangelio, recuerda algunos detalles “de crónica” que revelan su presencia en el lugar y el impacto que aquella experiencia tuvo en su vida: «Era como la hora décima», anota, es decir, las cuatro de la tarde (cf. v. 39). El día después —relata de nuevo Juan— Felipe comunica a Natanael el encuentro con el Mesías. Su amigo es escéptico: «¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe no trata de convencerlo con razonamientos: «Ven y lo verás», le dice (cf. vv. 45-46). Natanael va y ve, y desde aquel momento su vida cambia. La fe cristiana inicia así. Y se comunica así: como un conocimiento directo, nacido de la experiencia, no de oídas. «Ya no creemos por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos lo hemos oído», dice la gente a la Samaritana, después de que Jesús se detuvo en su pueblo (cf. Jn 4,39-42). El “ven y lo verás” es el método más sencillo para conocer una realidad. Es la verificación más honesta de todo anuncio, porque para conocer es necesario encontrar, permitir que aquel que tengo de frente me hable, dejar que su testimonio me alcance.

Gracias a la valentía de tantos periodistas

También el periodismo, como relato de la realidad, requiere la capacidad de ir allá donde nadie va: un movimiento y un deseo de ver. Una curiosidad, una apertura, una pasión. Gracias a la valentía y al compromiso de tantos profesionales —periodistas, camarógrafos, montadores, directores que a menudo trabajan corriendo grandes riesgos— hoy conocemos, por ejemplo, las difíciles condiciones de las minorías perseguidas en varias partes del mundo; los innumerables abusos e injusticias contra los pobres y contra la creación que se han denunciado; las muchas guerras olvidadas que se han contado. Sería una pérdida no sólo para la información, sino para toda la sociedad y para la democracia si estas voces desaparecieran: un empobrecimiento para nuestra humanidad.

Numerosas realidades del planeta, más aún en este tiempo de pandemia, dirigen al mundo de la comunicación la invitación a “ir y ver”. Existe el riesgo de contar la pandemia, y cada crisis, sólo desde los ojos del mundo más rico, de tener una “doble contabilidad”. Pensemos en la cuestión de las vacunas, como en los cuidados médicos en general, en el riesgo de exclusión de las poblaciones más indigentes. ¿Quién nos hablará de la espera de curación en los pueblos más pobres de Asia, de América Latina y de África? Así, las diferencias sociales y económicas a nivel planetario corren el riesgo de marcar el orden de la distribución de las vacunas contra el COVID. Con los pobres siempre como los últimos y el derecho a la salud para todos, afirmado como un principio, vaciado de su valor real. Pero también en el mundo de los más afortunados el drama social de las familias que han caído rápidamente en la pobreza queda en gran parte escondido: hieren y no son noticia las personas que, venciendo a la vergüenza, hacen cola delante de los centros de Cáritas para recibir un paquete de alimentos.

Oportunidades e insidias en la web

La red, con sus innumerables expresiones sociales, puede multiplicar la capacidad de contar y de compartir: tantos ojos más abiertos sobre el mundo, un flujo continuo de imágenes y testimonios. La tecnología digital nos da la posibilidad de una información de primera mano y oportuna, a veces muy útil: pensemos en ciertas emergencias con ocasión de las cuales las primeras noticias y también las primeras comunicaciones de servicio a las poblaciones viajan precisamente en la web. Es un instrumento formidable, que nos responsabiliza a todos como usuarios y como consumidores. Potencialmente todos podemos convertirnos en testigos de eventos que de otra forma los medios tradicionales pasarían por alto, dar nuestra contribución civil, hacer que emerjan más historias, también positivas. Gracias a la red tenemos la posibilidad de relatar lo que vemos, lo que sucede frente a nuestros ojos, de compartir testimonios.

Pero ya se han vuelto evidentes para todos también los riesgos de una comunicación social carente de controles. Hemos descubierto, ya desde hace tiempo, cómo las noticias y las imágenes son fáciles de manipular, por miles de motivos, a veces sólo por un banal narcisismo. Esta conciencia crítica empuja no a demonizar el instrumento, sino a una mayor capacidad de discernimiento y a un sentido de la responsabilidad más maduro, tanto cuando se difunden, como cuando se reciben los contenidos. Todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas. Todos estamos llamados a ser testigos de la verdad: a ir, ver y compartir.

Nada reemplaza el hecho de ver en persona

En la comunicación, nada puede sustituir completamente el hecho de ver en persona. Algunas cosas se pueden aprender sólo con la experiencia. No se comunica, de hecho, solamente con las palabras, sino con los ojos, con el tono de la voz, con los gestos. La fuerte atracción que ejercía Jesús en quienes lo encontraban dependía de la verdad de su predicación, pero la eficacia de lo que decía era inseparable de su mirada, de sus actitudes y también de sus silencios. Los discípulos no escuchaban sólo sus palabras, lo miraban hablar. De hecho, en Él —el Logos encarnado— la Palabra se hizo Rostro, el Dios invisible se dejó ver, oír y tocar, como escribe el propio Juan (cf. 1 Jn 1,1-3). La palabra es eficaz solamente si se “ve”, sólo si te involucra en una experiencia, en un diálogo. Por este motivo el “ven y lo verás” era y es esencial.

Pensemos en cuánta elocuencia vacía abunda también en nuestro tiempo, en cualquier ámbito de la vida pública, tanto en el comercio como en la política. «Sabe hablar sin cesar y no decir nada. Sus razones son dos granos de trigo en dos fanegas de paja. Se debe buscar todo el día para encontrarlos y cuando se encuentran, no valen la pena de la búsqueda»[2]. Las palabras mordaces del dramaturgo inglés también valen para nuestros comunicadores cristianos. La buena nueva del Evangelio se difundió en el mundo gracias a los encuentros de persona a persona, de corazón a corazón. Hombres y mujeres que aceptaron la misma invitación: “Ven y lo verás”, y quedaron impresionados por el “plus” de humanidad que se transparentaba en su mirada, en la palabra y en los gestos de personas que daban testimonio de Jesucristo. Todos los instrumentos son importantes y aquel gran comunicador que se llamaba Pablo de Tarso hubiera utilizado el correo electrónico y los mensajes de las redes sociales; pero fue su fe, su esperanza y su caridad lo que impresionó a los contemporáneos que lo escucharon predicar y tuvieron la fortuna de pasar tiempo con él, de verlo durante una asamblea o en una charla individual. Verificaban, viéndolo en acción en los lugares en los que se encontraba, lo verdadero y fructuoso que era para la vida el anuncio de salvación del que era portador por la gracia de Dios. Y también allá donde este colaborador de Dios no podía ser encontrado en persona, su modo de vivir en Cristo fue atestiguado por los discípulos que enviaba (cf. 1 Co 4,17).

«En nuestras manos hay libros, en nuestros ojos hechos», afirmaba san Agustín[3] exhortando a encontrar en la realidad el cumplimiento de las profecías presentes en las Sagradas Escrituras. Así, el Evangelio se repite hoy cada vez que recibimos el testimonio límpido de personas cuya vida ha cambiado por el encuentro con Jesús. Desde hace más de dos mil años es una cadena de encuentros la que comunica la fascinación de la aventura cristiana. El desafío que nos espera es, por lo tanto, el de comunicar encontrando a las personas donde están y como son.

Señor, enséñanos a salir de nosotros mismos,
y a encaminarnos hacia la búsqueda de la verdad.

Enséñanos a ir y ver,
enséñanos a escuchar,
a no cultivar prejuicios,
a no sacar conclusiones apresuradas.

Enséñanos a ir allá donde nadie quiere ir,
a tomarnos el tiempo para entender,
a prestar atención a lo esencial,
a no dejarnos distraer por lo superfluo,
a distinguir la apariencia engañosa de la verdad.

Danos la gracia de reconocer tus moradas en el mundo
y la honestidad de contar lo que hemos visto.

 

Roma, San Juan de Letrán, 23 de enero de 2021, Vigilia de la Memoria de San Francisco de Sales.
 

Francisco


[1]  Periodista español, que nació en 1920 y falleció en 1971; fue beatificado en 2010.
[2] W. Shakespeare, El Mercader de Venecia, Acto I, Escena I.
[3] Sermón 360/B, 20.


jueves, 6 de mayo de 2021

VI Domingo de Pascua. “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (Juan 15,9-17)

Domingo 9 de mayo, VI Domingo de Pascua, Jesús nos entrega su mandamiento: 

“Ámense unos a otros, como yo los he amado” (Juan 15,9-17).

Lindo evangelio para el día de la Madre.
En esta semana, recordamos a Mons. Raúl Scarrone, fallecido el martes pasado y al P. Borrazás, en el aniversario de su nacimiento. Celebramos a Nuestra Señora de Fátima, Santa María Mazzarello y San Isidro Labrador.

“No son ustedes los que me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes”, 

dice Jesús a sus discípulos y, a través de ellos, nos lo dice hoy a nosotros. La Iglesia, comunidad de discípulos y discípulas de Jesús, no nace de la decisión de los primeros que la integraron, sino de una iniciativa del Padre Dios. Dios, que 

“quiere que todos los hombres se salven” (1 Timoteo 2,4) 

no ha querido (ni quiere) salvarnos en forma aislada, sin relación de unos con otros, sino constituyendo un pueblo. En la antigüedad Dios eligió al Pueblo de Israel e hizo con él una alianza. Esto, como preparación de la alianza en Cristo, que convoca y congrega la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, formado por hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación.
La idea de que Jesús nos eligió y, todavía más, de que elige a algunos de manera especial puede hacernos pensar en una situación de privilegio delante de Dios… Ciertamente, Dios elige con amor a quienes quiere; pero eso no exonera a los elegidos de tener que pasar por muchas pruebas para cumplir su misión. Jesús es muy claro: 

“el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16,24).

Se dice que Santa Teresa de Jesús exclamó una vez “si así tratas a tus amigos, Señor, no es de extrañar que sean tan pocos”. También con humor discute con Dios Tevye, el protagonista de la comedia musical “El violinista en el tejado”. Tevye, judío creyente que ve crecer las tribulaciones de su pueblo en la Rusia de comienzos del siglo XX, le dice a Dios: “Ya sé que somos el pueblo elegido, pero, por un momento ¿no podrías elegir a otro?”
Las pruebas por las que puedan pasar los elegidos, los amigos de Jesús, tienen que ver con el resto de la frase que estamos meditando: “los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero”. La elección está en relación con una misión: “vayan y den fruto”. Ponemos nuestro esfuerzo, nuestra paciencia, nuestra conciencia… pero es Jesús quien hace que demos fruto y, más aún, quien hace que ese fruto permanezca.
Otro punto de reflexión: si es Jesús quien nos ha elegido, eso significa que tampoco somos nosotros quienes elegimos a nuestros hermanos y hermanas de comunidad. Es Jesús quien elige. Eso cambia mi mirada sobre los demás miembros, sobre todo al escuchar de nuevo las palabras de Jesús: 

“ámense unos a otros, como yo los he amado”. 

Y si nos queda duda sobre lo que significa para Jesús ese “como yo los he amado”, agrega: 

“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. 

Esa es la medida del amor de Jesús. Una medida muy grande, muy alta… pero que Él hace posible vivir con la ayuda de su Gracia.

El jueves 13 recordamos a nuestra Señora de Fátima. El santuario de Fátima se encuentra en Portugal y fue allí donde hace ya más de cien años, en 1917, la santísima Virgen se dejó ver por tres pastorcitos, hoy reconocidos por la Iglesia como santos: Lucía, Francisco y Jacinta. En sucesivas apariciones, la Madre de Jesús les entregó un mensaje. Un mensaje inquietante, con algunos aspectos que permanecieron en secreto durante mucho tiempo. En el jubileo del año 2000 san Juan Pablo II ordenó su publicación y el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, presentó una interpretación del mensaje que puede leerse en el sitio web de la Santa Sede. Comparto con ustedes el párrafo final:

Quisiera volver sobre otra palabra clave del «secreto», que con razón se ha hecho famosa:
«mi Corazón Inmaculado triunfará». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este «sí» Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: «en el mundo ustedes tendrán aflicciones, pero tengan confianza; yo he vencido al mundo» (Juan 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.
Es bueno recordar esa invitación a la confianza en Dios en estos tiempos. En mayo se celebra en muchos países el Mes de María. Nosotros lo celebramos en noviembre. Por una iniciativa del papa Francisco se está rezando el rosario todos los días de este mes desde distintos santuarios marianos, a las 13 horas de Uruguay.
Recemos, junto con el Santo Padre:
“Oh María, Consuelo de los afligidos,
abraza a todos tus hijos atribulados,
haz que Dios nos libere con su mano poderosa
de esta terrible epidemia
y que la vida pueda reanudar
su curso normal con serenidad.
Nos encomendamos a Ti,
que brillas en nuestro camino
como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.”
El martes 4 nos sorprendió la noticia del fallecimiento de Mons. Raúl Scarrone, obispo emérito de Florida, por tantos años pastor de la diócesis vecina. Damos gracias por su vida y su testimonio de fe y pedimos al Señor que lo reciba como servidor bueno y fiel.

Hace 116 años, el 12 de mayo de 1905, nació el Padre Santiago Borrazás, por décadas párroco de Tala. “Ofrendó su vida por los niños y por las verdades eternas del evangelio” dice una gran placa de mármol junto a su tumba, en la Iglesia parroquial talense.

Nuestra diócesis cuenta con varias capillas dedicadas a Nuestra Señora de Fátima. El jueves 13 estaré celebrando en la que se encuentra en la ciudad de Canelones.

El mismo día 13 la familia salesiana recuerda a Santa María Mazzarello, cofundadora, junto con san Juan Bosco, de las Hijas de María Auxiliadora en el año 1872. Saludamos a las hermanas de esta congregación presente en nuestra diócesis.

Finalmente, el sábado 15 celebramos la memoria de san Isidro Labrador, patrono de Las Piedras y santo muy querido en Canelones, especialmente en los pueblos del santoral. Junto con su esposa, María de la Cabeza, Isidro llevó una dura vida de trabajo, en la que recogió con más abundancia los frutos del cielo que los de la tierra. Es modelo y patrono de los labradores o agricultores.

Amigas y amigos, gracias por su atención. Muy feliz día a todas las mamás. Que el Señor los bendiga y hasta la próxima semana, si Dios quiere.



martes, 4 de mayo de 2021

Mons. Raúl Scarrone (18 de abril de 1931 - 4 de mayo de 2021)


Mons. Scarrone fue obispo durante casi 39 años, primero auxiliar de Montevideo (1982-1987), desde 1987 a 2008 obispo de Florida y, desde entonces, obispo emérito de esa Diócesis. En la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) ocupó la presidencia en dos períodos y desempeñó otras cargos de responsabilidad así como en el CELAM. Antes de su ordenación episcopal fue, durante una década, rector del Seminario Mayor Interdiocesano Cristo Rey.

Mons. Scarrone nació en Montevideo el 18 de abril de 1930 en el seno de una familia católica. 

Desde niño sintió el llamado de Dios para servirlo en su Iglesia y, siendo muy joven, ingresó al Seminario. Desde entonces ha consagrado su tiempo a la oración y el acompañamiento de comunidades y todas aquellas personas que se han acercado a él buscando una palabra de consuelo y aliento.

Fue ordenado sacerdote con 24 años, el 24 de setiembre de 1955, y en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen (Aguada) dio sus primeros pasos en el ministerio como Vicario Parroquial. Luego se desempeñó como Párroco en la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores (Reducto), animador de la Acción Católica, y encargado de Vocaciones en la Arquidiócesis de Montevideo.

El “aggionarmento” del Concilio Vaticano II lo encontró activo y comprometido con el nuevo impulso bíblico, catequético y pastoral. Luego pasaría a desempeñar por 17 años responsabilidades como formador y rector del Seminario Mayor Interdiocesano Cristo Rey, habiendo coordinado la construcción del actual edificio que alberga aún hoy a los seminaristas de todo el país.

A los 51 años, el 12 de diciembre de 1982, fue ordenado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Montevideo. El 15 agosto de 1987 asumió el Obispado de Florida y en poco meses recibía a San Juan Pablo II en el Estadio Campeones Olímpicos en el marco de su primera visita a Uruguay.

En la CEU ocupó la presidencia en dos períodos: 1991-1994 y 1997-2000 y la vicepresidencia de 2003 a 2006 y de 2006 hasta abril de 2008. En su carácter de vicepresidente fue en esos períodos el administrador de la CEU.

Además desempeñó en diferentes momentos la presidencia de las Comisiones del Clero, del Diaconado Permanente, de Animación Bíblica de la Pastoral, y de Pastoral Popular y del Departamento de Vocaciones y Ministerios. Integró la comisión de obispos para el Seminario Interdiocesano Cristo Rey, la Universidad Católica del Uruguay  y fue suplente del obispo delegado al CELAM.

Fue durante su presidencia en la CEU que, en el año 2000, tuvo lugar el IV Congreso Eucarístico Nacional en Colonia del Sacramento y la gran peregrinación de uruguayos a Roma por el Gran Jubileo, en el marco de la cual le dirigió un mensaje al papa san Juan Pablo II ante una plaza San Pedro colmada de fieles de todo el mundo.

Comenzó una actividad pastoral intensa en la Diócesis, compartiendo con las comunidades la fe, varias veces, en visitas pastorales y en sus múltiples llegadas de cercanía y acompañamiento. La construcción de la Casa de Retiros Jesús Buen Pastor y de otras instalaciones para la evangelización en Florida y Durazno demandaron su energía y optimismo para llegar a buen término las iniciativas.

En 2008, tres años después de haber presentado renuncia por edad, recibió a Mons. Martín Pérez Scremini como obispo de Florida y pasó a ayudar en las tareas pastorales desde su nuevo rol de obispo emérito. Desde entonces ha sido un referente en la escucha y el ministerio de la Reconciliación para laicos, consagrados y sacerdotes.

(Noticeu)

Lo conocí cuando entré al Seminario, en tiempos en que él era el rector. Estuvo en mi ordenación sacerdotal en Young. En los últimos años solía confesarme con él, y fue muy importante para mí nuestra última conversación, el domingo 21 de marzo, dos días después de hacerse público mi nombramiento como Obispo de Canelones. El 18 de abril, día en que asumí la nueva diócesis, él celebraba sus 90 años en Florida. Ruego por él para que el Señor lo reciba como servidor bueno y fiel. 

+ Heriberto.


jueves, 29 de abril de 2021

Mensaje de los Obispos del Uruguay con motivo del Día de los Trabajadores 2021.

  

Mensaje a los Trabajadores con motivo del 1º de mayo 2021

En estos tiempos difíciles que atravesamos como país y como humanidad toda, tras un largo año de pandemia y de sus consecuencias, queremos saludar a todos los trabajadores de nuestro país en la ciudad y en el campo. 

Sabemos que este saludo llega en una hora de escasez, inseguridad, múltiples exigencias y pocas satisfacciones para sus esfuerzos. 

Como Iglesia Católica en el Uruguay: fieles laicos, personas consagradas, diáconos, sacerdotes y obispos estamos, al decir del Papa Francisco, “en la misma barca” con todos nuestros compatriotas, zarandeados por un tsunami que no deja de sorprendernos, en un momento de crisis y gran incertidumbre. Pero nos sabemos “parte de lo mismo”; compartimos los problemas y el dolor de nuestro pueblo. Por ello, invitamos a todas las personas de buena voluntad a que, a través de un diálogo sincero, busquemos juntos las mejores soluciones para todos los habitantes de este país.

Agradecemos especialmente a todos los trabajadores que siguen sosteniendo servicios esenciales para el funcionamiento de nuestra sociedad en estos momentos.

Recordamos también con gratitud a todos los trabajadores rurales, que celebraron ayer su día.
Expresamos nuestra solidaridad con quienes, por la pandemia, han perdido su fuente laboral o la conservan en una situación precaria.

Nuestro país se ha forjado por el trabajo y el esfuerzo de su gente, atravesando otras tormentas. Confiamos en que en esta hora que nos ha tocado de tanto sufrimiento y temor, también saldremos adelante por el trabajo y el esfuerzo de todos.

Como cristianos les compartimos nuestra fe y una buena noticia: en Jesús y en su hogar de Nazaret podemos reconocernos como familia que hace frente a sus dificultades y encontrar en ellos un remanso de esperanza. 

Antes de ser el predicador que recorrió los pueblos de su tierra anunciando: “El Reino de Dios está cerca”, Jesús, el Hijo de Dios, llevó durante treinta años una vida anónima y silenciosa. Hijo de un carpintero, de quien aprendió el oficio, vivió en una pequeña aldea de la Galilea empobrecida y sojuzgada por el imperio romano. 

Él es modelo de encarnación en la historia que le tocó vivir; modelo de trabajador, que compartió los sufrimientos, búsquedas, gozos y esperanzas de sus vecinos.

“Los hombres sin historia son la Historia”. La vida del nazareno, a lo largo de esos treinta años, fue muy semejante a las de nuestros más humildes compatriotas. Jesús y su familia supieron de silencios, sacrificios y rutinas; vivieron la precariedad, la inmigración, la incertidumbre cotidiana. Por eso podemos proponerlos como luz y horizonte para todos los trabajadores y trabajadoras en este 1º de Mayo.

Como nos ha dicho el Papa Francisco en su reciente Carta sobre S. José:

“La persona que trabaja, cualquiera que sea su tarea, colabora con Dios mismo, se convierte un poco en creador del mundo que nos rodea. La crisis de nuestro tiempo, que es una crisis económica, social, cultural y espiritual, puede representar para todos un llamado a redescubrir el significado, la importancia y la necesidad del trabajo para dar lugar a una nueva “normalidad” en la que nadie quede excluido. La obra de san José nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!”
En esta Fiesta de San José Obrero, nos animamos mutuamente, como hermanos, a redoblar esfuerzos y solidaridades, a fin de celebrar más temprano que tarde ese banquete abundante en todos los hogares de esta bendita tierra, que ponemos bajo la protección de Nuestra Señora de los Treinta y Tres, patrona de la patria.

Los Obispos del Uruguay



sábado, 24 de abril de 2021

Mensaje del equipo de Pastoral Vocacional Canaria

Domingo del Buen Pastor

Jornada Mundial de oración por las vocaciones

Querida Familia Diocesana: 

Una vez más somos invitados a poner nuestra mirada en Jesús, Buen Pastor. Él es quien cuida de nuestra vida, “nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas” (salmo 22) La iglesia continuamente se confía al cuidado de su Pastor Bueno y a Él le pide nuevas y santas vocaciones: Sacerdotales, religiosas y matrimonios que en su vivir cotidiano trabajen en la expansión del reino de Dios.
Esta oración constante de la Iglesia pidiendo nuevas vocaciones provoca en el corazón de Jesús el deseo de seguir llamando: “Síganme y yo los haré pescadores de hombres” (Mateo 4, 19) Las palabras de Jesús a quienes luego fueron sus discípulos siguen resonando hoy en el corazón de cada joven que se dispone a escuchar la voz suave y paciente del Buen Pastor que sigue llamando: ¿Pensaste en ser sacerdote? ¿Te ves en la vida religiosa? ¿O formando una familia según el corazón de Dios? ¡Caminos distintos, pero todos bajo la compañía de Jesús, el Buen Pastor que nunca deja de acercarse y llamar!  

Siempre dispuesto a acompañar, y a caminar juntos bajo el manto de Santa María de Guadalupe, les saluda:

Equipo de Pastoral Vocacional Canaria

Oración Diocesana por las vocaciones

Escucha, Padre, el clamor de tu pueblo
que anhela  pastores según tu corazón.
Envíale operarios para la abundante cosecha
en nuestra Iglesia Diocesana.

Despierta vocaciones
en el corazón de los jóvenes:
al sacerdocio, a la vida consagrada,
a la familia y a ser laicos comprometidos
dispuestos a “Remar mar adentro”.

Que sean entre sus hermanos y hermanas

manifestación de tu presencia santificadora

y testigos del Evangelio del amor y de la justicia.

Te damos gracias por las vocaciones que nos has regalado.
Dales el don de la fidelidad y el gozo en tu servicio

Santa María de Guadalupe,
acompaña nuestra súplica fervorosa,
por Jesucristo, el Buen Pastor. Amén.

San José: el sueño de la vocación. Mensaje del Papa Francisco en la 58a. Jornada Mundial de Oración por las vocaciones.

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA 58 JORNADA MUNDIAL
DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

 San José: el sueño de la vocación

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cf. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 de diciembre de 2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe con corazón de padre.

Roma, San Juan de Letrán, 19 de marzo de 2021, Solemnidad de San José

Francisco