jueves, 11 de octubre de 2018

Los nuevos santos y la Diócesis de Melo







Amigas, amigos, como muchos de ustedes saben, me encuentro todo este mes de octubre en Roma, participando del Sínodo de los obispos sobre los jóvenes, convocado por el Papa Francisco.
Este domingo el Papa presidirá la celebración en la que serán canonizados siete nuevos santos. De ellos hay tres que tienen alguna relación con nuestra diócesis: el Papa Pablo VI, Mons. Óscar Romero y la Madre Ignacia March. Ya me extenderé sobre ellos.
Los otros cuatro son:

Un santo joven: Nunzio Sulprizio, que murió en 1836, a los 19 años. Durante su infancia padeció las consecuencias de la pobreza, la enfermedad y el maltrato, especialmente de su tío materno que -desde que fallecieron sus padres-, lo obligó a trabajar como herrero en condiciones inhumanas, las cuales le habrían provocado el tumor óseo que lo llevó a la muerte. Es un ejemplo de santificación en la enfermedad y el trabajo.

El Padre Vincenzo Romano, un sacerdote italiano, de Torre del Greco, cerca de Nápoles. Murió en 1831. Sostuvo en la fe a su gente cuando una erupción del volcán Vesubio arrasó la ciudad. También fue muy cercano a los marineros que pasaban por los peligros y fatigas de la pesca.

La Madre María Katharina Kasper, fue una religiosa alemana que murió en 1898. Venía de una familia campesina y trabajó también como tejedora. Eso la hizo muy cercana a los pobres de su tiempo, a quienes se dedicó con la congregación que fundó, las Pobres Siervas de Jesucristo.

Otro sacerdote italiano, el P. Francesco Spinelli, de la arquidiócesis de Milán, que murió en 1913. Fundó las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento, que unían su vida de oración, adorando a Jesús en la Eucaristía día y noche, con el servicio a los hermanos pobres y sufrientes en los que se “revela el rostro de Cristo”.

El Papa Pablo VI, cuyo nombre era Juan Bautista Montini, nació en Brescia, una diócesis italiana que, desde hace 50 años, está muy unida a nuestra diócesis de Melo. Fue elegido Papa en 1963, a la muerte de san Juan XXIII.
Le tocó continuar y culminar el Concilio Ecuménico Vaticano II. Mons. Roberto Cáceres estuvo en más de una ocasión con él.
Los numerosos viajes de san Juan Pablo II dejaron un poco a la sombra los de Pablo VI, que fue, en realidad, el primer papa viajero en nuestros tiempos. Sus salidas no fueron muchas, pero fueron significativas, visitando los cinco continentes. En agosto se cumplieron los 50 años de su visita a América Latina, que fue en Colombia.
Una particular relación con nuestra diócesis la recordamos este año, al recibir en Melo la visita del P. Javier Mori. Este sacerdote fue ordenado junto con otros misioneros por el Papa Pablo VI el 3 de julio de 1966. En la homilía, el Papa concluyó con estas palabras a los nuevos sacerdotes: “Ahora pueden recibir la última palabra: ¡vayan! Prediquen, bauticen... vayan. Cristo los envía, la Iglesia los espera, el mundo está abierto delante de ustedes.

Mons. Óscar Arnulfo Romero murió mártir en El Salvador, el 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía. La bala de un francotirador lo alcanzó en el momento en que preparaba el altar para hacer la ofrenda. Fue así que, en lugar de presentar a Cristo el pan y el vino, entregó su propia vida como ofrenda.
En Río Branco, por iniciativa del P. Miguel García se construyó una capilla en el barrio Cirilo Olivera, que él quería dedicar a Mons. Romero. En aquel momento la muerte del arzobispo era relativamente reciente; la Iglesia ni siquiera había iniciado una causa de canonización. Mons. Cáceres le sugirió al P. García que la capilla fuera dedicada a los mártires latinoamericanos. Con la beatificación de Mons. Romero en 2015 se agregó al nombre de la capilla el de “Beato Oscar Romero”. Ahora pasará a ser “San Oscar Romero y mártires Latinoamericanos”. Es de destacar que la embajada de El Salvador en Uruguay desde el comienzo valoró este homenaje y de una forma u otra la embajadora y funcionarios se han hecho presentes en Río Branco los 24 de marzo a partir de 2015.

Para el final dejamos a la figura menos conocida, pero a la vez más cercana, porque, así como decimos hoy, hablando de san Juan Pablo II que tuvimos “un santo entre nosotros”, podemos ahora decir que también tuvimos “una santa entre nosotros”.
El 27 de setiembre de 1932 llegó a Melo la hermana Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús o, simplemente, Nazaria March; una religiosa española, fundadora de una congregación que inicialmente se llamó “Hermanas Pontificias” y que hoy son las “Cruzadas de la Iglesia”. Fue Mons. Miguel Paternain quien conoció a Nazaria en Buenos Aires y la invitó a fundar una comunidad de sus hermanas en la diócesis de Melo. La casa que se les ofreció estaba donde hoy se encuentra la parroquia San José Obrero. En aquel tiempo, eso era pleno campo.

Al otro día de llegar a Melo, fueron a ver la casa. A la noche, esto escribió Nazaria en su diario:
A mí me gustó muchísimo, por ser muy pobre y en medio del campo, entre gente bien pobre. Aquella sí que era la Casa-Misión tal como la soñara desde niña, muy lejos del mundo, cuya atmósfera siempre me ha asfixiado.
Aquella buena gente nos rodeó con todo cariño, echaron a vuelo las campanas de la Ermita y nos trajeron pequeños ramitos de flores silvestres. Mi corazón reventaba de emociones… ¡con qué gusto hubiera concretado mi vida en la misión en Melo! ¡Qué feliz me encontraba en Melo! Era para mí la casita ideal de la Cruzada Pontificia. En gran pobreza, en medio de los pobres, lejos de la ciudad, siendo, por otra parte, como el amparo y el consuelo de todas aquellas personas.
La Misión no prosperó, sin embargo. A los dos años falleció una de las hermanas, Bernardina, que fue enterrada en Melo. Después se cerró la casa.
La vida de Nazaria continuó en América, en Argentina y muy especialmente en Bolivia. Hubo un especial recuerdo de ella en el reciente Congreso Misionero realizado en Santa Cruz de la Sierra.

Pido para nuestra diócesis y para todos los que me escuchan la intercesión de estos tres santos que, de una forma u otra, son cercanos a nosotros: san Pablo VI, san Óscar Romero y santa Nazaria March.

miércoles, 10 de octubre de 2018

¿Hablamos todavía de “vocación” en los centros educativos?


Participando en el sínodo de los Obispos sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, encuentro en el Documento de Trabajo un párrafo que dice “Habría que profundizar mejor […] la relación entre vocación y profesión, y la diferente “intensidad vocacional” de las distintas profesiones.

No sé qué quiere decir “intensidad vocacional” y la expresión nos sugería cosas diferentes a quienes la discutíamos, pero a partir de esa expresión comencé a pensar… ¿se sigue hablando o, mejor aún, haciendo lo que solía llamarse “orientación vocacional” en las instituciones educativas, tanto de gestión estatal como de gestión privada y, especialmente, las católicas?

No me refiero a propuestas vocacionales hacia alguna forma de especial consagración, sino más bien lo que ayuda al joven a buscar lo que quiere “hacer” en la vida, de acuerdo con las capacidades que ha ido adquiriendo en el aprendizaje y las potencialidades que aparecen; eso que solía medirse por medio de “tests vocacionales”.

En nuestro tiempo vivimos muchos cambios de lenguaje, que denotan concepciones antropológicas subyacentes. En ese sentido, no es lo mismo decir “orientación vocacional” que “orientación profesional” u “orientación laboral”.

“Vocación” significa “llamado”. Es verdad, la palabra puede ser vaciada de contenido; pero si la tomo en serio, me interpela. Pensar en el llamado que he recibido, me lleva a pensar que hay Alguien que me llama. Me invita a considerar la trascendencia y a no quedar solamente en la consideración de mis capacidades heredadas o aprendidas…

Por otra parte ¿de dónde salen esas capacidades? No todo es resultado de mi esfuerzo personal aislado. Pensar en que tengo “dones” significa que gran parte de lo que soy me ha sido “dado”. Lo he recibido de mi herencia, de mi ambiente, de las personas que han ido marcando mi vida… otra vez, la trascendencia. No soy un ser aislado; soy parte de la humanidad… ¿Y más allá de ella? ¿Más allá de este mundo? ¿No hay algo de Misterio en esos dones maravillosos? ¿Algo que me abra a considerar la presencia de Alguien que me llama y me ha regalado esos dones?

Reconociéndome -y reconociendo igualmente a cada uno de los demás- como alguien que ha sido dotado de dones, se abre en mí la conciencia de ser creatura, de haber sido creado. No soy resultado de un azar. No he recibido la vida y lo que soy únicamente de mis padres… No sólo tengo “dones”, sino que toda mi vida, todo mi ser, es un don.

He recibido la vida como un regalo… ¿me despierta eso gratitud? Sí es así, ¿a quién agradecer? ¿cómo agradecer? Los dones no son sólo posibilidades para mi crecimiento y desarrollo individual. Mi vida, mis capacidades, todo lo que soy porque lo he recibido, me ponen frente a una misión en este mundo. El trabajo, la profesión, el desarrollo de mis capacidades no estarán sólo en función de ganarme la vida o alcanzar una posición, una vida acomodada, confortable… me ponen frente a los demás como posibilidad de compartir, de dar de lo que he recibido, de hacer algo nuevo a partir del encuentro con los otros.

sábado, 6 de octubre de 2018

Escuchar a cada joven y escuchar a todos los jóvenes.


Intervención de Mons. Heriberto en la XV Asamblea ordinaria del sínodo de los obispos sobre "Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional"

Santo Padre, hermanos y hermanas:
Quiero destacar dos circunstancias de la escucha, y su relación con el discernimiento.

1) Escuchar a cada joven


Ser escuchados es la gran necesidad de muchos jóvenes, a la que no siempre encuentran respuesta en sus padres, docentes u otros adultos de su entorno más cercano.
Es la necesidad de abrir su corazón, con sus interrogantes, sus anhelos, sus búsquedas y, a menudo, con sus dificultades, tristezas, angustias y aún heridas que van quedando en su intimidad.
Los jóvenes buscan la escucha de un adulto, percibido como una persona que los recibe con empatía y respeto, que no los juzga y que los acompaña en el discernimiento acerca de esas situaciones.
Hablar de escucha de un adulto remite a la necesidad de adultez de quien recibe a los jóvenes, tanto en el sentido de madurez humana como de madurez en la fe.
Esta necesidad de adultez se hace mayor por la tendencia al “juvenilismo”: el deseo de muchos de continuar viviendo “como jóvenes”, pretendiendo instalarse en la juventud como si fuera la etapa definitiva de la vida y no una etapa de transición. Esa actitud desorienta a los jóvenes que se ven privados de referentes adultos que muestren una vida realizada, consolidada, con compromisos definidos y asumiendo también fragilidades y fracasos.
Esta escucha que se da en
 la relación interpersonal puede ser inicio de un proceso de acompañamiento y discernimiento vocacional, desde el enfoque amplio del llamado a la vida y la búsqueda del proyecto de Dios para cada persona y a las decisiones personales que eso conlleva.
En la vida pastoral es posible constatar que la presencia de los jóvenes en parroquias y movimientos tiene relación, entre otras cosas, con el hecho de contar con adultos que tengan esa capacidad de escucha y estén dispuestos a dedicar tiempo a acompañar a los jóvenes.

2) Escuchar a los jóvenes


El desafío de escuchar a todos los jóvenes: ¿qué piden los jóvenes a la Iglesia? Pero… ¿qué espacios abrimos para ese encuentro y ese diálogo?
El desafío de escuchar a los jóvenes que participan en las comunidades o movimientos: se trata aquí de favorecer el protagonismo juvenil. Recordar la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Los jóvenes deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes, ejerciendo el apostolado personal entre sus propios compañeros, habida cuenta del medio social en que viven” (AA 12).
Para que este protagonismo sea auténtico, es necesario que los jóvenes participen no sólo en la ejecución de proyectos y programas, sino en la búsqueda de las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia a los jóvenes, sin atarse a un “siempre se hizo así”.
Entramos aquí en el discernimiento en la vida ordinaria de la Iglesia, convertido en un estilo comunitario. (139)

Muchas gracias.

viernes, 5 de octubre de 2018

“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Marcos 10, 2-16)







“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Con esas palabras de Jesús, el ministro que preside la celebración de un matrimonio refrenda el consentimiento que se han dado el esposo y la esposa, por el que se han recibido mutuamente y cada uno ha prometido al otro serle fiel, en lo favorable y en lo adverso, con salud o enfermedad, y así, amarlo y respetarlo todos los días de su vida.

Cada vez son menos las parejas que hacen esa promesa y escuchan las palabras de Jesús, aunque, por cierto, algunas siguen haciéndolo. Y muy seriamente. Pero es verdad que hay menos casamientos, no sólo en la Iglesia sino también en el registro civil. Muchas parejas simplemente conviven, a veces llegando a formar una familia estable. Otras personas van pasando por diferentes relaciones sin encontrar para sí mismos ni para sus hijos esa estabilidad.

¿Qué sucedía en tiempos de Jesús? Algo nos cuenta el evangelio de este domingo:
Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión:
«¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?»
Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?»
Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».
En tiempos de Jesús, la mujer estaba totalmente sometida al varón. El marido podía repudiar a su mujer en cualquier momento, abandonándola. De acuerdo a la tradición judía, ese derecho se fundaba en la Ley de Dios. Los grandes maestros discutían sobre el motivo que podía justificar ese repudio. La escuela del rabino Shammai decía que eso sólo podía ser por causa de adulterio. En cambio, para el rabino Hillel, bastaba que ella hiciera algo que no agradara a su esposo. En cualquier caso, el hombre debía dar a la mujer un certificado de divorcio; pero ella quedaba en una situación difícil, como la de una viuda: no siempre sus padres estaban en condiciones de recibirla, ni encontraba fácilmente la posibilidad de una nueva unión. Si el esposo no le daba el certificado, ella no quedaba libre y si se unía a otro hombre incurrían ambos en adulterio. Era conocida por todos la situación del rey Herodes, a quien Juan Bautista reprochaba: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Este reproche le costó a Juan la vida. Por eso, la pregunta que le hacen a Jesús huele también a trampa…

Pero ¿Qué dice Jesús?
«Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
Pero desde el principio de la creación, "Dios los hizo varón y mujer". "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne". De manera que ya no son dos, "sino una sola carne". Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».
Jesús no entra en las discusiones de los rabinos. En todo momento, Él invita a buscar cuál ha sido y cuál es la voluntad del Padre, el proyecto de Dios, que está por encima de leyes y normas humanas. Esta ley se había impuesto en el pueblo judío por “la dureza del corazón” de los hombres que se relacionaban con sus mujeres desde una posición de dominio.

Jesús recuerda que Dios los ha creado varón y mujer: los dos tienen la misma dignidad de creaturas. Ninguno tiene poder sobre el otro. Entre varones y mujeres no debe haber dominación por parte de nadie.

Aquella sociedad había conocido también la poligamia. Jesús habla de “dos”: un solo hombre y una sola mujer, que se hacen uno, una sola carne, un solo ser, complementándose, completándose en el amor. De esa unión nacen los hijos, fruto del amor de sus padres, que asumen así una nueva responsabilidad: cuidar el bienestar y el crecimiento físico, mental y espiritual de los que ellos han llamado a la vida.

La unión de los esposos es para Jesús la suprema expresión del amor humano. En toda la Biblia se compara el amor de Dios por su pueblo con el amor del esposo por la esposa. Es Dios mismo que atrae al hombre y a la mujer a vivir unidos por un amor libre y gratuito, al que Dios pone su sello: “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

A partir de estas palabras de Jesús, la Iglesia ha contado como uno de los sacramentos al matrimonio, y ve en el amor de la pareja un signo del amor “con que Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

Casarse por la Iglesia, “casarse en el Señor”, como decían los primeros cristianos, es una decisión libre, al punto de que un “sí” que no se da en plena libertad hace que el sacramento sea nulo. Como tantas cosas importantes de la vida, la celebración del matrimonio se rodea muchas veces de un gran decorado, vestimenta especial, una gran fiesta… sin embargo, nada de eso es esencial. Lo que cuenta realmente es el amor de un hombre y una mujer que asumen desde su libertad el compromiso indisoluble de ser mutuamente fieles, amarse y respetarse en las buenas y en las malas, a lo largo de toda la vida.

Para muchos, esto parece una carga pesada. Jesús, sin embargo, hablando de su ley, dice «Mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11,30). A través del Sacramento del matrimonio, Jesús entrega la Gracia que permite a los esposos amarse de manera exclusiva, fiel, indisoluble y fecunda y velar por el bien de sus hijos.

En la mayor parte de las bodas que me ha tocado presidir, los novios eligieron como lectura bíblica el “himno de la caridad” que se encuentra en el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. En su exhortación Amoris Laetitia el Papa Francisco comenta cada una de las características del amor que aparecen allí: la paciencia, el servicio, el perdón, la alegría, el desprendimiento, la esperanza… Les invito a buscar y meditar esas páginas. Vale la pena.

Papa Francisco, Amoris Laetitia: nuestro amor cotidiano (1 Co 13,4-7))


viernes, 28 de septiembre de 2018

El círculo y la cruz (San Marcos 9,38-48)






¿Qué es una secta? En los medios de comunicación esa palabra aparece asociada a una organización religiosa o semi-religiosa en la cual sus integrantes son controlados completamente por un líder o una estructura. Los miembros de esos grupos suelen ser manipulados y aislados de sus familias y amistades, inducidos a dejar su trabajo y a vender sus propiedades y llevados a cortar contacto con el resto del mundo. En ambientes cristianos, una secta es cualquier grupo que se desvíe de las doctrinas fundamentales del cristianismo como la Santísima Trinidad o la encarnación del Hijo de Dios, por ejemplo. En el campo político también se habla de sectarismo, cuando un grupo se cierra sobre sí mismo y corta el diálogo con otros dentro de su mismo partido…
Aunque se entienda de diferentes maneras, hay algo más o menos común que es una pretensión de exclusividad, como si se dijera “nosotros somos los únicos que estamos en la verdad, todos los demás están completamente equivocados”. De ahí se pasa a la exclusión de los otros, porque “no son de los nuestros”.

En el Evangelio de este domingo escuchamos a los discípulos de Jesús decir: “no es de los nuestros”. ¿Qué significa eso realmente? ¿Cómo reaccionó Jesús ante esa expresión excluyente de parte de sus discípulos? Nos lo cuenta San Marcos:
Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».
Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.
“No es de los nuestros” se traduce mejor como “no nos sigue a nosotros”.
Leído así, esas palabras hacen aún más ruido. Jesús llama a seguirlo a Él. Los discípulos son seguidores de Jesús. Quienes se agregan al grupo, se unen como discípulos de Jesús.

Esas expresiones: “nosotros”, “los nuestros” insinúan una actitud sectaria de los discípulos, que Jesús corrige. Los discípulos quieren cerrar un círculo alrededor de Jesús. Jesús, en cambio, que toca al leproso (1:41) que come con publicanos y pecadores (2:15-16) que recibe a los pequeños (9:36) abre el círculo. “Nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí”. Aquel hombre hizo el milagro en nombre de Jesús: no usó el nombre de Jesús en vano, sino para hacer el bien. No puede estar contra Jesús. De alguna forma sigue a Jesús, cree en Él.

El Concilio Vaticano II nos enseña que, “por su encarnación el Hijo de Dios se ha unido, en cierta forma a todo hombre”, a toda persona humana. Jesús vino para todos. Al mismo tiempo, creando su grupo de discípulos, Jesús puso los cimientos de la Iglesia, con Pedro como “roca”.

Pero… la Iglesia ¿no se cierra en sus miembros? ¿No forma un círculo, aunque sea grande?
La enseñanza del Concilio también dice:
Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación. (LG 13)

Entonces… Somos miembros de la Iglesia los fieles católicos, que, como decía un biógrafo de san Juan Pablo II, “somos como los helados: venimos en diferentes sabores”. Esa diversidad dentro de la Iglesia, que es su gran riqueza, también nos llama a prevenirnos de actitudes sectarias internas. No debo discriminar a alguien porque no pertenezca al mismo grupo o movimiento al que pertenezco yo; lo que importa es que siga a Jesús y trate de vivir según el Evangelio, buscando siempre la unidad en el mismo Jesús, la común-unión en Él.

¿Qué pasa más allá de los fieles católicos, qué pasa con otros cristianos?
La Iglesia -sigue diciendo el Concilio- se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, más allá de las diferencias en algunos aspectos de la fe o el reconocimiento o no del sucesor de Pedro (LG 15).

Pero todavía el campo se abre más, porque el Concilio dice que quienes todavía no recibieron el Evangelio, se ordenan al Pueblo de Dios de diversas maneras:

En primer lugar, el pueblo judío, el pueblo de Israel, con el que Dios selló la primera alianza y en el que entró el Hijo de Dios por su encarnación.

También los que reconocen al Creador, entre los cuales están los musulmanes, que confiesan su adhesión a la fe de Abraham y adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final.

Dios tampoco está lejos de las personas que buscan “en sombras e imágenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de Él la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17,25-28)”.

Finalmente, de un modo que ignoramos, la gracia de Dios actúa también sobre aquellos que, sin conocer a Dios, escuchan la voz de su conciencia y se esfuerzan en llevar una vida recta: hombres y mujeres de buena voluntad.

Tal como escribe San Pablo a Timoteo, es voluntad de Dios “que todos los hombres se salven” (cf. 1 Tm 2,4). Por eso, Dios no cierra al hombre ningún camino. Como decía el poeta León Felipe: “Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol... y un camino virgen Dios.”

Gilbert Chesterton, el pensador inglés, fue un hombre que de alguna manera recorrió esos caminos… primero como un no creyente pero buscador de la verdad, luego encontrando la fe con su esposa anglicana, para finalmente adherirse, con razón y corazón, a la Iglesia Católica. Chesterton compara los símbolos del círculo y la cruz. El círculo, cerrado sobre sí mismo, no puede cambiar de forma ni de tamaño sin romperse; la cruz, en cambio, puede prolongar sus dos trazos hasta el infinito, sin dejar de ser la cruz, originalmente un signo de muerte del que sin embargo brota vida eterna. La cruz representa a Cristo, camino, verdad y vida, que sigue abriendo allí sus brazos, ofreciendo a todos los hombres el encuentro con el Dios de amor y salvación.

viernes, 21 de septiembre de 2018

¿Recuperarse de adicciones? Sí, se puede. Testimonios de Fazenda de la Esperanza.



Fazenda de la Esperanza: testimonio de un joven recuperado y de dos mamás, en diálogo en HOY QUIERO HABLARTE por Radio Oriental. Una hora y seis minutos... pero sin desperdicio !!!

jueves, 20 de septiembre de 2018

“El que recibe a uno de estos pequeños … a mí me recibe” (Marcos 9,30-37)







En el año 1994, la Organización de las Naciones Unidas convocó en la ciudad de El Cairo, Egipto, una conferencia internacional sobre Población y Desarrollo. 20.000 delegados discutieron allí durante varios días sobre una variedad de asuntos relacionados con la población, incluyendo la inmigración, la salud reproductiva, la mortalidad infantil, el aborto, los métodos anticonceptivos, la planificación familiar y la educación de las mujeres.

Para esa conferencia la Madre Teresa, a quien hoy veneramos como Santa Teresa de Calcuta, envió una declaración fuerte y breve, defendiendo la vida humana desde su gestación. Al final de su mensaje, Madre Teresa dice:
“Si hay un niño que ustedes no quieren o no pueden alimentar o educar, denme ese niño. Yo no rechazaré ningún niño. A él o a ella le daré un hogar o encontraré padres que lo amen. Nosotras luchamos contra el aborto por medio de la adopción, y hemos dado miles de niños a familias que pueden cuidar de ellos. Es hermoso ver el amor y la unidad que un niño trae a una familia.
El niño es el más hermoso regalo de Dios para una familia, para una nación. Nunca rechacemos este regalo de Dios. Mi oración por cada uno de ustedes es que tengan siempre la fe para ver y amar a Dios en cada persona, incluyendo a quien todavía no ha nacido. Que Dios los bendiga.”
El Evangelio que escuchamos este domingo, precisamente, pone al niño en el centro. Jesús tomando a un niño, lo puso en medio de los discípulos y, abrazándolo, les dijo:
«El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».
Ya el Antiguo Testamento, el libro de la Primera Alianza, señalaba el deber de caridad hacia tres grupos de personas que estaban especialmente desvalidas: el extranjero, la viuda y el huérfano. Leemos en el libro del Deuteronomio:
[Dios] hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido. (Deuteronomio 10:18)
Se mostraba así una particular atención de Dios a los más débiles; pero Jesús va más lejos, al decir que quien recibe a uno de esos pequeños, lo recibe a Él mismo.

Los primeros cristianos tomaron al pie de la letra las palabras de Jesús y se preocuparon de crear hogares que recibieran a los niños huérfanos. Siglos después, nuestra diócesis de Melo, como tantos otros lugares en el mundo, tuvo varias iniciativas de ese tipo, con sacerdotes que fundaron hogares en Charqueada, Vergara, Santa Clara y Cerro Chato. Con el tiempo estos hogares se fueron reconvirtiendo en otras obras sociales, mientras queda todavía el Hogar Cristo Rey en Melo. Hoy existe una importante colaboración entre distintas instituciones de la Iglesia y de la sociedad civil con los gobiernos para llevar adelante obras de educación no formal con niños, adolescentes y jóvenes socialmente desfavorecidos.

Pero volvamos a las palabras de Jesús… Él no solo nos invita a recibir a los pequeños y a cuidar de ellos, sino que agrega otra dimensión, una dimensión sagrada: quien recibe a los pequeños lo recibe a Él, y quien lo recibe a Él, recibe al Padre. Esto significa que todo lo que toca a nuestra relación con los niños, toca a Dios. El niño es sagrado. Los pequeños se hacen prioridad; los más débiles se hacen lugar privilegiado de la presencia de Dios.

Si lo entendemos así, ¿cómo vemos los horrores por los que pasan muchos niños de hoy, despreciados, explotados, en situación de calle, convertidos en niños-soldado… o en víctimas del abuso sexual, a veces dentro de su propia familia? O cometidos “por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables”, como lo recordaba hace poco el Papa Francisco, en una carta dirigida a todo el Pueblo de Dios en la que exhorta a pedir perdón por los pecados propios y aún ajenos, y a continuar los esfuerzos y trabajos para garantizar la seguridad y protejer la integridad de niños y de adultos vulnerables de cualquier forma de abuso.

Pero las palabras de Jesús, invitándonos a recibir a cada niño como presencia de Dios, llegan, paradojalmente, a continuación de una discusión entre adultos. Los discípulos, en el camino,
“… habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”.
Tomando a un niño y colocándolo en medio de ellos, Jesús cambia el foco de la discusión y los puntos de referencia de la vida. No son los adultos, deseosos de poder y grandeza los que están en el centro, sino el niño en su humildad y en su necesidad. Recibiendo a ese pequeño se recibe al mismo Jesús que acaba de anunciar que va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán. Sirviendo a los más pequeños, nos hacemos servidores de Jesús y como Él tomamos el último puesto, haciéndonos servidores de todos.

Tal vez convenga aquí decir que poner al niño en el centro no significa transformarlo en “su majestad el bebé”, como un pequeño monarca absoluto, a cuyos caprichos todos obedecen. El niño está para ser amado, pero también está llamado a aprender a amar. Necesita recibir mucho de los demás, pero también aprender a dar. Debe ser cuidado con cariño por otros, pero debe también aprender a cuidar de los demás. En su momento conocerá sus derechos, pero también tiene que conocer sus propios deberes, empezando por el respeto de los derechos de los demás. El amor verdadero no es el amor complaciente, sino el amor exigente, el que hace salir lo mejor de nosotros mismos. Ése es el amor de Jesús, el amor con que nos llama a amarnos unos a otros, como Él mismo nos ha amado.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Dedicación de la Iglesia de Santa Clara de Olimar.

El presbiterio de la nueva Iglesia

Dedicarle algo a alguien es una de las cosas lindas que podemos hacer en la vida. El enamorado le dedica una canción a la muchacha que está en sus pensamientos… o ella a él; el futbolista dedica a sus hijos el gol que marcó. El escritor o el poeta dedica su obra a un maestro o a la persona que lo alentó y lo sostuvo en su empeño… es hermoso oír a un papá o una mamá decir, de aquello que les ha costado mucho esfuerzo, “esto se lo he dedicado a mis hijos” y, más bonito aún, porque expresa una gratitud profunda, oír a un hijo o una hija presentar sus logros y decir: “para vos, mamá”, “para vos, papá”.

Hoy estamos reunidos en este espacio del viejo colegio de Santa Clara, que ha sido reformado y transformado en una Iglesia, para dedicarlo. Para dedicar esta Iglesia a Dios. A partir de hoy, este sitio se convierte en un lugar sagrado. Un espacio para el encuentro con Dios. Un lugar que, como se dice en la primera lectura “es la casa de Dios y la puerta del Cielo”. Cuando termine esta Misa, en ese hermoso sagrario que está aquí, se guardará el santísimo sacramento, es decir, el Cuerpo de Cristo y se encenderá una luz que indica que, efectivamente, Jesús está allí. Y cada vez que entremos a este templo y veamos esa luz, sabremos que Jesús está presente y podremos quedarnos un rato de rodillas delante de Él. Y cuando pasemos frente al templo, podemos recordar que Él está allí y saludarlo haciendo la señal de la cruz.

Junto con el sagrario, hay otras dos cosas que son especialmente importantes en el templo. El lugar desde donde se lee la Palabra de Dios, que llamamos ambón. Es la mesa de la Palabra. Desde allí, Cristo alimenta nuestra fe y da sentido a nuestra vida con su Evangelio. En el centro, el altar, la mesa del Pan de vida. El lugar donde Jesús se hace presente a través de la oración del sacerdote, que invoca al Espíritu Santo para que consagre el pan y el vino de modo que se hagan Cuerpo y Sangre de Cristo.

Pero si está sucediendo eso, si estamos celebrando la Misa, ya no estamos en un momento de encuentro personal con Dios, a solas con Él. Estamos con la comunidad reunida para escuchar la Palabra de Dios y recibir el Cuerpo de Cristo. Reunida también, aunque no haya Misa, en una celebración preparada por las Madres Misioneras de Jesús Verbo y Víctima, donde también escucharemos la Palabra y recibiremos la Comunión con las hostias que quedaron en el sagrario desde la última Misa. Y aquí también se reunirá la comunidad para celebrar otros sacramentos: el Bautismo, el Matrimonio.

Usamos muy comúnmente la palabra “Iglesia” para referirnos al edificio, al templo; pero la Iglesia es, ante todo, la comunidad de los bautizados, el Pueblo de Dios, la comunidad de los discípulos de Jesús. Ahí entendemos las palabras de San Pedro en la segunda lectura: “ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual”. ¡Piedras vivas! Eso es lo que somos cada uno de nosotros. Cada uno “piedra viva” para construir la Iglesia, para superar enemistades, rivalidades, envidias, rencores y, en cambio, construir fraternidad, cercanía, encuentro; hacer comunidad.

Estas “piedras vivas” que somos nosotros, no son piedras sueltas, que se apilan de cualquier manera. La Iglesia de piedras vivas se construye sobre la piedra angular, la piedra grande, que sostiene toda la estructura. San Pedro nos habla también de esa piedra, que es Cristo. Cristo es la piedra “rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios”. Cristo es esa piedra de que habla el salmo que hemos rezado: “la piedra que el cantero desechó”, descartó… pero que ahora “es la piedra angular”, la que sostiene todo.

Cristo nos llama a construir nuestra vida sobre el cimiento de su Palabra. “El que escucha mi palabra y la pone en práctica, es como el hombre que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7,24). Ser cristianos, ser discípulos de Jesús, no es posible sin escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Practicar la Palabra de Dios no es simplemente acordarse de rezar y venir a la celebración cada tanto, o hacer alguna obra buena cuando tengo tiempo. Ser cristiano, ser discípulo de Jesús es tratar de vivir la Palabra de Dios cada día, como miembros de una familia que buscan quererse cada día más, como vecinos que se acompañan y se ayudan unos a otros, como personas de trabajo que buscan hacer las cosas bien, como ciudadanos que nos preocupamos por el bien común y por los más desamparados… en fin, ser cristiano es vivir de tal manera que se pueda decir de nosotros, lo que se dijo de Jesús: “pasó haciendo el bien”.

En el grupo de discípulos de Jesús hubo uno que se destacó por su fe. Era un hombre un poco impulsivo, pero de corazón muy generoso; sobre todo, un hombre de fe. Ese hombre fue Pedro. Él creyó en Jesús como Hijo de Dios. Por eso, por esa fe, Jesús le dijo, como escuchamos en el Evangelio “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Después de Pedro vinieron sus sucesores, hasta llegar hoy al Papa Francisco, que, igual que Pedro, sigue teniendo la misión de confirmarnos en la fe. Junto a Pedro estaban los demás apóstoles. Ellos fueron dejando también sucesores en los distintos lugares donde pasaron: así aparecimos los Obispos, para servir al Pueblo de Dios enseñando la Palabra de Dios, celebrando los sacramentos y organizando la vida de la comunidad cristiana en un lugar determinado donde se forma esa porción, esa parte del Pueblo de Dios que es una Diócesis, como nuestra diócesis de Melo, formada por los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres.

Esta Iglesia está dedicada a la patrona de la parroquia, Santa Clara de Asís. Santa Clara fue la jovencita que se sintió llamada a entregar totalmente su vida a Dios junto con otras muchachas de su pueblo, a partir del testimonio de San Francisco de Asís. Francisco recibió su vocación a partir de una iglesia en ruinas, la iglesia de San Damián, donde escuchó la voz del crucifijo que se había conservado intacto: “Francisco, repara mi casa, que está a punto de derrumbarse totalmente”. Francisco tomó las palabras al pie de la letra y con sus hermanos se puso a arreglar la vieja iglesia abandonada. Pronto entendería que el llamado de Jesús era a reparar la Iglesia de piedras vivas, la comunidad de los creyentes, que estaba perdiendo el espíritu del Evangelio.

Santa Clara de Olimar, a lo largo de los años, vio quedar en ruinas dos iglesias. La segunda se está reconstruyendo ahora, para quedar como un lugar de memoria, de historia, de recuerdo. La que hoy estamos dedicando a Dios abre su puerta, como quisimos marcarlo al principio, para todos los que, humildemente, nos reconocemos pecadores, nos reconocemos personas frágiles. Aquí encontramos una fuerza que ningún ser humano tiene por sí mismo: la fuerza de Dios, que puede cambiar nuestra vida.

La puerta de la Iglesia se abrió para todos nosotros. Ahora le toca a cada uno abrir la puerta de su corazón. Jesús nos dice: “mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3,20). Recordemos las palabras de san Juan Pablo II: “no tengan miedo: abran de par en par las puertas a Cristo”. Así sea.

+ Heriberto, Obispo de Melo


viernes, 14 de septiembre de 2018

Oriente Antúnez, nuevo diácono permanente para la Diócesis de Melo

 Homilía de Mons. Heriberto


Nos reunimos en esta fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, recordando que, en un día como hoy, en el año 1932, Mons. Miguel Paternain erigió la parroquia Nuestra Señora del Carmen. La fiesta litúrgica y este aniversario hacen ocasión propicia para que la comunidad se reúna a participar de la ordenación diaconal de Oriente.

Les invito a que contemplemos primero el misterio de la cruz, ese misterio que nunca llegamos a comprender totalmente pero que siempre arroja luz sobre nuestra vida.
Lo voy a hacer recordando la reflexión de un hombre que, como Oriente, como muchos otros varones que están aquí, recorrieron un camino largo y sinuoso hasta vivir su reencuentro o su encuentro con Jesucristo. Ese hombre fue un gran católico inglés, que murió en 1936. Se llamaba Gilbert Chesterton. En su juventud fue un agnóstico, cerrado a Dios. Fue su esposa, Frances, quien lo acercó al cristianismo, en la Iglesia Anglicana. Luego, él mismo fue dando pasos que lo llevaron a la fe católica, con una profunda convicción.

Chesterton veía que mucha gente de su tiempo pensaba que el mundo, la historia, la vida, se podía explicar con la figura del círculo. “El círculo es perfecto e infinito” dice Chesterton “pero se halla siempre limitado a su tamaño; nunca puede ser mayor ni más pequeño”. Lo que él dice se entiende si seguimos con el dedo la línea de un círculo… ¿qué haríamos, sino dar vueltas y vueltas, volver a pasar siempre por el mismo punto, sin encontrar una salida?
“Pero la cruz…” sigue diciendo el filósofo inglés “la cruz puede prolongar hasta siempre sus cuatro brazos, sin alterar su estructura”. “La cruz puede agrandarse sin cambiar nunca… el círculo vuelve sobre sí mismo y está cerrado. La cruz abre sus brazos a los cuatro vientos; es el indicador de los viajeros libres”.
“La cruz tiene en su centro una fusión y una contradicción”, “una paradoja”. Es el lugar de encuentro del hombre con Dios, es el instrumento de muerte del que surge la vida y esa vida se abre al infinito, se abre a la eternidad de Dios.

San Pablo dice de la cruz que es “escándalo para los judíos y locura para los griegos”. En eso, nuestro mundo de hoy es bastante “griego”. El cristianismo es locura para el mundo. Para mucha gente, lo que Oriente ha pedido y va a recibir, este sacramento del Orden, es incomprensible, o se entiende solo a medias… Pero esto sucede con cualquier paso que demos en seguimiento de Cristo, en seguimiento en serio. Ser diácono permanente, al igual que ser un esposo y un padre cristiano, o un obrero, un comerciante, un profesional cristiano, un policía, un militar o un gobernante cristiano, o lo que seamos en la vida… no es hacer del seguimiento de Jesús algo para los ratos libres, para hacer alguna obra buena y después ir llevando el resto de nuestra vida como vaya saliendo. Ser cristiano es pasar por la vida como Jesús, que “pasó haciendo el bien”. Y como decía la canción que escribió un maestro rural “si hacer el bien da alegría / costarnos suele una cruz”. Pero, como nos muestra Chesterton, la cruz no nos encierra. No nos mete en un círculo. Al contrario, nos abre cada día más a Dios, a los hermanos, al mundo al que somos enviados por el amor de Jesucristo.

Pero vamos a profundizar un poco más en lo que asume hoy Oriente, que se integra hoy a ese cuerpo diaconal que comenzó a formarse hace 40 años con la ordenación de Néstor, a la que siguieron luego otros… recordemos a Víctor, que partió a la casa del Padre; pero tenemos al propio Néstor, a Luis, a Mario y a Juan Carlos, como testigos de la Diaconía de Cristo entre nosotros.

“Diácono” significa servidor; y este ministerio configura a quien lo recibe con Cristo “que se hizo el último y el servidor de todos”.

Hubo diáconos en los primeros tiempos de la Iglesia, durante varios siglos. Su figura fue quedando solo como una etapa hacia el sacerdocio, hasta que el Concilio Vaticano II restableció este ministerio en forma permanente. Hace 50 años, en la II Conferencia de los Obispos de América Latina, en Medellín, se miró con esperanza este resurgir del diaconado y se alentaba a formarlos para
“crear nuevas comunidades cristianas o alentar las existentes, a fin de que el Misterio de la Iglesia pueda realizarse en ellas con mayor plenitud… se cuidará también de capacitarlos en orden a una acción efectiva en los campos de la evangelización y del desarrollo integral”.

El servicio de los diáconos a la comunidad se despliega en tres dimensiones: la Palabra, la Liturgia y la Caridad.

La Palabra es la Palabra de Dios. En la ordenación se le entrega al diácono el Evangelio diciéndole:
"Recibe el Evangelio de Cristo del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que ha hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado".

La Liturgia es el conjunto de prácticas por las que se desarrolla el culto. En la Misa, en el Bautismo, en el Matrimonio y en otras acciones litúrgicas, el Diácono no está “de adorno”: tiene su papel propio.

La Caridad es el gran mandamiento de Cristo: "ámense unos a otros como yo los he amado". Los primeros diáconos fueron llamados especialmente para atender a las viudas y huérfanos de la primera comunidad cristiana. San Lorenzo, diácono y mártir, se ocupaba especialmente de la atención de los pobres.

Las tres funciones están unidas. No se oponen, sino que se complementan. El diácono las vive en cada lugar según las necesidades y las circunstancias de la comunidad a la que le toca servir. Oriente lleva ya un camino como feligrés de esta comunidad, como cursillista y ha ido asumiendo distintos servicios, como su participación en el equipo de pastoral carcelaria.


Oriente, hermano, tú que sales en correr en bicicleta, sabes bien que el cartel que dice “llegada” no es un final, sino un nuevo punto de partida. Que esa carrera que has corrido es resultado de un tiempo largo de preparación y entrenamiento; y haber llegado a esa meta te pone de nuevo en carrera, te pone de nuevo a prepararte nuevamente para la próxima.

La ordenación diaconal, como las que corresponden a los otros grados del sacramento del orden, son puntos de llegada, después de una preparación… pero son punto de partida de una carrera aún más larga por recorrer, donde el entrenamiento se va dando en la misma práctica; donde hay que seguir aprendiendo en la marcha.

San Pablo, que conocía bien el mundo de los atletas de su época, tiene un párrafo que te puede ayudar a unir tu propia experiencia deportiva con este nuevo esfuerzo que estás emprendiendo. Dice el apóstol:
“¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible. Así, yo corro, pero no sin saber adónde; peleo, no como el que da golpes en el aire. Al contrario, castigo mi cuerpo y lo tengo sometido, no sea que, después de haber predicado a los demás, yo mismo quede descalificado.” (1 Co 9,24-27).

Te animo, pues, con las palabras de Pablo, a que sigas empeñándote, trabajando, entrenando, aprendiendo, para que siguiendo a Jesús, llevando tu propia cruz, viviendo íntegramente tu vida cristiana y realizando generosamente tu servicio diaconal, puedas recibir de Cristo esa corona que no se marchita ni es para uno solo, sino para todos los que perseveran en Él. Así sea.