sábado, 24 de enero de 2026

Dios ha sido el jardinero que nos ha dado la más bella flor: María, Rosa Mística. Homilía en el Santuario de Montichiari, 23/01/26.


Homilía del Obispo de Canelones, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant en el santuario Marìa Rosa Mística Madre de la Iglesia, Montichiari, Italia.

Queridos hermanos y hermanas:

Soy el Obispo de Canelones, en el Uruguay.

Al igual que todos o la mayor parte de ustedes, he venido hoy como peregrino a este santuario de María, Rosa Mística, Madre de la Iglesia.

En mi Diócesis hay una iglesia dedicada a esta querida advocación mariana y son numerosos los devotos que la frecuentan.

Es por eso que, desde hace tiempo, yo deseaba llegar hasta Montichiari y celebrar Misa en este lugar que evoca los mensajes recogidos por Pierina Gilli.

Fue para mí una alegría la comunicación del dicasterio para la Doctrina de la Fe que, en 2024, después de mucho tiempo, reconoció el valor de estos mensajes.

Leyendo la homilía del Obispo de Brescia, Monseñor Pierantonio Tremolada, el 13 de julio de ese mismo año, comparto sus sentimientos “de sincera alegría y de profunda gratitud”.

Como un primer punto de su reflexión, Monseñor Tremolada ha subrayado “la belleza como característica singular de la Bienaventurada Virgen María, una belleza que es un reflejo de la gracia de Dios.”

Si contemplamos a la Santísima Virgen como rosa, Rosa mística, vemos que la comparación con la más bella flor es adecuada. No solo porque la rosa es una flor hermosa, de dulce perfume, sino porque la rosa, tal como la conocemos hoy, en sus múltiples variedades, es el resultado de siglos de trabajo y del cuidado de cultivadores y jardineros que han ido, por diferentes medios, buscando siempre la flor más bella. El Padre Dios ha sido el jardinero que nos ha regalado esta bellísima rosa: María, Rosa Mística. El Hijo de Dios nos la ha entregado como Madre, Madre de la Iglesia, para que todos los fieles caminemos unidos bajo su amparo, en el seguimiento de su Hijo, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Ese es el segundo punto recogido por Monseñor Tremolada en su homilía: el título de María, Madre de la Iglesia, nos llama a no encerrarnos en una experiencia individualista y nos invita a caminar juntos, en comunidad parroquial o diocesana, como hermanos y hermanas, pueblo de Dios que lleva a todo el mundo la alegría del Evangelio en palabra y en obra, especialmente en el servicio al más pobre y necesitado.

Un tercer aspecto del mensaje espiritual de esta advocación es el llamado a la oración, la penitencia y el sacrificio como constante intercesión de todo el pueblo de Dios y de la Madre de la Iglesia, para que los sacerdotes y las personas consagradas sean especialmente fortalecidos ante las tentaciones que el mundo les presenta. Este aspecto del mensaje recogido por Pierina Gilli no fue bien recibido en su tiempo. Lo que ha vivido la Iglesia en las décadas recientes con la crisis de los abusos nos hace sentir lo importante que fue y sigue siendo ese llamado.

“Creo en la Iglesia: una, santa, católica y apostólica” Santa: así se expresa nuestra fe en la Iglesia. Pero mientras Cristo no conoce el pecado y ha venido para expiar los pecados del pueblo, “la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (cfr. Lumen Gentium, 8).

El pecado daña nuestras relaciones y, más aún, puede llegar a romper nuestras relaciones con Dios, entre nosotros, con la creación y de cada uno consigo mismo. Todos nosotros somos pecadores. Todos podemos sentir lo que expresó san Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”. (Romanos 7,19). Pero él no se encierra en esa realidad dramática. No la vive en la desesperación, sino, al contrario, en la esperanza. Por eso San Pablo puede decir, y nosotros decir con él: “¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor!” (Romanos 7,25). Nuestro Señor, nuestro Salvador, nuestra esperanza.

Junto a Jesucristo está su madre, madre de la esperanza. ¿Acaso no pedimos en cada Ave María “ruega por nosotros pecadores”? Así nos confiamos a la intercesión de nuestra Madre. Volvamos a detenernos en su bello rostro, en su alma inmaculada, para ver todo lo que el poder de la Gracia de Dios puede realizar en nosotros. 

Las tres rosas que nos muestra la imagen de María mística son identificadas como oración, sacrificio y penitencia. “se trata de tres acciones de gran valor, que ciertamente nos unen a María en su acción de intercesión por la humanidad” (1). El valor de estas acciones no está solo en las acciones en sí mismas. Jesús ha señalado que pueden ser hechas apenas “para ser vistos por los hombres”. El valor de estas acciones está en el amor con que se hacen, amor que responde al amor recibido del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Los actos de reparación que podemos hacer deben estar siempre animados por este espíritu: “devolver amor por amor” (2) y a ellos se pueden unir todos nuestros actos de caridad, especialmente “a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos, a los más pobres, a los abandonados y marginados” (3).

Abriendo nuestros corazones a la acción de la gracia y de la misericordia, ayudemos a que las espadas que vio Pierina como signo del pecado de las personas consagradas, puedan seguir transformándose en las rosas que adornan la figura de María, Rosa Mística. Así sea.

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(1) Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Carta al Obispo de Brescia sobre la devoción a María Rosa Mística (Montichiari), 5 de julio de 2024.
(2) Lema del Jubileo por los 350 años de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús en Paray-le-Monial.
(3) León XIV, In Unitate Fidei, 11.

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