“Un hombre justo” (δίκαιος – dikaios). Así nos describe el evangelio de san Mateo la figura de san José, como pudimos escuchar el último domingo de Adviento. Su figura nos ayuda a ver la justicia no como un ideal abstracto o como la aplicación de un conjunto de normas, sino como un modo de vida.
Decíamos también que no se trata del concepto romano de justicia, que está en el trasfondo de nuestra cultura, que consiste en “dar a cada uno lo que le corresponde”, sino en la búsqueda de la voluntad de Dios, con la ayuda de la Ley que Él ha entregado, para realizarla en la vida de cada día.
Jesús no solo aprendió de José el oficio de carpintero. El Hijo de Dios hecho hombre tuvo ante sí el ejemplo de un Padre que quería vivir y vivía en la justicia de Dios. Es el evangelio de Mateo el que recoge de manera especial esta perspectiva, este ángulo desde el cual contemplar a Jesús de Nazaret, lo que aparece reflejado en sus palabras, comenzando por las bienaventuranzas, en las que se proclama
Felices los que tienen hambre y sed de justicia (δικαιοσύνην – dikaiosynēn), porque serán saciados. (Mateo 5,6)
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia (δικαιοσύνης – dikaiosynēs), porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,10)
Todo esto valga como introducción al evangelio de hoy, que nos cuenta el bautismo de Jesús, para que no pasemos por alto lo que dice Jesús al Bautista… pero vayamos al comienzo.
En el capítulo 3 de Mateo se presenta la figura de Juan el Bautista. Esa parte la escuchamos en el segundo domingo de Adviento. A continuación,
Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mateo 3,13-14)
Juan decía: “Yo los bautizo con agua para que se conviertan” (Mateo 3,11). En el Evangelio de Marcos se dice que Juan proclamaba “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. Eso explica la resistencia de Juan. Juan espera un Mesías a través del cual se manifieste un Dios fuerte y justiciero, frente al cual el hombre debe inclinarse y corregir la orientación de su vida. Sin embargo, la primera lectura de hoy, del libro de Isaías, nos presenta otra imagen de ese servidor de Dios:
Él no gritará, no levantará la voz
ni la hará resonar por las calles.
No romperá la caña quebrada
ni apagará la mecha que arde débilmente.
Expondrá el derecho con fidelidad (Isaías 42,2-3)
El servidor actuará con suavidad y compasión, para extender el derecho, la justicia de Dios, en toda la tierra.
La breve respuesta de Jesús va en ese orden y desarma las objeciones de Juan:
«Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos toda justicia».
Y Juan se lo permitió. (Mateo 3,15) (δικαιοσύνην – dikaiosynēn)
“Toda justicia” o “todo lo que es justo” se refiere a la justicia divina, que Jesús viene a llevar a su plenitud. En el “dar a cada uno lo que le corresponde”, es justo que reciba un castigo quien ha actuado mal, cometiendo injusticias y abusos; que quien ha robado restituya el bien ajeno del que se apropió, que quien ha dañado a otro sea obligado a entregar una indemnización adecuada. Pero hay una justicia más grande que todas esas medidas razonables.
Jesús, enviado del Padre, viene a llevar a cumplimiento una justicia superior, porque es justo que quien ha perdido su vida pueda encontrarla de nuevo, que quien se ha hundido en el pecado pueda pedir y recibir el perdón, que a un culpable no le sea quitada la vida sino que se la devuelva como nueva oportunidad.
En verdad, es más fácil para nosotros quedarnos en la primera justicia: “el que la hace la paga”, sin querer recordar que nadie está libre de pecado y todos estamos necesitados de perdón. Repasemos en el evangelio los numerosos pasajes en los que se presenta a Jesús como aquel que vino a salvar a su pueblo de todos sus pecados. Todos somos pecadores; todos estamos incluidos en esa salvación.
Por eso Jesús se bautiza junto a los pecadores. No porque Él lo sea, sino para mostrar que ha venido a salvarnos, a liberarnos de esa realidad que nos aprisiona. Acompaña a los pecadores que reciben un bautismo de conversión, que desean un cambio en su vida, que quieren encontrar una salida, que están sintiendo hambre y sed de la justicia de Dios.
Por eso Juan acepta lo que le pide Jesús. Dios está poniendo en obra “toda justicia” dentro de la historia humana por medio de su Hijo Jesucristo.
Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». (Mateo 3,16-17)
El bautismo de Jesús nos hace descubrir la mirada de Dios sobre nosotros. Dios se ha complacido en bajar del Cielo y sumergirse en nuestra humanidad, en nuestra fragilidad, en el abismo donde la tragedia del pecado nos ha hundido. Allí se manifiesta el amor de Dios que golpea la puerta de nuestro corazón endurecido.
En su Hijo Jesús, Dios ha llegado a hacerse solidario con nosotros allí donde no somos capaces de ser solidarios entre nosotros mismos. Reconociendo nuestra propia necesidad de perdón, sintiendo que hemos sido perdonados, podremos crecer en nuestra propia capacidad de perdonar: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”.
Dios nos ha hecho un enorme regalo, un inapreciable don en el nacimiento de su Hijo.
El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él. (Hechos 10,38)
Pasó y sigue pasando para curarnos y hacernos el bien. Que a lo largo de este nuevo año podamos reconocer el amor de Dios, dejemos de pretender pasar por justo lo que no lo es, y nos adentremos a vivir en la justicia de Dios.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario