Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo… (Mateo 4,25 – 5,2)
Así comienza el evangelio de este domingo, que nos introduce al “sermón de la montaña”. A continuación vendrán ocho frases que se inician con la palabra “Bienaventurados”. Hoy suele traducirse como “felices”, “dichosos”; pero “bienaventurados” tiene otros ecos… habla de movimiento, de contingencia, de “aventura”… dice más de un poner el rumbo de la vida en manos de Dios, en la confianza de que Él nos llevará hacia el bien.
Diciendo esto, Jesús promete que quienes vivan ese programa que Él propone, alcanzarán la felicidad. Desde luego, Jesús se refiere a la vida eterna, a la felicidad para siempre, en la casa del Padre. Pero no solamente allí. Ya en esta vida el discípulo de Jesús comienza a estar en el Reino de Dios, a recibir consuelo, a recibir la tierra en herencia, a ser saciado de justicia, a obtener misericordia, a contemplar a Dios, a ser llamado hijo de Dios. Todo eso llegará a su plenitud en la eternidad, junto a Dios, pero el discípulo puede gozarlo ahora, a pesar de que, al mismo tiempo, pueda ser insultado, perseguido y calumniado por causa de Jesús.
Entremos en las bienaventuranzas. Nos ayuda a entenderlas mejor ordenarlas por pares.
I - Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,3)
VIII - Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. (Mateo 5,10)
El primer par lo forman la primera y la octava. La primera y la última bienaventuranza tienen la misma promesa: “de ellos es el Reino de los Cielos”. La promesa es nada menos que “el Reino de Dios”… ¡Vivir en Dios! Esta promesa está dirigida a los “pobres de espíritu” y a los “perseguidos por causa de la justicia”.
La bienaventuranza sobre los “pobres de espíritu” es tal vez la más discutida de todos los tiempos. En el evangelio de Lucas, donde las bienaventuranzas son sólo cuatro, dice simplemente: “bienaventurados los pobres”. En el Evangelio de Mateo dice “bienaventurados los pobres de espíritu”.
Todo en este mundo está como empujándonos a buscar enriquecernos: tener más y más, consumir más y más… Las palabras de Jesús, “bienaventurados los pobres” van a contracorriente. Jesús agrega muchas veces otras palabras que invitan a reflexionar:
“Cuídense de toda avaricia, porque no está la vida en el tener muchas cosas” (Lucas 12,15)
y podríamos citar muchos más ejemplos…
La persona pobre de espíritu o que tiene alma de pobre es aquella que, aun teniendo bienes en este mundo, no está aferrada a ellos como si fueran su vida. Esa persona, desapegada de las cosas, busca primero el Reino de Dios y su justicia, poniendo muchas veces sus bienes en ese empeño.
Decíamos que esta bienaventuranza se empareja con la última, que habla de los “perseguidos por causa de la justicia”. No se trata de la persecución judicial contra alguien acusado de un delito. La traducción más clara es “perseguidos por practicar la justicia”: perseguidos por ser justos, por vivir como personas justas. ¿Qué es una persona justa? No se trata sólo de la justicia en las relaciones humanas, sino de ser justo ante Dios. San José es un modelo de hombre justo. El hombre justo es el que busca conocer y cumplir la voluntad de Dios en su vida. Está poniendo primero el Reino de Dios y su justicia, y eso le traerá muchas veces incomprensión, rechazo, e incluso, como sucede aún hoy en algunos lugares, persecuciones violentas. Son las consecuencias de vivir como cristiano, comprometido con su fe y con su Dios.
II - Felices los afligidos, porque serán consolados.
III - Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. (Mateo 5,4-5)
El segundo par de bienaventuranzas nos presenta los mansos o pacientes y los que lloran o están afligidos. Son dos aspectos que tienen que ver con nuestra actitud ante la vida. Aprender a vivir los inevitables contrastes y sufrimientos que la vida nos va presentando, confiando siempre en el Dios de todo consuelo que conduce la historia. Es la actitud de quien se pone en manos de Dios, con la misma confianza que un niño pequeño en brazos de su madre. Es el espíritu que refleja el salmo 130:
“Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos
como un niño en brazos de su madre”. (Salmo 13,1-2)
El tercer par de bienaventuranzas nos ubica en dos actitudes que hacen a nuestra relación con los demás.
IV - Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
V - Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. (Mateo 5,6-7)
Se trata de vivir una vida justa ante Dios y los hombres y dejarse mover por la compasión ante la necesidad del otro, actuando en consecuencia. El año jubilar que acabamos de celebrar nos llamó a vivir ese aspecto fundamental de nuestra fe cristiana, que se expresa en las obras de misericordia corporales y espirituales.
VI - Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
VII - Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. (Mateo 5,8-9)
Finalmente, el cuarto par nos ubica en dos relaciones fundamentales con Dios, que también se reflejan en nuestra relación con los demás: la pureza de corazón y el trabajo por la paz.
Esto significa mantener el corazón limpio, cultivando la amistad con Dios y la búsqueda del bien por encima de todo.
Trabajar por la Paz, es ofrecer a los demás ese don que se ha recibido de Dios.
La Paz no es la tranquilidad o el aislamiento, o la simple ausencia de conflictos, ni la paz del cementerio. Es un estado de plenitud, de felicidad. Dios ofrece su Paz a los hombres desde ahora, desde la historia y un día nos la dará totalmente, en la eternidad. Es su don. Trabajar por la Paz es recibir la Paz de Dios y compartirla con quienes tenemos alrededor.
¿Quién puede vivir esto, que parece tan exigente?
En primer lugar, lo vivió plenamente el propio Jesús.
Todas esas actitudes están presentes en los diferentes momentos de su vida.
Perseveremos en buscar la unión con Él, que nos anima y nos sostiene con su Espíritu para que podamos vivir las bienaventuranzas.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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