Amigas y amigos: la semana pasada tuvimos la confirmación oficial de la visita del Papa a Uruguay, Argentina y Perú, en ese orden. Uruguay será el primer país de toda América en recibir a León XIV como sucesor de Pedro y -perdonen que lo diga- el primer pedacito de tierra donde pondrá su pie será nuestra diócesis, ya que el aeropuerto, no lo olvidemos, está en el departamento de Canelones. Preparémonos a recibir a nuestro visitante, no solo con gestos de hospitalidad, sino también con el corazón abierto a un mensaje que, como ya hemos tenido oportunidad de ver, siguiendo sus diferentes discursos, toca todas las cuerdas de la experiencia humana, no solo en la relación con Dios, sino entre nosotros, con la Creación y de cada uno consigo mismo, porque nada de lo humano es ajeno a la fe.
Alguien podría pensar que esta visita es solo para los católicos, pero no es así. Todos estamos invitados a participar. Como en la primera lectura, donde el profeta Isaías transmite la promesa de Dios de reunir a todos los pueblos:
Yo los conduciré hasta mi santa Montaña
y los colmaré de alegría en mi Casa de oración (Isaías 56,7)
La misma llamada universal está reflejada en la carta de San Pablo a los Romanos.
Porque Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos. (Romanos 11,32)
Suena extraña la expresión de Pablo. ¿Qué quiere decir con que Dios sometió a todos a la desobediencia? Pablo no quiere decir que Dios empuje a nadie a hacer el mal. Se refiere a la desobediencia a la Ley de Dios: la Ley que Israel recibió por medio de Moisés, pero también esa ley interior que todo ser humano lleva en su conciencia, como lo recuerda el mismo Pablo cuando habla de que los paganos tienen
“el testimonio de su propia conciencia, que unas veces los acusa y otras los disculpa” (Romanos 2,15).
El someter a todos significa que Dios entrega al hombre a las consecuencias de sus propias decisiones. Dios deja que el ser humano constate su propia incapacidad de salvarse a sí mismo.
Esto vale también para los israelitas que hacían del cumplimiento de la Ley una especie de seguro, obtenido por su propio esfuerzo, sin dar lugar a la intervención de la Gracia divina. Pero la salvación no se compra ni se conquista. Es un regalo de la Misericordia de Dios, porque Él quiere “tener misericordia de todos”, puesto que su voluntad es que todos se salven.
Sin embargo, cuando llegamos al evangelio nos desconcierta la actitud de Jesús, que, precisamente, está moviéndose en tierra extranjera:
Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar:
«¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada. (Mateo 15,21-23)
Silencio de Jesús, silencio de Dios, ante la petición angustiada de una madre, que llega con el dolor de su hija en su corazón. Tal vez alguna vez nos hemos sentido así: rezamos, pedimos, esperamos… y no percibimos una respuesta de Dios.
Pero ese silencio desconcertante no desanima a la mujer. No se encierra en su dolor ni abandona la confianza. Sigue detrás de Jesús y de los discípulos. Su oración no es elegante, no es tranquila, no es cómoda para los demás. Es el grito de una madre. Los discípulos se cansan y le dicen a Jesús:
«Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos». (Mateo 15,23)
En contraste con la apertura universal a la salvación de las primeras dos lecturas, Jesús responde con una frase que parece cerrar la puerta:
«Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel» (Mateo 15,24).
Pero ella no se retira. Se acerca más. Se postra delante de Él y vuelve a pedir:
«¡Señor, socórreme!» (Mateo 15,25).
Y todavía escucha una palabra más dura:
«No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros» (Mateo 15,26).
Ante esas palabras, ella podría haberse retirado herida y resentida. Podría haberse quejado con desilusión y amargura. Pero no lo hace. Con humildad y con una confianza enorme, encuentra una respuesta ingeniosa… y profunda:
«¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!» (Mateo 15,27).
Ahí aparece la grandeza de su fe. Esta mujer no exige. No se impone. No se aleja. Se aferra a la bondad de Jesús. Cree que alcanza con una migaja de su misericordia. Tiene razón: una miguita de la misericordia de Dios alcanza para levantar una vida, para sanar una herida, para abrir una esperanza.
Jesús ha recogido lo que él deseaba encontrar: una fe que no vacila. Una fe que hizo que la extranjera se acercara con más confianza que la de muchos de los que estaban cerca.
Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana. (Mateo 15,28)
“Mujer, qué grande es tu fe”. El domingo pasado escuchamos al Maestro llamar a Pedro “hombre de poca fe”. Es inevitable la comparación. Pedro, un israelita, uno de los primeros discípulos, queda en la penumbra frente a la mujer cananea que ha vencido la aparente reticencia de Jesús con humildad y perseverancia.
La insistencia de la mujer en invocar la intervención de Jesús nos muestra un camino de oración a recorrer sin desalentarnos, sin desesperar ni siquiera ante las pruebas más duras de la vida. Dios no cierra los ojos ante nuestras peticiones; y si a veces parece insensible, es solo para ponernos a prueba y templar nuestra fe, para que nos apoyemos en su misericordia.
Y si acaso nos sentimos más cerca de la poca fe de Pedro que de la fe grande de la mujer cananea, no nos olvidemos que todos estamos llamados a crecer en la fe. Por la fe llegamos a conocer a Jesús en su identidad real de Hijo de Dios, en su novedad única y absoluta. Por la fe llegamos a recibir su Palabra como fuente de vida, para vivir con Él una relación personal que nos transforma, que puede hacer de cada día una experiencia de conversión. Cada día puede hacernos pasar de ser un individuo encerrado en sí mismo a la persona abierta que se deja interpelar por la Palabra de Dios y que abre la propia vida a su Amor.
En esta semana:
- Domingo 16: Nacimiento de san Juan Bosco. La fiesta litúrgica del santo se ubica en enero, pero los salesianos suelen también festejar este aniversario, que en el hemisferio sur cae dentro del año lectivo.
- Ese mismo domingo, este año se celebra la Fiesta patronal en la parroquia de San Jacinto.
- Lunes 17: San Jacinto de Cracovia, presbítero.
- Martes 18: Santa Elena, buscadora de la Cruz de Cristo.
- Patrona de una capilla de catedral y de uno de los Colegios de Ciudad de la Costa.
- Jueves 20, San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia.
- Viernes 21, San Pío X, “el papa de la catequesis”.
- Sábado 22, Bienaventurada Virgen María, Reina.
Celebración del Día de la catequesis 2026:
- Decanato Centro, de 9 a 14, en San Bautista
- Decanato Playas, 15 horas, capilla V. de los Treinta y Tres - S. Francisco
- Decanato Piedras, 18 horas, San Antonio
- Decanato Canelones, 18 horas, Catedral
- Decanato Pando, Domingo 30 de agosto, de 10 a 16 horas, en capilla Ma. Auxiliadora, Barrio Estadio, Pando.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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