Cuando una persona cercana, sea un amigo o alguien de nuestra familia, nos confiesa que “ve todo negro”, inmediatamente sentimos preocupación. Aunque el entorno esté iluminado o el día sea claro, esa persona siente que está sumida en la oscuridad. Su alma y su corazón carecen de luz. Muchas veces siente que no sabe hacia dónde caminar en la vida, que no tiene claro qué hacer, o incluso experimenta la falta total de esperanza. Todo lo que la rodea le parece negativo, y siente que todas las puertas y salidas están cerradas.
El pueblo que caminaba en las tinieblas
ha visto una gran luz;
sobre los que habitaban en el país de la oscuridad
ha brillado una luz. (Isaías 9,1)
El profeta Isaías describe a un pueblo “que caminaba en tinieblas”. Es un pueblo que sigue andando, aunque no distingue el rumbo y corre el riesgo de girar en círculos o caer en situaciones aún peores que aquellas de las que intenta escapar. Más adelante, Isaías agrega que este pueblo “habitaba en el país de la oscuridad”, es decir, estaba instalado en la noche, sumido en las sombras. Sin embargo, el profeta anuncia una gran luz para ese pueblo. Gracias a esa luz, podrán encontrar el camino de la salvación y recuperar la esperanza y la alegría.
Y eso, ¿cuándo se iba a cumplir? Los creyentes del tiempo de Isaías tomaron en serio ese anuncio, y encontraron muchos signos de esperanza. Encontraron una luz en su camino. Sin embargo, el anuncio de Isaías no era sólo para su época. Su visión de profeta apuntaba mucho más allá, apuntaba a los planes misteriosos de Dios: enviar al mundo un Salvador.
En el Evangelio que escuchamos en las misas de este domingo, el evangelista Mateo retoma la profecía de Isaías para decirnos que ahora sí se ha cumplido, y se ha cumplido de una manera definitiva. Todos aquellos que se sientan envueltos en la oscuridad y en las tinieblas de la muerte, pueden encontrar la Luz, la Luz de la vida.
Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: (…) “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz” (Mateo 4,12-16)
Esa luz es Jesús. Venimos de celebrar su nacimiento. Muchos pintores a lo largo de los siglos han representado la escena de Belén. Personalmente, las pinturas que me gustan más son aquéllas en las que la luz que ilumina toda la escena sale del niño. Los rostros de las personas que lo rodean: San José, la Virgen María, los pastores, son iluminados por la luz que brota del niño Jesús. Es a la vez algo que supone un cuidadoso trabajo para el pintor, pero es también la expresión de su fe en Jesús luz del mundo.
¿Qué es lo que hace la luz por nosotros? No hablemos todavía de la luz espiritual. La luz “física”, la luz del sol, la luz de nuestras casas generada por electricidad o por gas, nos permite ver. Cuando hay algo que emite luz: el sol, una lámpara, un farol, esa luz se refleja en las cosas, revelando formas, colores, presencias que no podíamos percibir en la oscuridad.
La luz de Cristo nos permite también ver, pero aquí se trata
de ver con los ojos de la fe. Antes de su renuncia el papa Benedicto XVI estaba
escribiendo una encíclica que fue retomada y asumida por el Papa Francisco. Esa
carta se llama Lumen Fidei, “La luz de la fe”, y dice allí:
“la fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver.” (Lumen Fidei 18).
Es una perspectiva interesante: la fe “no solo mira a Jesús”. Es verdad, como creyentes miramos hacia Jesús, buscamos su mirada, le pedimos su ayuda… pero el Papa nos llama la atención sobre otro aspecto, que podría ser hasta un segundo paso en la fe: después de mirar hacia Jesús, mirar con Jesús, mirar desde su punto de vista o, dicho de forma más bonita: “mirar con sus ojos”. Y agrega: la fe “es una participación del modo de ver de Jesús”.
Entonces, ¿qué pasa cuando nos ponemos a mirar desde el punto de vista de Jesús? ¿Qué nos hace ver esa luz que viene de Él?
Si algo caracteriza la mirada de Jesús es la Misericordia, la compasión. Esos sentimientos nacen en Jesús a partir de lo que ve. Pero no nos engañemos: vemos lo que queremos ver, no lo que tenemos delante de los ojos. Porque aunque me lo pongan delante, si no lo quiero ver, no lo veré, y no dejaré que esa imagen que pasa por mi retina llegue a mi corazón y me mueva.
La parábola del buen samaritano puede ser una parábola del
ver. Asaltado por unos ladrones un hombre quedó medio muerto al costado del
camino.
Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo.
También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino.
Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. (Lucas 10,31-33)
Los tres vieron: pero solo el samaritano se conmovió. Dejó que lo que veía tocara su corazón y no se quedó solo en sus sentimientos. Pasó a la acción y al compromiso para que ese hombre herido no muriera y pudiera volver a levantarse.
Si nos ponemos a mirar desde el punto de vista de Jesús, tal
vez eso es lo primero que encontramos: la mirada misericordiosa, que llega
hasta lo más hondo y que lo mueve y nos mueve a actuar cuando miramos como Él.
Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. (Mateo 14,14)
Esa mirada misericordiosa de Jesús se dirige a toda la
humanidad. Realmente, ningún ser humano queda fuera de esa mirada. Toda persona
que está en este mundo tiene su propia miseria, como para ser así mirado por
Jesús.
Mirar con Jesús a los demás –y mirarnos a nosotros mismos con Jesús– puede ayudarnos a ser más comprensivos con la fragilidad que está presente en toda persona humana. Muchas veces quienes aparentan o quieren aparentar ser fuertes, solo están mostrando su debilidad.
Una vieja oración pedía a Dios “ver a cada uno de tus hijos como tú mismo los ves”. Es una hermosa petición. Poder ver a los demás desde la mirada de Cristo o desde la mirada del Padre –que es la misma– puede cambiar nuestra manera de tratar el prójimo y posiblemente pueda también cambiar la manera en que ese prójimo nos trata y trata a los demás.
Eso es lo que hace la luz de Cristo cuando dejamos que
ilumine nuestra vida. Vemos la verdad de Dios, la verdad de su amor, de su
misericordia, pero vemos también la verdad de nuestra propia vida y la vida de
cada persona, necesitada profundamente de ese amor y de esa misericordia
divinas. De ese amor y de esa misericordia que pueden llegar desde Dios a
través de personas como nosotros mismos, si dejamos a Dios actuar en nuestro
corazón.
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