En Uruguay y otro países hoy se festeja el Día de la Madre: empecemos, entonces, por agradecer y recordar a todas las mamás: las que nos gestaron y nos dieron a luz o a las mamás del corazón o a las que han vivido o viven la maternidad espiritual. Feliz día a todas ellas.
Vamos llegando al final de este tiempo Pascual. El próximo domingo celebraremos la Ascensión y el siguiente Pentecostés. En las lecturas de hoy, algo me ha llamado la atención; no porque no conociera este pasaje, que muchos habremos oído citar más de una vez, sino porque está ubicado aquí, mirando hacia la venida del Espíritu Santo. Está tomado de la primera carta de Pedro y dice así:
Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. (1 Pedro 3,15)
“Dar razón de nuestra esperanza”. Es una expresión que da fundamento a lo que llamamos la apologética, palabra que surge precisamente de este pasaje de Pedro, que utiliza la palabra griega ἀπολογίαν (apologian) que traducimos como “defensa”. Se trata de defender y justificar la fe y la verdad del cristianismo por medio de la razón.
Entre los padres de la Iglesia que tomaron a su cargo esa tarea, destaca la figura de San Justino, en el siglo II. De sus muchos escritos, se conservan dos Apologías dirigidas al Emperador Antonino Pío y el Diálogo con el judío Trifón, en el que defiende la fe cristiana frente a las objeciones del judaísmo. En estas obras, además de razonamientos filosóficos, San Justino explica la fe y la forma de vida a la que están llamados quienes han creído en Cristo.
Sin embargo, notemos que Pedro no habla de dar razón de la fe, sino de dar razón de la esperanza. Lo primero nos llevaría a explicar en qué creemos, por qué creemos, lo que no deja de ser útil y necesario; pero lo segundo nos pone en otra proyección, porque la esperanza está puesta en lo invisible. Podemos tener en nuestra vida muchas esperanzas, metas razonables, que podremos alcanzar poniendo los medios necesarios; pero la esperanza cristiana va mucho más allá de nuestras fuerzas. Va más allá de esta vida que conocemos, porque es una esperanza de vida eterna, de participación en la vida de Cristo Resucitado, que solo podemos recibir de Él.
En el Evangelio, Jesús habla de la venida del Espíritu Santo:
Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes. (Juan 14,16)
Paráclito, lo hemos dicho otras veces, puede traducirse como “abogado”, especialmente en el rol de defensor. Si se trata de defensa de la fe y de la esperanza, de hacer apologética en ese sentido, el Espíritu Santo está a nuestro lado para darnos luz y fortaleza en los momentos de prueba.
Pero la fe y al esperanza no son solo virtudes que tenemos que defender de ataques ajenos. A veces, la mayor batalla que tenemos que presentar es contra nosotros mismos, contra las tentaciones de la desesperanza y del desencanto. La desesperanza es esa manera de mirar la vida como algo en lo que ya nada puede cambiar. Algo así como decir “está todo mal… y así va a seguir, indefinidamente…” La desesperanza es desmovilizadora. La desesperación -que es otra cosa- es el sentimiento de que “esto no puede seguir así” y nos lleva a hacer algo, lo que sea. Bien encauzada, la desesperación tiene una gran fuerza… y, en este día, que nos lo cuenten las madres desesperadas que lucharon contra viento y marea con tal de salvar a sus hijos. La desesperanza, en cambio, nos deja en la apatía, la indiferencia, el resentimiento.
¿Qué nos trae el Espíritu Santo? Jesús subraya su presencia. A los discípulos, el Padre les dará otro Paráclito; otro, porque el que los discípulos tenían era Jesús, y Jesús se va, ya no va a estar con ellos. A ellos y a nosotros, Jesús nos promete:
Él permanece con ustedes y estará en ustedes. (Juan 14,17)
El Espíritu, entonces, no solo estará -está- junto a nosotros, sino también en nosotros.
Dentro de quince días, al celebrar Pentecostés, vamos a escuchar el relato de ese acontecimiento en que el Espíritu Santo se manifiesta como viento y fuego.
El Espíritu Santo es el “soplo de Dios viviente”. El viento del Espíritu es el que puede llevar “mar adentro” la barca de la Iglesia para que siga realizando su misión de anunciar el Evangelio. Pero la misión de la Iglesia no se realiza únicamente con los mensajes y los viajes del Papa; la misión de la Iglesia se realiza en el día a día, en la vida de nuestras comunidades… y ahí, pronto nos preguntamos a quién, cómo, dónde, llevar el Evangelio.
Allí juega otro rol el Espíritu Santo: ayudarnos en el discernimiento. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta, entre otras intervenciones del Espíritu Santo, el momento en que dos miembros de la comunidad son enviados en misión:
Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: «Resérvenme a Saulo y a Bernabé para la obra a la cual los he llamado».
Ellos, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.
(Hechos 13,2-3)
Para cumplir su misión, con la ayuda del Espíritu Santo, el Pueblo de Dios,
… procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios. (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 11)
Hoy la Iglesia nos propone un método de discernimiento: la conversación en el Espíritu. Sus pasos son sencillos; pero su efectividad está basada en realizarlos en un clima de oración y de apertura al Espíritu. Los Consejos pastorales, las pequeñas comunidades, los grupos podrán encontrar muchas luces del Espíritu poniéndolo en práctica de esa forma.
No pienso solamente en comunidades que tienen vida y movimiento, sino también en comunidades que se han ido reduciendo y envejeciendo… El Espíritu Santo no deja de acudir donde lo invoquemos, llevando su fuego que devuelve ardor al corazón y abre impensados caminos de misión. Él se hace así razón de nuestra esperanza.
En esta semana
Miércoles 13, Nuestra Señora de Fátima
Jueves 14, San Matías, apóstol
Viernes 15, San Isidro Labrador, quien junto a su esposa María Toribia vivió en santidad la vida de trabajo y familia. Un santo muy querido en nuestra Diócesis.
Cuidado y prevención
Sábado 16, San Luis Orione, uno de los santos que plantó sus pies en nuestra Diócesis. A él está dedicada la parroquia de La Floresta.
El sábado 16 y el domingo 17, tendremos en Montevideo el segundo encuentro nacional de cultura del cuidado, para la prevención de abusos en la Iglesia. Oremos por todos los participantes y sobre todo, por la sanación de quienes han sido víctimas y para que nadie más tenga que sufrir esas dolorosas situaciones.
Gracias, amigas y amigos, por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
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