jueves, 30 de abril de 2026

"En la Casa de mi Padre" (Juan 14,1-12). V Domingo de Pascua.

Seguimos avanzando en nuestro tiempo pascual y tanto hoy como el domingo que viene -y esto puede parecernos extraño- volvemos a la última Cena, con dos pasajes del evangelio según san Juan.

¿Por qué volver ahora a ese acontecimiento? Porque desde la resurrección de Jesús, podemos comprender el sentido profundo de sus palabras y sus acciones, sus signos.

San Juan dedica cinco capítulos a la última cena de Jesús con sus discípulos.

El relato comienza en el capítulo 13, con el lavatorio de los pies, el anuncio de la traición de Judas, y el comienzo del discurso de despedida, en coloquio con los discípulos, que se prolonga abarcando todo el capítulo 14. De ese capítulo han sido tomados el evangelio de hoy y el del próximo domingo.

A continuación, el capítulo 15 se abre con la parábola de la Vid y los sarmientos, seguida por la advertencia a los discípulos sobre el rechazo que encontrarán en el mundo y el testimonio que habrán de dar. Esto termina en el capítulo 16, que presenta, además, el anuncio de la venida del Espíritu Santo y el anuncio de un pronto retorno del mismo Jesús, que será el de su aparición como resucitado, antes de volver al Padre. La oración de Jesús, conocida como la oración sacerdotal, ocupa todo el capítulo 17.

Volvamos a nuestro pasaje de hoy. Las primeras palabras de Jesús salen al encuentro del estado de ánimo que él percibe en sus discípulos:

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.»  (Juan 14,1)

Otras traducciones expresan mucho más que una inquietud: “no se turbe su corazón”, “no se angustien”. ¿Por qué están así los discípulos? En los versículos anteriores, Jesús había anunciado: “uno de ustedes me entregará” y a Pedro, que le asegura a Jesús que está dispuesto a dar la vida por él, le anuncia que no cantará el gallo antes de que lo haya negado tres veces.

Aunque se nieguen a aceptarlo y no puedan comprenderlo, los discípulos están viendo que algo terrible está por suceder. Los sueños a los que se aferraban, de un Mesías glorioso, triunfante, que liberaría a Israel, se están desmoronando. Al llamarlos a la fe, Jesús les está pidiendo que tengan otra mirada sobre los acontecimientos que están por producirse. Una mirada de fe, que vaya más allá de las apariencias. Después de la resurrección, todo tendrá sentido; pero ahora, “crean en Dios y crean también en mí”.

Los discípulos vislumbran que Jesús va a morir… pero Él quiere que empieces a ver más allá de la muerte, porque quiere llevarlos con Él a la Vida, la Vida en abundancia que ha prometido como buen Pastor.

En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde Yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.» (Juan 14,2-4)

Jesús se ha hecho uno de nosotros, ha tomado nuestra humanidad para llevarla a un nuevo lugar, un lugar definitivo, en la eternidad, para que allí donde esté Él estemos también nosotros.

En el Evangelio de Lucas, el buen ladrón pide a Jesús que se acuerde de él cuando viniese a establecer su Reino. Jesús le promete 

“hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,42-43). 

En nuestro Evangelio de hoy Jesús no habla ni de paraíso ni de Reino. Utiliza otra expresión: “la Casa de mi Padre”. 

En el evangelio de Juan, Jesús se ha referido de ese modo al templo de Jerusalén: “la Casa de mi Padre”, lo ha llamado (Juan 2,16 / Juan 14,2) . Pero ya no está hablando del templo de piedra, sino del templo de piedras vivas, cuya piedra angular es él mismo: el Hijo de Dios. Un templo que se va construyendo desde aquí, desde nuestra vida terrena, para realizarse plenamente como la Jerusalén celeste, que no tiene templo 

“porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.” (Apocalipsis 21,22). 

La segunda lectura, de la primera carta de Pedro lo expresa de este modo:

Al acercarse al Señor, la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa a los ojos de Dios, también ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. (1 Pedro 2,4-5)

No se trata solamente del culto que ofrece la Iglesia aquí en la tierra, sino también la participación en la liturgia del cielo, “donde la celebración es enteramente comunión y fiesta”. (Catecismo I.C, 1136).

Más que un discurso, este pasaje del Evangelio es un coloquio, un diálogo de Jesús con sus discípulos, que le presentan al Maestro todo lo que les inquieta. Es así que Tomás pregunta: 

«Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?» (Juan 14,5)

Y recibe de Jesús una respuesta verdaderamente reveladora:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.» (Juan 14,6-7)

Jesús es el camino hacia el Padre, hacia la vida eterna. Hay otros caminos en el mundo, pero no son los que llevan a la vida. El camino de Jesús es el camino del amor humilde, de la oración, de la mansedumbre, de la confianza, del servicio. No es el camino que yo hago, a mi manera, para llegar al Padre, sino el camino que Jesús ha preparado para todos nosotros, ese camino que es Él mismo.

El que me ha visto, ha visto al Padre. (Juan 14,9)

Así responde Jesús al pedido de Felipe, otro de los discípulos que interviene en ese diálogo.

En el rostro de Jesús se manifiesta la misericordia del Padre. A la luz de la resurrección, los discípulos podrán comprender y dar su verdadero valor a los signos que Jesús fue realizando y que quedaron estampados en los Evangelios.

Llevará tiempo, pero en el mismo escándalo de la cruz se verá que allí se ha dado la revelación mayor del amor de Dios por la humanidad. En el rostro del Crucificado también es posible ver el rostro del Padre. “Crean en Dios, crean en mí” vuelve a decirnos Jesús. Viendo en Él al Padre, ponemos, con toda confianza, nuestra vida en sus manos, pidiéndole que nos haga instrumentos de su obra, de su paz, de su misericordia, preparándonos para habitar un día en la Casa de su Padre.

Noticias

El sábado 2, en la capilla San José de Progreso, celebraremos los 50 años de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia en esa localidad. Misa a las 17 horas y luego evento cultural.

Delegados de las Conferencias Episcopales del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) estarán reunidos en Montevideo desde el lunes 4 al viernes 8, en un encuentro convocado por el Consejo Episcopal de América Latina y el Caribe, CELAM. Durante esos días los asistentes compartirán experiencias de Iglesia de sus respectivos países y buscarán formas de ayudar a avanzar en el camino sinodal, especialmente en lo que se refiere a Participación.

Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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