María Auxiliadora
Este día, 24 de mayo, es normalmente, el día en que celebramos a la Madre de Jesús bajo su advocación de “Auxilio de los cristianos”, María Auxiliadora; pero en este domingo el calendario litúrgico nos señala, como ya hemos expresado, la solemnidad de Pentecostés.
De todos modos, comenzamos saludando a todos los devotos de la Auxiliadora y muy en especial a la familia salesiana, que la tiene como patrona y, dentro de la familia, particularmente a las Hijas de María Auxiliadora, las hermanas salesianas y a todas las parroquias, capillas, obras educativas y sociales que en nuestra tierra uruguaya están bajo el amparo de la Madre de Jesús bajo esta querida advocación.
Pentecostés
En la primera lectura del domingo pasado, solemnidad de la Ascensión del Señor, escuchamos a Jesús recomendar a los discípulos no alejarse de Jerusalén y esperar la promesa del Padre:
«La promesa que Yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días». (Hechos 1,4-5)
Así, a partir de la Ascensión, la comunidad de los discípulos quedó en espera, íntimamente unida y dedicada a la oración. No hay que pensar sólo en los Once, a los que se agregaría Matías para completar los Doce. Allí estaban la Madre de Jesús y otras mujeres; unas 120 personas, según refiere Lucas. Y entonces…
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.
De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.
Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. (Hechos 2,1-4)
Ya lo había anunciado Juan el Bautista:
«Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo (…) él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego». (Lucas 3,16)
Y el propio Jesús había expresado este anhelo:
«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!» (Lucas 12,49)
El bautismo con agua, que sigue practicando la Iglesia desde los comienzos, ya no es el Bautismo de Juan, un bautismo de conversión. A partir del bautismo de Jesús, el agua bautismal adquiere otro significado: hace posible un nuevo nacimiento, la renovación total de la vida en el Espíritu Santo. El fuego, en cambio, significa la energía transformadora por obra del Espíritu. Para la comunidad de los discípulos de Jesús, esa fuerza, unida al impulso del viento, enviará a la Iglesia en misión.
En el evangelio, Juan nos dice que Jesús entrega el Espíritu Santo el mismo día de su resurrección:
[Jesús] sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.» (Juan 20,22-23)
Como vemos, el relato del evangelista Juan tiene una perspectiva diferente. Pero la cuestión no es ver si la entrega del Espíritu fue de una forma o de otra. Lo más importante para nosotros, respecto a los dones de Dios, es si los hemos recibido.
Dios los pone a nuestra disposición, pero no los impone. Recibirlos supone una apertura de nuestro corazón a la Gracia, al don de Dios, hecha con plena libertad.
“Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”, dice el Obispo mientras unge la frente del confirmando con el santo Crisma. Ese gesto, ese aceite, en cuanto materia del sacramento, está entregando el don del Espíritu… pero hace falta también el “amén” del confirmado, un “amén” verdadero. De no ser así, el don… no se retira; queda allí para siempre, pero esperando un día ser reconocido, aceptado y asumido. Es el juego de Gracia y Libertad… Dios tiene la iniciativa, nos entrega su don, imposible de alcanzar por nuestras fuerzas… pero pide nuestra respuesta libre, nuestro asentimiento. De una manera muy hermosa se expresa eso en este versículo del Apocalipsis:
«Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos.» (Apocalipsis 3,20)
Esa Palabra de Jesús no es solo un llamado personal; está dirigido a cada uno y, al mismo tiempo, a toda su comunidad, en este caso a la Iglesia de Laodicea. El llamado es a salir de su autocomplacencia, convertirse y reanimar su fervor. Y desde esta comunidad, el Espíritu habla a toda la Iglesia.
El Espíritu que llega en Pentecostés viene a santificar y animar a la Iglesia, a la comunidad para que pueda lanzarse a la misión, retomar una y otra vez el anuncio del Evangelio. El Espíritu nos hace testigos de la fe de los Apóstoles, a la manera de Jesús, “el testigo fiel”.
Como miembros de la comunidad, recibimos todos el mismo Espíritu; pero la misión necesita también de muchos y variados aportes. Por eso dice san Pablo a los Corintios:
Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. (1 Corintios 12,4-7)
La referencia al mismo Espíritu y al único Señor ponen un especial énfasis en la comunión de los creyentes. La diversidad de dones, ministerios y actividades, hacen posible la participación de cada miembro de la comunidad en la misión de toda la Iglesia, la misión de evangelizar, para la que Dios sigue garantizando su Espíritu.
El Espíritu nos es continuamente dado, porque no hemos terminado de recibirlo. Dios no ha terminado de formarnos, ni personal ni comunitariamente. Seguimos en camino, buscando crecer en el hacernos todos Uno con Cristo y llamar a otros a participar de esa Unidad. Para eso seguimos pidiendo cada día la fuerza del Espíritu, la renovación del milagro de Pentecostés.
Magnifica humanitas
Mañana el Papa León XIV presentará su primera encíclica, “Magnifica humanitas” un extenso mensaje aguardado con mucho interés, en el que el Santo Padre abordará temas como la Inteligencia Artificial, la paz y otros desafíos de nuestro tiempo.
En esta semana
El Martes 26 recordamos a San Felipe Neri, gran maestro espiritual, fundador de la Congregación del Oratorio.
El Viernes 29, memoria de San Pablo VI, el papa que completó el Concilio Vaticano II, convocado e iniciado por San Juan XXIII.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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