“Custodiar voces y rostros humanos”
Hoy se celebra en la Iglesia la sexagésima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, establecida por el Concilio Vaticano II. El mensaje del Papa León para esta jornada está dedicado a la Inteligencia Artificial y lleva por título “Custodiar voces y rostros humanos”. Destaco una de sus frases concluyentes:
El desafío que nos espera no es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y en ser conscientes de su carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente ser integrados por nosotros como aliados. (León XIV)
En estos días, también, el papa está dando a conocer su primera encíclica, que, en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, aborda temas clave como la inteligencia artificial, la paz, la crisis del derecho internacional y algunas amenazas globales.
La Ascensión del Señor
El Evangelio de este domingo nos lleva a Galilea, junto con los discípulos, de acuerdo al mensaje que, primero un ángel y, enseguida, el Resucitado, entregaron a las mujeres que habían ido a la tumba de Jesús:
Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él.
Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán».
(Mateo 28,9-10)
Ese anuncio ya lo encontramos en el evangelio de Marcos (16,5-7) pero no en Lucas, en cuyo relato, tanto en el Evangelio como en Hechos de los Apóstoles, se da a entender que la Ascensión se produce en Jerusalén; más aún, allí Jesús les pide: “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto” (Lucas 24,49) es decir, con el Espíritu Santo.
Entonces ¿por qué a Galilea? Jesús había muerto en Jerusalén y allí había sido sepultado. Allí estaban los discípulos… De Jerusalén a Cafarnaúm, sobre la orilla norte del mar de Galilea, dependiendo de la ruta, hay unos 170 km, 40 horas de marcha a pie, a lo que hay que sumar necesarias horas de descanso, sobre todo en las noches.
Las razones por las que se da esta diferencia entre los evangelios son teológicas. Para Lucas, todo converge y todo surge de Jerusalén. A los discípulos, Jesús les dice que después de que el Mesías pasara por su muerte y resurrección, “comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lucas 24,47).
Para comprender por qué el texto de Mateo envía a los discípulos a Galilea, hay que volver al comienzo de ese Evangelio. Es en Galilea donde se inició y se desarrolló la mayor parte del ministerio de Jesús.
Más aún, cuando Jesús se trasladó a Cafarnaúm para comenzar su misión, Mateo señala que así se cumplía lo anunciado por Isaías:
"¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz." (Mateo 4,15-16)
En tiempos de Jesús, Palestina estaba dividida en tres provincias: al sur, Judea, donde estaba Jerusalén; en el centro Samaría y al norte, Galilea. La cita de Isaías que recoge Mateo alude a “naciones”, tinieblas y regiones de muerte. “Naciones” -o “gentiles”, en otras traducciones- alude a los pueblos extranjeros, que no conocen a Dios y, en ese sentido, están en la oscuridad; pero Galilea fue también una región muy sufrida en la primera invasión asiria, donde muchos de sus habitantes fueron deportados. Por eso, región “de muerte”. Por otro lado, fue también la provincia donde surgieron rebeliones contra Roma (cf. Lucas 13,1-2; Hechos 5,37) que fueron aplastadas.
Los discípulos, que habían abandonado a Jesús en la pasión, fueron llamados a encontrarse con Él en Galilea para recomenzar. Recomenzar no es volver atrás. Eso no es posible. No se trata de eso. Se trata de que los discípulos vuelvan al lugar donde fueron llamados por Jesús; vuelvan al monte donde escucharon “el sermón de la montaña”, iniciado con las bienaventuranzas; vuelvan a recorrer las aldeas donde fueron testigos de numerosos milagros, a partir del que Juan señaló como “el primero de los signos” realizados por Jesús, precisamente en Caná de Galilea.
Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron. (Mateo 28,16-17)
Los que vuelven al lugar del comienzo son -y no son- los mismos que partieron de allí. No son los mismos, porque han vivido tres años al lado de Jesús. Por eso, su “recomenzar” no es partir de cero, aunque algunos tengan que superar sus dudas.
Quienes dudan, todavía no han logrado ubicarse ante el acontecimiento que cambiará totalmente la orientación de su discipulado: la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El acontecimiento de la Pascua es la luz definitiva que ilumina las tinieblas y las regiones de muerte que se esconden en el corazón de los discípulos y en el corazón de todas aquellas personas a las que ellos serán ahora enviados.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». (Mateo 28,18-20)
Desde Jerusalén, como se plantea en Lucas o desde Galilea, como aparece en Mateo y Marcos, la misión es la misma: predicar a todas las naciones la conversión, hacer que todos los pueblos sean discípulos de Jesús. Jerusalén es un lugar de salida; Galilea es un lugar de misión. La misión de ir a todos los pueblos, comienza allí mismo, en esa región donde está “el camino del mar” y se cruzan muchos de los distintos pueblos de la tierra.
Volviendo a Galilea, los discípulos recordarán las palabras de Jesús, que tomarán un sentido nuevo, más profundo. No será el recuerdo nostálgico de bellas enseñanzas de un maestro que han perdido, sino la palabra viva y eficaz del resucitado que les dará como nueva compañía al Espíritu Santo. Por eso el evangelio sigue siendo evangelio, es decir, buena noticia, auténtica novedad y no “novelería” pasajera.
Jesús habla desde la autoridad que ha recibido: “todo poder en el cielo y en la tierra”. Al comienzo del evangelio, el Tentador le había ofrecido poder sobre todos los reinos de la tierra; al rechazar al Tentador y al haber cumplido su misión, Jesús recibe del Padre todo poder; no para convertirse en conquistador y opresor, sino para hacer posible al hombre el regreso a Dios, el regreso a la amistad con el Padre, el camino hacia la Vida plena. Ese es el anuncio que los discípulos debían llevar y nosotros debemos seguir llevando a todos los pueblos de la tierra.
En esta semana
El lunes 18 recordamos la batalla de Las Piedras, un acontecimiento de la historia nacional que se produjo en nuestro departamento de Canelones en el año 1811.
El viernes 22, entre otros santos, la Iglesia recuerda a dos mujeres que se consagraron totalmente a Dios al quedar viudas, habiendo sido primero esposas y madres: Santa Rita de Cascia y Santa Joaquina Vedruna.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
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