miércoles, 15 de noviembre de 2017

Pon tu talento a trabajar (Mateo 25,14-30)





En la Iglesia Católica, junto a las distintas celebraciones del calendario litúrgico, desde hace años se ha establecido jornadas especiales, en las que el Papa entrega un mensaje que nos invita a la reflexión, la oración y el compromiso personal y comunitario en algunos temas específicos.
  • La Jornada del Migrante y del Refugiado, la primera, fue establecida por Benedicto XV, el Papa de la primera guerra mundial. Se celebra desde 1915.
  • En 1926 Pío XI estableció que el penúltimo domingo de octubre fuera para toda la Iglesia el Domingo Mundial de las Misiones.
  • Pablo VI estableció la Jornada mundial de oración por las vocaciones, la de las comunicaciones sociales y la Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el primero de enero.
  • San Juan Pablo II nos dejó la Jornada mundial de la Juventud, la del enfermo y la de la vida consagrada.
  • Francisco ya nos había presentado en 2015 la Jornada mundial de oración por la creación, el 1 de setiembre. Este domingo se celebra la primera Jornada Mundial de los Pobres
En estos días, Dios mediante, los Obispos uruguayos estaremos en Roma, en medio de la visita Ad Limina Apostolorum, peregrinando a la tumba de los santos apóstoles Pedro y Pablo, reuniéndonos con distintos organismos de la Iglesia y encontrándonos con el Papa Francisco. En este domingo, 19 de noviembre, según está previsto, estaremos celebrando la Misa junto al Papa en la basílica de San Pedro, en el marco de la primera jornada mundial de los pobres.

Hace ya tiempo el Papa entregó su mensaje para esta jornada, con un título muy expresivo: “no amemos de palabra sino con obras”. Nos recuerda Francisco que el amor viene de Dios, que es su iniciativa: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y en Jesucristo nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).
“Un amor así -sigue diciendo Francisco- no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio (…) sin pedir nada a cambio, sin embargo, inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. (…)
La misericordia que (…) brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.”
Porque, como dice el título del mensaje, se trata de obras. De poner el amor en obras, de poner el amor a trabajar…

Este puede ser un buen momento para introducir el Evangelio que escuchamos en las Misas de este domingo. Es conocido como la parábola de los talentos.
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
¿Qué es un talento? A partir, precisamente, de este pasaje del Evangelio, talento se ha convertido en sinónimo de inteligencia, aptitud, capacidad para el desempeño. Sin embargo, en su origen, era una medida de peso. Cuando lo pesado eran monedas, tenemos también una medida de dinero.

¿Cuánto representaba un talento en tiempos de Jesús? Todos los estudiosos están de acuerdo en que era una gran suma, que puede estar entre 8.800 y 15.000 denarios… Un talento representaba los jornales de toda una vida de trabajo. Así pues, aún el servidor que recibió un solo talento, recibió una enorme cantidad de dinero. ¿Cuál fue el resultado?
El que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor»
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».
Los dos primeros servidores han respondido al pedido del señor. Han puesto su talento a trabajar. Pero no sucederá lo mismo con el tercero:
Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes».
El que enterró el talento es como el que piensa que las cosas no tienen arreglo o que ya las arreglará el tiempo… y por eso no hace nada. Navega en la vida a la deriva, sigue la correntada, sin interesarse en nada ni en nadie.

Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Ha puesto en cada uno de nosotros dos talentos fundamentales: la capacidad de crear y la capacidad de amar.

Cuando se juntan esas dos capacidades, ponemos amor en nuestro trabajo creativo y ponemos nuestra creatividad al servicio del amor… y entonces pueden suceder cosas maravillosas.

Puede tratarse de fantásticas realizaciones del trabajo humano o de heroicas demostraciones de amor que despiertan la admiración de los hombres… pero en la vida de cada día, gente muy humilde produce pequeñas, singulares obras de amor, no menos admirables, que están como una joya en el fondo del río o una flor donde no se ve… pero que no quedan escondidas para quienes las reciben ni mucho menos para la mirada de Dios, que reconoce allí lo que produce el talento que Él ha entregado.

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