martes, 7 de julio de 2026

7 de julio: San Marcos Ji Tianxiang. EL ADICTO AL OPIO QUE LLEGÓ A SER SANTO.

En esta imagen, el santo aparece llevando en su
mano la palma del martirio, mientras pisa la pipa
de fumar opio que queda a su espalda.

Las Guerras del opio en China

China, 1829. El emperador DaoGuang, que gobernó el país entre 1820 y 1850, prohibió la venta y el consumo del opio a causa del número de adictos.

El opio es una mezcla compleja de sustancias que se extrae de las cápsulas de la adormidera, una variedad de amapola, que contiene morfina y otros alcaloides.

Desde el siglo XVIII, el opio llegaba en forma ilegal desde la India Británica. El Reino Unido tenía un gran déficit comercial con China, debido a la alta demanda de té, seda y porcelana chinos, y al escaso interés en China por los productos británicos. Si bien los chinos ya consumían opio, los británicos hicieron crecer el consumo colocando por medio del contrabando grandes cantidades en el mercado, para equilibrar su déficit.

El Emperador no solo prohibió el contrabando sino que implementó medidas para combatir, incautando y destruyendo el opio que se encontrara.

El funcionario encargado de esa lucha y en 1839 llegó a publicar una carta abierta a la reina Victoria pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional y no comerciara con sustancias tóxicas:

Pero existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (...) ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (...) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy graves a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio. (...) Todo opio que se descubra en China se echará en aceite hirviendo y se destruirá. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (...) Lin Hse Tsu. Carta a la reina Victoria. 1839.[

Las medidas del emperador llevaron a un conflicto con el Reino Unido que condujo a las guerras del opio, la primera de 1839 a 1942 y la segunda, en la que Francia se sumó a los británicos, de 1856 a 1860. China fue derrotada y forzada a tolerar el comercio del opio.

Cristianos en China

El cristianismo era -como hoy- una religión muy minoritaria en China, pero tenía un largo arraigo. Los escritos más antiguos que documentan esa presencia datan del siglo VII. En el siglo XVI la llegada de los misioneros jesuitas, con el P. Matteo Ricci, que accedió a la corte del emperador y fue reconocido como un sabio, ganó respetabilidad para esta fe llegada de occidente.

Marcos Ji y su adicción al opio

Poco antes de la primera guerra del opio, en el año 1834, dentro de una familia china cristiana de buena posición económica, nació Marcos Ji Tianxiang. Recibió una buena educación, se casó, formó una familia y estudió medicina, especializándose en cirugía.

Marcos practicaba su fe: tenía sus tiempos de oración, asistía a Misa, se confesaba regularmente y otorgaba ciertos tratamientos gratuitos a sus pacientes pobres. Gozaba de estima, por lo que se le encomendó la administración de los bienes de su pequeña comunidad cristiana. 

A los 40 años contrajo una enfermedad abdominal muy dolorosa, por lo que se recomendó el uso del opio para aliviar el dolor, un tratamiento que terminó por volverse una verdadera adicción. Durante veinte años Intentó desintoxicarse, pero no lo logró, recayendo continuamente. Su confesor le prohibió recibir la comunión mientras siguiera en su consumo. Marcos continuó su lucha, sin dejar de asistir a Misa y dedicando tiempos fuertes a la oración. Sintiendo que no podría liberarse de la droga, se convenció de que solo el martirio podría llevarlo a la vida eterna. Tras muchos años de constante lucha y asidua participación en la comunidad, pudo recibir de nuevo los sacramentos.

La rebelión de los Bóxers

En el año 1898 estalló en China la rebelión de los “Bóxers”. Recordando humillaciones como las sufridas en las guerras del opio y otras intervenciones e injerencias, los rebeldes se oponían a la creciente presencia extranjera, lo que incluía a los misioneros y, por extensión, a los chinos que hubieran abrazado la fe cristiana. 

El martirio de Marcos y su familia

El 7 de julio de 1900 los Bóxers llegaron a la aldea donde vivía Marcos. Él y su familia (hijos, nueras y nietos, unas 13 personas se ocultaron durante un tiempo, pero finalmente fueron descubiertos y arrestados.

Los Bóxers le exigieron renunciar a su fe católica. Sus conocidos y los pacientes que había beneficiado con su profesión de médico, le rogaron que lo hiciera para obtener el perdón de los Bóxers y que no los dañaran ni a él ni a su familia. Marcos y los suyos se negaron a renegar de su fe y a entregar las medallas y escapularios que llevaban.

Condenada a muerte toda la familia, Marcos rogó a los rebeldes ser el último al que le quitaran la vida. De esa forma pudo orar y animar a su familia a morir como mártires y no tener que morir solos. Mientras esperaba su turno, entonó letanías a la Virgen María y finalmente fue decapitado aquel 7 de julio del año 1900. Así redimió con su vida su imposible rehabilitación de su adicción al opio.  

Beatificación y canonización

La causa de beatificación de Marcos Ji Tianxiang, fue incluida en el grupo llamado San León Ignacio Mangin, sacerdote jesuita francés, misionero en China y compañeros. El reconocimiento de su martirio fue hecho el 22 de febrero de 1955. Fue beatificado el 17 de abril del mismo año por el Papa Pío XII entre un total de 120 mártires chinos. Los 120 beatos mártires, incluidos Marcos Ji y su familia, fueron canonizados por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 2000.

La homilía de san Juan Pablo II en la canonización

En su homilía, san Juan Pablo II destacó los testimonios de algunos de los 120 mártires: 

La jovencita Ana Wang, de 14 años, resiste a las amenazas de su verdugo, que la invita a apostatar, y, disponiéndose a la decapitación, con el rostro radiante, declara:  "La puerta del cielo está abierta a todos", y susurra tres veces "Jesús". El joven Chi Zhuzi, de 18 años, grita impávido a quienes le acaban de cortar el brazo derecho y se preparan para desollarlo vivo:  "Cada pedazo de mi carne y cada gota de mi sangre os repetirán que soy cristiano".

Igual convicción y alegría testimoniaron los otros 85 chinos, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que, con la entrega de su vida, sellaron su fidelidad indefectible a Cristo y a la Iglesia. Esto sucedió en el arco de varios siglos y en épocas complejas y difíciles de la historia de China. Esta celebración no es el momento oportuno para formular juicios sobre aquellos períodos históricos:  podrá y deberá hacerse en otra circunstancia. Hoy, con esta solemne proclamación de santidad, la Iglesia quiere solamente reconocer que aquellos mártires son un ejemplo de valentía y coherencia para todos nosotros y honran al noble pueblo chino.

En esta multitud de mártires brillan también 33 misioneros y misioneras, que dejaron su tierra y trataron de introducirse en la realidad china, asumiendo con amor sus características, con el deseo de anunciar a Cristo y servir a ese pueblo. Sus tumbas están allá, como un signo de su pertenencia definitiva a China, que ellos, aun con sus límites humanos, amaron sinceramente, gastando por ella sus energías. "Nunca hemos hecho mal a nadie -responde el obispo Francisco Fogolla al gobernador que se dispone a herirlo con su espada-. Al contrario, hemos hecho el bien a muchos". Dios envía felicidad.

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