El evangelio de hoy nos lleva desde esta palabra tan fuerte que hemos tomado como título, hasta algo tan sencillo como dar un vaso de agua, comenzando por algunas exigencias que pueden sonarnos incluso más duras que las de la cruz:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. (Mateo 10,37)
Jesús no dice que los hijos no deben amar a sus padres, ni los padres amar a sus hijos. No se trata de eso. El problema está cuando los dos amores entran en conflicto, cuando dentro de la familia alguien no acepta que su padre o su hijo crea en Jesús y lo siga; y presiona para que el creyente abandone su fe, incluso amenazando o realizando un rechazo total. Jesús no pide a sus discípulos que olvide o dejen totalmente de lado su familia natural, sino todo lo contrario. El mandamiento del amor abarca a todas las personas y no hay nadie más cercano -y por lo tanto, más prójimo- que aquellos con los que compartimos nuestro hogar. Pero Jesús propone el ingreso en una nueva familia. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Jesús mismo vivió esa situación de conflicto. Hubo en su propia familia quienes no lo comprendieron, como atestigua el evangelio de Marcos:
Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado». (Marcos 3,20-21)
Cuando le avisan a Jesús que su familia vino a buscarlo, él responde, mirando a los que estaban sentados alrededor de él:
«Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre». (Marcos 3,34-35)
Ésa es la nueva familia. El amor por la familia natural no debe ser impedimento para ingresar en la nueva familia. Tampoco el hecho de entrar en la familia de Jesús debe significar la ruptura con los propios. Jesús no ha formado una secta que se apodera de las personas y les hace cortar todos sus vínculos, para encerrarlos en un estrecho círculo. Sin embargo, los primeros cristianos vivieron, en tiempos de persecución, aquello que Jesús dijo:
El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. (Mateo 10,21)
Esa división de la familia por motivo de la fe; más aún, la persecución de parte de la propia familia hacia el que sigue a Jesús, es parte de esa cruz que Jesús llama a llevar. En nuestros tiempos, el rechazo no suele ser tan drástico, pero se expresa en indiferencia, burlas, cuestionamientos, reproches. Ser digno de Jesús -como él mismo nos pide- significa ponerlo primero en nuestro amor, ponerlo en el centro de nuestra vida; pero no como una insignia o un adorno que intenta engrandecernos a nosotros mismos, sino buscando de corazón poner en práctica su Palabra, con la fortaleza y la luz que nos da el Espíritu Santo. El vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo y en Él las demás relaciones, las de familia y amistad, encuentran su sentido.
En ese marco, Jesús da también una palabra de consuelo. Sí, habla de una cruz que hay que cargar; sí, habla de “perder la vida”; pero también nos anuncia:
“… el que pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mateo 10,39)
De todos estos anuncios inquietantes que hablan de rechazo, de cruz, de perder la vida -pero también de encontrar la vida en Jesús- pasamos al final del discurso misionero, que habla de aquellos que reciben a los enviados de Jesús.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió. (Mateo 10,40)
Hermosa secuencia: ustedes, yo, el Padre. Jesús está hablando a los discípulos, enviándolos en misión. Ustedes, que han decidido tomar su cruz y seguirme, van llevando mi presencia; yo voy con ustedes; por eso, quien los recibe, me recibe a mí y recibe al Padre.
Jesús pone una gran confianza en nosotros; nos considera dignos de él. “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí”… es estremecedor pensar eso. No podemos traicionar esa presencia. El misionero no se lleva a sí mismo, no se anuncia a sí mismo: lleva y anuncia a Jesucristo.
A continuación Jesús agrega algo que nos lleva a la primera lectura, del segundo libro de los reyes, en la que se cuenta como una mujer y su esposo alojaron al profeta Eliseo e hicieron lo necesario para que él tuviera todas las comodidades que podían ofrecerle.
Eliseo intercede por ellos, que no podían tener hijos y les anuncia que dentro de un año volverá y el niño habrá nacido. En el evangelio, tal vez recordando textos como ése, Jesús anuncia:
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. (Mateo 10,41)
Aquellos esposos de la primera lectura reconocieron a Eliseo como “hombre de Dios”. Al recibir al profeta, al recibir al justo, se está recibiendo su mensaje y al colaborar con él, al alojarlo, se da apoyo a la misión; se es parte de la misión.
No se trata de hacer obras extraordinarias. Se trata de atender a las personas en su realidad, en su fragilidad, en sus necesidades cotidianas más sencillas:
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa». (Mateo 10,42)
Cuando yo era un joven sacerdote, iba desde Fray Bentos a Nuevo Berlín a celebrar Misa el domingo por la mañana. Había allí una señora llamada Blanca que siempre me decía: “después de la Misa venga por casa, que un vaso de agua va a encontrar”… y me esperaba con un churrasco, papas y un huevo frito.
Los pequeños de los que habla aquí Jesús, son sus discípulos. Puede llamarnos la atención esa manera de calificarlos. Para nosotros, ellos son hoy “los apóstoles”, grandes santos… ¡mañana celebramos nada menos que San Pedro y San Pablo! Nosotros podemos verlos grandes, enormes, pero Jesús supo ver su ser de “pequeños” y ellos también llegaron a reconocerse así ante Jesús.
Un pequeño gesto hacia los pequeños que tienen la misión de anunciar el Reino de Dios; así se entra en la historia de la salvación, en la que Dios se ha valido no solo de grandes emprendimientos, sino también de esos gestos sencillos, como dar un vaso de agua al enviado de Jesús.
En esta semana
Sábado 27 y domingo 28, se realiza la colecta del óbolo de San Pedro, que permite al Santo Padre hacer algunas intervenciones caritativas en los lugares más necesitados del mundo.
Lunes 29: celebramos a san Pedro y san Pablo, las dos grandes columnas de la Iglesia.
Viernes 3, celebramos a santo Tomás, apóstol y recordamos el nacimiento de nuestro beato Jacinto Vera, en 1813.
Gracias, amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario