miércoles, 7 de noviembre de 2018

11 de noviembre: peregrinación a la Virgen de los Treinta y Tres







Este segundo domingo de noviembre, como acontece cada año, la catedral de Florida recibe a los peregrinos que, desde todo el Uruguay, acuden al santuario de la Virgen de los Treinta y Tres Orientales a pedirle que siga guiando los caminos de nuestro pueblo.

Es una buena oportunidad para recordar lo que manifiesta esta imagen querida que tantos uruguayos tenemos en nuestros hogares, puestos así bajo el manto de la Madre.
Como hay también quienes nos escuchan o leen desde otros países, voy a intentar explicar lo más claramente posible algunos detalles de nuestra historia. Pero antes recojo una presentación de la imagen, de un video publicado por la CEU:

Esta imagen de María es de cedro paraguayo. Tiene 36 cm de alto y fue tallada de manera formidable. Como muchas otras imágenes, proviene de los silenciosos pero vastos talleres de las misiones jesuíticas, aquellas que terminaron siendo proveedoras de gran parte de la iconografía presente en las iglesias y capillas coloniales.

Esta imagen de la Virgen pertenece a un tipo de escultura superior, punto culminante de una evolución artística que solo produjo algunos ejemplares de excepción.
Es una figura de gran suavidad en la que se destaca su hermoso rostro admirablemente terminado y sus delicadas manos unidas. 


Sus colores son los colores de la patria: azul, blanco y el oro del sol. En ellos se representa nuestra bandera. Mucho antes de que se proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción, el Pueblo de Dios manifestaba su fe en la Purísima.


Esta fe arraigada sobre todo en España, llevó a que muchos artistas, como Murillo, buscaran representar el misterio de su concepción inmaculada.


Ellos se inspiraron en el texto del Apocalipsis que dice: “una gran señal apareció en el cielo; una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está encinta y grita con los dolores del parto y el tormento de dar a luz”.


Bajo esta perspectiva, podemos volver a la pequeña imagen de la Virgen de los Treinta y Tres y descubrir que la pequeña talla, conserva todo el carácter de la época en que fue concebida.


Si comenzamos desde abajo, encontramos el cielo oscuro en el que se destacan las estrellas; una nube, y la luna menguante de color plateado. De la nube sobresalen los angelitos. Ella aparece así, por encima del cielo nocturno, por encima de la oscuridad que representa el mal, el pecado, sobre el que triunfa ella, la llena de gracia, la Agraciada, que reina por encima de los ángeles.


La pierna derecha aparece adelantada bajo el vestido en un paso de danza, el movimiento que se une al del manto, y contrasta con las manos unidas en oración, combina admirablemente movimiento y reposo.


El largo vestido levemente ceñido bajo el pecho, insinúa su embarazo. Su color es dorado; está vestida de sol, de lo eterno. Su manto agitado por el viento del Espíritu, refleja el color azul del cielo y nos habla de la pertenencia de María a lo infinito, a Dios.


Por dentro, su color blanco es símbolo de pureza, de la disponibilidad, de la página en blanco que espera ser escrita.


Por último, su corona, representa la preeminencia de María en la creación. Ella es modelo de entrega al proyecto de Dios.


María de los Treinta y Tres es la virgen inmaculada, la purísima. Es ella la que ha acompañado los pasos de nuestra historia, como la estrella del alba hacia su hijo; es a ella a quien podemos acudir como capitana y guía en las noches más oscuras o en la alegría más profunda, encontrando así la verdadera fuente de paz y del amor que es nuestro Padre Dios.


A diferencia de la Virgen del Luján o de Nuestra Señora Aparecida, esta imagen no está ligada a ninguna aparición o milagro. Como se nos decía en el relato, llegó desde las Misiones Jesuitas. A fines del siglo XVIII la encontramos, custodiada por el indio Antonio Diaz en la villa del Pintado, en lo que hoy es el departamento de Florida. En 1808 fue allí como párroco el P. Santiago Figueredo. Considerando que el Pintado no estaba en un sitio adecuado, el sacerdote propuso al virrey el traslado de la villa a un lugar mejor. Así se fundó la hoy ciudad de Florida y allí fue ubicada la imagen.

En 1810, las Provincias del Río de la Plata se levantaron contra el dominio español. En 1811, la rebelión llegó a la Provincia Oriental, es decir, al Uruguay, encontrando en José Artigas su conductor.
Pasaron los años… España abandonó estas provincias rebeldes. Los portugueses, desde Brasil, invadieron la Provincia Oriental. Artigas fue derrotado y se exilió en Paraguay hasta su muerte. La Provincia Oriental se convirtió en Provincia Cisplatina bajo dominio lusitano. En 1823 Brasil se independizó de Portugal y se constituyó en Imperio. En ese momento, en Buenos Aires, varios orientales comenzaron a prepararse para liberar su tierra del dominio brasileño.

El 19 de abril de 1825, treinta y tres hombres cruzaron el río Uruguay en dos lanchones: eran los Treinta y Tres Orientales. Iniciaron la lucha y, muy pronto, las demás Provincias del Río de la Plata entraron en la guerra contra Brasil. El 25 de agosto de 1825, la Provincia Oriental declaró su independencia del Imperio y su unión con las provincias del antiguo virreinato del Río de la Plata.

Según la tradición, ese 25 de agosto, la asamblea reunida en Florida rezó ante la imagen de la Virgen. No estaban allí todos los Treinta y Tres, pero sí muchos de ellos, junto a los representantes de los pueblos de la Provincia. Años más tarde el segundo jefe, Manuel Oribe, ofrecerá a la imagen una corona, como expresión de gratitud por su protección.

El mensaje de la Virgen de los Treinta y Tres es silencioso, pero llega a los corazones que se abren a él. Lo primero que nos habla es su presencia: ella está en los comienzos de la fe en nuestra tierra, en la primera evangelización. Ella está en el comienzo de la Patria, en los caminos que llevaron a su independencia.

En segundo lugar, nos habla la imagen misma, lo que la imagen nos dice de María. Se trata de la Inmaculada Concepción, y esa es la clave. El dogma de la Inmaculada Concepción de María fue definido en 1854 por el Papa Pío IX, de esta manera:
“la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano” (Bula Ineffabilis Deus)
Pero mucho antes de eso, el Pueblo de Dios ya creía y manifestaba su fe en la “Purísima”.

Nuestra Madre es, pues, la Virgen Inmaculada, la Virgen Purísima. No hay que mirar en ello un privilegio que la aleja de nosotros. Por el contrario, la acerca. Siendo enteramente de Dios, puede ser enteramente nuestra, como lo expresan los versos de un sacerdote y músico argentino, el P. Catena:
“Toda de Dios sos María / toda nuestra y del Señor / toda santa, inmaculada / pura y limpia concepción”.
A María Inmaculada, Virgen de los Treinta y Tres, en la que Dios ha vencido, por la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, sobre el demonio, el pecado y la muerte, le encomendamos el caminar de nuestro pueblo para que conduzca sus pasos hacia la libertad de los hijos de Dios.

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