jueves, 14 de septiembre de 2017

Como también nosotros perdonamos (Mateo 18, 21-35)

Papa Francisco en Villavicencio, 8 de setiembre de 2017,
ante el Cristo mutilado de Bojayá.





"Hasta setenta veces siete..." Pero ¿es posible perdonar lo imperdonable?
Voces de Colombia con esperanza de reconciliación y la palabra del Papa Francisco redondean esta reflexión de Mons. Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Uruguay, a propósito del Evangelio correspondiente al XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A, 17 de setiembre de 2017.

“Perdonar es divino… ¡que Dios te perdone! Yo no te perdono…”
Terribles palabras… y terrible realidad. Una persona queda sin ser perdonada; otra persona queda sin dar perdón. Las dos quedan atadas por un vínculo de resentimiento, que seguirá presente en sus vidas…
“No me perdonó” siente una de las personas… “No la puedo perdonar” siente la otra.
Todos tenemos necesidad de ser perdonados. Todos tenemos alguien a quien necesitamos perdonar.

Nuestro Obispo emérito Mons. Roberto Cáceres, con su característico buen humor, solía decir, al explicar la oración del Padrenuestro, que Dios nos hace un pequeño “chantaje”:
En efecto, al enseñarnos a rezar el padrenuestro, Jesús nos indica pedirle al Padre: “perdona nuestras ofensas”, pero agrega, como todos sabemos: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. De esa manera, Jesús nos pone frente a nuestra propia capacidad de perdonar, para, a su momento ser perdonados.
Errar es humano, perdonar es divino… por lo que el perdón humano participa del perdón de Dios. Pero ¿no hay cosas imperdonables?

Recientemente el Papa Francisco visitó Colombia en el marco del proceso de paz que el país hermano vive después de décadas de violencia.
El Papa no fue allí para apoyar tal o cual solución política, que siempre será insuficiente. Fue allí para anunciar el mensaje de perdón y reconciliación del Evangelio, del Evangelio que escuchamos este domingo, que nos llama a perdonar “hasta setenta veces siete”.
Pero antes de hablar, Francisco fue a escuchar. El 8 de setiembre, en Villavicencio, cuatro personas presentaron su testimonio.
“Hoy doy gracias a Dios en nombre propio y en el de las miles de víctimas que se han sobrepuesto a tener la capacidad de nombrar lo innombrable y perdonar lo imperdonable”.
Así hablaba Pastora Mira, una mujer marcada por la violencia contra sus seres queridos. Cuando era niña, su padre fue asesinado. Años después, su primer esposo y sus dos hijos fueron asesinados por los paramilitares. Ella se encargó de cuidar al asesino de su padre al encontrarlo anciano y abandonado. Y también, tres días después de enterrar a su hijo, encontró a un joven herido y lo cuidó. En la casa, el joven vio las fotos del hijo de Pastora y le confesó que él era uno de los que había matado a su hijo.
“Doy gracias a Dios, que con la ayuda de mamita María, me dio la fuerza de servirle sin causarle ningún daño a pesar mi indecible dolor”.
Deisy Sánchez fue reclutada a los 16 años por los paramilitares. Estuvo en lucha armada por tres años hasta que fue capturada. Salió y la volvieron a reclutar, hasta que se desmovilizó:
“gracias a Dios me pongo a acercar a la Iglesia y en la Eucaristía dominical encuentro ahora consuelo y una orientación para el futuro”.
Cuando recobró su libertad, estudió psicología y hoy trabaja ayudando a víctimas de la violencia y acompañando la rehabilitación de adictos.

Juan Carlos Murcia fue guerrillero de las FARC por 12 años. En el primer año perdió su mano izquierda manipulando explosivos.
“Al pasar el tiempo me di cuenta de que estaba equivocado y tomé la decisión de reintegrarme a la vida civil, inspirado por el deseo de comenzar un nuevo proyecto de vida junto con mi esposa y mis tres hijos”
Juan Carlos trabaja en una fundación que promueve el deporte entre niños y jóvenes como forma de integración social y prevención del reclutamiento.

Luz Dary Landázury fue afectada por la explosión de una mina antipersonal que le causó varias lesiones. Le llevó dos años la recuperación física; pero su camino para una recuperación psicológica y espiritual pasó por ir al encuentro de otras personas que habían sufrido tanto o más que ella como víctimas de la violencia.
“Descubrí que no podía seguir viviendo llena de odio, porque tan solo liberándome de ellos, podría sentir paz en mi interior. Sentí renacer como una nueva oportunidad que Dios me había dado, desde un nuevo proyecto de vida al servicio de la comunidad”.
Cada una de estas personas podrían haber dicho o haber escuchado las palabras duras con las que abríamos esta reflexión; “yo, no te perdono”… sin embargo, supieron perdonar o supieron pedir perdón. Y no fueron sólo palabras: para cada uno de ellas hubo un cambio de vida, un giro que convirtió el impulso del resentimiento, del odio, de la violencia y la venganza en gestos de amor que transformaron su vida y la de muchas otras personas.

Después habló Francisco. Y comenzó haciendo notar la presencia de un testigo de todo lo que se estaba viviendo. Un testigo muy especial…
Nos reunimos a los pies del Crucificado de Bojayá, que el 2 de mayo de 2002 presenció y sufrió la masacre de decenas de personas refugiadas en su iglesia. Esta imagen tiene un fuerte valor simbólico y espiritual. Al mirarla contemplamos no sólo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas, tanta sangre derramada en la Colombia de los últimos decenios. Ver a Cristo así, mutilado y herido, nos interpela. Ya no tiene brazos y su cuerpo ya no está, pero conserva su rostro y con él nos mira y nos ama. Cristo roto y amputado, para nosotros es «más Cristo» aún, porque nos muestra una vez más que Él vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.
Y antes de dirigir una oración final ante el Cristo de Bojayá, Francisco concluyó:
Quisiera, finalmente, como hermano y como padre, decir: Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios, déjate reconciliar. No le temas a la verdad ni a la justicia. Queridos colombianos: No tengan miedo a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades. Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, y renunciar a las venganzas, y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno. Que podamos habitar en armonía y fraternidad, como desea el Señor. Pidámosle  ser constructores de paz, que allá donde haya odio y resentimiento, pongamos amor y misericordia.
Muchas veces estaríamos dispuestos a perdonar si se nos pide perdón… si alguien que nos ha hecho daño reconoce lo que ha hecho, está arrepentido, promete no hacerlo más y nos pide perdón, estaríamos dispuestos a perdonar… pero nos quedamos esperando. Tal vez inútilmente. La visita de Francisco a Colombia se hizo con el lema “demos el primer paso”. Llama a tomar la iniciativa, a ir hacia el otro y abrir la posibilidad del encuentro y la reconciliación. Porque el otro es mi hermano, al que estoy llamado a perdonar hasta setenta veces siete.

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