jueves, 7 de septiembre de 2017

Jesús en medio (Mateo 18,15-20)






Vivir en comunidad la corrección fraterna, unirse para orar juntos al Padre... todo con Jesús en medio. Reflexión del Obispo de Melo, Uruguay, Mons. Heriberto Bodeant, sobre el Evangelio correspondiente al Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Mateo 18,15-20).

En una familia donde hay varios hermanos, a veces con cierta distancia de edades, es difícil que todos ellos se pongan de acuerdo para pedir una cosa. Los jóvenes, los adolescentes, los niños más grandes, los niños más chicos viven en mundos diferentes. Es difícil que haya algo que concilie los intereses de todos. Pero si un día se ponen todos de acuerdo y juntos, con cara de buenos, piden algo a sus padres… es muy difícil que les digan que no. Tal vez esa experiencia de la vida familiar está detrás de estas palabras de Jesús:
Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.
“Si dos de ustedes se unen”… no simplemente si “se juntan”, sino si “se unen”, es decir, si actúan en unidad.

Una de las cosas que más nos hace sufrir es la “desunión”… nos cuesta ponernos de acuerdo. Entre los miembros de una familia, entre compañeros de estudios, entre compañeros de trabajo, entre vecinos, entre los socios de una institución… aún dentro de una comunidad cristiana…
A veces, la división pasa hasta por nuestro propio interior… como decía un amigo mío: “en la reunión éramos tres y había cuatro ideas opuestas”.

La unidad es la realidad más profunda de Dios.
Esa unidad está expresada en el Dios único, el Dios Uno, que, a su vez, es Trinidad: tres personas. “No tres dioses, sino un solo Dios”.
Esa unidad, la realidad más profunda de Dios, es también el sueño de Dios.
La unidad de toda la familia humana entre sí y con Dios.
Esa es la oración de Jesús “Padre, que todos sean uno, como tú y yo somos uno”.

Ese sueño de Dios para la humanidad está permanente amenazado por una presencia maligna que se le opone: el Diablo. Diablo es una palabra griega que significa “el que divide”, el que produce división.
En criollo tenemos el dicho que expresa esa acción maligna: “el diablo metió la cola”… cuando se destruye un matrimonio, cuando dos amigos se pelean, cuando un grupo que había estado unido se divide… “el diablo metió la cola”.
Pero no es sólo obra del Diablo… el Diablo actúa como tentador… es la libertad humana la que se abre o se cierra al encuentro, a la unidad. La cola del Diablo en el medio de las personas, es la división, el enfrentamiento, la enemistad, la discordia, la destrucción mutua.

Jesús nos propone unirnos. Que al menos dos nos unamos para pedir algo al Padre.
Pero Jesús avanza en su promesa y agrega algo más: “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”.

Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, se sintió especialmente llamada a trabajar por la unidad de la familia humana.
El movimiento nació en plena Guerra Mundial, en un mundo destrozado por las divisiones entre los hombres, llevadas hasta el horror de la guerra total.
Allí, la unidad soñada y pedida por Jesús se convirtió para Chiara en “el Ideal” y se lanzó a trabajar por el encuentro, el diálogo y la reconciliación entre los hombres.
Sin embargo, Chiara era consciente de que eso no era posible si no se ponía a “Jesús en medio”, como fundamento último, como piedra angular de esa unidad de toda la familia humana.
La presencia de Jesús en medio produce el efecto contrario a la de la cola del Diablo. Es la presencia que abre puertas, que abre corazones, que acerca, que une.
Es una presencia exigente, porque la unidad no es posible sin que cada uno renuncie a algo. Poner a Jesús en medio es poner la mirada más allá de toda división y encontrar a quien con sus brazos abiertos en la cruz ha abrazado a toda la humanidad.

Desde esa perspectiva es como entendemos mejor las palabras iniciales de este pasaje del Evangelio: “si tu hermano ha pecado…”
 Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Hoy cuesta hablar de pecado… algunas personas quedaron con una visión infantil del pecado y sonríen condescendientemente o ironizan de forma hiriente cuando se habla de pecado. “Dije algunas mentiras… digo malas palabras…”
Y sin embargo… ¿tenemos alguna duda de que hay mucha maldad en el mundo? No estoy hablando de desgracias, de accidentes, sino de acciones, de acciones hechas por seres humanos a otros seres humanos, con la intención de aniquilar, matar, destruir, herir, degradar, someter, explotar, despojar, manipular, engañar… ¿tengo que seguir agregando verbos?
Hablamos de pecado cuando miramos esas acciones terribles en referencia a Dios: son acciones que van contra el sueño de Dios, son acciones que rompen la unidad humana, son acciones que deshumanizan, en primer lugar, al que las hace…

Pero cuando un grupo humano se pone en el camino de la unidad, ¿qué pasa cuándo alguien rompe esa unidad con una mala acción? Jesús propone una serie de pasos, en los que lo que se busca ante todo es “ganar al hermano”: salvar al hermano, ayudarlo a volver al camino de Dios y a la vida fraterna, en unidad con los hermanos.
Este camino que busca volver a acercar al hermano que ha actuado mal, se llama tradicionalmente “corrección fraterna”. Fraterna, porque es entre hermanos y hermanas, de hermano a hermano, de hermana a hermana y todas las combinaciones posibles. Es una relación horizontal. Es la corrección que hace alguien que no se pone por arriba, sino como hermano. Es la corrección de alguien que se sabe también frágil, también pecador, de alguien que revisa su propia vida y trata de encaminarla en Dios cada día.
No es fácil corregir, no es fácil aceptar la corrección… pero Jesús ha prometido su presencia cuando dos o más se reúnen en su nombre. Por eso, también, y muy especialmente, este diálogo entre hermanos necesita pedir tener a Jesús en medio de ellos.

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