miércoles, 25 de enero de 2023

“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mateo 5,1-12a). IV Domingo durante el año.


Amigas y amigos, lo que ustedes están viendo a mis espaldas (en el vídeo de YouTube) es el Cerro Largo, que da nombre a un departamento del noreste del Uruguay, en la frontera con Brasil. Es parte de la diócesis de Melo, en donde fui Obispo durante casi doce años, antes de venir a Canelones.
Me pareció bien este fondo para la reflexión de hoy, que comienza el comentario de lo que tradicionalmente se llama “el sermón del monte”, que vamos a continuar en próximos domingos.
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles… (Mateo 5,1-12a)
El detalle del monte o la montaña donde sube Jesús no es casual. Estamos en el Evangelio de San Mateo y este evangelista quiere presentar a Jesús como el nuevo Moisés. Según nos cuenta el libro del Éxodo, Moisés subió a la montaña para encontrar a Dios y allí recibió las Tablas de la Ley, los diez mandamientos, que luego presentó al pueblo.
También Jesús subió a la montaña pero, en lugar de recibir algo de Dios, se sentó a enseñar. Todo lo que tenía para decir ya estaba dentro de sí. Por eso se dice que él
enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas (Mateo 7,29)
Con esa autoridad ¿viene Jesús a enseñar algo diferente, a traer una nueva ley, la de las bienaventuranzas, que deja abolidos los diez mandamientos? El mismo responde:
No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. (Mateo 5,17)
Esa declaración de Jesús, con la referencia a “la Ley o los Profetas” abarca toda la Sagrada Escritura existente hasta entonces; es decir, lo que llamamos Antiguo Testamento o libro de la Primera Alianza. Después de Jesús vendría el Nuevo Testamento, el libro de la Nueva Alianza, con los evangelios y demás escritos. Jesús dice que ha venido “a dar cumplimiento” a la Escritura. Ello incluye la ley propiamente dicha, y en el sermón de la montaña Jesús va a recoger y profundizar algunos de esos mandamientos, llamando a todos a vivirlos de corazón y no solo cumpliéndolos por fuera.

A veces se piensa que las bienaventuranzas son una creación de Jesús. Sin duda, las que él formuló son suyas, pero están enraizadas en expresiones que encontramos especialmente en los salmos. Allí encontramos la palabra hebrea esher, que luego se traduce al griego como makarios. En los salmos, encontramos esa palabra 17 veces, empezando ya en el primer salmo, donde dice:
¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! Él es como un árbol plantado al borde de las aguas, que produce fruto a su debido tiempo, y cuyas hojas nunca se marchitan: todo lo que haga le saldrá bien. (Salmo 1,1-3)
Las bienaventuranzas de Jesús son más breves y contundentes, pero aquí tenemos todos los elementos: se proclama a alguien feliz, (esher, makarios); se indica cuál es su actitud y se completa con una promesa. Podríamos resumirla así:
“Feliz el hombre que se complace en la Ley del Señor: todo lo que haga le saldrá bien”

Lo que sucede con las bienaventuranzas de Jesús es que Él proclama felices a quienes no podrían o no parecen serlo, según un criterio humano: felices los pobres, los afligidos, los perseguidos… pero no hay que quedarse en esas situaciones, porque a través de ellas se encuentra el consuelo y se entra en el Reino. San Pablo da testimonio de esto, es decir, del consuelo y la fortaleza que encuentra en Dios en medio de todos sus sufrimientos. Me impresiona mucho el pasaje de la segunda carta a los corintios donde dice:
Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. (2 Corintios 4,8-10)
Las bienaventuranzas son la propuesta de Jesús para sus discípulos; pero él mismo es el primero en vivirlas. Podemos leer cada una de ellas y buscar cómo las vive Jesús: la pobreza material y espiritual, la aflicción, la persecución, el hambre y sed de justicia, la paciencia, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia…

Cada una de las bienaventuranzas podría dar lugar no a una, sino a varias de estas reflexiones… por eso, vamos a detenernos en la que elegimos como título:
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia (Mateo 5,1-12a).
En su carta Gaudete et exsultate, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, el Papa Francisco comenta las bienaventuranzas. A propósito de ésta, nos hace ver que la misericordia tiene dos aspectos: dar y perdonar.

Dar significa ayudar, socorrer, prestar servicios a quien se encuentra en necesidad. El modelo de la misericordia en ese sentido lo encontramos en el buen samaritano de la parábola, que se hace prójimo del hombre herido en el camino y da todo de sí para ayudarlo.
Perdonar pasa muchas veces por comprender, ponerse en el lugar del otro, plantearme, como dice el evangelio, con qué medida quiero ser medido: el perdón que yo recibiré de Dios será tan generoso como el que yo esté dispuesto a dar al prójimo. Cuando soy consciente de mi propia fragilidad puedo más fácilmente perdonar la de los demás.

Pero tanto el dar como el perdonar como expresiones de misericordia, tienen como raíz un profundo sentimiento, que se expresa aludiendo a los órganos interiores del cuerpo: el corazón, las entrañas… un corazón misericordioso, entrañas de misericordia. La profundidad de ese sentimiento hace que sea imposible “seguir de largo” ante el hermano que está en notoria y urgente necesidad material o espiritual. Y cuando parece que ya no se puede hacer nada, todavía es posible estar al lado de quien agoniza, como las mujeres y el apóstol Juan, al pie del calvario… o la Madre Teresa, permaneciendo al lado de los moribundos que encontraba en la calle. Aunque no se puede revertir lo que acontece, se ponen del lado del que sufre y con su amor hacen presente allí al Padre de la Misericordia.

En esta semana

  • El martes 31 de enero recordamos a San Juan Bosco, fundador de los salesianos y patrono de una capilla perteneciente a la parroquia San Isidro de Las Piedras.
  • Jueves 2 de febrero: fiesta de la presentación del Señor y memoria de santa María Dominga Mantovani, fundadora de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia, que se encuentran en Progreso.
  • El viernes 3 de febrero, no nos olvidemos de San Blas, obispo y mártir, cuya intercesión pedimos para prevenir las afecciones de la garganta y las vías respiratorias.
Gracias amigas y amigos por su atención. Que los bendiga Dios todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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